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Farmear aura

Lo maravilloso que han tenido siempre las expresiones colectivas de los jóvenes es que no necesitan la comprensión de quienes no son jóvenes. Es decir: para producirse y para afirmarse y expandirse, esas expresiones prescinden de cualquier forma de sanción por parte de sus mayores (padres, maestros, autoridades, todo aquel que tendría que llegar antes a la tumba), pero además afloran y prosperan por completo desinteresadas de todo juicio adulto. Si alguna vez llegan a tenerlo en cuenta es para oponérsele y combatirlo y dejarlo inservible.

      No deja de ser misterioso cómo opera una suerte de desmemoria evolutiva merced a la cual, en tantos casos que parece inevitable, dejar de ser joven supone perder las pistas de esa indiferencia radical que nos blindó ante los reproches o la condena o las burlas o el escándalo en que cobraba forma la desesperada incomprensión de los mayores que presenciaron nuestros modos de ser y pensar y sentir y comportarnos. Haga cada quien el esfuerzo por recordar las señales más claras y distintas de los pasos que dio al lado de amigos y compañeros por las horas contadísimas de su juventud. (Eso he pensado estos días, no sin melancolía: uno cree que la juventud se mide por años, que éstos se extienden desde la salida de los prados o los patios o los baldíos de la infancia y hasta el ingreso a los edificios o los insomnios o las mazmorras de la adultez; cree, también, que aquel tiempo, apurado con despreocupación y que entonces parecía inagotable, estará ahí cada que se antoje explorarlo, pero al hacerlo pronto se descubre que la fuerza del olvido fue erosionándolo, condensándolo en un puñado de momentos, unas cuantas cajas de horas que difícilmente pueden ordenarse sin recurrir a la suposición y al invento). Ya se sabe: en las grietas que se ahondan y se vuelven barrancas insalvables entre una generación y la que viene detrás prospera una imposibilidad de entenderse que se renovará apenas la generación siguiente empiece a decidir qué quiere y cómo.

      Y, desde luego, no sólo es maravilloso. También puede ser trágico, cuando esa indiferencia de los jóvenes por el parecer de sus mayores es malamente retribuida del mismo modo por éstos, que al no entender acaban por desentenderse —a veces con resentimiento y hasta rencor y desprecio—, y ello termina por propiciar desamparo y soledad y peligros sin cuento…

      Pero ciñámonos a lo que ha venido pasando estos días y que, salvo que uno viva en una ermita o esté en coma, será muy raro que no se haya enterado. (Es un signo de estos tiempos: la impresión de que todos a la vez estamos ocupándonos de lo mismo, por una semana o dos, y luego en perfecta sincronía cambiamos de tema y del anterior no queda rastro. Pero es siempre y sólo una impresión, no hay que perderlo de vista, pues efectivamente hay quien sí vive en una ermita o está en coma o tiene algo más importante o interesante de qué ocuparse… más allá de lo que ponen a su alcance las redes sociales, quiero decir, pues de esto se trata: de fenómenos relativamente masivos pero en realidad muy acotados a los alcances y la influencia de dichas redes). “Un compañero del salón participó”, me contó mi preparatoriana hija, y si lee que estoy usando su testimonio se va a enfurecer: nadie le cuente; “cuando regresó le aplaudimos porque se había humillado como nadie”.

      De manera que de eso se trata: de las competencias, organizadas espontáneamente y cuyas convocatorias cunden de modo viral e incontenible, a las que cientos de jóvenes, en varios puntos del continente al mismo tiempo, han estado acudiendo para ovacionar a los lanzados que se enfrenten con tal de obtener aura. No voy a osar intentar desentrañar ahora la interpretación al uso de ese concepto, pues no sólo sospecho que me faltan muchos recursos, sino que además no serviría de nada: desde el punto de vista de los jóvenes, por claro que fuera, estaría diciendo algo erróneo o inexacto, y en todo caso irrelevante y prescindible: así es esto. Lo que precariamente entiendo es: se trata de competir por la admiración de los asistentes, y para ello hay que atreverse a hacer cosas en absoluto admirables: movimientos, poses, gestos, que los demás no se atreverían a hacer. No tiene pierde: no hay forma de fracasar. Ganas entre más te arriesgas al ridículo. Y si no te arriesgaste lo suficiente, entonces eso mismo fue ridículo y también ganaste.

