Autor: José Israel Carranza (Página 1 de 10)

Tormentón

Las revelaciones más perturbadoras son las que nos enfrentan a las mayores obviedades. Por ejemplo: el viernes pasado, luego de haber dejado a la creatura en la escuela, cuando llegué a la universidad y ya que estaba dándole el primer sorbo al cafecito para acabar de despertar (yo no sé qué gana la humanidad haciendo que las creaturas se desmañanen de modo tan brutal, y con ellas sus padres; la civilización se habrá deshecho de sus peores taras cuando dejemos de madrugar a lo loco), caí en la cuenta de que había hecho el camino sin contratiempos, bajo un cielo despejado y sin que nada me recordara el apocalipsis de la noche anterior. No sólo había dejado de llover en algún momento de la noche del jueves, sino que además los caudalosos ríos que impuso la tormenta habían desaparecido y estaban secas las calles que unas horas antes habían desaparecido bajo el agua.

       Lo que quiero decir —y esto es lo pasmoso de esa revelación de lo obvio— es que la lluvia para, el agua baja, las calles terminan por volver a ser transitables y la vida sigue. Siempre. Y eso, en esta ciudad tan aficionada a las tempestades destructoras, puede ser profundamente significativo… siempre y cuando lo tengamos en cuenta. Porque vamos a ver: salvo ciertas zonas, principalmente en la periferia, donde la lluvia intensa puede dejar inundaciones por varios días, lo cierto es que aun en los puntos más conflictivos de la Zona Metropolitana de Guadalajara, preferidos por el agua para hacer brotar encharcamientos que en cuestión de minutos crecen hasta convertirse en violentos mares, toda esa agua termina yéndose al cabo de algunas horas: corre hasta las entrañas de la ciudad y sigue su camino, y al día siguiente lo más seguro es que ya no quede rastro, aunque por lo general es cuestión de horas para que el nivel descienda y no sea una temeridad insensata cruzar la avenida, a pie o en coche.

       Lo malo de las obviedades es que reparar en ellas a veces conduce a proclamar una ingenuidad. Lo digo por si se toma por tal esto que voy a decir enseguida. En Guadalajara, vamos aceptándolo de una vez, jamás va a dejar de llover con furia vengativa, y lo más probable es que cada año sea peor que los anteriores, no solamente por las consecuencias que, aseguran los expertos, trae consigo el cambio climático, sino también por el esmero que nos caracteriza para tomar las peores decisiones (crecimiento desmesurado de torres estúpidas por todos los rumbos, sobreproducción de basura, interrupción de los cauces naturales, deforestación, elección de los peores gobernantes, etcétera), y que agravará los estragos causados por el agua. Tampoco, dicho sea de paso, vamos nunca a dejar de mostrarnos sorprendidos por el hecho de que llueva como llueve —ni renunciaremos al retorcido deleite que nos provoca deplorar cada tormenta: si no, de qué platicaríamos al día siguiente—. Y menos habrá jamás autoridad que nos asista en el momento del diluvio ni gobierno que encuentre mínimamente rentable aventurar ninguna solución duradera —en la tarde-noche del jueves, en dos horas y media de ir para allá y para acá en el coche buscando evadir las aguas crecidas y los embotellamientos, jamás vi una maldita patrulla, solamente un desvalido camión de bomberos sumergido en el pantano, como un emblema rotundo de la desesperanza. 

       Estamos condenados, pues, y nada va a impedir que llueva otra vez. Habría que volver a edificar la ciudad, llevársela completa a otro lugar, o irnos y dejarla aquí, hasta que el agua acabe con ella, para ponernos del todo a salvo. Sin embargo —y ésta es la obviedad acaso ingenua que había anunciado—, la evitación de la desgracia, en cada tormenta, pasa por la modificación de las conductas individuales y colectivas, y estará a nuestro alcance siempre que recordemos que la lluvia va a parar y el agua se va a ir. Dicho de otra forma: es cuestión de esperar. Un rato. O un par de horas. O toda la tarde. Lo que sea, pero esperar, antes de lanzarnos a arrostrar la calamidad con toda nuestra atolondrada indefensión y nuestra inservible audacia. Como el célebre tinaco que tan bien nos representa (a mí me gustaría ver que lo instalen en lugar del elefante del Centro Magno, el que se llevó la lluvia y que ya nunca volvió), sin pensarlo demasiado los tapatíos nos arrojamos a la corriente y a sus diversos peligros: que nos aplaste un árbol o nos fulmine un rayo, o que caigamos en un socavón o nos absorba una alcantarilla. Y en muchos casos se entiende, claro, como con las multitudes que se mueven en transporte público, que quieren llegar cuanto antes porque luego no habrá camión o tren y los desgraciados taxistas van a empezar a cobrar trescientos pesos. Pero, por ejemplo, los automovilistas particulares, ¿por qué encontramos preferible quedarnos atorados en Lázaro Cárdenas como tontos, por horas, con riesgo de que otra vez los cielos se abran y el agua se trague los coches? ¿Por qué corremos a zambullirnos a Plaza del Sol, al paso a desnivel de Ocho de Julio, a Higuerillas, a donde sea que ya sabemos que corremos el riesgo de la pérdida total?

«La paciencia», cantaba el rockero Guillermo Briseño, «es un recurso natural no renovable». Habría que cuidarla y tener reservas para cuando se suelta el aguacero. A fin de cuentas, como pasa siempre, tarde o temprano el agua va a bajar.

J. I. Carranza

Mural, 3 de septiembre de 2023.

¡Los útiles!

Nos dormimos o nos distrajimos en otras cosas, o tal vez estábamos tan ganosos de vacaciones que inconscientemente quisimos prolongarlas lo más posible, hasta que advertimos la intimidante cercanía de su final y vimos qué nos faltaba: ¡los útiles escolares! A lo largo de toda la primaria pudimos reírnos de mamás y papás despistados o indolentes (como era un colegio privado, no precisamente barato, no se nos ocurría que algunos estuvieran en dificultades para destinar unos pesos al gasto), a menudo desvergonzados, que dejaban al crío llegar al arranque del año escolar sin el arsenal completo, a diferencia de la cría nuestra, que ya desde varias semanas antes estaba bien abastecida y lista para echarse a la espalda la mochila descomunal y atiborrada.

