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Cuando nada es todo

Aun entre los mismos comediantes parece haber consenso en considerar a Jerry Seinfeld como uno de los más notables practicantes de lo que en Estados Unidos se conoce como observational comedy: un género de humor cuyo funcionamiento consiste en detectar y explotar aspectos inadvertidos de la realidad en la que estamos inmersos, a partir de un principio de perplejidad suscitada por lo que parece normal o familiar, y que, gracias a esa misma perplejidad, se revelará como absurdo. En documentales y entrevistas, así como en los pasajes de la serie que lleva su nombre donde se lo ve trabajando, es frecuente que Seinfeld aluda al «material» que alimenta sus creaciones: situaciones y conversaciones, sobre todo, de las que toma nota, conducido por un muy afinado sentido de la intuición. (Yo sostengo que ese ejercicio constante de observación y de interpretación destinado a la escritura de sus monólogos y sus guiones hace de Seinfeld uno de los ensayistas principales de nuestro tiempo, y seguramente uno de los más influyentes).
En la serie Comedians in Cars Getting Coffee, que acaba de estrenar su undécima temporada, a lo largo de todas las charlas que sostiene con sus invitados, Seinfeld va desplegando el corpus vasto y diverso y profundo de sus teorías acerca del humor. Más allá de lo divertido que es cada episodio por sus razones específicas (y también hay momentos sumamente conmovedores, como cuando salen Jerry Lewis o Mel Brooks, ¡o Eddie Murphy!, con quien inicia esta temporada), el conjunto permite apreciar las ambiciones y los alcances de una poética muy sofisticada, que es la razón de que Seinfeld sea un clásico: un autor al que siempre se volverá porque siempre revelará algo decisivo. (Por poética entiendo el modo en que se condicen las preocupaciones de un artista con su modo originalísimo de hacerse cargo de ellas). Y en esa poética destacan sus negaciones: su firme renuencia a ocuparse de la miseria del mundo, por ejemplo, de la depravación social o de la estupidez de la política.
¿Y a qué viene todo esto? Acaban de cumplirse treinta años del primer episodio de Seinfeld, la serie que nos enseñó que, con nada, la genialidad puede hacerlo todo. Una maravilla.
J. I. Carranza
Mural, 25 de julio de 2019
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Que así sea
Para restaurar la confianza en la humanidad, pocas ocasiones mejores que un concierto de música sinfónica. En sus momentos más altos, el asombro se abre paso entre la emoción y el encantamiento: ¿cómo es posible que un grupo de personas colabore así para dar vida a lo que nació en la inteligencia y la imaginación de alguien, y cómo es posible que uno que escucha pueda participar del portento? Algo así estuve pensando —si en realidad se puede pensar con claridad en tales momentos— la mañana del domingo pasado, en el cierre de la segunda temporada de este año de la Orquesta Filarmónica de Jalisco. El programa era formidable: Mozart, Haydn, «El Salón México» de Copland y una obra de Allan Gilliland escrita especialmente para el solista invitado, el trompetista canadiense Jens Lindemann: «una pieza a la medida de sus increíbles habilidades de virtuoso», como se lee en un texto del compositor citado por Juan Arturo Brennan para sus notas del programa de mano.
Los especialistas, naturalmente, tendrán opiniones mejor formadas que las mías acerca del desempeño de la Filarmónica y del solista, o acerca de la conducción de Jesús Medina. Y, seguramente, los asistentes asiduos a los conciertos estarán en posibilidades de juzgar con fundamento, a partir de sus comparaciones, lo que se pudo oír esta vez. Además, no se me escapa que la orquesta ha atravesado por tiempos difíciles últimamente, debido, según entiendo, a diversas circunstancias que imponía la presencia de su anterior director titular. Quiero decir, con todo esto, que habrá muchos factores que considerar para evaluar con mayor objetividad el mérito artístico del ensamble y de quien lo encabeza, así como el modo en que integró la actuación de Lindemann.
Pero a lo que voy es a esto: al margen de todos esos factores, quiero creer que asistir al Degollado y presenciar algo como lo que nos tocó presenciar ha de contar como una de las experiencias más fascinantes a nuestro alcance en esta ciudad. Y es que mucho de lo más asombroso, para mí, radicaba en eso: que esa música suene en Guadalajara. En su promoción publicitaria en redes, la orquesta ha difundido el hashtag #LaFilarmónicaEsDeTodos. Me encanta creer que así es.
