Me llamaba la atención que, entre mis estudiantes universitarios o los compañeros de mi hija preparatoriana, el término FOMO pudiera usarse con proyección retrospectiva. Yo habría pensado —pero yo qué voy a saber, vengo del siglo pasado— que la aprensión que designan esas siglas solamente puede experimentarse con respecto a la ocurrencia del presente, o bien para referirse a lo inminente: el miedo a perderse algo (fear of missing out), en mi cabeza herrumbrosa, tenía sentido cuando ese algo está pasando ahora mismo o está apenas por pasar. Por ejemplo cuando alguien dice: “Qué FOMO, la fiesta de Saúl, iba a haber lonches de San Andrés”, o bien “Qué FOMO, no me van a llevar al concierto de Olivia Rodrigo”.

      Pero acabo de entender que también sirve, y muy bien, para expresar una cierta tristeza o añoranza por algo que ya fue y uno se perdió. Y lo entendí cuando leí ayer, en este periódico, la nota acerca de los quince años del Hada del Guayabo. Qué FOMO, no haber ido y no haber visto, con estos ojos que se han de comer los gusanos, al hadita afamada y el gentío que hizo colas de horas para dar fe de su existencia. Fue en agosto de 2011 —la preparatoriana del párrafo anterior tenía meses de nacida, seguro por eso no me lancé, estaba muy ocupado.

      “Causa hada furor”, cabeceó Mural una de sus notas principales del día 11, acompañada por una foto del ser fantástico y por otra de su descubridor y custodio, el albañil José Maldonado Liar (¿”Liar”? ¿”Mentiroso”, en inglés?), un albañil de la colonia Lomas de Río Verde, en la cornisa de la Barranca de Oblatos, donde tuvo lugar el hallazgo. “Asegura que tiene un don para percibir a las personas, puede hipnotizar y se comunica con ’el más allá’ con la ouija”, dice la nota, recogiendo así la explicación que Maldonado le encontraba al hecho de haber sido elegido para el portento. Los detalles de éste son tan sencillos que eso mismo los vuelve espectaculares e inolvidables. Mientras vagaba por la Barranca, el albañil se halló al hadita en un árbol —en un guayabo, para ser más precisos—; estaba viva, pero cuando quiso agarrarla le mochó una piernita y entonces el hadita se murió; la puso en un frasco “con formol” y estaba planeando construirle un altar cuando ya la noticia se había esparcido por la colonia y a la puerta de Maldonado llegaban más y más curiosos, una multitud que creció rápidamente cuando los medios y las redes amplificaron el interés.

      “Es un muchacho que se junta con puros drogadictos”, declaró una vecina escéptica en la nota que enriquecía la información en las páginas interiores. Miles de chismosos iban desfilando ya y empezaron a pagar una cuota (alguien decía que era voluntaria, otros que estaba fijada en veinte pesos). El interés se volvió nacional, luego internacional, e inevitable y súbitamente se apagó cuando alguien se dio cuenta de que en el tianguis vendían haditas iguales. Pero, hasta ese momento, Maldonado no dejaba de dar entrevistas y las ganas de creer de la gente no dejaban de crecer. En la nota de Mural hay una afirmación del albañil prodigioso que me parece alucinante —bueno, todo el episodio lo es—: “Yo soñé que cuando ya no [la] quisiera, que la echara en un río o que se la pusiera al niño del Panteón de Belén, y yo nunca he ido al Panteón de Belén, no sé ni cuál niño ni nada”. Como sabrá cualquiera que haya ido a uno de los recorridos guiados en ese panteón, el niño al que se refiere es un muertito en cuya tumba hay la tradición de dejar juguetes y dulces. La leyenda, ciertamente muy siniestra, cuenta que el niño, que se llamaba Nachito, le tenía mucho miedo a la oscuridad, y que por eso su ataúd amanecía siempre afuera de la tumba… Bueno, el caso es: ¿por qué Maldonado no sabía “ni cuál niño ni nada”, pero al mismo tiempo había soñado que le llevaría a regalar el hadita?

      A diferencia de otros acontecimientos sobrenaturales que han conmocionado a esta tierra tan crédula —por eso hemos tenido los gobernantes que hemos tenido: bien saben los políticos que la credulidad es un recurso invaluable e inagotable entre la población tapatía—, a la aparición del Hada del Guayabo le hizo falta una leyenda que la defendiera contra ese fastidio que es la realidad tangible y demostrable. Cuando quedó claro que no era sino una tosca figurita de plástico (un personaje de película, tal vez, o la mismísima Campanita, aquella antipática criatura que celaba de manera patológica a Peter Pan), la desilusión fue total e irremediable. Y es que, por ejemplo, con los perros de la Casa de los Perros, la historia detrás es muy buena y eso garantiza que, cada tanto, vayan puñados de convencidos a pararse enfrente para ver si a media noche se mueven o se ponen a ladrar. (Ahí sí no tengo FOMO: mi amigo David bien recordará cómo pasamos un buen rato helándonos en el jardín de San José, hasta que vimos a los perros menear la cola y ya pudimos irnos en paz). “Colorín, colorado”, tituló Mural la nota del 12 de agosto que daba cuenta del insípido final de la magia. ¿Dónde habrá quedado el Hada del Guayabo? Por lo menos debería estar en el Museo Regional.

      Lo más triste de todo, como se lee en el recuento publicado ayer, es el fin que tuvo Maldonado, que en 2017, en una tienda de abarrotes, fue asesinado a balazos: un crimen que se suma a los miles que permanecerán para siempre como misterios sin resolver.  

J. I. Carranza

Mural, 9 de agosto de 2026.