• Cine o no cine

    Scorsese y Coppola

    Lo que hay que entender de la declaración polémica de Martin Scorsese es: no le parece que las películas de súper héroes deban juzgarse igual que se juzgan las de otra naturaleza (las que, a su juicio, encuadran como «cine»), y él se declara incapaz de verlas. No le interesan, y para explicarse comparó su funcionamiento con el de los parques temáticos. (Poco antes de morir, Philip Roth deploró en una entrevista cómo el mundo se había vuelto justamente un enorme parque temático, y advirtió sobre los riesgos para la libertad que entraña el hecho de que estemos encantados con eso). Luego, en la misma dirección que su colega, Francis Ford Coppola añadió: «Cuando Scorsese dice que las películas de Marvel no son cine tiene razón porque esperamos aprender algo del cine, esperamos ganar algo: de iluminación, de conocimiento, de inspiración». Y fue todavía lejos, ya en un plan más inflamado: «No sé de nadie que saque algo de ver la misma película una y otra vez. Martin fue amable cuando dijo que no eran cine. No dijo que eran despreciables, que es simplemente lo que digo que son».

    Ya lo dicho por Scorsese había bastado para irritar a los entusiastas de las películas de súper héroes (¿es correcto decirles así?, me pregunto, pues no estoy seguro de que ese ingrediente sea el más decisivo para saber de qué estamos hablando: películas de acción, originadas en cómics, pero quizás más bien definidas por fórmulas narrativas más o menos infalibles y poco variables…). Hubo uno que le espetó al director de Casino, Taxi Driver y Toro Salvaje, que abriera la bocota sólo hasta que hubiera filmado algo digno de verse. ¿Estamos ante uno de esos abismos insalvables que hay entre las generaciones? Claro, el eco que hicieron los medios faranduleros no ayudó, pues buscaba hacer ver a Scorsese y a Coppola como viejitos ideáticos incapaces de abrirse a algo nuevo. Pero pienso que no se trata de eso: seguramente es que, sí, lo que este par juzga como cine es una cosa, y lo otro es algo distinto, que persigue otros fines. Y la diferencia puede consistir en eso: en unas películas te duermes, y en otras no. Ya que cada quién decida cuáles van a servirle de somnífero. Y cuáles preferirá perderse.

    J. I. Carranza

    Mural, 24 de octubre de 2019


  • Adiós, profesor

    Harold Bloom

    A mediados de los años noventa, con la publicación de El canon occidental, Harold Bloom desencadenó una polémica que de cuando en cuando vuelve a animarse. Para resumir muy groseramente su empresa, lo que Bloom se propuso con aquel libro fue establecer, de una vez por todas, a qué autores debemos leer en la vida. No era sólo eso lo que tenía en mente, desde luego: más que el listado que hizo, lo que importaban eran las justificaciones que adujo para cada uno de los figurantes en su lista. Y más todavía importaban los motivos de que Bloom se hubiera metido en ese trabajo. El libro pronto comenzó a ser discutido, y atacado, a partir de la consideración de su aspecto más conspicuo: ¿cómo se atrevía el autor, un profesor y crítico literario, a decirnos qué vale la pena y qué no? Por muy erudito que fuera —y Bloom lo fue: un lector colosal, dueño de un conocimiento profundo de la tradición occidental—, por muy bien urdidos que estuvieran sus argumentos, ¿quién era él, o quién era nadie, para establecer la valía de esa constelación de escritores en cuyo centro, para colmo, había colocado a Shakespeare como el astro insuperable que ilumina a todos los demás?

