Etiqueta: Redes sociales

¿Cómo? ¡Así!

Entre antier y ayer, la calma pastosa de este tiempo inaudito se vio perturbada por cierta información escandalosa que circuló por Twitter, y que a más de alguno habrá hecho temer una catástrofe. Por supuesto: todos estos términos que acabo de usar son excesivos, pues el origen de tal perturbación era la cuenta de una revista mexicana, supuestamente cultural pero cuya vocación, en realidad, es la explotación mercadotécnica (y muy chabacana) de ciertas posibilidades ¿lúdicas? del idioma… Dado que la importancia de la actividad de las redes sociales se calcula en función del alcance de dicha actividad —si no es multitudinario no cuenta—, no hace falta explicar que en este país no existe ninguna revista importante: la ocurrencia en cuestión ameritó una interacción más bien modesta, de unos cuantos cientos de ociosos. Pero de todos modos dio qué pensar.

Se trataba de una noticia, falsa, según la cual la Academia Mexicana de la Lengua habría suprimido «oficialmente» los signos de apertura de exclamación y de interrogación. Intriga saber las razones que pudo tener quien tuiteó eso a nombre de la revista, si bien, al ver la respuesta cosechada (la misma Academia tuvo que salir a desmentir), la misma cuenta alegó horas después que la intención había sido humorística. En cualquier caso, no es improbable que esa noticia se pensara que alegraría a más de alguno. La prescindencia, deliberada o por ignorancia, de los signos de apertura, es uno de los rasgos más flagrantes del pésimo uso del idioma español, un idioma por cuyas flexibilidad y riqueza expresiva el uso doble de los signos es absolutamente indispensable. Y si alguien quiere que se dejen de usar así, lo querrá sólo por haraganería, y porque no le importa que se entienda o no lo que escribe. (Veamos ahora mismo nuestros mensajes de WhatsApp y hagámonos una idea de lo que habría ganado esa forma de comunicación, y cómo se habrían evitado malentendidos, si el uso correcto prevaleciera. Pero más bien ocurre lo contrario, y es una desgracia).

¿Una ociosidad, el tuit en cuestión? Claro. Y peor si uno repara en que hay formas inmensamente mejores de pasar por esta tensa espera. Dejando de asomarse a las redes, para empezar.

 

J. I. Carranza

Mural, 9 de abril de 2020

Vámonos

¿Por qué seguir en Facebook? Las respuestas posibles son cada vez menos convincentes.

 

Quizás como mucha gente, pero no tanta como para que sea verdaderamente relevante, he estado preguntándome estos días por qué diablos sigo en Facebook. Veo a Zuckerberg pasmado en los interrogatorios tontolones a que lo han sometido en el Senado gringo, a raíz de que se supiera que los datos de millones de usuarios quedaron a disposición de una empresa para influir en la elección de Trump, y parece que ni siquiera hace falta esforzarse en fabricar memes: las preguntas y las respuestas, pero sobre todo las actitudes, dan idea de lo grotesca que ha llegado a ser la influencia de un solo hombre en la forma que el mundo tiene hoy en día. (El tipo, según una nota de The New York Times, en previsión de estas audiencias contrató a un equipo para que recibir un entrenamiento exprés «en humildad y encanto»).

La trayectoria de este empresario «talentoso» —y ya tendríamos que ir revisando nuestras ideas acerca del  talento, uno de esos gigantescos malentendidos que tienen al mundo podrido— habrá podido ser todo lo meteórica que se quiera, pero, como leí por ahí, el hecho es que lo llevó de crear una página para rankear el atractivo físico de las compañeras en la universidad a contribuir a meter a un fascista en la Casa Blanca. Y nomás de verlo, tan tieso y solo en el fondo de su desmesurada importancia, dan ganas de zafarse de inmediato de la red en que dejamos que nos atrapara.

Leo, en un artículo de The New Yorker, que Zuckerberg ha pasado la mayor parte de su vida adulta disculpándose por lo que hace. Y que verlo ahora reducido (es un decir) nos llena de satisfacción porque podemos cargarle todas las culpas que no queremos reconocer. Porque lo cierto es que estos años nos la hemos pasado encantados en Facebook. ¿Y por qué seguir ahí? Las razones que yo encuentro son básicamente dos: me imagino que es una forma de estar en contacto con quienes tendría alguna dificultad (pero no insuperable) para encontrar en otro lado. Y la otra: medio difundo por ahí cosas que me interesa que se sepan. Pero tampoco es algo que no pueda hacer por otras vías. Y me pregunto: si hubiera una fuga en masa, si todo mundo se largara, ¿cómo se sentiría permanecer ahí?

Como Zuckerberg, quizás.

 

@JI_Carranza

 

Publicado el 12 de abril de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural.

