Autor: José Israel Carranza (Página 1 de 7)

Una de Chico Che

«¿Por qué no pones la de Chico Che?», pidió el Presidente, para redondear con una canción de su paisano el reconocimiento de los numerosos males que lo aquejan. Se refería a la pieza «Que no me quiso el Ejército», donde —como el mismo Presidente tuvo el primor de explicar— el cantante describe todas las dolencias que le impidieron alistarse como soldado. La canción, desde luego, pronto sonó por todo lo ancho del Salón Guillermo Prieto de Palacio Nacional, mientras en la pantallota se proyectaba la imagen del músico de los lentes oscuros y el eterno overol. (Un amigo me contó, yo no lo vi y cómo lo lamento, que una vez se encontró a Chico Che de paseo en Plaza del Sol, con su atuendo característico, pero además armado con un bat, supongo que para espantarse a los fans encimosos y jodones). Extrañamente, el Presidente, tan afecto al ritmo pegadizo del autor de «¡Uy, qué miedo!» (pieza que López Obrador dedicó recientemente a su homólogo Joe Biden), no baila. ¿Se aguanta? Porque se ve como que le dan ganas. Al menos podría mover la patita. Pero no, ni tampoco tararea: nomás se ríe mientras la canción transcurre de principio a fin —no es tacaño, el Presidente: nada de que nomás una probadita y seguimos donde nos quedamos; al contrario, ahora nos la chutamos hasta que se termine—. Se ríe y mira a su público, complacido.

      Dicho sea de paso, Chico Che se sirvió muy bien de la realidad nacional para sus creaciones, empezando por el nombre de su grupo, La Crisis, cifra inmejorable de los años en que puso a bailar al país (los ochenta, principalmente). Su repertorio fue nutrido por algunos de los fenómenos más emblemáticos de su tiempo: sismos, elecciones, desigualdad y rencor social («Quén pompó»), las fechorías del Negro Durazo, etcétera, amén de las predecibles composiciones alusivas a las relaciones amorosas, sus embelesamientos, sus alegrías y sus decepciones («¿De quén chon?»). Así que hay justicia poética en el hecho de que hoy, a más de treinta años de su muerte, el Presidente se empeñe en volverlo la banda sonora de su ideario y de su paso por la Historia. Mejor eso que Silvio Rodríguez o inmundicias similares.

      Creo que, más allá de las impresiones primeras que suelen activar estas aparentes ocurrencias del Presidente, vale la pena detenerse en el significado de su risa, de esa risa que le da cada que sale con una payasada como la de antier. Yo tengo muy presente, por ejemplo, el día en que, de la nada, en una «mañanera» se puso a recordar a Jorge Arvizu, «El Tata» (leal partidario suyo al que considera ejemplar), y luego se acordó de que suya había sido la voz de Benito Bodoque, el personaje de Don Gato y su Pandilla, y de repente, con expresión alegre y evidentemente inspirado, pidió: «A ver si no está Benito…». Y entonces le proyectaron un pedacito de la caricatura, y él divertidísimo, risa y risa, como esta vez, cuando aprovechó la ocasión para terminar de minimizar las revelaciones de su precario estado de salud debidas al hackeo espectacular que sufrió la Sedena. ¿Es mero afán de distracción lo que se propone el Presidente?

      Una primera consideración de esa risa podría apuntar a la instrumentalización del humor como señal de inocencia o de integridad moral. Al reír, el hombre que nuestro deficiente entendimiento de la democracia hace creer que está al mando de la nación, aprovecha, con astucia, la imagen de individuo bienhumorado y despreocupado que, precisamente, se permite reír porque no encuentra obstáculo para ello. Dicho de otra forma: que el presidente salga con una payasada sucede porque sabe bien —o al menos intuye con puntería— que esa imagen suya comunica que nada puede estar tan mal, en este presente, como para no consentirse al menos algún momentito de chacoteo. «Vean cómo me río», podría estar pensando, o al menos entreviéndolo al aquilatar sobre la marcha las implicaciones de cada gesto y cada movimiento de su conducta, «riamos juntos, pues las cosas no son tan graves; si yo, que soy el Presidente, y por lo tanto el primero que debería preocuparse, me doy la oportunidad de reír, eso quiere decir que las circunstancias no están tan descompuestas como querrían hacer creer nuestros adversarios…». 

