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¿El fin del Fonca? (II)

En un momento en que hay asuntos más urgentes a los cuales prestar atención (la pandemia, nada menos), la 4T encontró de rebote cómo cumplir su cometido de exterminar lo que, según su juicio resentido, era una herencia salinista, es decir, maldita. Así que vino el famoso decreto presidencial para la extinción de los fideicomisos, y resultó que, como el Fonca era precisamente uno, de un plumazo quedó proscrito. A la secretaria de Cultura, Alejandra Frausto, le tocó representar el papel de quien se aventaba a salvar al ahogado, pero éste ya se había hundido hasta el fondo.

No obstante esta maniobra (o simulación), la secretaria emergió asegurando que el ahogado ahora iba a estar más vivo que nunca. Es decir: que, al matar al Fonca, estaban dándole nueva vida, más segura, más plena. Y entonces menudearon las abstrusas explicaciones burocráticas para justificar lo hecho. Como ya es costumbre en la 4T, en la embestida —que comenzó el año pasado— contra el Fonca, todo es enredado y confuso. De creer a la secretaria y al mismo Presidente de la República (¡uf!), los estímulos a la creación artística están garantizados hasta el fin de los tiempos. Podría ser. También podría ser todo lo contrario: que un nuevo empujón sumerja al estorbo en las aguas definitivas del olvido y nadie alcance ya jamás a rescatarlo.

En todo caso, lo que hasta ahora ha sido muy significativo, más allá de las torpezas burocráticas y jurídicas de la 4T, es la aversión de algunos de sus protagonistas a todo lo que huela a cultura en este país. Empezando por la socarrona y rencorosa e ignorante secretaria de la Función Pública, que, a poco de consumarse la extinción del Fonca tal como lo conocíamos, tuvo a bien teclear su sorna en tuits que mostraban su calaña: primero, se sumó al coro de quienes han acusado a esta institución, desde sus orígenes, de ser un coto de intelectuales comprados cuyas bocas habrían estado rellenadas con billetes para que no dieran lata; luego, al ver la reacción de la comunidad, todavía se mofó, la secretaria Sandoval: «Serénense artistas».

Ésas tenemos. El Fonca ya no existe. Pero sí. ¿Cómo? Quién sabe. ¿Y qué le espera? Nada permite albergar buenos augurios. Misión cumplida.

 

J. I. Carranza

Mural, 30 de abril de 2020

¿El fin del Fonca? (I)

A comienzos de 2019, la entonces debutante 4T embistió, del modo más brutal, contra una de las contadísimas instancias del aparato cultural mexicano que funcionaban bien. Al poner al frente del Fonca al escritor Mario Bellatin, ocurrente entusiasta y funcionario inepto, el gobierno de López Obrador también dispuso que se corriera a buena parte del personal que trabajaba ahí —y sabía trabajar—; pronto se logró un enfrentamiento crispado con buena parte de la comunidad artística que no estaba dispuesta a presenciar sin más el desmontaje de una institución de la que ha emanado, a lo largo de tres décadas, buena parte de la creación más relevante de este país. Bellatin, displicente, luego de haber hecho su desastre (¿por encargo de quién?), fue defenestrado. Pero el daño estaba hecho.

Hace justo un año —luego de anunciarse, primero, que se cancelaba—, se celebró el primer encuentro de la generación 2018-2019 del Programa Jóvenes Creadores, en Papantla. A mí me tocó ir, en mi papel de tutor de la disciplina de Ensayo. Por una parte, había que festejar que aquel encuentro se hubiera logrado —los encuentros no sólo son parte fundamental del programa, sino que también llegan a ser estaciones centrales en la experiencia profesional y vital de sus beneficiarios—; por otra parte, era muy pesaroso presenciar el desastre que la nueva administración había hecho. Hubo, en 2019, dos encuentros más: uno en Puebla (y entonces se dio una nueva andanada contra el Fonca, ahora en forma de una campaña difamatoria de Notimex que quería poner en entredicho el prestigio de creadores principalísimos), y finalmente el tercero en Los Pinos, en noviembre pasado. Tanto gusto nos dio llegar a éste, luego de aquel año de incertidumbre, que los participantes casi dábamos la crisis por superada. En la presentación de la antología de Letras, al tener un micrófono delante, me pareció necesario recomendar que no se nos olvidara: el Fonca seguía en peligro, en cualquier momento acabarían con él.

