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¡Maestra!

Como todo mundo, tuve maestros pésimos y peores. Y psicópatas. Por más que lo intento, no logro desentrañar las circunstancias que permitieron lo siguiente: en la secundaria, el profesor de Español llegaba al salón, sacaba la pistola que llevaba al cinto, la ponía sobre el escritorio, subía también ahí las patas, mandaba que abriéramos el libro y leyéramos en silencio, y a quienes le caían mal los hacía pasar toda la hora hincados. Ni al director, ni al resto de los profesores, ni a los padres de familia ni a nadie le resultó nunca escandaloso: ¿porque mis compañeros y yo nunca dijimos nada? ¿O sí lo hicimos, pero nadie nos creyó? ¿O sí dijimos, y nos creyeron, pero a nadie le pareció necesario tomar medidas?

      A casi cuarenta años de distancia, ese recuerdo es tan insólito que a veces recelo de su veracidad. Pero enseguida vienen otros que me convencen de que el criminal que «daba» Español fue absolutamente posible: también en la secundaria, el profesor de Inglés llegaba vestido de boy-scout (tenía unos setenta años), nos insultaba y luego se dormía; el de Matemáticas nos llamaba «idiotitas» a todos y nos pasaba al pizarrón sólo para escarnecernos, con risita socarrona; una vez vi a un prefecto, viejo y panzón, dar de patadas a los alumnos que se rezagaban en una formación; el profesor de Ciencias Naturales era un homofóbico que se pasó el año burlándose de un amigo mío por su modo de caminar, y lo imitaba y lo hacía llorar, el maldito infeliz.

      Las estampas se suceden, incontenibles, hacia atrás y hacia adelante en el curso de mi vida escolar: en la primaria padecí a la bruja rabiosa que nos jalaba de las patillas y al hacerlo pelaba los ojos y apretaba los dientes, como gruñendo. Dios la tenga a fuego lento. Después, en la prepa, un maestro de Filosofía llegaba acalorado y con la mirada desorbitada a contar —lo juro— que venían persiguiéndolo unos terroristas japoneses armados con bazucas. En la facultad conocí al obtuso energúmeno que nos aborrecía porque no le entendíamos y se vengaba en las calificaciones —no recuerdo qué materia daba, seguramente porque nunca le entendí, y ahora que soy profesor sé muy bien que eso jamás es culpa del alumno.

      Mi educación y la de mis compañeros fue confiada a individuos que se solazaban infligiéndonos su ignorancia o inoculándonos sus prejuicios, que se cobraban en nuestro estupor o nuestro miedo todo su odio, que nos despreciaban o nos veían como enemigos sobre los que debían imponerse para aliviar su frustración, o yo qué sé. Los hubo morbosos, soeces, clasistas, racistas, machitos violentos, histéricos, sátiros, y, desde luego, farsantes, haraganes, hipócritas, chismosos, intrigosos, cínicos, manipuladores, impostores, corruptos (uno de Física, en la prepa, pedía botellas de Azteca de Oro para no reprobarnos). Los hubo crueles: otro, también en la prepa, rompió delante de todo el salón el trabajo de un compañero y le aventó los pedazos a la cara; Cuevas, se apellidaba el miserable, y eso pasó en la Escuela Vocacional de la UdeG, allá por 1988; ojalá algún nieto suyo lea esto y vaya con su abuelito y le pregunte: «Abuelito, ¿no nos platicaste una vez que fuiste profesor en la Voca en 1988?», y el abuelito sonría y responda: «Sí, ¡claro, qué tiempos aquellos!», y que entonces el nieto le enseñe este periódico, para que el abuelito haga memoria y vea cómo queda al menos uno de sus alumnos (yo) que le guarda rencor imprescriptible por aquella bajeza suya, y ojalá también que se avergüence horriblemente delante de su nieto y que lo posea un remordimiento que ya no lo deje dormir en paz los pocos días que le queden.

      Tengo más traumas, pero aquí le paro. No dudo que estos ejemplos, tan poco ejemplares, promuevan la recordación de casos igualmente pasmosos o atroces en la formación de cualquiera. Sin embargo, conviene proponerse un ejercicio de balance para ver si el número de los maestros lamentables supera al de aquellos a quienes algo tenemos que agradecerles. Todas aquellas personas con quienes tuvimos la suerte inmensa de habernos encontrado para que quedáramos debiéndoles un saber o una comprensión de las cosas que no habríamos obtenido de otra forma: presencias indispensables al momento de explicar lo mejor que somos y hacemos, lo que entendemos, lo que define nuestro lugar en el mundo.

      El balance, tampoco lo dudo, arrojará siempre que la cuenta de los ruines es insignificante, no sólo por su número, sino sobre todo porque el perjuicio que hicieron queda compensado con el entusiasmo invencible de la profesora que prestaba sus libros, el empeño del maestro de Álgebra que no te soltaba hasta que aprendías bien, la paciencia del sabio con tres doctorados que dedicó muchas noches a revisar acuciosamente tus trabajos en la maestría, la fe del profe que creyó —y te hizo creer— que tenías algo muy importante que decir, la ternura de la maestra que nos permitía acostarnos en el piso del salón de tercero de primaria mientras platicaba la historia de los aztecas.

       El recuerdo de un mal maestro se reduce sólo a eso, a la evocación puntual de su vileza, su ineptitud, su cretinismo o su ridiculez. En cambio, la impronta de las maestras y los maestros mejores fructifica sin cesar. No es un mal día, hoy, para hacer la lista y recordarlos en toda su generosidad y toda su alegría. 

J. I. Carranza

Mural, 15 de mayo de 2022.

Maistros

Como por estas fechas, el año pasado teníamos un problema con el desagüe de la regadera que ocasionaba que al vecino de abajo (el gringo) se le filtrara el agua en su changarro (clandestino), y a menudo a nosotros también se nos anegaba el baño. Una calamidad que no iba a arreglarse sola. Puesto que las tuberías del edificio son de barro prehispánico y tienen más de setecientos años, la solución debía conjugar trabajos de fontanería y albañilería. Y hete aquí que pronto tuvimos a Lalo rompiéndonos el piso y las paredes (en un arrebato de inspiración decidió cambiar también la instalación de la regadera), acompañado por su fiel chalán de mirada estrábica y pocas palabras. No supimos nunca cómo se llamaba, el chalán, pero sí que era el que hacía la parte más ruda de la chamba, mientras Lalo se sentaba en un bote volteado y lo malmodeaba.

