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Humanidad doliente

En la fachada del Hospital Civil de Guadalajara se lee la dedicatoria que, al conectar en la memoria histórica esa obra con su fundador, continúa dándole el sentido profundo que ha tenido para la existencia de esta ciudad: «Fr. Antonio Alcalde a la humanidad doliente». El recuerdo del benefactor queda, en esas letras, fijado por su interés en que esa humanidad hallara ahí socorro, alivio, refugio: el Hospital es para ella.
Pocos de cuantos han tenido en sus manos el poder de hacer algo por la gente de esta tierra se han ocupado de un modo tan admirable por quienes sufren más. Y no es difícil imaginar que, si Alcalde viera los colmos de dolor y de horror que tantas personas han de padecer en este presente enloquecido, pondría cuanto antes manos a la obra por remediar lo que ocurre. Al contrario de incontables autoridades que han dejado prosperar esta descomposición, ya sea por ineptitud, porque así ha convenido a su codicia o por mera perversidad, Alcalde, para empezar, se uniría compasivamente a quienes sufren: a las víctimas de todas las atrocidades por las que cada día amanecemos más ensangrentados que el anterior; a las madres y los padres y los hijos y los hermanos y los cónyuges y los amigos de los más de siete mil desaparecidos de Jalisco por los que el Estado ha de reconocer que no ha sabido hacer nada. A todo ese dolor inimaginable, Alcalde sumaría el suyo, sin dudarlo.
Pero hay una parte de esta sociedad, hipócrita, cruel, egoísta y mezquina, que quizás se merezca que no tengamos un Fray Antonio Alcalde para que nos cuide. Digo esto a raíz de lo que hizo el escultor Alfredo López Casanova con la estatua del fraile en la Rotonda. Dejando de lado que el arte ha de ser subversión, o no ser nada, y que todo autor tiene potestad para que su obra diga lo que le venga en gana (¡échenle un ojito a todos los mensajes que Orozco cifró en sus murales!), qué impresionante cómo esa parte de la sociedad, que pega de gritos por las leyendas inscritas en la estatua de Alcalde, sea por completo incapaz de indignarse así por tres muchachos que, hace un año, fueron devorados por la maldad más absoluta. Qué lejos está, esa biempensantía tapatía, de la humanidad doliente.
J. I. Carranza
Mural, 28 de marzo de 2019
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JIC en Novedades de Yucatán

La angustiosa exquisitez de leer “Tromso”
Por ROSELY E. QUIJANO LEÓN

Foto por ROSELY E. QUIJANO LEÓN. @RosQuijano
Hace unos días tuve la oportunidad de presentar en la Feria Internacional de la Lectura (Filey) 2019, que hoy finaliza en el Centro de Convenciones Siglo XXI, la novela “Tromso” de José Israel Carranza, historia que definiría como reveladora y angustiante, pues he sentido la impotencia del hombre anónimo que un buen día descubre que las palabras ya no le funcionan para expresarse y que los demás, todos los otros que lo rodean, van dejando de entenderlo.
Esta angustia del protagonista se refleja página a página a través de una prosa pausada, lenta, incesante y dialéctica que nos permite como lectores seguir a este peculiar personaje, conocer su entorno, escuchar sus silencios y respirar la soledad que lo rodea y que nos rodea, porque finalmente frente al libro cuando leemos estamos tan solos como él en un mundo incomprensible, y probablemente vivamos también en una cotidianeidad como la suya que lo absorbe y lo imposibilita a darse a entender, pero sobre todo a entenderse a sí mismo.
Este hombre anónimo vive en una inmensa soledad junto a Oliver que lo mira todos los días y probablemente sea el único que realmente lo entiende; esa soledad que experimentan más personas de las que podamos imaginarnos, así, prácticamente excluido del mundo, ante la falta de que los otros lo entiendan su angustia va creciendo y creciendo entre palabra y palabra que se hilan de inicio a fin en esta historia.
