Autor: José Israel Carranza (Página 9 de 15)

López Mateos

Cada día hábil he de verme en las mismas, como otros miles: un trayecto de ida y otro de regreso por la avenida López Mateos, por lo general en horas de gran afluencia de vehículos —aun cuando me proponga eludir esa saturación, casi siempre acaba alcanzándome—, y a veces también en días inhábiles, cuando por fuerza hay que tomar esa vía porque elegir otra lleva a un desvío excesivo o simplemente es imposible —y esos días inhábiles la aglomeración suele empeorar, supongo que debido a que la avenida es ingreso y salida de la ciudad—. De la Minerva al Periférico, a veces más para allá o más para acá, y desde que volvió a acelerarse el ritmo que había ralentizado la pandemia, los trayectos van sumando minutos sin que parezca que pueda ser de otra forma.

       Debo reconocer, antes de continuar, que cualquier queja de mi parte en este asunto queda de inmediato desactivada y es ridícula y odiosa por el hecho de que esa vivencia cotidiana de la avenida la hago en mi coche, solo, como un cretino egoísta que ha sido incapaz de organizarse con ningún colega para compartir el auto, reacio además a dar aventón, de tal forma que mi ir y venir de cada día agrega un vehículo más al caos, cosa que acaso podría evitar (no sé si la neurosis sea excusa suficiente para no hacerlo, creo que es mi caso, pero no voy a extenderme sobre ello). Al ver a las pequeñas multitudes de personas que esperan el camión, o que ya van a bordo, con todo lo que de torturante tiene en esta ciudad desventurada el uso del perverso sistema de transporte público que millones padecen cada día, cualquier estúpida incomodidad que yo experimente al ir en mi coche se vuelve insignificante y de pretender expresarla más me valdría callarme el hocico y dar gracias. Y pienso que lo mismo vale para cualquier otro automovilista particular: somos los que menos tendríamos que quejarnos.

       Y ahora voy a decir otra cosa que también puede sonar detestable —otra vez veo a la gente en la parada del camión, temprano, bajo la lluvia, y el camión que no llega, y cuando llegue va a venir atestado—: yo renunciaría al uso cotidiano del automóvil si el transporte público no fuera el horror que es, que siempre ha sido, el que sufrí toda la vida hasta que pude tener mi primer coche. Si tuviera la certeza de que voy a llegar a tiempo, de que el viaje será confortable y seguro —y ahora veo a la gente al mediodía, bajo el solazo, esperando el camión, que vendrá otra vez tarde y otra vez atestado, e irá jugando carreritas con otros camiones y con la muerte—. Así que voy y vengo en mi coche, principalmente, porque puedo hacerlo. Y pienso en cuántos de quienes esperan el camión bajo el sol o en la lluvia también lo harían si pudieran. Creo que esto, por deplorable que sea, es también muy obvio: el desastre diario de la movilidad de López Mateos tiene una causa evidente, que es el exceso de vehículos particulares, y este exceso se debe a la inexistencia de un sistema de transporte colectivo verdaderamente público, suficiente, confiable, seguro, cómodo, digno, práctico y accesible.

       Dicho lo anterior, lo cierto es que ese desastre es más desesperante en la medida en que uno cobra conciencia de que es a la vez víctima y culpable del problema. Peor que perder el tiempo atascado en un embotellamiento es la certidumbre de que esa pérdida, ese desperdicio de vida, tiene solución, pero no existe la voluntad de ponerla en práctica por parte de las autoridades en turno, que antes piensan en aprovechar para sacar tajada, medrando por la vía de afianzar «ideas» que terminarán beneficiando económicamente a unos cuantos coludidos (como un segundo piso: la mejor forma de que el embotellamiento se duplique). Qué ganas dan de ver a esas autoridades sudando en un camión a las dos de la tarde, con el coche descompuesto en el túnel, involucrados en un choque laminero o esperando a que avance la fila kilométrica para terminar de hacer en ochenta minutos lo que debería tomar sólo veinte; qué bonito sería ver a esas autoridades a pie por donde no hay banquetas, o en bici, jugándose la vida al lado de los tráileres enloquecidos, o con la camioneta arruinada en una inundación o esperando para poder cruzar de una acera a otra, con la criatura de la mano, sorteando los bólidos en una dirección y otra, ya tarde y con la angustia de quien sabe que ya no alcanzó a llegar… Etcétera.

       Por eso dan también ganas, en la consulta pública en curso —supuesta iniciativa del gobierno del estado para, supuestamente, dar con soluciones al problema en esa avenida—, de proponer ideas radicales o desorbitadas: que se vacíe la avenida para siempre, por ejemplo, y se excave en su totalidad, de tal manera que en su lugar corra un canal, desde la glorieta de Colón y hasta San Agustín, si acaso con algunas trajineras y lanchitas, para ir a pescar; que la vuelvan pista de baile, o pista de carreras de caballos, o una gigantesca pista de boliche; que sea poblada solamente por árboles, un enorme bosque alargado hecho con el silencio que quedará en lugar de la gente y de los coches y los camiones. En cualquier caso, aun las ocurrencias más descabelladas parecen más probables que las que deberían ponerse en práctica: lo que tendría que ser es, por lo general, lo último en lo que se piensa. O lo último que se tiene verdadera intención de hacer.

J. I. Carranza

Mural, 15 de enero de 2023.

Plagio

¿Qué tuvo que haber pasado? No parece complicado imaginarlo: ante la acusación de haber plagiado su tesis de licenciatura —un hecho absolutamente deleznable y deshonroso, pero además materia de delito, por mucho que sea un delito que ya ha prescrito—, la aspirante a presidir uno de los tres Poderes de la Unión, el que ha de velar por que las leyes se cumplan, tuvo que haber sido hecha a un lado automáticamente y su aspiración debió quedar suspendida en el acto; la maquinaria que estaba en movimiento para conducirla a ese sitial supremo tuvo que haberse detenido en seco, en pro de garantizar la institucionalidad y la respetabilidad absoluta que ese Poder tendría que detentar. Asimismo, y en razón de que la acusación estaba acompañada de evidencias incontrovertibles, pronto verificables por todo aquel que se hubiera propuesto corroborar por cuenta propia la ocurrencia del plagio (evidencias evidentísimas, digamos), la acusada tuvo que haber renunciado no sólo a sus intenciones de ser la juzgadora principal de la República, sino también a todo beneficio profesional y personal y político derivado de haber llevado una carrera fundada en un fraude —como hasta el momento parece indudable que ha sido, habida cuenta, para no ir más lejos, de que el director de la Facultad de Derecho de la UNAM ha declarado que ya llevan detectadas cuatro tesis similares a la que la acusada presentó para obtener su título—. Además, los partidarios del encumbramiento en cuestión, empezando por el titular del Ejecutivo federal, simpatizante de la encumbrada por razones flagrantes de conveniencia política, tuvieron al menos que haberse abstenido por completo de seguir impulsándola, dejando así a la Ley actuar para que tuvieran lugar las consecuencias lógicas del caso. Y la nación en su conjunto tuvo que haber experimentado ese sentimiento ya tan raro, y quizás tan inútil en nuestra realidad desesperada, que es la vergüenza.