Para regocijo de sus detractores, eso acaba de pasar. ¿O qué diablos ha sucedido? (Y muy en tiempos en que nuestra atención, necesariamente, tiene que estar puesta en otra parte. Le seguimos la semana que entra).

 

J. I. Carranza

Mural, 23 de abril de 2020

Tercer Encuentro

El otro día tuve que ir a Los Pinos. Si hubiera tenido ocasión de anunciar esto en otro tiempo, el efecto de la frase habría sido más llamativo: antes, uno iba a Los Pinos en circunstancias excepcionales, por algo supuestamente muy bueno (recuerdo cómo, de niño, siempre me ponían de ejemplo a los alumnos odiosos que se tomaban una foto ahí con el Presidente porque habían sacado buenas calificaciones), o bien para algo muy turbio. En todo caso, no cualquiera entraba, pero ahora basta trasponer una reja para poder pasearse por casi todo el lugar.

No tiene chiste, debo decir: aunque se usan para exposiciones (una de ellas, la de los cuadros con que se constituyó un acervo ciertamente valioso de pintura mexicana, pero que están colgados por las habitaciones de la Casa Miguel Alemán nomás para que se vea que ahí están), y se les puso el nombre pomposo de Complejo Cultural, los edificios no han sido aprovechados como se podría. Desde luego, el morbo impulsa el recorrido, pues uno se imagina todo lo que debió ocurrir ahí, pero fuera de eso no hay mayor aliciente para la visita. También puede verse la estatuaria del poder y divertirse algo con las poses ridículas de los mandatarios vueltos bronce. Pero poco más.

El caso es que fui porque ahí tuvo lugar el Tercer Encuentro del Programa Jóvenes Creadores del Fonca, en el que me tocó ser tutor. Y sobre esto voy: ese programa, uno de los más valiosos del aparato cultural a cargo del Estado, estuvo a punto de desaparecer con la llegada de la Cuarta Transformación. Los beneficiarios, artistas en cuyas manos está en gran medida el arte mexicano de los años venideros, debieron trabajar enfrentando una horrible incertidumbre, gracias a las ocurrencias de los funcionarios recién llegados, y no fue fácil arribar a la culminación de este año. Lo consiguieron: en el Encuentro mostraron lo que hicieron, y su labor contó una vez más como la razón más poderosa para que ese programa siga adelante y no se desatienda.

Aún hay muchas cosas que deben recomponerse luego de lo que casi fue el desmantelamiento del Fonca, al comienzo de este año. Pero lo importante es que ha sobrevivido. Y no se nos debe olvidar que hay que seguir cuidándolo.

Deber del Estado

Lo dicho: por absurdas o ridículas que hayan podido parecer al ser pronunciadas, las declaraciones de la senadora Jesusa Rodríguez contras las becas a la creación artística pronto tuvieron eco, y, al amplificar ese eco la agencia noticiosa del gobierno, quedó claro que se trata de una andanada en toda forma contra el aparato estatal que, hasta que dio comienzo la «transformación» en curso, venía apoyando el trabajo de los creadores en este país. Sí, lo dicho por la senadora sonaba irresponsable, o fruto de la ignorancia (y ni tanto, pues bien que ella se ha beneficiado de los apoyos estatales), pero el modo en que cobró forma el sentido de esas declaraciones (los artistas son privilegiados, son vividores, deberían desaparecer las becas, sólo sirven para alimentar parásitos), con acusaciones a sujetos concretos y ataques a su prestigio, y con absoluto desdén de sus obras, contará como indicio cuando nos preguntemos en qué momento esto se volvió irremediable.

El oficiante de Palacio Nacional, cuando su homilía fue importunada para que se pronunciara acerca del predicamento en que podrían estar los apoyos a la cultura, hizo lo que sabe: decir nada. Dijo que primero habría que ver qué se entiende por cultura, cosa que según él se refiere a lo que proviene de los pueblos originarios. Que no se haga: bien que sabe de qué se está hablando. Escurridizo y taimado, con sus borucas deja claro el poquísimo interés que tiene en el asunto y, más bien, su voluntad de que sus acólitos hagan con la cultura lo que les venga en gana. ¿Y qué van a hacer? Lo que ya han mostrado: arrasar con lo que hay. ¿Para poner qué? Quién sabe.

