Todos tratamos de ahorrar tiempo, observó Jerry Seinfeld; queremos dar menos pasos, buscamos atajos para llegar más rápido. Pero al final de la vida nos encontramos con que fue absolutamente en vano: “¿Cómo que no tengo nada de tiempo extra ahorrado?”.
Me viene a la cabeza esto mientras hago cola para que me cobren en el Seven. Lo habitual: el sistema se trabó, alguien se atarantó e iba a pagar con una tarjeta pero al final quiso hacerlo con moneditas, apenas es la primera semana de trabajo del cajero, está nervioso y aún no agarra bien la onda; una clienta lleva muchos artículos y en el último momento descubre que le hizo falta algo más, alguien más decidió aprovechar para comprar tiempo aire y hacer un pago bancario… (“Comprar tiempo”: es un recurso que no podemos guardar para cuando se necesite, pero sí debemos pagar por él, y además alguien está enriqueciéndose al cobrárnoslo). Evidentemente, hay sólo una caja funcionando, y la del autocobro jamás sirve. ¿Cuántos siglos van a pasar hasta que sea mi turno? Qué eternidad insoportable, qué suplicio esta espera injusta y artera. Qué dicha envidiable e inalcanzable la de la señora que pagó antes de que todo parara y ahora mismo empuja ya la puerta para salir de esta prisión, de esta detención interminable y tan afligente. Ya es libre y salva y resplandece y vuela. En la calle corre ya la tarde venturosa, con una frescura insospechada, y hay luces insólitas en las fachadas iluminadas desde esas nubes de Turner. Ya llegó otro empleado pero parecen no dar aún con una solución. Se han formado más personas detrás de mí: una muchacha trae un perrito antipático y jodón, un señor suda y huele (quizá sea yo), al joven que va delante de mí no se le ven mercancías, seguramente también va a comprar tiempo y a hacer pagos. ¿Cuántos siglos? ¿Y en qué se convierte la existencia mientras transcurren estos momentos interminables, este marasmo? Sólo es posible contemplar con impotencia y azoro, como decía el poema de Manrique, “cómo se pasa la vida / cómo se viene la muerte / tan callando…”.
Dos minutos o dos minutos y medio más tarde, el tormento ha terminado.
Seguramente será una condición ocasionada por la ocurrencia frenética de lo cotidiano en las sociedades urbanas contemporáneas. Y, como parece un estado generalizado de las cosas, es tentador asumir que se trata de una fatalidad o una condena. Algo hay de eso, desde luego: la gente tiene que llegar a tiempo y entregar a tiempo y abstenerse de calmosidades y olvidarse de ir a un ritmo que no sea el exigido o impuesto. Y tiene todo que ver, es obvio, con las ansias de productividad y rendimiento incesantes que hay detrás de la aceleración imparable también en todo lo que hacemos y consumimos, etcétera. Surcamos la superficie del día permanentemente acuciados por urgencias y términos, vencimientos reales o ilusorios que, sin embargo, para nuestra aprensión cuentan igual. Y, en las noches o en los escasos asuetos que conseguimos arrebatarle al furor y al vértigo, las horas parecen a la vez insuficientes y demasiadas. No hacer nada se ha vuelto una de las cosas más difíciles de lograr en este tiempo.
¿Y todo para qué? Como cualquiera, yo he rabiado cuando en la avenida atestada me rebasa, con impaciencia asesina y flagrantes reprobación y desprecio, el iracundo automovilista que hace rugir su acelerón atroz… para llegar un segundo antes al siguiente semáforo en rojo, cincuenta metros más adelante, donde no tendrá más remedio que ver cómo lo alcanzo —ojalá voltee a verme para que sepa de la lástima y la burla en mi sonrisa; no puedo asegurarlo porque invariablemente tiene polarizados los vidrios de su bólido inservible y lamentable.
En un buen repaso de algunas consideraciones vigentes en torno a la importancia de recuperar la calma y proponernos la lentitud (en The Conversation, edición España), el filósofo y divulgador Txetxu Ausín destaca una observación de Jonathan Crary, quien se ha ocupado de diseccionar las características de este presente vertiginoso y absimal: “El problema de esperar, de intervenir por turnos, está ligado a una incompatibilidad más amplia del capitalismo del 24/7 con cualquier práctica social en la que intervengan el compartir, la reciprocidad o la cooperación”. Esto, que amenaza por supuesto a la vida en democracia tal como la conocíamos, vale también para las ocasiones en que nos creemos arrojados al purgatorio del tiempo perdido, como en ese rato que esperaba para pagar en el Seven. Pues, si me parecían imperdonables las interferencias de los otros en mi “necesidad” de salir rápido, era ante todo por no pensar en que esos otros bien podrían estar atravesando sus particulares tempestades, incognoscibles para nadie más.Es, sin embargo, algo que tiene remedio, creo. Y consiste en percatarse de que hay, alrededor, siempre alguien más y, como sugería David Foster Wallace, reconocer la falla de origen que supone creer que somos el centro del universo. Y también, creo, está a nuestro alcance reparar en que son muy contadas las situaciones en que auténticamente se justifican nuestras prisas y nuestras urgencias. Por lo general, los siglos duran sólo unos cuantos minutos. Y casi nunca nada es para tanto. Y tengamos por seguro que a la hora de la muerte vamos a llegar muy a tiempo: no puede fallar.
J. I. Carranza
Mural, 16 de agosto de 2026.