J. I. Carranza
Mural, 18 de julio de 2019
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Una no tan mala
A estas alturas de la llamada «Cuarta Transformación», las medidas más espectaculares tienden a reventar pronto como desastres. En los terrenos de la cultura, cada volantazo que han dado los recién llegados los ha llevado a estrellarse contra esa cosa tan necia llamada realidad (más necia que el Presidente, y eso ya es decir), y ya querríamos que se estacionaran un ratito, visto lo que nos ha acarreado tanto acelere. Así, por una vez cabe reconocer que una noticia reciente, que en principio puede parecer mala, quizás en el fondo no lo sea.
Se trata de esto: en enero pasado, en ceremonia encabezada por el Presidente y su esposa, además de Paco Ignacio Taibo II, se lanzó en Mocorito, Sonora, la Estrategia Nacional de Lectura. Ahí, López Obrador machacó sus inspiraciones acerca de lo que él entiende como el bienestar espiritual y blablablá. El caso es que, informó Notimex entonces, la tal estrategia tendría tres ejes, según el funcionario designado para encabezarla (Eduardo Villegas, quien funge como titular de la «Coordinación de la Memoria Histórica y Cultural de México», que quién sabe qué es): uno «formativo» (inculcar el hábito de la lectura en niños y jóvenes), otro «sociocultural» («que haya títulos atractivos para el público», según la nota), el tercero «informativo» (campañas a cargo de Comunicación Social de la Presidencia). A finales del mes pasado se hizo otro lanzamiento, y los ejes cambiaron: el «formativo» sigue, pero los otros ahora son «persuasivo» y «material». El Presidente dijo que gracias a la lectura sabe improvisar en sus discursos (ajá), y en boca de su esposa revivió un lema de la administración de Vicente Fox (ajá): «hacer de México un país de lectores».
Bueno. La noticia, esta semana, es que no hay presupuesto para la estrategia de marras. Lo reconoció Villegas, quien sigue chambeando en el asunto, aunque no esté claro con qué ojos. Y alguien podría decirse: «¡Cómo quieren que funcione así!». Pero ahí está la buena noticia: que no tendrán dinero que derrochar en semejantes ocurrencias, ni nos infestarán con su demagogia y su cursilería acerca de lo bonito y saludable que supuestamente es leer. ¡Por fin una medida de austeridad sensata!
J. I. Carranza
Mural, 11 de julio de 2019
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Gloria palaciega
En diciembre pasado, poco después de que la nueva administración federal entró en funciones, fuimos a la Ciudad de México. Los enormes retratos de los próceres predilectos del nuevo Presidente, colgados sobre los edificios vecinos al Zócalo, de inmediato hacían sentir que estábamos ya en otro tiempo: instalados ahí como parte del énfasis que la «transformación» en curso pone en sus orígenes históricos, esos retratos promovían evocaciones de las grandes concentraciones en la Plaza Roja de Moscú, o bien de los mítines presididos en el mismo Zócalo por retratos de Fidel Velázquez o los presidentes priistas en turno, especialmente cada primero de mayo. La magnificación de las efigies, habríamos de ir viéndolo en los últimos siete meses, se corresponde con la que está teniendo el promotor principal de esa «transformación». No nos extrañe que pronto se desplieguen lonas gigantescas con su carota en lugar de las de Cárdenas o Zapata.
Visitamos entonces Palacio Nacional. La experiencia fue memorable. Había acceso a zonas que, hasta donde recuerdo, antes estaban clausuradas para el público, y también espacios nuevos, como una magnífica galería, nombrada en memoria de Rafael Tovar y de Teresa, que en ese momento albergaba una soberbia exposición sobre el mundo mixteco. Delante de los murales de Diego Rivera desfilaba una pequeña multitud deslumbrada, y también por los pasillos, los patios… Además, asombrosamente, el trato del personal militar era muy cordial y comedido. Y lo mejor —para nosotros, digo— fue el descubrimiento del jardín botánico que hay en el corazón de Palacio, una suerte de maqueta que representa la flora de la República, de una belleza insospechable. (Había ahí varias decenas de gatos; leí hace poco que a los nuevos funcionarios ya no les pareció seguir teniéndolos ahí y que se desharían de ellos).
Bueno, pues todo aquello está suprimiéndose. Por la austeridad, se dice. Y se ven venir el abandono de los espacios o su reutilización (por ejemplo para oficinas). Pero algo hace sospechar que la razón de fondo tiene que ver con la decisión del Presidente de no sólo despachar ahí, sino también de vivir ahí: como conviene a la gloria que está seguro de tener.
