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Percepción

Sus habitantes vemos a Guadalajara como una ciudad insegura. Dicho de otra forma: quienes vivimos aquí tememos que algo malo nos pase. La mayor parte del tiempo. Donde sea. Sabemos que corremos peligro por el solo hecho de hacer, aquí, lo que sea que hagamos. 

      (Pienso, por ejemplo, en las personas que, todas las mañanas de los días hábiles, poco antes de las siete, esperan para cruzar la avenida López Mateos en el punto en que ésta pasa de largo la Plaza Millenium y corre contra el contraflujo hacia el sur, el Sol ya elevándose cada vez con más impaciencia o saña, maldito López Obrador que nos quitó una hora más de frescura al suprimir el Horario de Verano. Vienen, esas personas, de bajar del camión que las dejó en Mariano Otero, están en el vértice del terreno del Holiday Inn —no sé si todavía se llame así—, se dirigen hacia sus lugares de trabajo o de estudio que están del otro lado de la avenida, en esa manzana extraña donde hay lo mismo una universidad privada que el Teatro Galerías, el Hogar Cabañas y una placita comercial donde dan clases de box y hay un negocio de tatuajes y venden pizza; en esa manzana y en los alrededores. Serán, acaso, veinte personas, o treinta, algo más, algo menos. Muchas traen mochilas —y en ellas vendrá acaso la lonchera para el momento en que haya que hacer una pausa y comer y seguirle luego—; muchas van viendo el celular, o bostezan, y traen también prisa, imagino, pues me figuro que miran con irritación o ansiedad hacia el punto desde el que me aproximo a ellas, como diciéndome “Ya, muévete, termina de pasar, deténganse ya los coches, necesito cruzar, necesito llegar ya, voy tarde”. Imagino también que el camión en que venían venía de lejos, que lejos lo tomaron, cuando aún el sañudo Sol no se despertaba. Y que acaso alcanzaron a dar una cabeceada en el trayecto. Y por último imagino que esas vidas a la espera del semáforo en rojo son las mismas siempre, aunque las personas que ya, ahora sí, cruzan —las veo por el retrovisor, ya me alejo, ya van en friega—, no sean las mismas).

      Entre 91 ciudades mexicanas, Guadalajara puede aún felicitarse de no ser Irapuato. Pero solamente. Pues son poco más de 92 entre cada cien irapuatenses quienes se sienten inseguros, mientras que los tapatíos somos poco más de 90 de cada cien. En San Pedro Garza García, Nuevo León, casi 95 por ciento de los sampetrinos (¿así se dice?) se sienten seguros de vivir ahí. ¿Qué se sentirá?

      (Una connotada periodista y su asimismo connotado colaborador comentan, en un noticiero radiofónico matutino, estos resultados arrojados por la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI. Los oigo cuando ya llegué a mi lugar de trabajo, luego de haberme cruzado, a la altura de Las Águilas, con un breve convoy fuertemente artillado de la Guardia Nacional, como ocurre siempre en mi camino de todos los días: soldados del Ejército apostados en un cruce de Chapalita, patrullas municipales, estatales, federales y siderales yendo de acá para allá, a veces con calma, a veces no, a veces con códigos encendidos, a veces como les da la gana. Oigo, pues, a los connotados periodistas de la no menos insigne emisora, desde luego capitalina, que se preguntan con asombro: «¿Pues qué estará pasando en Guadalajara, que creció tanto la percepción de inseguridad entre la ciudadanía?». Quieren decir, con «tanto», que el año pasado apenas eran 78 tapatíos los azarados. Y ni por aquí les pasa, ejemplares centralistas que son, lo que ocurrió en Guadalajara apenas el 22 de febrero pasado, cuando la ciudad entera fue puesta de rodillas con una pistola en la cabeza y pobre de ella si hablaba).

      Y qué sentirán, me pregunto, o cómo o dónde están los casi diez tapatíos de cada cien que andan tan campantes, a gusto, tranquilos, sin pendiente de que los roben, los desaparezcan, los maten o algo les pase a los suyos. Cómo le hacen. Supongo que nunca les ha pasado nada —qué bueno—, pero también sospecho que, por alguna razón, no levantan la cabeza para darse cuenta de dónde están y qué está pasando aquí.

      (Mientras todas aquellas personas de hace tres párrafos estuvieron trabajando, para volver en la tarde o acaso hasta la noche a hacer el mismo camino de regreso: vuelta a esperar el semáforo, rumbo a la parada del camión que las llevará otra vez lejos, y que vendrá ya lleno —si viene—; mientras hacían, y como ellas otros millón y medio de tapatíos hacíamos, lo que hay que hacer, por ejemplo estudiar, trabajar, no chingarse a los demás, malabarear para que la quincena alcance, cuidarnos y cuidar nuestras cositas, agarrar fuerzas de quién sabe dónde para volver a trabajar al día siguiente; mientras nuestra insegura existencia transcurría, en fin, como todos los días, el gobernador de Jalisco bailaba y sonreía y payaseaba, y la alcaldesa de Guadalajara daba curso a su intensa actividad como presunta pero fallida influencercolgándose del brazo de alguna estrella mediana de la farándula, mientras su gobierno no es bueno ni siquiera para levantar los cerros de basura que amanecen todos los días en la colonia más cool de la galaxia, no digamos en las zonas más marginadas. Etcétera).

      Como muchos tapatíos de mi rodada, yo recuerdo un tiempo en que sí, podíamos sentir miedo, pero también podíamos tenerlo a raya. A lo mejor se trató de un sueño. 

J. I. Carranza

Mural, 26 de abril de 2026.

Santa semana

El lunes quisimos pasar la mañana en un café de la colonia más cool de la galaxia. Puesto que han brotado ahí miles en los últimos años, las probabilidades de dar con alguno que valga la pena no deben de ser ínfimas, aunque ciertamente conviene precaverse contra los establecimientos que confunden la originalidad con servirte un café sabor lodo, caro y como si estuvieran haciéndote un favor. Queríamos un lugar fresco, sin música y sin moscas, básicamente. Pero eso tan sencillo fue imposible encontrarlo porque también imposible fue hallar estacionamiento —nos amedrentaba, además, la fama de cristalazos cool que tiene esa colonia—. Al fin, la naturaleza decidió por nosotros: el aguacero con granizo que se desató de la nada nos persuadió de arrejolarnos en el primer Starbucks (con estacionamiento) que nos salió al paso.