      Pero las imaginaciones como ésta son un exceso cuando lo obvio o lo lógico se ha vuelto del todo improcedente, el Estado de derecho es una entelequia en la que resulta ridículo seguir creyendo y la mendacidad y el descaro han reemplazado a la legalidad y a la decencia al punto de que nos hemos olvidado de qué diablos eran y para qué podían servir. Y ya vimos lo que ha pasado: aun cuando el encumbramiento haya sido frenado, por lo pronto, en el último momento, el solo hecho de que haya estado tan cerca de producirse dice mucho acerca del formidable nivel de cinismo que hemos alcanzado, pues, por escandaloso que tendría que ser, el episodio en el fondo no llegará a tener ninguna repercusión real y, sobre todo, terminará resultándonos de lo más normal. Querer lo contrario —que la ministra renuncie, que pida disculpas, que su obstinado porrista de Palacio le dé la espalda en nombre de la honestidad con que hace gárgaras todas las mañanas, que los demás ministros la bajen de donde todavía está, que los legisladores se pronuncien y trabajen para evitar que algo así vuelva a ocurrir, etcétera— es pecar de ilusos. En México, querer que las cosas sean como tienen que ser es una fantasía y nada más.            

     Lo ocurrido tiene significados patentes y que no son novedad: que la conveniencia política está por encima de la honestidad, por ejemplo, y también que más allá de la solvencia moral importa profesar lealtad incondicional. Tampoco será insólito (qué es insólito ya en este país) el hecho de que el episodio salga pronto de nuestro interés, como seguramente sucederá: vivimos orillados al olvido rápido, pues enseguida nuestra aturdida atención se verá sobresaltada por un nuevo desfiguro, una nueva tropelía, por la próxima bajeza o la siguiente estupidez que nos aguarda a la vuelta de la esquina, por los inevitables miserables que también nos atarearán para nada, como no sea para hastiarnos —a veces pienso que ésa es una estrategia maestra del discurso oficial, la recurrencia incesante de la sandez y la hipocresía que cuajan cada mañana en las mismas invectivas, en las mismas cretinas excusas (la comparación machacona con el pasado), en los mismos aspavientos y sus risitas sarnosas, en las mismas afirmaciones celebratorias de la propia probidad del movimiento y su líder («No somos iguales»), a fin de acabar produciendo un estado de embotamiento generalizado e irreversible.

      Cada inicio de semestre, les advierto a mis alumnos que la única razón por la que he llegado a reprobar a alguien, dos estudiantes en cerca de veinte años, es el plagio. Es, creo, algo tan degradante, tan humillante, tan indigno —y tan indignante—, que me parece que despoja de todo sentido y todo propósito a quien pretende servirse de él para salir del paso. El plagiario, además de ratificar su ineptitud o su haraganería, lo que hace es manifestar un enorme desprecio por la educación, por el conocimiento, por sus profesores, por sus compañeros. Habrá quien lo reconvenga diciéndole que, al querer pasarse de listo, en realidad está haciéndose tonto, pues no aprende lo que debería; sin embargo, no estoy tan seguro de que eso lo excuse: más bien es que está probando su naturaleza de estafador, y cómo así puede abrirse camino impunemente. Por eso hay que pararlo sin miramientos. De lo contrario, puede llegar a presidir la Suprema Corte de Justicia.

J. I. Carranza

Mural, 8 de enero de 2023.

Propósito

«Está usted llegando a Puolanka. Todavía puede dar la vuelta». Las horas ociosas de zapping en estos días me obsequian con un breve reportaje, en la televisión alemana, acerca del pueblo finlandés que ha descubierto en el pesimismo la mejor posibilidad para tener un futuro. Con una población principalmente compuesta por mayores de 60 años, el lugar va quedando cada vez más desolado en medio de la inmensidad de los bosques, y hasta hace poco no parecía que nada fuera a evitar su extinción. Sin embargo, al contrario de lo que suelen hacer ahí los jóvenes, que es largarse en cuanto tienen oportunidad, dos decidieron quedarse y fundar la Asociación de Pesimistas de Puolanka. Además de abrir un café donde se reúnen a tramar los peores escenarios, la adopción de esta actitud vital les condujo, se diría que de modo inevitable, al ejercicio del humor, materia prima con la que empezaron a producir videos burlándose de su negro destino, para así ganar notoriedad en internet, luego atraer turismo y, finalmente, despertar el interés de posibles nuevos habitantes que descubren que no está tan mal disfrutar de una densidad de población de una persona por kilómetro cuadrado. 

       ¿Puede quejarse un pesimista cuando las cosas no salen como pensaba? Si falla en sus vaticinios, ¿no está de todos modos fracasando, que es lo que siempre esperó? Parece ser que los pesimistas del mundo tenemos por lo general pocas posibilidades de ver concretadas nuestras más agoreras visiones. A demostrarlo ha dedicado considerables esfuerzos Steven Pinker, autor de libros sumamente útiles para desmentir a quienes descreen de los avances de la justicia, la libertad, la felicidad y la razón en este viejo mundo. No siempre es sencillo estar de acuerdo con Pinker, acaso porque el pesimismo a veces parece ser una parte constitutiva del propio carácter y deshacerse de él es como mocharse una pata; por lo mismo, y porque ahora mismo no es mi asunto, sólo lo dejo mencionado como un tenaz combatiente de todo relato que afirma la proximidad horrorosa de la catástrofe. Pero el caso es que, como lo comprueba el caso de Puolanka, hay ocasiones en que la sola forma de escapar del desastre es abrazándolo. Tal vez así sea como convenga dar estos primeros pasos en este 2023.