      No han faltado señoros o señoras que deploran el fenómeno. Que lo ven como prueba de la alienación que, según su limitado juicio, lastra a la juventud. Que se alarman y se indignan por las condiciones que han propiciado estas expresiones (“A lo que hemos llegado”, un buen lema para que esos alterados consuetudinarios impriman en una camiseta); entre esas condiciones condenables tiene primacía el funcionamiento de las redes sociales, que es y será cada vez más impenetrable para tantos señoros y señoras. También hay quien querría que esa energía mejor se encauzara con fines políticos. Pero omiten, esos desdeñosos adultos, que el mundo es un asco y tenemos a los jóvenes hartos y bastantes razones tienen para descreer de que la organización política sirva para nada.

     En fin: mientras las espeluznadas conciencias buscan en vano hallarle sentido, los que hoy protagonizan el fenómeno estarán pronto ya enfrascándose en otra cosa.  

J. I. Carranza

Mural, 23 de agosto de 2026.

Estoy leyendo

Siempre nada es nunca lo que era. Por ejemplo, la lectura. Hoy en día, vengo enterándome —¿por qué?, porque a eso estamos condenados en este tiempo, a vivir enterándonos de cosas que no tendrían que importarnos o que, de modo palmario, no importan en absoluto—, existe algo llamado “lectura performativa”. Y al saber qué es me fui para atrás (curiosa expresión ésta, ignoro si aún se use: tiene el sentido llano de caer de espaldas debido a alguna sorpresa o impresión mayúsculas; como el “¡Plop!” de Condorito, vamos, y pienso ahora que Condorito es un personaje seguramente hoy funable por numerosas razones… Pero me desvío).

      A ver si lo he entendido como es. Se trata, la “lectura performativa”, de una suerte de exhibición o puesta en escena practicada por individuos —mayormente hombres heterosexuales, aunque hay de todo— que leen libros en lugares públicos, pero de tal manera que lo público de esos lugares les procure, justamente, un público que los vea leyendo. Y que los admire por eso. O que se haga, en torno a ellos y a eso que hacen, figuraciones edificantes; que, al encontrarlos o divisarlos, al descubrirlos así sea de reojo o a la pasada, en la sensibilidad de sus espectadores quede la impronta que esos lectores desean y por la que trabajan. Pues al elemento central de su performance, que es el libro, suelen añadir con premeditación y esmero accesorios distintivos de una cierta forma de ir por el mundo: cortes de pelo y bigotes y barbas y anteojos y aparatos y bolsos (acaso también un perro), prendas determinadas e incluso bebidas, y hasta formas de moverse y sentarse y de estar. Para que ese mundo por el que van y en el que al cabo se instalan los descubra y se intrigue y se embelese ante lo que hacen: en la banca de un parque, bajo la sombra de un árbol, en la mesa de un café, preferiblemente en la terraza; o en un asiento del transporte público, o incluso en la sala de espera antes de un viaje o en la ejecución de un trámite, y también en la fila para entrar al cine o a un concierto, pero además en la cola de la caja del supermercado, en los trayectos a pie de donde sea a donde sea, en un museo o un tianguis, dondequiera que puedan instalarse con su gran letrero invisible que dice: “¡Mírenme, estoy leyendo!”.