      El martes nos lanzamos al Museo de las Artes de la UdeG. En principio, a ver la exposición que traza los entendimientos entre las obras de Orozco y Eisenstein. Breve pero sustanciosa, y ya por eso la visita valió la pena. Vimos también la que se titula Doncella – Madre – Sabia. La mujer en la Colección Grodman, que está más o menos. Pero ya no nos asomamos al recién donado Acervo Raúl Padilla López: en otra ocasión será. (He recordado, estos días, cómo me enteré de la muerte del “cacique bueno” cuando hace tres años estábamos en un concierto de la Filarmónica y en el intermedio tuve la mala ocurrencia de echarle un ojo al celular, donde los chats estaban al rojo vivo con la noticia. Ya no supe ni qué tocó la orquesta en la segunda mitad). Al salir del museo, la curiosidad nos condujo al Parque de la Revolución, a ver cómo quedó. Pero antes nos metimos a conocer la casa que Barragán construyó para Emiliano Robles León, en la calle de Marcos Castellanos, donde ahora hay un cafecito y, felizmente, mucha vida —que es lo que habría que procurar siempre con las edificaciones patrimoniales que acaba derruyendo el abandono: hallar la forma de devolverles la vida—. Es una inesperada maravilla. En cuanto al parque, quedó bien, creo. Es decir, quedó más o menos como estaba, con algunas manitas de pintura, con las fuentes funcionando (un par de días después volvimos a pasar y ya estaban apagadas), con las áreas verdes bien dispuestas… Yo diría —pero yo qué voy a saber— que el trabajo hecho bien pudo haber estado listo en tres semanas, o pongamos que cuatro. No en un año. Acaso lo más notorio está en el área de juegos infantiles, así como en el revestimiento con mosaicos de las cajas infames de la estación Juárez del Tren Ligero —una de las pocas cosas que jamás deberíamos perdonarle a Fernando González Gortázar—. No les entiendo a esos trazos verdes sobre blanco, pero tampoco se me hacen feos. Lo que sí me molestó fue que movieran a Carranza y a Madero de donde estaban y que, en lugar de las letras que sobriamente los nombraban, les pusieran unas placas horribles: ahí se ve que no hallaban qué más hacerle al parque. Estaba todo lleno de policías; ya mejor que hagan un cuartel ahí. Y hay ratas: una, gigantesca, se nos atravesó en los senderitos; otra estaba muerta en un prado y apestaba. Fuimos luego a comprar empanadas en el Pan Danés y nos las comimos afuera del Templo del Carmen (de pie, las bancas del jardín olían todas a meados), y antes pasamos por la librería de viejo de José Barba, en López Cotilla, entre Donato Guerra y Ocampo: muy bien puesta y ordenada, con precios razonables y no pocas tentaciones y rarezas.

      El miércoles fuimos a Zapopan: queríamos conocer la extensión del Museo de Arte de Zapopan, Estación MAZ, y nos tocó la suerte de hallar ahí la exposición Mare Pacificum, de Yukinori Yanagi, que es muy impresionante. Cómo se nota cuando un artista tiene algo importante que decir, y no nangueras. En el MAZ vimos también la colectiva Tremulaciones (arbitraria y gratuita y ociosa, desde mi muy ignorante punto de vista). Y luego entramos a la Basílica, que estaba previsiblemente llena y que sigue siendo uno de los mejores puntos para comprender la sensibilidad de esta sociedad. Hacía un solazo loco.

      El jueves nos esperamos a que cayera el sol, justamente, para visitar las Siete Casas. Pero nomás fuimos a tres: Catedral, a reventar proque era la hora de la misa del Cardenal, y Aranzazú y San Francisco. Lo que se ve esos días en el centro, creo yo, es lo que más debería contar para entender qué es el espacio público y cómo lo usa la gente. (Caí en la cuenta de esto: aunque en los días santos vayamos cientos de miles de tapatíos al centro, jamás me encuentro a nadie conocido. Algo ha de significar, no sé qué). Más empanadas, cómo de que no. De atún, de rajas, de champiñones y de crema, recién salidas del horno.

      Y el viernes peregrinamos a otra finca de Barragán, la llamada Casa Rosa, que construyó en 1952 para el licenciado José Arriola Adame en Chapalita y que actualmente está siendo rehabilitada para empezar a funcionar como centro cultural. Un prodigio. Ojalá que esa iniciativa prospere del mejor modo. Luego nos quedamos en la terraza de un café para leer y estar.

      Ayer tocó que se abriera la Gloria en un bufet libanés con los amigos. Y hoy hay que salir a celebrar la Pascua con una caminata de ida y vuelta a la Minerva. Con suerte, habrá un tejuinero que nos salga al paso. Nos lo hemos ganado como buenos tapatíos. 

J. I. Carranza

Mural, 5 de abril de 2026.

Distinta

Guadalajara es una ciudad disfuncional. Tiene sus gracias, desde luego, sus encantos: lugares, edificios, paisajes, momentos, modos de ser. Pero, acaso como una medida de supervivencia, a menudo nos da por celebrarlos más de la cuenta, no sólo para presumirlos sino sobre todo como queriendo convencernos de su valía. Es curioso, por cierto, que la canción de Pepe Guízar muy pronto deje de hablar de Guadalajara para ir retirándose, primero, a los Colomos, y luego para largase a Zapopan, a Tlaquepaque y al fin llegar a Chapala: da la impresión de que el compositor empezó muy entusiasta, con enjundiosas fanfarrias, pero enseguida se percató de que era poco lo que tenía que decir, así que recurrió a los parajes más confiables, que además de estar por fuera de la ciudad sugerían que lo que ésta pudiera conservar de apreciable eran las reminiscencias bucólicas o campiranas que aún le quedaban. (Más leal con la realidad terminó siendo “La Tapatía”, de El Personal, que da cuenta de muy concretos rasgos y placeres en el recorrido que va de la Vieja Central a San Juan de Dios por la Calzada, luego al Cabañas, a Catedral, y por Juárez “rumbo al Cine Variedades”, para terminar en una cenaduría donde esperaba lo mejor: “¿Sabes qué quisiera, mijo? / Que antes de que yo me vaya / cómprame una jericalla”).

         Nos aferramos, pues, a las contadas bellezas que Guadalajara posibilita experimentar, pero es algo que siempre tenemos que estar proponiéndonos, recordándolo, pues se diría que el comportamiento más natural de la ciudad con quienes la poblamos es por lo general hostil, cuando no sañudo —cuando no cruel, cuando no letal—. No es solamente que nuestras ilusiones o nuestras querencias le resulten indiferentes, sino que parece proponerse dificultarnos la existencia de formas casi constitutivas de la idiosincrasia tapatía. Quiero decir, con esto, que vivir aquí representa, para la mayor parte de la población la mayor parte del tiempo, y sin esperanzas fundadas de que pueda ser distinto, una constante chinga, para decirlo con toda precisión. Y, no obstante, es como si tantísima gente que batalla todos los días para sobrevivir estuviera resignada o hecha a la idea de que así son las cosas en este Valle de Lágrimas de Atemajac. Veo, por ejemplo, en un noticiero televisivo local que en una colonia popular hay un socavón que lleva más de un año, que bloquea toda una calle, que ninguna autoridad ha tenido intenciones de arreglar y al que ya incluso le crecieron unas matas que amenazan con convertirse en arbolitos. El reportero fue ahí porque un viejito se cayó en la noche y se rompió una pata. Pero los vecinos a los que les pide testimonio sólo mueven la cabeza, se alzan de hombros; los niños brincan por encima del socavón, hay una camioneta estacionada toda chueca a un lado, la vida va y viene rodeándolo, y cuando le acercan el micrófono una señora nomás se ríe, como diciendo: “Pos ya ve”. 

