Un helecho llamado Oliver

Por Laura Sofía Rivero

Letras Libres

 

Tromsø, la primera novela de José Israel Carranza (Guadalajara, 1972), narra la vida cotidiana de un hombre del que no sabemos mucho, ni cómo se llama, enfrentado a una extraña revelación: no se le entiende lo que dice. En ese estado frustrante –que en apariencia no ha sido originado por ninguna afasia o trastorno cognitivo–, en ese limbo lingüístico del que ni los manuales de Aprenda a hablar en público sin maestro pueden sacarlo, el sujeto se adapta a su vida reducida a la tintorería, el Oxxo, el banco y su departamento donde vive también un helecho llamado Oliver, quien parece escucharlo mejor que cualquier otra persona.

Mientras avanza en sus páginas el lector descubre que el malestar de aquel personaje es mucho más frecuente de lo que pensaba en un principio. Al llamar al número de Atención a Clientes de alguna empresa de telefonía, al intentar aprender a toda prisa el idiolecto del SAT, al discutir por Facebook la polémica de moda, es sencillo sentirse como el hombre de Tromsø: ineptos de la interacción humana, apresados en un mutismo que asfixia. Viviendo, como dice José Israel Carranza, “en el barullo universal en que hay que abrirse camino a fuerza de explicaciones, replanteamientos, precisiones, pormenores y gritos con que solo se ahonda la sordera infinita”.

 

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