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Una tras otra

Porque son tantas y se han sucedido sin pausa, casi no es posible darse abasto para registrar las dagas que la administración federal ha ido haciendo en su debut calamitoso —y para debut ya estuvo bueno. O es eso, o nuestra capacidad de consternación ya quedó saturada (a los seis meses: todavía faltan 66), y aunque cada día presenciemos nuevos colmos de improvisación, ineptitud, cinismo o marrullería, nuestras reservas de escándalo parecen ir agotándose. Por ejemplo, con lo que ocurrió con los Premios Bellas Artes de Literatura.
Como cada año, se lanzaron las convocatorias. O no como cada año: se suprimió un premio y a otro se le recortó el monto. La Coordinación de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (y Literatura, eso se lo acaba de pegar la llamada Cuarta Transformación: a algún funcionario innovador le pareció que la literatura no contaba como una de las bellas artes) discurrió que, para participar, se pusiera en funcionamiento una plataforma digital en la que había que inscribir las obras y, al hacerlo, obtener un número y un formato que debía rellenarse a mano y enviarse por correo: la plica famosa. (Todo premio literario de obra inédita recibe los trabajos participantes firmados con pseudónimo, a fin de asegurar así que los jueces sean imparciales). Bien, pues al menos en cuatro de estos premios se abrieron las plicas, y de uno de ellos se filtró a los medios el listado de los participantes, con sus nombres reales, con lo que esos cuatro premios se echaron a perder. ¿Por qué pasó? ¿Se quería favorecer a alguien, y para ello se necesitaba ver quién concursaba? No lo creo: para eso, habría hecho falta que los jurados estuvieran coludidos, y aún no había jurados. Más bien fue pura y llana estupidez.
La titular de la Coordinación renunció. Se invalidaron los premios, luego volvieron a lanzarlos, aseguraron ahora que ya no habrá malhechuras ni descuidos. Pero lo más descabellado es que esto, a una semana de haber ocurrido, parece ya haber quedado en el olvido. Y es nomás una de tantas. Será porque ya sólo vivimos pendientes del estropicio que ahora mismo está teniendo lugar, y del que empezará dentro de cinco minutos, y así nos la vamos a llevar.
J. I. Carranza
Mural, 6 de junio de 2019
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El inrisible
Al verse acorralado por su ignorancia, cuando la pregunta famosa por los tres libros, Peña Nieto acabó de hundirse gracias a su ineptitud. Otro más astuto habría saltado aquellas arenas movedizas de diferentes modos: con algún chiste, con alguna respuesta ingeniosa, incluso con cinismo. Pero no: al entonces candidato le bastaron su limitado léxico y su pánico escénico para enredarse y sumergirse en el ridículo (y no fue la única vez, abundaron las oportunidades para que mezclara la burrada con la tontería, y jamás las desaprovechó: nunca hubo, por lo visto, quién lo corrigiera).
Los ridículos en que incurre López Obrador tienen una mecánica distinta. Para empezar, sus ínfulas de historiador lo impulsan a esparcir, a la menor provocación (pero también sin que haga falta), el conocimiento que cree tener de datos y hechos, sobradito y socarrón, para aleccionar a la concurrencia. Es como un profesor terco, ideático y mamila que está seguro de sabérselas todas. A diferencia de su antecesor, se crece y se goza en la atención de la prensa y de las multitudes llevadas a aclamarlo a los mítines —nunca ha dejado de estar en campaña, y así seguirá hasta el fin de los tiempos—, y aunque su léxico también es bastante pobretón, y su gramática muy deficiente, sabe colar en el discurso ocurrencias y sarcasmos (y cinismos) que deleitan sin falla a sus fieles. En su ignorancia, es marrullero y altanero. Pero su papel es igual de vergonzoso.