      Se trató de un momento divertido, qué duda cabe, y lo fue más debido a su inadecuación respecto a la seriedad de lo que se venía tratando: la exhibición de la vulnerabilidad de los sistemas informáticos de la Sedena, la revelación de que el Presidente es un costal de achaques que lo han tenido alguna vez al borde de la tumba. Comediante consumado, el Presidente tiene el don de la importunidad, una desfachatez admirable, y además un conocimiento profundo de su audiencia: se apoya en materiales que no fallan, frutos imperecederos del ingenio cómico naturalmente reconocibles por el público mexicano de dos o tres generaciones.          

Pero esa risa suya quiere, además, ser la risa de los probos, de los justos, de los que se saben triunfantes sobre el enemigo, intocados por la depravación que los rodea. Es una risa que pretende lucir desprovista de agresividad y emitida sin dobleces, y que busca ser apreciada como prueba inequívoca de virtud: el Presidente puede reírse, estando las cosas como están, porque está más allá de todo mal. La risa de quien necesita hacer ver que tiene la conciencia limpia.

J. I. Carranza

Mural, 2 de octubre de 2022.

Invisible

Como no soy hotelero, no vendo artesanías ni preparo tostadas, no es que me preocupe mucho una posible escasez de turistas en el centro de Guadalajara; sin embargo, al verlos por los rumbos de San Juan de Dios, por ejemplo, sí me intrigan poderosamente sus motivos para haber elegido este destino, las figuraciones que pudieron hacerse antes de llegar y sus impresiones al conocer eso que les habían platicado o vendido. Deben de ser unos artistas de la ilusión, los agentes de viajes y los promotores turísticos que consiguen ilusionar a esa parejita joven de Minnesota, a esos señores mayores de Canadá que habrían podido elegir el Caribe y optaron por pasear en calandria, al grupo de franceses que se espantan las moscas y sufren por la asoleada mientras van camino del Cabañas, en plena Plaza Tapatía: ¡qué capacidad de fantasía! Y qué tremenda ha de ser la decepción que se llevan los engatusados, una vez que están aquí y ven la distancia entre la realidad y aquello que les ofrecieron.

      Desde luego, si esas maquinaciones llegan a fallar algún día, o si a los turistas potenciales les da por buscar fotos reales de lo que van a ver o se encuentran con los testimonios de quienes ya vinieron y anduvieron por el centro tapatío, la merma consecuente en los ingresos de hoteleros, artesanos y vendedores de tostadas podría ser trágica. No parece, sin embargo, que esa posibilidad sea muy temible: las condiciones que harían cundir la mala imagen de Guadalajara tienen décadas arraigadas en el ser tapatío, y aun así sigue viniendo gente todo el tiempo. ¿Por qué? Seguramente porque las suposiciones que el mundo puede hacerse acerca de lo que ofrece este rincón del mundo son muy singulares, y habrá millones de turistas entusiasmados por corroborarlas: la estridencia de nuestro folclor más vendible, así como el hecho de que pasear por aquí no sea tan caro como hacerlo en otros lados, son razones suficientes para garantizar que no dejará de haber autobuses repletos de turistas que trabajosamente se abren paso para meter pequeñas multitudes en el Centro Joyero.

      Así pues, no me apura tanto lo que cuenten sobre Guadalajara los turistas que hayan sobrevivido a la experiencia. Por ejemplo, antier: por Juárez, entre Molina y Degollado, quienes iban en el Tapatío Tour y podían apreciar, a su derecha, la magnífica fachada del Edificio Norman —un buen anticipo, ciertamente, de las maravillas arquitectónicas que quedan a lo largo de todo Juárez-Vallarta—.  Supongo que esos paseantes venían del mercado de San Juan de Dios, que habrán alcanzado a conocer con dificultades debido a la aglomeración de comerciantes instalados provisionalmente en las afueras gracias a que aún no terminan de repararse los estragos ocasionados por el incendio de hace cuatro meses. Bueno, pues lo que podían ver a su izquierda era un cerro de basura acumulado encima, por debajo y a los lados de unas papeleras atestadas; unos pasos más adelante —perdón— una guacareada monstruosa esparcida sobre buena parte de la acera, casi frente a la entrada de un hotel, y más adelante otro cerro de basura y —perdón otra vez— una mierda pantagruélica que alguien (no un perro, no un caballo: un ser humano) tuvo a bien deponer asimismo en la banqueta.

