• Programa y razones

    ¿Cuántos públicos distintos hay para la Feria Internacional del Libro de Guadalajara? Quiero decir: no toda la gente acude movida por las mismas razones, hay quienes nunca participarían en ciertas actividades (yo, por ejemplo, eludo escrupulosamente aquellas que tienen por objeto dar relumbrón a los políticos), hay quienes siempre hacen —hacemos— más o menos lo mismo: pasear por los pasillos, comprar tal vez algo (tal vez, porque la oferta luego no es ni tan rica ni tan atractiva, y además existe internet), entrar a alguna presentación, quizás ver algún espectáculo (de un tiempo acá, los únicos que llego a aventarme son los de FIL Niños, y con eso tengo).

    A mí me da la impresión de que, en términos generales, el público se divide en tres: el que sabe a qué va, el que no sabe a qué va y el que va porque no tiene más remedio. El primero suele tener en cuenta el programa, toma nota del día en que se presenta un autor favorito, pongamos, y se lanza. O bien se propone ir a buscar un libro en particular, o queda en encontrarse ahí con alguien, o va en pos de surtirse de cómics o juguetes o porque hay que llevar a las creaturas o porque quiere ver algo que solamente ahí podrá ver. Es gente que más o menos sabe (y digo más o menos porque yo mismo no lo sé del todo) para qué sirve la FIL y qué se puede hacer ahí.

    El público que no sabe a qué va es el más abundante: multitudes que van de aquí para allá, que entran o salen de los salones sin motivos discernibles, que difícilmente podrían responder si se les preguntara qué andan haciendo. Y a menudo es también el público que va porque no tiene de otra: las infaltables hordas de estudiantes arreados por sus maestros. Uno y otro tienen nociones muy vagas del sentido de una feria como ésta, y a menudo ni siquiera sabían que existía.

    La presencia de Portugal, Orhan Pamuk, 31 Minutos, Plácido Domingo, dos mil editoriales, 800 escritores… Como pasa cada año, en el programa que se anunció ayer queda claro que la FIL surtirá al primer público de todo tipo de razones para visitarla. Lo que a mí me intriga un poco siempre es qué podría hacerse para que los otros públicos aprovechen de un modo más fructífero la experiencia.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 4 de octubre de 2018


  • Desmemoria

    ¿En qué momento la memoria colectiva se convierte en historia? Quiero decir: ¿qué decide que determinados acontecimientos adquieran carácter de hitos a los que se vuelve para reconocer con certeza el camino recorrido, y por qué otros permanecen —cuando permanecen— en el pasado de un modo más impreciso o hasta dudoso, hasta que finalmente acaba por emborronarlos el olvido? En el último medio siglo de la vida de México, tiene algo de asombroso que aún seamos capaces de volver la vista sobre la matanza con que el Estado reprimió brutalmente el movimiento estudiantil y popular de 1968. Tan abocado a las crisis incesantes y siempre urgentes que el presente le impone, México es un país donde prospera muy bien la desmemoria. Por pasmosos que puedan parecernos en su momento, hay hechos que, como sociedad, parecemos incapaces de retener. ¿Porque la acumulación de horrores, por ejemplo, es tal que se nos vuelve inmanejable? ¿Porque la realidad que presenciamos yendo sin parar del espanto a la indignación ha terminado por modificar nuestra sensibilidad y nuestra inteligencia de las cosas al grado de que cada vez sabemos menos —o ya ni siquiera nos lo proponemos— registrar el desastre que venimos atravesando desde siempre?

