Famosamente, Juan Carlos Onetti afirmó acerca de Roberto Arlt que era el mejor de todos, aunque no hubiera una sola página suya para poder demostrarlo. Quizás, ahora que lo pienso —estoy parafraseándolo de memoria—, la afirmación incluía un “nosotros”: “el mejor de todos nosotros”, habría escrito Onetti, admitiendo así que la obra del argentino era superior también a la suya; quizás Onetti quiso dar a entender ante todo eso, que él no podía competir con Arlt, y para salvar algo en su rendición la formuló de ese modo desconcertante: ¿cómo puede un autor ser el mejor si nada hay en sus libros útil como evidencia? ¿Se trata de una exageración, dictada por una admiración contaminada de envidia o de rencor? En realidad, lo que Onetti plantea es la importancia de reconocer algo que va más allá de los juicios superficiales que solemos hacer sobre lo que leemos. Tales juicios, irrelevantes siempre y por tanto prescindibles, se desprenden de creer que existe, o debe existir, una correspondencia inequívoca entre la valía de una obra y sus presuntas virtudes formales. Dicho de otra manera: lo cardinal de una obra no radica en los logros estéticos que se proponga y acaso consiga, sino en las revelaciones que el lenguaje depare al margen de cualesquiera que sean las pretensiones estilísticas del autor.

     (Borges también se adscribió a esa convicción, al menos en una etapa temprana: en el ensayo “La supersticiosa ética del lector” desdeña los encantamientos a que puede conducirnos la apreciación del estilo e incluso de la perfección —“agrados menores”, los llama, y también “distracciones oculares”—, y que equipara con una suerte de ética pedestre, o más bien una etiqueta: los buenos modales de la escritura. Con el paso del tiempo, la obra de Borges refutaría esas beligerantes posiciones de juventud, y a propósito de esto siempre recuerdo una anécdota que contaba Juan José Arreola: en un viaje que hizo a México, Arreola pasó a recogerlo y Borges le dijo que quería cortarse el pelo, así que le preguntó al recepcionista del hotel: “¿Dónde encuentro un peluquero?”. El empleado quiso corregirlo: “Querrá usted decir un estilista…”. “¡Pero, che!”, repuso Borges, “¡si estilista soy yo!”).

      Sé, con la certeza con que se atesoran los aprendizajes fundamentales, que el singular elogio de Onetti a Arlt está en el prólogo que escribió para su novela más celebrada, El juguete rabioso. También sé que, en el tiempo ya lejano en que fui despachando la lectura de ésa y otras novelas de Arlt —Los lanzallamas, Los siete locos y, en especial, El amor brujo, que recuerdo como una de las experiencias de lectura más desoladoras que he conocido—, me pareció evidente que Onetti tenía razón: es una obra en la que abundan los paisajes abigarrados e intransitables y los excesos declamatorios, lastrada por una frecuente impericia técnica (reiteraciones farragosas, digresiones alucinadas que olvidan por completo el progreso de la acción narrativa, descontrol de los registros orales), por la constante reincidencia en patetismos evitables y por un largo etcétera de defectos visibles y detestables. Ocurre también en sus cuentos, como los de El jorobadito, y en las copiosas compilaciones que se harían al paso de los años con las crónicas que Arlt despachó para periódicos de varios países de América Latina —en México llegó a reproducirlas durante un tiempo El Nacional, aunque sin la firma del autor—. Y, a pesar de todo eso, fue también quedándome absolutamente claro que era verdad: es el mejor de todos. Aunque no pueda explicar de modo satisfactorio por qué.

      Hay un par de escándalos en curso a propósito de la intromisión de la inteligencia artificial en la creación literaria. El novelista haitiano-canadiense Thélyson Orélien fue acusado de escribir con esa ayuda la novela C´était ça ou mourir, con la que era finalista en el Premio Goncourt, y su editorial rompió con él; el peruano David Silva Rojas habría hecho lo mismo con su novela Donde el agua trabaja, sólo que él sí llegó a ganar el Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, y su editorial, Almadía, se ha mostrado sorprendida y canceló ya las presentaciones del libro, en lo que se comprueba la acusación. Ambos libros, por lo visto, iban camino de su relativa gloria, y no es difícil suponer por qué merecieron el beneplácito de miopes jurados y codiciosos editores: aun sin leerlos, cabe aventurar que colmaban las expectativas del gusto estandarizado —y rentable— de unos y otros gracias al conocimiento que los Large Language Models han adquirido en torno a lo que se prefiere publicar y leer hoy en día. Es decir: las dos novelas están bien escritas. Demasiado bien, por lo visto. Y ahora cabe cuestionarse si tal mérito ha dejado de ser un atributo exclusivo de la invención humana, y si será en adelante imposible distinguir lo que ésta haga de lo que haga un robot.

     Pero también, creo yo, detrás de lo deprimente que resulta semejante escenario late una esperanza a la que podemos aferrarnos quienes sostenemos que la literatura es la forma mejor de saber qué somos y para qué estamos en este mundo: más allá de las imposiciones del mercado, de las sensibilidades y la hipocresía en boga, de los prestigios infundados, de los gustos imperantes, lo que realmente importa permanecerá. Aunque sea indemostrable.  

J. I. Carranza

Mural, 25 de octubre de 2026.