      Digo que no me apuran tanto los turistas porque lo que me consterna, en realidad, es lo que los habitantes de esta ciudad somos capaces de ya no ver, de ya no percibir. Pues aquella guacareada y aquella basura y aquella mierda —perdón y más perdón— estaban al paso del gentío que se mueve y hace su vida por ahí, que entra y sale de las tiendas, cargando bultos, tomando un tejuino, llevando a las criaturas de la mano, de prisa o calmudamente, viendo escaparates o el celular, esquivando los coches y la gente, comiéndose un vaso de fruta con chile, platicando, riendo, pensando en sus cosas… Y, por una suerte de capacidad de supervivencia desarrollada como adaptación al medio, cada quien evadiendo por reflejo la inmundicia y los charcos y las deyecciones, fijándose sin fijarse en dónde pisa. 

      (Por Pedro Moreno, dicho sea de paso, están llevándose a cabo unas obras de cambio de adoquinado, y parece una zona de guerra. Pero además hay esto: en la Plaza Pablo Neruda —donde están las tiendas de novias; por El Farolito, vamos—, inaugurada en ocasión del centenario del poeta en 2004, el desastre es pasmoso. De milagro no han terminado de romper a pedradas la doble escultura de vidrio en la que hay inscritos versos de Neruda. Y yo me preguntaba, ingenuamente: ahora que Guadalajara es Capital Mundial del Libro —whatever that means—, ¿no sería ocasión de rescatar ese lugar, supuestamente significativo para la cosa literaria?).            

Evidentemente, las causas de que el centro de Guadalajara sea un asco inagotable se reducen a dos: la conducta de la sociedad marrana, sin más, que produce tanta porquería, y la mezcla de indolencia, ineptitud y cinismo de la autoridad que sencillamente se desentiende de limpiar. No tiene mucha ciencia, quiero creer. Al Alcalde Lemus, que le gusta tanto usar el centro como escenografía cuando se viste de charrito, y que a la mejor provocación suelta su porra: «¡Ánimo, Guadalajara!», ¿no le da vergüenza? O tal vez padece también de esa insensibilidad que ha ido apoderándose de toda la población y que nos impide ver. Y oler.

Mural, 31 de julio de 2022.

Alatorre

En 1981, como fruto del aparatoso nacionalismo con que José López Portillo pretendía dejar su impronta en la historia de México, se creó por decreto la Comisión de Defensa del Idioma Español. Al año siguiente dejó de existir, cuando lo ridículo de su propósito no sobrevivió el cambio de sexenio y el país tenía cosas más urgentes de qué ocuparse —empezando por el desastre colosal heredado por aquel presidente que se sentía Quetzalcóatl encarnado—. Quienes ya teníamos tantito uso de razón entonces podremos recordar la campaña sangrona con que esa comisión pretendía corregirnos a los mexicanos tentados de usar expresiones «incorrectas» o voces extranjeras, sobre todo anglicismos, en las que se veía una flagrante amenaza a nuestra identidad.

      En una conferencia de 1986, Antonio Alatorre se burló de lo lindo de aquella iniciativa. Invitado por El Colegio de Michoacán, que organizaba un coloquio precisamente sobre el nacionalismo en México, recordó: «La gente de la Comisión, activísima, comenzó por preguntarnos a algunos “pensadores” cómo debería llamarse nuestro idioma. Yo contesté que nuestro idioma tiene nombre desde hace mucho y que se llama español. Carlos Monsiváis contestó más o menos lo mismo, añadiendo que, si tanto urgía rebautizarlo, él proponía que se llamara naco». Con esa forma suprema de la lucidez que es el sentido del humor, Alatorre demostró entonces lo absurdo de ponerse a defender algo que no necesitaba defensa, y denunció también la estupidez subyacente a todo nacionalismo: aún flotaba en el ambiente la idea de que la cultura mexicana había que salvaguardarla de invasiones («Obligar a los jóvenes a leer sólo libros mexicanos sería un intrépido acto de nacionalismo —y una insigne tontería», concluía Alatorre), y lo cierto es que de cuando en cuando esa suposición revive —como ahora mismo sucede: nomás hay que ver el rumbo actual del Fondo de Cultura Económica, el de la Secretaría de Cultura o el de los programas de educación básica.

