¿Qué ha tenido que pasar para que el Mundial se haya vuelto ocasión de tantas contrariedades y tanto entripado? En un mundo menos descompuesto, el hecho de que seamos sede implicaría más naturalmente ciertas felicidades elementales: la fiesta y, con ella, una dichosa pausa abierta por la fantasía; alegrías sencillas y diversión sin más complicaciones que ir a un estadio o encender el televisor, encontrarse con los amigos o los parientes, emocionarse y angustiarse y sufrir un poco y gozar con los goles; salir a las calles, a las plazas, ponerse una camiseta u otra y bailar o brincar o corear porras o cantos y estar asomándose a las crónicas y a los marcadores con tal de acompañar la fortuna de los provisionales pero imperecederos héroes que juegan y con quienes se juega algo mucho más importante que los partidos y sus resultados. Y ya, y nada menos.
Pero este Mundial parece concebido para impedir todo eso. La causa evidente y, por lo visto, irremediable, es la codicia insaciable de la FIFA y sus secuaces. Qué aborrecibles, ese organismo todopoderoso y también los gobiernos que a su voluntad se pliegan, básicamente debido a las oportunidades gigantescas que la organización del torneo les ofrece para medrar y favorecer al puñado de listos que se apunten a medrar también; detestables, asimismo, los medios en su voracidad rastrera y su falta de imaginación, con sus ejércitos de comentaristas pedestres y preverbales. Y odiosas también las incontables marcas de todo que aprovechan para alinear su publicidad a nuestras ilusiones, pero de tal modo que los caudalosos ríos de dinero que hacen fluir en torno al futbol revientan las represas de lo razonable y lo anegan todo con cifras obscenas: ¿cómo es posible que un boleto cueste lo que cueste?
Mucho se ha dicho ya acerca de todo esto, y qué fastidio, ya sé. Como si nos hicieran falta motivos para deprimirnos, además de todas estas circunstancias están la vergüenza y la rabia que causa presenciar la estupidez con que las administraciones en curso (y las que las precedieron: desde hace ocho años supimos que el Mundial iba a ser aquí) han desperdiciado el pretexto para proponerse alguna mejora significativa y duradera, y en cambio se bastaron con obras de relumbrón e innecesarias, o con parches y remiendos, o con tonterías sin más, en gran parte improvisando en el último momento, y sólo buscando lucirse lo más que puedan en beneficio propio: llenando la capital de ajolotes horrendos, salpicándolo todo de naranja en Monterrey, poniendo pelototas y lonas que pronto serán basura en una Guadalajara que no mereció ni siquiera que hicieran bien el nuevo transporte al aeropuerto. Por encima de todo esto, podría estar resonando el sonsonete inconcebiblemente aguado y nadaqueveriento de la canción que la Cuarta Transformación le comisionó a Julieta Venegas: por suerte, esa canción es tan mala y está tan desvinculada de la realidad que solamente tuvimos la desdicha de oírla el día que se estrenó: no imagino a nadie poniéndola por gusto jamás.
Con una estatua de Pelé que no podemos decir que es de Pelé porque el gobierno no supo que había que pedir permiso (parece que es alguna empresa de Neymar quien debe darlo), pero que además no se parece a Pelé; con el centro de la ciudad entregado a la FIFA para que, violando la Constitución mexicana, impida el libre tránsito e imponga su ley a quienes quieran ir a la feria que ahí habrá (pero también a quienes ahí viven y trabajan); con los alrededores del Estadio temporalmente llamado Guadalajara tomados también y desquiciando el tránsito del poniente aún más de lo desquiciado que está ya todos los días; con obras superfluas y tramposas (el Parque de la Revolución y las discordias que han promovido su muy mínimo remozamiento; la Minerva y la árida chafez para la que les alcanzó; la Plaza Tapatía nomás por encimita: por debajo, la basura y la mugre y el olor a caca triunfan, intocables; la Plaza de la República y las tres desgraciadas gracias que ahí fueron a parar, para nuestro cotidiano espanto); con el camión que no pudo ser tren para ir y venir del aeropuerto, con el tren que no fue nada para ir al estadio; con un gobernador frenético que quiere lucirse haciendo dominadas al inaugurar un camioncito y una alcaldesa para quien ya dejó de ser prioridad tener limpia esta ciudad, que es un asco (nunca fue su prioridad), Guadalajara acabará padeciendo, más que disfrutando. Por fortuna, son sólo cuatro partidos.
¿Y el resto del Mundial? Tengo la impresión de que prevalece una sensación de despojo: sin televisoras que transmitan todo y gratis (y no vamos a hacerle caso a Cristian Castro para suscribirnos a su plataforma nefasta), con las ciudades sitiadas, encarecido y escamoteado todo, es como si nos estuvieran estafando. Y peor: con los partidos desperdigados en dieciséis ciudades de tres países y, en lo que respecta a México, con tantas adversidades que surte este tiempo de guerra y muerte y desesperación interminables… Casi es como si este Mundial hubiera sido mejor que no existiera.
Pero eso también sería una tristeza. Porque, aun con todo lo que está mal, y que no debería ser, alguna de aquellas felicidades elementales seguramente está aguardándonos. Será cuestión de perseverar para que ocurra. No nos van a quitar eso también.
J. I. Carranza
Mural, 7 de junio de 2026.