Autor: Verónica Nieva (Página 1 de 14)

¡Ustedes! ¡Cállense!

Nada como los cambios que sufre nuestro uso del lenguaje para hacernos una idea del verdadero estado de las cosas —con «verdadero» quiero decir: que no depende de nuestras suposiciones, y menos de las figuraciones de quienes pasan por «expertos». Aventuro dos ejemplos que quizás vengan a cuento cuando el acontecer demencial de este país asesino parece haberse vuelto absolutamente indiscernible:

Por un lado, está la tendencia a servirse de la segunda persona —del plural, sobre todo, aunque a veces también del singular— al manifestarse los individuos en las redes sociales. «Ustedes», suelen empezar muchos tuits y posts que me encuentro todo el tiempo: «ustedes creen que…», o «ustedes son quienes…», o «ustedes querían esto…», o «es culpa de ustedes…». ¿Y quiénes componen ese «ustedes»? Todo mundo menos uno mismo, de tal forma que quien escribe parece arrinconado en su soledad inmensa ante un universo enemigo al que tiene el deber de estar acusando o escarneciendo  —un escritor afamado, a quien silencié porque acabó por hartarme, se la pasa (o pasaba) dirigiéndose a un como amiguito imaginario al que se goza (o gozaba) en zaherir, con soliloquios del tipo «Pobre de ti, que te crees…»—. El otro caso es el del predominio del modo imperativo: ¡qué mandoncitos nos hemos vuelto! «¡Cállense!», «¡Hagan!», «¡No hagan!», «¡Hablen!», «¡Esto es lo que deben pensar!», «¡Lee esto!», «¡Compórtate de este modo!», «¡Oye esto!», «¡Trágate esto!». Así que, cada que me meto al alcantarillado de las redes, acabo agobiado por las órdenes que todo mundo se la pasa dándome, o bien increpado por quienes se dirigen a mí (o bien a un «ustedes» que, supongo, me incluye).

¿Y qué podrá significar esto? Tengo una sospecha: que, en la desventurada y escasa inteligencia que tenemos de lo que sucede, entre nuestro pasmo y nuestro horror y en la estupidez en que chapoteamos todos los días, estamos acabando por volvernos locos. Y por eso hablamos solos («¡Sí, tú, a ti te estoy hablando!»). Y tan locos estamos, que creemos que la realidad, esa terca indomable, va a tener que plegarse a nuestra voluntad y obedecer lo que le decimos. ¡Y nos admiramos del profeta orate y sus decálogos y sus ternuras!

 

J. I. Carranza

Mural, 20 de febrero de 2020

La crítica

En un luminoso ensayo titulado «¿Qué es la crítica literaria?», Antonio Alatorre explica de modo que parece irrefutable en qué consiste esa experiencia enriquecida de encuentro con las obras (lo que dice, claro, puede extenderse a los dominios del arte en general, más allá de la literatura). Y afirma que la crítica, en la medida en que guía a otros para que hagan sus propios descubrimientos, es siempre ayuda; también, conforme propicia el encuentro con quienes podemos intercambiar apreciaciones para afinar las nuestras, «se nutre en el diálogo». Y, por último, que su ejercicio también es siempre una forma sostenida de aprendizaje.

Ayuda, diálogo, aprendizaje. Por eso Alatorre era un enorme crítico, un sabio cuyo conocimiento, en su grandeza, sólo era equiparable con el tamaño de su humildad al proponerse lograr eso: enseñar, conversar, aprender. He estado recordando ese ensayo a raíz del escándalo protagonizado por la crítica de arte más famosa de la lamentable escena mexicana, la que, por lo visto, ha pasado de las palabras a los hechos, destrozando materialmente y ya no sólo con sus columnas rabiosas aquello que no le gusta (asegura ella misma, y más de algún testigo, que no tocó la obra y que ésta habría estallado solita, al verla acercarse, ¿autodestruyéndose antes de que la crítica, en su furia, la hiciera pedazos en su siguiente columna? En todo caso, es un hecho que se acercó mucho, más de lo que se toleraría de cualquier creatura malcriada en una galería o en un museo, y también es claro que sí tuvo la intención de interactuar con la obra, colocándole una lata de refresco a un ladito o encima: ¡vaya forma vanguardista de pronunciarse!).

No extraña ver cómo ha prosperado la notoriedad de esta crítica, dada como es a proferir sus juicios, y sobre todo sus prejuicios, en estilo cuajado con exabruptos, generalizaciones y humor fallido. Y con convicciones inamovibles que da la impresión de pretender que rijan los rumbos del arte contemporáneo, básicamente porque lo que no encuadre con esas convicciones no está dispuesta a conceder que sea arte —ni dispuesta a que nadie lo vea así. Qué se le va a hacer: lo cierto es que tampoco extraña que mucha gente le haga caso.

