Así como los musulmanes, para salvarse, y a menos que los excuse un impedimento gravísimo, han de peregrinar al menos una vez en la vida a la ciudad sagrada de La Meca, todos nosotros debemos leer al menos una vez en la vida Moby Dick. Si no, nos vamos a condenar sin remedio. Es lo que en cada curso me gusta decirles a mis alumnos. Y no sólo que van a irse al infierno si no leen esa novela, sino que además tiene que gustarles y, aún más, importarles mucho y volverse decisiva para lo que lleguen a entender de sí mismos y del mundo. Y agrego que no hay escapatoria ni atenuantes. Concedo que es posible, en la experiencia de lectura, que lleguen a descubrir alguna forma de placer acaso insospechable, o bien ocasión de reencontrar algún gozo ya conocido pero seguramente intensificado con dicha experiencia. Pero no es seguro, o no es lo principal que deben tener en cuenta: lo imperativo es cruzar el mar al lado de Ahab, enterarse de lo que éste hace y de lo que le pasa, ir ellos mismos tras la ballena… Y hacer suya esa pesca brutal y desaforada, del modo más íntimo y más primitivo, como si estuvieran descubriendo el fuego o el mar mismo, y dejarse perder y desesperarse y sumergirse y olvidarse de todo lo demás. Y, con suerte, emerger al cabo, quién sabe si a salvo, pero sí transfigurados o renacidos.

      El dramatismo de esta instrucción varía según advierta que quedan claras, más pronto o más tarde, las razones de fondo de lo que quiero decir. Hay estudiantes que al vuelo captan la sencilla idea que revisto de tremendismos, pues la capacidad para la ironía de que esos estudiantes disponen facilita que pronto nos entendamos. Otros, en cambio, que adolecen de literalidad y exceso de sentido común —lo contrario de la ironía—, tienen más dificultades para advertir que el asunto es: permítanse leer, al menos una vez, al menos un libro, como si en ello les fuera la vida, y a ver qué pasa. (Si estos estudiantes, los más blindados para percibir que claramente exagero, acaban de todas formas leyendo Moby Dick para no irse al infierno, igual me doy por bien servido). Y, como suele decirse, esta revelación o admonición que les hago es, desde luego, una broma… pero si no quieren no es broma. Pues ultimadamente sí creo que quien no lea Moby Dick se merece alguna variante de condenación o pena, así sea la de haberse perdido de esa aventura —que es pena grande, yo digo, o lástima: nadie debería privarse de ella.

      He estado pensando en estos asuntos desde que llegó la invitación para ir a tomarse la foto «con la FIL», es decir, la convocatoria para ir ayer a posar para un retrato que, supongo, formará parte de un mural o un collage, en ocasión de la cuadragésima edición de la Feria. «Ayer», digo, pero en realidad es hoy, sábado, cuando estoy escribiendo esto, y todavía no voy a que me tomen la foto, así que no sé todavía cómo habré salido, ni tampoco qué libro me llevaré, pues la invitación venía con esa indicación, uno tiene que llevar su libro favorito. (Hace veinte años, cuando la FIL llegaba a la mitad de la edad que tiene ahora —el invitado era Andalucía—, hubo una convocatoria similar y allá fui, bien peinado pero —y esto es lo más alarmante— todavía con todo el pelo negro, a posar para un retrato. Nomás que el libro que me llevé fue uno mío, y ahora mismo soy incapaz de saber si a) había malentendido la instrucción, b) en realidad ese libro era, en ese momento, mi libro favorito, o c) aproveché para la autopromoción desvergonzada.

      El caso es que aún no sé qué libro me llevaré. Pues la noción del libro favorito puede ser tan simple y clara como compleja e infernalmente oscura. ¿Es posible afirmar, con toda lealtad a la verdad y sin dudarlo en absoluto, cuál es el libro que uno prefiere por encima de todos los demás? Y, si en efecto es posible, ¿no tendría que reservarse esa declaración para el momento inmediatamente anterior a la muerte, cuando en definitiva ya no quede ni un instante más para cambiar de opinión? Podría suponerse que la decisión es más sencilla si son pocas las lecturas que uno suma, pero cabe recordar los trabajos que pasó Peña Nieto para responder (en la FIL, justamente). O quizás esté más autorizado para que le creamos quien haya leído muchísimo y disponga, por tanto, de más fundamentos para saber qué sirve y qué no vale la pena. (A este respecto, me acuerdo siempre con risa de Ricardo Garibay, que una vez tronó, ufano y rabioso: «Yo leí las Obras completas del Marqués de Sade… ¡Y no me gustaron!». ¿Y entonces para qué rayos las leyó completas?).

      La cuestión se zanja, creo, recurriendo al subterfugio de la provisionalidad. Uno puede, sí, asegurar y jurar que tiene un libro favorito… pero que sólo lo será durante los próximos quince minutos. O en el transcurso de esta semana. O de aquí a que llegue la FIL. Ya entonces aquel juramento habrá prescrito y se podrá hacer otro nuevo, igualmente perentorio. También cabe la posibilidad de que la certeza del libro favorito sea por completo secreta e inconfesable: poso para la foto con, no sé, la Divina Comedia o el Finnegans Wake… Pero en mi corazoncito le tengo una veladora perpetua a Carlos Cuauhtémoc Sánchez.

      En bonitos trabajos nos metió la FIL. Y me pregunto si alguno de mis alumnos, alguna vez, por haberme hecho caso, ha terminado con Moby Dick como su libro predilecto.  

J. I. Carranza

Mural, 13 de septiembre de 2026.