       Pero esta vez se nos fue la onda. Quizá, como se trataba de dar el salto mortal de la primaria a la secundaria, nos arredraba la posibilidad de encontrarnos con dificultades inesperadas u ocurrencias inexplicables, así que fuimos dándole largas. Hasta que ya vimos que las clases empiezan el lunes, y tuvimos que organizar de emergencia la excursión ritual, y nos arrancamos a la papelería de todos los años. La misma de siempre: desde la primera vez, nos habían recomendado ir ahí porque no solamente era seguro que encontraríamos todos los artículos que buscáramos, sino también porque el dueño había tenido la astucia (pero además la nobleza, digo yo) de brindar un descuento de 30 por ciento con la condición de que la lista se surtiera completa en su local. Así que doble ventaja: todo en un solo lugar y un buen ahorro. (Imagino que no será el único comerciante del ramo con estas estrategias, pero luego uno puede andar en la luna o a las carreras, así que doy completo el dato, que más que anuncio debería verse como un servicio social: es la papelería Herrera Cornejo, en Rubén Darío y Manuel Acuña, una de esas discretas instituciones de la ciudad que nos han hecho la vida más vivible a los tapatíos por mucho tiempo, y que como muchos establecimientos del comercio local y tradicional merecen nuestra fidelidad y nuestra gratitud).

       «Desde la primera vez», veo que anoté, y resulta que eso fue hace diez años, tiempo durante el cual lista fue acortándose sensiblemente, yo creo que en parte por la pandemia, pero también porque en algún momento alguien cayó en la cuenta de la insensatez ecológica que representaba forrar con plástico cada libro y cada cuaderno —y pedir además tantos cuadernos, algunos de los cuales regresaban al final del año intactos; el año pasado, de hecho, hubo una escasez mundial, según explicó el dueño de la papelería, a causa de la guerra en Ucrania…—. Fueron multiplicándose, además, las recomendaciones de reusar y reciclar, de forma que ya no tuvo ningún sentido comprar un juego de geometría cada año, por ejemplo (yo recuerdo que en mis tiempos de educando de primaria la exigencia de un juego nuevo cada vez no era negociable, amén de la forradera loca de todo). En todo caso, la lista de este primero de secundaria estuvo muy lejos de incluir caprichos o absurdos, y fue muy sencillo surtirla (y no tan oneroso, bendito Dios).

       Sin embargo, acaso en castigo a nuestras calmas, ya que estuvimos ahí ciertamente tuvimos que vérnoslas en un pequeño tumulto, pues evidentemente no fuimos los únicos en dejarlo para el último momento. Pero no importó, y, de hecho, lo que he venido querido decir desde el principio de este artículo es que esta compra, con todo y lo carrereada que fue y aunque hubo que esperar turno detrás de las mamás atarantadas que no se decidían entre las marcas de lápices o de compases o de pegamentos, y aun cuando otras veces haya habido que hacer algunos malabares financieros para posibilitarla, es uno de mis momentos favoritos del año, y la espero con emoción y la disfruto intensamente cada que llega —sospecho que más que la cría, que luego se aburre o anda pensando en otras cosas, mientras su mamá y yo nos maravillamos con las variedades de los colores y los papeles y los sacapuntas y los borradores—.      

       Tendrá que ver, supongo, con las restituciones que la experiencia hace en la evocación de la infancia: el hecho de que yo no hubiera tenido mucho que ver en la compra de mis útiles cuando era niño, pues de lo que se trataba era básicamente de salir del paso y además, a diferencia de lo que ocurre hoy, los niños de entonces no contábamos gran cosa a la hora de decidir nada. Pero también está el mero gozo sensorial que obsequia la experiencia. Si López Velarde pudo calificar como «santo» el olor de la panadería, ¿cuál adjetivo le convendría a ese intenso aroma que mezcla las fragancias de los lápices con las de los crayones, la del plástico de las mochilas, la de la cartulina y la plastilina y el resistol y la tinta? No creo que haya felicidad tan específica como la que dispara el redescubrimiento de ese olor —y por eso es triste reemplazar la visita a la papelería pequeña o mediana por otras posibilidades, como comprar los útiles en el supermercado o, peor, en línea: de lo que podemos perdernos por querer disfrutar de algunas supuestas comodidades.

Ya estamos listos, pues, para mañana; la mochilota no está tan tremenda esta vez, va a haber que madrugar algo más, parece que no falta nada. Ni ilusión tampoco, ese material escolar necesarísimo.

J. I. Carranza

Mural, 27 de agosto de 2023.

Mucha risa

Perdón por venir a apestar el domingo con el asunto palaciego que nos entretuvo en la semana, pero se me hace que hay un par de cositas que falta considerar. Total, que al menos el entretenimiento dispuesto por la corte nos deje alguna reflexión que acaso se traduzca en algún aprendizaje, y no nomás todo quede en bilis y vergüenza. Hablo, claro está, de la sordera selectiva del Presidente, de cómo su actitud marrullera esta vez le jugó en contra, de las consecuencias que ello podría tener.

       Ya se ha señalado, pero además es tan evidente que hay poco espacio para las interpretaciones: el chiste que contó López Obrador para no hablar de la desaparición de los muchachos de Lagos tenía el propósito de funcionar como parábola, es decir, como una historia de la que se desprendiera una enseñanza. Dado como es a ejercer de profesor (de historia, de moral, de sociología, de política, de economía, de periodismo, de música popular, de lo que se le antoje), en sus «mañaneras» el Presidente frecuentemente se siente llamado a reconvenir a los reporteros por sus descarríos, a mostrarles el buen camino, a instruirlos, y para ello suele servirse de consejas, anécdotas, episodios de las vidas de los próceres, pasajes del Evangelio, dichos y refranes, recuerdos de su cosecha y, por supuesto, chistoretes. A veces se avienta buenas puntadas, hay que reconocer. Y no tiene miedo al ridículo. Al menos dos veces se ha puesto a balar como borrego.