      He estado acordándome de Antonio Alatorre porque mañana se celebra el centenario de su nacimiento. Y quiero creer, por las publicaciones que en las últimas semanas han estado evocándolo (la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara, por ejemplo, le dedica un rico dossier donde se incluye una extensa entrevista que le hizo Adolfo Castañón), que a casi doce años de su muerte sigue muy presente. Si no es así, habría que proponerse reencontrarse con él: puede hacer mucho bien a nuestra mejor comprensión de la literatura y de la cultura en general, así como a nuestra relación con el idioma que hablamos. Para empezar, ahí está la que quizá sea su obra más importante: Los 1,001 años de la lengua española, la apasionada y apasionante historia donde pone su profusa erudición como filólogo al servicio de una empresa tan admirable como emocionante («Esta historia es, en más de un sentido, la menos académica que se ha escrito», aclara en el prólogo. «Es la menos técnica, la menos profesional», dice, para explicar cómo se propuso ponerla al alcance de los lectores no especializados). Y, también, sus Ensayos sobre crítica literaria, compilación en la que despliega su amorosa vocación de crítico y profesor empeñado en la mayor claridad («He recorrido parcialmente un camino del cual dije que es largo y hermoso», escribe en un ensayo entrañable que enseña cómo leer provechosamente. «En ese camino, detrás de mí —es sólo una manera de decir— veo a los jóvenes, a los inexpertos, a los que todavía no saben leer bien, a los que hacen lecturas ingenuas e inmaduras. A ellos trato de ayudarlos»).

      En una entrevista de 1998, cuando recibió el Premio Nacional de Lingüística y Literatura, Alatorre le dijo a Antonio Bertrán, de Reforma, que le gustaba usar la palabra «pendejaditas» porque es «muy expresiva», y agregó: «Yo me río de los pulcros». Creo que esa declaración resume óptimamente la actitud de alguien que sabe para qué sirve todo lo que sabe. Conocedor profundo de la lengua y de sus infinitas posibilidades, lo guiaba la certidumbre de que ese conocimiento no puede desvincularse de la vida. Y, como la vida sólo tiene sentido si se hace con los demás, era inmensamente generoso. Me consta, y quiero permitirme una anécdota personal para dejar testimonio:

      Hace un millón de años, en una de las primeras ediciones de la FIL, mi amigo David Izazaga y yo nos animamos a acercarnos con Alatorre para regalarle un bonche de números de un suplemento cultural que hacíamos en el desaparecido periódico El Jalisciense. Nos inspiraba un gran respeto, desde luego, y seguramente pensábamos que iba a mandarnos por un tubo: éramos unos chamacos, por qué tendría que interesarle lo que hacíamos. Para nuestra sorpresa, no sólo nos agradeció calurosamente el regalo, sino que se sentó un buen rato a platicar con nosotros (venía a sostener un diálogo con Juan José Arreola en torno a la figura de Rulfo, era uno de los invitados estelares de la feria), y después de despedirnos lo vimos hojear con sincero interés nuestra publicación. Eso fue por la mañana; a lo largo del día anduvo cargando el paquete, no se deshizo de él en ningún momento (luego nos arrepentimos: ¡desconsiderados!). Y es fecha en que no puedo dejar de conmoverme al recordarlo: ¿quién hace eso?            

Un sabio generoso e irrepetible. Nada menos.

Mural, 24 de julio de 2022.

Foto: Antonio Alatorre cuando estudiaba Derecho en la Universidad Autónoma de Guadalajara, en 1944-1945. (Cortesía de Miguel Ventura).

«¡Pásenle!»

Nos habían traído como tontos, pero al final ya quedó claro: el año escolar para la educación básica en Jalisco concluirá el próximo 15 de julio, si bien los días que corran de aquí a entonces estarán reservados, se supone, para labores de «regularización» y para entregas de calificaciones. O sea, puro relleno. En realidad, las clases ya se acabaron, en la mayoría de los casos el viernes que acaba de pasar. Y originalmente estaba previsto, a nivel federal, que el año lectivo concluyera hasta el 28 de julio, presumiblemente porque habría hecho falta ese mes extra para compensar los desajustes obligados por los confinamientos. ¿En qué momento, y con qué fundamentos, se decidió que no harían falta esos ajustes? 

