Todo, siempre, puede ser peor. Pudo ser que abriera la canción de Julieta Venegas en lugar del rollo autoctonoide de Lila Downs. O peor aún: pudo ser que Lila Downs cantara «La niña futbolista». Horror. Pudo ser que en lugar de Maná saliera Timbiriche (si es que no han sido siempre lo mismo), o que a Salinas Pliego nadie le hubiera gritado obscenidades cuando llegó muy orondo, ya en campaña presidencial. El escenario, es cierto, parecía carro alegórico del Tío Carmelo, y las danzas pletóricas de penachos hacían pensar en que se había adelantado la llevada de la Virgen. Agradezcamos que, al menos, el espectáculo estuvo cortito.
Lo malo de que millones opinemos a la vez de lo que estamos viendo es que pocas esperanzas quedan de ser originales u oportunos: a millones se nos ocurrió al mismo tiempo que las bailarinas que perreaban estaban disfrazadas de meseras de Sanborns. Afortunadamente, a nadie se le ocurrió sacar un holograma gigante del Chavo del Ocho (o no les llegaron al precio a sus herederos). Por desgracia, tampoco nadie pensó en poner al Azteca a corear una de Juan Gabriel. Además: ¿Salma Hayek es la nueva secretaria de Gobernación? ¿No hay más famosos que presumir, aparte de ella y el Canelo? ¿Y por qué Infantino parece estar siempre solo? ¿No tiene esposa o esposo, hijos, amigos? Parece villano de James Bond, algo muy torvo o diabólico maquina debajo de esa pelona. Ah, sí, y la lluvia de sombreritos. Y la doble de Shakira. Y el Potrillo, que pujó el himno, y el árbitro Robocop que no sabía inglés, y la consistencia épica y trágica del gol de Jiménez, y la Ola (por qué insisten en decir que es invento mexicano, cuando lo cierto es que nació en los estados de beisbol gringos). Y, en fin, el material inagotable para los memes. Me quedo con este, que equilibra sabiamente la pertinencia histórica con la afectuosidad característica del mexicano y con la leperada infalible: «¡Hermano Mandela! / ¡Tu equipo nos la pela!».
Así que enseguida del silbatazo final nos lanzamos a la Minerva, cómo no. En el camino compramos camisetas (ahora se les dice jerseys, no sé por qué, seguro porque a algún comentarista pretensioso se le ocurrió y luego se regó la especie), y desde luego que las compramos porque eran piratísimas, pues no parece tener sentido gastar hasta tres mil pesos por algo que voy a ponerme, con suerte, sólo una o dos o con mucha suerte tres veces más —cada que México vuelva a ganar—. De hecho, en términos monetarios, nada de lo que ocurre en el Mundial tiene sentido: hay que estar loco o ser muy borracho, o más bien las dos cosas, para aceptar que una cerveza cueste trescientos pesos. Los inspectores del Ayuntamiento ya estaban listos y bravos para correr a los vendedores que brotaron: apenas alcancé a comprar unos helados de casquillo antes de que el heladero saliera huyendo. Por lo visto, la derrama económica de la que alardean el acrobático gobernador Lemus y la instagramera alcaldesa Delgadillo no debe salpicar siquiera a quienes más necesitan algún ingreso, sea que vendan tejuinos, lechuguillas, bolis, banderitas o gises tricolores para pintarse la cara.
Yo tanteo que treinta por ciento de la multitud que iba arremolinándose en la glorieta éramos aficionados o villamelones contentos por el dos a cero. El otro setenta por ciento eran «creadores de contenido» o aspirantes a influencers. Con todo, el ambiente iba animándose a muy buen paso, y rápidamente aquello se llenó. Entre los brincoteos, las porras y los cantos, de pronto ya se había armado una culebrita, ya estaban manteando a algún coreano aterrado, ya había llegado una tambora con todo y tuba, y de repente, sin saber cómo, por algunos segundos me vi en la delantera del contingente que daba la vuelta al ritmo del «Negro José», cante y cante y baile y baile. Misteriosamente, entre las carcajadas de mi niña y mi esposa y bajo el sol que estallaba volviéndolo todo más verde y al lado de cientos de desconocidos y entre las banderas y detrás de la música, tuve la certeza poderosa de que pocas ocasiones como ésa para la felicidad más pura. Acaso porque es espontánea, inesperada, fugaz, y no necesita otra justificación que su mera ocurrencia.
Luego volvimos a casa para no ver el partido de Corea y República Checa (otra: a quién se le ocurrió decirle ahora Chequia, como si fuera la aldea natal del Checo Pérez; por cierto, me niego a dejar de decirle Holanda a Holanda, que además va a llevarse la copa en este Mundial). Y no lo vimos porque no nos da la gana pagar. Ahora bien: me asombró pasar el viernes temprano por la Minerva y ver que todo estaba perfectamente limpio y en orden: ni una plantita quebrada, ni un poste caído, ni un bolardo enchuecado. Cosa que me ha confirmado cómo la felicidad de un día antes es tan necesaria para tanta gente, y, cuando hay ocasión de experimentarla, lo primero es recuperar el espacio público, ese que nos ha ido siendo arrebatado por el miedo (recuérdese el 22 de febrero) o por el hartazgo. En decenas de videos me tocó encontrar sólo a un par de briagos necios agarrándose a cachetadas en la Plaza de la Liberación, en esa maqueta aguada y cara de las Fiestas de Octubre que es el Fan Fest. Y nada más.
Algo quiere decir este saldo blanco. Ojalá que el jueves que viene se repita, ganemos o empatemos o perdamos (pero vamos a ganar).
J. I. Carranza
Mural, 14 de junio de 2026.