         Casi sobra decir que, en buena medida, esta perpetuación de la disfuncionalidad es culpa de sucesivos gobiernos que, desde los tiempos de Beatriz Hernández, han aportado su cuota de desinterés, negligencia e ineptitud —además del gusto por medrar que se activa en todo político apenas asume el puesto—. La calidad de los servicios básicos es apenas la suficiente para que no todo colapse al mismo tiempo, sino en pedacitos y de manera sostenida a lo largo de los siglos, y ni siquiera cuando hemos presenciado y padecido catástrofes mayúsculas y por completo evitables (las inundaciones de cada año, por ejemplo) los tapatíos hemos sabido indignarnos y enfurecernos como corresponde. ¿Cuál habrá sido el último gobernante que corrimos?  

         Y casi sobra ponerse a hacer el recuento de los ejemplos que envilecen la vivencia de lo cotidiano: si pensamos solamente en las pésimas condiciones de movilidad y cómo vuelven torturante la necesidad de tantísima gente, como sea que se mueva y para donde quiera que vaya, o si reparamos en el agua puerca con que tantas colonias tienen que arreglárselas (y ahí hay una responsabilidad criminal que, creo, nadie está teniendo los arrestos de señalar), no acabaríamos con ese recuento. Y eso sin sumar los peligros que todos los días representa el solo hecho de ir por la calle (quedar en medio de una balacera, pongamos), o la incuria generalizada por la que incontables zonas de la ciudad van quedando en un abandono siniestro, o por la que la basura y el ruido y la inmundicia prosperan sin que ello parezca resultarle verdaderamente alarmante a nadie…

         A menudo, luego de recorrer un buen trecho de la Vía RecreActiva, voy a tomarme un refresco al jardín de Orozco, frente a su estatua sedente y a unos pasos de la que fuera su casa taller. Son momentos ciertamente muy gratos, a la sombra de los árboles que hay ahí (está por reventar en todo su esplendor el tabachín, por cierto: hay que ponerse atentos), en la inesperada frescura y el agradecible silencio que propicia la ausencia de coches, y mientras la  gente alrededor baila, anda en bici, pasea. Y me felicito entonces de ser tapatío y de vivir aquí. Pero pronto la ficción se disipa: me levanto, busco un basurero para tirar mi envase vacío, y veo que está repleto y rebosante y que todo a su alrededor es imperdonable e injustificablemente inmundo, y no parece que pueda ser distinto. 

J. I. Carranza

Mural, 22 de marzo de 2026.

Un palacio

Lo veía desde la ventana de mi salón, en la primaria, a una manzana de distancia, y pese a su fealdad lo encontraba entrañable. Casi medio siglo después identifico en esas visiones un motivo de añoranza: en el aburrimiento de las clases, conforme se adensaba el sopor del mediodía, en las ventanas de los tres o cuatro pisos del Colegio José Sarto, sobre la calle Guillermo Prieto, se dibujaba hacia el inmediato sur la silueta algo fantasiosa de un robot hierático y absurdo, gigantesco, como un inverosímil guardián o vigilante, o como una deidad pagana, imperturbable bajo el sol y en el azul desvaído o blanquecino del cielo. Desde mi pupitre, y sólo por alejarme lo más posible de lo que ocurriera en mi cuaderno o en el pizarrón, miraba largos ratos esa figura consistente en un tórax excesivo y estriado coronado por un breve cuello y una cabeza cuadrangular sobre la que se alzaba una antena, y al tiempo que miraba imaginaba también los alrededores de eso, y lo que significaban. Un paisaje nos importa por lo que hace posible. En mi caso, el Palacio Federal representaba el momento supremo de la libertad, a la salida del colegio, cuando pudiera ir hasta el jardín del Santuario, seguramente con mi amigo Ramón Cruz; comprarnos unas bolsitas de cañas y luego ir a comérnoslas en la amplia escalinata del edificio, sobre Alcalde, antes de atravesar la avenida para tomar el camión —yo me bajaba en Aranzazú, Ramón iba hasta Miravalle.

      Por sus dimensiones y sus formas, por sus materiales y, sobre todo, por sus propósitos, el Palacio Federal en Guadalajara ha recordado siempre la arquitectura soviética, brutalista, orientada a materializar las relaciones tortuosas que los ciudadanos sostenemos con el Estado. Es, qué duda cabe, un edificio espantoso, que infama el entorno y sofoca con su peso y su falta de gracia la belleza que difícilmente proponen el Santuario de Guadalupe y el jardín vecino —éste, además, despojado de árboles cuando se abrió el Paseo Alcalde y la zona quedó aún más desolada de lo que ya estaba—. Erigido cuando aún no había motivos para que el PRI dudara de su eternidad, en el sexenio de Medina Ascencio, más de cincuenta años después el edificio sigue estando tan negado para incorporarse a la afectividad colectiva que es difícil localizar información fiable sobre sus orígenes y sus responsables. Apenas he dado con una foto de El Informador, de 1969, en la que se ve al arquitecto Juan Martínez de Velasco mostrándole la maqueta al alcalde tapatío Efraín Urzúa Macías y al propio Medina Ascencio. Al parecer, a Martínez de Velasco se le encargó en la Ciudad de México el edificio que se erigiría aquí, tal como se levantaron otros en otras ciudades, con el fin de concentrar a las dependencias federales, en una especie de descentralización centralizada. Y, por lo que me he hallado, de Martínez de Velasco se recuerda sobre todo su participación en la construcción de la Biblioteca Central en la Ciudad Universitaria, en México, y poco más.

      No recuerdo haber vuelto desde la última bolsita de cañas. La escalinata es hoy inaccesible por una reja odiosa que le impusieron —la entrada es ahora por Liceo— y que volvió inservibles las fuentes, aunque no recuerdo haberlas visto funcionando nunca. Descascarado y vuelto a pintar y descascarado otra vez, el edificio exhibe un deterioro y un descuido que, de modo inverosímil, acentúan su fealdad. Huele a drenaje por todos lados. Y es, al mismo tiempo, un buen vestigio de las defraudadas pretensiones de eternidad del PRI y de la perversidad con que la 4T (el PRI de hoy) ha moldeado el trato que el Estado da a los ciudadanos, sometiéndolos a trámites inútiles y estúpidos, al desprecio por la dignidad de las personas, a la mugre y a la malhechura y al sinsentido.