    Aunque la lista pueda ser discutible, su sentido, y el de la obra toda de Bloom, estriba en la constatación de las dos razones, ésas sí indiscutibles, que guiaron al autor para proponer a sus lectores una comprensión radical del sentido mismo de la lectura de literatura, sobre todo en un mundo enemigo de ésta (leer novelas y poemas es una actividad de suyo incompatible con las demandas de productividad con que ese mundo nos agobia). Una, que leemos porque estamos solos: aun los seres que tenemos más cerca pueden llegar a faltarnos, o a fallarnos. Pero los libros siempre estarán ahí. La otra razón es: leemos porque nos vamos a morir. Nuestro tiempo es limitado, y mediante la lectura podemos amplificar los límites de nuestra vida. Así que más nos vale elegir del mejor modo lo que leemos.

    Harold Bloom ha sido muy odiado por oponerse a las modas del pensamiento, a la corrección política, a la hipocresía. Sus razonamientos centrales, sin embargo, seguirán destellando en la imaginación de cada uno de sus lectores.

    J. I. Carranza

    Mural, 17 de octubre de 2019


  • El triste, los tristes

    Se murió José José, caray. Llevaba mucho tiempo malito, así que tampoco puede decirse que nos tomara de sorpresa. De todos modos, bueno, qué triste. Y qué triste vida, ¿no? Tanto talento, tantos triunfos, y también tanta calamidad. ¿Cuántos años su voz sólo fue el lastimero crujido que servía ya sólo para hacer declaraciones trabajosas delante de los micrófonos, necios en ponerse delante de ese cuerpo que iba consumiéndose? (¿Desde hace cuánto hemos venido usando el meme maldoso donde se ve todo retorcido, y por qué sólo hasta ahora parece habernos remordido la conciencia y lo guardamos?). Sospecho que, en este país de pavores morales, ese destino amargo de alcohólico que nunca dejó de sufrir las secuelas de su enfermedad ha servido, sobre todo, como admonición para prevenir a los beodos que no quieran enmendarse. Y sus canciones, esa lírica hecha de amores audaces o ilícitos, desventurados o hastiados («hasta la belleza cansa»), perplejos («Fui bajando lentamente tu vestido […] al mirarte me sentí desengañado»: ¿pues qué se encontró?) o nomás tercos, o patéticos, principalmente han mecido los corazoncitos maltrechos de infinitos enamorados —tengo la sospecha de que es música que sobre todo sirve para oírse en un estado de despecho, de febril arrobamiento aturdido o de rencor sarnoso, y que por eso se suele entonarla a gritos y en coro y al final de la fiesta.

    Lo más extraño es que no haya podido morirse y ya. Bueno, no «y ya»: era comprensible que hubiera revuelo, que los periódicos sacaran su fotota, que la tele pusiera a correr las retrospectivas y se desempolvaran las entrevistas y todo el material que hubiera, que de inmediato empezara a sonar su voz por todos lados y que nos pusiéramos a ver una y mil veces el video de «El triste»). Pero los desfiguros de los hijos, el melodrama estrambótico que armaron, ¡que el cadáver estuviera perdido dos o tres días!… Y esto: que asegurar la lamentación del pueblo se convirtiera en tema de seguridad nacional, pues hasta intervino el Canciller y mandaron un avión de la Fuerza Aérea para traerse un puñado de cenizas. Quizás no era para menos, no sé: quizás, en efecto, era el último. Porque ¿quién más podrá morirse así?

     

    ji

    Mural, 10 de octubre de 2019


  • La del parche

    Treinta y tres años después de estreno, el recuerdo de la telenovela Cuna de Lobos, para quienes entonces teníamos uso de razón, es imborrable. Acaso hayamos extraviado algunos pormenores de la historia, pues, aunque ciertamente era menos intrincada que truculenta, sí daba giros que es difícil reconstruir: yo, por ejemplo, imaginaba que el personaje de Carmen Montejo era una de las primeras víctimas mortales de Catalina Creel (María Rubio), pero no, nomás le dio una embolia. En todo caso, retenemos lo más importante: una intriga que mezclaba codicia, engaño, traición, amor estúpido —el que le profesaba la víctima (Leonora, Diana Bracho) a su victimario (Alejandro, Alejandro Camacho)—, un retorcido complejo de Edipo (el hijo de Catalina, encarnado por Gonzalo Vega, que era en realidad su hijastro, no se perdonaba haberle botado un ojo a su mamá), y, sobre todo, la mente criminal de la villana, capaz de cualquier maldad por proteger a su chiqueado (Alejandro), por aplastar al entenado y por asegurarse de que la fortuna quedara en familia. Es esto, creo, lo que más se nos quedó incrustado: la asesina del parche en el ojo.