Así, “Tromso” tiene una prosa exquisita por los diferentes ritmos de la acción y la forma en que se van manejando y matizando. Es en el tiempo, el que se relativiza en la narración, donde nos cuestiona la voz narrativa: ¿qué es el ayer, el presente, qué es el futuro? Nos lo preguntamos acaso cotidianamente o somos como el protagonista que vamos viviendo día a día, entre la soledad y la impotencia de no comunicarnos.
Leer a José Israel Carranza en esta novela me ha abierto la puerta para conocerlo a él como escritor, pero también para descubrirme como lectora; es un texto que nos revela mucho de la realidad actual que vivimos, de esta vorágine de información que nos atrapa o nos ciega, justo como bien soñó Sor Juana en su Primero Sueño: “Y por mirarlo todo nada vía”, pues estamos no solo cegados por la marea de datos, información y un sinfín de palabras, sino también estamos quedando sordos a lo que los demás quieren decirnos y a lo que nosotros mismos debemos decirnos.
Hay “un tiempo detenido que viaja inexorablemente hacia la desaparición y el olvido” en este libro, el cual recomiendo como una lectura reto, de las que uno comienza dudando pero termina realmente disfrutando; no dejen de leerla porque prosas como ésta hay pocas, es una prosa delirante y adictiva en la que vale mucho la pena sumergirse.
Novedades Yucatán, 24 de marzo de 2019
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Pequeñas librerías

En un reciente artículo traducido para un suplemento cultural mexicano, y originalmente publicado en el Corriere della Sera, el escritor italiano Roberto Calasso reflexionaba acerca de cómo, ante la expansión del modelo impuesto por Amazon, las grandes cadenas de librerías se ven cada vez más amenazadas por el hecho de que «no son suficientemente grandes»: en la disyuntiva entre ir a buscar un libro en los anaqueles infinitos de una librería gigantesca, y hacerlo sirviéndose de un teclado y una pantalla, los lectores tienden a facilitarse la vida —y, evidentemente, los costos que representa para una gran librería sostener un inventario enorme llegan a ser irrecuperables.
A partir de ése y otros razonamientos, el también editor —uno de los más sabios que existen— esbozaba una esperanza para las librerías pequeñas, aquellas que no tienen la intención de acaparar el mercado, y, en particular, las que se centran en la oferta de literatura. «Para esta librería, sólo se abre un camino: enfocarse en algo que no se puede obtener de una manera electrónica: contacto físico con el libro y calidad». Calasso discurre luego acerca de esa noción resbaladiza, «calidad», pero concluye que, en una librería, puede tener que ver con el lugar mismo: «La librería tendrá que presentarse como un lugar donde se tienen ganas de entrar».
En Guadalajara, en cosa de semanas, dos bellas librerías pequeñas, enfocadas en la literatura infantil, anunciaron que cierran. Eran, qué duda cabe, lugares en los que era maravilloso entrar, y quedarse. No conozco las circunstancias de esos cierres, pero no me resulta difícil imaginar que están relacionadas con la inviabilidad económica que suele acechar contra proyectos semejantes. Y yo pienso en los alardes del aparato estatal cultural para dizque promover la lectura: el abaratamiento insensato de los libros y la soberbia que hay en desentenderse de las causas estructurales de la pésima relación que los mexicanos tenemos con la lectura. ¿No valdría más apoyar a quienes dedican sus vidas, por ejemplo, a abrir pequeñas librerías?
Lo que dice Calasso suena muy bien, claro. Lo malo es que esa sensatez se evapora al entrar en contacto con la realidad mexicana.
J. I. Carranza
Mural, 21 de marzo de 2019
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Un vacío enorme (y III)

Forum Cultural Guanajuato, en la ciudad de León, donde tuvieron lugar las presentaciones de los becarios de Artes Escénicas, Música y Letras, entre otras disciplinas, durante el último encuentro del programa Jóvenes Creadores.