      Es el género de medidas que se toman de modo furtivo, intempestivas y a menudo arbitrarias, yo sospecho que aprovechando la vertiginosa ocurrencia de nuestra caótica actualidad para que nadie se dé cuenta. O, más bien, con la certeza de que nadie va a escandalizarse demasiado. De cualquier modo, en este país no hay motivo de escándalo suficientemente duradero o extendido como para que la autoridad rectifique el rumbo y repare sus trastadas: eso nunca va a pasar. Otra de esas medidas, también concerniente a la suerte que ha tocado a millones de educandos en tiempos de pandemia, es el mandato monárquico (México hace rato que sólo es una república en su imaginación) de no reprobar a ninguna criatura: que todo mundo pase de año, que nadie se rezague. Las explicaciones aducidas pueden pasar por justificables: las circunstancias imprevistas de los años recientes inevitablemente agudizaron la desigualdad en muy diversos órdenes de la vida, entre ellos el educativo, y por tanto hubo grandes porciones de la población escolar que se vieron en desventaja: porque no pudieron seguir estudiando o porque, si lo hicieron, tuvieron que continuar en condiciones muy adversas, etcétera. Así entonces, la intención sería evitar, hasta donde sea posible, que haya todavía más deserción: el niño no podía estudiar porque su escuela estaba cerrada y porque sus maestros se desaparecieron y nomás lo pelaban de vez en cuando por WhatsApp, porque en su casa tuvieron que sortear numerosas dificultades económicas, porque sencillamente no tenía manera, ¡y además reprueba y tiene que repetir el año!; lo más seguro es que su mamá razone que es por demás, que no tiene sentido, que no puede con la gastadera en útiles, así que mejor acabará sacándolo.

      De acuerdo. Sin embargo, la medida tendrá implicaciones que no está claro si se tuvieron o no en consideración. Por ejemplo, las consecuencias para los niños que, sin haber alcanzado a adquirir los conocimientos y las destrezas (o las competencias, como está de moda decir ahora) previstos en el nivel que dejan atrás, arriban al siguiente otra vez en desventaja respecto a los compañeros a los que les fue mejor. ¿No es, en cierto modo, condenarlos a un esfuerzo reduplicado, extenuante, y que no es seguro que dé frutos? ¿Y condenarlos también a un retraso permanente que irá costándoles cada vez más sobrellevar?

      Como profesor universitario, alguna vez yo me he jalado los cabellos al trabajar con estudiantes que sufren por carencias que vienen arrastrando desde etapas tempranas de su formación. Algo, en algún momento de sus historias, salió tremendamente mal, y nadie prestó atención y nadie les ayudó a poner remedio. ¿Cómo es posible, me pregunto en esas ocasiones, que a este futuro abogado, que incluso ya ha comenzado a ejercer en un despacho, o a esta inminente ingeniera que va a salir a buscarse la vida en un mercado laboral feroz, o a este casi psicólogo que está por recibirse y está costándole tanto trabajo, nadie les haya puesto un freno necesario a tiempo, para que aprendieran, por ejemplo, a escribir un párrafo con un mínimo de coherencia? Lagunas vergonzosas en la información de que disponen, una dolorosa ignorancia en materias básicas, prejuicios, confusiones, analfabetismo pasmoso, vacíos vastísimos en eso que antes se llamaba «cultura general», incapacidades diversas y atrofia de habilidades fundamentales… Numerosas taras, en fin, que han venido arrastrando a lo largo de sus vidas sin que nunca pareciera necesario detenerlos para corregir. 

      Como estará pasándoles, ahora mismo, a millones de niñas y niños mexicanos que no alcanzaron a aprender todo lo que debían, y a los que aun así, por orden del monarca, están diciéndoles: «¡Pásenle!». Y es que, además, no hay ninguna esperanza de que la educación en México vaya a tener una mejoría sustancial y suficiente en los próximos años (o en las próximas décadas: de aquí a unos dos siglos, quizá) como para reparar el desastre presente. A lo mejor, el chamaco que llega de panzazo de tercero a cuarto no va a tenerla tan difícil; pero ya que entre a quinto lo quiero ver, chillando porque no entiende nada. Y lo más triste es que, de sostenerse esta política, su frustración seguirá creciendo y acompañándolo durante toda la secundaria, y si nada lo impide (y si tiene la suerte de proseguir su vida escolar) así pasará por la prepa, y llegará el día en que yo lo tenga en la universidad frente a mí, desvalido, mirando a sus compañeros como desde otro planeta, sin saber absolutamente nada de lo que tendría que saber, y cuando ya sea demasiado tarde.

Mural, 3 de julio de 2022.