      No tenía buenos antecedentes, el famoso Lalo: meses antes nos lo habían mandado para arreglar el bóiler y por poco volamos en pedazos. El techo todo flameado de la zotehuela quedó como rencoroso vestigio. No nomás carecía de destrezas y saberes básicos: además se la pasaba renegando y chillando. Así que, cuando el administrador del edificio nos lo volvió a enjaretar, dudé mucho que supiera qué hacer ya que había devastado el baño y cambiado los tubos para que al gringo ya no se le inundara. Los veía, a Lalo y a su chalán (y a otro chalán que llevaron más adelante, sin avisar), midiendo y volviendo a medir, yendo y viniendo con sacos de cemento y cajas de azulejo, sude y sude, por horas que sumaban días y más días. En una de ésas descubrí que además de cargar sacos, echar mezcla, desbaratar lo que avanzaban porque les quedaba mal y romper más pedazos de pared, el chalán también era el encargado de ir por cervezas al Seven de la esquina. “Se la pasan pisteando, Toño”, me quejé con el chalán del administrador, que poco caso hacía a mis protestas. Y nosotros seguíamos sin poder bañarnos. Hasta que un día Lalo me dijo: “Ya no sé qué hacer, ¡estoy hasta la madre!”. Yo pensé que Toño no le pagaba, que se le había atravesado una desgracia, que meramente estaba encervezado. Pero su lamento era literal: no sabía qué hacer para arreglar su desastre.

      Así que lo corrí con todo y chalanes y entonces llamé a Heriberto.

      Bueno, más bien a su papá. Albañil experto, el don hacía dupla con su hijo y las referencias que tenía de ambos consistían, básicamente, en que el hijo era rápido pero malhecho y el papá esmerado y puntilloso, aunque calmudo. Así que se compensaban. “Ando en una obra en Chapala”, me dijo el don, “pero ahorita le mando a Heriberto”. Como ya nos urgía dejar de bañarnos a jicarazos, me resigné a lo que los hechos confirmarían pronto: Heriberto, muy sonriente, arregló en un dos por tres los estropicios de Lalo, pero los azulejos le quedaron todos disparejos y cuchos. Le pagué, se fue volando y jamás regresó por sus herramientas.

      Seguramente es más significativo de lo que podríamos pensar el paso de los artistas de la cuchara por nuestras vidas. Baste como prueba la facilidad con que podemos recordar sus peculiaridades y las anécdotas en que figuran, así nos queden muy lejos en el tiempo. Pienso, por ejemplo, en otra pareja que tuvimos hace tres lustros, también con el baño reventado: el maestro (el maistro, como debe decirse) era dado a la improvisación chapucera, pues se clavó la lana para poner el piso y en su lugar dejó un parchadero horrible que cada mañana nos lo recuerda —“Ahí le hice un Mickey Mouse”, explicó, refiriéndose así a ese género de remiendos—. Y su chalán, que se llamaba Chucky, estaba muy intrigado por nuestra hijita bebé que todavía no hablaba: “¿Cómo te llamas, niño?”, le decía cada que la tenía a la vista, cuando estábamos comiendo con la nena sentada en su periquera.

      Hace aún más años, mi papá le confiaba al maistro Andrés toda suerte de reparaciones menores (que un batientito, que un resane, que una barda), y le pagaba arreglándoles los dientes a él y a su señora. Pero, si bien estaba lejos de ser lo incompetente que era Lalo y tampoco era transa como el del Mickey Mouse, el maistro Andrés sí tenía el inconveniente de ser melodramático: se le iban las semanas en relatar las pormenorizadas desventuras de su vida, con no poca gracia, fume y fume y recargado contra una pared, sin mover un dedo, de manera que la chamba sólo salía gracias al abnegado Nieves, su hierático chalán. Otro albañil de la época, Benito, era muy bueno y baratero, pero impredecible como la buena fortuna —además de que sólo se bañaba en invierno: decía que qué caso tenía hacerlo en tiempos de calor, si pronto iba a estar apestando de nuevo—. No tenía teléfono.

      Creo que lo más común, cuando se requieren los servicios de un albañil, es preguntarles a parientes y colegas, y luego correr el albur al margen de lo buenas que puedan ser las recomendaciones. Y eso si uno tiene la suerte de que no estén ocupados (o de que no sean pareros). Siempre que me he visto en el trance de conseguir a alguien, pienso en los que se ponen a esperar qué cae, con sus herramientas y un letrero, al lado de Catedral, en la Ciudad de México, junto con electricistas, fontaneros, pintores, etcétera. ¿Por qué esa costumbre no existirá en Guadalajara? Hoy, que es día de la Santa Cruz, estaría bien que alguien se lo propusiera. 

J. I. Carranza

Mural, 3 de mayo de 2026.

Un palacio

Lo veía desde la ventana de mi salón, en la primaria, a una manzana de distancia, y pese a su fealdad lo encontraba entrañable. Casi medio siglo después identifico en esas visiones un motivo de añoranza: en el aburrimiento de las clases, conforme se adensaba el sopor del mediodía, en las ventanas de los tres o cuatro pisos del Colegio José Sarto, sobre la calle Guillermo Prieto, se dibujaba hacia el inmediato sur la silueta algo fantasiosa de un robot hierático y absurdo, gigantesco, como un inverosímil guardián o vigilante, o como una deidad pagana, imperturbable bajo el sol y en el azul desvaído o blanquecino del cielo. Desde mi pupitre, y sólo por alejarme lo más posible de lo que ocurriera en mi cuaderno o en el pizarrón, miraba largos ratos esa figura consistente en un tórax excesivo y estriado coronado por un breve cuello y una cabeza cuadrangular sobre la que se alzaba una antena, y al tiempo que miraba imaginaba también los alrededores de eso, y lo que significaban. Un paisaje nos importa por lo que hace posible. En mi caso, el Palacio Federal representaba el momento supremo de la libertad, a la salida del colegio, cuando pudiera ir hasta el jardín del Santuario, seguramente con mi amigo Ramón Cruz; comprarnos unas bolsitas de cañas y luego ir a comérnoslas en la amplia escalinata del edificio, sobre Alcalde, antes de atravesar la avenida para tomar el camión —yo me bajaba en Aranzazú, Ramón iba hasta Miravalle.

      Por sus dimensiones y sus formas, por sus materiales y, sobre todo, por sus propósitos, el Palacio Federal en Guadalajara ha recordado siempre la arquitectura soviética, brutalista, orientada a materializar las relaciones tortuosas que los ciudadanos sostenemos con el Estado. Es, qué duda cabe, un edificio espantoso, que infama el entorno y sofoca con su peso y su falta de gracia la belleza que difícilmente proponen el Santuario de Guadalupe y el jardín vecino —éste, además, despojado de árboles cuando se abrió el Paseo Alcalde y la zona quedó aún más desolada de lo que ya estaba—. Erigido cuando aún no había motivos para que el PRI dudara de su eternidad, en el sexenio de Medina Ascencio, más de cincuenta años después el edificio sigue estando tan negado para incorporarse a la afectividad colectiva que es difícil localizar información fiable sobre sus orígenes y sus responsables. Apenas he dado con una foto de El Informador, de 1969, en la que se ve al arquitecto Juan Martínez de Velasco mostrándole la maqueta al alcalde tapatío Efraín Urzúa Macías y al propio Medina Ascencio. Al parecer, a Martínez de Velasco se le encargó en la Ciudad de México el edificio que se erigiría aquí, tal como se levantaron otros en otras ciudades, con el fin de concentrar a las dependencias federales, en una especie de descentralización centralizada. Y, por lo que me he hallado, de Martínez de Velasco se recuerda sobre todo su participación en la construcción de la Biblioteca Central en la Ciudad Universitaria, en México, y poco más.

