• ¿Hacer historia?

    No he visto la afamada película. ¿Pienso verla? Sí, pero no sé cuándo. No me urge mucho, vaya. Y es que da la impresión de que es urgente verla, de que se incurre en falta grave de no hacerlo, de que se incumple un deber patriótico —el Presidente de la República, al felicitar al director, admitió que no la había visto, pero que le habían comentado «que estaba buena». O bien, parece que mientras corran los días y uno siga perdiéndosela, estará privándose injustificablemente de una experiencia estremecedora.

    Además, está la andanada de premios y las nominaciones para que reciba más premios. Muy bien, que gane, tampoco me inquieta tanto, pues tampoco he visto las películas contra las que compite. ¡Ah, pero es que está haciendo historia! Momento: ¿será de veras así, o será que este año la competencia no estuvo muy reñida? No lo sé, aclaro, no sé nada, pero se me ocurre que hace falta un poco de perspectiva histórica cada que se afirma que algo o alguien está «haciendo historia».

    Para empezar: el cine mexicano ha producido, a lo largo de muchísimos años, numerosas películas formidables que, por unas razones u otras, fueron ignoradas por la crítica que concede galardones. O el mercado no había mandado que desde Hollywood se volviera la vista sobre lo que se filmaba en el sur, o para los directores de antaño era absolutamente imposible que se les abriera ninguna de las puertas por las que pasan los de hoy, o los canales de distribución eran otros (no existía internet, no existía Netflix, que habría gastado hasta 20 millones de dólares en promover la película en cuestión), o no había razones políticas como las que hoy acaso pesan… Por lo que fuera, la suerte que corre hoy la afamada película obedece a las circunstancias en que ha nacido. ¿De haberse filmado hace diez o veinte años le habría ido así de bien? Luis Buñuel, Luis Alcoriza, Ismael Rodríguez, Arturo Ripstein, y un largo etcétera de cineastas prodigiosos —entre los que yo incluiría al Cuarón de la originalísima Sólo con tu pareja— nunca tuvieron tantos reflectores encima, y, para que sus creaciones ciertamente hicieran historia, no los necesitaron.

    Quizás lo mejor sea verla cuando ya nadie esté hablando de ella.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 24 de enero de 2019


  • La cartilla

    En México y otros países, leerle a alguien la cartilla significa hacerle ver sus deberes y, tácitamente, advertirlo acerca de las consecuencias de que no los cumpla. Es una expresión muy probablemente originada en la fundación, en 1844, de la Guardia Civil española, para la que el II Duque de Ahumada redactó un código de conducta, base del actual reglamento de ese cuerpo. El uso que hoy damos a la expresión lleva implícitos los sentidos de reprimenda y amenaza: si te leen la cartilla es porque ya la infringiste, y a la siguiente que hagas así te va a ir.

    Bueno, pues al Presidente de la República le dio por leernos la cartilla. Lleva rato haciéndolo, claro: en gran medida, ha trabajado el carisma que sus fieles le encuentran con un discurso, maniqueo y no pocas veces santurrón, que funciona a fuerza de absolutos morales y simplificaciones de la realidad; también con gestos propios de un ministro espiritual (perdón, amor, buena fe) cuya autoridad dimana de su propia supuesta integridad. Y la que nos viene a leer es la Cartilla moral de Alfonso Reyes, un texto más bien empolvado, amén de soporífero, que condensa un puñado de obviedades para cualquiera que haya tenido una clase de civismo en la vida (o bien, que haya ido alguna vez a la doctrina).

    Pobre don Alfonso: no son sus páginas mejores. (A mí me cae muy bien como ensayista cuando lo mueve el sentido del humor). Al margen de eso, ¿qué significa esta publicación? En la nota de presentación, López Obrador deplora «la pérdida de valores culturales, morales y espirituales» que ha provocado el actual estado de las cosas en México. Acaso no le falte razón. Pero uno querría que esos valores empezaran a restablecerse arreglando el desastre educativo, haciendo valer las leyes, metiendo a la cárcel a tanta rata, y no queriendo que nos aprendamos un catecismo. Es pura cursilería, y la cursilería es pura forma hueca, puro vacío.