      Parece que la identificación de este tipo de lectores anhelosos de ser vistos leyendo comenzó a darse en TikTok, y que esa identificación tuvo el propósito inmediato de denunciar su ridiculez. Porque, por lo que resulta evidente, en el montaje de sí mismos que realizan lo principal es la construcción de una apariencia, y para ello los volúmenes que suelen llevar son títulos prestigiados por la cultura y, preferiblemente, desafiantes o de sabidas complejidad y espesura: el Ulises de Joyce, por ejemplo, o el Tractatus de Wittgenstein. O literatura que anuncie una preferencia estética o moral específica y concreta, y por supuesto difícilmente cuestionable. O bien lo que llevan (y exhiben) son libros que subrayen la sensibilidad o el temperamento que buscan sugerir, que sugieran cómo está constituida su alma y de qué son capaces en este mundo podrido: poesía, desde luego, y filosofía y psicología, pero también de las materias en boga en estos tiempos desasosegados e hiperactivos, alarmados y quebradizos, inestables y ansiosos: feminismo, teoría queer, ecologismo y lo que hoy sea que se entienda por lucha social y veganismo y yoga y similares y anexas. Siempre ha de ser algo chic y de moda: no podrían performatear los lectores performativos con un ejemplar de la Miscelánea Fiscal, por ejemplo, o con algún fardo de don Manuel Puga y Acal… Pero sí con Propercio, pongamos, pues de lo que se trata también es de resultar enigmáticos y desconcertantes —aunque no tanto como para permitirse A calzón quitado, de Irma Serrano…

      Es muy extraño, si es como lo he entendido. Gente que lee para que se vea que lea, y para que de ahí se extraigan conclusiones favorables sobre su constitución y su actitud ante la vida. Sujetos que quieren pasar por cultos, o sensibles, o profundos, y para ello apuestan a fabricar un personaje en torno al acto de leer. ¿E interesa si en realidad leen? No parece. Ahora bien: más allá de lo patéticos o risibles que sean (pues payasos y farsantes siempre ha habido, eso es lo de menos), a mí lo que me llama la atención es el hecho de que en la caracterización de esta especie se atribuya a la lectura un poder de significación digno de tenerse en cuenta. Lo que empezó en TikTok luego saltó a otros ámbitos, y ahora el fenómeno es materia de análisis y debate en medios serios —The New Yorker o Ethic, por ejemplo— que se han abocado a desentrañar qué implica esta conducta en la conformación de las culturas urbanas contemporáneas. ¿Así que leer todavía importa?

      Yo creo que, en el fondo, las interrogantes que promueve la proliferación de los lectores performativos no distan mucho de las que podríamos hacernos al respecto de lo que busca y quiere la gente que va a leer en voz alta durante la celebración del Día Mundial del Libro que organiza la FIL ¿Y cuál es el lugar que puede tener hoy en día la lectura a solas, en silencio, sin nadie que nos vea y sin que con nadie tengamos que quedar bien? Muy raro todo.

      Ahora ya me va a dar pendiente lo que piensen de mí si me ven con un libro en el banco o en el cafecito. 

J. I. Carranza

Mural, 19 de abril de 2026.

Foto: @leyendometro, en X

Involución

Una tarde cualquiera en un café cualquiera. De unas treinta personas distribuidas en las mesas, sólo cinco parecen estar solas y el resto se acompaña con alguien más: parejas, sobre todo, grupos de tres, alguno de cuatro. Cuento a veintitrés que tienen una pantalla delante: celulares, sobre todo, pero también computadoras y una tableta. Las otras siete personas (entre las que me incluyo: estas cuentas voy anotándolas en mi cuaderno) no estamos con la mirada puesta en un aparato, pero al menos tres tenemos el aparato a la vista. Yo he dejado el celular sobre la mesa, junto a mi café, más que para tenerlo a la mano, para estar yo a su alcance por si suena: estoy quedándome sordo, y si lo guardo en mi bolsillo o en la mochila ya sé que no voy a oírlo. Los cuatro últimos individuos, que no tienen ningún «dispositivo», ni encendido ni en reposo, son un niño pequeño, una señora mayor, un hombre de edad indefinible (y que está solo y no parece estar tomando nada, como si solamente hubiera pasado por aquí y hubiera decidido entrar y sentarse a una mesa sin consumir) y el que posiblemente sea el novio de la muchacha que está junto a él, absorta en su celular (él, el novio, se queda viendo hacia el frente, sin objeto, extraviado o melancólico o harto, es difícil decidirlo). La señora mayor se pasa de pronto al primer grupo: saca el teléfono de su bolso y se pone a leer un mensaje.

