Desde el balcón, hacia el oriente, se extendía hasta hace no mucho el horizonte manejable que es indispensable siempre que amenace la duda acerca del lugar que uno ocupa en el mundo (es decir, siempre). Era perfectamente posible hacerse una idea de la extensión de la ciudad en esa dirección, que bien bastaba con entender que terminaba donde salía el Sol, sin que hiciera falta más, ni siquiera suponer que Tonalá estaría por allá. Los aviones, hacia la derecha (el sureste), marcaban dónde correspondía suponer que estaría Chapala, y hacia la izquierda (el noreste), detrás del Cerro de la Higuera, del otro lado de la Barranca de Huentitán, cabía imaginar que se acababa la Tierra y empezaba el vasto universo desconocido. Me gustaba en especial la presencia de ese cerro, que también estuvo ahí durante los dos primeros años que estuve en la Secundaria Técnica 4: alargar la mirada hasta su relativa y digna altura, desde el tedio de las clases en el tercer piso (en primer año) o desde las melancólicas afirmaciones de soledad que uno va haciéndose en segundo año (en el segundo piso), y, en la distancia, pensar que más allá de ese tedio y esa soledad podía estar aguardando otra forma de vida: qué ganas, entonces, de salir de la escuela, agarrar ese rumbo, seguir caminando hasta la caída del Sol o hasta alcanzar la cruz y las antenas en la cima del cerro, lo que ocurriera primero. El salón de tercer año estuvo en el primer piso: ya no alcanzaba a verse a lo lejos, pero aquella posibilidad de que la vida fuera otra cosa ya nunca dejó de operar.
Ese horizonte, también, cada 15 de septiembre y cada fin de año, encuadraba sin dificultades los fuegos artificiales en el centro. El balcón del que hablo, nuestro cada vez más estorbado mirador, está en una cuarta planta, altura suficiente para disponer en dichas ocasiones de una fantástica pantalla panorámica extendida desde el Cerro de la Higuera y hasta el Cerro del Cuatro, y en la cual teníamos una visión privilegiada de la profusión de luces que tenía lugar a cinco kilómetros, la distancia aproximada entre La Minerva y la Plaza de Armas. Además de eso, todo el año ponía delante de nuestra distracción un muy modesto skyline en el que, con binoculares, llegaba a distinguirse la cresta u ola del templo de la Hermosa Provincia, y desde luego también las torres de Catedral —éstas incluso sin binoculares, en especial en días despejados—, lo mismo que varias torres y cúpulas que era bonito ir tratando de nombrar: desde San Felipe al Perpetuo Socorro y hasta San Luis Gonzaga, y quiero creer que hasta el imponente huevo de la Divina Providencia —que siempre me ha dado miedo, no sé por qué—. Y qué decir de las óptimas condiciones para la observación meteorológica, en especial en su variante de sabiduría ancestral según me la enseñó mi papá (ya la consigné una vez aquí, pero no veo razón para no referirla de nuevo): en Guadalajara, la lluvia tiene un comportamiento muy predecible según la procedencia de las nubes, y puede apostarse con gran seguridad a que las masas grises y pesadas que aparentan aproximarse desde el Cerro del Colli jamás van a llegar; las que se divisen hacia San Pedro, por inofensivas que luzcan, van a llegar sin falla y van a causar estragos; y las que vengan desde la Barranca puede que lleguen o puede que no. No tiene pierde.
Tales predicciones y tales contemplaciones ya no son posibles. El horizonte fue negándonoslo, de modo subrepticio y odioso, la erección imparable de torres que parecen haber ido avanzando hacia nuestro triste balcón así apocado. Como gigantes estúpidos, esas malditas torres deshabitadas se arriman entre sí y tapan el cielo y nos cercan, y así por fin este Grito que pasó ya no vimos sino sólo los resplandores inservibles de la pirotecnia, y no el estallido de los cohetes, propiamente. ¿En qué momento pasó esto? Todavía alcanzamos a ver el fulgor de las llamas la última vez que se quemó el Mercado Corona. ¿Y cuánto más tendríamos que elevar el balcón para volver a distinguir al menos hasta el Expiatorio? Lo malo es que nuestro edificio sólo tiene cuatro plantas (temo que en cualquier momento nos corran para tumbarlo y alzar en su lugar otra torre más). No sólo ha sido esto: también el Sol se decide a salir cada vez de más mala gana, las nubes se van volviendo ilegibles, las aves se han ido desterrando (antes llegaban muchas palomas y zanates y conguitas, ya no tendrán mucho que hacer en este nuevo bosque hostil de cemento y vidrio), y, además, las calles se van volviendo cañones ensombrecidos y en los que prospera de modo inhumano el ruido, amplificado e insoportable cuando es, por ejemplo, el que hace atronar algún motociclista diabólico entusiasmado por el decibelaje atroz que alcanza al lanzarse por las honduras de López Cotilla.
En esta privación del horizonte, lo más triste —hablo por mí: para Guadalajara debería ser no sólo motivo de aflicción, sino también de consternación y alarma, pero capaz que no se ha dado cuenta— fue haberme quedado sin el paisaje presidido por el Cerro de la Higuera. Quién sabe si todavía esté donde lo dejé, dibujado como un sueño o un recuerdo entrañable; quién sabe, si ya no está, qué habrá en su lugar. Ojalá que no hayan arrasado con él para levantar una torre más, o miles, en las orillas y en el fondo de toda la Barranca.
J. I. Carranza
Mural, 20 de septiembre de 2026.