    Pero le hicimos caso al Presidente y en familia nos pusimos a tratar el tema (así dice que hagamos, como padre magnánimo y regañoncito). Y lo dejamos por la paz cuando mi esposa me dijo: «Esto es para que lo lean las mamás de los huachicoleros, uno qué». A ver si ellas sí le tienen paciencia.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 17 de enero de 2019


  • Entrevista a JIC, El Informador

    Entrevista a JIC, El Informador

    Foto: Atilano

    El silencio nos acerca a la realidad: José Israel Carranza

    El ensayista jalisciense habla de “Tromsø”, su primera novela

    8 de enero de 2019

     

    En un entorno de comunicaciones permanentes y abundantes, redes sociales y pánico a estar solos, “Tromsø” cuenta la historia de una persona que pierde la capacidad de comunicarse con los demás, guarda silencio y se recluye en la soledad al ser cada vez menos entendido.

    De esta manera, la primera novela del escritor tapatío José Israel Carranza habla sobre el verdadero significado de estar comunicados, y mediante una narrativa elaborada y descriptiva; pretende generar en el lector sensaciones y reflexiones sobre la incomunicación, la soledad y sus rutinas, y nuestras relaciones con los objetos que nos rodean.

    “Vivimos en una situación paradójica —por no decir absurda— en la que estamos aparentemente más posibilitados de encontrarnos con los demás a través de los nuevos medios, pero la profusión excesiva de palabras ha creado un barullo ensordecedor en que lo único que nos importa es ser escuchados y no escuchar a los demás, y es en buena medida razón del estado catastrófico de las cosas”, consideró Carranza.

    Ante esta situación, el ensayista y editor considera que el silencio “puede ser una forma óptima de tramitar la realidad, de vérnoslas con el mundo y con nosotros mismos, y deberíamos  procurarnos esa posibilidad de vida que es el silencio para percatarnos de un mejor modo de lugar en el que estamos y nos corresponde hacer”.

    Durante la novela, un protagonista sin nombre y con escasas señas de identidad es construido a través de la descripción de sus actos cotidianos, de sus escasos diálogos con una planta (helecho) o la dependiente de una tienda de autoservicio, o en la dificultad que estriba realizar actos comunes como cambiar el cheque en un banco sin proferir comunicación oral.

    “Las comunicaciones que ponen en funcionamiento la vida son aquellas meramente instrumentales, y que no necesariamente tenemos con los seres más significativos”, señaló Carranza. “Cuando descubrimos eso, vemos también un indicador —hasta cierto punto sobrecogedor— de que todas las relaciones que sostenemos están hechas de palabras, y cuando las palabras dejan de funcionar, las relaciones están en peligro también”.

    Para mostrar la incomunicación y retraimiento de su personaje, Carranza apuesta en “Tromsø” por una narrativa deliberadamente compleja, que exige al lector una participación activa y despierta.

    “Procuro que la experiencia de la lectura lleve al lector a experimentar o sufrir lo mismo que está viviendo el personaje, por eso es una prosa tortuosa, laberíntica, obsesionada, ensimismada, porque yo quería que mis lectores se sintieran como se sintió este personaje”, señaló. “Es una lectura exigente pero puede verse recompensada con alguna idea que quizá resulte interesante”.

    El también autor de la colección de ensayos “Las encías de la azafata” (2005), construyó su primera novela —titulada así por un poblado de la región ártica de Noruega, famosa por sus auroras boreales— en un proceso de ocho años. Carranza tiene en puerta un libro de cuentos y su regreso al género ensayístico.

     


  • Síndrome de abstinencia

    Ese imbatible profeta del presente que fue Kurt Vonnegut ya advertía, en un ensayo de hace quince años, acerca de las consecuencias funestas que acarrearía vernos privados de los combustibles fósiles a los que somos adictos. Con la lucidez de que lo dotaba su alto sentido de la ironía, el autor de Matadero cinco observaba cómo el gobierno estadounidense había declarado la guerra a las drogas —faltaba un par de años para que el gobierno mexicano hiciera otro tanto— cuando había otras sustancias legales mucho más adictivas y perniciosas: el alcohol y la gasolina. Y con tal de asegurar el aprovisionamiento de esta última, George W. Bush, alcohólico —como quién sabe quién acá en México—, estaba librando otra guerra, contra el mundo árabe. El caso es que Vonnegut daba la voz de alerta sobre lo que se vendría por nuestra dependencia a «la droga más adictiva y destructora de todas, y de la que más se abusa»: un síndrome de abstinencia que, cuando la escasez sea absoluta, seguramente comenzará de modo muy parecido a lo que hemos visto estos días.