La llamada Cuarta Transformación embistió contra el Fonca designando a un escritor para que lo dirigiera (habiendo gestores culturales de sobrados talentos y funcionarios con probada experiencia) e instruyéndolo —pues no cabe suponer que haya sido su sola inspiración la que lo movió— para que reestructurara el organismo de raíz. Esto quiere decir: habría que cambiar los modos de brindar apoyos a los creadores artísticos (individuos y agrupaciones), en virtud de ciertas figuraciones de lo que debería ser un aparato gubernamental cultural incluyente y democrático. Lo cierto es que, más que esas figuraciones, lo que prevaleció en esa intención del Secretario Ejecutivo del Fonca (o en quienes lo empujaron a tomar las medidas que empezó a tomar) fue la imaginación de que había dispendios injustificables (como los que supondría la organización de los encuentros de Jóvenes Creadores) y prácticas viciadas. O, sencillamente, los movió la gana de marcar su llegada con la ideación y la ejecución de nuevas políticas, acordes a los ímpetus que resuenan desde Palacio Nacional.
Como sea, el escritor metido a funcionario empezó por correr a trabajadores que hacían bien su chamba, canceló los primeros encuentros de Jóvenes Creadores, pospuso la publicación de resultados del programa México a Escena, postergó la publicación de otras convocatorias… Y fue adelantando, como si deveras hubiera estado trabajando en un diagnóstico serio, que en su momento daría a conocer la nueva forma de operar del Fonca. No llegó a eso: tras la consulta del jueves pasado a la que el Fonca se vio obligado a abrir a la comunidad artística, y que fue una muestra suficiente de desorganización e improvisación, y a la que el funcionario escritor no asistió, acabó siendo defenestrado hace un par de días. Mientras, siguen sin chamba los que la perdieron, siguen las convocatorias en suspenso, los becarios en activo están en la incertidumbre.
¿Tendrá remedio lo que está pasando? Ojalá que sí: las meteduras de pata han sido tales que no corregirlas se antoja imposible. La historia del Fonca, con los incontables servicios que ha rendido a la cultura de este país, no merece terminarse así, a fuerza de ocurrencias.
J. I. Carranza
Mural, 14 de marzo de 2019
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Un vacío enorme (II)

Aspecto de la exposición de los becarios del Programa Jóvenes Creadores en el encuentro organizado en León, Gto., en noviembre de 2018.
En el huracán que supuestamente transformará al país, y cuyos vientos se originan en Palacio Nacional, las instituciones del Estado dedicadas a la cultura van siendo de las primeras en sacudirse. Los cambios abruptos, que no parecen tener detrás un trabajo de diagnóstico serio y profundo, da la impresión de que tienen una de dos explicaciones: o los encargados nuevos están emulando las formas de proceder del Presidente, y toman así decisiones arrebatadas e inspiradas por una suerte de iluminación moral para enderezar lo que, a su juicio personalísimo, está torcido, o bien tienen la encomienda de ir desmantelando lo que había, aunque funcionara, pues las transformaciones colosales han de incluir la supresión de los vestigios del pasado.
El Fonca, que por estas fechas cumple tres décadas de haberse creado (sí, en el sexenio de Salinas, ¡uy!), ha estado muchas veces en el centro de una discusión que nunca ha ido a ninguna parte. Se ha acusado de parasitismo a los creadores que beneficia, y a sus funcionarios y a los integrantes de las comisiones que otorgan los apoyos, de toda clase de prácticas corruptas por las cuales los dineros que ahí se manejan estarían sirviendo siempre a ciertas mafiecillas: complicidades y favoritismos a los que, según esas acusaciones, habría que culpar de haber tarado la libertad intelectual del país en beneficio de los gobiernos en turno, del signo que sean. (En este sexenio viene mucho pensar en términos de mafias, y quizás por eso estas acusaciones contra el Fonca han resurgido con vigor. Aquí debo dar mi propio testimonio, para lo que valga. Como seleccionador y como tutor, tanto en el Programa Edmundo Valadés de Apoyo a la Edición de Revistas Independientes —ya extinto— como en el Programa Jóvenes Creadores, me quedó clarísimo que era imposible hacer trampa. Así que las maquinaciones con que fantasean quienes acusan al Fonca de favorecer a quienes no lo merecen, según el capricho o la conveniencia de los jurados, carecen de fundamento. Y estoy seguro de que, al menos hasta que han llegado las nuevas autoridades, el Fonca era una de las pocas cosas que funcionaban inobjetablemente en este país desastroso). (Acabamos la próxima semana).