       Las mismas horas ociosas ante la tele me llevaron a recordar los recuentos de lo ocurrido en el año, que hace mucho tiempo producía Abraham Zabludovsky. Será porque no disponíamos entonces de los resúmenes con que hoy nos vemos bombardeados (aun sin que se lo pidamos, por ejemplo, las redes ya estuvieron recopilando los álbumes y las listas de todo lo que hicimos, vimos, leímos, tragamos, oímos, etcétera), pero aquellas condensaciones de las noticias más destacadas eran más que apreciables —y estaban muy bien narradas, pienso yo: ¿qué se habrá hecho Abrahamcito?—. Es posible que una de las consecuencias más insidiosas que ha traído consigo la aceleración de la vida en todos sus órdenes, en las últimas décadas, haya sido la progresiva incapacidad para la memoria, y creo que ello se advierte en la fugacidad de los anuarios en línea que no alcanzan a capturar la densidad de lo vivido. Por lo mismo, al estar dándole vueltas a la necesidad o a lo superfluo de hacerse propósitos para el año nuevo (en serio que estos días los he tenido repletos de horas ociosas), llegué más o menos al siguiente razonamiento —y me animo a compartirlo en la esperanza de dar con al menos algún lector tan ocioso como yo, tanto como para que ahora mismo esté leyendo el periódico este domingo, el más inhábil de todos los días del año.

       Es esto: buena parte de los males remediables a nuestro alcance derivan, por encima de cualquier otra razón, del descontrol de la velocidad que llevamos. O la velocidad, más bien, a la que somos obligados por los espejismos que generan incesantemente los medios que utilizamos para comunicarnos y para informarnos. La perversa imposición de la urgencia como razón de ser de todo lo que hacemos y todo lo que queremos. Los jóvenes de Puolanka, ansiosos de sumergirse en una vida que imaginan vibrante y exultante, han sido capaces de dejar desierto uno de los paisajes más hermosos que existen, y sin embargo ahora mismo hay quien, para su fortuna, está redescubriendo ese paisaje, con todo su tiempo y su calma y su silencio, de tal manera que hay esperanza de que algo vuelva a crecer ahí. No sé si me explico.

       Y es que, en estos días, además de ver y extrañar cosas en la tele, también me dio por practicar, a conciencia, a fondo, a costa de dejar a un lado todo el vértigo insulso de redes y mensajerías y demás, los dos verbos con los que armé el propósito que digo: caminar y leer. Con el primer verbo, recuperar la velocidad a la que conviene ir para que las impresiones del camino se fijen en la atención y en la memoria lo suficiente como para que el camino tenga sentido: para no ser uno mismo un mero borrón irreconocible. Y con el segundo, resguardarse cuanto sea posible ante el barullo y la necedad, salvarse del desperdicio de la propia vida que supone prestarle tanta atención a los miserables y a los imbéciles. Ambos verbos son, también, propicios para la memoria, y, en última instancia, para el mejor pesimismo: el que trabaja convencido, en el fondo, de que todo va a salir bien. ¡Feliz año!

J. I. Carranza

Mural, 1 de enero de 2023.

Zahires

Hacia la Navidad de 2021, Baudelio Lara organizó una comida cuyo sencillo propósito era reunir a los amigos de muchos años. Como ocurre que esos amigos, durante algunos de esos muchos años, hicimos una revista, en esa comida se abordaron dos asuntos relacionados con aquella empresa: el primero, que en 2022, en octubre, estarían cumpliéndose treinta años de la aparición del número 0 de El Zahir; el segundo, que algo deberíamos proponernos para festejar ese aniversario. Menudearon las ideas: la edición de una antología, la publicación íntegra de los veintitrés números en un sitio web, la celebración de algún encuentro público para rememorar esa historia, la localización de Gervasio Montenegro para convencerlo de que se ponga a escribir otra vez… Quizá persuadido por un entusiasmo parecido al que nos movió tres décadas atrás, por algunos minutos yo creí ver que encima de nuestras cabezas flotaba la posibilidad de lanzar una nueva época de la revista, pero, si así fue, esa posibilidad se disipó antes de que nos despidiéramos, sin que nadie alcanzara a ponerle palabras: de haberlo hecho, tal vez nos habría parecido una insensatez. Vagamente, eso sí, apuntamos algunas fechas y medio nos repartimos tareas. Baudelio nos regaló una serie de dibujos originales de Martha Pacheco, la artista cuya obra honró las páginas del número 6 (mayo-junio de 1994).

Hacia la Navidad de 2022, antier, martes 20 de diciembre, volvimos a reunirnos, nuevamente invitados por Baudelio. Desde luego, a lo largo de todo un año no movimos un solo dedo para cumplir con lo que nos habíamos propuesto. Desde luego, no importó en absoluto: importó que ahí estuvimos otra vez, por horas, hasta que casi nos corrieron del restorán, como pasaba treinta años atrás, cuando nos juntábamos los viernes en el Sanborns de Vallarta con el pretexto de hacer la revista pero en realidad para argüendear y reírnos y divertirnos, y ahora también para asombrarnos con lo que han crecido nuestros hijos y para platicarnos sus andanzas y para preguntarnos en qué andarán los amigos que no estaban ahí y para ver cómo nos las arreglamos con este presente al que hemos llegado. Y para ver que está intacto el cariño que nos tenemos y cómo se irriga en las familias que hemos hecho y cómo no parece que nunca se vaya a secar. Baudelio hizo estampar, para obsequiárnoslas, unas tazas con el cabezal de El Zahir y la caricatura que hizo Naranjo de Borges y que, de alguna forma, adoptamos como emblema. Ya no nos propusimos nada: acaso ésa sea la forma de que, ahora sí, hagamos algo. O quién sabe. 

Felices los felices.

