Etiqueta: Redes sociales

Estoy leyendo

Siempre nada es nunca lo que era. Por ejemplo, la lectura. Hoy en día, vengo enterándome —¿por qué?, porque a eso estamos condenados en este tiempo, a vivir enterándonos de cosas que no tendrían que importarnos o que, de modo palmario, no importan en absoluto—, existe algo llamado “lectura performativa”. Y al saber qué es me fui para atrás (curiosa expresión ésta, ignoro si aún se use: tiene el sentido llano de caer de espaldas debido a alguna sorpresa o impresión mayúsculas; como el “¡Plop!” de Condorito, vamos, y pienso ahora que Condorito es un personaje seguramente hoy funable por numerosas razones… Pero me desvío).

      A ver si lo he entendido como es. Se trata, la “lectura performativa”, de una suerte de exhibición o puesta en escena practicada por individuos —mayormente hombres heterosexuales, aunque hay de todo— que leen libros en lugares públicos, pero de tal manera que lo público de esos lugares les procure, justamente, un público que los vea leyendo. Y que los admire por eso. O que se haga, en torno a ellos y a eso que hacen, figuraciones edificantes; que, al encontrarlos o divisarlos, al descubrirlos así sea de reojo o a la pasada, en la sensibilidad de sus espectadores quede la impronta que esos lectores desean y por la que trabajan. Pues al elemento central de su performance, que es el libro, suelen añadir con premeditación y esmero accesorios distintivos de una cierta forma de ir por el mundo: cortes de pelo y bigotes y barbas y anteojos y aparatos y bolsos (acaso también un perro), prendas determinadas e incluso bebidas, y hasta formas de moverse y sentarse y de estar. Para que ese mundo por el que van y en el que al cabo se instalan los descubra y se intrigue y se embelese ante lo que hacen: en la banca de un parque, bajo la sombra de un árbol, en la mesa de un café, preferiblemente en la terraza; o en un asiento del transporte público, o incluso en la sala de espera antes de un viaje o en la ejecución de un trámite, y también en la fila para entrar al cine o a un concierto, pero además en la cola de la caja del supermercado, en los trayectos a pie de donde sea a donde sea, en un museo o un tianguis, dondequiera que puedan instalarse con su gran letrero invisible que dice: “¡Mírenme, estoy leyendo!”.

      Parece que la identificación de este tipo de lectores anhelosos de ser vistos leyendo comenzó a darse en TikTok, y que esa identificación tuvo el propósito inmediato de denunciar su ridiculez. Porque, por lo que resulta evidente, en el montaje de sí mismos que realizan lo principal es la construcción de una apariencia, y para ello los volúmenes que suelen llevar son títulos prestigiados por la cultura y, preferiblemente, desafiantes o de sabidas complejidad y espesura: el Ulises de Joyce, por ejemplo, o el Tractatus de Wittgenstein. O literatura que anuncie una preferencia estética o moral específica y concreta, y por supuesto difícilmente cuestionable. O bien lo que llevan (y exhiben) son libros que subrayen la sensibilidad o el temperamento que buscan sugerir, que sugieran cómo está constituida su alma y de qué son capaces en este mundo podrido: poesía, desde luego, y filosofía y psicología, pero también de las materias en boga en estos tiempos desasosegados e hiperactivos, alarmados y quebradizos, inestables y ansiosos: feminismo, teoría queer, ecologismo y lo que hoy sea que se entienda por lucha social y veganismo y yoga y similares y anexas. Siempre ha de ser algo chic y de moda: no podrían performatear los lectores performativos con un ejemplar de la Miscelánea Fiscal, por ejemplo, o con algún fardo de don Manuel Puga y Acal… Pero sí con Propercio, pongamos, pues de lo que se trata también es de resultar enigmáticos y desconcertantes —aunque no tanto como para permitirse A calzón quitado, de Irma Serrano…