      No recuerdo haber vuelto desde la última bolsita de cañas. La escalinata es hoy inaccesible por una reja odiosa que le impusieron —la entrada es ahora por Liceo— y que volvió inservibles las fuentes, aunque no recuerdo haberlas visto funcionando nunca. Descascarado y vuelto a pintar y descascarado otra vez, el edificio exhibe un deterioro y un descuido que, de modo inverosímil, acentúan su fealdad. Huele a drenaje por todos lados. Y es, al mismo tiempo, un buen vestigio de las defraudadas pretensiones de eternidad del PRI y de la perversidad con que la 4T (el PRI de hoy) ha moldeado el trato que el Estado da a los ciudadanos, sometiéndolos a trámites inútiles y estúpidos, al desprecio por la dignidad de las personas, a la mugre y a la malhechura y al sinsentido.

      Por ejemplo con lo que ocurre en las oficinas, ahí, del Instituto Nacional de Migración, donde todavía están las grandes mesas de mármol que se extienden en lo que alguna vez fue Telégrafos. El lugar opera de modo tan perfectamente caótico que parece a propósito. Uno se registra dos veces (fecha, hora, nombre, oficina que se visita, asunto, firma), le piden que deje una identificación, le dan una ficha numerada para que se cuelgue del pescuezo, y sin embargo ese número no funciona como turno, pues entonces se descubre que uno está a merced de los guardias de seguridad privada que organizan a la gente —según ellos—, dan indicaciones e informes y, sobre todo, vigilan que nadie use el celular. (Le pregunté a uno por qué y me dijo: “Es que la gente se distrae”). Trámites que podrían hacerse en línea y que, sin embargo, se exige que sean presenciales y duran horas. (“Soy la máxima autoridad aquí”, me dijo el mismo guardia, cuando le saqué plática para no aburrirme y descubrí que estaba perfectamente loco; también me dijo que los registros se llenan nomás para que queden llenos, y nadie sabe para qué sirven). Cuando al fin me pasaron, supe que me había hecho falta un maldito papel, así que salí corriendo a un local de fotocopias vecino, volví, me sellaron todo y salí de nuevo, espero que para no volver jamás. Y, aunque todo el personal es ciertamente amable (incluido el loco), nada de todo eso debería existir.

            ¿Y el Palacio Federal? Ojalá algún día lo demuelan y no quede rastro suyo, aunque estoy seguro de que muchos lo podremos extrañar.  

J. I. Carranza

Mural, 15 de marzo de 2026.

De colores

Cuando se dispuso que los taxis en Jalisco fueran blancos con amarillo, en 2018, se pretextó que ello ayudaría a combatir la piratería. Nunca quedó claro cómo ni por qué, y más bien pareció que era una arbitrariedad burocrática. O estética. Alguien llegó con la ocurrencia y alguien más la autorizó. No está claro que hayamos ganado nada con el cambio. Fue una de las últimas dagas de la administración de Aristóteles Sandoval. Además de eso de la piratería, se adujo que así se buscaba modernizar las flotillas —como si no pudiera haber coches nuevos con los colores viejitos, y viceversa— y también aseguraron que habría taxis ecológicos, blanco con verde, lo cual desde luego fue mentira. Lo triste es que esa imposición no pareció inconformar a nadie, o no tanto como para oponerse decididamente, y pronto fue quedando erradicada del paisaje la combinación de azul y amarillo con que los taxis recordaban los colores de las torres de Catedral.

      Acaso las mutaciones cromáticas, más que desencadenar problemas demasiado graves para la existencia y el funcionamiento de la ciudad, sean signos de nuestras pretensiones y nuestras suposiciones, y delaten por tanto nuestros modos de entender la vida en Guadalajara. Y esos modos sí que pueden ser problemas menores o mayores. Por ejemplo, el color de las banquetas. Durante tanto tiempo como para volverse emblemática, la combinación del rojo y el blanco predominaba en muchas calles del centro y de los barrios más tradicionales, así como en colonias que iban expandiendo en todas direcciones una extensión urbana caminable, más manejable que la que nos contiene hoy en día. A veces el blanco se trocaba por un amarillo claro, sobre todo hacia el oriente, pero en general la cuadrícula bicolor estaba tan incorporada a nuestra forma de ser como ciertos sabores, olores, texturas y sonidos inconfundibles y confiables: como las pitayas de las Nueve Esquinas, como los efluvios de la Aceitera, como el agua del Parque Alcalde o como el pitido del carrito de los camotes en las esquinas de la noche. De pronto, quién sabe si porque dejó de importarle a nadie, las banquetas tapatías ya no quisieron seguir poniéndose esos colores. En su lugar empezó a predominar el vil cemento sin gracia alguna, y tampoco pareció que lo lamentáramos demasiado. (Hay que decir que los cuadritos rojiblancos se han vuelto ahora un emblema de la gentrificación, pues solamente los ponen quienes pretenden el revival nostálgico de una Guadalajara que ya no existe, por ejemplo afuera de restaurantes o cafés hípsters. Y caen muy gordos).

      ¿Qué significa, entonces, esa mutación? Que perdimos cuidado por preservar una seña de identidad, y que de haber hecho lo contrario tal vez habríamos conseguido mantener en las calles tapatías una imagen más digna que la que hoy tenemos. Las banquetas feas de cemento no parece que merezcan ser barridas ni lavadas, ni reparadas cuando se rompen. Y así van destruyéndose y volviéndose más peligrosas y estando cada vez más sucias. (Aprovechando: los alardes de limpieza y embellecimiento de la ciudad que hace la alcaldesa Verónica Delgadillo son cada vez más infundados y enojosos: cómo se ve que nunca da dos pasos más allá de los posts de sus redes sociales, y no ve las cantidades de basura y mugre y pestilencia que hay por todos lados).