Ibargüengoitia vs. Alatorre. Recuerdo de un agarrón

En 1982, Antonio Alatorre y Jorge Ibargüengoitia estelarizaron un episodio de la crítica literaria en México que, en su momento, pudo apreciarse como la ocasión inmejorable de que ambos autores mostraran sus posiciones en torno al uso de la historia como materia prima de la ficción, así como sus respectivos talantes como lectores. Vista a cuarenta años de distancia, esa polémica no ha perdido un ápice de su vigor, y su recordación puede promover la añoranza por un tiempo, acaso irrecuperable, en el que el acontecimiento de la literatura en México frecuentemente alentaba la discusión lúcida y apasionada, en buena medida gracias a la existencia de espacios propicios (revistas y prensa cultural que casi en su totalidad han desaparecido) y, sobre todo, gracias al hecho de que esos espacios eran habitados por presencias como las del guanajuatense y el jalisciense. Claro: uno querría que autores como éstos no se murieran nunca, pero se mueren, de modo que tiene poco sentido lamentarse por sus ausencias. Podemos, sí, jugar a pensar en la falta que hacen en nuestro desabrido presente, pero también cabe preguntarse qué tuvo que pasar, en la cultura mexicana, para que nadie hubiera llegado a animar las cosas del modo en que ellos fueron capaces de hacerlo. No es difícil imaginar los artículos que Ibargüengotia podría estar despachando para desmontar el disparate nacional que ha prosperado de modo incontenible desde que tuvo lugar el desdichado avionazo en Barajas, ni tampoco las novelas que pudo haber urdido con los hechos que han surtido nuestra desgracia y nuestra desesperación a lo largo del último medio siglo (¿cómo tendría que concebirse una empresa equivalente a Las muertas en este país asesino de mujeres que pisamos hoy?). Pero tampoco es fácil explicar que, en el tiempo transcurrido desde su muerte, la reconsideración de la historia que se haya propuesto la literatura en México no tenga, ni de lejos, los alcances de títulos como Los relámpagos de agosto o Los pasos de López. ¿O será que proezas semejantes son impensables debido a que, antes que novelistas capaces de dichas proezas, lo que verdaderamente nos ha faltado son críticos como Alatorre? Quitemos lo de «críticos» y dejémoslo solamente en lectores: bien decía el autor de Ensayos sobre crítica literaria que, en rigor, no había diferencia entre una cosa y otra, más allá de que el crítico se sienta impelido a dar a conocer sus pareceres…

Para seguir leyendo: Luvina 107, verano de 2022.

Foto: Antonio Alatorre, maestro de secundaria, Guadalajara,1948. (Cortesía de Miguel Ventura).

Punto y aparte

Disfrazado de redención de la patria, el antiintelectualismo en boga parece perseguir sobre todo un objetivo: desbrozar el horizonte para que las ensoñaciones de transformación del régimen prosperen sin que las estorbe el pensamiento crítico. También, claro, puede ser que ese objetivo no exista, y que todo sea fruto de la mera estupidez y de la santurronería de quienes detentan el poder político desde 2018. O puede que sólo sean sus ansias de revancha. O, incluso, cabe la posibilidad de que todo sea alarde para la exhibición de la supuesta fuerza moral del régimen y de su líder: el crimen y el horror podrán seguir campeando, ¡pero, miren, los científicos corruptos no se nos van a escapar!

       Como sea, lo que se quiere hacer ver es que nada detendrá a esa podadora todoterreno llamada honestidad. Por lo mismo, será sensacional ver que se cumpla el empeño del escritor Guillermo Sheridan, quien ha anunciado que, en nombre de esa honestidad ensalzada todos los días desde Palacio Nacional, hará lo que le corresponde como integrante del Sistema Nacional de Investigadores para que esa institución expulse al Fiscal General de la República, plagiario consuetudinario y por tanto indigno de formar parte de la comunidad científica (a la que, curiosamente, le ha dado por perseguir). Es ejemplar, la decisión de Sheridan. Y él es un valiente. Ha preguntado quién se sumará a su causa, y eso quisiera yo saber: ¿qué artistas, científicos y pensadores, con actos y no nomás con firmitas o con meras declaraciones, se aventarán también ese tiro, en nombre de la honestidad, pero también de la inteligencia de este país?

       Punto y aparte. Ésta es, más o menos, la ocasión número mil veinte en que he podido encontrarme con los lectores de Mural en esta esquina. Desde febrero de 2002. Por ello, quiero agradecer a mis editores, que me publicaron con esmero todas estas semanas: Karla, Mireya, José Armando, Sandra, Álvaro, Rebeca. Y quiero agradecer a mi periódico, mi casa, que me ha alojado todos estos años, siempre brindándome absoluta libertad y respeto irrestricto a mis pareceres. Ahora voy a tener otra habitación en esta casa: a partir de este domingo me voy a las páginas de Opinión. ¡Allá nos vemos!

