• Entrevista a JIC, Canal 44 UdeG

    Entrevista a JIC, Canal 44 UdeG

    La comunicadora María AntonietaFlores Astorga entrevista a José Israel Carranza para el Canal 44 de la Universidad de Guadalajara, a propósito de la presentación de «Tromsø» en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara de 2018.

     

     


  • Dos centros

     

    Fuimos a la Ciudad de México, movidos por la creencia de que el tiempo de vacaciones es idóneo para pasear allá. Y descubrimos enseguida que es una creencia falsa, pues, por más capitalinos que decidan desalojar esos días, nunca serán suficientes como para dejar las calles mínimamente transitables. (No obstante, el día de Navidad sí parecía aquello —el centro histórico— el gigantesco set abandonado de una película apocalíptica: todo cerrado, desolado, inmundo y siniestro). Hicimos algunas de las visitas de rigor: Bellas Artes (para ver la exposición de Kandinsky, que es una maravilla), Catedral (había dentro policías armados que nomás dejaban pasar a quienes iban a misa), a comer quesadillas sin y con queso… Y a Palacio Nacional, en cuyas entrañas descubrimos un insospechable jardín botánico que debe de contar como uno de los acontecimientos más insólitos en la vida de la ciudad. (Muy cordiales, por cierto, todos los policías militares que custodian el recinto, pero tanta obsequiosidad, así tan repentina, tiene algo de ominoso). La calle Madero es una maqueta muy elocuente que representa bien a este país desenfrenado: atestada día y noche, ensordecedora, los extremos de la sociedad que es posible atestiguar ahí conviene tenerlos en cuenta siempre para saber que nuestra realidad particular está inmersa en una muchísimo más compleja y disparatada que a veces se nos olvida.

    Luego, ya sin hallar muy bien qué hacer aquí para seguir pasando estos días, fuimos a pasear al centro tapatío. Si uno está en la edad en que es preferible descansar que entretenerse, pero tiene al lado a una creatura para la que el aburrimiento es lo peor que puede haber en vacaciones, hay que resignarse y levantarse de la cama. De manera que tuvimos ocasión de comparar. Y lo cierto es que, ya con esa perspectiva, el corazón de Guadalajara está muy lejos de albergar la ruina y el desastre que pueden encontrarse en el de la Ciudad de México. Aquello es una locura casi irremediable. Aquí todavía puede haber esperanza para que sea un espacio vivible. ¿Qué hace falta? Yo me centraría en un aspecto: la basura. Que el Ayuntamiento limpie todo lo tiene que limpiar. A diario. Y con eso. Para empezar.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 3 de enero de 2019


  • Inocentes

    En las reacciones desconcertadas que han ido sucediéndose tras las decisiones con que está debutando el nuevo gobierno federal —un gobierno que, para llegar a serlo, se abanderó en la esperanza y la ilusión, esos alimentos con que tanto engordan la decepción y el chasco— hay un aire generalizado de inocencia resquebrajada. La militarización del país, la ocurrencia imperante como garantía de que en adelante habremos de ir acomodándonos a una economía descabellada, el desdén de siempre —refrendado ahora con cinismo— por la cultura y la educación, la relegación del respeto a los derechos humanos y a los derechos laborales, el tren y las políticas energéticas ecocidas, la inminente depauperación del agro, la opacidad y la arbitrariedad ahora disfrazadas de consultas públicas… Cuanto ha ido conociéndose va suscitando una perplejidad que tiene su antecedente directo en el entusiasmo recabado con tesón por el líder del partido triunfante a lo largo de doce años.

    ¿En qué medida el resultado de la elección estuvo dictado por la inocencia? Podría pensarse que, tras décadas de presenciar el desastre, la inocencia —entendida como una forma de comprensión de la realidad— habría sido extirpada de la conciencia nacional. Pero ya se vio, entonces, y está viéndose más ahora que revienta por todos lados, que sigue decidiendo de modo determinante nuestra pobre inteligencia de lo que ocurre. Sobran las razones para que hace mucho tiempo la hubiéramos perdido o, al menos, hubiéramos aprendido a estar alertas ante los fracasos a los que siempre nos conduce. Pero no: en la historia reciente, llena de horror y miseria y sangre, nos hemos aferrado a la inocencia y ésta no ha hecho sino depravar más el presente.

