Autor: Verónica Nieva (Página 11 de 17)

¡Ahora resulta!

La esperanza duró hasta que se vio que los billetes no iban a alcanzar. ¿No alcanzan? Siempre hay, qué duda cabe, y siempre tendrían que alcanzar (pues alcanzan, y sobran, por ejemplo, para la propaganda y la «comunicación social», o para la existencia plena de los partidos políticos), pero el hecho es que, cuando se trata de cultura, ¿por qué diablos tendrían que alcanzar? Es más: se habrá podido asegurar y jurar en campaña que ahora las cosas serían distintas, y que el presupuesto atendería por fin la famosa recomendación de la Unesco, y que todos seríamos felices, pero en realidad nunca hubo la menor intención de que esas promesas fueran a cumplirse alguna vez. ¿Cultura? Sí, claro, lo que quieran… Además: el discurso sobado según el cual se toma a la cultura como ensalmo prodigioso para «restaurar el tejido social» sirve muy bien a las ilusiones que se venden, pues en esa formulita se descargan muchas otras responsabilidades que haría falta asumir con urgencia, pero que son más trabajosas. ¡Cultura para todos! Nomás que, a la hora de sacar los billetes, ya se vio que no.

Defraudados, contristados o furiosos, un piquete de artistas y trabajadores del sector fue a reclamar a los diputados. Su indignación, con todo y que es justa, no deja de ser algo patética. ¿Pues con quién creían que estaban tratando? ¿En qué país creían que estaban? Es un poco triste ver cómo se les derrumba la fantasía de haber llegado a una nueva era en la que habría de imperar la sensatez. Pero sólo un poco: también se lo tienen merecido. Porque hizo falta lo que ahora temen para que se pusieran críticos por fin, porque han dejado pasar tantas incongruencias y tantas estupideces y tanta mentira, para, ahora sí, exaltarse. Y fueron a mostrarle su estupor al diputado stripper (¿y cuando ese diputado fue designado titular de la Comisión de Cultura qué dijeron?). El actor Giménez Cacho se sorprende: «La prioridad de este gobierno no está en la cultura. Entonces todo lo que se dijo al respecto se llama demagogia; si no está soportado por un presupuesto, se convierte en demagogia». Y salieron sin conseguir nada, nomás fueron a hacer muina.

Que se vayan acostumbrando. Y todos nosotros también.

 

J. I. Carranza

Mural, 20 de diciembre de 2018

Venta nocturna

Puntualmente, cumplimos con el ritual de ir a una venta nocturna. Como si no tuviéramos memoria, o, más bien, como si la que tenemos no nos sirviera de gran cosa. Hace dos años fue para comprar una impresora, que había tenido el pésimo gusto de amargarnos la Navidad con su suicidio; el año pasado, lo que urgía era comprar una estufa, pues de lo contrario no sólo no habríamos tenido cena navideña, sino probablemente tampoco casa, pues el gas que se fugaba amenazaba con hacernos volar por los aires. Son cuestiones de urgencia, siempre, y siempre en estas fechas. Y esta vez fue la lavadora, que enloqueció por fin. Y allá fuimos, sin recordar que la reposición de la impresora nos había metido a una vorágine espantosa (cuando caímos en la cuenta, llevábamos siete horas metidos en un centro comercial, oyendo los villancicos de Pandora), ni tampoco que la búsqueda de la estufa ya nos había revelado la tomadura de pelo que suelen ser esas «baratas» frenéticas (acabamos hallándola, realmente barata, en otro lado).

Sólo hasta que estábamos ahí nos percatamos de que habíamos caído de nuevo en la treta. Una venta nocturna de una tienda departamental en los días en que el aguinaldo tintinea en el monedero (y anunciada, además, como ¡la última del año!) es la ocasión menos indicada para comprar algo que se necesita: los precios están de tal modo inflados que, aun con el 30 por ciento de descuento, más otro 30, y algo más que pretenda hacerte el vendedor porque le caíste bien, siguen quedando inflados; encima, la mercancía sólo te la entregarán hasta mediados de enero. ¿Y mientras qué íbamos a hacer? ¿Nos íbamos a ir a lavar la ropa al río? Esta perspectiva nos disuadió, y, felizmente, dimos con la solución en otra tienda que no alardeaba de tener grandes ofertas (y donde las lavadoras no costaban lo que un coche) y que en tres días hizo su entrega sin mayores problemas.