J. I. Carranza

Mural, 30 de septiembre de 2021.

Rehacer la historia

Empezando por el nombre que se ha dado a sí mismo, «Cuarta Transformación», el régimen en curso busca afirmarse no sólo como una inflexión decisiva de la historia, sino también como una fuerza justiciera por la que nos desharemos de taras atávicas y podremos ver de frente un pasado glorioso que se nos ha ocultado. Ambas intenciones, en gran medida, obedecen a las veleidades de profesor de historia patria que caracterizan al líder del régimen, entusiasta fan de ciertas figuras en las que se espejea y detractor enconado de otras que detesta. (El último presidente así de apasionado fue López Portillo, que se creía una reencarnación de Quetzalcóatl).  

       En cuanto a lo primero, no se dice pero ha de entenderse que el viraje que estamos dando (presidido por las miradas ceñudas de Juárez, Zapata, Cárdenas et al.) nos encauzará, de una vez por todas, hacia un porvenir próspero y justo. ¿Destino manifiesto, fin de la historia? Quién sabe. Al ver el entusiasmo con que los corifeos del líder celebran ese supuesto volantazo, yo más bien me acuerdo de aquella proclama inolvidable de Fidel Velázquez: «Nuestra meta será siempre un futuro promisorio».

       Lo curioso es que esa avanzada que nos lleva ya hacia un mañana pletórico de fraternidad y honestidad se insista en hacerla con la mira puesta en quitarle lo feo a nuestra memoria, o de plano queriendo rehacerla por completo. Se retocan los relatos, se reajustan las fechas, se tiran estatuas, se desentierran héroes, se cambian los nombres (ya hay una iniciativa en la Cámara de Diputados para que el Mar de Cortés —se les estaba olvidando— se convierta en Mar Yaqui)… Y no es que no haga falta, siempre, reflexionar acerca del camino recorrido y tomar nota para el que hay por delante: el problema es que las restauraciones en boga sean, antes que otra cosa, mero alarde. Un monumento a la mujer indígena no es justicia: es afrenta para todas las mujeres indígenas que malviven entre la pobreza y la violencia de este país enemigo. Y, más que alarde, ese afán evidencia cómo este régimen, incapaz de saber qué hacer con nuestro presente en llamas, mejor quiere entretenernos con el pasado. ¿Para que no veamos cómo el futuro está evaporándose?

J. I. Carranza

Mural, 23 de septiembre de 2021.

Notisia del Dr. Kar̄ansa

Ase algunos meses, mi kerido amigo Juan Nepote me embió este pasaje ke se enkontró en un número de Orto-gráfiko, el órgano del mobimiento r̄ebolusionario de Alberto Magno Brambila. De la autoría del propio Brambila, posee, kreo yo, una grasia insuperable (el mejor sentido del umor se prueba al okuparse, sin patetismo alguno, de un ebento tan desgrasiado komo perder la dentadura), i es una muestra espléndida de su destresa nar̄atiba i del ekselente oído ke tenía para los diálogos. Pero para mí, ebidentemente, lo más marabiyoso del r̄elato r̄adika en la notisia ke me trae, ¡desde 1943!, del joben doktor Kar̄ansa, dispuesto a dejar ensegida el konsultorio a kargo de su ayudante kon tal de lansarse a kontemplar el nasiente Parikutín. Kuando yo era niño, mi papá era kapás de sorprendernos, un día kualkiera (un día ábil kualkiera, kiero desir, sin ke importara ke debiéramos faltar a la eskuela ni ninguna otra kosa), para tomar el tren e irnos barias semanas a Méjiko, o para agar̄ar un taksi ke nos yebara a pasear a Irapuato… A lo ke boy es a ke esta eskursión intempestiba al bolkán —de la ke yo no sabía nada— no era de estrañar en mi papá. I si bien kada ke pienso en eya me pregunto de kuántas otras abenturas suyas jamás yegaré a saber, lo sierto es ke kon las ke le konosko tengo de sobra para segir teniéndolo komo el mayor de mis éroes.