Intriga que, aunque también sepa equivocarse feamente y decir sandeces como aquél, López Obrador no resulte objeto de escarnio en la misma medida. O es la impresión que tengo. ¿Es que las «benditas redes sociales» están inhibiendo exitosamente las carcajadas? A la menor risita que sueltes, alguien se te deja venir con el cuento de que será siempre preferible la honestidad que el lucimiento, que son más importantes los fines que las formas, que si preferirías tener a un presidente que hable bonito y sea culto aunque se trate de un maldito canalla. ¿O será que ya no tenemos fuerzas para reírnos? ¿O más bien será, finalmente, que lo que se oye desde el púlpito de Palacio Nacional, por descabellado que sea, en lugar de dar risa más bien da miedo?
J. I. Carranza
Mural, 30 de mayo de 2019
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De feria en feria
El sábado fuimos, primero, a la Feria Municipal del Libro de Guadalajara. Cuando era niño, ese espacio fue decisivo para el lector en que me convertiría, y cada mayo me emocionaba que mis papás me llevaran a los portales de la Presidencia. Muy pocos años, en cuarenta y tantos, he dejado de darme una vuelta, y casi siempre me ha recompensado el hallazgo de alguna maravilla, ya sea un libro largamente buscado o uno inesperado, en todo caso irresistibles. Y, cuando no ha sido así, al menos he disfrutado ver cómo la gente se acerca a hacer sus propios hallazgos. Porque creo que el privilegio de esa feria es, justamente, el lugar en el que se celebra: al paso de la gente, en medio de la vida de todos los días.
Bueno, pues este sábado fue muy triste volver. La pobreza de la oferta, para empezar. Ya ni siquiera se ocupa la cuadra de Independencia. De no ser por las editoriales independientes, prácticamente nada había que valiera la pena: muchos saldos, varios stands de publicaciones oficiales —de ésas que sólo se explican porque ciertas instancias de gobierno necesitan dilapidar sus presupuestos—, piedritas, juguetitos, métodos de lectura rápida… Ni siquiera se pusieron los libreros de viejo, que a menudo llevan lo más valioso. Todo desolado. En cuanto al programa, nada vimos que nos animara a quedarnos.

Y de ahí nos fuimos al Festival del Libro Infantil y Juvenil Inventario, en el parque El Polvorín. ¡Qué diferencia! Oferta formidable de libros, exposición de los ilustradores que ganaron un concurso, cuentacuentos, música, autores, teatro, talleres, comida… Una auténtica feria. Llena de gente. ¿Qué falla allá y qué funciona aquí? No sé. Ambos espacios son iniciativas ciudadanas apoyadas por el gobierno. Ojalá que la Feria Municipal se replantee a fondo, porque no sólo es la más antigua del país, sino la más significativa para muchos lectores; ojalá que Inventario vuelva a hacerse así de bien, todos los años. Y ojalá que en ambas ferias los tapatíos sigamos fabricando recuerdos entrañables, como de seguro ocurrió con mi hijita en la segunda —luego de la aburrida colosal que tuvo en la primera: yo no hallaba cómo explicarle por qué, de niño, me la pasaba tan bien ahí.
J. I. Carranza
Mural, 23 de mayo de 2019
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Luego del dragón
Vi casi completo el episodio más reciente (bastante sangrientito, para mi gusto) y pedazos de los dos anteriores. Creo. Claro, no entendí gran cosa, pero sí entendí. Me falta mucha información acerca de las abstrusas genealogías y sus entrecruzamientos, y estoy lejos de conocer las razones de tantos enconos y ambiciones e intrigas; asimismo, ignoro casi todo —no: todo— respecto a la evolución que cada personaje habrá tenido. Que si fulana antes no era así, que qué le pasó, que por qué se volvió loca de repente, y luego el otro pusilánime, que por qué no ha actuado como cabría esperar… No entiendo, pues, las razones de la diégesis ni tampoco he hecho por averiguar su naturaleza simbólica —si la tiene—; me intrigó, en algún momento, la dimensión teológica que acaso tendría el relato (ya me explicaron que sí: que, a su modo, los individuos y los grupos sostienen algún comercio con ciertas formas de la divinidad). En suma: lo que vi, lo vi desde la inopia. Sin embargo, alcancé a atisbar algo.