      Por ejemplo con lo que ocurre en las oficinas, ahí, del Instituto Nacional de Migración, donde todavía están las grandes mesas de mármol que se extienden en lo que alguna vez fue Telégrafos. El lugar opera de modo tan perfectamente caótico que parece a propósito. Uno se registra dos veces (fecha, hora, nombre, oficina que se visita, asunto, firma), le piden que deje una identificación, le dan una ficha numerada para que se cuelgue del pescuezo, y sin embargo ese número no funciona como turno, pues entonces se descubre que uno está a merced de los guardias de seguridad privada que organizan a la gente —según ellos—, dan indicaciones e informes y, sobre todo, vigilan que nadie use el celular. (Le pregunté a uno por qué y me dijo: “Es que la gente se distrae”). Trámites que podrían hacerse en línea y que, sin embargo, se exige que sean presenciales y duran horas. (“Soy la máxima autoridad aquí”, me dijo el mismo guardia, cuando le saqué plática para no aburrirme y descubrí que estaba perfectamente loco; también me dijo que los registros se llenan nomás para que queden llenos, y nadie sabe para qué sirven). Cuando al fin me pasaron, supe que me había hecho falta un maldito papel, así que salí corriendo a un local de fotocopias vecino, volví, me sellaron todo y salí de nuevo, espero que para no volver jamás. Y, aunque todo el personal es ciertamente amable (incluido el loco), nada de todo eso debería existir.

            ¿Y el Palacio Federal? Ojalá algún día lo demuelan y no quede rastro suyo, aunque estoy seguro de que muchos lo podremos extrañar.  

J. I. Carranza

Mural, 15 de marzo de 2026.

Opiniones

Lo único menos importante que nuestro juicio son nuestras expectativas de que la realidad lo tenga en cuenta. Por ejemplo: tengo el mal hábito de consignar en Google Maps mis experiencias como usuario o consumidor en los lugares que visito. Acaso porque en el fondo alienta en su algoritmo una voluntad democrática básica, y entonces se abre como un foro para conocer experiencias ajenas, expresar las propias y afinar al fin el propio criterio, la app me insta a decirle qué pienso de la cremería de la que acabo de salir, cómo me la pasé en la peluquería donde acaban de tusarme o qué me parecieron los precios en la ferretería donde compré un destapacaños. Me dice, la app, que mi opinión es muy importante, y que al soltarla estaré ayudando a mis prójimos a tomar mejores decisiones —cuando lo cierto es que consultar las opiniones ajenas me ha servido sólo para reprocharme por no haberles hecho caso a tiempo—. Y yo le creo y allá voy, a teclear con más primor del necesario mi parecer y mi sentir, que a la postre irán viéndose recompensados con la curiosidad de otros usuarios y acaso con el corazoncito que alguno tenga a bien obsequiarme. 

      En realidad, como casi todo lo que se refiere a nuestras vanidosas ilusiones, detrás de las intenciones del algoritmo (trátese de que pretenda realmente ser útil, o de que busque ante todo una mayor rentabilidad gracias al tráfico de opinadores vanidosos e ilusos como yo), está en juego la falacia conocida como “petición de principio”, por la cual aquella afirmación de que mi opinión importa no se funda más que en sí misma, pues ni soy quién para decir nada acerca de nada, ni en el mar infinito de voces que quieren hacerse oír existe razón alguna para que la mía cuente más. ¿Por qué importa mi opinión? Porque las opiniones son importantes. Y de ahí no vamos a salir. (Podríamos salir, claro, empezando por razonar que, si bien todo mundo tiene derecho a pensar lo que quiera, no toda opinión es por ello admisible. Pero eso nos desviaría del rumbo que hoy interesa: ya será en otra ocasión). Y, por otro lado, está el hecho de que es pedir un imposible que alguien forje un veredicto imparcial y sereno, que lo cimente en argumentos y razones y además lo urda con claridad, al menos, cuando no con inspiración y alturas, con lealtad a la verdad y con ánimo de mejorar la realidad, tras salir de la farmacia adonde pasó por desenfrioles, papel higiénico y huevo.   

      No obstante lo anterior, debo reconocer que encuentro algún deleite en esas elaboraciones. A veces con esmero y detalle, por lo general con excesivos rencor o gratitud, según sea el caso, acabo reincidiendo, y no sin cierto orgullo veo las decenas de veces que alguien ha conocido mi recomendación de un puesto de periódicos, la celebración alocada que me consentí alguna vez hacer de una tejuinería o las estrellitas laudatorias que le puse a una terminal de autobuses. Pero también he experimentado el inservible alivio del desquite, por ejemplo cuando me quejé amargamente de un taller autoeléctrico en el que caí por creer las opiniones de quienes habían quedado satisfechos. Hablaban, esas falaces estrellitas, del buen trato, de los precios razonables, de lo atinado de los diagnósticos y de las soluciones. Y resultó todo lo contrario: malmodosos, careros, malquedados y malhechos, me entretuvieron el coche cinco días sin hallar qué tenía, me lo regresaron todo marrano y más descompuesto. Y me torcieron la jeta cuando al fin fui por él —de todo lo cual di cuenta en mi enrabiada opinión, y cada que paso por ahí me anima imaginar cuántos clientes habré logrado espantarle a ese taller malhadado… pero veo siempre que sigue teniendo un montón de coches, así que mi media estrellita de nada sirvió.

      Se trata poco, creo, pero un efecto subrepticio de la gentrificación es el empeoramiento del servicio en restaurantes, cafés y similares. Entre las ganas tontas de innovar (y luego todos los negocios acaban pareciéndose por eso) y la mera altanería que acaso deriva de su convicción (infundada) de ser excepcionales y mejores, proliferan con ganas los locales donde está perdida por completo la observancia de lo básico y, en cambio, quieren imponerte sus ideas dudosas de lo que más te conviene disfrutar. Es fácil reconocerlos: sus nombres incluyen a menudo etiquetas como “de autor”, “de especialidad”, “artesanal”, “de barrio”, o bien riman con “mamonería”; las sillas son desiguales, las mesas están como sacadas de un cuarto de tiliches, las paredes descarapeladas o con salitre les parecen exquisitas, se jactan de ofrecer pan hecho “de masa madre”, las tazas no tienen orejas, las cucharas las ponen en un pocillo de peltre abollado. Y no venden chocomil: si tienes la mala suerte de ser una niña normal, vas a tener que conformarte con un brebaje amargoso pero ancestral. El café sabe a tierra, los frijoles son de lata, los menús están sujetos a unas tablitas pringosas. Y los meseros te hacen sentir que están haciéndote un favor, tienes que levantar tus propios platos sucios, etcétera.

