En los tiempos medievales que vive, oscurecidos por la superstición y el odio, agitados por la persecución y el linchamiento, estupendos para las disputas más absurdas que alienta la ignorancia, Estados Unidos tuvo recientemente una ocasión más para la división gracias a la muerte de Dolly Parton. Como tratando de saquear cuanto antes sus reliquias para reservarse todo el derecho de venerarlas, en ese escalofriante sector de la población cuyos modos de pensar y sentir encuadran bajo la sigla MAGA pronto se levantó la exigencia: a la cantante de Tennnessee había que celebrarla al margen de cualquier consideración ideológica, exaltándola como representante máxima de una identidad nacional cuyo componente principal es la fe cristiana. Pronto estos deseos fueron viéndose impedidos por la realidad, que es casi tan terca como lo fue la propia Dolly. En el otro sector de la población que no es MAGA, rápidamente se hizo memoria de todas las razones que había para llorar no sólo la muerte de un símbolo identitario, sino también, y sobre todo, de una enorme artista que estuvo siempre del lado de la justicia y la gente.
Nacida en las condiciones más desfavorables, en una familia numerosa y pobrísima en un entorno olvidado y semisalvaje, y condenada por ello a un destino de privaciones y pena, su dichosa terquedad condujo a Dolly Parton en una dirección por completo distinta. Pero no fue solamente su tesón, sino además su talento inconmensurable, y su gracia celestial, desde luego también su agudeza y su altísimo sentido de la ironía, su disciplina y su inteligencia para los negocios. Y una humildad a toda prueba. Fueron muy numerosos los testimonios de esa humildad que emergieron estos días. Por ejemplo el de Michael Bublé, quien recordó cómo en 2020 —es decir: cuando Dolly ya hacía mucho tiempo que se había instalado a vivir mucho más allá de la estratósfera— recibió una carta en la que la artista le proponía cantar juntos una canción navideña que había compuesto. “Cuando la escribí, oía tu voz junto a la mía. ¿Estaba soñando, tal vez?”, le decía, y se despedía de este modo: “Entenderé si no puedes o no quieres, y ten por seguro que seguiré queriéndote igual”.
Canciones en cuya música refulgía a menudo una alegría cristalina, aunque a veces también podía suscitar formas insospechadas de la melancolía, el repertorio de Dolly Parton caló hondo en al menos tres generaciones gracias a que mezclaba sus apreciaciones puntuales de la realidad de la vida con las dosis justas de sentimentalismo que todos necesitamos de vez en cuando. Hay artistas cuyas elementales dulzura o luz pueden ser indispensables para una comprensión cabal de lo que nos pasa cuando amamos o extrañamos a alguien, cuando nos cansamos o nos confundimos o necesitamos aliento, cuando tenemos una mano cerca que podemos sujetar o nos elige el milagro inesperado de que alguien nos quiera, cuando hay que levantarse un día más y trabajar y seguir, cuando hay por fin modo de brindar y reír y cuando soñamos. Sin incurrir jamás en cursilería ni patetismo ni en chabacanería —para eso sirve la integridad artística—, Dolly Parton fue tan original que en nadie más serían admisibles sus excesos estéticos: las estridencias indumentarias, la cabellera hiperoxigenada, los estoperoles y las uñas y los escotes y las botas y las mariposas gigantescas de Dollywood… Lo más estrafalario que haya podido hacer, por haberlo hecho ella estuvo siempre bien.
Hay un dúo suyo con Chet Atkins que siempre me conmueve: es la canción “Do I Ever Cross Your Mind”. Su asunto es una suave añoranza del amor y el tiempo idos, pero en algunos momentos se oye la risa de Dolly, y es hermoso: como si detrás de toda tristeza estuviera asegurado que reencontraremos la felicidad. Como pasa también en uno de sus éxitos mayores, “9 to 5”, donde la chinga del trabajo y la explotación y la dificultad de la esperanza se canta a un ritmo tan sabroso y bailable, puesto que lo que más importa de esta vida es lo que tenga de fiesta, y la vamos a encontrar.
Lo cual no quiere decir que haya que resignarse, y por eso Dolly Parton alzó la voz cada que tuvo oportunidad en favor de la clase trabajadora, en especial de las mujeres, y defendió los derechos de las personas que el mundo MAGA acosa y querría erradicar: comunidades LGBTIQ+, migrantes, el movimiento Black Lives Matter… Puso su fortuna a socorrer a las víctimas de desastres, pero también a ayudar en la investigación científica, por ejemplo en el desarrollo de las vacunas contra el covid. Y apostó por la educación, dando becas y estímulos a estudiantes pobres. E hizo esto: en recuerdo de su padre, que nunca pudo aprender a leer, fundó la Dolly Parton’s Imagination Library, destinada a regalar millones de libros a millones de niños en Estados Unidos y otros países para que sus papás y mamás los lean junto a ellos. Así que nada de ser solamente la cantante sureña que encarnaba ciertos ideales políticamente rentables para quienes ahora creen que mandan. “No sólo porque sea rubia crean que soy tonta”, les habría replicado Dolly, como dice su canción.
Por encima de todo, cantaba como los ángeles. Belleza que no es sólo belleza, sino también dicha que se multiplica al compartirse y nos da razones poderosas para sonreír y bailar y suspirar y soltar alguna lágrima y sonreír otra vez.
J. I. Carranza
Mural, 30 de agosto de 2026.