      Es muy extraño, si es como lo he entendido. Gente que lee para que se vea que lea, y para que de ahí se extraigan conclusiones favorables sobre su constitución y su actitud ante la vida. Sujetos que quieren pasar por cultos, o sensibles, o profundos, y para ello apuestan a fabricar un personaje en torno al acto de leer. ¿E interesa si en realidad leen? No parece. Ahora bien: más allá de lo patéticos o risibles que sean (pues payasos y farsantes siempre ha habido, eso es lo de menos), a mí lo que me llama la atención es el hecho de que en la caracterización de esta especie se atribuya a la lectura un poder de significación digno de tenerse en cuenta. Lo que empezó en TikTok luego saltó a otros ámbitos, y ahora el fenómeno es materia de análisis y debate en medios serios —The New Yorker o Ethic, por ejemplo— que se han abocado a desentrañar qué implica esta conducta en la conformación de las culturas urbanas contemporáneas. ¿Así que leer todavía importa?

      Yo creo que, en el fondo, las interrogantes que promueve la proliferación de los lectores performativos no distan mucho de las que podríamos hacernos al respecto de lo que busca y quiere la gente que va a leer en voz alta durante la celebración del Día Mundial del Libro que organiza la FIL ¿Y cuál es el lugar que puede tener hoy en día la lectura a solas, en silencio, sin nadie que nos vea y sin que con nadie tengamos que quedar bien? Muy raro todo.

      Ahora ya me va a dar pendiente lo que piensen de mí si me ven con un libro en el banco o en el cafecito. 

J. I. Carranza

Mural, 19 de abril de 2026.

Foto: @leyendometro, en X

Tengo una queja

Me asomé un rato a ver el paso de los astronautas detrás de la Luna. Como tenía mucho que hacer, dejé la transmisión corriendo en una ventanita mientras brincaba entre las otras cuarenta ventanas abiertas en mi computadora; ajusté el volumen para tantear cuándo sería oportuno ir echando vistazos: por largo rato, en el canal de la NASA se veían sólo formas indiscernibles, y las voces gangosas dejaban transcurrir largos silencios, de manera que parecía que la señal se había perdido. De pronto me descubrí muy molesto. Cuatro seres humanos habían llegado más lejos que nadie en la historia, estaban viendo con sus propios ojos lo que jamás nadie había visto, corrían para ello un constante riesgo de morir de modos espantosos, para la inmensa mayoría de quienes lo presenciábamos era impenetrable la ciencia que hacía posible la hazaña, había millones de personas conectadas en la celebración asombrada de lo que la humanidad puede proponerse y lograr, parecía que la misión estaba desarrollándose con éxito y según todo lo previsto… Y a mí me molestaba que el pedazo de Luna en mi pantalla se viera desenfocado y, además, que tardaran tanto tiempo en ese tránsito. Pensé: si la NASA es capaz de mandar una nave a la Luna, ¿por qué no le pone una cámara que sirva? (Se veía como lo que graban —para nada— las cámaras del C5 cuando alguien quiere saber cómo se cometió un delito, la imagen toda borrosa y cucha). Y pensé también: ¿Y por qué diablos van tan despacio?

      En algún otro momento del día recapacité en que mi queja —para nadie, necia, estéril, qué bueno que no la formulé en voz alta, aunque aquí estoy confesándola— no sólo era ridícula y patética, sino que exigía una mínima elucidación. Porque quizá podría ser indicio de algo que acaso nos ataña como sociedad… pero también porque, de no razonar sus motivos, habría debido reconocer que era sólo señal de neurosis, o del desacomodo de la realidad que a menudo amenaza conforme vamos envejeciendo, y que nos orilla a renegar de todo: como cuando el abuelo Simpson escribe una carta indignada a una televisora: “La siguiente es una lista de palabras que no quiero volver a oír en sus programas de televisión…”. 