    El país se paralizaba para ver, cada noche, a qué extremos llegaría Catalina Creel. Supongo que eso sucedía, en parte, porque estábamos presenciando uno de los momentos más altos que alcanzó la televisión mexicana: una historia que funcionaba, que estaba bien contada, a cargo de un buen reparto. Era, claro, muy divertido jugar a creérselo todo, y también creo que entonces prevalecía una cierta inocencia que, a lo largo de estas tres décadas de desastre nacional, ha quedado disipada por completo: quién va a espantarse ahora por las fechorías de una villana imaginaria, cuando hay tantas atrocidades para dar forma a nuestras peores pesadillas. Pero, además, era posible porque no había mucho más de dónde escoger: el imperio de Televisa sobre nuestra imaginación y sobre nuestra educación sentimental alcanzó entonces su cima gracias, sobre todo, a que no tenía competencia (y, claro, a que el PRI lo dejó prosperar a placer). ¿Qué tal irá a estar la nueva versión? Así sea soberbia, el fenómeno no se repetirá. Haría falta volver a aquel tiempo en aquel país.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 3 de octubre de 2019


  • Novela de terror

    Estoy leyendo la nueva novela de Enrique Serna, El vendedor de silencio. Aun sin conocer el final que la redondee, mi experiencia ha sido más que satisfactoria gracias, claro, a que Serna es un formidable escritor, dotado de gran pericia para la ingeniería narrativa y, además, de un oído muy afinado para imprimir verosimilitud a los parlamentos de sus personajes así como a la voz que va dando cuenta de la vida y los hechos del protagonista, Carlos Denegri. Sin embargo, más allá de esos modos en que mi inteligencia de la novela se recompensada y, a menudo, asombrada, debo decir que también está siendo una experiencia desoladora, y varias veces he debido cerrar el libro con la panza revuelta (cosa que también cuenta como mérito de Serna: lo que sucede cuando una lectura te descompone porque su autor así se lo propuso).

    La novela cuenta cómo Denegri fue tenido, durante un buen tiempo, como el periodista más brillante de México. Popular y querido, logró hazañas que exigían temeridad, lucidez y un sentido histórico del oficio. Pero también fue el más abyecto: acomodaticio, mezquino, hipócrita, incapaz de ninguna lealtad, vengativo, cobarde y mendaz, veía ante todo por la prosperidad de su fama y de sus negocios como extorsionador, y no se arredraba para despedazar reputaciones y vidas, así como tampoco para arrastrarse bajo las voluntades de los poderosos en turno: principalmente los políticos que hicieron del México posrevolucionario una propiedad particular para hacer lo que les viniera en gana. Como personaje monstruoso, Denegri también es un misógino miserable, violento, abusivo, que sería patético y digno de lástima si no fuera dejando tantas víctimas a su paso, y que sería ridículo y hasta absurdo si no fuera emblema de tantos machitos que hay como él.

    Así que leer esta novela supone sumergirse en la psique perturbada de un hombre repulsivo, pero también en la conciencia dañada y quizás irremediable de una nación cuyo lamentable sino ha sido trazado por personajes como Denegri y sus clientes y sus secuaces. Espanta, qué va. Y espanta, sobre todo, porque el México que se retrata ahí no nos queda tan lejos. O, más bien, es este mismo en el que estamos parados.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 26 de septiembre de 2019


  • Otro fin del mundo

    Las épicas mayores se fraguan en las batallas de lo habitual. Por ejemplo, cuando una novedad irrumpe en el apacible terreno de lo predecible, cuando enfrentamos un trastorno radical de lo que dábamos por hecho (y más radical entre menos conspicuo parezca) y nuestra capacidad de adaptación pone en marcha una transformación irreversible y el mundo ya no será lo que hasta entonces fue. (Adaptación, digo, porque la realidad es muy terca y siempre acaba triunfando sobre nuestras necedades).

