El otro día vi un video donde un francés se quejaba de ir todos los días al mismo café desde hace años y ser atendido siempre por la misma empleada: él saluda, ella responde y le pregunta qué quiere, y él pide siempre lo mismo (un café y un pain au chocolat). Y su lamentación era por no haber logrado, en todo ese tiempo, que algún día la empleada se adelantara y le preguntara si iba a querer lo de siempre, pues, además, él termina cada vez su pedido diciéndole a la empleada “comme d’habitude” para remachar que siempre y solamente ha querido el consabido café y el terco chocolatín, que es una costumbre o lo habitual entre ambos y, sobre todo, que ella ya debería saberlo. Mientras lo contaba (a nadie en particular y al mundo entero, como suelen ser esos videos, y éste llevaba ya varios miles de vistas), el pobre diablo casi lloraba: de decepción y de rabia. Pues la observancia invariable del ritual por parte de la empleada (y de él también: no había tenido los arrestos para increparla, así que posiblemente la rabia estaba motivada por su propia cobardía) lo hacía sentir como si no existiera.
Yo esperaba ver en los comentarios alguna recordación del hit de Joe Dassin de 1969, “Le petit pain au chocolat”: “Todas las mañanas él compraba su chocolatín. / La panadera le sonreía, pero él no la veía…” —ella piensa que no le gusta, pero el vato no nomás es despistado, sino que también está bien cegatón, así que no se percata de que la panadera es bonita “y muy crujiente, como sus croissants”… total, que ella un día le regala unos lentes y entonces él la ve por fin y se enamora, y se casan y tienen hijos cegatones como él—. Pero no: todo mundo le daba la razón al chilletas del video, como si estuviera siendo víctima de una injusticia mayúscula y, sobre todo, como si efectivamente la empleada del café estuviera haciéndolo evaporarse o afantasmarse, o al menos haciéndolo sentir que es nadie. Que es lo que le calaba, creo. En México tenemos un verbo certero para lo que ocurre cuando alguien hace sentir menos a un prójimo, o que de plano no cuenta: ningunear. Así que el francés del video, aunque al principio me cayó mal, luego despertó mis simpatías, cuando vi que en el fondo tenía razón, pues aunque habría podido poner más de su parte, lo cierto es que a nadie le gusta que lo ninguneen.
Y es para cerciorarse de que eso no suceda que resulta tan útil lo que en inglés se conoce como small talk, que es el género de conversaciones superficiales, intrascendentes, indeliberadas y de inmediato olvidables, que sin embargo aceitan el trato con los demás de forma que no se atrofie ni rechine, que fluya y no raspe, a fin de poder fabricar la ocurrencia sin más de lo cotidiano: aquello en lo que mayormente consiste la vida. Breves y manidos parlamentos, que no van a ningún lado pues están espesados por obviedades difícilmente cuestionables (“Qué calor ha hecho hoy”, por ejemplo, o “Cómo ha subido el jitomate”), aligeran las dificultades evidentes de la convivencia, pero también hacen más llevadera la reiteración de lo mismo, e incluso en ocasiones pueden desembocar en el acontecimiento excepcional.
Hace unos meses, una tarde iba de regreso a casa y como en las películas: unas cuadras antes me rebasó el camión de bomberos y, cuando llegué, lo vi afuera de mi edificio. Alguien había reportado una fuga de gas, y, aunque no pudieron localizarla, la cosa no pasó a mayores. Pero lo interesante es lo que sucedió mientras los vecinos estábamos en la calle, esperando a ver si tendríamos que evacuar o si íbamos a volar. La señora que vive en la casa de al lado me empezó a hablar de cualquier cosa (los camiones de basura que no pasan a la misma hora, el lavacoches que le tapa la cochera, lo nublado del cielo), y luego me preguntó: “¿Y usted vive aquí, en el edificio?”. “Tengo treinta años viviendo aquí”, le dije. Y me peló los ojotes, asombrada por no haberme ubicado en todo ese tiempo —yo la ubico desde que llegué, pero así hay vecinos, que jamás voltean a ver quién entra y sale de la casa de al lado, ni con quién se cruzan todos los días por la misma banqueta.
Para mi fortuna, en el café adonde acudo saben siempre lo que quiero, y cuando hay empleados nuevos no tardan demasiado en tomar nota. Mientras me cobran, claro, practicamos el small talk: como si en realidad les intrigara qué tal ha ido mi día, como si a mi me interesara enterarlos. Pero el hecho de que en el fondo no nos importe, ni a los empleados ni a mí, es insignificante: lo vital es que opera una cordialidad elemental, auténtica, sin dobleces y dúctil: lo que, en el fondo, evita que acabemos atacándonos o despedazándonos en este mundo. Mucho tiempo fui parroquiano del Café San Remo, a espaldas de La Merced, cuando todavía vivía en el centro y estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la UdeG. Hoy el café tiene otro nombre, lo agrandaron, pero muchas cosas permanecen iguales. Y cuando yo asistía tuve el honor de que rotularan una taza con mi nombre, para que nadie más la usara: un privilegio reservado a los clientes más leales. Tampoco me preguntaban qué iba a querer: sencillamente me lo servían. Y eso a mí me certificaba y me permitía reconocer mejor mi lugar y mi índole más clara. También vendían bísquets con mermelada y chocolatines, pero no se me antojaban.
J. I. Carranza
Mural, 17 de mayo de 2026.
(La imagen corresponde al otrora llamado Café San Remo, hoy Café del Centro Histórico, y en ella se ve a la amabilísima y entrañable Carmen, que lleva décadas ahí).