      Descartada de modo convenenciero esa segunda explicación, más bien me incliné a considerar que, por una parte, en las sociedades urbanas y con los medios que tenemos a nuestro alcance, vivimos un tiempo en que la producción y la propalación de quejas son más prósperas que nunca. El otro día pasé por error por X (siempre es un error, un desvío, una temeridad, algo de lo que nos vamos a arrepentir), y encontré el siguiente diálogo: alguien se quejaba del nombre de un restaurante: no del servicio, no de la comida, no de los precios: del nombre. Alguien más le respondió. “Qué asco se ha vuelto X, todos se quejan de todo”. Y el primero repuso: “Te estás quejando de una queja, mejor cállate el hocico”. Puede ser que, si hoy nos consentimos tantos motivos de inconformidad, de disgusto, de irritación o de auténtica rabia, sea gracias a que tenemos cómo darles cauce. Al margen de que esos motivos sean o no justos. Siempre tenemos la opción de rumiar en privado, pero con el celular a la mano esa opción se vuelve inservible (o con un teclado, lo estamos viendo: ahora mismo estoy preguntándome cuánto de lo que ha informado esta columna en cerca de un cuarto de siglo ha sido la pura y diamantina gana de quejarme de algo). Y da la impresión, por lo mismo, que nada hay que no pueda ser motivo de queja: desde el basural regado sobre la banqueta y que la alcaldesa tapatía no tiene la menor intención de mandar limpiar —la distraería de estar grabando reels para decirnos qué come— hasta la conducta de cualquier individuo o nación, o por la existencia misma de cualquier entidad concreta o abstracta en la inmensidad del universo: sigo, por ejemplo, una cuenta en Instagram dedicada a quejarse de los números: por qué el 7 va luego del 6 y no antes, por ejemplo. 

       Es cierto que tal estado de las cosas puede ser cansador. Vamos por la vida como si ésta nos debiera todo, persuadidos además de que somos el centro de la Creación y de que nada importa más que la satisfacción inmediata de nuestros deseos, el aplacamiento expedito de nuestras ansiedades y la conformación del mundo a nuestro caprichudo parecer. Pero concedamos que esta realidad quejumbrosa tiene su cariz virtuoso, apreciable en cuanto advertimos que no podría ser más deseable una sociedad donde la vida estuviera libre de protestas y pataletas, de retobos y gruñidos, de lamentaciones y reniegos, de entripados y fruncimientos. Pues, dada la imperfecta naturaleza humana, ello significaría no que tal sociedad estaría limpia de ocasiones para el descontento y la reclamación, sino que imperarían entre sus habitantes la resignación y el sometimiento a la adversidad, fruto de la represión y del silencio impuesto. Pobres, siempre, de quienes no pueden alegar porque así les va. Qué lata que nos quejemos de todo; qué suerte que podamos quejarnos de cualquier cosa. 

      A ver si para la siguiente vez que vayamos a la Luna (sí, tú: “vayamos”), a la nave le ponen una camarita de mejor calidad: hasta en el Baratillo las venden. Y a ver si se avientan el viaje un poco más aprisita, porque uno está siempre muy ocupado como para quedarse ahí viendo por horas. 

J. I. Carranza

Mural, 12 de abril de 2026.

Calor o frío

Por si a la sociedad mexicana le faltaran motivos para la división y el encono, para la discordia estéril y la proliferación de fanatismos histéricos, en las redes sociales va y viene, y viene y va, una discusión necia —o ni siquiera es discusión, pues los argumentos escasean y a cambio abundan las invectivas— entre quienes se definen como partidarios del frío y quienes están a favor de que haga calor. Cada bando, desde luego, tiende a hacer proselitismo, y por ello las celebraciones de sus preferencias se explican, en buena medida, como evangelización activa y escarnio y condena de los descreídos. En temporadas en que el frío o el calor arrecian, lo mismo pasa con la furia de los creyentes, que se rige por el sube y baja del termómetro, de tal modo que con los primeros vientecillos frescos los gélidos festejan y se sienten triunfantes, así como los cálidos no tardan en cantar los sudores que desata la primavera en cuanto llega.