    Hablo, claro está, del fin de las bolsas de plástico en el súper. Empezaron por escasear: en lugar de las panzonas, inobjetables siempre, un día ya nomás hubo de las chiquitas e ineptas, que a lo sumo sirven para guardar los klínex moquientos en el coche. En la mal llamada «tienda de conveniencia» de la esquina (mal llamada así, digo, porque nada nos conviene a quienes acudimos a ella: el surtido es pobre, los precios altos, los cajeros mulas y nunca tienen cambio), un día ya ni siquiera eso obtuve, y hube de regresar a casa haciendo malabares con las cocas y las papas y los cigarros y unos puerquitos del niño verde (por cierto, ¡cómo se ha reducido el tamaño de estos panes! O es eso, o es que están empleando demasiado celofán para envolverlos). Desde esa vez, tengo que llevar mi bolsa de tela, aunque a menudo me percato a medio camino de que la olvidé, y me debato: ¿me devuelvo por ella, o me resigno a cargar a rais todas las cochinadas que voy a comprar?

    Luego, en el súper, ya tampoco hubo. Y fueron tales las dificultades en que nos vimos, que aprendimos la lección: nunca debemos olvidarnos de llevar bolsas de tela. No debería ser complicado adoptar el hábito, básicamente porque tenemos cientos de bolsas, sobre todo de las que dan en la FIL (para eso sirve la FIL, para surtirse de bolsas de tela). Pero lo es: sólo ya que estamos formados en la caja caemos en la cuenta de que se nos olvidaron otra vez. ¿Por qué? Porque, al ver que se extinguen las bolsas de plástico, en realidad estamos presenciando una variante del fin del mundo: del mundo que conocíamos y que, con nosotros o sin nosotros, quién sabe para dónde va. Ese desasosiego es, en el fondo, lo verdaderamente arduo de vencer.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 19 de septiembre de 2019


  • Épicos y fantásticos

    Pletóricos de contradicciones y nimbados de mitos y malentendidos, los próceres principales de la historia patria son siempre figuras fascinantes, quizás en mayor medida gracias a los relatos que nos hemos hecho de ellos que a sus hazañas concretas. Estoy corroborándolo ahora que a mi niña, en tercero de primaria, están enterándola de esa materia. ¡Qué asombrosa es! La brevedad de la campaña de Hidalgo, por ejemplo, ¿cómo pudo dar cabida a lo descomunal de su empresa? Parece absolutamente fantástico que semejante épica haya podido desplegarse a lo largo de ese puñado de meses, desde la noche en Dolores y hasta que su cabeza fue a parar a la Alhóndiga —donde habría de secarse en una jaula de hierro y quedar ahí, exhibida como una monstruosa advertencia, ¡al menos durante diez años! Las precisiones que podrían hacerse a la justeza histórica de tales relatos importan menos, creo, que su poder de encantamiento. Y menos, también creo, que las consecuencias que tuvieron: en lo que deberíamos centrarnos es en el influjo de esos relatos en la conformación de nuestras conexiones emotivas con lo que somos.

    A propósito de la emotividad, es muy justificable en esos términos que se haya reunido a Hidalgo con Morelos en los nuevos billetes de 200 pesos. Recuerdo que una vez, en el museo dedicado al segundo en Morelia, conocí la relación de las pertenencias que don José María llevaba consigo el día que lo fusilaron: el manípulo, la estola, un rosario, un misal… sus instrumentos de trabajo como cura, vamos. Pero también tenía un diccionario francés-español que le había obsequiado Hidalgo, con dedicatoria autógrafa. Esa noticia siempre me ha emocionado mucho: mientras andaba guerreando e inventando el país, Morelos estaba estudiando francés —y ese obsequio es testimonio de la simpatía que esa ambición habrá despertado en el otro cura, que había abrevado algo de sus inspiraciones de insurrección en sus lecturas de Voltaire y de los enciclopedistas. ¿Dónde habrá quedado ese diccionario?