    Tiene algo de asombroso, digo, y habría que preguntarse por qué ha sido así, el hecho de que aún tengamos presente aquel episodio, cuyas repercusiones es posible identificar en los rumbos que tomó la vida pública. ¿Cuáles pueden ser las consecuencias de que hoy no lleguemos a preservar de igual modo (en nuestra memoria, para que acaben por contar como historia) otros acontecimientos que, por traumáticos, son decisivos? ¿Dentro de medio siglo se recordará la atrocidad que tuvo lugar en Iguala hace cuatro años? O no nos vayamos tan lejos: ¿dentro de cuántas semanas ya se habrá desvanecido de nuestra precaria atención la impresión que nos causó enterarnos de que un tráiler lleno de cadáveres estuvo recorriendo esta ciudad hasta que lo delató el hedor de la ineptitud y la salvajada de quienes lo pusieron a rodar? Tal vez la conmemoración de lo que pasó en el 68 sirva para pensar en eso: ¿aún podemos tomar un rumbo distinto del que nos conduce al abismo del olvido?

     

    J. I. Carranza

    Mural, 27 de septiembre de 2018


  • Leer a Arreola

     

    Juan José Arreola, qué duda cabe, es uno de los autores centrales de la literatura en español del siglo 20. Eso podemos tenerlo claro sus lectores. Incluso, tal vez seamos capaces de precisar por qué pensamos así. Yo empezaría por decir que hallo, en las páginas del jalisciense, una soberana imaginación que, por medio de una prosa que es pura orfebrería, infaliblemente rinde frutos prodigiosos —ya luego tendría que explicar qué diablos quiero decir con eso. El caso es que más o menos sé por qué amo la obra de Arreola, por qué la tengo por fundamental en mi historia como lector y en mi vida. Y otro tanto, supongo, ocurrirá con todos sus lectores fieles.

    Pero pasa esto: aunque pueda parecernos incomprensible que haya alguien a quien lo tengan sin cuidado los libros que más nos importan, por lo general damos por hecho que la culpa es del lector (impermeable a la maravilla, impaciente para buscar un sentido decisivo, reacio a proponerse ningún esfuerzo de comprensión), y no del libro. ¿Cómo es que llegó a gustarme leer a Arreola? La verdad es que no lo sé. Es difícil rehacer el camino que nos condujo a determinadas revelaciones y a las inclinaciones que ya no abandonaremos, y reconocer, en ese camino, lo que debimos poner de nuestra parte: la atención que pusimos sobre ciertos aspectos particulares, la suerte de haber conocido algunas informaciones contextuales que nos ayudaron en la asimilación mejor de lo que leímos, las meras intuiciones que seguimos. Creo estar seguro de que lo primero que leí de Arreola fue «El guardagujas», que venía en uno de los libros de texto gratuitos de la primaria. Si así fue, ¿qué pude haber entendido? ¿Y cómo di el salto a lo demás? ¿Y cuándo?

    Ahora que se festeja el centenario, habrá reediciones y abundarán las ocasiones de leer a Arreola. ¿Cómo llegarán a esas ocasiones los nuevos lectores? Pues se trata de un autor gratísimo, sí, pero también exigente. Yo querría creer que no faltan razones para que cualquiera se encante. Pero, en un mundo muy distinto del que vio nacer esos libros, ¿cómo abrirles cancha en la aceptación de esos nuevos lectores? ¿Podrán encontrar ahí lo mismo que encontramos quienes llevamos toda la vida gozándolo?

     

    J. I. Carranza

    Mural, 20 de septiembre de 2018


  • El gran cine

    Jorge Negrete, Carmelita González, Yolanda Varela y Pedro Infante.

     

    Es el mes patrio, y, con tal motivo, han estado proyectándose 17 películas nacionales en la Fiesta del Cine Mexicano, en salas de Cinépolis. No son muy legibles los criterios que se tomaron en cuenta para seleccionarlas, pero la oferta incluye comedias y melodramas recientes que tuvieron algún éxito cuando se estrenaron, una de dibujos animados, un documental, una película que puede considerarse de culto (El lugar sin límites, de Arturo Ripstein) y una joya de la época de oro, Dos tipos de cuidado (Ismael Rodríguez, 1953). Ésta fue la que elegimos ver.