       (Es una materia fascinante, la producción cómica de López Obrador, al margen de las risas que recaude en cada ocasión —por desgracia, casi siempre se oye el murmullo de los reporteros presentes, que le ríen hasta los chistes más cebos: ¿les preocupa quedar proscritos si no se suman al coro?—. ¿Cuáles son sus motivos para payasear como lo hace? Yo tengo dos conjeturas principales —no está a mi alcance otra cosa pues no puedo entrar en la cabecita del Presidente—: una, que se permite esas evoluciones de su discurso porque entiende que, al convidarnos a reír con él, nos transmite tranquilidad, confianza, como si la posibilidad de decir mensadas y deslizar entre ellas su risita fuera una demostración de que nada está tan mal como nos quieren hacer creer. Lejos de asumir con gravedad o al menos seriamente la realidad que atiende desde ese espacio, con sus ocurrencias y sus ironías quiere infundir en esa realidad una ligereza que nos la haga más manejable. La otra conjetura es que se trata de la risa de los puros: la manifestación pública de la convicción profunda que el Presidente tiene de no ser culpable de nada —por ejemplo del modo en que el Estado les ha fallado a los miles de asesinados y desaparecidos de los últimos sexenios, incluido éste—, la certidumbre de que está haciendo lo correcto y de que su rectitud personal y el rumbo que le marca a su grey son lo que necesita este presente para convertirse en un futuro de concordia y amor y justicia universal. Ríe y convida a reír con él porque se sabe inocente y noble e inatacable).

       El chiste del sordo, entonces, lo que quería hacerles entender a los reporteros era: «No oigo lo que no me conviene». O, para decirlo de forma acaso más precisa: «Cuando oigo lo que no me conviene, me hago pendejo». Como estaba sucediendo en el momento mismo de contar el chiste. Pero esta vez no calculó, evidentemente, la reprobación que le acarrearía esa gracia. De inmediato, y con gran resonancia, se vio denunciado en su sevicia, pues la indiferencia al dolor ajeno desde una posición como la suya —desde el más elevado sitial de la Nación— es impiedad reconcentrada, vileza sin más… O si no fue eso, fue mera tontería insensible, ofuscamiento, desatino —pero no: el Presidente está lejos de ser tonto, todo lo contrario—. Como sea, no midió las reacciones que desencadenaría, y entonces, ahora sí echando mano de toda su astucia, el «control de daños» consistió en victimizarse y colocarse al centro de la gran conspiración de los dueños de los medios que habrían aprovechado la ocasión para fabricar una infamia contra él.

      Y mientras esto pasaba, cuando ya estábamos alegando si oyó o no, o si el chiste fue cándido o pérfido, los cinco muchachos de Lagos y las decenas de miles de personas desaparecidas en México seguían sin estar donde tienen que estar. ¿Qué está haciéndose para que esa desgracia cese? Ése está lejos de ser el tema de la conversación, o es más bien que estamos sordos a él.

Iracundo y rencoroso, es de temerse que el Presidente abra las compuertas a sus ansias de venganza. El «acuse de recibo» que hizo, dirigiéndose a los dueños de los medios que considera adversos (todos lo que no ensalcen sus acciones, hagan eco de su ideario, glorifiquen sus dichos o le festejen los chistoretes), imputándoles directamente el revuelo ocasionado por su chiste fallido del sordo, marca, quizás, el inicio de la ofensiva que el mandatario más poderoso y temible desde Gustavo Díaz Ordaz podrá emprender contra la prensa crítica, y ya tendríamos que ir imaginándonos las consecuencias —por ejemplo mirando hacia Nicaragua o hacia cualquier otro de esos países de los que al Presidente de México no le gusta hablar—. ¿Y se le irá a quitar lo chistosito, de aquí en adelante? No parece posible. Pero ya podríamos ir figurándonos con más claridad qué hay detrás de esa risa.

J. I. Carranza

Mural, 20 de agosto de 2023.

En la tele

Tuvo que ser a principios de los ochenta, cuando yo iba en tercero o cuarto de primaria y un día fui a comer a la casa de mi amigo Luis Cornejo. Los recuerdos más decisivos tienen tal nitidez que se vuelven sospechosos, pero cuando identificamos en ellos presencias que podemos nombrar con certeza, podemos confiar mejor en que no serán meras elaboraciones de nuestra fantasía. Mientras ya estábamos sentándonos a la mesa, para mi asombro imborrable, Luis encendió el televisor —no sé si le pidió permiso a su mamá, yo creo que no— y entonces descubrí dos cosas que hasta ese momento jamás habría sospechado: que había casas donde la televisión era invitada a la hora de la comida y, lo más increíble, que había algo ya transmitiéndose a esa hora: concretamente el programa de Sixto, en el Canal 6.

       Yo había vivido en la creencia de que la televisión sólo empezaba a existir después de comer, porque era hasta entonces cuando me dejaban verla, y como además degustaba exclusivamente las caricaturas del Canal 5 —hasta la hora en que mi mamá ponía sus telenovelas, y luego mi papá su noticiario—, esa señal, como otras que se transmitían desde la Capital, no llegaba a Guadalajara por las mañanas: eran tiempos en que la tele tenía horarios de apertura y cierre. Así que culpo al títere azul por haber sembrado en mi existencia, aquella vez, la semilla de lo que años más tarde, cuando no tendría que pedirle permiso a nadie para prender la tele a la hora que me diera la gana, se me volvió una pésima costumbre: al mediodía, entre el momento de poner la mesa y llevar los refrescos, buscar dónde quedó el control remoto, pues es casi más importante dar con él que evitar que se quemen las tortillas. (Encima, la tele de Luis Cornejo era a colores, y ya he contado que en mi casa sobrevivimos durante mucho tiempo con una vetusta Philco en blanco y negro, cosa que seguramente hizo que aquellos descubrimientos fueran todavía más memorables: de qué modo desfachatado brillaba Sixto al revelarme que había infancias muy distintas a la mía).