    Creo que sólo por eso está muy bien tenerlos juntos en el mismo billete. Lo malo es que para eso hayan desterrado a Sor Juana —aunque se ha anunciado que volverá, en los de 100 pesos: ojalá que sí.

    J. I. Carranza

    Mural, 12 de septiembre de 2019


  • 50 años rosas

    Lo he contado en otro lado: yo sólo entendí por qué la Pantera Rosa se llamaba así cuando en mi casa hubo por primera vez un televisor a color. Habrá sido cuando mi mamá decidió que ya estaba bien de precariedad cromática y fue a Mayco a endrogarse (así se decía entonces, no sé si todavía: tener una deuda era «echarse una droga») para que viéramos las Olimpiadas de 1984 como la gente. Aquella tele también nos reveló la existencia del control remoto. En todo caso, llegábamos muy tarde a esas bondades que ya disfrutaban otros muchos hogares, pero hasta entonces mi niñez pasmada había transcurrido delante de una pantalla en blanco y negro, de aquellas que al apagarse conservaban un puntito que se iba haciendo pequeño hasta que desaparecía (era tan viejo el aparato que para subir el volumen usábamos un cotonete encajado donde debía ir el botón). Así que, cuando di en esa tele nueva con la que había sido mi caricatura favorita durante toda la infancia (apenas iba yo saliendo de ella, no sospechaba que aquel amor me duraría hasta ahora), cuál no fue mi asombro al ver el color de su protagonista. No lo podía creer. Seguramente yo pensaba que se llamaba Rosa, como bien pudo haberse llamado Juana o Evangelina.

    En los años setenta y ochenta del siglo pasado, El Show de la Pantera Rosa era algo de lo mejor que los niños podíamos disfrutar en la limitada oferta televisiva a nuestro alcance. Hubo, claro, otros hitos, y cada quién sabrá por dónde tiran sus añoranzas más acendradas, pero estoy convencido de que ninguno alcanzó nunca la originalidad suprema de esa caricatura (igual, no sé si aún esté vigente este término: lo uso con mi hija —«¿Quieres cambiarle a tus caricaturas?», le pregunto— y se me queda viendo raro, como la vez que me sorprendió leyendo el periódico —en papel— y me dijo que eso era cosa de viejos). Insospechable siempre, estéticamente irreprochable, intrigante (y aun psicotrópica) y divertidísima. Y entrañable.

    ¿A qué vienen estas nostalgias? A que mañana se cumplen 50 años de que se transmitió el primer episodio. Había que festejarlo —y dejar para más adelante la reflexión anexa a esta efeméride acerca del paso del tiempo y del triunfo artero de la edad.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 5 de septiembre de 2019


  • Qué necesidad

    Hace unos días, el Presidente tuvo a bien, para recordar a Borges, soltar un tuit que encapsulaba un disparate y un misterio, amén de la evidencia de que a su autor no le importa en realidad la obra de Borges —lo que tendría que justificar semejante gesto, si éste hubiera sido sincero. «Hoy recordamos a Jorge Luis Borges en el 120 aniversario de su natalicio», comenzaba diciendo. Para empezar: ¿«recordamos»? ¿Quiénes? ¿Los mexicanos todos? No, se trata del plural mayestático que le ha dado por usar, signo de la dimensión que entiende que su persona ha alcanzado al encarnarse un nosotros por ello inatacable. A mí, que sí soy lector de Borges, ese día ni me pasó por la cabeza recordarlo. Pero ahí es donde está el misterio: ¿por qué a los políticos les da por pavonearse de lo que no son, alardear de lo que no saben, hablar de lo que no comprenden? O, bueno, si no el Presidente, el que le redacta los tuits, ¿por qué sintió el impulso de componer éste, a cuento de qué, con qué objeto? Nadie iba a reprocharle al gobierno mexicano que no se acordara del escritor argentino. Y qué curioso, dicho sea de paso, que al hacer aflorar este nombre en su discurso, López Obrador emule a su aborrecido Vicente Fox, que rebautizó a Borges como «José Luis Borgues».