    ¿Qué debió ocurrir para que el arranque de 2019 en México fuera como despertar en Mad Max? Jamás lo sabremos bien (es decir, no lo sabremos), pero conocer las causas —en este país de impunidad eso jamás sirve para que se haga justicia— es menos útil que tomar providencias ante los modos en que se está «manejando» esta crisis. Si no está a nuestro alcance la verdad, por lo menos deberíamos poder contar con un mínimo de certidumbre, pero el desabasto de ésta crece al mismo ritmo que el de la gasolina, y ni uno ni otro se ve cuándo vayan a parar.

    Así que hay que tomar nota, pues, de que el nuevo gobierno federal tiene una propensión manifiesta a distorsionar la verdad mediante el uso de fórmulas y eufemismos. La vieja conocida terquedad de no usar las palabras para lo que sirven. Y, ante eso, ¿cómo podremos surtirnos de palabras que no mientan? Ojalá hubiera más profetas con la puntería de Vonnegut. Pero ésa es otra consecuencia de esta emergencia: la profusión de intérpretes falaces y de agoreros perversos y la multiplicación de las multitudes que, en el trance de satisfacer nuestra adicción, no sabemos ni para dónde voltear.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 10 de enero de 2019


  • Entrevista a JIC, Canal 44 UdeG

    Entrevista a JIC, Canal 44 UdeG

    La comunicadora María AntonietaFlores Astorga entrevista a José Israel Carranza para el Canal 44 de la Universidad de Guadalajara, a propósito de la presentación de «Tromsø» en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara de 2018.

     

     


  • Dos centros

     

    Fuimos a la Ciudad de México, movidos por la creencia de que el tiempo de vacaciones es idóneo para pasear allá. Y descubrimos enseguida que es una creencia falsa, pues, por más capitalinos que decidan desalojar esos días, nunca serán suficientes como para dejar las calles mínimamente transitables. (No obstante, el día de Navidad sí parecía aquello —el centro histórico— el gigantesco set abandonado de una película apocalíptica: todo cerrado, desolado, inmundo y siniestro). Hicimos algunas de las visitas de rigor: Bellas Artes (para ver la exposición de Kandinsky, que es una maravilla), Catedral (había dentro policías armados que nomás dejaban pasar a quienes iban a misa), a comer quesadillas sin y con queso… Y a Palacio Nacional, en cuyas entrañas descubrimos un insospechable jardín botánico que debe de contar como uno de los acontecimientos más insólitos en la vida de la ciudad. (Muy cordiales, por cierto, todos los policías militares que custodian el recinto, pero tanta obsequiosidad, así tan repentina, tiene algo de ominoso). La calle Madero es una maqueta muy elocuente que representa bien a este país desenfrenado: atestada día y noche, ensordecedora, los extremos de la sociedad que es posible atestiguar ahí conviene tenerlos en cuenta siempre para saber que nuestra realidad particular está inmersa en una muchísimo más compleja y disparatada que a veces se nos olvida.

    Luego, ya sin hallar muy bien qué hacer aquí para seguir pasando estos días, fuimos a pasear al centro tapatío. Si uno está en la edad en que es preferible descansar que entretenerse, pero tiene al lado a una creatura para la que el aburrimiento es lo peor que puede haber en vacaciones, hay que resignarse y levantarse de la cama. De manera que tuvimos ocasión de comparar. Y lo cierto es que, ya con esa perspectiva, el corazón de Guadalajara está muy lejos de albergar la ruina y el desastre que pueden encontrarse en el de la Ciudad de México. Aquello es una locura casi irremediable. Aquí todavía puede haber esperanza para que sea un espacio vivible. ¿Qué hace falta? Yo me centraría en un aspecto: la basura. Que el Ayuntamiento limpie todo lo tiene que limpiar. A diario. Y con eso. Para empezar.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 3 de enero de 2019


  • Inocentes

    En las reacciones desconcertadas que han ido sucediéndose tras las decisiones con que está debutando el nuevo gobierno federal —un gobierno que, para llegar a serlo, se abanderó en la esperanza y la ilusión, esos alimentos con que tanto engordan la decepción y el chasco— hay un aire generalizado de inocencia resquebrajada. La militarización del país, la ocurrencia imperante como garantía de que en adelante habremos de ir acomodándonos a una economía descabellada, el desdén de siempre —refrendado ahora con cinismo— por la cultura y la educación, la relegación del respeto a los derechos humanos y a los derechos laborales, el tren y las políticas energéticas ecocidas, la inminente depauperación del agro, la opacidad y la arbitrariedad ahora disfrazadas de consultas públicas… Cuanto ha ido conociéndose va suscitando una perplejidad que tiene su antecedente directo en el entusiasmo recabado con tesón por el líder del partido triunfante a lo largo de doce años.