Nos salvamos, pero ¿por qué estuvimos a punto de ser estafados? Sigo preguntándomelo. Tal vez porque, en Guadalajara, parte sustancial de la Navidad consiste en asistir a ese ritual agobiante y enloquecer como toda la gente. Y no hay tradición, por absurda que sea, que no tenga su encanto. Por retorcido que sea.

 

J. I. Carranza

Mural, 13 de diciembre de 2018

En estos momentos

Las inflexiones decisivas de la historia sólo es posible reconocerlas cuando ha pasado el tiempo suficiente para contemplar con algún sosiego lo que sucedió. Por tanto, creer que se está viviendo un momento de quiebre por el cual el futuro ya no será lo que iba a ser, y creer además que es posible desentrañar ya el significado de los acontecimientos actuales, supone, en el peor de los casos, un exceso de ingenuidad. Y, en el mejor —como les pasa a muchos mexicanos ahora mismo—, es una convicción en la que se mezclan la esperanza de que lo que ocurra sea lo más favorable que tenga que ocurrir (o bien lo peor, para quienes experimentan esa convicción cargados de temores), la ilusión de que las palabras que oímos y los hechos que empezamos a presencia están fundados en la verdad (o la sospecha de que todo es mentira, para quienes se atrincheran en su recelo), y también (para optimistas y para pesimistas) una actitud de renuncia a la necesidad de la reflexión crítica, de la ponderación juiciosa de hechos y palabras, de la perspectiva que brinda la memoria, en lugar de todo lo cual se da preferencia a las efusiones de simpatía o franco entusiasmo, o bien de antipatía o declarado horror.

Dicho de otro modo: ni lo que parece más insólito en estas supuestas transformaciones o refundaciones es en absoluto inédito, ni tampoco lo más previsible deja de tener su novedad. Pero es un tiempo propicio para los agoreros, de un signo u otro, y ello quizás se explique en parte porque la realidad urgente de la que hay que ocuparse es tan espantosa y parece tan irremediable que preferimos abocarnos a la profecía y a la conjetura y a la figuración temeraria de que sabemos para dónde vamos. Yo no tengo idea, y me pongo en guardia contra cualquiera que afirme reconocer alguna señal que indique el rumbo. También es tiempo de fanatismos, y de desfiguros sin cuento, y de discusiones tan encendidas como insustanciales, todo lo cual sólo quita el tiempo que más nos valdría dedicar a trabajar. Nada nunca es para tanto, y menos en este país que hace mucho dejó de conducirse por ninguna lógica ya no digamos funcional, sino ni siquiera discernible, y que, sin embargo, asombrosamente sigue existiendo.

 

J. I. Carranza

Mural, 6 de diciembre de 2018

Alguien quiere leer (II)

Puede que, sin saberlo, quien quiere leer lo que busque sea literatura. En este punto pueden pasar varias cosas: que tenga suerte y se encuentre en su camino un libro que le recomienden; que la recomendación provenga de alguien cuyo juicio sea digno de tenerse en cuenta (alguien con cierto nivel de educación, vamos); que la lectura confirme que la recomendación fue buena… En cualquiera de estas posibilidades, hay el riesgo de que la cosa se estropee: si el recomendador es un orate o tiene pésimo gusto, o, si no lo es, quizás la lectura que recomiende no sea la idónea (por una infinidad de factores que sería imposible calibrar a la hora de decir: «Lee este libro, a mí me encantó»).