      Hasta que el gobierno de Enrique Álvarez del Castillo se propuso poner orden en las rutas de camiones en Guadalajara —y desde entonces sólo hemos ido de fracaso en fracaso—, nos manejábamos medianamente bien con los sencillos principios de una organización por rumbos y colores. Pintados sus fuselajes con anchas franjas, lo mismo que sus defensas, los camiones servían así a una población en la que aún era muy probable que mucha gente no supiera leer, pero además imprimían una variada alegría a la escenografía de lo cotidiano. Los amarillos iban hacia Miravalle, los violetas hacia San Pedro, los verdes hacia el Colli, los azul marino hacia el Baratillo, los rojos… ¿A dónde iban los rojos? ¿Y de qué color era el eje Oblatos-Colonias? Esta organización ejemplar daba cabida a los camiones chatos del SUTAJ, de un opaco beige (los coloridos eran de la Alianza de Camioneros), cuyas rutas estaban numeradas del 100 en adelante (el 100 y el 101 cruzaban desde Zapopan hasta San Pedro), y luego hubo que hacer espacio a los de Servicios y Transportes, beige con naranja (como el 275, que acaso fue el primero que empezó a tener letras para indicar las variaciones de sus derroteros), y al fin al arcoíris de los trolebuses y las combis de Sistecozome… Hoy, con la mayor parte de los camiones repartidos entre el rojo y el verde, la ciudad es más impaciente consigo misma, o neurótica o rabiosa, y no parece tener ya calma para proponerse jugar como lo hacía antes. Si volviéramos a un principio de ordenación cromática del transporte colectivo, ¿no recuperaríamos algo de la sensatez perdida?

      «El Pájaro» de Goeritz dejó de ser amarillo como los taxis (sí, volvió a su color original, pero es horrible). Afortunadamente no ha pasado lo mismo con las esculturas de González Gortázar en el Parque González Gallo y en Jardines Alcalde. Etcétera. Por imperceptibles que puedan ser estos cambios, el hecho es que alteran también la memoria que tenemos de la ciudad, y acaso así ésta se nos vaya desfigurando o borrando, irremediablemente. 

J. I. Carranza

Mural, 8 de febrero de 2026.

¿Exterminio?

Era enero, justamente. En 1989. Hacía tres años del Mundial y faltaban otros tres para las explosiones del Sector Reforma. Estaba por inaugurarse la línea 1 del Tren Ligero. La Guadalajara de ese momento no nos parecería irreconocible, pero sí sumamente distinta. Tenía otras dimensiones, aún no se había dejado arrebatar por los delirios de grandeza que le han hecho crecer racimos de torres inservibles por todos sus rumbos, iba a otro ritmo o a otra velocidad —al igual, supongo, que las sociedades urbanas en general cuando aún se veía lejano el cambio de milenio, internet aún no irrumpía en nuestra viday apenas estaban por empezar a caer los muros, como el de Berlín, que habían contenido nuestra comprensión del mundo a lo largo de ese periodo extraño (pero hoy incluso añorable) que era la Guerra Fría—. La ciudad y el país no podían imaginar las pesadillas que les aguardaban conforme fueran internándose en el nuevo siglo. Por ejemplo: la Glorieta de los Niños Héroes era solamente eso, un monumento para conmemorar ahí el episodio fantástico de Chapultepec, y no el memorial de la infamia y el epicentro de la desesperación y la angustia que es hoy en día.

      Aquellas relativas calma e inocencia se vieron entonces perturbadas por la ocurrencia de ocho o nueve asesinatos que tuvieron lugar en el transcurso de unas cuantas semanas, hasta marzo. De modos parecidos, las víctimas —también parecidas— amanecían en el frío de aquellos días con un balazo en la cabeza, y pronto empezó a hablarse de un asesino serial cuyos móviles era menos difícil imaginar que comprobar —también entonces la policía era inepta, sólo que hoy lo es más si se tiene en cuenta la tecnología con que supuestamente trabaja y la red de cámaras con que supuestamente debería ver todo lo que pasa—. «El Mataindigentes», como empezó a llamarse a quien fuera que estuviera asesinando personas, estaba enfrascado en una empresa personal de erradicación de seres humanos que encontraba indeseables; atacaba por la noche, cuando sus blancos estaban dormidos, se movía en un vocho azul (o blanco). Los muertos, anónimos salvo uno, eran de edad avanzada o, en todo caso, no demasiado jóvenes. Vivían en la calle, o al menos ahí habían caído, una noche, para ya no despertar. Igual que como sucede hoy (los tapatíos cambiamos poco), probablemente nadie se habría percatado de sus existencias de no ser por la forma brutal en que éstas habían acabado. Los indigentes (ya no les decimos así) eran y son invisibles hasta que los señala la desgracia, y a menudo ni siquiera entonces. (El que no era anónimo fue identificado como un viejo ladrón, apodado «El Raffles Mexicano» en recuerdo del afamado delincuente victoriano de guante blanco, al parecer porque había hecho fama con sus hurtos sin sangre y con alguna elegancia. Viejo y arruinado, aquella carrera no le sirvió para salvarse de vivir y de morir en la calle a manos del asesino del vocho blanco o azul. Se dijo que, a la hora del balazo, llevaba consigo una valija llena con recortes de periódico que contaban sus hazañas).

      Agarraron, al fin, a un individuo de cuya responsabilidad nunca pudo tenerse certeza absoluta. Parece que el dato que se juzgó más fehaciente fue su cojera: al asesino escurridizo alguien lo había visto arrastrar una pierna. En todo caso, los asesinatos pararon. Mientras ocurrían, las autoridades procuraron resguardar a quienes dormían en las calles. Luego ya no vieron la necesidad.

      Fue, acaso, la penúltima vez en que la sociedad tapatía pudo consternarse y apiadarse auténticamente (la última fue el 22 de abril de 1992, cuando voló por los aires no sólo un buen pedazo de ciudad, sino también nuestra credulidad y quedamos de algún modo atrofiados ante los horrores que nos esperaban). Y acaso ésa sea una de las diferencias principales entre aquel tiempo y el presente, hoy que ha venido informándose de una nueva cuenta, ya larga, de personas asesinadas que, como las víctimas del «Mataindigentes», tienen en común la desdicha insondable de vivir en la calle y de ser nadie para nadie. Como ha publicado el diario NTR, en el último año van al menos 15 homicidios de personas con estas características, y aunque no haya indicios aún para vincularlos, sí recuerdan aquella campaña de exterminio de 1989. Sólo que a una escala mayor.

      En el chat de los vecinos de la colonia, son frecuentes los mensajes que reportan a alguien que anda haciendo dagas: que grita, rompe algo, quema algo, se encuera, se ha derrumbado a la entrada de una cochera, está a media banqueta en un charco de sus propias deyecciones, etcétera. Los reportes buscan que la policía acuda, y a veces tienen razón, pero a veces no: son sólo vecinos que quieren que el paisaje esté despejado de esas sombras, esos muertos vivientes o esos fantasmas demasiado concretos. No son raros los mensajes que claman por que alguien ponga remedio de una vez por todas. Que alguien acabe con la plaga. Una vecina incluso anhela que alguien les vierta agua hirviendo cuando pasen. Otro, que alguien les prenda fuego. (Ese vecino y esa vecina no sé quiénes sean, pero seguramente nos habremos saludado más de una vez en la tienda o nos hemos dado sonrientemente la paz en misa).