    El habitante de Palacio Nacional ya ha dado muchas muestras de querer pasar por culto, o al menos por leidito, y además tiene la manía de estar impartiendo clases todo el tiempo. Y aquí viene el disparate: «Es de esos pocos intelectuales de derecha pero independientes de verdad y no fingía», continuaba el tuit. Borges se definía como «anarquista conservador», contradicción jocosa que establece bien como la adopción de bandos ideológicos lo tenía perfectamente sin cuidado. Y lo de que «no fingía»… ¿será que el león piensa que todos son de su condición?

    En cuanto a la evidencia de que el Presidente no es lector de Borges, está en el chistorete, por demás zafio («De él retomo lo del “innombrable” que se lo aplicaba a Perón»): ¿en serio es lo único que le llama la atención del autor de El Aleph? Lo bueno es que remata diciendo: «Aparte de ello, era un genio de las ideas y de las letras». ¡Menos mal que viene a aclarárnoslo! 

     

    J. I. Carranza

    Mural, 29 de agosto de 2019


  • ¡Sin forrar!

    Por lo que he sabido, son cada vez más las escuelas que piden no forrar libros y cuadernos ahora que está por comenzar el año escolar. Cuando nos enteramos de esa nueva medida, nuestra alegría tuvo que abrirse paso a codazos ante la incredulidad. ¡Adiós a las horas de vacaciones desperdiciadas con la mesa del comedor atestada con útiles y reglas y cúteres y tijeras! ¡Nunca más la frustración horrenda que sólo conocen quienes tienen que luchar cuerpo a cuerpo contra los metros de esa materia indócil y cruel que es el plástico autoadherible! ¡Y las burbujitas! ¡Ya no sufriremos por esas burbujitas malditas que, por más que se alise y se aplane y se sobe y se haga todo en cámara superlenta, siempre terminan inflándose en la portada del libro de Español!

    Entiendo que la medida tiene una inspiración ecológica, pues ciertamente se habrá de evitar con ella el uso de toneladas y más toneladas de plástico —que, además, no es nada barato. ¿En qué momento se popularizó el Contact? Yo recuerdo que mi primaria hacía negocio vendiendo sus propios forros para libros y cuadernos, hechos a la medida —sólo había que usar cinta adhesiva— y de cartulina delgadita. Claro que no servían para nada: a las pocas horas se rompían. Desde luego, esto fue en la prehistoria. Aunque, si me voy más para atrás, mi papá contaba que a su escuela elemental acudía armado sólo de una pizarra y del silabario. ¿La multiplicación de tiliches para estudiar ha redundado en una mejoría de la educación? 

    Pero me desvío. A lo que iba es a que, además del ahorro y de la salvación del planeta (ya me ocuparé en otro momento de los malentendidos que incuba la comprensión chantajista de nuestra responsabilidad en ese tema), en la decisión de las escuelas hay un argumento más, que me parece muy razonable: al no estar protegidos los libros y los cuadernos, sus dueños deben hacerse responsables de cuidarlos. Hasta ahora, si a la creatura se le volcaba el chocomil cuando estaba haciendo la tarea, el plástico ayudaba a contener un desastre irreparable. Ahora, la creatura tendrá que ponerse más trucha. Y creo que ésa es una gran ganancia. Porque el amor por los libros incluye, también, el respeto que se merecen.

     

    J. I. Carranza

    Mural, 22 de agosto de 2019