Abandono

Tal vez todo empiece con el vidrio de una ventana rota; luego, un agujero en una cortina metálica, en una puerta, en un muro, al mismo tiempo que la progresiva infestación del grafiti, esa hiedra en aerosol que va creciendo y cubriendo las fachadas día tras día, como emergiendo de la mugre y la basura y confundiéndose con la maraña de árboles, arbustos y hierbas, en una proliferación paulatina de tierra, charcos, ratas, mierda, más basura, ante la que hay que pasar sobre banquetas despedazadas, una finca tras otra, cuadra tras cuadra, por todos los rumbos. Casas, comercios, talleres, fábricas, bodegas, locales que ya no puede saberse qué fueron, baldíos que parecen generarse espontáneamente, de un día para otro, y tener ya años ahí; bardas que están por caerse o ya se cayeron, hacia la calle o hacia dentro, edificios que es imposible saber cómo se sostienen, eviscerados y repletos de soledad y oscuridad y peligro…

      ¿Cómo se explica el triunfo de la ruina en el paisaje tapatío? Imagino que habrá causas bien identificadas, y que principalmente tendrán que ver con las dificultades económicas de los últimos años (una de las huellas más perdurables de la pandemia es la cantidad de negocios que no pudieron sobrevivir) , pero también con los mecanismos del miedo que obligan al desplazamiento de las personas y de la actividad comercial: cuando está claro que ya no se puede seguir trabajando en un lugar y hay que salir cuanto antes de ahí. Pero lo que no es tan sencillo de comprender, creo, es nuestra habituación insensible a toda esa desolación imparable, siniestra y sobrecogedora, que afantasma la ciudad desde sus avenidas más anchas y desde ahí se riega por las calles que poco a poco van secándose y muriendo —pienso, por ejemplo, en López Cotilla, de Tepic a Tolsa (bueno, de Francisco Javier Gamboa a Enrique Díaz de León), no hace mucho celebrada como un bullente corredor gastronómico y donde ahora sólo parece prosperar el abandono—. ¿No vemos, o vemos pero no nos importa? ¿Y qué será peor?

      La historia de Guadalajara está marcada por sucesivas imposiciones, brutales y traumáticas, de cambios en el paisaje: el entubamiento del río San Juan de Dios y la cicatriz perenne que fue desde entonces la Calzada Independencia; las destrucciones del centro para ensanchar avenidas como Alcalde-16 de Septiembre o Federalismo, para abrir plazas y cumplir caprichos de arquitectos desorbitados y gobernantes imbéciles, o bien como consecuencia de negligencias criminales (las explosiones del 22 de abril)… La multiplicación y la engorda de vialidades que sólo han servido para que cada vez más automóviles espesen la consistencia pastosa del tráfico ha vuelto, también, intransitables vastas zonas, y por ello —porque ya casi nadie va a pie por ahí— la vida va extinguiéndose: López Mateos a partir de que se convirtió en un viaducto, por ejemplo. A esto hay que sumar las pretensiones desmesuradas que los gobernantes de tiempos recientes y no tan recientes tienen de crear una ciudad que nunca ha existido, olvidándose de la que en realidad habría que dejar emerger y vivir: la Plaza Tapatía, el Paseo Alcalde… Y no hablemos de la construcción enloquecida de torres y más torres vacías y por tanto estúpidas, la explosión desmesurada de nuestro peor sinsentido.   

      Ahora bien: a esos cambios, debidos principalmente a una tarada idea del progreso, y también a la colusión entre la codicia, la corrupción y la ignorancia de quienes toman las decisiones, hay que agregar ahora esto que ocurre: el triunfo de la devastación y la ruina. Anímese el lector a proponerse, aprovechando estos días de vacaciones, una caminata por cualquier avenida principal de la ciudad: Washington, por ejemplo, o Avenida México, o Circunvalación División del Norte, o Revolución. ¿Cómo se habita el abandono? Posiblemente, los únicos que van descubriéndolo son quienes integran la población creciente de indigentes, que al menos logran guarecerse en los cascarones de las casas, los edificios, los locales que van quedando solos. La desgracia de tantas personas que han llegado a habitar esa realidad dice mucho acerca de los extremos de vileza que hemos alcanzado como sociedad.

      ¿Y se tratará de un proceso cíclico, que desembocará algún día en un resurgimiento de Guadalajara? El caso de Federalismo hace temer lo contrario: en casi medio siglo no se ha logrado erradicar el abandono que dejó la destrucción que le dio origen. Lo mismo el tramo de 16 de Septiembre que va desde Revolución hasta la estación del ferrocarril, por más que lleguen entusiastas descocados a querer vendernos la idea de que eso podrá revivir, por ejemplo con la cacareada extensión del Paseo Alcalde. Javier Mina, Mariano Otero, Hidalgo… Ir a pie, insisto, facilita descubrir una ciudad estragada y temible.

      Tal vez haya que admitir que las ciudades también se extinguen, como lo demuestra la historia. Pero quizás eso tampoco nos sirva de mucho consuelo. Roma es eterna a condición de ser una ruina, y lo malo es que Guadalajara no sólo no es Roma, sino que tampoco ha sabido nunca qué hacer con su historia y ni siquiera las ruinas sabemos dejarlas en pie. Y si no sabemos qué hacer con el pasado, ya ni siquiera tiene caso preguntarnos por el futuro, y menos por el presente: está cayéndose a pedazos y no lo podemos ver.

J. I. Carranza

Mural, 18 de diciembre de 2022

Ideático

Tal vez no sea inevitable, pero supongo que hará falta un gran esfuerzo para resistirse. O quizá no importe en absoluto y no haya razones valederas para proponerse esa resistencia: a fin de cuentas, cada individuo enfrenta por cuenta propia las consecuencias de sus decisiones —si las hay: no siempre se producen—, y el resto del mundo puede pasar de largo y seguir en lo suyo sin inmutarse. Hablo de lo que ocurre cuando, con el mero transcurso de los años, uno acumula convicciones o certezas que, sin necesariamente estar apuntaladas por ninguna ciencia, modelan las elecciones y las preferencias para conducirse en la vida. O, para decirlo de modo más directo, hablo de las ideas que, al amontonarse y fijarse en la propia conciencia, aherrumbradas y cada vez más irremovibles, acaban por no necesitar explicaciones y sólo se nos imponen y ya, al cabo incuestionables e irrenunciables: el conjunto de pareceres, sentires, creencias y saberes que no estamos dispuestos a negociar, y que se diferencian de los prejuicios porque éstos son ejercidos en la vacancia de la razón (cobran forma antes de que el juicio opere), mientras que estas ideas de las que hablo son fruto de largas deliberaciones que uno tiene con uno mismo, se rumian una y otra vez y van incorporándose al carácter y al ánimo y, en suma, a todo lo que uno entiende. Ideas, insisto: las que hacen de uno un ideático.  