       En Sale el espectro, una de las últimas novelas de Philip Roth (2007), Nathan Zuckerman, el protagonista, regresa a la ciudad de Nueva York después de diez años de haberse retirado a una vida de aislamiento y desconexión en el campo (y vuelve únicamente debido a la necesidad de someterse a un procedimiento médico): «había dejado de habitar no sólo el gran mundo, sino también el momento presente. Mucho tiempo atrás había aniquilado el impulso de estar en él y formar parte de él». Y lo que más lo sorprende en ese reingreso es la proliferación de personas que van por las calles hablando por sus celulares. «Recordaba una Nueva York donde las únicas personas que iban por Broadway hablando al parecer consigo mismas estaban locas». Hay, claro, una diferencia enorme entre aquel paisaje atestado de conversaciones y el de hoy, en el que las personas que hablan con alguien por celular son minoría respecto a las que se ensimisman en silencio en la pantalla, o bien se encapsulan aún más radicalmente mediante el uso de audífonos. El desconcierto del personaje de Roth es causado por el hecho de que, de pronto, haya esa urgencia de comunicarse: «¿Qué había sucedido en aquellos diez años para que de repente hubiera tanto que decir, hubiera tanto tan apremiante que no pudiera esperar para ser dicho?». 

       En el café sólo he visto a una persona hacer una llamada y ponerse a conversar, aunque también —pero necesitaría ir a asomarme para fisgonear bien y poder asegurarlo— hay un muchacho posiblemente conectado a una videoconferencia, tal vez es profesor o estudiante, pues sobre todo se limita a escuchar por los audífonos y cuando habla lo hace como quien corrige o busca que se le entienda bien, quizás esté enseñando o aprendiendo un idioma. Los demás permanecen en silencio, haciendo que se desplace incesantemente la pantalla del celular delante de sus ojos, o encorvándose sobre la computadora (tres, y una tableta), de tal forma que aquella sobreabundancia de cosas que decir que aturdía a Zuckerman ha sido sustituida por un silencio de alguna forma estruendoso, acaso más temible y más irremediable, cuyas consecuencias estamos todavía lejos de calcular.

       Hay un enfoque de la antropología según el cual la evolución se detuvo con la comparecencia en el mundo del Homo sapiens, pues el trabajo que aquélla venía haciendo para la configuración de la vida en el mundo ahora está supeditado a nuestra voluntad —desde luego, estoy simplificándolo de un modo muy basto: el jesuita que me enseñó esto en la maestría estaría dándome de coscorrones—. No está claro, sin embargo, que nosotros mismos como especie hayamos llegado también a una culminación, o si en tal caso, y ante la imposibilidad de evolucionar todavía más, ya vamos en reversa, cediendo a cambio de nada las ventajas que habíamos alcanzado, permitiendo que se pierdan y sin esperanza de recuperarlas. Algo así me imagino que pasa cuando veo un panorama como el de esta tarde en este café. O en la calle. O en el salón de clases. O en la plaza. O en la sala de espera. O en un jardín. O en cualquier otro lugar por donde las masas urbanas van enfrascadas en las pantallas que sostienen delante de ellas, dejando que el mundo alrededor se extinga al mismo tiempo que cada individuo que atraviesa con su vacío todo ese vacío que va produciéndose.

En el café, de los siete que estábamos desconectados, ya a la señora mayor la perdimos definitivamente, pues no ha vuelto a guardar su celular; otro más lo ha consultado varias veces, como si estuviera esperando alguna noticia, y el novio de la muchacha se dio por vencido y ahora la ignora del mismo modo en que ella había estado ignorándolo a él. Hay alguien, una sola persona, que lee un libro. Yo estoy a punto de sacar la computadora para ponerme a escribir esto. Al niño pequeño hace rato que lo neutralizaron con una tableta, y no se ve feliz, pero al menos ya no está dando lata.

J. I. Carranza

Mural, 11 de junio de 2023.

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