Primero: si los seguidores más fieles están enfurecidos, eso seguramente se debe a que han encontrado inaceptable una serie de inconsistencias mayúsculas, sobre todo en lo que atañe a la naturaleza de ciertos personajes principales. Me parece comprensible. Pero también pienso: ¿pues qué esperaban? Se trata de una historia que ha ido siendo contada en función de las preferencias de la vastísima audiencia que ha alcanzado. Porque así se hace ahora la narrativa más redituable (sea en la tele, en el cine o en la novela): se escribe lo que la multitud quiere ver (o leer). ¿Y cuándo han sabido las multitudes preferir lo mejor? Yo vaticino que el final, al margen de lo que cuente, va a ser un éxito clamoroso, aun cuando deje a esas multitudes insatisfechas. Y es que lo que importa no es que los espectadores queden contentos: importa que vean la maldita serie. ¿No están de acuerdo con los últimos giros? De todos modos ahí van a estar, atentísimos.
Y segundo: lo más espectacular de esta historia es que está concebida para que se olvide de inmediato. Para que no queden ni cenizas luego de que arrase con ella el dragón de nuestra distracción, que enseguida hallará con qué más entretenerse.
J. I. Carranza
Mural, 16 de mayo de 2019
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¿Siempre es mejor?
He descubierto, con alguna aprensión, que uno debe administrarse en la exhibición de sus recuerdos cuando éstos proceden de épocas remotas. Primero, porque nada denuncia mejor cómo vamos llegando a la edad provecta. Pero, sobre todo, porque es grande el riesgo de que cada vez menos gente entienda lo que uno quiere decir. Gente que quede viva, quiero decir. O jóvenes. Hace poco, en clase, les nombré a mis alumnos a Fidel Velázquez, según yo para hacer una comparación chistosa. Pasmo general: ¿de quién diablos les estaba hablando? Pero me espanté de verdad cuando pasó lo mismo con Verónica Castro (fue antes de que La Casa de las Flores la sacara del sarcófago).
Esto viene a cuento porque quise empezar este artículo recordando cómo, hace miles de años, salía en la tele la orquesta de Venus Rey, concretamente en el programa de Madaleno y Paco Stanley… Pero me la pensé porque ahí iba yo otra vez, con mis referencias crípticas, y es que luego la vida se va en eso, en estar explicando los contenidos de la propia memoria. El caso es que aquella orquesta, cuyo conductor era el líder vitalicio del sindicato de músicos (lo recuerdo con sus lentes oscuros, del estilo de los que llevaba el compañero Fidel), siempre soltaba un grito de guerra que obedecía, me imagino, a la necesidad de que no les faltara chamba a todos los integrantes del sindicato. Decía, Venus Rey: «Porque la música en vivo…», y sus músicos le respondían: «¡Siempre es mejor!».
Bueno, pues me acordé de esto el otro día, en la Vía RecreActiva, cuando tuve la mala pata de estar un rato cerca de un violinista que, instalado en el camellón de Chapultepec con altavoces gigantes y sobre una tarima, torturaba el domingo con tonadas horrendas que su instrumento montaba sobre grabaciones elegidas quién sabe cómo —una era «We Will Rock You», de Queen. Era entusiasta, el violinista, y quizás no tan malo. Pero el problema es que la música se imponga así, a fuerzas, sobre un público involuntario que no puede escapar de su alcance, y a tan alto volumen. Así que recordé la consigna aquella de la orquesta de Venus Rey, y me dije: «Pues no, la música en vivo no siempre es mejor». Cuando uno no quiere oírla, al menos, no lo es.