Las voces de los muertos

Ya de salida, sabiéndose cerca del final de una larga vida, George Steiner acordó con el periodista Nuccio Ordine concederle una entrevista cuya publicación únicamente estaría permitida al día siguiente de ese final. La sostuvieron en 2014, y todavía el año pasado el entrevistado regresó a ella para retocar algunas respuestas. Steiner murió el lunes. «Siempre me fascinó la idea», pudimos leer entonces, «de algo que se hará público precisamente cuando yo ya no pueda leerlo en los periódicos. Un mensaje para los que se quedan y una manera de despedirme dejando que se oigan mis últimas palabras».

A finales del año pasado cumplió medio siglo de muerta Emily Hale, una novia de T. S. Eliot que había entregado a la Universidad de Princeton las más de mil cartas que el poeta le envió a lo largo de 16 años. La instrucción de Hale era que esas cartas se leyeran sólo hasta que hubieran transcurrido estas cinco décadas. Eliot, al tanto de lo que había dispuesto su exnovia, también preparó su viaje al futuro: escribió una aclaración acerca de la naturaleza de esa correspondencia, con la condición de que esa aclaración se hiciera pública al mismo tiempo que las cartas. Es impresionante, esa misiva postrera, por el retrato descarnado que el poeta hace de sí mismo y de las mujeres en su vida.

La entrevista póstuma de Steiner, sin alcanzar ese dramatismo, también es conmovedora, sobre todo porque confirma de modo inapelable —es la voz de un muerto— cómo este mundo ha quedado empobrecido ahora que ha perdido una inteligencia como la del crítico y profesor que, como pocos en nuestro tiempo, se batió en una denodada batalla por la razón y la belleza, y también por el enriquecimiento moral que puede dimanar de la experiencia artística. Lector profundo, sabio, y ensayista cuya estatura poética demuestra que la mejor crítica también puede, y debe, proponerse la conmoción y la perdurabilidad de las grandes obras, Steiner es una inteligencia infaltable que, para nuestra desgracia, ya está faltándonos —ya desde hace algunos años: estaba viejo, estaba cansado. La aclaración de Eliot —la voz de otro muerto— es estremecedora, también, por el modo en que termina: «Descansemos todos en paz».

¡Lotería!

De tan predecible que se ha vuelto, podría parecer ya insulso. Pero que no ceje en su limitado repertorio de trucos, que tenga tal fe en sí mismo, que tan decidido esté a no permitir que su entendimiento se nuble por la realidad, todo eso lo vuelve fascinante. Hagamos un lado, por ahora, el perjuicio que causa y las secuelas tremendas que dejará —es difícil, claro: fuera de los muros de Palacio no es sencillo cerrar los ojos ante el desastre—: ¿llegará a haber literatura que aproveche su estampa, sus hechos, la dimensión formidable de sus disparates, las aberraciones que condujeron a instalarlo ahí, la espléndida desenvoltura con que fabrica al vuelo sus mentiras? ¿Hay manera de que una obra supere la creación que ha hecho de sí mismo? Y, en tal caso, ¿qué excesos de la fantasía serían necesarios para ir más allá? ¿O será posible que la imaginación literaria, alguna vez, consiga abrirse camino en las cavernas de su psique —y de la psique nacional— para regresar de ahí con alguna explicación satisfactoria?

Pienso, por ejemplo, en el modo en que Camus aprovechó al emperador lunático (pero no era que fuera sólo un lunático, en todo caso), para indagar a profundidad en la crueldad, la ambición, la vanidad y la maldad pura; o bien en la tradición de los monstruos retratados o urdidos con menos o más saña o voluntad de comprensión por los novelistas latinoamericanos. ¿Dará para tanto, o no pasará de ser emblema de la ridiculez? Yo querría creerlo. Con el país en llamas y vuelto un alarido de terror, lo que ha discurrido es salir a rifar un avión, y ahí está, como billetero, vendiendo los cachitos. Pero lo malo es que, por risible que a algunos pueda parecernos, hay un vastísimo sector de la población listo a gritar: «¡Más respeto!», y a imponer ese respeto al precio que sea.

Y me acuerdo de este pasaje de Gao Xingjian, en un ensayo que escribió acerca de la literatura como testimonio de lo real: «La voluntad popular que transforma el compromiso político en imposibilidad de desobediencia obliga a la sumisión inapelable de todos los miembros de la sociedad y puede conducir la nación entera a la locura».