J. I. Carranza
Mural, 7 de marzo de 2019
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Un vacío enorme (I)

Presentación de las antologías de Letras y Novela Gráfica en el pasado Encuentro de Jóvenes Creadores del Fonca, llevado a cabo en León, Gto., en noviembre de 2018
Hace muchos años, en una de las ocasiones en que tuve la fortuna de tener la beca del programa Jóvenes Creadores del Fonca, camino a uno de los encuentros que se organizan para que los becarios trabajen con sus tutores y entre ellos, se me ocurrió calcular lo que significaría que desaparecieran los camiones que nos llevaban. (Eran tiempos más pacíficos, mucho antes de los horrores que hoy vemos: yo, ingenuamente, apenas imaginaba que esos camiones eran abducidos por extraterrestres, o algo parecido). Y supuse —lo digo no porque yo fuera ahí, sino por el asombro que me causaba ver tal multitud de artistas reunidos— que la consecuencia obvia sería un vacío gigantesco en la cultura mexicana, un empobrecimiento irreparable en la medida en que esa cultura se vería privada de los frutos de todos esos talentos en formación, de sus entusiasmos y sus preocupaciones, de sus búsquedas y sus hallazgos.
Años después, cuando me ha tocado ser tutor de ese programa, he dado otra forma a esa imaginación. En un país asolado por el miedo y en el que cada ciudad encierra peligros insospechables para todos, los encuentros de Jóvenes Creadores tienen siempre un carácter de insólita resistencia —aunque no libre de amenazas: en Guerrero, por ejemplo, bien advertidos estábamos los participantes de cuidarnos mucho, pues la libertad de antaño sencillamente dejó de existir—. Y, con todo, no parecía posible que todo eso desapareciera.
Hasta que llegó la llamada Cuarta Transformación.
Pasa esto: en la andanada del nuevo gobierno contra las prácticas de los regímenes anteriores, trátese de huachicoleros, administración supuestamente fraudulenta de guarderías, organizaciones de la sociedad civil, etcétera (si bien no se ve que ocurra gran cosa contra líderes sindicales de corrupta prosapia, blanqueadores de capitales, exgobernantes que gozan y seguirán gozando de impunidad, y usos y costumbres del latrocinio a gran escala en todas sus variantes), el sector cultural de la administración pública va siendo uno de los terrenos en que más desastres están ocurriendo, y, en concreto, es de temerse que de aquel programa sólo quede un vacío de verdad irremediable. (Seguimos la semana que entra).
J. I. Carranza
Mural, 28 de febrero de 2019
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Después de Roma

Es sabido que los óscares son los premios más importantes por las repercusiones que tienen para las películas que los ganan (que se aseguran así públicos más vastos) y para los individuos que participan en ellas (que, por lo general, habrán de recibir en adelante más y mejores ofertas para trabajar). Son premios que antes que sancionar la excelencia artística de las obras, o consagrar a los realizadores y a los intérpretes por sus méritos también artísticos, lo que brindan es una notoriedad mayúscula y perdurable de la que ganadores y productores se benefician grandemente. Otros galardones, a cambio de esa notoriedad, lo que dan es prestigio y respetabilidad, y asientan canónicamente las razones de que una película o una dirección o una actuación deban considerarse en términos de su calidad y su relevancia como obras de arte antes que otra cosa.
