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¿El fin del Fonca? (I)
A comienzos de 2019, la entonces debutante 4T embistió, del modo más brutal, contra una de las contadísimas instancias del aparato cultural mexicano que funcionaban bien. Al poner al frente del Fonca al escritor Mario Bellatin, ocurrente entusiasta y funcionario inepto, el gobierno de López Obrador también dispuso que se corriera a buena parte del personal que trabajaba ahí —y sabía trabajar—; pronto se logró un enfrentamiento crispado con buena parte de la comunidad artística que no estaba dispuesta a presenciar sin más el desmontaje de una institución de la que ha emanado, a lo largo de tres décadas, buena parte de la creación más relevante de este país. Bellatin, displicente, luego de haber hecho su desastre (¿por encargo de quién?), fue defenestrado. Pero el daño estaba hecho.
Hace justo un año —luego de anunciarse, primero, que se cancelaba—, se celebró el primer encuentro de la generación 2018-2019 del Programa Jóvenes Creadores, en Papantla. A mí me tocó ir, en mi papel de tutor de la disciplina de Ensayo. Por una parte, había que festejar que aquel encuentro se hubiera logrado —los encuentros no sólo son parte fundamental del programa, sino que también llegan a ser estaciones centrales en la experiencia profesional y vital de sus beneficiarios—; por otra parte, era muy pesaroso presenciar el desastre que la nueva administración había hecho. Hubo, en 2019, dos encuentros más: uno en Puebla (y entonces se dio una nueva andanada contra el Fonca, ahora en forma de una campaña difamatoria de Notimex que quería poner en entredicho el prestigio de creadores principalísimos), y finalmente el tercero en Los Pinos, en noviembre pasado. Tanto gusto nos dio llegar a éste, luego de aquel año de incertidumbre, que los participantes casi dábamos la crisis por superada. En la presentación de la antología de Letras, al tener un micrófono delante, me pareció necesario recomendar que no se nos olvidara: el Fonca seguía en peligro, en cualquier momento acabarían con él.
Para regocijo de sus detractores, eso acaba de pasar. ¿O qué diablos ha sucedido? (Y muy en tiempos en que nuestra atención, necesariamente, tiene que estar puesta en otra parte. Le seguimos la semana que entra).
J. I. Carranza
Mural, 23 de abril de 2020
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El silencio preferible
Es difícil, y sobre todo cuando hay que encerrarse y el tedio o la neurosis acechan, resistir la tentación de hacer conjeturas que expliquen lo que pasa, o bien profecías que alumbren el rumbo que tomarán los acontecimientos. Entusiasma forjar argumentos que a nadie se le han ocurrido antes, o que nuestro pobre entendimiento se vea sacudido de pronto por una revelación. Pero, aunque en la incertidumbre del momento esa tentación sea poderosa, por lo menos habría que abstenerse de divulgar esos hallazgos al mundo. A nadie le hacen falta nuestras suspicacias ni nuestra sabiduría.
Salvo que detentemos un grado superlativo y experiencia admirable en el campo de la epidemiología, aunque también sería de agradecerse que contáramos con un premio Nobel en Economía: salvo que lo que tengamos que decir tenga sentido práctico y sirva para salvar a la humanidad, más nos valdría guardarnos nuestras opiniones, librarnos de hacer el ridículo con nuestros vaticinios y dejar de afligir a los semejantes asomados a nuestros muros o a nuestros timelines con más razones para la desesperación, el miedo y la confusión. Para eso ya tenemos a los políticos.
(Dicho sea de paso, ¡qué terquedad la de algunos, como el gobernador de Jalisco, en insistir que lo concerniente a esta crisis no es «un tema político»! ¿Pues qué es, entonces? Tanto se han enfangado, los profesionales de ese gremio, que los asusta descubrirse dedicándose a eso a lo que se dedican. Lo que hay que ver: políticos que afirman no estar haciendo política. Han de querer que los veamos como almas caritativas a las que no tendría que suponérseles ninguna intención oculta).