En ésas estamos, me temo. Y él sigue vendiendo su alucinante lotería.

Un verdadero independiente

Filmada en 1987, Clandestino destino imaginaba un futuro que entonces podía parecer parejamente lejano y cercano: el año 2000 era un horizonte de fantasías excesivas y temores apocalípticos, y parecía que teníamos tiempo suficiente (aunque no demasiado) para ir acomodándonos al mundo que nos aguardaba. De esa película recuerdo en particular, porque parecía tan absurdo como posible, que presentaba un México cuya mitad ya habría sido cedida a Estados Unidos para pagar la deuda externa —junto con la amenaza nuclear y la invasión comunista, la deuda externa fue nutriente básico de las pesadillas de quienes salimos de la infancia en los 70 para estrellarnos con los esperpénticos 80.

La frontera, pues, se había recorrido, y quedaba justo en Guadalajara. Más precisamente, por ahí por Plaza Patria. Había una cierta resistencia civil ante esa nueva realidad, y también la necesidad de reajustar las conductas de la gente ante los desafíos que marcaba el auge del sida: lo que se había ganado de libertad sexual había que gastarlo de a poquito ante el temor del contagio. Recuerdo, también, que era una película muy divertida, y que se permitía un desenfado que luego fue perdiéndose —con Sexo, pudor y lágrimas, y luego con Amores perros, el cine mexicano se volvió más azotado y solemne de lo que llegó a serlo en los dramas peores de la Época de Oro.

Jaime Humberto Hermosillo, firmante de aquella cinta, y de muchas otras de admirable audacia —y en varios sentidos: formal, temática, política—, fue, quizás, el último realizador cinematográfico que hemos tenido cuyas preocupaciones estuvieron siempre felizmente desentendidas, y por tanto liberadas, de las tiranías del mercado. Un auténtico artista independiente, que supo siempre ingeniárselas para decir lo que le daba la gana con sus películas, y que además fue imparable. A él le debemos mucho quienes nos aficionamos al cine en los tiempos en que nació la Muestra de Guadalajara (eso que mutó en el festival tan extraño con el que ya nada tiene que ver). Ojalá que empecemos a saldar esa deuda impidiendo que su obra se nos olvide —que dudo que pueda pasar: si viste una película suya, seguro algo de ella se quedó contigo para siempre.

El mundo amarillo

Cuando Los Simpson irrumpieron en nuestras vidas, la televisión todavía existía —y en México era especialmente horrenda—, faltaba todavía para que nos absorbiera el hoyo negro de internet y teníamos apenas vagas suposiciones de lo que debía ser la democracia. El miedo al desastre nuclear se disipaba junto con la polvareda que dejó la caída del Muro de Berlín, pero ya lo habíamos trocado por nuevos pavores: al sida, al TLC que ya se fraguaba, al chupacabras en todas sus manifestaciones. El machismo, la homofobia, el racismo y otras pestes infestaban el trato social quizás un poco más que ahora, aunque rara vez eran objeto de repudio, del mismo modo en que la corrupción aceitaba la vida cotidiana pero no nos parecía tan reprobable. ¿Éramos una sociedad más atrasada? Todavía no imaginábamos cómo la realidad se ensangrentaría como lo ha hecho en estos treinta años. ¿Éramos más inocentes? Tal vez el impacto que esa familia causó se explique por esa vía: porque nos invitaba a empezar a sospechar, con alguna malicia, que las cosas no podían estar tan bien como habíamos venido suponiéndolo.

Es difícil imaginar lo que habrían sido estas tres décadas de no haber tenido a la mano el juicio de Homero para modelar el nuestro. Emblema de nuestros mejores defectos (imbécil, marrullero, encajoso, haragán, glotón, alcoholicazo, egoísta, hipócrita), el paterfamilias más importante desde Noé es también la encarnación de nuestras virtudes peores: un obrero resignado a trabajar para el patrón diabólico con tal de que los suyos tengan para comer, un esposo y un padre al que la culpa lo reconduce siempre a la senda del bien, un hombre para el que el paraíso tendría que estar hecho de chocolate. Hoy tampoco sabríamos qué pensar sin Marge, que es la sensatez sojuzgada; sin estar al tanto de que la realidad está encarnada en Bart —quien es la garantía de que Homero es eterno—, y sin Lisa, prueba viviente de que la tentación de la sensibilidad y de la inteligencia amenaza con volvernos los peores enemigos de nosotros mismos.

