Como todo mundo, tuve maestros pésimos y peores. Y psicópatas. Por más que lo intento, no logro desentrañar las circunstancias que permitieron lo siguiente: en la secundaria, el profesor de Español llegaba al salón, sacaba la pistola que llevaba al cinto, la ponía sobre el escritorio, subía también ahí las patas, mandaba que abriéramos el libro y leyéramos en silencio, y a quienes le caían mal los hacía pasar toda la hora hincados. Ni al director, ni al resto de los profesores, ni a los padres de familia ni a nadie le resultó nunca escandaloso: ¿porque mis compañeros y yo nunca dijimos nada? ¿O sí lo hicimos, pero nadie nos creyó? ¿O sí dijimos, y nos creyeron, pero a nadie le pareció necesario tomar medidas?
A casi cuarenta años de distancia, ese recuerdo es tan insólito que a veces recelo de su veracidad. Pero enseguida vienen otros que me convencen de que el criminal que «daba» Español fue absolutamente posible: también en la secundaria, el profesor de Inglés llegaba vestido de boy-scout (tenía unos setenta años), nos insultaba y luego se dormía; el de Matemáticas nos llamaba «idiotitas» a todos y nos pasaba al pizarrón sólo para escarnecernos, con risita socarrona; una vez vi a un prefecto, viejo y panzón, dar de patadas a los alumnos que se rezagaban en una formación; el profesor de Ciencias Naturales era un homofóbico que se pasó el año burlándose de un amigo mío por su modo de caminar, y lo imitaba y lo hacía llorar, el maldito infeliz.
Las estampas se suceden, incontenibles, hacia atrás y hacia adelante en el curso de mi vida escolar: en la primaria padecí a la bruja rabiosa que nos jalaba de las patillas y al hacerlo pelaba los ojos y apretaba los dientes, como gruñendo. Dios la tenga a fuego lento. Después, en la prepa, un maestro de Filosofía llegaba acalorado y con la mirada desorbitada a contar —lo juro— que venían persiguiéndolo unos terroristas japoneses armados con bazucas. En la facultad conocí al obtuso energúmeno que nos aborrecía porque no le entendíamos y se vengaba en las calificaciones —no recuerdo qué materia daba, seguramente porque nunca le entendí, y ahora que soy profesor sé muy bien que eso jamás es culpa del alumno.
Mi educación y la de mis compañeros fue confiada a individuos que se solazaban infligiéndonos su ignorancia o inoculándonos sus prejuicios, que se cobraban en nuestro estupor o nuestro miedo todo su odio, que nos despreciaban o nos veían como enemigos sobre los que debían imponerse para aliviar su frustración, o yo qué sé. Los hubo morbosos, soeces, clasistas, racistas, machitos violentos, histéricos, sátiros, y, desde luego, farsantes, haraganes, hipócritas, chismosos, intrigosos, cínicos, manipuladores, impostores, corruptos (uno de Física, en la prepa, pedía botellas de Azteca de Oro para no reprobarnos). Los hubo crueles: otro, también en la prepa, rompió delante de todo el salón el trabajo de un compañero y le aventó los pedazos a la cara; Cuevas, se apellidaba el miserable, y eso pasó en la Escuela Vocacional de la UdeG, allá por 1988; ojalá algún nieto suyo lea esto y vaya con su abuelito y le pregunte: «Abuelito, ¿no nos platicaste una vez que fuiste profesor en la Voca en 1988?», y el abuelito sonría y responda: «Sí, ¡claro, qué tiempos aquellos!», y que entonces el nieto le enseñe este periódico, para que el abuelito haga memoria y vea cómo queda al menos uno de sus alumnos (yo) que le guarda rencor imprescriptible por aquella bajeza suya, y ojalá también que se avergüence horriblemente delante de su nieto y que lo posea un remordimiento que ya no lo deje dormir en paz los pocos días que le queden.
Tengo más traumas, pero aquí le paro. No dudo que estos ejemplos, tan poco ejemplares, promuevan la recordación de casos igualmente pasmosos o atroces en la formación de cualquiera. Sin embargo, conviene proponerse un ejercicio de balance para ver si el número de los maestros lamentables supera al de aquellos a quienes algo tenemos que agradecerles. Todas aquellas personas con quienes tuvimos la suerte inmensa de habernos encontrado para que quedáramos debiéndoles un saber o una comprensión de las cosas que no habríamos obtenido de otra forma: presencias indispensables al momento de explicar lo mejor que somos y hacemos, lo que entendemos, lo que define nuestro lugar en el mundo.
El balance, tampoco lo dudo, arrojará siempre que la cuenta de los ruines es insignificante, no sólo por su número, sino sobre todo porque el perjuicio que hicieron queda compensado con el entusiasmo invencible de la profesora que prestaba sus libros, el empeño del maestro de Álgebra que no te soltaba hasta que aprendías bien, la paciencia del sabio con tres doctorados que dedicó muchas noches a revisar acuciosamente tus trabajos en la maestría, la fe del profe que creyó —y te hizo creer— que tenías algo muy importante que decir, la ternura de la maestra que nos permitía acostarnos en el piso del salón de tercero de primaria mientras platicaba la historia de los aztecas.
El recuerdo de un mal maestro se reduce sólo a eso, a la evocación puntual de su vileza, su ineptitud, su cretinismo o su ridiculez. En cambio, la impronta de las maestras y los maestros mejores fructifica sin cesar. No es un mal día, hoy, para hacer la lista y recordarlos en toda su generosidad y toda su alegría.
J. I. Carranza
Mural, 15 de mayo de 2022.