       Por esa maldita costumbre, en la semana tuve un disgusto enorme. En un tonto programa de chismes faranduleros de la tonta televisión local, los tontos conductores abrieron —mientras estábamos comiendo, y se nos atoró la comida con la noticia— dando a conocer, a lo largo de varios minutos, la «muerte» de José Luis Perales. Espero que las comillas que acabo de usar sirvan para que a nadie que no haya estado al tanto vaya a pasarle lo mismo que nos pasó: Perales no se murió, era un estúpido rumor. Pero aquellos melolengos se extendieron como si la noticia fuera verdadera, incluso adoptaron un tono de lamentación, pasaron videos de recordación del cantautor… Y ya que su broma cretina no daba para más, la desmintieron. ¡Maldita sea!, bramé (no con esas palabras: con otras más aptas para manifestar el macizo encabronamiento), qué falta de respeto al público (y ya no digamos al no-muerto), una jugarreta de tal mal gusto como ésta —y aquí tendría que decir que no es que yo tenga un póster de José Luis Perales encima de mi escritorio ni tampoco que sea el presidente de su club de fans, pero sí, como ocurre con al menos tres generaciones de hispanohablantes en el mundo, tengo incrustadas su lírica y sus tonadas en las cavernas más empalagosas de la psique, y ni modo.

       Luego pensé: quién me manda ver ese programa de porquería. Y luego pensé: no es que nadie me mande, sino que hay en la vida inercias dañosas a las que quedamos sujetos sin darnos apenas cuenta, como ésta que consiste en sintonizar la tele a la hora de la comida, o incluso sintonizar la tele (me refiero a la televisión abierta en México, en especial la de carácter local), a sabiendas de que casi toda su oferta, o toda, es  repelente y nociva, prescindible por lo tanto y evitable en todo caso. ¿Estoy generalizando? Lo siento, pero es tan abrumadora la masa de inmundicia por la que hay que ir abriéndose camino que, si alguna producción amerita excepcionalmente nuestra atención, entre la multitud de producciones de baja estofa, chabacanas o estúpidas, será muy difícil dar con ella. ¿Qué ha tenido que pasar, por ejemplo, para que los noticieros compitan de tal modo por dramatizar las noticias más atroces, explotando con obscenidad el dolor de las víctimas, musicalizando el horror con melodías lacrimosas o supuestamente impactantes y haciendo que los pobres reporteros se comporten como payasos? (Hablo de los noticieros porque eso es lo que principalmente veo en la televisión local, amén del mencionado programa farandulero, que ya quedó vetado en casa por los siglos de los siglos).

No tenemos forma de afirmar que las cosas fueran mejores antes quienes, procedentes de ese antes, somos damnificados directos de la televisión mexicana, con nuestra educación sentimental modelada por Valentín Pimstein, nuestra formación estética decidida por Raúl Velasco y la idea que íbamos haciéndonos de la realidad sociopolítica suministrada por Jacobo Zabludovsky. Pero sí hay algo hoy que antes no parecía tan sencillo: la posibilidad inmensa de apagar la televisión y, especialmente, no volver a asomarse nunca a la televisión local. Porque hay un mundo de alternativas para informarse y divertirse. En aquel triste antes, Sixto y similares era casi lo único que teníamos.

J. I. Carranza

Mural, 13 de agosto de 2023.

Los libros

¿Quién conserva intactos y tiene a la mano los libros que el Estado mexicano le entregó mientras cursaba la primaria? Yo no tengo la menor idea acerca de lo que pasó con los míos… y ahora mismo caigo en cuenta de que me resulta difícil usar este posesivo, «míos», pues tengo presente cómo cada año, al repartírnoslos, las maestras nos hacían sentir que no se trataba propiamente de un obsequio sino de la confirmación de una responsabilidad que contraíamos con la Nación, como si estuviéramos recibiéndolos en custodia y nunca terminaran de ser sólo nuestros; imagino que en todo ello había alguna reverberación de las etapas más recias de la educación socialista en México, y que por ahí se nos intentaba colar algún principio de desprecio por la propiedad privada, o tal vez alguna noción del bien común y del deber patrio.

       No sólo imagino esto que acabo de escribir. Gracias a que está disponible para su consulta el catálogo histórico de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (historico.conaliteg.gob.mx), el recuerdo me lleva directamente a consultar la tercera de forros del libro de Ciencias Sociales que tuvimos en nuestras manos quienes cursamos el sexto de primaria entre 1982 y 1983. Y, como esperaba, me encuentro ahí el cuadro que se repetía en los libros de todas las otras materias y de todos los otros grados, encabezado por la admonición estatista y en mayúsculas: «ESTE LIBRO ES PROPIEDAD DE LA REPÚBLICA MEXICANA». Destinada a inhibir la comercialización del libro, en principio, pero también cualquier intención de «llevarlo o mandarlo fuera del país» —las paranoias ideológicas de aquellos tiempos priistas eran más espesas que las actuales, hay que reconocer—, esa advertencia también buscaba imponer una condición: «Para que lo use y lo conserve se entrega en forma absolutamente gratuita, pero con la condición de que lo cuide, a…» (y seguían los espacios para rellenar con el nombre del educando y los datos de su escuela).

       Yo creo que sí cuidé mis libros, pues no recuerdo haber perdido nunca alguno, o que se me hubiera maltratado al punto de quedar inservible —y mucho menos haberlos destrozado, eso es de animales—. También, desde luego, recuerdo haberlos usado, y esa memoria ha venido a reactivarla de un modo absolutamente sorprendente la visita al citado catálogo de la Conaliteg: cuatro décadas no han sido suficientes para borrar por completo las imágenes de las portadas, las ilustraciones que enriquecían las páginas de lecturas y ejercicios, y especialmente el tono general de una forma de educar, entre la severidad y la ternura, que cobraba forma en las palabras de quienes escribían esas páginas —tengo una especial gratitud y un imborrable amor por la presencia de Armida de la Vara, responsable de un buen número de adaptaciones de clásicos de la literatura universal que muchos niños conocimos gracias a su trabajo en esos libros: seguramente una de las educadoras más importantes para varias generaciones de mexicanos.