J. I. Carranza

Una visión

Hay una visión que nunca puedo separar de esta fecha. La tengo desde hace veintitantos años; la encontré una vez que participaba en uno de los cursos de literatura que impartía el poeta David Huerta a jóvenes escritores de todo el país. La sede, en esa ocasión, era San Miguel Allende, y en algún momento se organizó una excursión al cercano poblado de Atotonilco. Yo sólo sabía que por ahí había pasado el cura Hidalgo luego de dar el grito en Dolores, y que del templo del lugar tomó la imagen de la Virgen de Guadalupe para hacerla su estandarte. No tenía la menor idea de lo que iba a encontrar, y mucho menos de la visión que me aguardaba ahí.

       El templo en cuestión es el Santuario de Jesús Nazareno y data de la segunda mitad del siglo 18. Además del paso de Hidalgo, lo que le ha dado fama mundial es la profusa decoración interior: muros y bóvedas recubiertos hasta el último centímetro por pinturas que reinterpretan, al asombroso modo de entenderlas de su autor, muchas de las imágenes de la iconografía católica que atestó de manera casi inverosímil el barroco mexicano. El autor —ya su nombre tiene resonancia mítica: Antonio Martínez de Pocasangre— quiso dar a su obra una intención didáctica, pero, más allá de ese propósito, el resultado es una obra deslumbrante. (En 2010, este santuario fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO).

Visitar ese lugar es impresionante; visitarlo sin saber lo que a uno le espera, como me pasó a mí, es absolutamente abrumador. Ahora bien: luego de un buen rato de contemplar aquello, salimos a emprender el regreso. En ese momento, no sé ahora, aquel pueblo tenía un aire ciertamente fantasmal: solitario, polvoriento, muy silencioso. Y fue entonces que tuve la visión: debajo de un gran árbol, junto a una de las puertas laterales de la nave principal, estaba el señor cura, comiéndose una naranja. Un hombre más bien alto, más bien flaco, de tez enrojecida por el sol, con una sotana luida y empolvada debajo de un sarape rojo (era noviembre, las últimas luces de la tarde se mezclaban con el frío). Y, enmarcada por los cabellos blanquísimos de las sienes y de la nuca, una calva brillante e inconfundible. Tenía una mirada alucinada.

J. I. Carranza

Mural, 16 de septiembre de 2021.

9/11

Salvo por muy contadas ocasiones en la vida que permiten sospecharlo, es imposible saber en qué versión de la historia quedará enmarcada nuestra comparecencia en este mundo: cuando el olvido termine de hacer el trabajo empezado por la muerte y ya no quede rastro de lo que fuimos, el relato de nuestro tiempo apenas estará por comenzar a tomar forma, y faltará mucho todavía para que esa forma adquiera una cierta definitividad, que a su vez no será sino la solidificación de aquel olvido. Las precarias suposiciones que nuestra imaginación puede fabricar acerca de los hechos, las razones, las emociones y el destino de un solo individuo sepultado por los siglos son la prueba de que terminará en nada lo que hoy tanto nos atarea.

      Pero pasa que una o dos o tres veces nos tocará presenciar una inflexión decisiva de la historia. ¿Dónde estábamos hace veinte años, cuando se estrelló el primer avión? ¿A dónde corrimos para encontrar una pantalla y ver el estallido del segundo? Las imágenes de aquel día acudirán, nítidas y sonoras y sin falla, mientras nos quede vida o algo no nos borre la memoria. Y también las impresiones de lo que sentimos conforme fuimos enterándonos de detalles y, luego de ver los desplomes en vivo, al vernos en la necesidad de hacer algo con nuestra incredulidad.

      No es seguro que el mundo, en estos veinte años, haya cambiado como suponíamos que cambiaría. Tal vez nuestros pronósticos más funestos, a la distancia, parezcan ingenuos. Hace apenas unos días terminó la guerra desatada por las ansias de venganza del gigante herido, y es evidente que fue estúpida e inútil. ¿Y el que osó herir al gigante? Nos contaron que arrojaron su cadáver al mar, y jamás lo vimos. A lo sumo lo recordaremos siempre al quitarnos los zapatos o tirar una botella de agua antes de subir a un avión. La generación que nació después de que se apagaron los rescoldos y retiraron las montañas de vigas retorcidas está ya lista para hacerse cargo de una realidad que, quienes ya estábamos aquí entonces, no hemos sabido sino empeorar.

Hace veinte años vimos alzarse sobre una mañana límpida del final del verano el rostro en llamas de la historia. Ojalá que nunca nos toque verlo otra vez.

J. I. Carranza

Mural, 9 de septiembre de 2021.

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