Un efecto asombroso del confinamiento en estos días es la afirmación del silencio. Ya se anticipa desde la mañana, y cuando cae la tarde se extiende sobre la ciudad de un modo inverosímil, que termina de espesar la consistencia de sueño extraño que tienen estos días. Por las noches, o más bien en las madrugadas, ya varias veces me ha despertado con alguna violencia ese silencio, y tengo entonces que levantarme a presenciarlo. Puede ser espantoso. Pero, en comparación con el rumor ensordecedor de nuestras conjeturas y nuestras profecías, es preferible.
J. I. Carranza
Mural, 16 de abril de 2020
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Aislarse
Un escritor, novelista algo famoso, se ufanaba en entrevista de lo estupendamente que está llevando el encierro. Sí, concedía, habrá a quien le resulte más problemático, pero a él le venía muy bien aislarse, sumergirse en los libros que lee y en los que escribe. Hasta ahí, todo bien: después de todo, es un oficio para el que la soledad y el apartamiento es condición idónea, si no indispensable… Aunque no para todo mundo. El italiano Antonio Tabucchi necesitaba trabajar en medio del bullicio, por ejemplo en un café, pues su imaginación difícilmente podía ponerse en marcha sin oír las voces que lo rodeaban. Acaso porque atenúan la soledad de ese oficio de solista, cafés y cantinas han sido, desde que existen, los espacios naturales para quienes, al acudir a ellos, se aseguran de no desaparecer por completo, devorados por la página en la que se obstinan.
(A propósito de soledades: en estos días raros han menudeado las recomendaciones para aprovechar la cuarentena leyendo: editoriales, autores, promotores, cuentacuentos, profesores, incluso gente de la farándula o del deporte, hacen circular libros y sugerencias, y, desde luego, tiene mucho de encomiable ese movimiento. Pero el otro día una alumna, con quien he tenido que estar salvando el semestre a la distancia, me hizo ver la que sea quizás la razón más importante para volvernos hacia la literatura: si no podemos encontrarnos con los otros en la calle o en una conversación cara a cara, las páginas de un libro sirven para recordarnos que esos otros ahí siguen).
Vuelvo a la entrevista del novelista famosito. Todo iba bien, decía, hasta que leí que estaba comparándose con Montaigne. Ya se sabe: encerrarse en la biblioteca, dar la espalda al mundo. Y entonces me cayó pésimamente mal. Primero, porque el apartamiento de Montaigne no fue —como dice la leyenda— definitivo. Hasta sus últimos días siguió entrando y saliendo de su torre. Segundo, porque al meterse a su biblioteca, lo que hizo fue precisamente ingresar plenamente al mundo. (Por cierto, Montaigne fue reelecto alcalde de Burdeos luego de que la primera vez abandonara el cargo huyendo de la peste. Algo habrá hecho bien). Tercero: porque nadie puede ser Montaigne.
J. I. Carranza
Mural, 2 de abril de 2020
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El miedo al tedio
Estamos, por lo pronto, en el momento de las sugerencias, de las peticiones. Por las buenas, todavía. Apelando a nuestro supuesto sentido de responsabilidad con los demás; aludiendo, pero sin nombrarlo, a un civismo que, por rudimentario que sea, ya tuvo que haberse activado en cada ciudadano. El gobernador dice felicitarnos por hacerle caso: acto seguido, alarga el plazo y vuelve a pedirnos (todavía con palabras suavecitas, por más que suenen a ladridos de perro amarrado) que nos aguantemos tantito más. Si vemos las experiencias de otros países —donde, no obstante, el contagio y la mortandad han prosperado—, a estas invitaciones siguieron las conminaciones, y luego las admoniciones, y luego los toques de queda, el confinamiento forzoso, la suspensión de las garantías individuales, la acción policiaca contra los necios.
¿Era un proverbio árabe? «Espera lo mejor, pero prepárate para lo peor». Tengo la sospecha de que, habituada como está a vivir en lo inimaginable (la realidad psicótica y ensangrentada de todos los días en este país), la sociedad mexicana no es apta en absoluto para creer que lo peor está por venir. Tan hemos dejado de creer en que algún día recuperaríamos la cordura (y en este país habría justicia, libertad, paz y futuro), que ya tampoco sabemos reconocer cuando estamos encaminándonos al abismo. Tampoco es que sepamos mucho para dónde hacernos, en este angosto desfiladero que corre a lo largo del barranco interminable que es la precariedad de la existencia para millones y más millones.
