La película dura tres horas, pero el tiempo que he pasado viendo contenidos en torno a ella equivaldrá ya a la suma de muchas funciones. Decenas y decenas de reels en los que personas de diversos oficios y procedencias discuten el tratamiento del poema homérico en la adaptación de Nolan y comparan la naturaleza de los personajes más conspicuos en aquél y la que tienen en ésta, o viceversa. También, cápsulas de información a veces muy agradecibles, sea que se ocupen de las audacias técnicas que requirió la producción cinematográfica o que ilustren acerca del mundo en el que debió de tener lugar la historia mucho antes de adoptar su forma canónica; mapas e infografías que ayudan a hacerse una idea del derrotero del errático Odiseo, noticias acerca de los hallazgos arqueológicos que buscan apuntalar o ajustar la verosimilitud de lo narrado respecto a los hechos históricamente verificables; argumentaciones menos o más eruditas —algunas muy chabacanas y otras más serias, pero en todo caso bien intencionadas— que aprovechan el trend para enriquecer la experiencia de millones de espectadores, y también artículos y entrevistas y ensayos y reportajes: no sé cuántas veces me he topado con la fantástica Emily Wilson, cuya traducción al inglés, de 2017, se volvió un inesperado bestseller gracias a Hollywood: a veces entusiasmada por el revuelo causado y otras veces enfadada por las decisiones de Nolan, es genial ver que una helenista se haya vuelto una celebridad en este tiempo. Memes sin fin, recomendaciones de lectura, revisiones de las otras numerosas adaptaciones al cine que se han hecho, paseos por el incesante arte que a lo largo de cerca de cuatro mil años ha generado esta historia…
Y es una absoluta maravilla, el hecho de que estemos ocupándonos de todo eso. Es cierto que buena parte de las discusiones, previsiblemente, se dan en torno a las supersticiones que suelen avivarse cuando una obra se hace a partir de otra: la fidelidad al original, la comprensión «correcta» de las conductas y las intenciones de los personajes, el respeto que supondría abstenerse de instilar sesgos ideológicos que tuerzan el supuesto sentido moral o político… ¿Por qué Nolan omite algunos episodios? El encuentro con Nausícaa, por ejemplo, o la exhibición de la insuperable astucia de Odiseo cuando le dice a Polifemo que su nombre es Nadie… ¿Por qué deforma otros, como el de los lotófagos o el reencuentro con Penélope? ¿Y qué se propuso, el director, con ese discurso pacifista al final, tan adecuado quizás a este tiempo, pero no al del propio Odiseo ni, mucho menos, a la actitud combativa que muestra todo el tiempo en el poema?
(A propósito de esto último, he estado recordando el bellísimo y emocionante poema «Ulises», de Tennyson, que nos muestra al guerrero envejecido y cansado, pero no por ello dispuesto a renunciar a hacerse de nuevo a la mar en pos de más aventuras y más gloria. A poco de volver a Ítaca, cae en la cuenta de que la vida debe de ser algo más que el sosiego largamente anhelado y la recuperación del aburrido trono: «Poco provecho tiene que yo, como un rey ocioso, / en un hogar quieto entre riscos yermos, / unido a una esposa anciana, imponga / leyes inicuas a una raza salvaje / que atesora, duerme, come, y no me conoce». Así que convence a sus hombres de lanzarse otra vez: «Venid, amigos míos, / aún no es tarde para buscar un mundo más nuevo»).
Para nuestra fortuna, los motivos de discusión no tienen fin. Como no lo han tenido a lo largo de los siglos, en virtud de que en los poemas homéricos está el fundamento de lo que somos en tanto nos reconozcamos como parte del gran caudal que mana desde Grecia y luego se funde con la cultura judeocristiana y aquí nos tiene. Es también de celebrarse que, habiendo como hay tantísimas películas de porquería que hoy saturan nuestra atolondrada y cada vez más escasa atención, por una vez podamos ir al cine para ver una súper producción que, además de cumplir con lo propio de su especie, nos deje hablando de todo esto. En mi experiencia, como acaso ya a estas alturas resulta evidente, yo salí del cine como en trance. Conmocionado. Si bien es cierto que el carácter de Odiseo no se condice con el que siempre le he atribuido, sí me sobrecogió de terror la estampa de Polifemo, y quedé azorado con los gritos del héroe que tapan los cantos temibles de las sirenas. Y aunque Charlize Theron, como ha observado Fernanda Solórzano, parecía vestida para un anuncio del perfume J’Adore, la imagen del caballo semienterrado en la arena lleno de aqueos me pareció logradísima. Cómo chillé cuando el perrito Argos reconoció a su dueño y luego se murió. Y ya no puedo dejar de reconocer el rostro de Zendaya cada que paso junto a La Minerva. Etcétera. Pero, al margen de estas y muchas más impresiones, casi todas favorables, creo que conviene tener en cuenta que, en arte, toda adaptación es posible sólo gracias a la libertad y que el mundo gana siempre que una gran obra desemboca en otra gran obra más (o en miles). A propósito de las incontables traducciones de Homero, Borges se felicitó de su «oportuno desconocimiento del griego», que le permitía visitar todas las que estuvieran a su alcance y encontrar, en todas, posibilidades insospechadas para la lectura. Es el caso, me parece. Y es una felicidad.
J. I. Carranza
Mural, 2 de agosto de 2026.