Hace treinta años, daba un poco de miedo el espejo que nos mostraban Los Simpson. Hoy, seguramente, preferiríamos que nuestro mundo fuera más parecido a ese mundo amarillo.

De regreso

Un plátano pegado con cinta a una pared y vendido como si proviniera del Jardín del Edén, con el consiguiente escándalo —como si el escándalo no fuera, desde hace mucho tiempo, la moneda corriente del mercado del arte contemporáneo. Un Embajador ratero atrapado en video y, contra la flagrancia de su delito (así se hubiera embolsado un chicle, lo que el hombre quiso hacer fue robar), la alucinante retórica de sus defensores oficiosos, con lo que esa reacción quiere decir de los extremos a los que se llega para justificar las estupideces o las tropelías peores de la administración en turno. Un cuadro expuesto en Bellas Artes en el que se representa a Emiliano Zapata de tal manera que no les pareció a organizaciones campesinas que se ostentan como inspiradas por la figura del Caudillo del Sur —con el consecuente argüende que esas organizaciones fueron a armar, en este país homofóbico y carente de sentido del humor en el que la veneración por las figuras históricas (veneración inservible, como no sea para fines demagógicos) nos impide mejor ocuparnos del presente. Un exfuncionario capturado por haber colaborado diligentemente en la prosperidad del crimen organizado durante el sexenio en que su jefe, el Presidente Calderón, tuvo a bien declararle al narco la guerra con la que se inauguró para la nación un genocidio incesante. La resurrección de los dolores de dos mujeres sufridos a manos de un astro de la literatura nacional, historias muy tristes que han tenido que esperar hasta este presente para revelarse…

Es sólo parte de lo que estaba esperándonos —o esperándome, vamos a decir— luego de la FIL. Apenas concluida esa pausa insólita en la que nuestra atención puede estar colmada con los libros y con lo que sucede a su alrededor, parece inevitable tener que reingresar a la realidad de cualquier modo. Pero, ¡ojo!, se corre el riesgo de dar por hecho que la realidad es aquello que cobra forma en las noticias, y las noticias, no hay que olvidarlo, son por lo general un sucedáneo de lo que realmente importa. Por eso, al repasar el panorama descrito más arriba, seguramente será preferible buscar que esa reanudación de lo habitual nos lleve por otro rumbo. ¿Será posible?

Tercer Encuentro

El otro día tuve que ir a Los Pinos. Si hubiera tenido ocasión de anunciar esto en otro tiempo, el efecto de la frase habría sido más llamativo: antes, uno iba a Los Pinos en circunstancias excepcionales, por algo supuestamente muy bueno (recuerdo cómo, de niño, siempre me ponían de ejemplo a los alumnos odiosos que se tomaban una foto ahí con el Presidente porque habían sacado buenas calificaciones), o bien para algo muy turbio. En todo caso, no cualquiera entraba, pero ahora basta trasponer una reja para poder pasearse por casi todo el lugar.

No tiene chiste, debo decir: aunque se usan para exposiciones (una de ellas, la de los cuadros con que se constituyó un acervo ciertamente valioso de pintura mexicana, pero que están colgados por las habitaciones de la Casa Miguel Alemán nomás para que se vea que ahí están), y se les puso el nombre pomposo de Complejo Cultural, los edificios no han sido aprovechados como se podría. Desde luego, el morbo impulsa el recorrido, pues uno se imagina todo lo que debió ocurrir ahí, pero fuera de eso no hay mayor aliciente para la visita. También puede verse la estatuaria del poder y divertirse algo con las poses ridículas de los mandatarios vueltos bronce. Pero poco más.

El caso es que fui porque ahí tuvo lugar el Tercer Encuentro del Programa Jóvenes Creadores del Fonca, en el que me tocó ser tutor. Y sobre esto voy: ese programa, uno de los más valiosos del aparato cultural a cargo del Estado, estuvo a punto de desaparecer con la llegada de la Cuarta Transformación. Los beneficiarios, artistas en cuyas manos está en gran medida el arte mexicano de los años venideros, debieron trabajar enfrentando una horrible incertidumbre, gracias a las ocurrencias de los funcionarios recién llegados, y no fue fácil arribar a la culminación de este año. Lo consiguieron: en el Encuentro mostraron lo que hicieron, y su labor contó una vez más como la razón más poderosa para que ese programa siga adelante y no se desatienda.

Aún hay muchas cosas que deben recomponerse luego de lo que casi fue el desmantelamiento del Fonca, al comienzo de este año. Pero lo importante es que ha sobrevivido. Y no se nos debe olvidar que hay que seguir cuidándolo.