O bien esto: quien quiere leer se abstiene de pedir recomendaciones y se dirige por su cuenta a una librería o a una biblioteca. ¿Qué va a guiarlo en sus elecciones? Se querría creer que los libros mismos van a llamarlo, o que quizás reconocerá algún eco de su propia educación para saber por dónde irse («Como que me acuerdo de que mi maestra en la secundaria nos hablaba de un libro que la entusiasmaba mucho…»). Pero lo más probable es que, si entró a una librería, sean la mercadotecnia y la publicidad quienes le pongan los libros en las manos —en una biblioteca, me imagino, debe de ser mucho más difícil abrirse camino por primera vez… y me temo que esa primera vez frecuentemente terminará siendo la única.

¿Y qué va a acabar leyendo así? Lo que el mercado mande. Los libros famosos, las novedades más rentables, las páginas sensacionales que se supone que todo el mundo está o debería estar leyendo. Así que, si alguien quiere leer, será muy fortuito que llegue a las obras verdaderamente indispensables. Los buenos maestros (que, además, sean confiables) ayudan, los amigos con cierta experiencia también, muy rara vez la prensa, y no se diga la especializada (que casi no existe), y, quizás de modo todavía más excepcional, los editores y los libreros (de la literatura que vale la pena, se entiende), que, en el fondo de este laberinto, con muy escasa visibilidad y las penurias de siempre, tienen complicadísimo hacer las señales debidas a los potenciales lectores para que lleguen hasta ellos.

J. I. Carranza

Mural, 22 de noviembre de 2018

Del Paso

 

No es fácil deshacerse de un cierto sentimiento de orfandad cuando muere un autor como Fernando del Paso. ¿Quién nos queda?, nos preguntamos, como en la necesidad de dar cuanto antes con alguien que pueda llenar el vacío que queda, y también sumariamente decidimos que no hay quién. Es cierto: al extinguirse un creador de tal potencia y de tal singularidad, lo que hizo queda concluido, es definitivo, y se vuelve también definitivamente irrepetible. Pero también habría que reparar en que, en el caso de los titanes como Del Paso, la muerte es siempre menos decisiva que lo que suele ser para cualquier otro mortal: la obra la niega, la desmiente, y el hecho de que ya no contemos a su autor entre los vivos no quiere decir que haya desaparecido.

En todo caso, vamos, será un pretexto para insistir en que los lectores que no lo hayan hecho se acerquen a ese prodigio que es Noticias del Imperio: una hazaña de la imaginación fervorosa para cuya realización Del Paso debió convertirse en uno de los hombres más profundamente informados. Pero no es sólo que haya hecho la gran novela histórica: es que en ella hizo algo de la más grande literatura que puede proponerse el idioma español, y también le confirió eternidad al tiempo del que se ocupa y a sus protagonistas. Motivos de maravilla también abundan en Palinuro de México y en José Trigo: yo me quedo con el monólogo de Carlota.

En el año 2000, Fernando del Paso expuso en el Cabañas 2 mil rostros que había dibujado. Para anunciar la exhibición, en este periódico hicimos un trabajo especial que nos llevó a la casa del escritor, donde le pedimos que posara para una sesión fotográfica. Gustoso, aceptó quedarse en camiseta (él, que debe de haber sido el hombre más elegante del último siglo en México), dibujó un rostro más con pasta de dientes en el espejo de su baño, se llenó la cara de espuma, se afeitó delante de la cámara, al final le regalamos la navaja. Estaba muy divertido. Ahora he estado recordándolo así: como un tipo absolutamente genial.

(Hoy tocaba seguir escribiendo acerca de lo que empecé la semana pasada, lo que pasa con alguien que quiere leer. Ya será para la otra: ahora, lo que yo quiero es leer a Fernando Del Paso).