J. I. Carranza
Mural, 9 de mayo de 2019
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Primer Encuentro

Según lo que el Fonca comunicó mediante sus redes, y también según la cobertura periodística que hubo, fue un éxito el Primer Encuentro de Jóvenes Creadores celebrado la semana pasada en Papantla, Veracruz. Ya no se iba a hacer, ese encuentro, debido al desastre ocasionado en la fugaz administración de Mario Bellatin: según su percepción, esas reuniones entre becarios y tutores eran un despilfarro, así que corrió a la gente que las organizaba. Luego de que desairara el diálogo con la comunidad artística, el funcionario fue defenestrado, y quien llegó a reemplazarlo ha tratado de remediar el tiradero: ya se lanzaron las convocatorias retrasadas y se publicaron los resultados del programa México a Escena, y también se armó a toda prisa el encuentro —con la consecuencia de que muchos no pudieron asistir.
Bien, pues yo fui, y tengo dos cositas que decir al respecto. Primero, que ciertamente la comunidad papantlense pudo disfrutar de algunas actividades organizadas como una forma de conectar el trabajo de quienes se benefician del Fonca con la sociedad: música, cine, teatro y espectáculos infantiles en espacios públicos. Pongamos que eso está bien. Pero también hubo esto: como los vientos que soplan desde Palacio Nacional orientan las políticas culturales hacia un supuesto redescubrimiento o reivindicación de las raíces, el hecho de que el encuentro fuera en el Centro de las Artes Indígenas vecino a la zona arqueológica del Tajín obedeció a la intención de poner en contacto a los jóvenes becarios con los creadores totonacas que ahí trabajan, y aunque eso desde luego puede tener sentido, hay que señalar el carácter de puesta en escena que adquieren estas iniciativas para la «Cuarta Transformación». Ya lo vimos en el montaje del 1 de diciembre de 2018 en el Zócalo: los discursos, los rituales y las ceremonias de los que la nueva administración se aprovecha para alardear de lo que hace, antes que ponerse a hacer las cosas correctamente. Porque lo cierto es que el encuentro fue un ejemplo de desorganización, improvisaciones y ocurrencias, las condiciones para trabajar fueron ínfimas y quedó claro que falta mucho para remediar el desastre. Como en todo el país, vaya.
J. I. Carranza
Mural, 2 de mayo de 2019
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Palabritas
Como si el resultado no estuviera siendo lo suficientemente deprimente, en el medio tiempo del Chivas-Puebla, el sábado pasado, me llevé una sorpresa bastante amargosa. Fue en un anuncio comercial: la voz que animaba a elegir cierta marca de cerveza repitió varias veces palabras que, hasta donde yo me quedé, estaban proscritas de la televisión abierta. Mi primera reacción fue de viejo escandalizado: «En mis tiempos», me descubrí diciéndome, «ya les habría caído Gobernación». Luego supuse que Gobernación ya ni siquiera eso puede —si no ha podido hacer gobernable este país desde hace sexenios, cuantimenos esto—; también imaginé que las leyes habrán cambiado, y concluí, en fin, que «mis tiempos» ya están demasiado lejanos para querer usarlos como referencia para el presente.
Pero no fue eso lo que lamenté. No añoro que el Estado pretenda contener, o de plano reprima, como antaño, lo que pueda considerar atentado contra la moral y las buenas costumbres; antes, al contrario, celebraré que se abstenga de intervenir en esos asuntos, y por ello he deplorado la nueva cruzada moral que la llamada «Cuarta Transformación» ha querido imponer desde el púlpito de Palacio Nacional. No: lo que me pesó fue que las palabras gruesas, las «malas palabras», ahora hayan pasado a formar parte del lenguaje publicitario. Que, con tal de suscitar una apariencia de empatía con el público consumidor, los creativos de las agencias ahora echen mano de voces que antes estaban reservadas para la vida real, ésa que era posible distinguir, por ejemplo, del mundo ilusorio de la televisión gracias justamente a que el lenguaje era diferente de un lado y otro de la pantalla.