Bien lo dijo el cineasta Arturo Ripstein en la entrega del Ariel: «El mecenazgo de Estado no es una dádiva generosa […] Es un deber del Estado. Así tiene que entenderlo la sociedad. Así tiene que entenderlo el Gobierno». El Fonca, que tanto le repugna a la senadora Rodríguez, ha posibilitado, a lo largo de treinta años, que sus beneficiarios den forma a mucho de lo mejor que tiene la cultura en este país. Y el Estado tiene que garantizar que así siga siendo. Por más que la senadora se tuerza de rabia, o que el Presidente siga haciéndose el que no entiende.

 

J. I. Carranza

Mural, 27 de junio de 2019

Primer Encuentro

Según lo que el Fonca comunicó mediante sus redes, y también según la cobertura periodística que hubo, fue un éxito el Primer Encuentro de Jóvenes Creadores celebrado la semana pasada en Papantla, Veracruz. Ya no se iba a hacer, ese encuentro, debido al desastre ocasionado en la fugaz administración de Mario Bellatin: según su percepción, esas reuniones entre becarios y tutores eran un despilfarro, así que corrió a la gente que las organizaba. Luego de que desairara el diálogo con la comunidad artística, el funcionario fue defenestrado, y quien llegó a reemplazarlo ha tratado de remediar el tiradero: ya se lanzaron las convocatorias retrasadas y se publicaron los resultados del programa México a Escena, y también se armó a toda prisa el encuentro —con la consecuencia de que muchos no pudieron asistir.

Bien, pues yo fui, y tengo dos cositas que decir al respecto. Primero, que ciertamente la comunidad papantlense pudo disfrutar de algunas actividades organizadas como una forma de conectar el trabajo de quienes se benefician del Fonca con la sociedad: música, cine, teatro y espectáculos infantiles en espacios públicos. Pongamos que eso está bien. Pero también hubo esto: como los vientos que soplan desde Palacio Nacional orientan las políticas culturales hacia un supuesto redescubrimiento o reivindicación de las raíces, el hecho de que el encuentro fuera en el Centro de las Artes Indígenas vecino a la zona arqueológica del Tajín obedeció a la intención de poner en contacto a los jóvenes becarios con los creadores totonacas que ahí trabajan, y aunque eso desde luego puede tener sentido, hay que señalar el carácter de puesta en escena que adquieren estas iniciativas para la «Cuarta Transformación». Ya lo vimos en el montaje del 1 de diciembre de 2018 en el Zócalo: los discursos, los rituales y las ceremonias de los que la nueva administración se aprovecha para alardear de lo que hace, antes que ponerse a hacer las cosas correctamente. Porque lo cierto es que el encuentro fue un ejemplo de desorganización, improvisaciones y ocurrencias, las condiciones para trabajar fueron ínfimas y quedó claro que falta mucho para remediar el desastre. Como en todo el país, vaya.

 

J. I. Carranza

Mural, 2 de mayo de 2019

Un vacío enorme (II)

Aspecto de la exposición de los becarios del Programa Jóvenes Creadores en el encuentro organizado en León, Gto., en noviembre de 2018.

 

En el huracán que supuestamente transformará al país, y cuyos vientos se originan en Palacio Nacional, las instituciones del Estado dedicadas a la cultura van siendo de las primeras en sacudirse. Los cambios abruptos, que no parecen tener detrás un trabajo de diagnóstico serio y profundo, da la impresión de que tienen una de dos explicaciones: o los encargados nuevos están emulando las formas de proceder del Presidente, y toman así decisiones arrebatadas e inspiradas por una suerte de iluminación moral para enderezar lo que, a su juicio personalísimo, está torcido, o bien tienen la encomienda de ir desmantelando lo que había, aunque funcionara, pues las transformaciones colosales han de incluir la supresión de los vestigios del pasado.