      Voy a dar el ejemplo en el que vengo pensando desde hace tiempo, que para mi humilde experiencia de las cosas tiene un peso considerable. Según yo —y este «según» anuncia que es una apreciación personal, e insinúa que, por lo mismo, no tengo intención de ponerla en duda más que de este modo retórico: el idioma español facilita estas estratagemas, como cuando se dice «Con todo respeto» antes de faltarle al respeto a alguien, o «No es por intrigar», cuando eso es precisamente lo que se pretende—… según yo, para ser aceptable, una cafetería debe reunir ciertas cualidades indispensables, y abstenerse de incurrir en prácticas del todo indeseables y aun aborrecibles. Pienso en la cafetería, o el café, como ese espacio culminante de la civilización que se abre en el trajín de la vida para, más que hacer una pausa, reencontrarse con la forma del tiempo que nos da sentido y justifica nuestra existencia. Ya sea que acoja la posibilidad del encuentro y de la conversación, o bien la de la soledad y el silencio —que propician otra especie de encuentros—, el café como una ocasión magnífica de meramente estar, eso que tan difícil resulta en medio de los afanes de lo cotidiano: un lugar al que se puede ir para estar, y entonces también para serde un modo más neto lo que uno es.

      Mi ideal de café es elemental y se niega a toda pretensión de originalidad o innovación. Leí el otro día un hilo de Twitter que hacía el encomio del filósofo Simon Blackburn, que se defendió de las reconvenciones que le hizo su universidad por no proponerse métodos nuevos para enseñar: «El método correcto», adujo Blackburn, «ya lo descubrió Sócrates hace dos mil 500 años y no tengo ninguna intención de modificarlo». Luego supe que esa aseveración ilustra muy bien el llamado efecto Lindy, una teoría matemática de predicción del futuro: la perdurabilidad de una tecnología o una idea se fortalece mientras más tiempo hayan sobrevivido esa tecnología o esa idea sin alteraciones significativas. (El nombre Lindy fue tomado, justamente, de una cafetería en Nueva York; otro buen ejemplo del efecto es lo que pasa con la tecnología que conocemos como el libro impreso, que no ha cambiado en medio milenio). Lo nuevo no es mejor nomás por ser nuevo. Así que mi café prescinde de todo alarde rompedor y se afirma en lo que ha funcionado ya el tiempo suficiente como para saber que no falla.

      Debo aclarar que, más que un ideal, lo que yo tengo en mente es una serie de reminiscencias concretas de cafés perfectos, o casi, que he disfrutado en la vida. Número uno: que el mobiliario y la ambientación armonicen, que todas las sillas y todas las mesas sean iguales y que sirvan para lo que tienen que servir. Las ridiculeces exóticas que saben poner en muchos lugares son por lo general torturantes o tienen el cometido de abreviar el tiempo de permanencia de la clientela. Enseguida: que tenga personal que atienda las mesas. Qué pereza infinita y qué enojosos son esos lugares donde tú tienes que esperar de pie lo que vas a tomar y llevarlo hasta tu lugar; pero son todavía peores los lugares pretenciosos donde, una vez que acabaste, tienes que recoger tus trastes y regresarlos. (El personal, de preferencia, tendría que estar uniformado en blanco y negro). Ah, y debería haber siempre azúcar y servilletas en las mesas, para no tener que estar pidiéndolas. En tercer lugar: que el café que se sirva no haya que pedirlo forzando la comprensión y el ingenio. Tres o cuatro cosas en la carta (americano, expreso, capuchino, tecito, agua), y con eso. Para todo lo demás están las pastelerías, los bares, las dulcerías, etcétera. Y poco más: que no haya música ni demasiado ruido, que haya buena luz por si uno quiere leer…

      Lo más difícil para los ideáticos es que la realidad tiene muy pocas ganas de darnos gusto. Pero yo sé que alguna vez estuve en un café perfecto, y sé también que algún día me lo voy a volver a encontrar.

J. I. Carranza

Mural, 11 de diciembre de 2022

Una de Chico Che

«¿Por qué no pones la de Chico Che?», pidió el Presidente, para redondear con una canción de su paisano el reconocimiento de los numerosos males que lo aquejan. Se refería a la pieza «Que no me quiso el Ejército», donde —como el mismo Presidente tuvo el primor de explicar— el cantante describe todas las dolencias que le impidieron alistarse como soldado. La canción, desde luego, pronto sonó por todo lo ancho del Salón Guillermo Prieto de Palacio Nacional, mientras en la pantallota se proyectaba la imagen del músico de los lentes oscuros y el eterno overol. (Un amigo me contó, yo no lo vi y cómo lo lamento, que una vez se encontró a Chico Che de paseo en Plaza del Sol, con su atuendo característico, pero además armado con un bat, supongo que para espantarse a los fans encimosos y jodones). Extrañamente, el Presidente, tan afecto al ritmo pegadizo del autor de «¡Uy, qué miedo!» (pieza que López Obrador dedicó recientemente a su homólogo Joe Biden), no baila. ¿Se aguanta? Porque se ve como que le dan ganas. Al menos podría mover la patita. Pero no, ni tampoco tararea: nomás se ríe mientras la canción transcurre de principio a fin —no es tacaño, el Presidente: nada de que nomás una probadita y seguimos donde nos quedamos; al contrario, ahora nos la chutamos hasta que se termine—. Se ríe y mira a su público, complacido.

      Dicho sea de paso, Chico Che se sirvió muy bien de la realidad nacional para sus creaciones, empezando por el nombre de su grupo, La Crisis, cifra inmejorable de los años en que puso a bailar al país (los ochenta, principalmente). Su repertorio fue nutrido por algunos de los fenómenos más emblemáticos de su tiempo: sismos, elecciones, desigualdad y rencor social («Quén pompó»), las fechorías del Negro Durazo, etcétera, amén de las predecibles composiciones alusivas a las relaciones amorosas, sus embelesamientos, sus alegrías y sus decepciones («¿De quén chon?»). Así que hay justicia poética en el hecho de que hoy, a más de treinta años de su muerte, el Presidente se empeñe en volverlo la banda sonora de su ideario y de su paso por la Historia. Mejor eso que Silvio Rodríguez o inmundicias similares.