    Desde que conocí su explicación, siempre me impresionó que la conmemoración de los Santos Inocentes tuviera su origen en una masacre espantosa, y creo que algo hay de siniestro en que sea ocasión de hacer bromas y timos. Ahora, a la vista de lo que pasa, pienso que es el día óptimo para reconocer esa causa de nuestro destino: somos unos inocentes.

    Si acaso no es pecar —más— de inocencia, feliz año nuevo. O, al menos, que sea menos cruel que los que nos han traído hasta aquí.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 27 de diciembre de 2018


  • ¡Ahora resulta!

    La esperanza duró hasta que se vio que los billetes no iban a alcanzar. ¿No alcanzan? Siempre hay, qué duda cabe, y siempre tendrían que alcanzar (pues alcanzan, y sobran, por ejemplo, para la propaganda y la «comunicación social», o para la existencia plena de los partidos políticos), pero el hecho es que, cuando se trata de cultura, ¿por qué diablos tendrían que alcanzar? Es más: se habrá podido asegurar y jurar en campaña que ahora las cosas serían distintas, y que el presupuesto atendería por fin la famosa recomendación de la Unesco, y que todos seríamos felices, pero en realidad nunca hubo la menor intención de que esas promesas fueran a cumplirse alguna vez. ¿Cultura? Sí, claro, lo que quieran… Además: el discurso sobado según el cual se toma a la cultura como ensalmo prodigioso para «restaurar el tejido social» sirve muy bien a las ilusiones que se venden, pues en esa formulita se descargan muchas otras responsabilidades que haría falta asumir con urgencia, pero que son más trabajosas. ¡Cultura para todos! Nomás que, a la hora de sacar los billetes, ya se vio que no.

    Defraudados, contristados o furiosos, un piquete de artistas y trabajadores del sector fue a reclamar a los diputados. Su indignación, con todo y que es justa, no deja de ser algo patética. ¿Pues con quién creían que estaban tratando? ¿En qué país creían que estaban? Es un poco triste ver cómo se les derrumba la fantasía de haber llegado a una nueva era en la que habría de imperar la sensatez. Pero sólo un poco: también se lo tienen merecido. Porque hizo falta lo que ahora temen para que se pusieran críticos por fin, porque han dejado pasar tantas incongruencias y tantas estupideces y tanta mentira, para, ahora sí, exaltarse. Y fueron a mostrarle su estupor al diputado stripper (¿y cuando ese diputado fue designado titular de la Comisión de Cultura qué dijeron?). El actor Giménez Cacho se sorprende: «La prioridad de este gobierno no está en la cultura. Entonces todo lo que se dijo al respecto se llama demagogia; si no está soportado por un presupuesto, se convierte en demagogia». Y salieron sin conseguir nada, nomás fueron a hacer muina.

    Que se vayan acostumbrando. Y todos nosotros también.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 20 de diciembre de 2018


  • Venta nocturna

    Puntualmente, cumplimos con el ritual de ir a una venta nocturna. Como si no tuviéramos memoria, o, más bien, como si la que tenemos no nos sirviera de gran cosa. Hace dos años fue para comprar una impresora, que había tenido el pésimo gusto de amargarnos la Navidad con su suicidio; el año pasado, lo que urgía era comprar una estufa, pues de lo contrario no sólo no habríamos tenido cena navideña, sino probablemente tampoco casa, pues el gas que se fugaba amenazaba con hacernos volar por los aires. Son cuestiones de urgencia, siempre, y siempre en estas fechas. Y esta vez fue la lavadora, que enloqueció por fin. Y allá fuimos, sin recordar que la reposición de la impresora nos había metido a una vorágine espantosa (cuando caímos en la cuenta, llevábamos siete horas metidos en un centro comercial, oyendo los villancicos de Pandora), ni tampoco que la búsqueda de la estufa ya nos había revelado la tomadura de pelo que suelen ser esas «baratas» frenéticas (acabamos hallándola, realmente barata, en otro lado).