      No sé si, como sociedad, algún día nos hartaremos de eso. O si, quienes no nos acomodamos a este empeoramiento de la experiencia, ya más bien vamos siendo desalojados y dejamos de contar. De manera que no nos queda sino ir a protestar en Google Maps, como si de algo sirviera. 

J. I. Carranza

Mural, 8 de marzo de 2026.

Silencio

Los muertos son siempre demasiados. Uno solo es demasiado. Las vidas suprimidas de otras formas, por ejemplo con lesiones incapacitantes, o bien haciendo desaparecer a alguien, son siempre demasiadas también. (En rigor, habría que distinguir entre “desaparición forzada” —la que corre por cuenta del Estado— y “privación ilegal de la libertad” —atribuible al crimen, organizado o no… y ya estamos viendo lo bien organizado que está—; sin embargo, no parece un completo disparate aducir aquiescencia del Estado mexicano en la perpetración de esas privaciones, ya sea por ineptitud o por connivencia, de manera que la distinción significa poco en una realidad como la nuestra). Cada una de esas vidas, además, va siendo amputada de otras muchas que la rodean y que han de proseguir como puedan, mientras puedan.

      Sin embargo, la demasía incesante de vidas clausuradas, de modos crueles y dolorosos por lo general (y dolorosos y crueles siempre para los sobrevivientes), va volviéndose más invisible conforme crece y lo cubre todo. Acaso sea que la ceguera impide percibir cómo se adensa la oscuridad de la noche, o quizás es que hace mucho tiempo se atrofió de modo irreversible nuestra capacidad de comprender la desmesura del mal y de su locura. Los cuerpos que desbordan las morgues, los que infaman la tierra a la espera de que un grupo de madres dé con ellos, las pedaceras de cuerpos en bolsas tiradas en cualquier rincón de cada día, los cuerpos esfumados o disueltos o cuyo recuerdo irá desvaneciéndose como suposiciones cada vez más débiles, los cuerpos detrás de las cifras cada vez más carentes de sentido y los que harán crecer esas cifras mañana, y pasado mañana, suman cantidades cada vez menos útiles para hacerse una idea de lo que es esto. 

      Y por ello, por ejemplo, da la impresión de que es más sencillo dimensionar lo ocurrido el domingo pasado asomándose a los estragos materiales: los locales y vehículos incendiados y las pérdidas millonarias que dejaron, el perjuicio directo para sus propietarios, las interrupciones en la circulación de mercancías, los esfuerzos que habrá que hacer para la recuperación y, aun con esos esfuerzos, las repercusiones del estallido para la continuación de la vida económica del país. Que es, por lo visto, la que más importa: un bebé en llamas o una joven madre asesinada han dado menos de qué hablar que el temor de que se cancele el Mundial. Dicho de otra forma: a los muertos, civiles o no, que los lloren los suyos; el miedo y la zozobra experimentados por la población no hay más que dejarlos pronto atrás y guardarlos para la siguiente ocasión de usarlos. A ocuparse de otras cosas. Es asombroso qué bien se nos da rearmar la “normalidad” cada que revienta. Atravesamos la angustia y la incertidumbre como se atraviesa una lluvia, como si no hubiera más que tramitar el hecho de que la lluvia hace lo que hace la lluvia, y uno se moja y a veces cae un rayo y alguna vez crece un río o una avenida o una colonia se inundan. Y luego sale el sol. Nomás que las lluvias de balas y fuego no tendrían por qué parecernos normales. En otros países las llaman guerra.

      Muchos podremos estar de acuerdo en que el 22 de febrero, en muchos lugares, tuvo que ser un domingo distinto, es decir, como por lo general son los domingos, por distintos que puedan ser para cada quien. De súbito, y temprano, pudimos temer que no iba a verificarse la estable sucesividad de lo previsible: cundían las noticias, verdaderas y falsas (otra distinción inútil, pienso: el terror no repara en sutilezas, y las noticias verdaderas parecían inverosímiles y, viceversa, las falsas eran perfectamente creíbles), y supimos que convenía resguardarse, moverse lo menos posible, seguir informándose. De algún modo, ese encierro repentino y el desasosiego que traía consigo fueron como una condensación, en cuestión de horas, de lo experimentado en la pandemia. Se suspendió lo que se pudo —imbécilmente, el gobierno estatal en Jalisco paró de golpe todo el transporte público, de forma que la gente no tuvo manera de regresar a sus casas—, nos avinimos a conectarnos con quienes no teníamos al lado. Y esperamos. El silencio que se desplomó sobre Guadalajara, del mediodía en adelante, y hasta la mañana del martes, era ensordecedor.

      Y pudimos saber, entre otras cosas, qué valiosa es la ocurrencia de lo invariable, y de qué modo las existencias de muchos se ajustan sin cuestionarla a esa confianza de que pasará lo que tendría que pasar: cuando nos dimos cuenta de que la alacena o el refri estaban vacíos, y con todo cerrado, ¿cómo nos íbamos a aprovisionar? Tal vez por culpa de la literatura o del cine, y en todo caso de la imaginación, la excepcionalidad y la aventura tienen más prestigio que la rutina y que las inadvertidas materializaciones de lo cotidiano. Habrá que emprender la ponderación objetiva de lo consabido —y, yo diría, su elogio entusiasta—. El acontecimiento de lo mismo como la opción siempre preferible a la matanza y el saqueo y el incendio.

      Lo he recordado alguna vez aquí: cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Kafka anotó en su diario: “Alemania le declaró la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación”. Un sabio sentido de la prescindencia: dar la espalda al mundo, que no nos ha tenido en cuenta para reventar. Quién fuera como Kafka. 

J. I. Carranza

Mural, 1 de marzo de 2026.

De colores

Cuando se dispuso que los taxis en Jalisco fueran blancos con amarillo, en 2018, se pretextó que ello ayudaría a combatir la piratería. Nunca quedó claro cómo ni por qué, y más bien pareció que era una arbitrariedad burocrática. O estética. Alguien llegó con la ocurrencia y alguien más la autorizó. No está claro que hayamos ganado nada con el cambio. Fue una de las últimas dagas de la administración de Aristóteles Sandoval. Además de eso de la piratería, se adujo que así se buscaba modernizar las flotillas —como si no pudiera haber coches nuevos con los colores viejitos, y viceversa— y también aseguraron que habría taxis ecológicos, blanco con verde, lo cual desde luego fue mentira. Lo triste es que esa imposición no pareció inconformar a nadie, o no tanto como para oponerse decididamente, y pronto fue quedando erradicada del paisaje la combinación de azul y amarillo con que los taxis recordaban los colores de las torres de Catedral.