       Lo que no hice fue conservar mis libros. ¿Por qué? ¿Dónde quedaron? Tengo claro que a partir de los 14 años, cuando ya patinaba a toda velocidad por la pista de la adolescencia, empecé a hacerme cargo de mi biblioteca personal, con los primeros libros que elegí por mi cuenta y que fueron acomodándose junto a los que mis papás me habían escogido desde la niñez (muchos de los cuales asombrosamente conservo, y algunos incluso han ido a parar directamente al librero de mi hijita, con mi esperanza de que alguna vez lleguen a azorarla como lo hicieron conmigo, en especial la colección Cómo hacer…, editada en España, además de los volúmenes de una enciclopedia musical). Pero ¿por qué decidí, o alguien decidió por mí, que los libros de texto gratuitos no había que atesorarlos? De no ser porque están disponibles en línea, mi memoria acabaría por extraviarlos definitivamente. No creo que hayan sido donados, pues cualquier niño recibiría los suyos llegado el momento (era uno de los frutos de la Revolución mexicana que veíamos verificarse sin mayores problemas año con año), y me cuesta creer que fueran desechados. Casi es como si no hubieran existido en realidad.

Según el catálogo histórico que he venido refiriendo, los libros que me tocaron fueron los de la Generación 1972 (el año en que nací, por cierto). Ocho «generaciones» más se han sucedido desde entonces, y es la novena la que hoy mismo tiene vociferando a fanáticos y ridículos y necios y miserables de un lado y otro. Incapaz de ningún juicio que no sea superficial o sesgado (porque ni soy especialista ni soy hipócrita y espero no ser oportunista), al echar un vistazo a esta última edición mejor me abstengo y me regreso a repasar el recuerdo de los libros que llevé. Y, cuando mucho, me animo a aventurar que no sobran muchas razones para que los niños de hoy sostengan una relación distinta con sus libros de la que sostuvimos los niños de hace casi medio siglo, y lo más seguro es que de esa relación quedará sólo una impresión borrosa y cada vez, al paso de los años, más difícilmente descifrable. Será objetivamente escasa la medida en que su comprensión de las cosas quede configurada por lo que digan esas páginas (otras cosas pesan más en la vida, siempre). Y al final ignorarán dónde acabaron quedando y para qué les pudieron servir.

J. I. Carranza

Mural, 6 de agosto de 2023.

Un emblema

Pasandito el Tapatío empezó a lloviznar, y poco después ya era un tormentón normal, es decir, desquiciado. Sospecho que ahí dio inicio la rabia del taxista —ya estaría imaginándose el trayecto tortuoso de regreso: eran las cuatro de la mañana y ya se le había estropeado el día—, pero luego razoné que es una rabia de años, que seguramente expresa cada vez de formas parecidas: con sorna y con maldiciones, renegando y quejándose, pero también, conforme el taxi va acercándose a su destino, buscando inocular en sus pasajeros una decisión que, según él, les facilitará a todos la vida. Me explico: cuando ya estábamos haciendo la cola kilométrica para tomar el acceso al aeropuerto, el taxista empezó a insinuar que podría irse por la vía que conduce a una glorieta (como quien va hacia donde antes funcionaba la terminal de los aviones chiquitos: hacia la derecha, vamos). Así, seguía diciendo, tendríamos que caminar «unos sesenta metros», pero a cambio llegaríamos antes que todos los demás, pues por esa vía no había embotellamiento. Y aceleraba y frenaba con más rabia mientas sugería esto («Si ustedes quieren me voy por allá, pero como vean»).

       Habría sido una tontería hacerle caso, pues nos habría largado no a sesenta metros, sino mucho más lejos, y habríamos tenido que caminar con las maletas y con la angustia bajo la lluvia y sorteando las obras interminables, y además entre los cientos de personas que estaban ya formadas, a la intemperie, en otra cola kilométrica para ingresar a las salas de abordar. Lo que el taxista mañoso quería era ahorrarse el atorón, pensé, pero sólo en su beneficio. Y no lo culpo: debe de ser enloquecedor enfrentar todos los días el suplicio de llevar gente al aeropuerto, como lo es seguramente también para los taxistas que de allá salen, como nos lo demostró la decisión que tomó el que nos trajo a casa, una vez que volvimos. Por alguna razón, para llegar a Lázaro Cárdenas apostó a que sería más rápido y directo tomar por el llamado nuevo Periférico, que fue a sacarnos a la autopista a Zapotlanejo, en lugar de venirse por la carretera a Chapala (según él porque había un accidente). He repasado muchas veces el rodeo demencial que dio y no le encuentro sentido. Pero en realidad pocas cosas lo tienen cuando hay la necesidad de usar el maldito aeropuerto tapatío, ese vórtice de todas las malechuras y estupideces que comprueban la inveterada incapacidad de gobierno e iniciativa privada para lograr que nada funcione bien.

       Esa cola para entrar a las salas de abordar, es decir, para pasar por la revisión de seguridad, aquel día (y no me imagino que otros días sea de otro modo) salía de la terminal y serpenteaba hasta perderse en la distancia, pero además, en el amontonamiento de gente sobre la banquetita, todo mundo tenía que ingeniárselas para descubrir que había que formarse ahí, pues no había más que una empleada para dar indicaciones. Más de una hora nos tomó llegar a la revisión, y eso después de recorrer como ratas acaloradas un retorcidísimo caminito de ésos en los que a cada vuelta uno va sintiéndose más y más estúpido. Por fin alcanzamos las bandas a las que subimos las maletas, la bandeja con los tiliches que traíamos encima, y nos sometimos a la inspección. Ya sabemos que, gracias a Osama Bin Laden, ése es uno de los puntos más bajos que han alcanzado las sociedades modernas, pues sirve principalmente para materializar la profunda desconfianza que nos tenemos como especie. O bien es la condensación de nuestras peores posibilidades. Lo que a estas alturas es inexplicable es por qué la tecnología no ha avanzado lo suficiente como para que los tarados escáneres no sepan más pronto y más claramente quiénes llevan bombas o drogas o diamantes de contrabando y quiénes nomás llevamos champú y bloqueador solar porque allá donde vamos los venden carísimos.