Una señal de nuestro descreimiento: ante la perspectiva de que el confinamiento o la restricción de movimientos se prolonguen, lo que más parecemos temer es el tedio. No el contagio, no que los seres queridos se mueran, no que nosotros mismos caigamos; no la monstruosa crisis económica que ya está abalanzándose sobre nuestras siguientes décadas. No: lo que nos asusta es llegar a aburrirnos. ¡Ah, las legiones de mamás y papás que dan de alaridos porque al tercer o cuarto día ya no saben qué hacer en casa con sus hijos, más que enloquecerlos y dejar que los enloquezcan! Eso: queremos que esto se acabe porque es muy aburrido. Ojalá que sólo esa amenaza nos rondara.
J. I. Carranza
Mural, 26 de marzo de 2020
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Cálculo
Ah, las bufonerías cotidianas del habitante de Palacio Nacional. Es cierto que pueden parecer evidencias de insania o consecuencias de alguna alteración inducida de la actividad cerebral: esos silencios en que los ojitos divagan como buscando saber si esto es un sueño o qué diablos, la mano derecha revoloteando sin control, la quijada pendiente mientras esa actividad cerebral se reanuda, a veces con una risita de abuelito siniestro descubierto in fraganti.
Si no viviéramos hoy una emergencia sanitaria que está paralizando al mundo y que, amén de dejar una estela de mortandad todavía incalculable, puede destruir las economías de muchos países, entre ellos México, tal vez tendría interés emprender un estudio de ese sentido del humor que mueve al titular del Ejecutivo a protagonizar de modos siempre inesperados las malhadadas mañaneras. ¿Hasta dónde el presidente encuentra divertida la realidad, tanto como para payasear con ella, o a partir de qué punto le resulta tan insoportable que se pone a menearla con ocurrencias y estupideces como la de ayer —lo de sus amuletos y estampitas—, pues está convencido de que lo que necesitamos sus gobernados es divertirnos? Y, llevando más lejos los interrogantes que animaran ese estudio, ¿qué mueve a quienes detentan el poder político a bromear, incluso cuando el terror y la desesperación y la rabia los cercan?
Sospecho que, al menos en el caso mexicano, hay un cálculo afinado de los efectos que traen consigo estas gansadas e, incluso, de los modos en que esa figura lamentable de anciano extraviado y delirante se incrusta en nuestra atención, ya induciéndonos a la perplejidad más violenta, ya sugiriéndonos que acaso sea digno de compasión o de lástima. Ayer mismo, para no ir más lejos: mientras la enfermedad sigue devorando las esperanzas de contenerla en países con muchísimos más recursos que el nuestro, y mientras las Bolsas seguían tronando y el peso era abatido por el dólar, y, sobre todo, mientras los legisladores mexicanos aprobaban las reformas con las que podrán permanecer en sus curules hasta 2030 —nota que, por supuesto, quedó perdida muy detrás de la de los «guardaespaldas» que el señor Presidente presumió que lo cuidan.
J. I. Carranza
Mural, 19 de marzo de 2020
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La peste
Junto con una pandemia como la que se avecina… Pero qué estoy diciendo: la pandemia ya llegó; otra cosa es que no queramos darnos cuenta: bien cabe imaginarse, en los pasillos y los recovecos de Palacio Nacional, a los secretarios de Salud, de Educación, de Hacienda, tirándose de los pelos y tratando de hacerle entender a su jefe la urgencia de tomar medidas, y el jefe con sus risitas socarronas y sus calmas y sus momentos de pasmo (¡qué espectáculo atroz, ése, cuando, en las mañaneras, se queda con los ojitos vidriosos perdidos en un punto del vacío, la boca abierta, sin expresión, nomás dejando que su bracito se agite como espantando moscas conservadoras!)… Los secretarios, decía, desesperando por hacer que México, como pueda, siga el ejemplo de otros países (mientras escribo esto, India anuncia que prohíbe la entrada de todo extranjero), y aquél, sin embargo, al tanto de que el desastre inminente tendrá como primera víctima la popularidad de su Transformación, pues todo lo van a hacer con las patas, empezando por el manejo de la información (recordemos cómo nos traían como locos hace un año, con el gasolinazo: aquel desconcierto y aquella incertidumbre van a parecer apenas el simulacro del desconcierto y la incertidumbre que nos esperan)… Aquél, decía, más preocupado por lo que se dice de él que por lo que la realidad trae consigo, estará dándoles largas: ¿para qué poner controles en puertos y aeropuertos, para qué abastecer hospitales y alistar al Ejército y a la Guardia Nacional, para qué ir preparando a los maestros y a los estudiantes para que acaben el año sin tener que ir a la escuela, para qué tomar providencias ante la calamidad económica que tenemos por delante? Si en lo que hay que trabajar es en implantar en las masas la convicción de que México, hasta ahora, y quién sabe por qué —pero qué importa saber— está salvándose de quedar infestado.