      Acaso las mutaciones cromáticas, más que desencadenar problemas demasiado graves para la existencia y el funcionamiento de la ciudad, sean signos de nuestras pretensiones y nuestras suposiciones, y delaten por tanto nuestros modos de entender la vida en Guadalajara. Y esos modos sí que pueden ser problemas menores o mayores. Por ejemplo, el color de las banquetas. Durante tanto tiempo como para volverse emblemática, la combinación del rojo y el blanco predominaba en muchas calles del centro y de los barrios más tradicionales, así como en colonias que iban expandiendo en todas direcciones una extensión urbana caminable, más manejable que la que nos contiene hoy en día. A veces el blanco se trocaba por un amarillo claro, sobre todo hacia el oriente, pero en general la cuadrícula bicolor estaba tan incorporada a nuestra forma de ser como ciertos sabores, olores, texturas y sonidos inconfundibles y confiables: como las pitayas de las Nueve Esquinas, como los efluvios de la Aceitera, como el agua del Parque Alcalde o como el pitido del carrito de los camotes en las esquinas de la noche. De pronto, quién sabe si porque dejó de importarle a nadie, las banquetas tapatías ya no quisieron seguir poniéndose esos colores. En su lugar empezó a predominar el vil cemento sin gracia alguna, y tampoco pareció que lo lamentáramos demasiado. (Hay que decir que los cuadritos rojiblancos se han vuelto ahora un emblema de la gentrificación, pues solamente los ponen quienes pretenden el revival nostálgico de una Guadalajara que ya no existe, por ejemplo afuera de restaurantes o cafés hípsters. Y caen muy gordos).

      ¿Qué significa, entonces, esa mutación? Que perdimos cuidado por preservar una seña de identidad, y que de haber hecho lo contrario tal vez habríamos conseguido mantener en las calles tapatías una imagen más digna que la que hoy tenemos. Las banquetas feas de cemento no parece que merezcan ser barridas ni lavadas, ni reparadas cuando se rompen. Y así van destruyéndose y volviéndose más peligrosas y estando cada vez más sucias. (Aprovechando: los alardes de limpieza y embellecimiento de la ciudad que hace la alcaldesa Verónica Delgadillo son cada vez más infundados y enojosos: cómo se ve que nunca da dos pasos más allá de los posts de sus redes sociales, y no ve las cantidades de basura y mugre y pestilencia que hay por todos lados).

      Hasta que el gobierno de Enrique Álvarez del Castillo se propuso poner orden en las rutas de camiones en Guadalajara —y desde entonces sólo hemos ido de fracaso en fracaso—, nos manejábamos medianamente bien con los sencillos principios de una organización por rumbos y colores. Pintados sus fuselajes con anchas franjas, lo mismo que sus defensas, los camiones servían así a una población en la que aún era muy probable que mucha gente no supiera leer, pero además imprimían una variada alegría a la escenografía de lo cotidiano. Los amarillos iban hacia Miravalle, los violetas hacia San Pedro, los verdes hacia el Colli, los azul marino hacia el Baratillo, los rojos… ¿A dónde iban los rojos? ¿Y de qué color era el eje Oblatos-Colonias? Esta organización ejemplar daba cabida a los camiones chatos del SUTAJ, de un opaco beige (los coloridos eran de la Alianza de Camioneros), cuyas rutas estaban numeradas del 100 en adelante (el 100 y el 101 cruzaban desde Zapopan hasta San Pedro), y luego hubo que hacer espacio a los de Servicios y Transportes, beige con naranja (como el 275, que acaso fue el primero que empezó a tener letras para indicar las variaciones de sus derroteros), y al fin al arcoíris de los trolebuses y las combis de Sistecozome… Hoy, con la mayor parte de los camiones repartidos entre el rojo y el verde, la ciudad es más impaciente consigo misma, o neurótica o rabiosa, y no parece tener ya calma para proponerse jugar como lo hacía antes. Si volviéramos a un principio de ordenación cromática del transporte colectivo, ¿no recuperaríamos algo de la sensatez perdida?

      «El Pájaro» de Goeritz dejó de ser amarillo como los taxis (sí, volvió a su color original, pero es horrible). Afortunadamente no ha pasado lo mismo con las esculturas de González Gortázar en el Parque González Gallo y en Jardines Alcalde. Etcétera. Por imperceptibles que puedan ser estos cambios, el hecho es que alteran también la memoria que tenemos de la ciudad, y acaso así ésta se nos vaya desfigurando o borrando, irremediablemente. 

J. I. Carranza

Mural, 8 de febrero de 2026.

¿Exterminio?

Era enero, justamente. En 1989. Hacía tres años del Mundial y faltaban otros tres para las explosiones del Sector Reforma. Estaba por inaugurarse la línea 1 del Tren Ligero. La Guadalajara de ese momento no nos parecería irreconocible, pero sí sumamente distinta. Tenía otras dimensiones, aún no se había dejado arrebatar por los delirios de grandeza que le han hecho crecer racimos de torres inservibles por todos sus rumbos, iba a otro ritmo o a otra velocidad —al igual, supongo, que las sociedades urbanas en general cuando aún se veía lejano el cambio de milenio, internet aún no irrumpía en nuestra viday apenas estaban por empezar a caer los muros, como el de Berlín, que habían contenido nuestra comprensión del mundo a lo largo de ese periodo extraño (pero hoy incluso añorable) que era la Guerra Fría—. La ciudad y el país no podían imaginar las pesadillas que les aguardaban conforme fueran internándose en el nuevo siglo. Por ejemplo: la Glorieta de los Niños Héroes era solamente eso, un monumento para conmemorar ahí el episodio fantástico de Chapultepec, y no el memorial de la infamia y el epicentro de la desesperación y la angustia que es hoy en día.

      Aquellas relativas calma e inocencia se vieron entonces perturbadas por la ocurrencia de ocho o nueve asesinatos que tuvieron lugar en el transcurso de unas cuantas semanas, hasta marzo. De modos parecidos, las víctimas —también parecidas— amanecían en el frío de aquellos días con un balazo en la cabeza, y pronto empezó a hablarse de un asesino serial cuyos móviles era menos difícil imaginar que comprobar —también entonces la policía era inepta, sólo que hoy lo es más si se tiene en cuenta la tecnología con que supuestamente trabaja y la red de cámaras con que supuestamente debería ver todo lo que pasa—. «El Mataindigentes», como empezó a llamarse a quien fuera que estuviera asesinando personas, estaba enfrascado en una empresa personal de erradicación de seres humanos que encontraba indeseables; atacaba por la noche, cuando sus blancos estaban dormidos, se movía en un vocho azul (o blanco). Los muertos, anónimos salvo uno, eran de edad avanzada o, en todo caso, no demasiado jóvenes. Vivían en la calle, o al menos ahí habían caído, una noche, para ya no despertar. Igual que como sucede hoy (los tapatíos cambiamos poco), probablemente nadie se habría percatado de sus existencias de no ser por la forma brutal en que éstas habían acabado. Los indigentes (ya no les decimos así) eran y son invisibles hasta que los señala la desgracia, y a menudo ni siquiera entonces. (El que no era anónimo fue identificado como un viejo ladrón, apodado «El Raffles Mexicano» en recuerdo del afamado delincuente victoriano de guante blanco, al parecer porque había hecho fama con sus hurtos sin sangre y con alguna elegancia. Viejo y arruinado, aquella carrera no le sirvió para salvarse de vivir y de morir en la calle a manos del asesino del vocho blanco o azul. Se dijo que, a la hora del balazo, llevaba consigo una valija llena con recortes de periódico que contaban sus hazañas).