       Total, que aun cuando nos habíamos dado el parón de la cama a las tres de la mañana para no andar a las carreras, tuvimos que correr para alcanzar a subirnos al camioncito que nos depositaría junto al avión. No faltará quien diga que lo aconsejable es siempre irse con más tiempo. Y yo mismo me propongo que así sea para la siguiente vez (¿unas siete horas, en lugar de tres?), pero ello no quita que el aeropuerto tapatío sea la porquería que es. Atestado, cochino, confuso, con un acceso pésimamente diseñado y que a nadie, por lo visto, se le ha ocurrido siquiera corregir (el taxista fúrico tenía razón en algo: lo que sobra  es espacio para abrir más carriles), inalcanzable para el transporte público (hasta en el AICM puedes ir y venir en metro), caro, feo, peligroso y lleno de zancudos —un buen enjambre hizo el viaje con nosotros en el avión—. ¿Y hay alguna esperanza de que las obras en proceso no sólo terminen algún día, sino que sirvan efectivamente de algo?

Yo no soy viajero frecuente, y con este aeropuerto ni ganas. Y tampoco es que conozca muchísimos aeropuertos, pero sí estoy seguro de que éste es el peor que conozco. No recuerdo una sola vez en que no haya tenido que enfrentar en él contrariedades de toda índole, y por ello creo que en su existencia caótica y en la poca voluntad de remediarla, es un estupendo emblema de esta tierra, de esta sociedad, de la forma en que se hacen las cosas aquí: como a propósito para que todo salga mal.

J. I. Carranza

Mural, 30 de julio de 2023.

Olvidar

Me gusta pensar que tengo buena memoria. No es una suposición del todo infundada: en las conversaciones con amigos de años, cuando derivan hacia la recreación de hechos y circunstancias compartidos cuyos pormenores se va volviendo más difícil precisarlos, a menudo soy yo quien consigue dar con el nombre improbable o con los detalles que fijan el acontecimiento en un contexto o un tiempo determinados. (Los amigos están al tanto de mi jactancia y aprovechan la menor oportunidad para desmentirla, cuando no doy con un dato y alguno tiene que venir en mi auxilio. Sin embargo, también me gusta creer que esas ocasiones son excepcionales. Y ellos también saben que me gusta creer en eso, y de seguro me siguen la corriente).

       Por esto tengo el hábito de preservar informaciones que otros quizá desecharían sin preocuparse demasiado. He sido profesor desde hace mucho, y por mis cursos han pasado cientos de alumnos; me obligo a tener sus nombres siempre al alcance, a fin de usarlos si un día me encuentro con ellos —y que el nombre se produzca en cada encuentro siempre les resulta parecido a un acto de prestidigitación—. A veces fallo, desde luego, y entonces me empecino en recuperar el nombre perdido hasta que doy con él, del mismo modo que al ver por la calle un rostro vagamente familiar hago todo lo posible por saber a quién pertenece y por qué lo reconozco. 

       Entiendo —o sigo suponiendo— que así ejercito la memoria y la mantengo en forma, precaviéndome contra las consecuencias de su deterioro o su vaciamiento: perder las orientaciones básicas para cada expedición al pasado, regresar cada vez con menos pruebas de que ese pasado existió, acabar ignorando de dónde procede el presente del que acaso llegue a resultarme imposible salir. Puesto que la única salida a la que conduce el futuro es la muerte, la vida dejada atrás es la sola dirección en la que podemos figurarnos a salvo de las permanentes incertidumbres del instante: por eso las borraduras de nuestros pasos nos reducen y van cancelándonos.

Esta obstinación también se verifica en mi aprensión por procurarme certezas acerca de los rumbos por donde han ido mis pasos, los espacios donde he estado y también lo que haya ocurrido en ellos y las presencias que quedan conteniendo en el recuerdo. Pero la perpetuación de lo sucedido en esos lugares pueden tener consecuencias indeseables: cuando los hechos fueron infelices, preferiría que cesaran para siempre, apagados por el olvido. Doy un ejemplo suministrado espontáneamente por mi memoria que, en una de sus decisiones misteriosas, ha ido a parar ahora mismo al final de un viaje a San Luis Potosí, en concreto al momento de regresar, cuando me vi en la terminal de autobuses, enfrentado a una escena de tristeza insondable. 

       Este recuerdo, si trato de describirlo tal como acaba de cobrar forma, podría empezar por la reconstrucción del espacio de la terminal con todos sus detalles, sus luces, su ambiente. Pero lo que el recuerdo afirma ante todo es esa escena que presencié ahí, protagonizada por un hombre cansado, viejo, más allá de la desesperación, y su hijo, un niño de unos doce años, incontenible y dolorosamente violentado por la enfermedad: no se estaba quieto, aullaba, golpeaba, huía, y el padre no podía imponerle ningún reposo: apenas forcejeaba con él de vez en cuando, tratando de someterlo en un abrazo que lo calmaba por unos momentos, pero luego la lucha volvía a empezar. Las grandes cajas de cartón que llevaban hacían pensar que viajarían lejos, parecían muy pobres, el hombre trató de darle a comer algo al niño, éste lo rechazó, tuvo que perseguirlo de nuevo, abrazarlo de nuevo, tratar de sosegarlo y oírlo llorar más, todo el tiempo. Una hora habré estado viéndolos, hasta que salió mi autobús y los dejé ahí, agotados y sin que su combate cesara. Y ahora sí puedo precisar el ámbito que contuvo aquello: la luz mortecina y verdosa de la terminal al caer la tarde, su piso gris y sucio, la pestilencia del diésel quemado, el color azul de las butacas de plástico, una máquina de golosinas y otra de refrescos, los mostradores de las taquillas, unas macetas de plantas infelices que acentuaban la desolación imperante, las puertas giratorias de los sanitarios públicos, las mesas y las sillas anaranjadas de una cafetería donde no había nadie, los vidrios a través de los cuales se veía el movimiento en los andenes, los autobuses que llegaban y salían, los bultos de los pasajeros. Hacía poco que yo me había convertido en padre, y ello me vinculaba inevitablemente con aquel padre que yo tenía delante y que trataba de abrazar a su hijo, con su pena inimaginable.