       Que esta disputa irresoluble tenga lugar en esa extendida forma de existencia que son las redes dice mucho de la medida en que éstas atarean nuestra pobre atención con asuntos cada vez más deleznables. Pero, antes de ir sobre ese punto, lo que primero me interesa subrayar es de qué manera, como si cualquiera de los dos partidos pudiera tener razón, cada uno esgrime sus sentires —las formas de su fe— como verdades incontrovertibles, con tales ansias y virulencia que a menudo la confrontación pronto se impregna con saña. ¿No piensas como yo? Pues entonces eres digno de desprecio y por tanto te sobajo y te exhibo y te insulto y me burlo. Mi elección (el ventilador o la chimenea, el suéter o el short, el chiflón o el solazo, el chocolate hirviente o la cerveza helada) es mejor que la tuya, ante todo —o solamente— por ser mía, y puesto que estás del otro lado entonces eres mi enemigo y mi misión es aniquilarte. Sea la predilección por el frío o por el calor, o sea cualquiera otra materia de discrepancia, es distintivo de este tiempo que casi toda desavenencia tienda a convertirse en altercado y enseguida en lucha a muerte.

       Yo sospecho que esta rapidez que hemos ganado para la animosidad y la rabia está relacionada con la multiplicación de posibilidades a nuestro alcance para la manifestación de nuestros pareceres. O dicho de otro modo: las facilidades que hoy tenemos para expresarnos revelan cómo, más que tener la razón, lo que nos importa es demostrar que la tenemos. Nuestras experiencias y nuestros juicios, al estamparse en un post o un tuit, se truecan en afirmaciones sagradas de nuestro ser, y si alguien las ataca está atentando contra nuestros más macizos fundamentos. El otro día, en uno de los grupos de tapatíos nostálgicos que hay en Facebook —ya he contado que me gusta asomarme de vez en cuando para ver las fotos antiguas que ponen, a veces acompañadas de informaciones sorprendentes—, alguien colgó dos imágenes prácticamente idénticas de la fachada de un templo en el centro de Guadalajara, sólo que una estaba en blanco y negro y otra a colores, lo que sugería el paso del tiempo. Eso bastó para que, de inmediato, en los comentarios dos personas empezaran a pelearse; nunca entendí bien por qué, creo que el pleito era por demostrar en cuál foto el templo se veía más bonito (cuando se veía igual en ambas), pero se tiraban a matar. ¿Será que las redes van pareciéndose cada vez más a la vida?

       Estas ocasiones para la enemistad y la ojeriza motivadas por tonterías tienen, sin embargo, su lado positivo. Aunque ni los tropicales ni los glaciales puedan lograr nada con sus entusiasmos o sus aversiones, y aunque nunca lleguen a torcer el gusto de sus adversarios para que acepten las indemostrables bondades del clima que adoran, está bien que se entretengan así y no les queden energías para batirse por otras causas, como las políticas o las ideológicas. Sobrados estamos de antagonismos en estos terrenos. Lo malo, podría pensarse, es cuando, sin percatarnos, quienes querríamos permanecer al margen terminamos involucrándonos y tomando partido, distrayéndonos así en toda suerte de insensateces. ¿Pero no es peor enzarzarse en enfrentamientos más improductivos aún, como los suscitados por la marcha de este país enloquecido? Uno ve, por ejemplo, a los malquerientes y a los adoradores de quienes encabezan esa marcha, los desfiguros de que son capaces, sus afirmaciones demenciales o sus defensas alucinadas, las mentiras que gustosos se tragan y las elaboradas fantasías que componen, y se pregunta qué sentido tiene agregar más necedad y más sinrazón. De acuerdo: es posible que al elegir en cuáles jaleos participamos entren en juego implicaciones éticas o responsabilidades cívicas. Pero seamos sinceros: en el ambiente de gritería y sordera generalizadas que prevalece (y no sólo en las redes), ¿a fin de cuentas de qué sirve nuestra ínfima opinión?