Todo ante todos

Temer por nuestro rastro digital no es muy distinto de temer por el Juicio Final.

 

No sé quién, de niño, me hizo el obsequio atroz de esta descripción del Juicio Final: llegado ese momento, todos los individuos que en el mundo hemos sido seremos reunidos en un mismo lugar, donde presenciaremos una a una todas nuestras existencias, de principio a fin, en detalle. «Todos» había que entenderlo en sentido estricto, desde Adán hasta el último de sus descendientes, si bien para mi imaginación infantil esa multitud comprendía apenas la suma de mis compañeros de escuela y las maestras («¿Vamos a ver qué hace la seño Chencha cuando entra al baño?»), mi familia y los parientes, el de la tienda, el de la carnicería, los borrachines del barrio, la señora de la papelería, los pacientes de mi papá, los amigos de mis hermanos… La humanidad entera en una especie de estadio gigantesco, presidido por una pantalla descomunal en la que se proyectarían, a lo largo de un tiempo que equivaldría al tiempo transcurrido desde la Creación hasta el Juicio mismo (pues para eso es la eternidad: para que no se acabe), nuestras vidas completas, a fin de que todos supiéramos cuánto habíamos pecado y el Pantocrátor fuera decidiendo si merecíamos la bienaventuranza a Su lado o el castigo incesante de las llamas donde irían cayendo los réprobos.

El corolario de esta visión era sencillo: pórtate bien, porque al final todo se sabrá. Por todos. Era escalofriante —sigue siéndolo: uno nunca acaba de deshacerse de esas enseñanzas— porque afirmaba que la privacidad no existe. Dios no sólo está registrando todo lo que haces, piensas y sientes, sino que además lo exhibirá. Y tus papás lo van a ver, y tus amigos, y la seño Chencha…

Creo que un terror parecido es el que han activado las revelaciones recientes sobre lo que Zuckerberg y compañía son capaces de hacer con lo que saben de nosotros. Ahora bien: ni que no supiéramos. Lo he leído varias veces estos días y ya no sé quién lo dijo primero: si el producto es gratis, es que tú eres el producto. Pero el hecho es que en nuestro pasado está siempre nuestra condena. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Borramos ese pasado? ¿Servirá de algo? ¿Cómo nos las arreglamos para ya no ir dejando trazas? ¿Y cómo le quitamos las cámaras y los micrófonos a Dios?

 

@JI_Carranza

 

Publicado el 29 de marzo de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural

Enjambres

La libertad de expresión, vuelta megalomanía regañona en las redes.

 

Las redes sociales se han convertido en enjambres cuyo zumbido amenazador debería bastar para mantenernos a prudente distancia. Con sólo testerearlos un poco se desata en ellos una furia incontrolable, y, sin embargo, allá vamos, a meternos de cabeza. Desde hace rato ha venido usándose el término shitstorm (tormenta de mierda) para describir lo que puede pasar ahí (la Fundación del Español Urgente recomienda usar «linchamiento digital», pero a mí me parece que, paradójicamente —un linchamiento no puede ser peor que aventar caca—, esta expresión atenúa la realidad de lo que ahí sucede). Ya se sabe: ha habido vidas y carreras destrozadas luego de que el enjambre se ensañara con ellas. Pero, lo dicho, ahí vamos a meternos una y otra vez.

Es posible que aquello que parecía emocionante de las redes, que era la libertad de expresión que vehiculaban, haya adoptado una forma inédita trazada por la megalomanía de sus usuarios al descubrir los alcances que podían tener sus pareceres. Si millones pueden prestarte atención, la humildad seguramente irá resultándose cada vez más una cosa incomprensible. Y es que decir lo que uno piensa no es ya meramente eso, sino también afirmar que lo que uno piensa es importante. Es lo más importante, y los demás deberían pensar así. Y lo que a mí no me divierte no tendría por qué divertirte a ti. Y lo que a mí me preocupa, a ti debería tenerte absorto. ¿Crees otra cosa? Entonces me dejo ir contra tu ridícula y retrógrada e ignorante y miserable opinión.

Por ejemplo, durante la pasada entrega del Óscar. Yo me quedé con la impresión de que, más abundantes que los tuits que contenían chistes o memes, fueron los que los censuraban o reprendían, y también los que mandaban de qué no había que reírse. (Caso especial fue el de un periodista indignadísimo y rabioso porque Guillermo del Toro no hubiera gritado «¡Viva México!», como él, el periodista, desde su altísima estatura moral y su broncíneo patriotismo, decreta que debería hacerse en semejante ocasión). De modo que los enjambres ya no sólo se alocan y avientan caca y uno puede acabar todo picoteado: ahora tampoco es posible librarse de acabar regañado por la osadía de encontrar algo chistoso.

 

@JI_Carranza

 

Publicado el 8 de marzo de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural

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