La perpetuación de un presente desdichado. Ahora que me he visto devuelto a esa tarde en la terminal de San Luis Potosí, sin encontrar que el recuerdo traiga consigo nada aparte de su tristeza, lo único que puedo hacer es dejarlo disiparse, pasar a otra cosa. Pero no sé si al haber revisitado ese espacio —y, peor: al haber dejado por escrito lo que me lo volvió inolvidable— he terminado por hacerlo más indestructible. Uno no elige lo que recuerda súbitamente. ¿Habría que tomar precauciones para no abastecerse de memorias infelices? O sería más prudente abstenerse de registrar con tal minuciosidad el presente y mejor dejar que el olvido arrase con él.

J. I. Carranza

Mural, 23 de julio de 2023.

Otra parte

Hace algo más de catorce años, cuando Milan Kundera cumplió ochenta, caí en la cuenta de que habían pasado dos décadas desde que leí por última vez una novela suya (La inmortalidad, de 1988). Ya entonces, en 2009, tal alejamiento me pareció inexplicable, y sobre todo injustificable: no se trataba de un olvido definitivo, pues había llegado a disfrutar sus libros de ensayos El telón (2005) y Un encuentro (precisamente de ese 2009), pero sí era un abandono indeliberado, como si me hubiera deshecho de su compañía sin motivo para largarme a quién sabe dónde. Eso: ¿a dónde?  

       La contabilidad un poco fantasiosa que hago al recrear mis tiempos de lector activo de Kundera me muestra que en un lapso de unos tres años despaché sus seis primeras novelas (La bromaLa vida está en otra parteLa despedidaEl libro de la risa y el olvidoLa insoportable levedad del ser y La inmortalidad), además de los cuentos de El libro de los amores ridículos y los ensayos de El arte de la novela. Poco después fui a una representación de Jacques y su amo, la obra que escribió a partir de Jacques el fatalista, de Diderot: en el Experimental, a cargo de una compañía cuyo rastro jamás he podido localizar —el blanco lunático del vestuario y de la escasa escenografía refulgía sobre fondo negro, y sobre todo recuerdo la desvalida mirada de estupefacción con que Jacques llegó a incluirme en su perplejidad abrumadora—. Tres o cuatro años de leerlo intensivamente y de que me importara mucho. Luego, aquel abandono. Y veinte años después, luego de recordarlo fugazmente, otra vez lo perdí de vista. Hasta esta semana, cuando su muerte me confirmó que no se había muerto.

       Al darse a conocer la noticia, tuve la impresión de que muchos lectores de Kundera en las inmediaciones de mi edad pasaron por algo parecido. Era extraño: como tener que asistir al funeral de un maestro cuya influencia pudimos tener por decisiva pero al que incomprensiblemente le dimos la espalda. Alguien aducía que se trataba de un autor, como Cortázar o Hesse, al que sólo podemos tener acceso mientras estamos en la juventud, y que concluida ésta ya no hay forma. No lo creo, y además sospecho que los jóvenes de hoy difícilmente estarán encontrándose con sus libros. Tampoco creo que la causa fuera el silencio casi total que Kundera quiso extender sobre sus últimos años en esta tierra, pues en cierto modo ese apartamiento fue tan contingente como su fama súbita, cuando Seix Barral puso a circular entre nosotros las traducciones del checo de Fernando de Valenzuela, fama que se vio potenciada con la versión fílmica de La insoportable… Más bien he pensado que algo nos distrajo, nos ocupamos en otras cosas, y en el vértigo del presente que atravesamos acabamos extraviando algo sustancial que aquellas novelas nos revelaron.

       ¿Por qué nos importaba tanto Kundera? Hablo por mí, pero no sólo por mí. Porque sus novelas las leímos como una posibilidad de resistir a los sinsentidos de la existencia, acaso creyendo encontrar explicaciones en los destinos de los hombres y las mujeres que las protagonizan, en las relaciones que anudan y desatan, al constatar la insignificancia de nuestras pobres vidas ante las fuerzas de la Historia y al reparar en las demenciales maniobras con que creemos sujetar esas fuerzas. Kundera, además, ejerció una muy persuasiva crítica del poder (de los totalitarismos, de la tiranía, de la beatería política y de los fanatismos que permiten todo lo anterior) fundada en una consideración eminentemente estética de los excesos del Estado y de las ambiciones de los poderosos, siempre ridículas, aun cuando puedan ser temibles. Toda vileza es una forma de vulgaridad, el horror del siglo es el triunfo del kitsch. Y ante eso, lo que quedaba a nuestro alcance para salvarnos, y para vengarnos de la Historia, era la supremacía del arte: en «El día que Panurgo ya no haga reír», ensayo publicado hace más de treinta años en la revista Vuelta, Kundera profetizó lo que nos esperaba conforme fuéramos desentendiéndonos de la historia del arte (él hablaba del arte de la novela, pero lo que dijo vale para cualquier otra forma): «una caída en el caos donde los valores estéticos ya no son perceptibles».

       Recientemente, el novelista terminó de hacer las paces con su tierra —la Historia los había enemistado— entregando su biblioteca personal a su ciudad natal, Brno. Su esposa dijo entonces que la idea de ese gesto se la había dado su amigo Philip Roth, que ya muerto se le apareció en un sueño. Yo recuerdo con especial emoción (y también porque la leí junto con mis amigos) la historia que cuenta Carlos Fuentes en el prólogo de La vida está en otra parte: el viaje en tren que hicieron él, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar para encontrar en Praga a su colega, que los recibió conduciéndolos a un sauna y haciéndolos zambullirse luego en agua helada. Tal vez del conocimiento de esas conexiones, que hoy se antojan irrepetibles, y de aquellas existencias centradas en posibilitar el arte, es de donde se desprendía el encantamiento de saberse leyendo a Kundera, en el tiempo de la juventud remota en que leer —otra vez hablo por mí, pero no sólo por mí— era ir descubriendo qué quería decir aquello de la «otra parte» donde se suponía que estaba la vida. Esa otra parte era aquí mismo, y ésa era la maravilla.