    Si existe algo como la identidad nacional —un sentimiento de pertenecer, junto con otros, a una geografía y un tiempo histórico determinados—, debe de ser algo parecido a lo que flotaba en la sala. Ante la dificultad de definir qué significa ser mexicano, está a nuestro alcance una experiencia como ésa. Porque lo que veíamos en la pantalla era algo que podíamos reconocer sin ninguna duda, como si lo trajéramos implantado en alguna zona del cerebro anterior al entendimiento y a la memoria. Pedro Infante, Jorge Negrete, la música, el lenguaje, el blanco y negro inmensamente más expresivo que la paleta de colores más rica, y que, para la mayoría de cuantos estábamos ahí, sólo habíamos podido ver en la televisión.

    Fue algo milagroso: ¡esa película en un cine! El valor que adquiere cada elemento, magnificado por la escala de la proyección (¡qué director tan acucioso era Ismael Rodríguez! Un ejemplo: Jorge Negrete está fumando mientras cantan, él y Pedro, la de «Quihubo, cuándo», y el cigarro se consume puntualmente a lo largo de la canción, en una continuidad cuidadísima), y la música, con esas voces (y la de Carmelita González, soprano asombrosa), son de suyo impresionantes. Pero, además, está la gracia insuperable de los parlamentos, el encanto de todas las actuaciones, los sentidos que podrían pasar inadvertidos si no se aprecian a esa escala y ese volumen… En fin: fuimos muchos los que no pudimos aguantarnos las lágrimas de emoción y felicidad.

    Como las mejores ideas, ésta es muy sencilla: proyectar el gran cine mexicano una vez al año. Ojalá se repita. Para que nadie se pierda de esa experiencia incomparable.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 13 de septiembre de 2018


  • El premio del barrio

    Foto: Manuela Aldabe

    No tengo ninguna objeción que hacer a la elección de Ida Vitale como ganadora del Premio FIL de este año. Esto que acabo de decir, aunque no importa en absoluto —pues, aunque tuviera todas las razones del mundo para enfurruñarme, a ver quién me iba a hacer caso—, me salió decirlo así, en negativo, e imagino que eso algo significará. Porque otra cosa muy distinta sería si manifestara, eufórico o exultante, mi acuerdo con esa decisión. Ida Vitale, cómo no, está bien, pásele, felicidades, ni cómo alegar en contra. No se equivocó el jurado, no contará como un error más en la historia de este premio (bastante llena de hoyancos, e incluso de cráteres profundos, como Bryce Echenique, nunca hay que olvidarse de él). No hay nada que reprochar.

    Ida Vitale, en lo poco que le he leído, me gusta mucho. Uno de sus libros, para dar pronto con una muestra, a mí me parece bellísimo: Léxico de afinidades, publicado hace alrededor de un cuarto de siglo por la editorial Vuelta y reeditado recientemente por el Fondo de Cultura Económica. Entre la memoria, la poesía y el ensayo, ahí vamos presenciando el despliegue de una inteligencia afiladísima que se sostiene sobre una asombrosa fe en las posibilidades más inusitadas de las palabras. O sea que, lo dicho: es una merecedora irreprochable de este premio.

    Pero —aquí llega el pero—, quizás porque este premio se da en nuestro barrio, y podemos así ver lo que significa (la visibilidad que da a sus ganadores, el hecho de que éstos vengan a Guadalajara a recibirlo, y por tanto los tengamos cerca), algunos tenemos la costumbre de quedar, por principio, inconformes con el anuncio de cada año. Porque —y es lo malo de todo premio— siempre pudo ganarlo alguien más: invariablemente, alguien que habríamos preferido. ¿César Aira? ¿Eduardo Lizalde? ¿Angélica Gorodischer? Da lo mismo: siempre acabamos rumiando que Michel Tournier o Salvador Elizondo se murieron sin haberlo recibido, y no querríamos la misma suerte para nuestros preferidos.

    Será una ocasión óptima para que muchos descubran a Vitale y para leerla con atención. Y no es que eso esté mal, todo lo contrario, no nos vamos a quejar por eso. Pero, ¿y qué tal si mejor se lo hubieran dado a…?