El Fonca, que por estas fechas cumple tres décadas de haberse creado (sí, en el sexenio de Salinas, ¡uy!), ha estado muchas veces en el centro de una discusión que nunca ha ido a ninguna parte. Se ha acusado de parasitismo a los creadores que beneficia, y a sus funcionarios y a los integrantes de las comisiones que otorgan los apoyos, de toda clase de prácticas corruptas por las cuales los dineros que ahí se manejan estarían sirviendo siempre a ciertas mafiecillas: complicidades y favoritismos a los que, según esas acusaciones, habría que culpar de haber tarado la libertad intelectual del país en beneficio de los gobiernos en turno, del signo que sean. (En este sexenio viene mucho pensar en términos de mafias, y quizás por eso estas acusaciones contra el Fonca han resurgido con vigor. Aquí debo dar mi propio testimonio, para lo que valga. Como seleccionador y como tutor, tanto en el Programa Edmundo Valadés de Apoyo a la Edición de Revistas Independientes —ya extinto— como en el Programa Jóvenes Creadores, me quedó clarísimo que era imposible hacer trampa. Así que las maquinaciones con que fantasean quienes acusan al Fonca de favorecer a quienes no lo merecen, según el capricho o la conveniencia de los jurados, carecen de fundamento. Y estoy seguro de que, al menos hasta que han llegado las nuevas autoridades, el Fonca era una de las pocas cosas que funcionaban inobjetablemente en este país desastroso). (Acabamos la próxima semana).

 

J. I. Carranza

Mural, 7 de marzo de 2019

Un vacío enorme (I)

Presentación de las antologías de Letras y Novela Gráfica en el pasado Encuentro de Jóvenes Creadores del Fonca, llevado a cabo en León, Gto., en noviembre de 2018

Presentación de las antologías de Letras y Novela Gráfica en el pasado Encuentro de Jóvenes Creadores del Fonca, llevado a cabo en León, Gto., en noviembre de 2018

Hace muchos años, en una de las ocasiones en que tuve la fortuna de tener la beca del programa Jóvenes Creadores del Fonca, camino a uno de los encuentros que se organizan para que los becarios trabajen con sus tutores y entre ellos, se me ocurrió calcular lo que significaría que desaparecieran los camiones que nos llevaban. (Eran tiempos más pacíficos, mucho antes de los horrores que hoy vemos: yo, ingenuamente, apenas imaginaba que esos camiones eran abducidos por extraterrestres, o algo parecido). Y supuse —lo digo no porque yo fuera ahí, sino por el asombro que me causaba ver tal multitud de artistas reunidos— que la consecuencia obvia sería un vacío gigantesco en la cultura mexicana, un empobrecimiento irreparable en la medida en que esa cultura se vería privada de los frutos de todos esos talentos en formación, de sus entusiasmos y sus preocupaciones, de sus búsquedas y sus hallazgos.

Años después, cuando me ha tocado ser tutor de ese programa, he dado otra forma a esa imaginación. En un país asolado por el miedo y en el que cada ciudad encierra peligros insospechables para todos, los encuentros de Jóvenes Creadores tienen siempre un carácter de insólita resistencia —aunque no libre de amenazas: en Guerrero, por ejemplo, bien advertidos estábamos los participantes de cuidarnos mucho, pues la libertad de antaño sencillamente dejó de existir—. Y, con todo, no parecía posible que todo eso desapareciera.

Hasta que llegó la llamada Cuarta Transformación.

Pasa esto: en la andanada del nuevo gobierno contra las prácticas de los regímenes anteriores, trátese de huachicoleros, administración supuestamente fraudulenta de guarderías, organizaciones de la sociedad civil, etcétera (si bien no se ve que ocurra gran cosa contra líderes sindicales de corrupta prosapia, blanqueadores de capitales, exgobernantes que gozan y seguirán gozando de impunidad, y usos y costumbres del latrocinio a gran escala en todas sus variantes), el sector cultural de la administración pública va siendo uno de los terrenos en que más desastres están ocurriendo, y, en concreto, es de temerse que de aquel programa sólo quede un vacío de verdad irremediable. (Seguimos la semana que entra).

 

J. I. Carranza

Mural, 28 de febrero de 2019

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