¿Calor o frío? Yo diría, si alguien me lo preguntara, que el frío que llega a hacer en estas latitudes, por bravo que sea, casi siempre hay forma de que te lo quites de encima. El calor, en cambio, ni encuerándote. Pero eso pienso hoy, cuando escribo esto y estamos a 36 grados a la sombra, y me acuerdo del parlamento de un personaje en una novela de Bioy Casares, que para recordar un verano infernal y enloquecedor decía: «Hacía un calor que ya la gente se reía».

J. I. Carranza

Mural, 4 de junio de 2023.

Extinción

Las transformaciones más radicales de las sociedades son, a veces, las que operan de modos más sutiles e inadvertidos: lentas pero consistentes e imparables mutaciones de las conductas de los individuos, a la postre imperantes en las masas, sólo nos percatamos de ellas cuando ya son irreversibles. Hacia finales del siglo XIX, por ejemplo, Oscar Wilde señaló —pero ya era demasiado tarde— cómo se había degradado el ejercicio de la mentira y era difícil encontrar quién mereciera el título de mentiroso con todas las de la ley: desde los políticos hasta los poetas, todo mundo estaba patéticamente abocado a la procuración de la verdad, con las lamentables consecuencias que semejante pretensión trajo consigo para la civilización al hacernos canjear los frutos mejores de la fantasía por «la pobre vida humana, verosímil y carente de interés». 

       No sé si será igualmente irreversible otra pérdida tremenda a la que estamos asistiendo hoy mismo, presenciándola pero sin reparar en ella, y que sólo lamentaremos hasta caer en la cuenta de sus más flagrantes estragos. La humanidad está quedándose sin idiotas (o, al menos, ese sector de la humanidad al que podemos sentirnos integrados cuando pensamos en la vida moderna, preferiblemente en sus vertientes urbanas). No quiero sonar demasiado alarmista, pero todos los días encuentro razones para convencerme de que la auténtica y mejor estupidez, aquella que otrora se materializaba y era evidente en hechos y dichos de incontables imbéciles incontestables ha entrado en un proceso de extinción, y la culpa es de la sociedad en su conjunto, que quién sabe cómo podrá seguir adelante sin la participación activa de sus más conspicuos tarados y sus descerebrados más sobresalientes. Y los idiotas son muy necesarios. Indispensables, diría yo, para saber quién no lo es.

       Si mis amables lectores tuvieron suerte —espero que sí—, en la semana habrán visto el video en el que se aprecia cómo, al dar un salto de una ventana a otra de Palacio de Gobierno, en Guadalajara, un joven se estrella bonitamente en el suelo, luego de haberse hecho, de seguro, uno o varios raspones en brazos y piernas y faz, cuando el pedazo de alféizar en el que aterrizaría se desmoronó bajo su peso y el saltarín no fue hábil para sujetarse de los barrotes —por lo visto, tener extremidades prensiles e incluso pulgares oponibles no es suficiente para que la evolución haya terminado de hacer su trabajo—, de modo que la fuerza de gravedad hizo lo suyo y produjo el soberbio costalazo, más admirable aún por el sonido seco y espeluznante del cráneo contra los adoquines, una piedra contra otra, luego de lo cual se alcanzaba a verlo medio incorporarse, más aturdido que adolorido —más adelante se habrán invertido las magnitudes de estos efectos: le habrá dolido más la vergüenza en el momento, tal vez, pero la vergüenza suele durar menos que el picor de una descalabrada sabrosa.