      Los crímenes de hoy, a diferencia de los de hace casi cuarenta años, no nos importan en absoluto.  

J. I. Carranza

Mural, 1 de febrero de 2026.

«Patrimonial»

De la noche a la mañana, el terreno donde había una finca de «valor patrimonial» queda momentáneamente ocupado por una montaña de escombros. Es casi imposible asegurar que hubo una demolición: tan rápida fue, tan silenciosa, tan subrepticia, que parece obra de maquinaria fantástica o de una intervención sobrenatural. Donde se alzaban las formas distintivas de la finca, su singularidad y por lo general su gracia, hay ahora solamente un repentino vacío, un cambio que ya empieza a ser ominoso debido a que no parece haber justificación válida para la destrucción. La finca sostenía buenas relaciones con el paisaje, contribuía con su presencia a las condiciones elementales de armonía que todo paisaje urbano necesita para ser, al menos, vivible, y con frecuencia también querible y aun entrañable. Era una casa, además, a partir de cuyo carácter evidente podían colegirse una historia y sus acomodos sucesivos a los inevitables cambios que trae consigo el paso del tiempo. Al principio, naturalmente, su función consistió en acoger las vidas de quienes la habitaban, e incluso ese propósito explica la configuración original que tuvieron sus espacios. Luego, esos espacios sirvieron a otros fines: donde antes se dormía o se leía o se comía o se oía música o se veía la tarde, ahora había escritorios, archiveros, divisiones provisionales que multiplicaban o reducían las superficies, luces inclementes u hostiles donde nunca antes las hubo, aguas redirigidas o clausuradas según las necesidades nuevas de los nuevos ocupantes, etcétera. Se hizo después lugar al fuego y al trajín de una cocina, o a las noches y sus caos que debería hacer caber ahí un antro (o a un almacén o a una fábrica o a cualquier uso indiscernible y cada vez más alejado de los que podrían tener esos muros y esos techos y esas ventanas y el breve jardín circundante), y así, poco a poco, las cirugías menores y mayores fueron desfigurándola y estrangulándola. Alguna vez, con suerte, alguien llegó que atinó a restituirle alguna dignidad y algún decoro. Pero acabó venciendo el abandono y llegó el día en que la casa únicamente les importó a quienes habrían de derribarla.

      Lo de «patrimonial», entonces, que tienen las fincas en una ciudad como Guadalajara, sólo puede tomarse en su sentido estrictamente monetario: una finca es patrimonio por la suma en que puede venderse, y se termina vendiéndola para que desaparezca: en aquel terreno vacío que surgió de súbito inmediatamente se practicará un abismo brutal para que desde él se alce una torre, también en cuestión de instantes, pletórica asimismo de vacío. No es difícil imaginarlo: la finca fue al principio de la familia que la mandó construir; los integrantes de esa familia fueron dispersándose, luego muriéndose, y quien acabó viéndose al fin con la propiedad resolvió —se diría que inevitablemente— deshacerse de ella, vendiéndola al mejor postor antes que proponerse nada para mantenerla viva —ni siquiera rentarla, con la cantidad de problemas que ello acarrea—. La historia y los significados de la existencia de esa casa acaso sólo tuvieron valor para quienes vivieron en ella, para quienes tuvieron algo que ver con ella por cualquier razón en sus diferentes etapas. Pero no para la ciudad, que ha dejado que la tiren y que esa historia y esos significados se revuelvan con el escombro, y que ya la ha olvidado, por más que diga que la recuerde. Con recordar nada se gana, conservar cuesta y nada reditúa, a nadie le importa esa casa que tumbaron, si además ya estaba desde hace tiempo asolada por el descuido y era madriguera de malvivientes, una excrecencia indeseable.

      No hay gran misterio: las casas que se derriban todos los días en Guadalajara, y que poseen relevancia arquitectónica, urbanística e histórica, caen porque a sus dueños así conviene y porque la sociedad tapatía no tiene el mínimo interés en que se mantenga en pie. No se le ocurre para qué podrían servir, como no sea para estorbar o para que sigan cayéndose y emporcando el entorno; quienes pueden sacar alguna ganancia, aprovechan en cuanto se presenta la oportunidad de vendérsela a quienes están levantando el paisaje absurdo de edificios deshabitados en las zonas que supuestamente van volviéndose así más apetecibles. ¿Lo lamentaremos, alguna vez? No parece probable: esta sociedad, olvidadiza y desaprensiva, es negligente al punto de dejar que sus destinos los conduzca una caterva de individuos ignorantes y mezquinos y codiciosos y mendaces, de manera que está coludida con la comisión de estropicios y con el deliberado y sostenido arruinamiento del pasado del que proviene.

      Cerca del terreno donde hoy está la montaña de escombros, en el espacio de cuatro cuadras, hay al menos tres casas tan formidables como la que acaban de tumbar. Una es una notaría; en otra hay un café (no se ve que vaya a durar mucho). La tercera ya está sola, grafiteada y con las ventanas reventadas. Las tres debieron de ser bellísimas en su tiempo. Ya sabemos en qué orden van a ir desapareciendo. Había dos más, hasta hace poco: hoy hay un Oxxo en el lugar de una, una torre desierta en el de otra. Hay también un baldío enorme que ha permanecido ahí por años, como un elocuente emblema de la más estúpida codicia: ni levantaron nada nuevo, ni lo pueden vender, ni sirve para maldita la cosa.  

J. I. Carranza

Mural, 25 de enero de 2026.

Súper Leche

Son contadas, y por eso altamente significativas, las ocasiones en que la historia encarna en la historia particular. Uno puede tener noticia de los acontecimientos más importantes que están teniendo lugar ahora mismo, y hacerse una idea, certera o no, de sus posibles consecuencias. Una guerra, una revuelta, la reconfiguración política de una sociedad, una catástrofe. O bien los adelantos tecnológicos que en estos instantes acaso estén decidiendo las transformaciones más radicales de la vida tal como la conocemos, o las descripciones de la realidad que difícilmente se ajustan ya con las que manejábamos antes —el filósofo Richard Rorty apostaba por que la evolución del pensamiento, de nuestra forma de explicarnos el mundo y, en suma, lo que somos, consistía básicamente en la sustitución de unas palabras por otras: dejamos de usar las que parecen ya no servirnos, inventamos o nos apropiamos de otras con la ilusión de que servirán mejor, y eso es todo—. Pero cuando esos acontecimientos tienen lugar en el espacio que ocupamos, la historia cobra otro sentido. Como pasó hace cuarenta años, con los sismos en México.