Las peores pestes empiezan siempre por no creer en ellas. Parece que la novela de Albert Camus donde se corrobora eso está escaseando ya: a ver si no se acaba primero que el papel higiénico, o que el agua embotellada. O antes que ese bien que pronto va a escasear y tanta falta va a hacer, y que se llama cordura.
J. I. Carranza
Mural, 12 de marzo de 2020
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Invisibles

Ahora ha trocado en burla su desdén por la causa de las mujeres —lo que equivale a decir: su desdén por los cientos de miles de mujeres discriminadas, excluidas, oprimidas, vejadas, intimidadas, amenazadas, agredidas, acosadas, cazadas, golpeadas, violentadas, torturadas, mutiladas, violadas, desaparecidas, asesinadas; lo que equivale a decir, su desdén por las mujeres. Cínico y guasón (y rabioso: ya veremos los efectos del incremento sostenido de su ira), afirmó, primero, que el día en que las mujeres habían programado un paro nacional, él iba a estar vendiendo los billetes de su lotería ofensiva y ridícula. Luego se «corrigió»: dijo que el paro «ni lo tenía en mente». Se la pasa jugando, payaseando.
Entre otras cosas, lo que tiene de muy significativo el paro del 9 de marzo es que con él las mujeres buscarán ausentarse de la vida para enfatizar así cómo, para esta realidad enemiga, son invisibles y no cuentan. Bien, pues él es el primero que está confirmándolo: ni las ve ni las oye ni se le ha ocurrido hacerlo. Tampoco a quienes lo asesoran —o, si sí, no les ha hecho caso. Tan no le importan que sigue en lo suyo: llevar nuestra conversación oligofrénica siempre hacia donde él quiere.
En «Una habitación propia», su luminoso ensayo de 1929, Virginia Woolf observó que una de las razones del desprecio ancestral de los hombres por las mujeres es que éstas encarnan la posibilidad de disminuir o desmentir el sentimiento de superioridad masculino. Esto, huelga decirlo, se verifica lo mismo en el ámbito privado que en el público, y es particularmente notorio en las conductas de los hombres poderosos: «…tanto Napoleón como Mussolini insisten tan marcadamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse». ¿Por qué el habitante de Palacio Nacional está obstinado en su desdén? Siguiendo a Woolf, podría responderse que es por «la enorme importancia que tiene para un patriarca, que debe conquistar, que debe gobernar, el creer que un gran número de personas, la mitad de la especie humana, son por naturaleza inferiores a él. Debe de ser, en realidad, una de las fuentes más importantes de su poder».
Eso cree, seguramente.
J. I. Carranza
Mural, 5 de marzo de 2020
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¡Ustedes! ¡Cállense!