J. I. Carranza

Mural, 15 de noviembre de 2018

Alguien quiere leer (I)

Alguien, por alguna misteriosa razón, quiere empezar a leer. (Pienso en quien nunca lo ha hecho más que cuando ha sido inevitable, por ejemplo en la escuela, y que más o menos repentinamente un día se dice: «Me gustaría leer»). Para que surja ese deseo ha de cumplirse, al menos, una condición: que haya tiempo disponible, con el que no se sabe bien qué hacer. También habrá lectores para los que no será impedimento la escasez de tiempo, pero son rarísimos. El hecho es que, en gran medida, la lectura es vista como una actividad recreativa; además, siempre se dice que uno se la pasa muy bien, que se disfruta mucho, que puede ser no sólo divertido, sino hasta apasionante. De manera que el deseo de leer generalmente está relacionado con la ociosidad.

Alguien, pues, quiere leer, y dado que pretende invertir gozosamente así sus ratos libres, lo natural es que lo que quiera leer sea literatura. Para todo hay gente, claro, y habrá almas retorcidas o por lo menos exóticas que hallen placentero sumergirse en la Miscelánea fiscal, pero serán minoría. Así que, quien quiere leer, a lo que aspira es a dar con novelas y cuentos, principalmente: quiere historias (y los libros de historia y las biografías califican bien para satisfacer ese apetito, por lo que la distinción casi no es relevante; además, para muchos lectores en ciernes, tampoco hay gran diferencia entre la ficción y lo que no lo es, pues su experiencia de lectura está supeditada, la mayor parte de las veces, a la convicción de que todo lo que llega a las páginas de un libro sucedió en realidad). Ahora bien: no siempre —o, quizás, casi nunca— está claro que lo que se busca es literatura. De ahí que a un lector incipiente pueda atravesársele otra cosa que lo parezca (historia, ya dije, pero también psicología, filosofía —sobre todo si no es demasiado espesa—, reportajes convertidos en libros y, principalmente, autoayuda), y lo lea, con sincero interés, con innegable deleite, aunque alejándose cada vez más —si llega a seguir leyendo— de la posibilidad de dar con la literatura, que quién sabe qué será.

(Estas observaciones sobre los modos en que se conducen quienes tienen el misterioso deseo continuarán la próxima semana).

J. I. Carranza

Mural, 8 de noviembre de 2018

Nueva «tradición»

Hicieron falta la película de James Bond, primero, y luego Coco, para que la celebración del Día de Muertos cobrara una vistosidad que no había tenido antes y se convirtiera en una nueva «tradición». Es cierto que, desde que Posada descubrió la riqueza alegórica de los esqueletos para criticar su tiempo, la muy católica conmemoración de los fieles difuntos en México se aprovechó con alguna singularidad idiosincrásica para revivir —la Muerte siempre revive— formas medievales de plantar cara a nuestra finitud mediante el jolgorio; también para asimilar de un modo más bien inofensivo las raíces prehispánicas enredadas alrededor del tzompantli, de modo que, desde el siglo pasado, cada 2 de noviembre fuera encontrando su sentido la recordación de los que se adelantaron, todo ello mezclado con manifestaciones autóctonas de mayor o menor autenticidad.

Sin embargo, de unos años para acá, lo que se ve es la explotación excesiva de un supuesto rasgo de identidad nacional en aras de un folclor hechizo que, si bien ha pegado (profusión de cempasúchil, gente pintarrajeada como presumibles calacas —en realidad parecen panditas—, pan de muerto en el súper desde agosto), en su frivolidad recalca nuestra esquizofrenia cotidiana. ¿En México de qué hablamos cuando hablamos de la muerte? Quieren, los entusiastas de las catrinas, que con sus desfiles y papeles picados y altares y humaredas de copal y calaveritas de azúcar y de versitos se reafirme nuestro trato confianzudo con «la huesuda», que en el país donde la vida no vale nada vendría a hacernos los mandados. También, seguramente, que se vea en esta fiesta una reivindicación cultural ante la amenaza del Halloween. Todo eso podrá estar muy bien, como lo estará el sentimiento de cada quien al desempolvar la foto del abuelo y ponerle una veladorcita. Pero algo hay de muy siniestro en el hecho de que tal alboroto se haga en un presente atestado de asesinados y asesinos, donde no se sabe qué hacer con la abundancia de cadáveres y donde todos los días se rellenan más y más fosas clandestinas. No sé: no quiero ser aguafiestas. Nomás que, al ver tanta fiesta por la muerte, me pregunto qué es lo que tendríamos en realidad que festejar.