        Tal vez la prueba mejor para identificar estas ocasiones sean las preguntas «¿Dónde estabas?», «¿Qué estabas haciendo?». En la medida en que se pueda responderlas con más precisión, la impronta de lo ocurrido será más decisiva, y acaso tenga que ver con la noción elemental de trauma. Pero además está el carácter colectivo de la experiencia: el trauma compartido y ampliamente extendido como marca generacional sugiere que pueden hacerse otras lecturas de lo que recordamos y del modo en que lo recordamos. Yo sé muy bien, por ejemplo, dónde estaba y qué hacía el día en que mataron a Colosio —¿el último muerto de la Revolución?—; no tan claramente, en cambio, el día en que el cardenal Posadas fue asesinado. Dado que fueron hechos no demasiado separados entre sí, ¿qué quiere decir eso de la atención que yo entonces prestaba a lo que ocurría? ¿En un año, del tiroteo en el aeropuerto de Guadalajara al mitin de Lomas Taurinas, qué cambió en mi entendimiento de las cosas? Los tapatíos que teníamos uso de razón el 22 de abril de 1992 no podemos olvidar lo que nos pasó ese día. Ni quienes vimos a la Ciudad de México desplomarse el 19 de septiembre de 1985.

      El aniversario, este viernes, será buena ocasión para hacer ese ejercicio. Porque, además, sobre nuestra memoria acecha siempre el fantasma del borramiento. Y contra eso no queda sino resistir lo más que se pueda. Pienso, por ejemplo, en mi amigo Cabrera, que me contó cómo, poco después de haber empezado las clases en su secundaria aquel día, las violentas sacudidas de los edificios hicieron a alumnos y maestros correr y buscar salvarse, bajar hasta el patio, y lo último que recordaba Cabrera de ese momento era que, al volver la vista atrás, distinguió a un compañero de su salón, en muletas, que desaparecía en la nube de polvo que dejaron las escaleras por las que ya no pudo terminar de bajar. Cabrera me lo contó hace muchos años, y por alguna razón que ignoro, es como si yo también me hubiera apropiado de esa imagen concreta y desoladoramente nítida, a la que cada septiembre regreso para empezar a hacerme —pero es imposible— una idea de lo terrible que fue aquello. ¿Por qué la preservo? Acaso hay recuerdos que sea insoportable tener a solas, no sé.

      Vi hace poco fragmentos del reportaje que fue haciendo Jacobo desde las calles, poco después de ocurrido el primer temblor. ¿Ese día lo vi en vivo? Sé que mi hermano me despertó, corrí de la cama al patio y ahí nos quedamos los dos, agarrándonos de las paredes; sé que mi mamá y mi papá estaban en el consultorio, mi papá estaba tomándole medida a un paciente para hacerle un trabajo, no lo dejó bajarse del sillón porque se le iba a echar a perder la impresión; los cables en la calle tronaron, el colegio de enfrente de la casa no fue evacuado (no se usaba eso). Y poco más: yo iba a la secundaria por las tardes, así que pasado el susto seguramente me puse a desayunar con toda calma y la vida en Guadalajara siguió igual. Mientras, como demostraba la cámara que acompañaba a Jacobo, se derrumbaba el Súper Leche, en la avenida San Juan de Letrán. Desde el quemacocos de su Mercedes, Jacobo iba transmitiendo por teléfono, y ahí se bajó, se acercó a un hombre que contemplaba atónito la montaña de escombros, ya poblada por decenas de personas que removían losas, vidrios, tanques de gas, y entonces se produjo este diálogo: «¿Qué pasa, señor, por qué usted está tan agobiado?». «Aquí estaba mi negocio, era el restaurante Súper Leche». «¿Usted es el dueño del restaurante Súper Leche?». «Sí, señor. Sí, señor. Sí, señor». «¿A qué hora abren el restaurante?». «A las siete de la mañana». Jacobo le echó un brazo al hombro. «¿Quiere decir que a la hora del temblor ya estaba abierto?». «Ya, señor. En el segundo piso vivía o vive mi madre. En el segundo piso vivían aquí mi madre y mi hermana. No sé, señor. No le puedo decir nada, licenciado».

      Siempre que mis papás me llevaban a México, de niño, nos quedábamos en el Hotel Capitol, en las calles de Uruguay, y desayunábamos todos los días en el Súper Leche, a media cuadra. Y yo no pierdo, no quiero perder, los rasgos de las meseras. Había una que se llamaba Joaquina y eso me parecía muy asombroso.

J. I. Carranza

Mural, 14 de septiembre de 2025.

Expulsiones

Vemos, en un noticiero televisivo, que el ayatola Jamenei da un mensaje, y a su lado hay un retrato del ayatola Jomeini: junto al actual líder supremo de Irán, el rostro invariable e inconfundible del líder de la Revolución Islámica gracias a la cual el primero está ahí. Y ese retrato es el mismo que, entre las confusiones de mi memoria, irrumpió en mi atención infantil, probablemente por medio del periódico Excélsior, que llegaba todos los días a la hora de la comida, o de la revista Impacto, que a veces mi papá compraba y cuyo atractivo principal consistía —para mí, quiero decir— en el hecho de que metía el mundo a la casa a través de fotos que no publicaban otros impresos: así como recuerdo la efigie de Jomeini triunfal en 1979, también distingo con toda nitidez el perfil de Paulo VI en su féretro unos meses antes, por ejemplo. Seguramente a mis siete años no entendía gran cosa, pero por alguna razón las imágenes como aquéllas se estamparon indeleblemente en mi recuerdo y quizá me facilitaron más adelante ir comprendiendo algo de eso que así cobraba forma y que se llama historia.

      En «La búsqueda del presente», el discurso que pronunció al recibir el Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz refiere un acontecimiento decisivo en su vida, que acaso definió su vocación como poeta y como pensador. Cuenta que, de niño, un día estaba jugando en el jardín de la casa de su abuelo; «Tendría unos seis años y una de mis primas, un poco mayor que yo, me enseñó una revista norteamericana con una fotografía de soldados desfilando por una gran avenida, probablemente de Nueva York. “Vuelven de la guerra”, me dijo». La anécdota encapsula el momento preciso en que el niño Paz es apartado del mundo inocente y feliz de los juegos, las lecturas y las imaginaciones que han venido haciendo de su infancia «un presente sin fisuras». «Esas pocas palabras me turbaron como si anunciasen el fin del mundo o el segundo advenimiento de Cristo», sigue recordando. «Sabía, vagamente, que allá lejos, unos años antes, había terminado una guerra y que los soldados desfilaban para celebrar su victoria; para mí aquella guerra había pasado en otro tiempo, no ahora ni aquí. La foto me desmentía. Me sentí, literalmente, desalojado del presente».