      Agarraron, al fin, a un individuo de cuya responsabilidad nunca pudo tenerse certeza absoluta. Parece que el dato que se juzgó más fehaciente fue su cojera: al asesino escurridizo alguien lo había visto arrastrar una pierna. En todo caso, los asesinatos pararon. Mientras ocurrían, las autoridades procuraron resguardar a quienes dormían en las calles. Luego ya no vieron la necesidad.

      Fue, acaso, la penúltima vez en que la sociedad tapatía pudo consternarse y apiadarse auténticamente (la última fue el 22 de abril de 1992, cuando voló por los aires no sólo un buen pedazo de ciudad, sino también nuestra credulidad y quedamos de algún modo atrofiados ante los horrores que nos esperaban). Y acaso ésa sea una de las diferencias principales entre aquel tiempo y el presente, hoy que ha venido informándose de una nueva cuenta, ya larga, de personas asesinadas que, como las víctimas del «Mataindigentes», tienen en común la desdicha insondable de vivir en la calle y de ser nadie para nadie. Como ha publicado el diario NTR, en el último año van al menos 15 homicidios de personas con estas características, y aunque no haya indicios aún para vincularlos, sí recuerdan aquella campaña de exterminio de 1989. Sólo que a una escala mayor.

      En el chat de los vecinos de la colonia, son frecuentes los mensajes que reportan a alguien que anda haciendo dagas: que grita, rompe algo, quema algo, se encuera, se ha derrumbado a la entrada de una cochera, está a media banqueta en un charco de sus propias deyecciones, etcétera. Los reportes buscan que la policía acuda, y a veces tienen razón, pero a veces no: son sólo vecinos que quieren que el paisaje esté despejado de esas sombras, esos muertos vivientes o esos fantasmas demasiado concretos. No son raros los mensajes que claman por que alguien ponga remedio de una vez por todas. Que alguien acabe con la plaga. Una vecina incluso anhela que alguien les vierta agua hirviendo cuando pasen. Otro, que alguien les prenda fuego. (Ese vecino y esa vecina no sé quiénes sean, pero seguramente nos habremos saludado más de una vez en la tienda o nos hemos dado sonrientemente la paz en misa).

      Los crímenes de hoy, a diferencia de los de hace casi cuarenta años, no nos importan en absoluto.  

J. I. Carranza

Mural, 1 de febrero de 2026.

«Patrimonial»

De la noche a la mañana, el terreno donde había una finca de «valor patrimonial» queda momentáneamente ocupado por una montaña de escombros. Es casi imposible asegurar que hubo una demolición: tan rápida fue, tan silenciosa, tan subrepticia, que parece obra de maquinaria fantástica o de una intervención sobrenatural. Donde se alzaban las formas distintivas de la finca, su singularidad y por lo general su gracia, hay ahora solamente un repentino vacío, un cambio que ya empieza a ser ominoso debido a que no parece haber justificación válida para la destrucción. La finca sostenía buenas relaciones con el paisaje, contribuía con su presencia a las condiciones elementales de armonía que todo paisaje urbano necesita para ser, al menos, vivible, y con frecuencia también querible y aun entrañable. Era una casa, además, a partir de cuyo carácter evidente podían colegirse una historia y sus acomodos sucesivos a los inevitables cambios que trae consigo el paso del tiempo. Al principio, naturalmente, su función consistió en acoger las vidas de quienes la habitaban, e incluso ese propósito explica la configuración original que tuvieron sus espacios. Luego, esos espacios sirvieron a otros fines: donde antes se dormía o se leía o se comía o se oía música o se veía la tarde, ahora había escritorios, archiveros, divisiones provisionales que multiplicaban o reducían las superficies, luces inclementes u hostiles donde nunca antes las hubo, aguas redirigidas o clausuradas según las necesidades nuevas de los nuevos ocupantes, etcétera. Se hizo después lugar al fuego y al trajín de una cocina, o a las noches y sus caos que debería hacer caber ahí un antro (o a un almacén o a una fábrica o a cualquier uso indiscernible y cada vez más alejado de los que podrían tener esos muros y esos techos y esas ventanas y el breve jardín circundante), y así, poco a poco, las cirugías menores y mayores fueron desfigurándola y estrangulándola. Alguna vez, con suerte, alguien llegó que atinó a restituirle alguna dignidad y algún decoro. Pero acabó venciendo el abandono y llegó el día en que la casa únicamente les importó a quienes habrían de derribarla.

      Lo de «patrimonial», entonces, que tienen las fincas en una ciudad como Guadalajara, sólo puede tomarse en su sentido estrictamente monetario: una finca es patrimonio por la suma en que puede venderse, y se termina vendiéndola para que desaparezca: en aquel terreno vacío que surgió de súbito inmediatamente se practicará un abismo brutal para que desde él se alce una torre, también en cuestión de instantes, pletórica asimismo de vacío. No es difícil imaginarlo: la finca fue al principio de la familia que la mandó construir; los integrantes de esa familia fueron dispersándose, luego muriéndose, y quien acabó viéndose al fin con la propiedad resolvió —se diría que inevitablemente— deshacerse de ella, vendiéndola al mejor postor antes que proponerse nada para mantenerla viva —ni siquiera rentarla, con la cantidad de problemas que ello acarrea—. La historia y los significados de la existencia de esa casa acaso sólo tuvieron valor para quienes vivieron en ella, para quienes tuvieron algo que ver con ella por cualquier razón en sus diferentes etapas. Pero no para la ciudad, que ha dejado que la tiren y que esa historia y esos significados se revuelvan con el escombro, y que ya la ha olvidado, por más que diga que la recuerde. Con recordar nada se gana, conservar cuesta y nada reditúa, a nadie le importa esa casa que tumbaron, si además ya estaba desde hace tiempo asolada por el descuido y era madriguera de malvivientes, una excrecencia indeseable.

