Siempre nada es nunca lo que era. Por ejemplo, la lectura. Hoy en día, vengo enterándome —¿por qué?, porque a eso estamos condenados en este tiempo, a vivir enterándonos de cosas que no tendrían que importarnos o que, de modo palmario, no importan en absoluto—, existe algo llamado “lectura performativa”. Y al saber qué es me fui para atrás (curiosa expresión ésta, ignoro si aún se use: tiene el sentido llano de caer de espaldas debido a alguna sorpresa o impresión mayúsculas; como el “¡Plop!” de Condorito, vamos, y pienso ahora que Condorito es un personaje seguramente hoy funable por numerosas razones… Pero me desvío).

      A ver si lo he entendido como es. Se trata, la “lectura performativa”, de una suerte de exhibición o puesta en escena practicada por individuos —mayormente hombres heterosexuales, aunque hay de todo— que leen libros en lugares públicos, pero de tal manera que lo público de esos lugares les procure, justamente, un público que los vea leyendo. Y que los admire por eso. O que se haga, en torno a ellos y a eso que hacen, figuraciones edificantes; que, al encontrarlos o divisarlos, al descubrirlos así sea de reojo o a la pasada, en la sensibilidad de sus espectadores quede la impronta que esos lectores desean y por la que trabajan. Pues al elemento central de su performance, que es el libro, suelen añadir con premeditación y esmero accesorios distintivos de una cierta forma de ir por el mundo: cortes de pelo y bigotes y barbas y anteojos y aparatos y bolsos (acaso también un perro), prendas determinadas e incluso bebidas, y hasta formas de moverse y sentarse y de estar. Para que ese mundo por el que van y en el que al cabo se instalan los descubra y se intrigue y se embelese ante lo que hacen: en la banca de un parque, bajo la sombra de un árbol, en la mesa de un café, preferiblemente en la terraza; o en un asiento del transporte público, o incluso en la sala de espera antes de un viaje o en la ejecución de un trámite, y también en la fila para entrar al cine o a un concierto, pero además en la cola de la caja del supermercado, en los trayectos a pie de donde sea a donde sea, en un museo o un tianguis, dondequiera que puedan instalarse con su gran letrero invisible que dice: “¡Mírenme, estoy leyendo!”.

      Parece que la identificación de este tipo de lectores anhelosos de ser vistos leyendo comenzó a darse en TikTok, y que esa identificación tuvo el propósito inmediato de denunciar su ridiculez. Porque, por lo que resulta evidente, en el montaje de sí mismos que realizan lo principal es la construcción de una apariencia, y para ello los volúmenes que suelen llevar son títulos prestigiados por la cultura y, preferiblemente, desafiantes o de sabidas complejidad y espesura: el Ulises de Joyce, por ejemplo, o el Tractatus de Wittgenstein. O literatura que anuncie una preferencia estética o moral específica y concreta, y por supuesto difícilmente cuestionable. O bien lo que llevan (y exhiben) son libros que subrayen la sensibilidad o el temperamento que buscan sugerir, que sugieran cómo está constituida su alma y de qué son capaces en este mundo podrido: poesía, desde luego, y filosofía y psicología, pero también de las materias en boga en estos tiempos desasosegados e hiperactivos, alarmados y quebradizos, inestables y ansiosos: feminismo, teoría queer, ecologismo y lo que hoy sea que se entienda por lucha social y veganismo y yoga y similares y anexas. Siempre ha de ser algo chic y de moda: no podrían performatear los lectores performativos con un ejemplar de la Miscelánea Fiscal, por ejemplo, o con algún fardo de don Manuel Puga y Acal… Pero sí con Propercio, pongamos, pues de lo que se trata también es de resultar enigmáticos y desconcertantes —aunque no tanto como para permitirse A calzón quitado, de Irma Serrano…

      Es muy extraño, si es como lo he entendido. Gente que lee para que se vea que lea, y para que de ahí se extraigan conclusiones favorables sobre su constitución y su actitud ante la vida. Sujetos que quieren pasar por cultos, o sensibles, o profundos, y para ello apuestan a fabricar un personaje en torno al acto de leer. ¿E interesa si en realidad leen? No parece. Ahora bien: más allá de lo patéticos o risibles que sean (pues payasos y farsantes siempre ha habido, eso es lo de menos), a mí lo que me llama la atención es el hecho de que en la caracterización de esta especie se atribuya a la lectura un poder de significación digno de tenerse en cuenta. Lo que empezó en TikTok luego saltó a otros ámbitos, y ahora el fenómeno es materia de análisis y debate en medios serios —The New Yorker o Ethic, por ejemplo— que se han abocado a desentrañar qué implica esta conducta en la conformación de las culturas urbanas contemporáneas. ¿Así que leer todavía importa?

      Yo creo que, en el fondo, las interrogantes que promueve la proliferación de los lectores performativos no distan mucho de las que podríamos hacernos al respecto de lo que busca y quiere la gente que va a leer en voz alta durante la celebración del Día Mundial del Libro que organiza la FIL ¿Y cuál es el lugar que puede tener hoy en día la lectura a solas, en silencio, sin nadie que nos vea y sin que con nadie tengamos que quedar bien? Muy raro todo.

      Ahora ya me va a dar pendiente lo que piensen de mí si me ven con un libro en el banco o en el cafecito. 

J. I. Carranza

Mural, 19 de abril de 2026.

Foto: @leyendometro, en X