    Sólo hasta que estábamos ahí nos percatamos de que habíamos caído de nuevo en la treta. Una venta nocturna de una tienda departamental en los días en que el aguinaldo tintinea en el monedero (y anunciada, además, como ¡la última del año!) es la ocasión menos indicada para comprar algo que se necesita: los precios están de tal modo inflados que, aun con el 30 por ciento de descuento, más otro 30, y algo más que pretenda hacerte el vendedor porque le caíste bien, siguen quedando inflados; encima, la mercancía sólo te la entregarán hasta mediados de enero. ¿Y mientras qué íbamos a hacer? ¿Nos íbamos a ir a lavar la ropa al río? Esta perspectiva nos disuadió, y, felizmente, dimos con la solución en otra tienda que no alardeaba de tener grandes ofertas (y donde las lavadoras no costaban lo que un coche) y que en tres días hizo su entrega sin mayores problemas.

    Nos salvamos, pero ¿por qué estuvimos a punto de ser estafados? Sigo preguntándomelo. Tal vez porque, en Guadalajara, parte sustancial de la Navidad consiste en asistir a ese ritual agobiante y enloquecer como toda la gente. Y no hay tradición, por absurda que sea, que no tenga su encanto. Por retorcido que sea.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 13 de diciembre de 2018


  • En estos momentos

    Las inflexiones decisivas de la historia sólo es posible reconocerlas cuando ha pasado el tiempo suficiente para contemplar con algún sosiego lo que sucedió. Por tanto, creer que se está viviendo un momento de quiebre por el cual el futuro ya no será lo que iba a ser, y creer además que es posible desentrañar ya el significado de los acontecimientos actuales, supone, en el peor de los casos, un exceso de ingenuidad. Y, en el mejor —como les pasa a muchos mexicanos ahora mismo—, es una convicción en la que se mezclan la esperanza de que lo que ocurra sea lo más favorable que tenga que ocurrir (o bien lo peor, para quienes experimentan esa convicción cargados de temores), la ilusión de que las palabras que oímos y los hechos que empezamos a presencia están fundados en la verdad (o la sospecha de que todo es mentira, para quienes se atrincheran en su recelo), y también (para optimistas y para pesimistas) una actitud de renuncia a la necesidad de la reflexión crítica, de la ponderación juiciosa de hechos y palabras, de la perspectiva que brinda la memoria, en lugar de todo lo cual se da preferencia a las efusiones de simpatía o franco entusiasmo, o bien de antipatía o declarado horror.

    Dicho de otro modo: ni lo que parece más insólito en estas supuestas transformaciones o refundaciones es en absoluto inédito, ni tampoco lo más previsible deja de tener su novedad. Pero es un tiempo propicio para los agoreros, de un signo u otro, y ello quizás se explique en parte porque la realidad urgente de la que hay que ocuparse es tan espantosa y parece tan irremediable que preferimos abocarnos a la profecía y a la conjetura y a la figuración temeraria de que sabemos para dónde vamos. Yo no tengo idea, y me pongo en guardia contra cualquiera que afirme reconocer alguna señal que indique el rumbo. También es tiempo de fanatismos, y de desfiguros sin cuento, y de discusiones tan encendidas como insustanciales, todo lo cual sólo quita el tiempo que más nos valdría dedicar a trabajar. Nada nunca es para tanto, y menos en este país que hace mucho dejó de conducirse por ninguna lógica ya no digamos funcional, sino ni siquiera discernible, y que, sin embargo, asombrosamente sigue existiendo.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 6 de diciembre de 2018


  • Alguien quiere leer (II)

    Puede que, sin saberlo, quien quiere leer lo que busque sea literatura. En este punto pueden pasar varias cosas: que tenga suerte y se encuentre en su camino un libro que le recomienden; que la recomendación provenga de alguien cuyo juicio sea digno de tenerse en cuenta (alguien con cierto nivel de educación, vamos); que la lectura confirme que la recomendación fue buena… En cualquiera de estas posibilidades, hay el riesgo de que la cosa se estropee: si el recomendador es un orate o tiene pésimo gusto, o, si no lo es, quizás la lectura que recomiende no sea la idónea (por una infinidad de factores que sería imposible calibrar a la hora de decir: «Lee este libro, a mí me encantó»).