      No hay gran misterio: las casas que se derriban todos los días en Guadalajara, y que poseen relevancia arquitectónica, urbanística e histórica, caen porque a sus dueños así conviene y porque la sociedad tapatía no tiene el mínimo interés en que se mantenga en pie. No se le ocurre para qué podrían servir, como no sea para estorbar o para que sigan cayéndose y emporcando el entorno; quienes pueden sacar alguna ganancia, aprovechan en cuanto se presenta la oportunidad de vendérsela a quienes están levantando el paisaje absurdo de edificios deshabitados en las zonas que supuestamente van volviéndose así más apetecibles. ¿Lo lamentaremos, alguna vez? No parece probable: esta sociedad, olvidadiza y desaprensiva, es negligente al punto de dejar que sus destinos los conduzca una caterva de individuos ignorantes y mezquinos y codiciosos y mendaces, de manera que está coludida con la comisión de estropicios y con el deliberado y sostenido arruinamiento del pasado del que proviene.

      Cerca del terreno donde hoy está la montaña de escombros, en el espacio de cuatro cuadras, hay al menos tres casas tan formidables como la que acaban de tumbar. Una es una notaría; en otra hay un café (no se ve que vaya a durar mucho). La tercera ya está sola, grafiteada y con las ventanas reventadas. Las tres debieron de ser bellísimas en su tiempo. Ya sabemos en qué orden van a ir desapareciendo. Había dos más, hasta hace poco: hoy hay un Oxxo en el lugar de una, una torre desierta en el de otra. Hay también un baldío enorme que ha permanecido ahí por años, como un elocuente emblema de la más estúpida codicia: ni levantaron nada nuevo, ni lo pueden vender, ni sirve para maldita la cosa.  

J. I. Carranza

Mural, 25 de enero de 2026.

Pedacitos

Discretos, por no decir insignificantes —por no decir superfluos, por no decir innecesarios e inservibles—, los retoques que están haciéndose en algunos puntos de la ciudad tienen, evidentemente, fines escenográficos, pues con ellos se busca, ante todo, que esos puntos luzcan para las cámaras televisivas que transmitirán desde Guadalajara durante el Mundial. Se trata de espacios en los que se pretenderá mostrar las supuestas bellezas y alegrías de la ciudad, el imaginario optimismo que bulle entre sus habitantes, las fantasiosas pujanza y prosperidad sobre las que nos impulsamos hacia un futuro brillante y sin perder de vista nuestro pasado esplendoroso, todo escurriendo orgullo y excepcionalidad histórica. Desde la Plaza Tapatía, el Trocadero, la Plaza de la Liberación o la Minerva, los drones mostrarán al universo encuadres perfectos de la arquitectura impoluta y resplandecientemente iluminada, estallarán los cielos tapatíos con toneladas de fuegos artificiales, y los ríos de tequila y el atronar de mariachis inundarán y retumbarán en el planeta antes, durante y después (pero no mucho después) de los cuatro partidos que aquí se jugarán.

      Pero son discretos esos arreglos, decíamos: se limitan a remozar un poco, limpiar, resanar; cuando mucho, se atreven a introducir algunos cambios en las dinámicas del tránsito de peatones y vehículos (nada drástico), y traen consigo ciertas mejoras que de todas formas tendrían que hacerse tarde o temprano: cambio del mobiliario urbano, instalación de luminarias, etcétera. Tal mesura se debe, probablemente, al hecho de que cuatro partidos no fueron suficiente pretexto como para proponerse ninguna obra demasiado audaz ni tremebundamente imponente, nada que en verdad dejara con la boca abierta al mundo, y es así que Guadalajara no tendrá, en realidad, ninguna huella decisiva, perdurable y significativa para su historia futura a raíz de lo que ocurrirá en junio aquí. Sí, desde luego: con su hiperbárica enjundia característica, el gobernador Lemus se regodea al anunciar lo dichosos que seremos gracias a la multiplicación de carriles en un tramo de la carretera a Chapala —incluido el camión que no pudo ser tren—, y con evidente satisfacción de sí mismo da pasitos danzarines por la peatonalización de la calle Degollado frente al teatro ídem, felicitándonos de que ya podrán correr ahí los niños sin que los atropellen. Pero, en el primer caso, esos carriles extra pronto estarán saturados por los miles de coches que vamos a meter en ellos, y así esa obra demostrará lo inútil que fue, y si la ampliación de la plaza frente al teatro es tan loable, ¿por qué no se animaron a volver peatonal todo el centro?

      (Dice mucho acerca de las prioridades de nuestros gobernantes, de sus intereses inmediatos y de su desdén por las auténticas necesidades urgentes de la población, el hecho de que llevemos ya un buen rato sin que hablen de López Mateos. El asunto, que marcó en buena medida la agenda pública durante la segunda mitad de 2025, misteriosamente ha quedado silenciado o a propósito desatendido sin que parezca haber más razón que los inconvenientes que ocasionaría para la imagen de la ciudad en tiempos mundialistas. Como si por arte de magia fueran a desaparecer los problemas cotidianos que a diario sufren los cientos de miles de tapatíos obligados a usar esa vía y sus alrededores. O, más bien, como si hubiera la consigna —acaso desde Casa Jalisco— de que nadie le mueva de aquí a julio, al menos. Y lo que asombra es que también parezcan apaciguadas las voces críticas y que se deje a Lemus y a los alcaldes involucrados hacerse impunemente patos sin avanzar en ninguna solución).

      Cuatro partidos chirles, entonces, no son justificación para gastar más de lo indispensable, fuera de esas obritas decorativas. Nada de qué extrañarse, en una ciudad en la que la obra pública realmente necesaria se posterga hasta que es inevitable, y entonces se hace pero sólo parcialmente y como remiendo o parche exigido por la urgencia (remember el socavón de julio de 2024, cuando el Arroyo Seco mostró no estarlo tanto, uno de muchísimos ejemplos de la ciudad que se hunde, se rompe, se cae o revienta por esa pésima costumbre que tenemos de no darle mantenimiento). Entre las inundaciones y los incendios forestales, el deplorable transporte público (por más que Lemus lo encuentre naranjamente rentable con su tarjetita famosa), el agua que llega lodosa a las casas (cuando llega), las roturas imparables de las calles con la proliferación de socavones y baches, el abandono del patrimonio arquitectónico y la erección de incesantes torres vacías, amén de la inseguridad imparable y la desatención a los más desamparados (la población impresionante de personas en situación de calle, de la que nadie quiere ocuparse), la Guadalajara por presumir en el Mundial estará sólo en esos pedacitos que medio se arreglaron, y nada más.

      En todo caso, para algo servirán esos arreglos: como vi que alguien sugería en alguna red, por lo menos las facilidades peatonales en la Minerva permitirán que crucen sin tanto peligro las personas que vayan a pegar ahí las fichas de búsqueda de sus seres queridos. Pues no se olvide que en Guadalajara somos campeones en desapariciones: a ver si eso también sale en las transmisiones del Mundial.  

J. I. Carranza

Mural, 18 de enero de 2026.

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