    J. I. Carranza

    Mural, 6 de septiembre de 2018


  • Numismática

     

    Es claro que, como seguramente pasa con las monedas y los billetes de cualquier país, en la numismática mexicana puede leerse un registro de las ideas que hemos tenido acerca de nuestra identidad histórica. O, más bien, de la conformación que los sucesivos regímenes han dado a esas ideas, acordes, luego de la Revolución, con las que privan en los programas educativos oficiales —todavía en la Revolución había quienes imprimían su dinero como les daba la gana—. De ahí que siempre estén ciertos personajes que pasan por incuestionables (Hidalgo, Juárez), mientras otros a veces se vayan, pero no del todo (Madero, que lo mismo ha podido estar en billetes de 500 pesos que en monedas de 20 centavos), y algunos sencillamente salgan de circulación (los Niños Héroes, que abandonaron la escena cuando los billetes de 5 mil pesos dejaron de existir).

    El nuevo brinco que está por dar Juárez, del billete de 20 al de 500, sugiere, por una parte, que está por refrendarse la parafernalia juarista para todo lo que se ofrezca. Luego de que Fox le dijera hazte para allá, no había recuperado su protagonismo sino hasta que López Obrador se encomendó a su amparo, y es de suponerse que su estampita va a ser omnipresente en los años que vienen. Pero, por otro lado, ese relevo habla mucho de la escasísima y terca imaginación que tenemos, incapaz de concebir que otras figuras puedan ocupar el sitio privilegiado de la memoria que puede ser cualquier cartera —bueno, no cualquiera, la de alguien que tenga trabajo y billetes para guardarlos en ella.

    Según ha anunciado el Banco de México, más adelante Hidalgo y Morelos se mudarán al billete de 200, Madero volverá al de mil (¡con Carmen Serdán!), Sor Juana se pasará al de 100 y habrá uno más de 2 mil, con Octavio Paz y Rosario Castellanos. Es decir que, salvo un par de excepciones, seguirá la rotación de los mismos. Y Juárez, el omnipresente (aeropuertos, pueblos, calles, plazas, escuelas, hospitales…), presidiéndolo todo. Es lo curioso, por decirlo de algún modo: que, incluso en tiempos de supuestas transformaciones colosales como la que se anuncia (insertar trompetilla aquí), lo cierto es que jamás tenemos muchas ganas de transformarnos del todo.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 30 de agosto de 2018


  • Entrevista a JIC, La Gaceta UdeG

    Entrevista a JIC, La Gaceta UdeG

    Foto por Abraham Aréchiga

     

    Las apariencias de la identidad

    Por Mariana González
    27 Agosto 2018

    La soledad humana frente a la supremacía de internet y la incomunicación social que han generado la tecnología y las redes sociales no son sólo el signo de la contemporaneidad, sino también los ejes sobre los que el ensayista y narrador tapatío José Israel Carranza construye su primera novela: Tromsø.

    El silencio es el sonido de esta historia en la que un hombre va perdiendo la capacidad de expresarse y hacerse entender ante los demás. Carranza, periodista y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, muestra una metáfora de la dificultad para comunicarse por la que atraviesan las personas, en esta primera novela que viene a engrosar su bibliografía mayoritariamente ensayística.

    ¿Cómo surge la idea de escribir Tromsø?

    Es una novela que inesperadamente se me reveló como una novela, porque había comenzado como un libro de ensayos. Hubo un momento en que la escritura me mostró que aquello que tenía yo entre manos era una historia que tenía que ser narrada. De pronto me di cuenta que lo que yo quería decir por la vía del ensayo estaba siendo dicho mediante una historia que se desenvolvía ante mis ojos, la vida de un hombre que va descubriendo que cada vez le entienden menos las personas que lo encuentran en la vida de todos los días, y aquello entrañaba una especie de enigma que la narrativa tenía que abocarse a resolver. Eso pasó por ahí del 2011 o 2012 cuando estaba trabajando en este proyecto. Lo escribí a lo largo de un poco más de tres años y lo terminé en 2013 y desde entonces para acá estuve volviendo al texto, revisando, retocando y ajustando, hasta que finalmente surgió la oportunidad de publicarla.