      Creo que, más allá de las impresiones primeras que suelen activar estas aparentes ocurrencias del Presidente, vale la pena detenerse en el significado de su risa, de esa risa que le da cada que sale con una payasada como la de antier. Yo tengo muy presente, por ejemplo, el día en que, de la nada, en una «mañanera» se puso a recordar a Jorge Arvizu, «El Tata» (leal partidario suyo al que considera ejemplar), y luego se acordó de que suya había sido la voz de Benito Bodoque, el personaje de Don Gato y su Pandilla, y de repente, con expresión alegre y evidentemente inspirado, pidió: «A ver si no está Benito…». Y entonces le proyectaron un pedacito de la caricatura, y él divertidísimo, risa y risa, como esta vez, cuando aprovechó la ocasión para terminar de minimizar las revelaciones de su precario estado de salud debidas al hackeo espectacular que sufrió la Sedena. ¿Es mero afán de distracción lo que se propone el Presidente?

      Una primera consideración de esa risa podría apuntar a la instrumentalización del humor como señal de inocencia o de integridad moral. Al reír, el hombre que nuestro deficiente entendimiento de la democracia hace creer que está al mando de la nación, aprovecha, con astucia, la imagen de individuo bienhumorado y despreocupado que, precisamente, se permite reír porque no encuentra obstáculo para ello. Dicho de otra forma: que el presidente salga con una payasada sucede porque sabe bien —o al menos intuye con puntería— que esa imagen suya comunica que nada puede estar tan mal, en este presente, como para no consentirse al menos algún momentito de chacoteo. «Vean cómo me río», podría estar pensando, o al menos entreviéndolo al aquilatar sobre la marcha las implicaciones de cada gesto y cada movimiento de su conducta, «riamos juntos, pues las cosas no son tan graves; si yo, que soy el Presidente, y por lo tanto el primero que debería preocuparse, me doy la oportunidad de reír, eso quiere decir que las circunstancias no están tan descompuestas como querrían hacer creer nuestros adversarios…». 

      Se trató de un momento divertido, qué duda cabe, y lo fue más debido a su inadecuación respecto a la seriedad de lo que se venía tratando: la exhibición de la vulnerabilidad de los sistemas informáticos de la Sedena, la revelación de que el Presidente es un costal de achaques que lo han tenido alguna vez al borde de la tumba. Comediante consumado, el Presidente tiene el don de la importunidad, una desfachatez admirable, y además un conocimiento profundo de su audiencia: se apoya en materiales que no fallan, frutos imperecederos del ingenio cómico naturalmente reconocibles por el público mexicano de dos o tres generaciones.          

Pero esa risa suya quiere, además, ser la risa de los probos, de los justos, de los que se saben triunfantes sobre el enemigo, intocados por la depravación que los rodea. Es una risa que pretende lucir desprovista de agresividad y emitida sin dobleces, y que busca ser apreciada como prueba inequívoca de virtud: el Presidente puede reírse, estando las cosas como están, porque está más allá de todo mal. La risa de quien necesita hacer ver que tiene la conciencia limpia.

J. I. Carranza

Mural, 2 de octubre de 2022.

Invisible

Como no soy hotelero, no vendo artesanías ni preparo tostadas, no es que me preocupe mucho una posible escasez de turistas en el centro de Guadalajara; sin embargo, al verlos por los rumbos de San Juan de Dios, por ejemplo, sí me intrigan poderosamente sus motivos para haber elegido este destino, las figuraciones que pudieron hacerse antes de llegar y sus impresiones al conocer eso que les habían platicado o vendido. Deben de ser unos artistas de la ilusión, los agentes de viajes y los promotores turísticos que consiguen ilusionar a esa parejita joven de Minnesota, a esos señores mayores de Canadá que habrían podido elegir el Caribe y optaron por pasear en calandria, al grupo de franceses que se espantan las moscas y sufren por la asoleada mientras van camino del Cabañas, en plena Plaza Tapatía: ¡qué capacidad de fantasía! Y qué tremenda ha de ser la decepción que se llevan los engatusados, una vez que están aquí y ven la distancia entre la realidad y aquello que les ofrecieron.

      Desde luego, si esas maquinaciones llegan a fallar algún día, o si a los turistas potenciales les da por buscar fotos reales de lo que van a ver o se encuentran con los testimonios de quienes ya vinieron y anduvieron por el centro tapatío, la merma consecuente en los ingresos de hoteleros, artesanos y vendedores de tostadas podría ser trágica. No parece, sin embargo, que esa posibilidad sea muy temible: las condiciones que harían cundir la mala imagen de Guadalajara tienen décadas arraigadas en el ser tapatío, y aun así sigue viniendo gente todo el tiempo. ¿Por qué? Seguramente porque las suposiciones que el mundo puede hacerse acerca de lo que ofrece este rincón del mundo son muy singulares, y habrá millones de turistas entusiasmados por corroborarlas: la estridencia de nuestro folclor más vendible, así como el hecho de que pasear por aquí no sea tan caro como hacerlo en otros lados, son razones suficientes para garantizar que no dejará de haber autobuses repletos de turistas que trabajosamente se abren paso para meter pequeñas multitudes en el Centro Joyero.

      Así pues, no me apura tanto lo que cuenten sobre Guadalajara los turistas que hayan sobrevivido a la experiencia. Por ejemplo, antier: por Juárez, entre Molina y Degollado, quienes iban en el Tapatío Tour y podían apreciar, a su derecha, la magnífica fachada del Edificio Norman —un buen anticipo, ciertamente, de las maravillas arquitectónicas que quedan a lo largo de todo Juárez-Vallarta—.  Supongo que esos paseantes venían del mercado de San Juan de Dios, que habrán alcanzado a conocer con dificultades debido a la aglomeración de comerciantes instalados provisionalmente en las afueras gracias a que aún no terminan de repararse los estragos ocasionados por el incendio de hace cuatro meses. Bueno, pues lo que podían ver a su izquierda era un cerro de basura acumulado encima, por debajo y a los lados de unas papeleras atestadas; unos pasos más adelante —perdón— una guacareada monstruosa esparcida sobre buena parte de la acera, casi frente a la entrada de un hotel, y más adelante otro cerro de basura y —perdón otra vez— una mierda pantagruélica que alguien (no un perro, no un caballo: un ser humano) tuvo a bien deponer asimismo en la banqueta.