El médico ensayista

Nacido en 1936, el doctor Francisco González Crussí se reencontró con la literatura, una vocación de juventud, al cumplir medio siglo de edad.

Hasta entonces se había consagrado a la patología pediátrica, donde construyó una reputación afirmada en publicaciones especializadas, universidades y hospitales de Estados Unidos, país al que emigró poco después de haber concluido sus estudios en la UNAM.

Allá, en 1986, publicó su primer libro de ensayos, Notas de un Anatomista, escrito originalmente en inglés, como buena parte de su obra; tendrían que pasar algunos años para que el Fondo de Cultura Económica lo tradujera, pero la recuperación de aquella vocación ya estaba dando más frutos, y no ha dejado de darlos: al menos otros 15 libros a la fecha. Sus asuntos principales: el cuerpo y sus extremos, la vida y la muerte. Nada menos.

Yo tengo para mí que es el mejor ensayista vivo que hay en México, y lo creo por dos razones, principalmente: una, que es un autor cuya enorme erudición está al servicio de una curiosidad infatigable que lo hace plantearse preguntas formidables, a cuya satisfacción se aboca con la capacidad de quien no sólo posee un gran conocimiento, sino que sabe cómo encontrar y aprovechar las relaciones entre todo lo que sabe.

La otra razón es su estilo: en una entrevista de 2014, González Crussí contaba cómo, justamente a los cincuenta años, comenzó a leer «sistemáticamente y con mucha atención sobre todo a autores ingleses del siglo XVIII, ensayistas como Steele y Addison y hasta poetas como Alexander Pope, también al novelista Henry Fielding». Ese aprendizaje se trasminó en una prosa en la que la búsqueda de precisión se traduce continuamente en hallazgos poéticos que tienen lugar al tiempo que vamos enterándonos, sin falla, de cosas asombrosas: así, el impulso para la lectura es siempre una incesante fascinación.

La Academia Mexicana de la Lengua acaba de distinguir a González Crussí con el Premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña. No es, claro, que a un autor como él -un sabio, un clásico-, le hagan falta honores. Pero a México sí le hacía falta reconocerlo. Ojalá que sus libros circulen cada vez más.

 

J. I. Carranza

Mural, 21 de noviembre de 2019

«La boa»

Tras haberla oído varias veces en la radio seguía sin poder entenderlo. Luego vi el video, y menos. ¿Por qué una canción como «La boa» se usa ahora para anunciar a la Comisión Nacional de Derechos Humanos? Conjeturo que la explicación no tendría que ser demasiado intrincada, pero de todos modos me deja en la perplejidad original: algún creativo habrá discurrido que, al aprovechar lo pegajoso de la pieza, se facilitaría enterar al público de la existencia de la CNDH y alentarlo a recurrir a ella. No dudo de que pronto nos aprendamos la nueva letra: con esa música, que ya traíamos tatuada en la zona del cerebro donde se registran los códigos identitarios de lo mexicano —y la música de la Sonora Santanera tiene mucho de eso, por más que alguien se fresee y quiera zafarse—, las palabras que han sustituido a las anteriores pronto estaremos entonándolas sin dificultad. El problema es que esas nuevas palabras son espeluznantes. Por ejemplo: «Las víctimas de trata / lo saben, lo saben». O no nos vayamos hasta allá todavía: el comienzo dice «Quién en esta vida no ha pasado / por la triste situación / de ver sus derechos mancillados / sin saber que hay solución».

¿Qué es eso? Quien acude a la CNDH lo hace porque ahí espera encontrar la última posibilidad de obtener justicia, sobre todo en este país donde la ley la cumple quien quiere y la autoridad es por lo general omisa, inepta o adversa. Y corrupta y perversa. Se trata, entonces, de víctimas. Siempre. Y, en incontables casos, víctimas de cosas horribles, se diría que inenarrables si no presenciáramos, todos los días, de qué modos tan atroces se pisotean los derechos de las personas. En el video de la campaña se ve a la gente bailando muy feliz mientras los de la Santanera cantan: «Quien perdió a un amigo / lo sabe, lo sabe». ¿Y qué se supone que sabe? Que la CNDH le va a ayudar.

Hay algo muy siniestro en poner así a bailar a la desgracia. «La boa», compuesta por Carlos Lico, ensalzaba a un bailarín mítico y en su estribillo desfilaban los oficios con que se trazaba un fresco muy rico de la cultura popular. Servía, hasta ahora, para la alegría más pura. Ahora la han convertido en la pista musical de nuestra esquizofrenia.

 

J. I. Carranza

Mural, 14 de noviembre de 2019

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