       Bueno, pues el intrépido —ni tanto— acróbata, practicante de esa aparatosa procuración del suicidio conocida como parkour (trapecistas de sí mismos que gustan de grabarse mientras libran vacíos y dan maromas, hasta que algo sale mal y entonces la épica se trueca en ridículo o en funeral), fue de inmediato identificado como  influencer, término que, entiendo, sirve para referirse a un famoso cuyos seguidores toman decisiones a partir de lo que el famoso dice o hace —aunque eso ha existido siempre, desde luego—, especialmente en la realidad suplementaria que son las redes sociales. No sé si en efecto lo era y si ya dejó de serlo: tal vez cerró sus redes luego del ranazo y del daño al patrimonio del pueblo de Jalisco (busqué sus cuentas y no las hallé). Pero el hecho de que perteneciera a ese gremio, el de los influencers, ya desactivaba automáticamente cualquier intento de tomarlo como un idiota rotundo e inequívoco. Pues la sola búsqueda de notoriedad y de fama cuenta como una justificación tácita de las más extremosas hazañas (físicas o morales) de cualquiera que se proponga asir, así sea por unos instantes, la atención y la devoción de las multitudes.

       Pongámoslo de este modo: nuestra embotada tramitación de la realidad presente está filtrada en gran parte (si no es que del todo, en muchos casos) por la urgente necesidad que redes y medios tienen de capturar nuestra cada vez más escasa atención, así sea por unos instantes. En la medida en que sirve a ese fin, lo más grotesco, lo más monstruoso, lo más repulsivo, lo más insensato es, también, lo más deseado, lo más procurado: por las redes, por los medios y por nosotros. Y así, cuando para triunfar (en casi cualquier ámbito en el que el triunfo depende del embeleso de las masas) lo que hace falta es hacer las mayores idioteces, resulta que nos vamos quedando impedidos de distinguir quiénes son los más esmerados y hazañosos idiotas, y entonces todos lo son, lo que equivale a decir que ya nadie lo es. Ya casi ninguno logrará azorarnos o escandalizarnos lo suficiente. Pero, además, en estos tiempos timoratos y neuróticos, también nos hemos ido privando de llamar a las cosas como son, y hace un buen rato que dejamos de decirles estúpidos a los estúpidos, con lo que también aceleramos su extinción casi definitiva.

       Dudo que pase, pero ojalá algún día los idiotas recuperen el lugar excepcional del que disfrutaban en otros tiempos.

J. I. Carranza

Mural, 21 de mayo de 2023.

¿Cómo? ¡Así!

Entre antier y ayer, la calma pastosa de este tiempo inaudito se vio perturbada por cierta información escandalosa que circuló por Twitter, y que a más de alguno habrá hecho temer una catástrofe. Por supuesto: todos estos términos que acabo de usar son excesivos, pues el origen de tal perturbación era la cuenta de una revista mexicana, supuestamente cultural pero cuya vocación, en realidad, es la explotación mercadotécnica (y muy chabacana) de ciertas posibilidades ¿lúdicas? del idioma… Dado que la importancia de la actividad de las redes sociales se calcula en función del alcance de dicha actividad —si no es multitudinario no cuenta—, no hace falta explicar que en este país no existe ninguna revista importante: la ocurrencia en cuestión ameritó una interacción más bien modesta, de unos cuantos cientos de ociosos. Pero de todos modos dio qué pensar.

Se trataba de una noticia, falsa, según la cual la Academia Mexicana de la Lengua habría suprimido «oficialmente» los signos de apertura de exclamación y de interrogación. Intriga saber las razones que pudo tener quien tuiteó eso a nombre de la revista, si bien, al ver la respuesta cosechada (la misma Academia tuvo que salir a desmentir), la misma cuenta alegó horas después que la intención había sido humorística. En cualquier caso, no es improbable que esa noticia se pensara que alegraría a más de alguno. La prescindencia, deliberada o por ignorancia, de los signos de apertura, es uno de los rasgos más flagrantes del pésimo uso del idioma español, un idioma por cuyas flexibilidad y riqueza expresiva el uso doble de los signos es absolutamente indispensable. Y si alguien quiere que se dejen de usar así, lo querrá sólo por haraganería, y porque no le importa que se entienda o no lo que escribe. (Veamos ahora mismo nuestros mensajes de WhatsApp y hagámonos una idea de lo que habría ganado esa forma de comunicación, y cómo se habrían evitado malentendidos, si el uso correcto prevaleciera. Pero más bien ocurre lo contrario, y es una desgracia).