    O bien esto: quien quiere leer se abstiene de pedir recomendaciones y se dirige por su cuenta a una librería o a una biblioteca. ¿Qué va a guiarlo en sus elecciones? Se querría creer que los libros mismos van a llamarlo, o que quizás reconocerá algún eco de su propia educación para saber por dónde irse («Como que me acuerdo de que mi maestra en la secundaria nos hablaba de un libro que la entusiasmaba mucho…»). Pero lo más probable es que, si entró a una librería, sean la mercadotecnia y la publicidad quienes le pongan los libros en las manos —en una biblioteca, me imagino, debe de ser mucho más difícil abrirse camino por primera vez… y me temo que esa primera vez frecuentemente terminará siendo la única.

    ¿Y qué va a acabar leyendo así? Lo que el mercado mande. Los libros famosos, las novedades más rentables, las páginas sensacionales que se supone que todo el mundo está o debería estar leyendo. Así que, si alguien quiere leer, será muy fortuito que llegue a las obras verdaderamente indispensables. Los buenos maestros (que, además, sean confiables) ayudan, los amigos con cierta experiencia también, muy rara vez la prensa, y no se diga la especializada (que casi no existe), y, quizás de modo todavía más excepcional, los editores y los libreros (de la literatura que vale la pena, se entiende), que, en el fondo de este laberinto, con muy escasa visibilidad y las penurias de siempre, tienen complicadísimo hacer las señales debidas a los potenciales lectores para que lleguen hasta ellos.

    J. I. Carranza

    Mural, 22 de noviembre de 2018


  • Del Paso

     

    No es fácil deshacerse de un cierto sentimiento de orfandad cuando muere un autor como Fernando del Paso. ¿Quién nos queda?, nos preguntamos, como en la necesidad de dar cuanto antes con alguien que pueda llenar el vacío que queda, y también sumariamente decidimos que no hay quién. Es cierto: al extinguirse un creador de tal potencia y de tal singularidad, lo que hizo queda concluido, es definitivo, y se vuelve también definitivamente irrepetible. Pero también habría que reparar en que, en el caso de los titanes como Del Paso, la muerte es siempre menos decisiva que lo que suele ser para cualquier otro mortal: la obra la niega, la desmiente, y el hecho de que ya no contemos a su autor entre los vivos no quiere decir que haya desaparecido.

    En todo caso, vamos, será un pretexto para insistir en que los lectores que no lo hayan hecho se acerquen a ese prodigio que es Noticias del Imperio: una hazaña de la imaginación fervorosa para cuya realización Del Paso debió convertirse en uno de los hombres más profundamente informados. Pero no es sólo que haya hecho la gran novela histórica: es que en ella hizo algo de la más grande literatura que puede proponerse el idioma español, y también le confirió eternidad al tiempo del que se ocupa y a sus protagonistas. Motivos de maravilla también abundan en Palinuro de México y en José Trigo: yo me quedo con el monólogo de Carlota.

    En el año 2000, Fernando del Paso expuso en el Cabañas 2 mil rostros que había dibujado. Para anunciar la exhibición, en este periódico hicimos un trabajo especial que nos llevó a la casa del escritor, donde le pedimos que posara para una sesión fotográfica. Gustoso, aceptó quedarse en camiseta (él, que debe de haber sido el hombre más elegante del último siglo en México), dibujó un rostro más con pasta de dientes en el espejo de su baño, se llenó la cara de espuma, se afeitó delante de la cámara, al final le regalamos la navaja. Estaba muy divertido. Ahora he estado recordándolo así: como un tipo absolutamente genial.

    (Hoy tocaba seguir escribiendo acerca de lo que empecé la semana pasada, lo que pasa con alguien que quiere leer. Ya será para la otra: ahora, lo que yo quiero es leer a Fernando Del Paso).

    J. I. Carranza

    Mural, 15 de noviembre de 2018


  • Alguien quiere leer (I)

    Alguien, por alguna misteriosa razón, quiere empezar a leer. (Pienso en quien nunca lo ha hecho más que cuando ha sido inevitable, por ejemplo en la escuela, y que más o menos repentinamente un día se dice: «Me gustaría leer»). Para que surja ese deseo ha de cumplirse, al menos, una condición: que haya tiempo disponible, con el que no se sabe bien qué hacer. También habrá lectores para los que no será impedimento la escasez de tiempo, pero son rarísimos. El hecho es que, en gran medida, la lectura es vista como una actividad recreativa; además, siempre se dice que uno se la pasa muy bien, que se disfruta mucho, que puede ser no sólo divertido, sino hasta apasionante. De manera que el deseo de leer generalmente está relacionado con la ociosidad.

