Ahora mismo, el descrédito de la inteligencia artificial corre sólo un poco por detrás de sus avances. Conforme éstos van siendo más asombrosos —o eso nos dicen—, son más evidentes también las limitaciones y las torceduras de una tecnología que, hasta este momento, resulta cada vez más decepcionante. El hecho de que en el mundo siga habiendo hambre, guerra, enfermedades incurables, corrupción, tiranías, injusticias de toda laya y música de banda significa que la inteligencia artificial no ha sido debidamente encaminada a solucionar ninguna necesidad verdaderamente apremiante de la humanidad. Y que hasta este momento sirve para facilitarnos algunas cosas, complicarnos tremendamente otras (por ejemplo en los casos de quienes pierden su trabajo gracias a ella) y enrarecer de modos insospechados nuestras formas de ser, pensar, sentir y relacionarnos. Y uno de sus más ostensibles efectos es el enriquecimiento obsceno del puñado de cretinos que lideran esa industria.
Entre las razones que proliferan todos los días para recelar, e incluso temer, están las que proporcionan los tránsfugas de la industria, como el exdesarrollador en Anthropic Jacob Coxon, quien ganó notoriedad mundial al contar que renunció tras ver cómo iba incrementándose la probabilidad de que la IA nos extinga antes de 2030. Acto seguido, otros programadores y ejecutivos que también se han bajado de esos barcos enloquecidos fueron ajustando la probabilidad —no será antes de que acabe la década: si tenemos suerte, todavía podremos llegar a Navidad—, pero además corroboraron la parte más inquietante de las declaraciones de Coxon: quienes le dan forma al monstruo están muy al tanto de lo amenazante que va volviéndose, pero aún así no paran y se brincan cualquier escrúpulo y toda mínima sensatez: antes que conjurar el peligro, lo que los mueve es ganarle a la competencia.
Sorprenderse ante esto es pecar de ingenuidad: las sumas de dinero en juego explican lo frenético de esa competencia, así como lo que entraña para las redistribuciones en curso del poder político en el planeta. O sea que, en el vasto escenario de la civilización, las condiciones están dadas para que todo lo que pueda salir mal salga de la peor manera posible. Más acá de ese escenario, sin embargo, en lo que todavía puede caber dentro de nuestra comprensión de la existencia, el trato con la IA va de lo decepcionante a lo irrisorio, de lo deprimente a lo delirante, y no han hecho falta augurios ni temores anticipados para que llevemos ya un buen rato de resentir efectos sumamente indeseables en la adecuación de lo cotidiano a la tecnología, y no al revés. Cómo, por ejemplo, se drena nuestra capacidad de prestar atención y hemos de ir por la vida con todo nuestro ser atado a la ocurrencia de esa vida suplementaria y deleznable que nos muestra una pantalla. O, además de la merma de facultades para tramitar el conocimiento —pues lo recibimos predigerido y al instante, sin que haya hecho falta ni siquiera buscarlo—, la erradicación imparable de incógnitas cuya resolución aún dé sentido al hecho de que estemos aquí. En una entrevista reciente, el matemático francés Hugo Duminil-Copin, ganador en 2022 de la Medalla Fields, afirmaba: “Han aniquilado mi campo de investigación”. A propósito de la velocidad pasmosa con que la IA resolvió en las últimas semanas problemas que han desafiado a los investigadores durante décadas, Duminil-Copin rompió en lágrimas, con la amargura de quien descubre repentinamente que su lugar en el mundo ha sido suprimido. (Otros matemáticos, más optimistas, van replanteándose la resolución de problemas como un área secundaria de su quehacer de aquí en adelante).
En lo que respecta a los estragos que ya hace la IA en materia laboral, el propio Coxon, en entrevista con Jon Stewart, explicaba que la utopía que se busca concretar —eso si la humanidad no se extingue antes— contempla la eliminación de todos los trabajos y la distribución universal de la riqueza generada por las máquinas. Es decir: algo aún mejor que el fin de la historia que Marx imaginó llegado el momento de que el proletariado venza definitivamente en la lucha de clases: abundancia para todos y cancelación absoluta de la necesidad del trabajo en la vida humana. Es decir: si todo sale bien, la IA nos llevará al triunfo del comunismo. Nomás que se ve difícil que salga bien: hace unos días se volvió viral el caso de un vato que estaba siendo entrevistado en línea para una chamba. La entrevista se la hacía un robot, y el camarada puso a su propio robot a contestar, de manera que ahí siguieron, los dos robots tarados, sin darse cuenta de nada, diciéndose tonterías y sin saber cómo despedirse, hasta que alguien los desconectó.
Lo que sí le sale bien a la IA son las armas, cada vez más sofisticadas y certeras, con las que se garantizan guerras más breves pero también más mortíferas. Y también las cosas ridículamente inútiles, como el coche volador de Tesla. Capaz de acelerar de cero a cien kilómetros en un segundo, trepa una rampa curva, luego da una maroma en el aire, le salen unos chorros de sabe qué y aterriza sin gracia. ¿Para qué sirve eso? Su exhibición es tan estúpida que también parece hecha con IA. Pues en ésas estamos: mientras más tonto, ridículo, inservible o vil parezca algo, hay que sospechar.
J. I. Carranza
Mural, 18 de octubre de 2026.