¿Una ociosidad, el tuit en cuestión? Claro. Y peor si uno repara en que hay formas inmensamente mejores de pasar por esta tensa espera. Dejando de asomarse a las redes, para empezar.

 

J. I. Carranza

Mural, 9 de abril de 2020

Vámonos

¿Por qué seguir en Facebook? Las respuestas posibles son cada vez menos convincentes.

 

Quizás como mucha gente, pero no tanta como para que sea verdaderamente relevante, he estado preguntándome estos días por qué diablos sigo en Facebook. Veo a Zuckerberg pasmado en los interrogatorios tontolones a que lo han sometido en el Senado gringo, a raíz de que se supiera que los datos de millones de usuarios quedaron a disposición de una empresa para influir en la elección de Trump, y parece que ni siquiera hace falta esforzarse en fabricar memes: las preguntas y las respuestas, pero sobre todo las actitudes, dan idea de lo grotesca que ha llegado a ser la influencia de un solo hombre en la forma que el mundo tiene hoy en día. (El tipo, según una nota de The New York Times, en previsión de estas audiencias contrató a un equipo para que recibir un entrenamiento exprés «en humildad y encanto»).

La trayectoria de este empresario «talentoso» —y ya tendríamos que ir revisando nuestras ideas acerca del  talento, uno de esos gigantescos malentendidos que tienen al mundo podrido— habrá podido ser todo lo meteórica que se quiera, pero, como leí por ahí, el hecho es que lo llevó de crear una página para rankear el atractivo físico de las compañeras en la universidad a contribuir a meter a un fascista en la Casa Blanca. Y nomás de verlo, tan tieso y solo en el fondo de su desmesurada importancia, dan ganas de zafarse de inmediato de la red en que dejamos que nos atrapara.

Leo, en un artículo de The New Yorker, que Zuckerberg ha pasado la mayor parte de su vida adulta disculpándose por lo que hace. Y que verlo ahora reducido (es un decir) nos llena de satisfacción porque podemos cargarle todas las culpas que no queremos reconocer. Porque lo cierto es que estos años nos la hemos pasado encantados en Facebook. ¿Y por qué seguir ahí? Las razones que yo encuentro son básicamente dos: me imagino que es una forma de estar en contacto con quienes tendría alguna dificultad (pero no insuperable) para encontrar en otro lado. Y la otra: medio difundo por ahí cosas que me interesa que se sepan. Pero tampoco es algo que no pueda hacer por otras vías. Y me pregunto: si hubiera una fuga en masa, si todo mundo se largara, ¿cómo se sentiría permanecer ahí?

Como Zuckerberg, quizás.

 

@JI_Carranza

 

Publicado el 12 de abril de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural.

Todo ante todos

Temer por nuestro rastro digital no es muy distinto de temer por el Juicio Final.

 

No sé quién, de niño, me hizo el obsequio atroz de esta descripción del Juicio Final: llegado ese momento, todos los individuos que en el mundo hemos sido seremos reunidos en un mismo lugar, donde presenciaremos una a una todas nuestras existencias, de principio a fin, en detalle. «Todos» había que entenderlo en sentido estricto, desde Adán hasta el último de sus descendientes, si bien para mi imaginación infantil esa multitud comprendía apenas la suma de mis compañeros de escuela y las maestras («¿Vamos a ver qué hace la seño Chencha cuando entra al baño?»), mi familia y los parientes, el de la tienda, el de la carnicería, los borrachines del barrio, la señora de la papelería, los pacientes de mi papá, los amigos de mis hermanos… La humanidad entera en una especie de estadio gigantesco, presidido por una pantalla descomunal en la que se proyectarían, a lo largo de un tiempo que equivaldría al tiempo transcurrido desde la Creación hasta el Juicio mismo (pues para eso es la eternidad: para que no se acabe), nuestras vidas completas, a fin de que todos supiéramos cuánto habíamos pecado y el Pantocrátor fuera decidiendo si merecíamos la bienaventuranza a Su lado o el castigo incesante de las llamas donde irían cayendo los réprobos.