    Alguien, pues, quiere leer, y dado que pretende invertir gozosamente así sus ratos libres, lo natural es que lo que quiera leer sea literatura. Para todo hay gente, claro, y habrá almas retorcidas o por lo menos exóticas que hallen placentero sumergirse en la Miscelánea fiscal, pero serán minoría. Así que, quien quiere leer, a lo que aspira es a dar con novelas y cuentos, principalmente: quiere historias (y los libros de historia y las biografías califican bien para satisfacer ese apetito, por lo que la distinción casi no es relevante; además, para muchos lectores en ciernes, tampoco hay gran diferencia entre la ficción y lo que no lo es, pues su experiencia de lectura está supeditada, la mayor parte de las veces, a la convicción de que todo lo que llega a las páginas de un libro sucedió en realidad). Ahora bien: no siempre —o, quizás, casi nunca— está claro que lo que se busca es literatura. De ahí que a un lector incipiente pueda atravesársele otra cosa que lo parezca (historia, ya dije, pero también psicología, filosofía —sobre todo si no es demasiado espesa—, reportajes convertidos en libros y, principalmente, autoayuda), y lo lea, con sincero interés, con innegable deleite, aunque alejándose cada vez más —si llega a seguir leyendo— de la posibilidad de dar con la literatura, que quién sabe qué será.

    (Estas observaciones sobre los modos en que se conducen quienes tienen el misterioso deseo continuarán la próxima semana).

    J. I. Carranza

    Mural, 8 de noviembre de 2018


  • Nueva «tradición»

    Hicieron falta la película de James Bond, primero, y luego Coco, para que la celebración del Día de Muertos cobrara una vistosidad que no había tenido antes y se convirtiera en una nueva «tradición». Es cierto que, desde que Posada descubrió la riqueza alegórica de los esqueletos para criticar su tiempo, la muy católica conmemoración de los fieles difuntos en México se aprovechó con alguna singularidad idiosincrásica para revivir —la Muerte siempre revive— formas medievales de plantar cara a nuestra finitud mediante el jolgorio; también para asimilar de un modo más bien inofensivo las raíces prehispánicas enredadas alrededor del tzompantli, de modo que, desde el siglo pasado, cada 2 de noviembre fuera encontrando su sentido la recordación de los que se adelantaron, todo ello mezclado con manifestaciones autóctonas de mayor o menor autenticidad.

    Sin embargo, de unos años para acá, lo que se ve es la explotación excesiva de un supuesto rasgo de identidad nacional en aras de un folclor hechizo que, si bien ha pegado (profusión de cempasúchil, gente pintarrajeada como presumibles calacas —en realidad parecen panditas—, pan de muerto en el súper desde agosto), en su frivolidad recalca nuestra esquizofrenia cotidiana. ¿En México de qué hablamos cuando hablamos de la muerte? Quieren, los entusiastas de las catrinas, que con sus desfiles y papeles picados y altares y humaredas de copal y calaveritas de azúcar y de versitos se reafirme nuestro trato confianzudo con «la huesuda», que en el país donde la vida no vale nada vendría a hacernos los mandados. También, seguramente, que se vea en esta fiesta una reivindicación cultural ante la amenaza del Halloween. Todo eso podrá estar muy bien, como lo estará el sentimiento de cada quien al desempolvar la foto del abuelo y ponerle una veladorcita. Pero algo hay de muy siniestro en el hecho de que tal alboroto se haga en un presente atestado de asesinados y asesinos, donde no se sabe qué hacer con la abundancia de cadáveres y donde todos los días se rellenan más y más fosas clandestinas. No sé: no quiero ser aguafiestas. Nomás que, al ver tanta fiesta por la muerte, me pregunto qué es lo que tendríamos en realidad que festejar.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 1 de noviembre de 2018