Para estas horas, ya debe haberse terminado de descongelar Denisse de Kalafe, y su “Señora, señora” estará atronando en restaurantes y centros comerciales, si no es que también en el coro de la iglesia y más de algún palacio municipal. Desde luego habrá incontables comidas familiares donde alguien la haga sonar en una bocina, pero, si nadie se acuerda de buscarla en Spotify, ya llegará el mariachi a poner remedio. En realidad, como la festividad cayó en domingo, venimos cantando “Es linda mi amiga, gaviota, / su nombre es ¡mi madre!” en los festivales escolares desde el jueves, antes de que Mario Delgado viniera a echarle caca a la sopa con sus ocurrencias mundialistas, estresando a medio mundo…
Me desvío, perdón. Hace muchos años, cuando este periódico tenía pocos meses de nacido, en coordinación con El Norte y Reforma organizó para un 10 de mayo el sorteo de tres serenatas con la mismísima Denisse de Kalafe. No recuerdo qué había que hacer para ganar, pero sí que cada serenata iba a ser en una ciudad distinta, así que trajimos a la brasileña corriendo de un avión a otro y llevándola a toda velocidad a los domicilios de las ganadoras (una regia, una chilanga y una tapatía) para que empuñara la guitarra y las pusiera a chillar. Muy emocionante, tanto que nunca se repitió. Como sucede con Mariah Carey cada Navidad, la recursividad de los hits temáticos plantea misterios insondables, que se condensan en uno: ¿por qué no dejan de gustarle a la gente? Y, por otro lado, ¿a cuánto ascenderá el monto de las regalías que ha generado una canción que incluye el verso “a ti, mi fiel querubín”? (Hace rato que cité lo de la gaviota, deliberadamente puse la coma vocativa de modo que se entendiera que la cantante está hablando de su mamá con un pájaro. Pero ya no estoy tan seguro: a lo mejor va sin coma y en realidad Denisse piensa que su mamá es una gaviota y la empolló).
El otro caso es “Amor eterno”, del menos inexplicable Juanga, el insuperable autor de un cancionero donde ese éxito está lejos de ser el único. ¿Por qué, sin embargo, esa canción se ha vuelto un himno a las mamás? En especial si ya son abuelas también o están en edad de serlo. Parece que la tradición comenzó cuando al propio Divo de Juárez, en uno de sus conciertos en Bellas Artes (que por fortuna quedaron grabados), le nació dedicarles “a las madrecitas”, en especial a las muertas, esa canción cuyo destinatario original fue un amor perdido para siempre, para más señas en Acapulco. (Una leyenda dice que se trató de un lanchero acapulqueño: a mí me gusta creer esa leyenda). Quién sabe por qué se le ocurrió, pero el caso es que pegó, y tampoco falla: nomás empieza a sonar aquello de “Tú eres la tristeza, ¡ay!, de mis ojos…”, y ya está todo mundo chille y chille otra vez.
Siempre me cayeron gordos los festejos del Día de la Madre. No porque no quisiera a mi mamá, ni tampoco porque ella fuera una reencarnación de Medea, ni mucho menos. Sólo que las formas de celebrar, en especial en la primaria, me parecían imposiciones abusivas que buscaban a toda costa hacerme exhibir algo que, a fin de cuentas, nomás tenía que importarnos a mi mamá y a mí. Porque de eso se trata: de empujar la mostración aparatosa del amor a través de rituales acartonados, empalagosos, propicios para la extorsión sentimental, rezumantes de cursilería y mal gusto. Sobre todo de niño, que es cuando uno menos tiene escapatoria, veía acercarse la fecha con una mezcla de fastidio y culpa: si quería darle un abrazo a mi mamá, ¿por qué tenía que haber un bailable primero? ¿Y a ella le gustarían de verdad mis regalos fabricados bajo presión? (Ya sé que sí: no por nada guardó siempre un tapete horrendo que ella misma me ayudó a bordarle).
En la secundaria, al líder nato del salón, que se llamaba el Tamby, se le ocurrió que había que llevarles serenata a todas nuestras mamás (claro, menos a la suya, porque vivía en Vallarta). Ensayamos en la casa de Carlitos, que tenía un piano. Pusimos de acuerdo a nuestros papás, para que fuera sorpresa y para que las mamás no se atacaran porque no llegábamos a dormir. Y allá fuimos, en tres camionetas: una la manejaba el Tamby, que ya tenía edad para tener permiso; otra el Chiquilín, que no tenía edad, pero medía como dos metros, y la tercera Carlitos, que era fresa. Una logística admirable, ahora que lo pienso: éramos como veinte; aunque también algo caótica: desde la casa del Empanada, en la Colonia Independencia, pasando por la de Chío en Santa Tere, la del Pelos en Mezquitán Country, la mía en las Nueve Esquinas, y hasta llegar a la del Negro —eran otros tiempos—, por el Auditorio (no había más auditorios que el Benito Juárez). Nomás que el Negro no tenía papá, así que no le había avisado a nadie, y cuando llegamos a su casa para cantar la de “Gema”, casi sin voz y con mucho sueño, ya estaba clareando y la mamá salió hecha una fiera y zarandeó al pobre Negro de las greñas.
Yo recuerdo haber visto a mi mamá muy contenta esa vez, con la “sorpresa” —luego supe que mi papá le había revelado todo porque estaba muy nerviosa de que yo no llegara—. Creo que a todas les regalamos flores, si bien las últimas festejadas fueron recibiendo ramos cada vez más pachiches y tristones. Por suerte, todavía no se habían estrenado ni la canción de Juanga ni la de Denisse de Kalafe.
J. I. Carranza
Mural, 10 de mayo de 2026.