J. I. Carranza
Mural, 4 de julio de 2019
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Deber del Estado
Lo dicho: por absurdas o ridículas que hayan podido parecer al ser pronunciadas, las declaraciones de la senadora Jesusa Rodríguez contras las becas a la creación artística pronto tuvieron eco, y, al amplificar ese eco la agencia noticiosa del gobierno, quedó claro que se trata de una andanada en toda forma contra el aparato estatal que, hasta que dio comienzo la «transformación» en curso, venía apoyando el trabajo de los creadores en este país. Sí, lo dicho por la senadora sonaba irresponsable, o fruto de la ignorancia (y ni tanto, pues bien que ella se ha beneficiado de los apoyos estatales), pero el modo en que cobró forma el sentido de esas declaraciones (los artistas son privilegiados, son vividores, deberían desaparecer las becas, sólo sirven para alimentar parásitos), con acusaciones a sujetos concretos y ataques a su prestigio, y con absoluto desdén de sus obras, contará como indicio cuando nos preguntemos en qué momento esto se volvió irremediable.
El oficiante de Palacio Nacional, cuando su homilía fue importunada para que se pronunciara acerca del predicamento en que podrían estar los apoyos a la cultura, hizo lo que sabe: decir nada. Dijo que primero habría que ver qué se entiende por cultura, cosa que según él se refiere a lo que proviene de los pueblos originarios. Que no se haga: bien que sabe de qué se está hablando. Escurridizo y taimado, con sus borucas deja claro el poquísimo interés que tiene en el asunto y, más bien, su voluntad de que sus acólitos hagan con la cultura lo que les venga en gana. ¿Y qué van a hacer? Lo que ya han mostrado: arrasar con lo que hay. ¿Para poner qué? Quién sabe.
Bien lo dijo el cineasta Arturo Ripstein en la entrega del Ariel: «El mecenazgo de Estado no es una dádiva generosa […] Es un deber del Estado. Así tiene que entenderlo la sociedad. Así tiene que entenderlo el Gobierno». El Fonca, que tanto le repugna a la senadora Rodríguez, ha posibilitado, a lo largo de treinta años, que sus beneficiarios den forma a mucho de lo mejor que tiene la cultura en este país. Y el Estado tiene que garantizar que así siga siendo. Por más que la senadora se tuerza de rabia, o que el Presidente siga haciéndose el que no entiende.
J. I. Carranza
Mural, 27 de junio de 2019
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Austeridad
«Austeridad» es la palabra mágica de estos tiempos: se la pronuncia con reverencia, con solemnidad, y en boca de los «transformadores» es un ensalmo mediante el cual se reparará toda injusticia. Aunque, más bien, esos que desde sus posiciones se sueñan próceres de la patria usan la palabrita para enmascarar dos cosas: sus ansias de revancha (que no queden vestigios de quienes los precedieron) y su ineptitud para operar lo que les cayó en manos. En los terrenos de la cultura —y en todos los demás también, pero quedémonos en éstos—, los funcionarios de la nueva administración federal —y en las de los otros niveles también, pero lo mismo— han llegado a arrasar con lo que había, pero sin saber qué poner a cambio: de ahí que, desde los primeros días de este sexenio, se hayan multiplicado las improvisaciones y los disparates. El caso de la semana es el Programa Tierra Adentro. Una de las instituciones culturales de las que más se han beneficiado los jóvenes en este país a lo largo de casi medio siglo, y llega un ocurrente a descomponerlo todo (o un dictadorcito, más bien, porque ésa es otra: nomás se vieron instalados y se les desató la sed insaciable de control).
Y todo en nombre de la supuesta austeridad, en este país de multimillonarios que saben bien cómo eludir impuestos, de burocracias y partidos políticos que siguen y seguirán siendo pantagruélicos, de derroches insospechables en propaganda y publicidad oficial, de desfalcos que quedarán por siempre impunes, de cacicazgos sindicales intocables, etcétera.
Uno oye la palabrita y la relaciona, de inmediato, con ahorro, con prudencia económica, con evitación de gastos innecesarios. Pero resulta que la primera acepción que da el diccionario al adjetivo «austero» (como este gobierno quiere ser) es «Severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral». Entonces todo cobra más sentido, dado que el cimiento ideológico más macizo del gobierno en turno está fraguado con el discurso de la renovación moral de la sociedad, ese supuesto empeño del que el líder no se cansa de alardear (supuesto, porque hay que ver cómo no le importa fumigar a fondo, más bien va a dejar que tantos bichos sigan medrando como les dé la gana).