      Mientras está en la televisión el retrato de Jomeini, aprovecho para darle a mi niña —es la hora de la comida— algunas informaciones que más bien estoy sacando del cajón para mí, para averiguar qué significan o significaron, y para ver si ayudan a tramitar de algún modo lo que hoy ocurre y que es, de nuevo, la inminencia del apocalipsis, que recurrentemente se recicla con palabras parecidas y odios inextinguibles y villanos similares, por lo desmesurados y lo grotescos. Probablemente también en aquel periódico o aquella revista vi por primera vez, y luego muchas veces en ese 1979, las alhajadas y fastuosas figuras del Sha de Irán y de su mujer, la emperatriz Farah, removidos del trono desde donde reinaban sobre un pasado hecho a la vez de presuntuosa tradición (su dinastía sólo había empezado en 1925) y de corrupción ominosa. Arrojados a un exilio errático, fueron dando tumbos y, mientras Giscard d’Estaing no dejó que aterrizara en Francia el avión que el propio Sha iba pilotando, López Portillo los recibió gustoso primero (le habrá encantado codearse con esa realeza), pero luego los echó de una patada porque a Carter no le había parecido bien aquel gesto. ¿La mansión que ocuparon estaba en Cuernavaca, en Acapulco? Aquí ya mi confusión se espesa y no sé bien para dónde continuar. Sólo recuerdo que poco después al Sha lo mató el cáncer, que Farah siguió saliendo en la prensa del corazón un buen rato, que Irán volvió a ser el nombre de una tierra lejana y extraña, y que sólo de cuando en cuando ocuparía de nuevo los titulares gracias a las guerras y a la ojeriza de los gringos y de Israel.

      Pero hay algo más: de pronto recuerdo a Salman Rushdie, el salvaje ataque que sufrió hace casi tres años, y caigo en la cuenta (como si hiciera falta caer en la cuenta) de que ese hombre enturbantado y ceñudo que preside el mensaje de su sucesor es el mismo que mandó matar al escritor, y que aquella orden tardó 33 años en alcanzarlo —felizmente no se cumplió, Rushdie perdió un ojo y sufrió otras gravísimas heridas, pero vivió y no fue acallado—. Los años sí pasan en balde, a veces. Casi medio siglo y el retrato de Jomeini ahí sigue, presenciando lo que hoy ocurre.

      Octavio Paz afirma que todos hemos experimentado una expulsión del presente como la que evoca en su discurso. Para él, la vida transcurrió como un empecinamiento incesante por recuperar aquel territorio perdido, y en alguna medida así nos sucede a todos cada que queremos encontrar algún sentido para lo que hemos ido dejando atrás. Pero lo que creemos saber y haber entendido, a la postre, sirve de poco ante la fuerza avasalladora de la realidad y de la historia. Hacia el final de su discurso, Paz alude a la poesía como la sola posibilidad de encontrar el camino. Lo dice de un modo ciertamente enigmático, pero acaso sólo así sea como puede formularse: «¿Qué sabemos del presente? Nada o casi nada. Pero los poetas saben algo: el presente es el manantial de las presencias».

      Luego el noticiero cambia a otro asunto, seguimos comiendo, pasamos a hablar de lo cerca que están las vacaciones.

J. I. Carranza

Mural, 22 de junio de 2025.

Lo negro (de antes)

Serían hilarantes, admirables en su inverosimilitud fantástica, los colmos a los que llegan algunos de los más conspicuos actores de la vida pública actual en México, o serían irrelevantes, en su vulgaridad y su bajeza, y más nos valdría siempre dirigir la vista a otro lado, hacer como si no existieran; serían, en fin, esas cotas que saben alcanzar de modo asombroso, y que superan todos los días, expresiones de su miseria de las que podríamos desentendernos sin pérdida alguna… de no ser porque redundan inevitablemente en la cancelación de las posibilidades concretas para que el grueso de la población encuentre justicia en este país, y también para que deje de vivir con miedo, esa población, en el agobio que impone la lucha por la subsistencia; de no ser, en suma, porque al sucederse incesantemente esos excesos y esas desvergüenzas y esas trapacerías, con todo su desdén por cualquier forma de elemental decencia, afirman de modo más irremediable qué lejos que estamos de dejar atrás tanta locura y tanta ruindad.

       Más de una vez he reparado aquí en el peligro de creer que todo tiempo pasado fue mejor: no sólo es indemostrable siempre, sino que al creerlo uno se proscribe del presente y empieza a perdérselo. Sin embargo, tiene sentido abstenerse de generalizaciones y echar miradas a lo que queda atrás si se busca identificar dónde se torció algo, qué habría que tener en cuenta para que no vuelva a torcerse (es el sentido que tiene el estudio de la Historia, supongo). Estos días, por ejemplo, he estado recordando al Negro Durazo, personaje señero de la corrupción nacional y perteneciente a un tiempo que parece muy remoto, no sólo porque no representaba un problema mayor nombrar injuriosamente a alguien por el color de su piel (los tiempos pasados nunca fueron mejores: enseguida da uno con evidencias), sino también por cuanto la comparecencia de dicho personaje llegó a remover en nuestra conciencia de la realidad, y que hoy sería sencillamente impensable, pues ya somos del todo incapaces de escandalizarnos así. Nombrado Jefe del Departamento de Policía y Tránsito del Distrito Federal (que ya no existe) por el presidente López Portillo, quien también lo ascendió a general de división, Arturo Durazo Moreno abusó de su poder a grados que entonces pudieron parecernos insuperables, enriqueciéndose y gastando su riqueza con un pésimo gusto pasmoso. Pero también instauró un sistema colosal de componendas y chuecuras que prosperó e hizo prosperar a muchos bajo su mando, a la vez que allanó dificultades para varias generaciones venideras de criminales. Manipuló y tergiversó y ocultó y seguramente alentó y participó directamente en la comisión de incontables delitos de todo tipo, y todo lo que hizo lo hizo con ostentación diáfana… hasta que se le acabó la buena estrella o se pasó de la raya o no hubo ya quién lo defendiera, y terminó pagando con tantita cárcel (ocho años) por aquello que al México de entonces pudo resultarle inconcebible e inaceptable. Murió en la ignominia y ya ni quien se acuerde de él (o casi, aquí estoy haciéndolo).

       Y he estado pensando en esa historia al preguntarme, ante hechos como los de los días recientes, por qué ya parece imposible escandalizarse así otra vez. Dos hechos, en concreto: que se haya impedido que se juzgue a Cuauhtémoc Blanco, el exgobernador de Morelos acusado de violación y amparado por sus pares en la Cámara de Diputados, y por otro lado que se haya condenado al exrector de la UNAM y al exdirector de la Facultad de Estudios Superiores Aragón a reparar con 15 millones de pesos el supuesto daño moral causado a la profesora corrupta de la ministra Esquivel, plagiaria demostrada por más que su plagio se haya buscado soterrarlo mediante elaboradas triquiñuelas. Ambos, Blanco y Esquivel, son representantes depuradísimos de la inverecundia que ha caracterizado a la clase política de este tiempo —y no sólo de la llamada Cuarta Transformación (aunque sí principalmente): yo diría que desde los tiempos de Salinas o por ahí, cuando empezó a atrofiársenos aquella capacidad de estupor y de indignación que funcionaba todavía al enterarnos de lo que había hecho el Negro Durazo; ¿fue con el asesinato de Colosio, con el de Ruiz Massieu, con la trama truculenta de la Finca del Encanto y la desaparición del diputado Muñoz Rocha y las adivinaciones de la vidente llamada «La Paca»?—. Ambos, Esquivel y Blanco, van a seguir intactos donde están, o prosperarán sin más. Y se nos van a borrar, más definitivamente que si hubiesen recibido algún perdón.