      Digo que no me apuran tanto los turistas porque lo que me consterna, en realidad, es lo que los habitantes de esta ciudad somos capaces de ya no ver, de ya no percibir. Pues aquella guacareada y aquella basura y aquella mierda —perdón y más perdón— estaban al paso del gentío que se mueve y hace su vida por ahí, que entra y sale de las tiendas, cargando bultos, tomando un tejuino, llevando a las criaturas de la mano, de prisa o calmudamente, viendo escaparates o el celular, esquivando los coches y la gente, comiéndose un vaso de fruta con chile, platicando, riendo, pensando en sus cosas… Y, por una suerte de capacidad de supervivencia desarrollada como adaptación al medio, cada quien evadiendo por reflejo la inmundicia y los charcos y las deyecciones, fijándose sin fijarse en dónde pisa. 

      (Por Pedro Moreno, dicho sea de paso, están llevándose a cabo unas obras de cambio de adoquinado, y parece una zona de guerra. Pero además hay esto: en la Plaza Pablo Neruda —donde están las tiendas de novias; por El Farolito, vamos—, inaugurada en ocasión del centenario del poeta en 2004, el desastre es pasmoso. De milagro no han terminado de romper a pedradas la doble escultura de vidrio en la que hay inscritos versos de Neruda. Y yo me preguntaba, ingenuamente: ahora que Guadalajara es Capital Mundial del Libro —whatever that means—, ¿no sería ocasión de rescatar ese lugar, supuestamente significativo para la cosa literaria?).            

Evidentemente, las causas de que el centro de Guadalajara sea un asco inagotable se reducen a dos: la conducta de la sociedad marrana, sin más, que produce tanta porquería, y la mezcla de indolencia, ineptitud y cinismo de la autoridad que sencillamente se desentiende de limpiar. No tiene mucha ciencia, quiero creer. Al Alcalde Lemus, que le gusta tanto usar el centro como escenografía cuando se viste de charrito, y que a la mejor provocación suelta su porra: «¡Ánimo, Guadalajara!», ¿no le da vergüenza? O tal vez padece también de esa insensibilidad que ha ido apoderándose de toda la población y que nos impide ver. Y oler.

Mural, 31 de julio de 2022.

Alatorre

En 1981, como fruto del aparatoso nacionalismo con que José López Portillo pretendía dejar su impronta en la historia de México, se creó por decreto la Comisión de Defensa del Idioma Español. Al año siguiente dejó de existir, cuando lo ridículo de su propósito no sobrevivió el cambio de sexenio y el país tenía cosas más urgentes de qué ocuparse —empezando por el desastre colosal heredado por aquel presidente que se sentía Quetzalcóatl encarnado—. Quienes ya teníamos tantito uso de razón entonces podremos recordar la campaña sangrona con que esa comisión pretendía corregirnos a los mexicanos tentados de usar expresiones «incorrectas» o voces extranjeras, sobre todo anglicismos, en las que se veía una flagrante amenaza a nuestra identidad.

      En una conferencia de 1986, Antonio Alatorre se burló de lo lindo de aquella iniciativa. Invitado por El Colegio de Michoacán, que organizaba un coloquio precisamente sobre el nacionalismo en México, recordó: «La gente de la Comisión, activísima, comenzó por preguntarnos a algunos “pensadores” cómo debería llamarse nuestro idioma. Yo contesté que nuestro idioma tiene nombre desde hace mucho y que se llama español. Carlos Monsiváis contestó más o menos lo mismo, añadiendo que, si tanto urgía rebautizarlo, él proponía que se llamara naco». Con esa forma suprema de la lucidez que es el sentido del humor, Alatorre demostró entonces lo absurdo de ponerse a defender algo que no necesitaba defensa, y denunció también la estupidez subyacente a todo nacionalismo: aún flotaba en el ambiente la idea de que la cultura mexicana había que salvaguardarla de invasiones («Obligar a los jóvenes a leer sólo libros mexicanos sería un intrépido acto de nacionalismo —y una insigne tontería», concluía Alatorre), y lo cierto es que de cuando en cuando esa suposición revive —como ahora mismo sucede: nomás hay que ver el rumbo actual del Fondo de Cultura Económica, el de la Secretaría de Cultura o el de los programas de educación básica.

      He estado acordándome de Antonio Alatorre porque mañana se celebra el centenario de su nacimiento. Y quiero creer, por las publicaciones que en las últimas semanas han estado evocándolo (la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara, por ejemplo, le dedica un rico dossier donde se incluye una extensa entrevista que le hizo Adolfo Castañón), que a casi doce años de su muerte sigue muy presente. Si no es así, habría que proponerse reencontrarse con él: puede hacer mucho bien a nuestra mejor comprensión de la literatura y de la cultura en general, así como a nuestra relación con el idioma que hablamos. Para empezar, ahí está la que quizá sea su obra más importante: Los 1,001 años de la lengua española, la apasionada y apasionante historia donde pone su profusa erudición como filólogo al servicio de una empresa tan admirable como emocionante («Esta historia es, en más de un sentido, la menos académica que se ha escrito», aclara en el prólogo. «Es la menos técnica, la menos profesional», dice, para explicar cómo se propuso ponerla al alcance de los lectores no especializados). Y, también, sus Ensayos sobre crítica literaria, compilación en la que despliega su amorosa vocación de crítico y profesor empeñado en la mayor claridad («He recorrido parcialmente un camino del cual dije que es largo y hermoso», escribe en un ensayo entrañable que enseña cómo leer provechosamente. «En ese camino, detrás de mí —es sólo una manera de decir— veo a los jóvenes, a los inexpertos, a los que todavía no saben leer bien, a los que hacen lecturas ingenuas e inmaduras. A ellos trato de ayudarlos»).

      En una entrevista de 1998, cuando recibió el Premio Nacional de Lingüística y Literatura, Alatorre le dijo a Antonio Bertrán, de Reforma, que le gustaba usar la palabra «pendejaditas» porque es «muy expresiva», y agregó: «Yo me río de los pulcros». Creo que esa declaración resume óptimamente la actitud de alguien que sabe para qué sirve todo lo que sabe. Conocedor profundo de la lengua y de sus infinitas posibilidades, lo guiaba la certidumbre de que ese conocimiento no puede desvincularse de la vida. Y, como la vida sólo tiene sentido si se hace con los demás, era inmensamente generoso. Me consta, y quiero permitirme una anécdota personal para dejar testimonio:

      Hace un millón de años, en una de las primeras ediciones de la FIL, mi amigo David Izazaga y yo nos animamos a acercarnos con Alatorre para regalarle un bonche de números de un suplemento cultural que hacíamos en el desaparecido periódico El Jalisciense. Nos inspiraba un gran respeto, desde luego, y seguramente pensábamos que iba a mandarnos por un tubo: éramos unos chamacos, por qué tendría que interesarle lo que hacíamos. Para nuestra sorpresa, no sólo nos agradeció calurosamente el regalo, sino que se sentó un buen rato a platicar con nosotros (venía a sostener un diálogo con Juan José Arreola en torno a la figura de Rulfo, era uno de los invitados estelares de la feria), y después de despedirnos lo vimos hojear con sincero interés nuestra publicación. Eso fue por la mañana; a lo largo del día anduvo cargando el paquete, no se deshizo de él en ningún momento (luego nos arrepentimos: ¡desconsiderados!). Y es fecha en que no puedo dejar de conmoverme al recordarlo: ¿quién hace eso?            

