No sé cuántas fiestas de XV Años llevamos en este año. Tampoco sé, advierto ahora mismo que acabo de escribirlo, por qué la costumbre de poner el quince en romanos. Seguramente la explicación será insulsa o inexistente, pero la incógnita da para aventurar algunas conjeturas: ¿se trata de una figuración según la cual los números romanos confieren solemnidad o dignidad o nobleza al cumpleaños en cuestión? Algo parecido a lo que sugiere el mismo uso en la numeración de reyes y papas. O es quizás el deseo de que la conmemoración sea imperecedera, y por eso se nombra igual que se nombran los siglos —menos en este periódico, dicho sea de paso: nunca he sabido por qué su manual de estilo manda que los siglos se escriban con guarismos, como si de la otra forma no se entendiera—. Es lo tradicional, en todo caso, y el hecho es que en las fiestas de XV Años es donde la tradición más se resiste a morir, por más que algunas de sus formas evolucionen acordes con nuevas formas de sentimentalismo… Pues de eso se trata: entre la contratación de la limusina y los desfiguros de los últimos borrachos que se van de la fiesta, lo que está en juego es una peculiar condensación del sentimiento. O algo así he tratado de imaginarme.
Porque lo cierto es que, si bien han sido numerosas las fiestas a lo largo de este año, a ninguna he podido ir más que como auriga del carruaje que lleva a la verdadera invitada, quinceañera también y, por tanto, amiga de las asimismo numerosas quinceañeras que, por haber nacido al mismo tiempo como para llegar a la vez al tercero de secundaria o al primero de prepa, van cumpliendo sus quince una detrás de otra… cosa que nadie te advierte cuando te conviertes en papá y ni siquiera a lo largo de los catorce primeros años de serlo: el descubrimiento llega de golpe, al darte cuenta de que aquel bodoque que hace tan poco aprendió a caminar ya aprendió también a bailar y está decidida a hacerlo en las fiestas de sus interminables amigas, a veces dos o tres encimadas el mismo sábado. Me lo imagino, pues, porque no me está concedido ni bajarme del coche, sino sólo dejar y recoger y divisar de lejos los resplandores y oír los retumbidos de la fiesta, que acabaré de entender cómo es con el relato que acaso obtenga de quien sí estuvo ahí, ya en la madrugada, si es que no caigo muerto de sueño antes.
De lo que puedo dar fe es de esto: a la misa por lo general va nomás familia, y no se reprocha a nadie que se la brinque y caiga directo a la fiesta. Ésta tiene verificativo en un espacio lejano, siempre, lejanísimo, a más de cincuenta minutos sin tráfico, cualquiera que sea el lugar donde uno viva. Y estos espacios suelen hallarse en la periferia de la ciudad: terrazas o salones o, sin más, meros “lugares de eventos”: muchas veces baldíos en los que alguien tuvo la inspiración y la visión de alzar un cajón sin gracia al que se adjunta algún pradito con palmeras, alguna fuente o un miniestanque, un sendero de piedras y faroles, arbustos y tiestos de flores, y que se ilumina con profusos neones y reflectores de vivos coloridos. Sus nombres incluyen los sustantivos “Finca” o “Quinta” o “Mansión”, y por lo común se hallan en las inmediaciones de fraccionamientos bardeados, en medio de la nada. En La Mojonera, más allá de Santa Anita, al borde de la Barranca de Huentitán o del otro lado de Santa María Tequepexpan: a todos estos puntos hemos tenido que ir este año, varias veces, y en cada ocasión me he desesperado preguntándome cuándo dejaron de hacerse fiestas dentro de los confines de la civilización…
Tuve un atisbo de lo que ocurre en estas fiestas la sola vez que fuimos admitidos en la graduación de las quinceañeras en cuestión —y si nos dejaron entrar fue porque nosotros la habíamos pagado—. Graduación o XV Años, entiendo que pasa lo mismo: entras por un pasadizo de globos plateados y luces intensas, y llegas así al salón adornado con abundancia de más luces (ya no tan intensas) y flores y manteles y sillas ensabanadas. Hay meseros obsequiosos que van dejando de serlo con quienes evidentemente no les darán propina (yo siempre les doy, se me hace uno de los trabajos más matados que existen, estar atendiendo gente necia hasta más allá de la media noche), y se sirve pollo o lomo a los que invariablemente les falta sal, de tal manera que acaba uno llenándose con frituras y cacahuates, mientras el alcohol fluye o no según se siente uno a la mesa de algún previsor que haya llegado suficientemente surtido. Mientras se cena, de la música se hacen cargo un saxofonista desafinado y una cantante gangosa que entonan versiones lánguidas de Billy Joel o de Pimpinela. Y ya que se acabó de cenar empieza lo bueno: un DJ que sabe con qué la gente se pondrá a bailar (no me pregunten qué música es: yo hace tiempo que abandoné el presente). En el momento culminante de la noche, salido de la nada llega a la pista el Dr. Simi y se integra al delirio con sus movimientos espásticos e hilarantes.
En las fiestas de XV Años seguirá habiendo, supongo, brindis del padrino, vals con el papá, despliegue de chambelanes y pastel tan aparatoso como el vestido. Pero esto sólo puedo suponerlo mientras se da la hora de ir por la invitada, espera que con suerte transcurre en un Denny’s abierto veinticuatro horas a la orilla de alguna carretera.
J. I. Carranza
Mural, 11 de octubre de 2026.