Y es que pasa esto: al sonar en los anuncios, esas palabras van a perder su naturalidad, su fuerza, su utilidad invaluable. Que ahora puedan usarse con fines tan pedestres como vender cerveza significa que ya están desactivadas y son inertes, y no sólo para insultar, que eso ya es una gran pérdida, sino también para precisar lo que sólo con ellas es posible. O era: ¿ahora cuáles son las malas palabras? ¿Ya no existen? ¿Y qué vamos a hacer sin ellas? ¿Cómo maldecir sin que parezca que estamos haciendo eco de una campaña publicitaria?
J. I. Carranza
Mural, 25 de abril de 2019
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Tanto para esto
Aunque es evidente que falta mucho, todavía, para dar por terminadas las obras del Paseo Alcalde, lo que por ahora se ve permite ir haciéndose una idea del modo en que el centro de la ciudad habrá sido alterado por esa obra. De entrada, da la impresión de que la lentitud exasperante de los trabajos es absurda en razón de los resultados: al margen de los desafíos que haya encontrado el paso de la tuneladora famosa, desde la Normal y hasta la Plaza de la Bandera, al volver peatonal el tramo de superficie desde aquella glorieta hasta San Francisco se desaprovechó una oportunidad magnífica, ya no digamos de embellecerlo, sino al menos de darle dignidad. No se trataba, podría pensarse, únicamente de sacar a los vehículos de la avenida Alcalde-16 de Septiembre: era la ocasión de que floreciera ahí, del mejor modo, la vida a pie que los reemplazara. Y lo que se hizo, más bien, fue desplegar una serie de ocurrencias lamentables.
(Dije antes que la lentitud de la obra podría parecer absurda. Corrijo: en una realidad como la mexicana, la proliferación del desastre es siempre perfectamente explicable por causas como la ineptitud y la deshonestidad de las autoridades en turno y la impunidad que premiará las dagas que hagan. Así que nada de absurdo: la Línea 3 del Tren Ligero es un óptimo resumen de esa lógica impecable).
Un ejemplo: la remodelación de los jardines de Aranzazú y San Francisco (y esto por no hablar de los graves daños estructurales que ha sufrido este último templo, como otros edificios de la zona). Los que eran espacios vivibles, gratos aun en medio del tráfico de las calles y del ruido, fueron despojados de buena parte de su arbolado y de sus prados, así como de todas las bancas y jardineras. A cambio de éstas, quedaron, para sentarse, sólo unas tripas cúbicas de cemento, lejos de toda sombra, que no tardarán en estar desportilladas y grafiteadas. También hay, por Corona, una pérgola pelona, con unas mesas también de cemento, al rayo del sol. Nadie se sienta en esos adefesios.
Seguramente la pregunta no es a quién se le ocurrió —ya se sabe que saberlo no sirve para nada—, sino quién y cuándo y cómo tendría que remediarlo. Si es que se remedia algún día.
J. I. Carranza
Mural, 18 de abril de 2019
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¡Vámonos!
Hubo un tiempo en que pensé que las vacaciones están sobrevaloradas. Seguramente me hallaba mal de la cabeza, pero sospecho que era así como me resignaba al constatar lo fugaces que pueden ser. Las espera uno con tanto anhelo, y se terminan tan rápido, que las ilusiones previas siempre quedan defraudadas. Y ya se sabe: nuestras decepciones se alimentan de los excesos de nuestra ingenuidad. A lo mejor eso quería decir. Luego entendí que esa calidad de espejismo que las vacaciones tienen debería corresponder mejor al tiempo que transcurre fuera de ellas: el tiempo de la rutina, de los pendientes, de los compromisos, de las prisas. Dicho de otro modo: los días de asueto no deberían ser los que parezcan anómalos, excepcionales, sino los del trabajo. La vida normal debería ser como la que encontramos al hacer una pausa: lo verdaderamente descabellado empieza cuando tenemos que volver a madrugar y a correr.