Un sabio generoso e irrepetible. Nada menos.

Mural, 24 de julio de 2022.

Foto: Antonio Alatorre cuando estudiaba Derecho en la Universidad Autónoma de Guadalajara, en 1944-1945. (Cortesía de Miguel Ventura).

«¡Pásenle!»

Nos habían traído como tontos, pero al final ya quedó claro: el año escolar para la educación básica en Jalisco concluirá el próximo 15 de julio, si bien los días que corran de aquí a entonces estarán reservados, se supone, para labores de «regularización» y para entregas de calificaciones. O sea, puro relleno. En realidad, las clases ya se acabaron, en la mayoría de los casos el viernes que acaba de pasar. Y originalmente estaba previsto, a nivel federal, que el año lectivo concluyera hasta el 28 de julio, presumiblemente porque habría hecho falta ese mes extra para compensar los desajustes obligados por los confinamientos. ¿En qué momento, y con qué fundamentos, se decidió que no harían falta esos ajustes? 

      Es el género de medidas que se toman de modo furtivo, intempestivas y a menudo arbitrarias, yo sospecho que aprovechando la vertiginosa ocurrencia de nuestra caótica actualidad para que nadie se dé cuenta. O, más bien, con la certeza de que nadie va a escandalizarse demasiado. De cualquier modo, en este país no hay motivo de escándalo suficientemente duradero o extendido como para que la autoridad rectifique el rumbo y repare sus trastadas: eso nunca va a pasar. Otra de esas medidas, también concerniente a la suerte que ha tocado a millones de educandos en tiempos de pandemia, es el mandato monárquico (México hace rato que sólo es una república en su imaginación) de no reprobar a ninguna criatura: que todo mundo pase de año, que nadie se rezague. Las explicaciones aducidas pueden pasar por justificables: las circunstancias imprevistas de los años recientes inevitablemente agudizaron la desigualdad en muy diversos órdenes de la vida, entre ellos el educativo, y por tanto hubo grandes porciones de la población escolar que se vieron en desventaja: porque no pudieron seguir estudiando o porque, si lo hicieron, tuvieron que continuar en condiciones muy adversas, etcétera. Así entonces, la intención sería evitar, hasta donde sea posible, que haya todavía más deserción: el niño no podía estudiar porque su escuela estaba cerrada y porque sus maestros se desaparecieron y nomás lo pelaban de vez en cuando por WhatsApp, porque en su casa tuvieron que sortear numerosas dificultades económicas, porque sencillamente no tenía manera, ¡y además reprueba y tiene que repetir el año!; lo más seguro es que su mamá razone que es por demás, que no tiene sentido, que no puede con la gastadera en útiles, así que mejor acabará sacándolo.

      De acuerdo. Sin embargo, la medida tendrá implicaciones que no está claro si se tuvieron o no en consideración. Por ejemplo, las consecuencias para los niños que, sin haber alcanzado a adquirir los conocimientos y las destrezas (o las competencias, como está de moda decir ahora) previstos en el nivel que dejan atrás, arriban al siguiente otra vez en desventaja respecto a los compañeros a los que les fue mejor. ¿No es, en cierto modo, condenarlos a un esfuerzo reduplicado, extenuante, y que no es seguro que dé frutos? ¿Y condenarlos también a un retraso permanente que irá costándoles cada vez más sobrellevar?

      Como profesor universitario, alguna vez yo me he jalado los cabellos al trabajar con estudiantes que sufren por carencias que vienen arrastrando desde etapas tempranas de su formación. Algo, en algún momento de sus historias, salió tremendamente mal, y nadie prestó atención y nadie les ayudó a poner remedio. ¿Cómo es posible, me pregunto en esas ocasiones, que a este futuro abogado, que incluso ya ha comenzado a ejercer en un despacho, o a esta inminente ingeniera que va a salir a buscarse la vida en un mercado laboral feroz, o a este casi psicólogo que está por recibirse y está costándole tanto trabajo, nadie les haya puesto un freno necesario a tiempo, para que aprendieran, por ejemplo, a escribir un párrafo con un mínimo de coherencia? Lagunas vergonzosas en la información de que disponen, una dolorosa ignorancia en materias básicas, prejuicios, confusiones, analfabetismo pasmoso, vacíos vastísimos en eso que antes se llamaba «cultura general», incapacidades diversas y atrofia de habilidades fundamentales… Numerosas taras, en fin, que han venido arrastrando a lo largo de sus vidas sin que nunca pareciera necesario detenerlos para corregir. 

      Como estará pasándoles, ahora mismo, a millones de niñas y niños mexicanos que no alcanzaron a aprender todo lo que debían, y a los que aun así, por orden del monarca, están diciéndoles: «¡Pásenle!». Y es que, además, no hay ninguna esperanza de que la educación en México vaya a tener una mejoría sustancial y suficiente en los próximos años (o en las próximas décadas: de aquí a unos dos siglos, quizá) como para reparar el desastre presente. A lo mejor, el chamaco que llega de panzazo de tercero a cuarto no va a tenerla tan difícil; pero ya que entre a quinto lo quiero ver, chillando porque no entiende nada. Y lo más triste es que, de sostenerse esta política, su frustración seguirá creciendo y acompañándolo durante toda la secundaria, y si nada lo impide (y si tiene la suerte de proseguir su vida escolar) así pasará por la prepa, y llegará el día en que yo lo tenga en la universidad frente a mí, desvalido, mirando a sus compañeros como desde otro planeta, sin saber absolutamente nada de lo que tendría que saber, y cuando ya sea demasiado tarde.

Mural, 3 de julio de 2022.

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