J. I. Carranza

Mural, 16 de julio de 2023.

«¡Vámonos!»

En las vacaciones de la infancia, el encantamiento, poderoso, radicaba en la supresión súbita de lo consabido y lo predecible. El viaje que estábamos por emprender desmentía toda noción de normalidad y a cambio estatuía como única forma aceptable de vida la maravilla. Apenas mi papá decidía que nos iríamos, el mundo conocido y desabrido, confiable pero carente de novedad, dejaba de existir. La escuela, por las mañanas, y las tardes frente al televisor o jugando o haciendo la tarea eran las dos formas básicas del tiempo para mi existencia a los seis o siete años. Pero repentinamente esas formas se volvían prescindibles, tanto como para dejarlas atrás sin ninguna preocupación y, sobre todo, sin ningún remordimiento. Lo mismo con nuestra casa: empezaba a desaparecer apenas llegaba el taxi para llevarnos a la estación del ferrocarril, y al doblar la esquina ya no quedaba ni un rastro de ella. Si al volver nos hubiéramos encontrado a otra familia viviendo ahí, o un baldío, seguramente me habría sorprendido, pero no me habría decepcionado.

       Sólo importaban, en el inicio de la vacación, la emoción ajetreada del presente y la intuición de lo que nos aguardaba. El tren salía a las nueve de la noche y llegaría a Buenavista a las nueve de la mañana, pero a mí me alegraba siempre que la duración del recorrido se prolongara más de lo previsto, pues así podía disfrutar más de la fascinante irrealidad de los ámbitos que nos contenían: el gabinete de tres camas y un baño diminuto, los pasillos a lo largo de los vagones, las plataformas en cuyo vértigo traqueteante mi papá y yo nos instalábamos un rato para sentir la velocidad en el viento y las luces del mundo inagotable al parejo de las vías, la penumbra del carro fumador con el bar en un extremo y la calidez y el bullicio sobrenaturales de la cena en el carro comedor, con la pesada loza en las mesas y el desempeño funambulesco de los meseros. Esa sola noche inaugural, aunque nada hubiera sucedido después, me habría bastado cada vez.

             Nos íbamos. ¿Habríamos de regresar? Era lo más probable, pero en la emoción de la partida carecía de importancia. O parecía inverosímil. Quedaba lejos de mi comprensión, supongo, la perentoriedad propia de los viajes cuya sencilla razón consiste en la procuración de una pausa, por lo general con el fin de descansar o distraerse de las obligaciones de lo habitual —lo que se entiende por vacación y no es sino la interrupción provisional de los deberes—. Aunque, en efecto, se tratara de viajes vacacionales, había siempre en ellos un elemento sorpresivo que los acercaba más bien a la fuga, a la evasión libérrima y dichosa de lo cotidiano justo cuando lo cotidiano se hallaba en su apogeo. De pronto nos encontrábamos comprando los boletos en la estación, enseguida haciendo las maletas, luego estábamos ya cerrando la llave del gas y echando llave a la puerta, mientras el taxi esperaba y mi papá bajaba el switch y la cortina del consultorio (ya habría cancelado para entonces todas las citas de los días por venir), todo con la celeridad y la controlada confusión propia de quienes deben salir cuanto antes, como si necesitáramos hacerlo de inmediato y sin pensarlo demasiado o de lo contrario tuviéramos que resignarnos a no salir nunca. En la simultaneidad de mi recuerdo se agolpan todos los gestos y los actos, de manera que me resulta imposible asignarles ninguna sucesividad: sólo veo a mi papá y a mi mamá preguntándose entre sí y anunciando al mismo tiempo: «¿Nos vamos a México?», y enseguida nuestra llegada a la estación, la documentación del equipaje delante de un mostrador donde despachaba el personal rigurosamente uniformado en azul marino, el paso a los túneles subterráneos que llevaban a las rampas de acceso a los andenes, la búsqueda del vagón dormitorio que nos correspondía, y cómo la noche empezaba a desplazarse sobre las vías entre silbatazos y luces y campanadas y el mágico «¡Vámonos!» que, para mi felicidad, un porter no se olvidaba jamás de gritar.

En mi imaginación o mi recuerdo de esos viajes de la infancia hay enigmas cuya solución quizá sea muy simple: mis papás decidían que nos fuéramos tras juzgarlo oportuno y porque les daba la gana, pero también porque sabían que podíamos irnos; habrían ahorrado lo suficiente como para permitírselo, consideraban y descartaban compromisos o los posponían, tal vez armaban algún itinerario elemental y disponían lo necesario para largarnos. A mí no me quedaba sino avenirme a lo que resolvieran —y no siempre iban mis hermanos, acaso porque ya no eran niños y su voluntad contaba más que la mía—; después de todo, la niñez es el imperio de la obviedad en el que las cosas son sólo como son. Sin embargo, me resisto a admitir las explicaciones más naturales, pues a cambio mi memoria prefiere centrarse en lo asombroso de nuestras evasiones. Porque era eso, ciertamente: al irnos de pronto y estar ya de viaje, al abandonar así lo cotidiano, para mí era evidente cómo nos sustraíamos radicalmente de nuestra vida e ingresábamos a otra, la verdadera, que de esa manera recuperábamos: yéndonos a habitar otra forma preferible de tiempo y un espacio que nos acogía como si nunca hubiéramos salido de él.

La vida real es la que ocurre cuando estamos de vacaciones. Lo otro es sólo apariencia o fantasía.

J. I. Carranza

Mural, 9 de julio de 2023.

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