 

J. I. Carranza

Mural, 1 de noviembre de 2018

Tres ferias

En días pasados fui a dos ferias del libro, y, a poco más de un mes de que empiece la de Guadalajara, hice algunas comparaciones. O, más bien, casi ninguna, porque en general funcionan de modos idénticos, según ciertas inercias por lo visto inevitables. Acaso las diferencias más notorias tengan que ver con las dimensiones de los espacios y con las cantidades de gente que los recorre, aunque las proporciones entre unos y otras deben de ser parecidas. (¿Por qué será que las ferias grandes en México son en el otoño, y casi al mismo tiempo? ¿No representará eso una dificultad logística para quienes participan en ellas —editoriales, libreros, autores—, que en un corto período han de desplazarse de una ciudad a otra y a otra? Por otro lado, si la oferta estuviera repartidita a lo largo del año, quizás podría tener una mayor diversidad. Pero yo qué voy a saber: el mundo del libro es una selva llena de misterios irresolubles para los mortales).

Ambas ferias (la del Zócalo, en la Ciudad de México, y la de Monterrey) tienen sendos programas de actividades muy nutridos, lo mismo que la de Guadalajara, lo que haría pensar en ellas como festivales culturales. Pero lo cierto es que los programas de las tres están dominados por presencias que tienen garantizada la atención de las multitudes por dos razones: porque cuentan con una gran proyección mediática (estrellas de la farándula —incluso de la farándula literaria—, booktubers, políticos que «escriben» libros), o bien porque el público da por hecho que aquello que reconoce sin problemas indudablemente vale la pena. Y así vemos triunfar una y otra vez a la periodista supuestamente beligerante, al autor supuestamente asombroso, a la escritora supuestamente indispensable y al firmante supuestamente sorprendente de un nuevo best-seller que supuestamente será interesantísimo. En cualquiera de las tres ferias, sin falla.

También: en las tres importa que vaya mucha gente. Y mucha gente va. Y se la pasa, tengo la impresión, muy contenta. Lo cual no deja de parecerme siempre un poco misterioso, dado el escaso margen que desde hace mucho tiempo ha quedado para la novedad y para el descubrimiento de algo verdaderamente insospechable.

 

J. I. Carranza

Mural, 25 de octubre de 2018

Entrevista a JIC, Canal 40

José Israel Carranza es entrevistado en el programa Es de mañana, de Canal 40, el 14 de octubre de 2018, en el marco de la Feria Internacional del Libro del Zócalo en la Ciudad de México, por la presentación de su primera novela Tromsø en dicha feria.

A continuación la entrevista completa, junto a Benjamín Anaya, Dir. de Divulgación Cultural de la Ciudad de México, y los anfitriones del programa Es de mañana.

Entrevista a JIC, El Norte

Aborda en su obra la incomunicación

Daniel de la Fuente

 

Monterrey, México (19 octubre 2018).- No pensaba escribir una novela. Lo que sucedió, explica José Israel Carranza, fue que estaba escribiendo un ensayo acerca de la identidad y, sin que lo hubiera visto venir, el protagonista de Tromsøllegó y no pudo sino observarlo detenidamente.

 

«Me puse, pues, a observar y a contar la historia que se me mostraba, y la reflexión que se extiende a lo largo de esa historia fue entreverándose en ella como una consecuencia inevitable, pues lo que más me importaba era saber qué diablos le pasaba a este individuo», comenta Carranza (Guadalajara, 1972), autor de libros de cuentos y de ensayos.

 

«Así, terminó siendo una novela armada fundamentalmente con conjeturas y tentativas de razonar ese destino que me resultaba tan enigmático».