    ¿Hay una pérdida de la voz propia, de la identidad en este contexto contemporáneo?


    De alguna forma sí, creo que vivimos en el espejismo de imaginar que estamos cada vez mejor comunicados, sobre todo a través de las nuevas tecnologías, cuando en realidad nos estamos viendo cada vez más aislados y cada vez es más difícil, desde mi punto de vista, saber quiénes son esos con los que creemos que estamos conversando y, por lo tanto, saber quiénes somos nosotros mismos. La novela de alguna manera transcurre como una reflexión acerca de estos temas, no es propiamente una crítica al momento presente, pero sí tiene que ver desde luego con todo lo que sucede.

    ¿Qué hizo que quisieras tocar este tema?

    Cuando ya había reconocido a este personaje y vislumbraba cuáles eran las dificultades que enfrentaba, me di cuenta que ahí estaba en juego el tema de la dificultad de comunicarse con los demás, la dificultad de tener una identidad y, sobre todo, el hecho que se me mostraba una y otra vez de que lo único con lo que contamos son apariencias, y que lo único con lo que nos podemos manejar para mantenernos en la ilusión de que estamos vivos son lo que se nos muestra, que los sentidos profundos de lo que nos sucede, de lo que pensamos y lo que sentimos quedan, por lo general, ocultos.

    ¿El aislamiento y la incomunicación los consideras un mal de nuestros tiempos?

    Creo que es una circunstancia a la que nos hemos visto arrojados, sin reflexionarlo demasiado porque, insisto: creo que tenemos una fe excesiva en que las cosas están dadas para que nos entendamos cada vez mejor cuando en realidad sucede todo lo contrario.

    ¿Hasta dónde la literatura puede poner la reflexión en cómo vivimos la vida cotidiana?

    La literatura es el mejor observatorio que hay para la vida, creo que lo que sucede en las novelas, los ensayos y la poesía nos muestra antes que cualquier otra zona del conocimiento lo que realmente somos y lo que nos pasa, entonces creo que es un territorio óptimo para tratar de aventurar algunas posibilidades. En ese sentido traté de que la novela fuera una reflexión dilatada acerca de los límites de la escritura y de qué tanto es capaz de decir ella misma acerca de sus propios asuntos.

    ¿A José Israel Carranza le gusta el silencio?

    Lo prefiero sobre cualquier otra alternativa. Esta es una novela en la que el silencio está proliferando como una circunstancia existencial ciertamente angustiosa. Personalmente me gusta más el silencio que la otra alternativa, que es el barullo, que puede llegar a ser ensordecedor.

    ¿Es útil el silencio para entender al otro?


    Creo que sí, que es una forma de entendimiento mejor de lo que sucede, de lo que les sucede a los otros y de tratar con los demás.

     

    Entrevista en La Gaceta


  • Solito

    Muy divertida, la entrevista reciente en la que el escritor Paulo Coelho se ve acorralado por sus propias respuestas. Según esto, el brasileño es reacio a tratar con la prensa, y en esta ocasión habría cedido porque el medio que lo requería es uno donde él colabora; además, acaba de lanzar un nuevo libro, y lo que suele esperarse de un autor es que, además de escribir libros (que ya sería suficiente), se avenga a participar en todo lo que haga falta para que se vendan: presentaciones, entrevistas y demás circo. (Siempre me acuerdo, a este respecto, de una anécdota de Juan Carlos Onetti, a quien le organizaron un gran homenaje una vez; vino gente de todos lados, costó mucho trabajo convencerlo a él de que asistiera, y, cuando le tocó por fin tomar la palabra, se levantó de su asiento, tambaleante —parece que todo el rato había estado dándole tragos a su whisky— y solamente dijo: «Yo no hablo. Yo escribo». Y volvió a sentarse para seguir chupando).