    ¿En qué medida el resultado de la elección estuvo dictado por la inocencia? Podría pensarse que, tras décadas de presenciar el desastre, la inocencia —entendida como una forma de comprensión de la realidad— habría sido extirpada de la conciencia nacional. Pero ya se vio, entonces, y está viéndose más ahora que revienta por todos lados, que sigue decidiendo de modo determinante nuestra pobre inteligencia de lo que ocurre. Sobran las razones para que hace mucho tiempo la hubiéramos perdido o, al menos, hubiéramos aprendido a estar alertas ante los fracasos a los que siempre nos conduce. Pero no: en la historia reciente, llena de horror y miseria y sangre, nos hemos aferrado a la inocencia y ésta no ha hecho sino depravar más el presente.

    Desde que conocí su explicación, siempre me impresionó que la conmemoración de los Santos Inocentes tuviera su origen en una masacre espantosa, y creo que algo hay de siniestro en que sea ocasión de hacer bromas y timos. Ahora, a la vista de lo que pasa, pienso que es el día óptimo para reconocer esa causa de nuestro destino: somos unos inocentes.

    Si acaso no es pecar —más— de inocencia, feliz año nuevo. O, al menos, que sea menos cruel que los que nos han traído hasta aquí.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 27 de diciembre de 2018


  • ¡Ahora resulta!

    La esperanza duró hasta que se vio que los billetes no iban a alcanzar. ¿No alcanzan? Siempre hay, qué duda cabe, y siempre tendrían que alcanzar (pues alcanzan, y sobran, por ejemplo, para la propaganda y la «comunicación social», o para la existencia plena de los partidos políticos), pero el hecho es que, cuando se trata de cultura, ¿por qué diablos tendrían que alcanzar? Es más: se habrá podido asegurar y jurar en campaña que ahora las cosas serían distintas, y que el presupuesto atendería por fin la famosa recomendación de la Unesco, y que todos seríamos felices, pero en realidad nunca hubo la menor intención de que esas promesas fueran a cumplirse alguna vez. ¿Cultura? Sí, claro, lo que quieran… Además: el discurso sobado según el cual se toma a la cultura como ensalmo prodigioso para «restaurar el tejido social» sirve muy bien a las ilusiones que se venden, pues en esa formulita se descargan muchas otras responsabilidades que haría falta asumir con urgencia, pero que son más trabajosas. ¡Cultura para todos! Nomás que, a la hora de sacar los billetes, ya se vio que no.

    Defraudados, contristados o furiosos, un piquete de artistas y trabajadores del sector fue a reclamar a los diputados. Su indignación, con todo y que es justa, no deja de ser algo patética. ¿Pues con quién creían que estaban tratando? ¿En qué país creían que estaban? Es un poco triste ver cómo se les derrumba la fantasía de haber llegado a una nueva era en la que habría de imperar la sensatez. Pero sólo un poco: también se lo tienen merecido. Porque hizo falta lo que ahora temen para que se pusieran críticos por fin, porque han dejado pasar tantas incongruencias y tantas estupideces y tanta mentira, para, ahora sí, exaltarse. Y fueron a mostrarle su estupor al diputado stripper (¿y cuando ese diputado fue designado titular de la Comisión de Cultura qué dijeron?). El actor Giménez Cacho se sorprende: «La prioridad de este gobierno no está en la cultura. Entonces todo lo que se dijo al respecto se llama demagogia; si no está soportado por un presupuesto, se convierte en demagogia». Y salieron sin conseguir nada, nomás fueron a hacer muina.