Lo negro del Negro, se tituló un best-seller que causó furor al contar las tropelías del general (y hubo película). Las de la ministra y las del exfubolista las hemos visto aflorar en tiempo real y a todo color, y como pasa con tantos otros figurantes de este circo lamentable, no hará falta que nadie venga a contárnoslas: no nos han resultado lo bastante interesantes, quizá, como para movernos a indignarnos ni mucho menos. Será una combinación de hartazgo e indiferencia, o será quizá porque se ha dejado de llamar a las cosas por su nombre —salvo por quienes, como el poeta Javier Sicilia, a cuyo hijo mataron hace catorce años en el estado de Blanco, no han cejado en el empeño, por ejemplo cuando se refiere a esta «dictadura de los criminales, los cínicos y los imbéciles»—. ¿O será mera resignación?

Foto: Pedro Valtierra / Cuartoscuro

J. I. Carranza

Mural, 30 de marzo de 2025.

Este periódico

Mural cumple mañana 25 años, poco menos de la mitad de mi edad. Quiere decir esto que media vida la he pasado vinculado al periódico, pues tengo a mucha honra decir que formé parte del equipo fundador, el puñado de jóvenes que nos conocimos en Reforma Jalisco, en la calle de Marsella, y unas semanas antes del 20 de noviembre de 1998 nos mudamos al edificio de Mariano Otero, a una redacción que debió ingeniárselas para ir haciendo pruebas y más pruebas, a marchas forzadas y en la inminencia de la fecha decisiva, entre el terregal, el trajín de los albañiles y los carpinteros, a las carreras, de una desvelada a la siguiente, aprendiendo sobre la marcha todo lo que todavía faltaba aprender —una parte de ese equipo había sido enviada previamente a la Ciudad de México para capacitarse en Reforma; el resto nos fuimos a Monterrey, y apenas allá fue que alcancé a entender la magnitud de lo que traíamos entre manos: cuando me contaron que los regios confiaban tanto en su periódico que, si había un incendio, preferían llamarle primero a El Norte, antes que a los bomberos… y eso era lo que teníamos que lograr en Guadalajara—.

       Creo conservar recuerdos muy nítidos de lo excitantes que eran aquellos días, pero no sé cuánto habrá podido colaborar la fantasía, a lo largo de los años, para intensificar esa impresión. Es extraño: más que otras etapas de la vida también propicias para la aventura, como cuando pasamos por la escuela, nos mudamos a otro rumbo, entablamos y deshacemos relaciones precariamente eternas y fabricamos, en fin, experiencias hechas con una parte de ilusión y otra de temeridad —eso que va dando forma a las discretas épicas al alcance de la mayoría de los mortales—, lo ocurrido hace un cuarto de siglo regresa con alguna frecuencia a mis sueños, con toda claridad, y me veo haciendo lo que hacía entonces, que era darle forma al periódico todos los días: editando notas, escribiendo, acordando la puesta en página con los diseñadores, saliendo a cada rato al estacionamiento a fumarme un cigarro con los reporteros, de una desvelada a la siguiente, olvidando por completo cómo era el mundo iluminado por la luz del Sol… «Contigo o sin ti», me dijo una vez Pedro Cámara, el primer director de Mural, «pero el periódico va a salir mañana». Yo adopté esa advertencia como una convicción que me ahorraría infinidad de angustias: sencillamente había que hacer lo que tenía que hacerse. (Era durísimo, ese Pedro, hasta tiránico, pero cómo le aprendí cosas: por ejemplo, también, que «Después del cierre, nada es bonito», lo que quiere decir que ya pasada la hora de que empiece a jalar la rotativa, a fin de que el periódico salga a tiempo, no es momento de proponerse ningún primor. La lista de nombres a los que tengo que agradecer en toda esta historia es larguísima, pero voy a limitarme a consignar uno de los primeros y de los más importantes para mí: el de Martha Treviño, que en El Norte y aquí me hizo ver de qué se trataba el periodismo como oficio). 

       A la par de esa misteriosa preservación de mi memoria personal, está también lo que recuerdo que significó la llegada del nuevo periódico a la ciudad. No hacía mucho tiempo que Siglo 21 había caído en desgracia —a mí me tocó ser de los que llegamos a tratar de levantar algo con los escombros que dejaron quienes se fueron a hacer Público—, y los vientos de cambio que antes no se habían sentido, en Guadalajara y en el país, eran una circunstancia idónea para lanzar un nuevo medio que se abocara a informar con la solvencia y la integridad que había asentado el éxito de Reforma (se nos olvida: cuando nació Reforma, la lucha por su subsistencia fue decisiva para la también naciente democracia en México), pero también a dar cabida a la participación activa de la ciudadanía en la vigilancia de los excesos del poder, la contención de la impunidad y la corrupción y la formación de una opinión pública más crítica y lúcida. En todo aquello creíamos entonces, y yo estoy seguro de que es lo que sigue dándole sentido a la existencia de Muralpasado todo este tiempo. 

       Hace poco murió mi maestro Heriberto Camacho, quien nos guio con inolvidable generosidad en la prepa para hacer un periódico estudiantil, el 12 Páginas; unos meses atrás, murió también mi maestro Marco Aurelio Larios, también de la prepa, que un día se llevó nuestras tareas que le habían gustado y, sin preguntarnos, las hizo publicar en El Jalisciense; el día que llegó y nos repartió ejemplares del periódico y vi mi nombre impreso por primera vez, se decidió lo que yo habría de hacer en la vida. Así que Heriberto y Marco Aurelio tienen la culpa de que yo esté aquí, y también todas las personas con las que me ha tocado trabajar de una u otra forma para que estas páginas existan. 

No deja de ser muy raro, tal vez por lo anacrónico que parece en este mundo frenético, cibernético y neurótico, seguir escribiendo para el periódico. Y tampoco, ni una sola vez, ha dejado de ser igualmente emocionante: enviar el artículo, buscarlo a la mañana siguiente, imaginar que puede haber alguien leyéndolo. Seguramente no voy a cambiar el mundo —ni ganas, quién se propone semejantes ridiculeces—, pero qué suerte incomparable y engimática. Felicidades a mi periódico, a todas las personas que lo hacen y lo han hecho, y que sean muchos años más. 

J. I. Carranza

Mural, 19 de noviembre de 2023.

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