Como sea, este domingo vamos a estar muy pendientes de la suerte que corran Roma, su director, sus actrices y sus colaboradores nominados. Nunca una película mexicana había llamado así la atención de la Academia estadounidense, y aunque ya eso es extraordinario, habría que ir preguntándose qué significará en realidad. Por ejemplo —y esto, desde luego, nos lo podrán ir esclareciendo los críticos serios—, ¿qué tan justa es la competencia? Si Roma hubiera competido contra otras películas, ¿habría tenido las mismas oportunidades que tiene? O bien, lo más obvio: ¿cuál puede ser el trasfondo político que, detrás de las razones eminentemente artísticas, podrá haber para que Cuarón y compañía hayan corrido con esta suerte?
No se trata de ser aguafiestas: si ganan Yalitza Aparicio o Marina de Tavira o Cuarón o cualquier involucrado en Roma, a mí me va a alegrar, claro (si bien por razones parecidas a las que tengo cuando gana la Selección: puro gusto de que mucha gente aquí esté contenta). Pero sí creo que habría que ir tratando de discernir los verdaderos significados. Como el que pueda haber para el cine nacional, de ahora en adelante, en estos tiempos de incertidumbre y cuando tan necesario es que se filmen las mejores películas —si es cierto que a través del cine, y del arte en general, podemos entender mejor la realidad.
J. I. Carranza
Mural, 21 de febrero de 2019
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Ay, hijo ingrato

En su ímpetu democratizador de la lectura, el flamante encargado de despacho e inminente director del Fondo de Cultura Económica ha promulgado su intención de revisar la participación que esa editorial debería tener en la FIL de Guadalajara. Encontró injustificables los que llamó «gastos inútiles, fastuosos» que ahí se habrían hecho, y que según sus cuentas sumarían 9 millones de pesos en la edición pasada. Ni tarda ni perezosa (aunque sí sorprendida: no la veía venir), la FIL se pronunció para enmendarle las cuentas (según la feria, lo que erogó el FCE habrían sido casi tres millones y medio de pesos) y también para explicar que cada editorial gasta lo que quiere y, además, que no es cierto que, como dijo Taibo, haya salones vacíos (aquí habría que recordar cómo la feria sabe maniobrar para rellenarlos: apenas se ve que a los presentadores de un libro no habrá nadie que los pele, milagrosamente llegan hordas de estudiantes a evitarlo).
Acaso no le falte razón al mandamás del Fondo si se propone cuidar los dineros públicos con que éste funciona. Eso estaría muy bien, y ya tendrían que estar haciéndolo todas las instancias gubernamentales que, generosas con lo que no es suyo (es nuestro), sueltan billetizas para eventos tan vistosos como la FIL. Pero llama la atención, por un lado, que apenas hasta que se ha visto en una posición oficial de poder (ya detentaba un poder tácito en la cultura mexicana desde mucho antes de diciembre), el novelista y formador de cuadros del lopezobradorismo y hoy funcionario se extrañe de lo que pasa en una feria del libro de la que él tanto se ha beneficiado como participante consuetudinario. Ahí soltó, para no ir muy lejos, aquel exabrupto que tanta resonancia alcanzó. Este extrañamiento de hoy es elocuente por cuanto puede significar a propósito del distanciamiento entre la FIL y quien manda en ella y el gobierno federal. ¿Qué más seguirá?
Y, por otro lado, también cabe señalar como una ironía que alguien tan mimado por una feria cuyo nivel como festival cultural se ha rebajado tanto —incluyendo siempre en su programa a los infaltables como el funcionario de marras— ahora se le haya volteado así. Ha de sentirse muy feo.
J. I. Carranza
Mural, 14 de febrero de 2019
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Pifia o no pifia
¿La Doctora se equivocó? Se me hace que no, que pudo haber carraspeado tantito, corregir de inmediato, incluso pedir que volvieran a grabar. Quizás el audio del video sí lo alteraron, para hacerla quedar en ridículo, y luego, claro, empezó a esparcirse de modo muy natural en ese caudal de caca que son las redes, porque, qué diablos, cambiarle así el nombre al poeta, para que quedara tan malsonante, iba a funcionar. Y he querido acordarme de quién llegó a decirle al poeta «Mamando Nervio»: ¿fue Luis Spota, que alguna vez rebautizó majaderamente a Salvador Novo como «Nalgador Sobo»? ¿O fue Renato Leduc? ¡O Alí Chumacero, que también se las gastaba así con la carrilla! No me acuerdo, pero desde que oí cómo le habría dicho la Doctora —de ser verdad que fue así—, me pareció que estaba recirculando un viejo chiste maldoso… que ¿quién habrá querido revivir?