J. I. Carranza
Mural, 20 de junio de 2019
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Lo preocupante
En vista del elenco de impresentables que históricamente han desfilado por el Poder Legislativo, no es en realidad insólita la presencia ahí de alguien como la senadora Jesusa Rodríguez. Es más: raro sería ver una legislatura en la que no hubiera ejemplares así. Lo que sí parece inexplicable es que se les haga caso. O, más bien, es injustificable: se comprende que los disparates, los argüendes, los exabruptos o las sandeces atraigan sobre sí la atención de la prensa, que sabe que haciéndoles eco va a atraer, a su vez, la atención del público; pero no habría por qué tomar en serio esas voces… ¿O sí? Si algo estamos aprendiendo en la «transformación» en curso, es que conviene no desestimar el efecto que puedan tener las peores ocurrencias, las ideas más ridículas, los rencores vueltos planes de gobierno, las inspiraciones más absurdas convertidas en acciones por obra y gracia de cualquier orate, con sólo que esté en la posición indicada.
Por esto, aunque venga de quien viene, puede ser preocupante el hecho de que a la enemiga de los tacos de carnitas le haya nacido, ahora, emprenderla contra las becas que el Estado da a la creación artística. Ya estuvo bien de mantener parásitos, se entiende que dice, cuál justicia social podrá haber mientras sigan preservándose los privilegios de estos vividores. En ese mismo tenor, también al subsecretario de Educación Superior se le hizo que es momento de quitarles recursos a los investigadores que, según su apreciación, forman una «hiperélite», una «casta» a la que no habría por qué estimular. Sí, podrá darnos risa o darnos pena —más bien— la visión que el funcionario y la senadora tienen de la responsabilidad del Estado mexicano con quienes trabajan en el arte o en la ciencia. Pero lo cierto es que estos ataques revelan el acendrado antiintelectualismo del gobierno y de su partido. Para asfixiar a quienes piensan distinto que ellos, qué importa que nadie piense.
Las declaraciones de la senadora, por insensatas que sean o por mucho que revelen de su ignorancia o de su perversidad, bien podrá sobrar quien las tome en serio, y las aplauda, y las convierta en realidad. Para no ir más lejos, el habitante de Palacio Nacional.
J. I. Carranza
Mural, 13 de junio de 2019
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Una tras otra

Porque son tantas y se han sucedido sin pausa, casi no es posible darse abasto para registrar las dagas que la administración federal ha ido haciendo en su debut calamitoso —y para debut ya estuvo bueno. O es eso, o nuestra capacidad de consternación ya quedó saturada (a los seis meses: todavía faltan 66), y aunque cada día presenciemos nuevos colmos de improvisación, ineptitud, cinismo o marrullería, nuestras reservas de escándalo parecen ir agotándose. Por ejemplo, con lo que ocurrió con los Premios Bellas Artes de Literatura.
Como cada año, se lanzaron las convocatorias. O no como cada año: se suprimió un premio y a otro se le recortó el monto. La Coordinación de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (y Literatura, eso se lo acaba de pegar la llamada Cuarta Transformación: a algún funcionario innovador le pareció que la literatura no contaba como una de las bellas artes) discurrió que, para participar, se pusiera en funcionamiento una plataforma digital en la que había que inscribir las obras y, al hacerlo, obtener un número y un formato que debía rellenarse a mano y enviarse por correo: la plica famosa. (Todo premio literario de obra inédita recibe los trabajos participantes firmados con pseudónimo, a fin de asegurar así que los jueces sean imparciales). Bien, pues al menos en cuatro de estos premios se abrieron las plicas, y de uno de ellos se filtró a los medios el listado de los participantes, con sus nombres reales, con lo que esos cuatro premios se echaron a perder. ¿Por qué pasó? ¿Se quería favorecer a alguien, y para ello se necesitaba ver quién concursaba? No lo creo: para eso, habría hecho falta que los jurados estuvieran coludidos, y aún no había jurados. Más bien fue pura y llana estupidez.
La titular de la Coordinación renunció. Se invalidaron los premios, luego volvieron a lanzarlos, aseguraron ahora que ya no habrá malhechuras ni descuidos. Pero lo más descabellado es que esto, a una semana de haber ocurrido, parece ya haber quedado en el olvido. Y es nomás una de tantas. Será porque ya sólo vivimos pendientes del estropicio que ahora mismo está teniendo lugar, y del que empezará dentro de cinco minutos, y así nos la vamos a llevar.