    El caso es que el autor que ha vendido, según la misma entrevista, 225 millones de libros y posee, por tanto, una fortuna considerable, tuvo a bien afirmar que sigue considerándose hippie (Hippie es el título de su nuevo libro), y entonces la reportera, naturalmente, quiso saber cómo es posible eso: «¿Se puede ser hippie viviendo en Ginebra, en una casa extraordinaria con vistas al Montblanc, rodeado de obras de arte y con mayordomo?». Ahí empezó a responder de modo cada vez más airado, en un berrinche espectacular, hasta decir: «Borra todo, empezamos otra vez…». Felizmente, la reportera no sólo no borró, sino que lo publicó todo.

    Con frecuencia me encuentro con lectores de Coelho. No es tan misterioso que lo sean: la maquinaria de la publicidad funciona muy bien. Y lo más seguro es que esos lectores lo sean porque no han tenido más remedio: no se han encontrado con otras lecturas. Antes, yo me empeñaba en demostrar, especialmente a mis alumnos, por qué es prescindible esta literatura. Pero ya vi que no hace falta esforzarse mucho: pasado un tiempo, y si se les pone al alcance otra cosa, los lectores más fieles acaban desengañándose por su cuenta. Y, como en su entrevista, Coelho solito muestra lo que realmente es.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 23 de agosto de 2018


  • Presentación de Tromsø

    Presentación de Tromsø

    El próximo jueves 23 de agosto se presenta Tromsø en la Casa ITESO-Clavigero a las 19:30 h.

    Contaremos con las participaciones de Víctor Ortiz Partida y Bernardo García, así como del autor, José Israel Carranza.

    La Casa ITESO-Clavigero está en la calle Guadalupe Zuno #2083, en la Colonia Americana de la ciudad de Guadalajara.

    ¡Los esperamos!


  • Arco y espada

     

    Un amigo tenía la costumbre de visitar lo más pronto posible el mercado principal de cualquier lugar adonde llegara por primera vez. Apenas dejaba las maletas en el hotel, preguntaba por dónde irse y agarraba camino. Nos reíamos un poco de él —dicha costumbre la completaba el ritual de tomarse un chocomil en el mercado—, pero sus motivos eran muy razonables. La idea era que sólo en un lugar así podía encontrar el carácter auténtico de la ciudad o el pueblo que iba a conocer, su vida de todos los días, la gente que la hace. Como si el viaje al mercado fuera un atajo para dar cuanto antes con lo que más valía la pena conocer ahí.

    Yo tardé en aceptar esos motivos. Pensaba, quizás, que los mercados en México son todos iguales. No lo son, pero sí se parecen mucho, y eso me disuadía de buscar nada en ellos. Y también, claro, me daba pereza esa búsqueda: seguramente prefería eludir sus ajetreos, sus ruidos, sus cochineros, el gentío. En todo caso, recientemente he tenido ocasión de ir reconociendo cuánta razón tenía mi amigo, a raíz de una serie de visitas al nuevo Mercado Corona, desde poco después de que lo inauguraron y parecía todavía la implantación de un capricho con el que se había resuelto disparatadamente la muerte por fuego del mercado que durante años hubo ahí.

    En el Corona, qué duda cabe, se lee claramente qué es y cómo es Guadalajara. Por ejemplo, ahora que reinstalaron el arco de cantera que había sido removido luego del incendio. Está muy bien que quede ahí ese testigo de lo que había, pues algo que nos ha hecho mucho daño es la desmemoria. Además, su presencia tiene algo de insólito, y eso la vuelve encantadora. Pero, a unos pasos, a la estatua del Amo Torres sigue faltándole la espada, y, además, muchas letras de la placa están borradas, de manera que se vuelve incomprensible lo que dicen. Es, creo, una estampa muy elocuente de Guadalajara: por un acierto que hay, una vergüenza que debemos pasar. Qué trabajo cuesta arreglar eso, no sé: menos que el que implicó levantar el arco. Pero no se hace —así como tampoco se limpia el mercado como se debe, que qué tanto costaría darle una trapeadita. ¿Así somos? Se aprende mucho yendo. Mi amigo tenía razón.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 16 de agosto de 2018