Nada como los cambios que sufre nuestro uso del lenguaje para hacernos una idea del verdadero estado de las cosas —con «verdadero» quiero decir: que no depende de nuestras suposiciones, y menos de las figuraciones de quienes pasan por «expertos». Aventuro dos ejemplos que quizás vengan a cuento cuando el acontecer demencial de este país asesino parece haberse vuelto absolutamente indiscernible:
Por un lado, está la tendencia a servirse de la segunda persona —del plural, sobre todo, aunque a veces también del singular— al manifestarse los individuos en las redes sociales. «Ustedes», suelen empezar muchos tuits y posts que me encuentro todo el tiempo: «ustedes creen que…», o «ustedes son quienes…», o «ustedes querían esto…», o «es culpa de ustedes…». ¿Y quiénes componen ese «ustedes»? Todo mundo menos uno mismo, de tal forma que quien escribe parece arrinconado en su soledad inmensa ante un universo enemigo al que tiene el deber de estar acusando o escarneciendo —un escritor afamado, a quien silencié porque acabó por hartarme, se la pasa (o pasaba) dirigiéndose a un como amiguito imaginario al que se goza (o gozaba) en zaherir, con soliloquios del tipo «Pobre de ti, que te crees…»—. El otro caso es el del predominio del modo imperativo: ¡qué mandoncitos nos hemos vuelto! «¡Cállense!», «¡Hagan!», «¡No hagan!», «¡Hablen!», «¡Esto es lo que deben pensar!», «¡Lee esto!», «¡Compórtate de este modo!», «¡Oye esto!», «¡Trágate esto!». Así que, cada que me meto al alcantarillado de las redes, acabo agobiado por las órdenes que todo mundo se la pasa dándome, o bien increpado por quienes se dirigen a mí (o bien a un «ustedes» que, supongo, me incluye).
¿Y qué podrá significar esto? Tengo una sospecha: que, en la desventurada y escasa inteligencia que tenemos de lo que sucede, entre nuestro pasmo y nuestro horror y en la estupidez en que chapoteamos todos los días, estamos acabando por volvernos locos. Y por eso hablamos solos («¡Sí, tú, a ti te estoy hablando!»). Y tan locos estamos, que creemos que la realidad, esa terca indomable, va a tener que plegarse a nuestra voluntad y obedecer lo que le decimos. ¡Y nos admiramos del profeta orate y sus decálogos y sus ternuras!
J. I. Carranza
Mural, 20 de febrero de 2020
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La crítica
En un luminoso ensayo titulado «¿Qué es la crítica literaria?», Antonio Alatorre explica de modo que parece irrefutable en qué consiste esa experiencia enriquecida de encuentro con las obras (lo que dice, claro, puede extenderse a los dominios del arte en general, más allá de la literatura). Y afirma que la crítica, en la medida en que guía a otros para que hagan sus propios descubrimientos, es siempre ayuda; también, conforme propicia el encuentro con quienes podemos intercambiar apreciaciones para afinar las nuestras, «se nutre en el diálogo». Y, por último, que su ejercicio también es siempre una forma sostenida de aprendizaje.
Ayuda, diálogo, aprendizaje. Por eso Alatorre era un enorme crítico, un sabio cuyo conocimiento, en su grandeza, sólo era equiparable con el tamaño de su humildad al proponerse lograr eso: enseñar, conversar, aprender. He estado recordando ese ensayo a raíz del escándalo protagonizado por la crítica de arte más famosa de la lamentable escena mexicana, la que, por lo visto, ha pasado de las palabras a los hechos, destrozando materialmente y ya no sólo con sus columnas rabiosas aquello que no le gusta (asegura ella misma, y más de algún testigo, que no tocó la obra y que ésta habría estallado solita, al verla acercarse, ¿autodestruyéndose antes de que la crítica, en su furia, la hiciera pedazos en su siguiente columna? En todo caso, es un hecho que se acercó mucho, más de lo que se toleraría de cualquier creatura malcriada en una galería o en un museo, y también es claro que sí tuvo la intención de interactuar con la obra, colocándole una lata de refresco a un ladito o encima: ¡vaya forma vanguardista de pronunciarse!).
No extraña ver cómo ha prosperado la notoriedad de esta crítica, dada como es a proferir sus juicios, y sobre todo sus prejuicios, en estilo cuajado con exabruptos, generalizaciones y humor fallido. Y con convicciones inamovibles que da la impresión de pretender que rijan los rumbos del arte contemporáneo, básicamente porque lo que no encuadre con esas convicciones no está dispuesta a conceder que sea arte —ni dispuesta a que nadie lo vea así. Qué se le va a hacer: lo cierto es que tampoco extraña que mucha gente le haga caso.