Pongamos que no se equivocó, que la Doctora pronunció bien y luego alguien le metió mano al audio. En tal caso, claro, es injusta la mofa generalizada. No fue injusta la que cundió cuando aquel tonto dijo «José Luis Borgues», o cuando aquella otra le dijo quién sabe cómo a Rabindranath Tagore, ni cuando el tonto de más acá no se acordó de los tres libros… Como sea, habría que apuntar cómo una pifia como la que se atribuye a la Doctora llega a llamar tanto la atención. Es comprensible, por tratarse de quien se trata. Pero también hay, por un lado, un encono considerable (síntoma de la animadversión grande que ha ido ganándose por estar donde está), y, por otro, está la devoción también desproporcionada de quienes la defienden (que mucho han de sentir que tienen que defenderla). Creo que una cosa y otra tienen que ver con el papel que ha asumido, detentando una innegable injerencia en los rumbos que la cultura habrá de tomar en la administración encabezada por su esposo. Ahí está lo que, a todas luces, parece haber sido la imposición de su sinodal en la Dirección General de Bibliotecas, con la inmediata defenestración de Daniel Goldin, que tiene más méritos y respeto que el susodicho —y vaya que esa defenestración ha merecido repudio.
En cualquier caso, podríamos estar atentos a cosas más graves en este país en llamas.
J. I. Carranza
Mural, 7 de febrero de 2019
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¡Hay que leer!
Parece por lo menos intrigante que, si la lectura es cosa tan buena como se dice, haga falta estar haciéndole tanta promoción todo el tiempo. Se insiste, una vez y otra, en los diversos provechos que podrían gozar quienes la adoptaran como un hábito —si bien no suele hablarse de los efectos adversos que pueden sufrir quienes ya leen: soledad, desengaño, recelo, alucinaciones, incapacidad creciente de acomodarse a la famosa realidad, fracturas de la armonía familiar, vista cansada, pérdida de poder adquisitivo, etcétera—. ¡Hay que leer!, y en esta consigna parece latir la certeza de que, al agarrar un libro y dedicarle algunos minutos, las personas y sus vidas habrán de mejorar como por ensalmo, de que la Patria se salvará y ya no habrá corrupción ni huachicol, y no sólo abandonaremos los últimos oprobiosos lugares en los rankings internacionales, sino que además seremos ciudadanos más justos y respetuosos y felices y todo será pura sabrosura.
Cansa, esa cantaleta que vuelve cada tanto. Ahora viene acompañada por la intención, del flamante encargado del despacho del FCE, de abaratar los libros (y no nomás los que hace la editorial bajo su responsabilidad), y del gobierno federal de construir más y más librerías por todo el territorio nacional. Y la cantaleta vuelve, me da por pensar, porque es fácil entonarla y porque con ella se eluden asuntos siempre más graves y urgentes que ni el hábito de la lectura ni el perfeccionamiento moral de la sociedad arreglarían por sí solos. Ni el hambre ni las balaceras ni las fosas clandestinas ni el saqueo del país van a remediarse con cerros de libros de a diez pesos.
Por lo demás, como siempre, no se dice nunca qué es lo que habría que leer y por qué (¿las «locuras» del susodicho?). Y se soslaya que, a fin de cuentas, por más que se abaraten los libros —y así los regalaran—, quien no quiere ni puede leer ni le interesa sencillamente no va a hacerlo. Por el inveterado desastre educativo que todavía habrá de lastrar a este país a lo largo de varias generaciones, gracias al cual la lectura es una actividad tan mal comprendida, por una parte, y también porque la lectura, como último reducto de libertad, es cosa personalísima.
J. I. Carranza
Mural, 31 de enero de 2019