    Que se vayan acostumbrando. Y todos nosotros también.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 20 de diciembre de 2018


  • Venta nocturna

    Puntualmente, cumplimos con el ritual de ir a una venta nocturna. Como si no tuviéramos memoria, o, más bien, como si la que tenemos no nos sirviera de gran cosa. Hace dos años fue para comprar una impresora, que había tenido el pésimo gusto de amargarnos la Navidad con su suicidio; el año pasado, lo que urgía era comprar una estufa, pues de lo contrario no sólo no habríamos tenido cena navideña, sino probablemente tampoco casa, pues el gas que se fugaba amenazaba con hacernos volar por los aires. Son cuestiones de urgencia, siempre, y siempre en estas fechas. Y esta vez fue la lavadora, que enloqueció por fin. Y allá fuimos, sin recordar que la reposición de la impresora nos había metido a una vorágine espantosa (cuando caímos en la cuenta, llevábamos siete horas metidos en un centro comercial, oyendo los villancicos de Pandora), ni tampoco que la búsqueda de la estufa ya nos había revelado la tomadura de pelo que suelen ser esas «baratas» frenéticas (acabamos hallándola, realmente barata, en otro lado).

    Sólo hasta que estábamos ahí nos percatamos de que habíamos caído de nuevo en la treta. Una venta nocturna de una tienda departamental en los días en que el aguinaldo tintinea en el monedero (y anunciada, además, como ¡la última del año!) es la ocasión menos indicada para comprar algo que se necesita: los precios están de tal modo inflados que, aun con el 30 por ciento de descuento, más otro 30, y algo más que pretenda hacerte el vendedor porque le caíste bien, siguen quedando inflados; encima, la mercancía sólo te la entregarán hasta mediados de enero. ¿Y mientras qué íbamos a hacer? ¿Nos íbamos a ir a lavar la ropa al río? Esta perspectiva nos disuadió, y, felizmente, dimos con la solución en otra tienda que no alardeaba de tener grandes ofertas (y donde las lavadoras no costaban lo que un coche) y que en tres días hizo su entrega sin mayores problemas.

    Nos salvamos, pero ¿por qué estuvimos a punto de ser estafados? Sigo preguntándomelo. Tal vez porque, en Guadalajara, parte sustancial de la Navidad consiste en asistir a ese ritual agobiante y enloquecer como toda la gente. Y no hay tradición, por absurda que sea, que no tenga su encanto. Por retorcido que sea.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 13 de diciembre de 2018


  • En estos momentos

    Las inflexiones decisivas de la historia sólo es posible reconocerlas cuando ha pasado el tiempo suficiente para contemplar con algún sosiego lo que sucedió. Por tanto, creer que se está viviendo un momento de quiebre por el cual el futuro ya no será lo que iba a ser, y creer además que es posible desentrañar ya el significado de los acontecimientos actuales, supone, en el peor de los casos, un exceso de ingenuidad. Y, en el mejor —como les pasa a muchos mexicanos ahora mismo—, es una convicción en la que se mezclan la esperanza de que lo que ocurra sea lo más favorable que tenga que ocurrir (o bien lo peor, para quienes experimentan esa convicción cargados de temores), la ilusión de que las palabras que oímos y los hechos que empezamos a presencia están fundados en la verdad (o la sospecha de que todo es mentira, para quienes se atrincheran en su recelo), y también (para optimistas y para pesimistas) una actitud de renuncia a la necesidad de la reflexión crítica, de la ponderación juiciosa de hechos y palabras, de la perspectiva que brinda la memoria, en lugar de todo lo cual se da preferencia a las efusiones de simpatía o franco entusiasmo, o bien de antipatía o declarado horror.

    Dicho de otro modo: ni lo que parece más insólito en estas supuestas transformaciones o refundaciones es en absoluto inédito, ni tampoco lo más previsible deja de tener su novedad. Pero es un tiempo propicio para los agoreros, de un signo u otro, y ello quizás se explique en parte porque la realidad urgente de la que hay que ocuparse es tan espantosa y parece tan irremediable que preferimos abocarnos a la profecía y a la conjetura y a la figuración temeraria de que sabemos para dónde vamos. Yo no tengo idea, y me pongo en guardia contra cualquiera que afirme reconocer alguna señal que indique el rumbo. También es tiempo de fanatismos, y de desfiguros sin cuento, y de discusiones tan encendidas como insustanciales, todo lo cual sólo quita el tiempo que más nos valdría dedicar a trabajar. Nada nunca es para tanto, y menos en este país que hace mucho dejó de conducirse por ninguna lógica ya no digamos funcional, sino ni siquiera discernible, y que, sin embargo, asombrosamente sigue existiendo.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 6 de diciembre de 2018