Había un Maxi en Galeana, entre López Cotilla y Juárez, al lado del Pasaje Variedades. Mi recuerdo solamente preserva las cuatro letras blancas sobre sendos cuadrados de un rojo desvaído o un naranja reacio a serlo, y tal recuerdo es no sólo así de precario, sino tal vez ilusorio. El olvido empieza por esas desconfianzas crecientes respecto a lo que, sin preguntárnoslo antes, podíamos dar por cierto y definitivo. Del mismo modo que el Maxi, sobre Colón, entre Pedro Moreno y Morelos, distingo en una lejanía cercana al medio siglo la «h» minúscula de Hemuda, algo escorada en el logo, donde luego estarían las letras también blancas, pero sobre rojos y azules, de Blanco, que fue en lo que Hemuda mutó. Tengo, para asentar una mejor convicción, el jingle elemental: «Blanco, Blanco, Blanco, abarata la vida…». ¿Había una mascota, y era un canguro o un conejo… blanco? Sé, también, que en la publicidad televisiva de esta cadena figuraba un canoso y sonriente Antonio Badú, en ese tiempo ya emblema de una longevidad desconcertante de la que hacían burla sus amigos asimismo televisivos: Mauricio Garcés, el Loco Valdés…

      Nada más puedo afirmar acerca de Hemuda salvo que había otro en Plaza Patria. Y tal afirmación es más dudosa aún que las otras que he venido haciendo. Pero para aseverar la existencia de ese Blanco, en el centro, frente al portal, además del jingle y de Antonio Badú, dispongo de una experiencia hecha de estupor imborrable: con dos de mis hermanos (no sé cuáles) habíamos entrado ahí una tarde concreta a comprar una concreta caja de Pastisetas, y al volver a casa encontramos a mi mamá deshecha por la noticia de la muerte repentina de mi tío Luis. Nada tiene que ver nunca con nada, creo: la vida debe de ser eso, la sucesión de hechos inmarcesibles por ninguna lógica y ajenos a toda pretensión nuestra de razonarlos. Todavía hoy me resulta imposible no ver en esas galletas de mantequilla una amenaza o un augurio aciago. Jamás volví a entrar a un Blanco, y por ello ignoro del todo cuándo desapareció del paisaje. 

      De los Maxis, en cambio, sé que se convirtieron en Gigantes. El de Tránsito (que, tras ser más adelante Soriana, acaba de borrarse también de nuestra comprensión de un rumbo para el que acabó volviéndose señal), el del Parque Morelos, el de Plaza del Sol. Hasta éste, por mucho tiempo y hace mucho más tiempo, íbamos en taxi a comprar el mandado, los domingos. No sé por qué nunca tuvimos carro. Ni cómo se optó en casa por esa medida, cuando a unas cuadras teníamos el Maxi (luego Gigante y todavía Soriana) de Enrique González Martínez y Juárez, o el mismísimo Mercado Corona, si bien ahí sí me llevaba mi mamá para comprar pescado y pollo e invariablemente un jugo de zanahoria. Ni sé, tampoco, como seguramente nadie llega a saberlo, las explicaciones de determinadas formas de vivir adoptadas por quienes estaban en nuestras inmediaciones durante la niñez. Aquella costumbre perduró hasta el tiempo de la prepa, cuando seguía yendo con mis papás los domingos hasta Plaza del Sol, habiendo otros supermercados más cerca, y entonces mis amigos, para reírse de mí, aludían a la canción de U2 «Sunday Bloody Sunday», que es fecha que aborrezco —lo mismo que a U2: veo hoy que acaban de sacar un nuevo disco, que llevan cincuenta años aturdiendo a la humanidad, y tampoco me lo explico—. Nunca me propuse como habría sido debido la defensa de esa costumbre, pero quizá no sea demasiado tarde: era una íntima felicidad acompañar a mis papás al mandado cada domingo sangriento, por lejos que estuvieran de mi alcance las razones que pudiera oponer a la sorna de mis amigos.

      Tiene pésima fama, me temo, la rutina del supermercado. Sé de muchos que, tras descubrir en la pandemia que era posible ahorrársela haciendo la compra en línea, seis años después serían ya incapaces de proponerse el viaje y el recorrido por los pasillos y la cola en las cajas y la cargada de las bolsas. Apenas hubo autorización para arriesgar la vida, la primera temeraria y dichosa salida que hice fue al Chedraui de Plaza México. En el terror domado con cubrebocas y termómetros y tapetes desinfectantes y pisos marcados para guardar la sana distancia pude empezar a confiar en que la marcha del universo llegaría a restablecerse. Ese Chedraui es el que seguimos prefiriendo, aunque tampoco le hacemos el feo al Fresko de Plaza Sania o al Walmart de Niño Obrero —que nos quedan más lejos: no es un asunto de distancias, pero tampoco podría argumentar por qué elegimos cuál en cada ocasión.

      En favor de ir al súper puede aducirse la económica y grosera admisión de un privilegio: basta pensar en los millones que no pueden permitírselo. Pero mi celebración de esa posibilidad querría dejar a un lado ese género de consideraciones —aun cuando reconozco en cada ocasión que es una suerte: que no hay guerra, que no hay escasez, que no hay epidemia, que tenemos siquiera el importe de la despensa de esta semana— y concentrarse en la intuición de que en la verificación de las rutinas en apariencia destinadas a perderse en lo indistinto es donde mejor cabe constatar cómo seguimos vivos, al menos medianamente funcionales, y con suerte disponibles para la ocurrencia del prodigio o la maravilla. Sospecho que al ir al súper es cuando más cerca estoy de saber qué soy y para qué sirvo.  

J. I. Carranza

Mural, 27 de septiembre de 2026.