 

Novela excéntrica en torno a un hombre que poco a poco descubre que no se entiende lo que dice, Tromsø fue publicada por Malpaso y será presentada mañana en la Feria Internacional del Libro por el autor y por el escritor Alejandro Vázquez Ortiz.

 

– Tu historia ronda en torno a la incomunicación, ¿no es también una reflexión sobre la imposible que es el diálogo con el otro, lo poco que nos importa el otro, su voz y silencios?

 

«Creo que es una de las lecturas posibles», comenta. «Si bien las filosofías del siglo 20 han dado primacía al diálogo como la forma óptima de acercarse a la realidad, por una parte, y, por otra, en la vida republicana se apela siempre al diálogo como la mejor posibilidad que tenemos para no acabar despedazándonos unos a otros, lo cierto es que confiamos demasiado, y muy ingenuamente, en que las palabras que utilizamos precisan lo que realmente queremos decir; ilusos -o quizás porque no nos queda otro remedio-, creemos también en que el otro entenderá lo que queremos que entienda.

 

«Como eso sólo sucede por milagro, o más bien nunca, la consecuencia es la confusión imparable y el barullo incesante en que vivimos sumergidos, y, enseguida, el desprecio por la voz de los otros, y más adelante el odio, y, finalmente, la imposibilidad de saber qué diablos estamos diciendo nosotros mismos. El silencio quizás sea una forma mejor de entendernos».

 

La novela será presentada mañana sábado, a las 19:30 horas, en la Sala 104 de Cintermex.

 

– Apelas a un compromiso mayor del lector dada la estructura rizomática de la narración, sin duda una paradoja muy afortunada para contar la vida un hombre al que nadie entiende.

 

«En algún momento de la escritura me percaté de que las formas que adoptaba la prosa (laberíntica, hasta tortuosa, una saturación de subordinadas y de paréntesis y de digresiones) podía hacer que la experiencia de lectura correspondiera a la experiencia vital del personaje. Es decir, que los lectores acaso podrían sentir aquello que al personaje estaba pasándole. Así que me atuve a esa intuición. Sé que el resultado puede ser desafiante, pero me pareció que esta historia no podía contarse de otro modo. Por lo demás, descubrí la línea de J. M. Coetzee que instalé como uno de los epígrafes: ‘Limítate a suministrar los detalles, y permite que los significados emerjan por sí solos’, y entonces tuve una auténtica iluminación: es una idea que bien resume la poética de esta novela».

 

– ¿Cuáles fueron los mayores retos narrativos en este libro?

 

«Lo escribí a lo largo de tres años, y, por los cinco años siguientes, estuve regresando una y otra vez a él, obsesivamente, neuróticamente. Hubo un momento en que decidí cambiar todos los tiempos verbales, y entonces tuve un atisbo de lo que debe de ser el infierno. Hasta que recibí la invitación de la editorial, y, al entregárselo al editor, finalmente me vi liberado. De manera que el mayor reto fue deshacerme de él».

 

– Te diste a desear por años con una novela. ¿Te bastaban el cuento y el ensayo? ¿Qué te han dado como autor?

 

«El cuento fue un camarada de juventud con el que sólo me he reencontrado -y pasamos ratos más bien amargos- muy de vez en cuando, y el ensayo sigue siendo el género en el que más confío para hacerme cargo de mis preocupaciones. Pero creo que, sobre todo, soy lector de novelas, y me ha maravillado saber lo que la gente puede llegar a imaginar a partir de la que yo he escrito».

 

– ¿Qué proyectos tienes para el corto plazo? ¿Otra novela?

 

«Sigo escribiendo ensayos (misceláneos, personales). Por lo pronto. Otra novela, no sé: yo querría creer que sí. A mí me intriga mucho cómo hay escritores que ya tienen en el horizonte todos los libros que van a sacar en los próximos 10 años. Luego por qué tuvimos que terminar teniendo un Carlos Fuentes. Así que más bien me abstengo de semejantes predicciones».

 

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