Ahora: las vacaciones podrán estar muy bien, hasta que se vuelven aburridas. Entonces se vuelven una condena. Esto, que pudimos tener clarísimo en la infancia, podemos perderlo de vista en otras etapas de la vida, en particular aquella a la que se arriba luego de haber descubierto que es preferible dormir antes que entretenerse. Si, ya instalado en esta etapa, se tiene al lado a una creatura que observa cómo uno se arrebuja en el fondo oscuro de su bostezo, echado a pesar de que —como decía mi papá— «ya los perros buscan sombra», conviene tomar medidas. Hay que actuar para evitar que la paternidad fracase en ese terreno —ya fracasará en otros—, y levantarse y moverse. ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos de paseo? ¿A dónde? (Estoy pensando en vacaciones que no depararán ningún viaje: las que se tiene previsto pasar en la ciudad, dizque aprovechando que ésta se queda tranquila, aunque eso nunca es del todo cierto). ¿Cuenta la farmacia como paseo? Lo más seguro es que, mientras más conciencia cobre la creatura de la realidad que habita, menos sencillo sea convencerla de que el viaje a pagar el cable sea una aventura extraordinaria.
Pero puede serlo: todo depende de convencerse de que así tendría que ser. Al banco, a la ferretería, ¡al súper! Después de todo, ¡son vacaciones!
J. I. Carranza
Mural, 11 de abril de 2019
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El proyectote
Sorprende, hasta cierto punto, que el anuncio que hizo el Presidente del nuevo complejo cultural en que se transformará el Bosque de Chapultepec haya pasado por delante de nuestra atención pasmada sin demasiado escándalo. Por supuesto, la demencial actualidad noticiosa nos tiene demasiado atareados con incontables ocasiones para vivir atónitos. Pero este anuncio, sospecho, acaso ha parecido inofensivo por su naturaleza: en parte porque se admite tácitamente que lo que se haga por la cultura ha de ser, en principio, bueno que se haga; pero también porque la cultura acaba siendo siempre una materia extraña de la que no se sabe qué pensar, y porque en el fondo a nadie le importa gran cosa.
Será, en palabras de López Obrador, «el proyecto artístico y cultural más importante del mundo en cuanto a arte». Ochocientas hectáreas en las que se «articularán» los espacios museísticos ya existentes, más otros que se creen (un «museo de la diversidad», entre ellos). Como suele pasar cuando el Cuarto Transformador promulga las ocurrencias más desmesuradas de su gestión, los costos de ésta, y también los estudios que tendrían que avalarla (por qué hace falta, cuáles serán sus beneficios), son datos tan insignificantes que no hace falta darlos a conocer. O que no se conocen. Lo que sí se sabe es que en la concepción del proyecto está la mano de Gabriel Orozco. Y ya esa presencia hace recordar otra obra faraónica, la Biblioteca Vasconcelos en que se centró la «preocupación» de la administración de Vicente Fox, donde aún pende el esqueleto de ballena firmado por el artista veracruzano que ahora está por hacer de las suyas una vez más. ¿Así como Fox quiso entonces perpetuar su memoria ahora pretende hacerlo López Obrador?
En todo caso, queda claro algo: aquello de la descentralización, en el terreno de la cultura, se limitó a mandar la Secretaría correspondiente a Tlaxcala. Pues, en lugar de atender necesidades reales de toda la República, se ha preferido este «proyecto del sexenio» para la capital —donde se concentra la parte más importante de la infraestructura cultural del país. Ya veremos, de aquí a unos años, en cuánto nos va a salir el chiste. Y para qué va a terminar sirviendo.
J. I. Carranza
Mural, 4 de abril de 2019