J. I. Carranza
Mural, 6 de junio de 2019
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El inrisible
Al verse acorralado por su ignorancia, cuando la pregunta famosa por los tres libros, Peña Nieto acabó de hundirse gracias a su ineptitud. Otro más astuto habría saltado aquellas arenas movedizas de diferentes modos: con algún chiste, con alguna respuesta ingeniosa, incluso con cinismo. Pero no: al entonces candidato le bastaron su limitado léxico y su pánico escénico para enredarse y sumergirse en el ridículo (y no fue la única vez, abundaron las oportunidades para que mezclara la burrada con la tontería, y jamás las desaprovechó: nunca hubo, por lo visto, quién lo corrigiera).
Los ridículos en que incurre López Obrador tienen una mecánica distinta. Para empezar, sus ínfulas de historiador lo impulsan a esparcir, a la menor provocación (pero también sin que haga falta), el conocimiento que cree tener de datos y hechos, sobradito y socarrón, para aleccionar a la concurrencia. Es como un profesor terco, ideático y mamila que está seguro de sabérselas todas. A diferencia de su antecesor, se crece y se goza en la atención de la prensa y de las multitudes llevadas a aclamarlo a los mítines —nunca ha dejado de estar en campaña, y así seguirá hasta el fin de los tiempos—, y aunque su léxico también es bastante pobretón, y su gramática muy deficiente, sabe colar en el discurso ocurrencias y sarcasmos (y cinismos) que deleitan sin falla a sus fieles. En su ignorancia, es marrullero y altanero. Pero su papel es igual de vergonzoso.
Intriga que, aunque también sepa equivocarse feamente y decir sandeces como aquél, López Obrador no resulte objeto de escarnio en la misma medida. O es la impresión que tengo. ¿Es que las «benditas redes sociales» están inhibiendo exitosamente las carcajadas? A la menor risita que sueltes, alguien se te deja venir con el cuento de que será siempre preferible la honestidad que el lucimiento, que son más importantes los fines que las formas, que si preferirías tener a un presidente que hable bonito y sea culto aunque se trate de un maldito canalla. ¿O será que ya no tenemos fuerzas para reírnos? ¿O más bien será, finalmente, que lo que se oye desde el púlpito de Palacio Nacional, por descabellado que sea, en lugar de dar risa más bien da miedo?
J. I. Carranza
Mural, 30 de mayo de 2019
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De feria en feria
El sábado fuimos, primero, a la Feria Municipal del Libro de Guadalajara. Cuando era niño, ese espacio fue decisivo para el lector en que me convertiría, y cada mayo me emocionaba que mis papás me llevaran a los portales de la Presidencia. Muy pocos años, en cuarenta y tantos, he dejado de darme una vuelta, y casi siempre me ha recompensado el hallazgo de alguna maravilla, ya sea un libro largamente buscado o uno inesperado, en todo caso irresistibles. Y, cuando no ha sido así, al menos he disfrutado ver cómo la gente se acerca a hacer sus propios hallazgos. Porque creo que el privilegio de esa feria es, justamente, el lugar en el que se celebra: al paso de la gente, en medio de la vida de todos los días.
Bueno, pues este sábado fue muy triste volver. La pobreza de la oferta, para empezar. Ya ni siquiera se ocupa la cuadra de Independencia. De no ser por las editoriales independientes, prácticamente nada había que valiera la pena: muchos saldos, varios stands de publicaciones oficiales —de ésas que sólo se explican porque ciertas instancias de gobierno necesitan dilapidar sus presupuestos—, piedritas, juguetitos, métodos de lectura rápida… Ni siquiera se pusieron los libreros de viejo, que a menudo llevan lo más valioso. Todo desolado. En cuanto al programa, nada vimos que nos animara a quedarnos.

Y de ahí nos fuimos al Festival del Libro Infantil y Juvenil Inventario, en el parque El Polvorín. ¡Qué diferencia! Oferta formidable de libros, exposición de los ilustradores que ganaron un concurso, cuentacuentos, música, autores, teatro, talleres, comida… Una auténtica feria. Llena de gente. ¿Qué falla allá y qué funciona aquí? No sé. Ambos espacios son iniciativas ciudadanas apoyadas por el gobierno. Ojalá que la Feria Municipal se replantee a fondo, porque no sólo es la más antigua del país, sino la más significativa para muchos lectores; ojalá que Inventario vuelva a hacerse así de bien, todos los años. Y ojalá que en ambas ferias los tapatíos sigamos fabricando recuerdos entrañables, como de seguro ocurrió con mi hijita en la segunda —luego de la aburrida colosal que tuvo en la primera: yo no hallaba cómo explicarle por qué, de niño, me la pasaba tan bien ahí.
J. I. Carranza
Mural, 23 de mayo de 2019