El corolario de esta visión era sencillo: pórtate bien, porque al final todo se sabrá. Por todos. Era escalofriante —sigue siéndolo: uno nunca acaba de deshacerse de esas enseñanzas— porque afirmaba que la privacidad no existe. Dios no sólo está registrando todo lo que haces, piensas y sientes, sino que además lo exhibirá. Y tus papás lo van a ver, y tus amigos, y la seño Chencha…

Creo que un terror parecido es el que han activado las revelaciones recientes sobre lo que Zuckerberg y compañía son capaces de hacer con lo que saben de nosotros. Ahora bien: ni que no supiéramos. Lo he leído varias veces estos días y ya no sé quién lo dijo primero: si el producto es gratis, es que tú eres el producto. Pero el hecho es que en nuestro pasado está siempre nuestra condena. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Borramos ese pasado? ¿Servirá de algo? ¿Cómo nos las arreglamos para ya no ir dejando trazas? ¿Y cómo le quitamos las cámaras y los micrófonos a Dios?

 

@JI_Carranza

 

Publicado el 29 de marzo de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural

Enjambres

La libertad de expresión, vuelta megalomanía regañona en las redes.

 

Las redes sociales se han convertido en enjambres cuyo zumbido amenazador debería bastar para mantenernos a prudente distancia. Con sólo testerearlos un poco se desata en ellos una furia incontrolable, y, sin embargo, allá vamos, a meternos de cabeza. Desde hace rato ha venido usándose el término shitstorm (tormenta de mierda) para describir lo que puede pasar ahí (la Fundación del Español Urgente recomienda usar «linchamiento digital», pero a mí me parece que, paradójicamente —un linchamiento no puede ser peor que aventar caca—, esta expresión atenúa la realidad de lo que ahí sucede). Ya se sabe: ha habido vidas y carreras destrozadas luego de que el enjambre se ensañara con ellas. Pero, lo dicho, ahí vamos a meternos una y otra vez.

Es posible que aquello que parecía emocionante de las redes, que era la libertad de expresión que vehiculaban, haya adoptado una forma inédita trazada por la megalomanía de sus usuarios al descubrir los alcances que podían tener sus pareceres. Si millones pueden prestarte atención, la humildad seguramente irá resultándose cada vez más una cosa incomprensible. Y es que decir lo que uno piensa no es ya meramente eso, sino también afirmar que lo que uno piensa es importante. Es lo más importante, y los demás deberían pensar así. Y lo que a mí no me divierte no tendría por qué divertirte a ti. Y lo que a mí me preocupa, a ti debería tenerte absorto. ¿Crees otra cosa? Entonces me dejo ir contra tu ridícula y retrógrada e ignorante y miserable opinión.

Por ejemplo, durante la pasada entrega del Óscar. Yo me quedé con la impresión de que, más abundantes que los tuits que contenían chistes o memes, fueron los que los censuraban o reprendían, y también los que mandaban de qué no había que reírse. (Caso especial fue el de un periodista indignadísimo y rabioso porque Guillermo del Toro no hubiera gritado «¡Viva México!», como él, el periodista, desde su altísima estatura moral y su broncíneo patriotismo, decreta que debería hacerse en semejante ocasión). De modo que los enjambres ya no sólo se alocan y avientan caca y uno puede acabar todo picoteado: ahora tampoco es posible librarse de acabar regañado por la osadía de encontrar algo chistoso.

 

@JI_Carranza

 

Publicado el 8 de marzo de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural

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