Lo veía desde la ventana de mi salón, en la primaria, a una manzana de distancia, y pese a su fealdad lo encontraba entrañable. Casi medio siglo después identifico en esas visiones un motivo de añoranza: en el aburrimiento de las clases, conforme se adensaba el sopor del mediodía, en las ventanas de los tres o cuatro pisos del Colegio José Sarto, sobre la calle Guillermo Prieto, se dibujaba hacia el inmediato sur la silueta algo fantasiosa de un robot hierático y absurdo, gigantesco, como un inverosímil guardián o vigilante, o como una deidad pagana, imperturbable bajo el sol y en el azul desvaído o blanquecino del cielo. Desde mi pupitre, y sólo por alejarme lo más posible de lo que ocurriera en mi cuaderno o en el pizarrón, miraba largos ratos esa figura consistente en un tórax excesivo y estriado coronado por un breve cuello y una cabeza cuadrangular sobre la que se alzaba una antena, y al tiempo que miraba imaginaba también los alrededores de eso, y lo que significaban. Un paisaje nos importa por lo que hace posible. En mi caso, el Palacio Federal representaba el momento supremo de la libertad, a la salida del colegio, cuando pudiera ir hasta el jardín del Santuario, seguramente con mi amigo Ramón Cruz; comprarnos unas bolsitas de cañas y luego ir a comérnoslas en la amplia escalinata del edificio, sobre Alcalde, antes de atravesar la avenida para tomar el camión —yo me bajaba en Aranzazú, Ramón iba hasta Miravalle.
Por sus dimensiones y sus formas, por sus materiales y, sobre todo, por sus propósitos, el Palacio Federal en Guadalajara ha recordado siempre la arquitectura soviética, brutalista, orientada a materializar las relaciones tortuosas que los ciudadanos sostenemos con el Estado. Es, qué duda cabe, un edificio espantoso, que infama el entorno y sofoca con su peso y su falta de gracia la belleza que difícilmente proponen el Santuario de Guadalupe y el jardín vecino —éste, además, despojado de árboles cuando se abrió el Paseo Alcalde y la zona quedó aún más desolada de lo que ya estaba—. Erigido cuando aún no había motivos para que el PRI dudara de su eternidad, en el sexenio de Medina Ascencio, más de cincuenta años después el edificio sigue estando tan negado para incorporarse a la afectividad colectiva que es difícil localizar información fiable sobre sus orígenes y sus responsables. Apenas he dado con una foto de El Informador, de 1969, en la que se ve al arquitecto Juan Martínez de Velasco mostrándole la maqueta al alcalde tapatío Efraín Urzúa Macías y al propio Medina Ascencio. Al parecer, a Martínez de Velasco se le encargó en la Ciudad de México el edificio que se erigiría aquí, tal como se levantaron otros en otras ciudades, con el fin de concentrar a las dependencias federales, en una especie de descentralización centralizada. Y, por lo que me he hallado, de Martínez de Velasco se recuerda sobre todo su participación en la construcción de la Biblioteca Central en la Ciudad Universitaria, en México, y poco más.
No recuerdo haber vuelto desde la última bolsita de cañas. La escalinata es hoy inaccesible por una reja odiosa que le impusieron —la entrada es ahora por Liceo— y que volvió inservibles las fuentes, aunque no recuerdo haberlas visto funcionando nunca. Descascarado y vuelto a pintar y descascarado otra vez, el edificio exhibe un deterioro y un descuido que, de modo inverosímil, acentúan su fealdad. Huele a drenaje por todos lados. Y es, al mismo tiempo, un buen vestigio de las defraudadas pretensiones de eternidad del PRI y de la perversidad con que la 4T (el PRI de hoy) ha moldeado el trato que el Estado da a los ciudadanos, sometiéndolos a trámites inútiles y estúpidos, al desprecio por la dignidad de las personas, a la mugre y a la malhechura y al sinsentido.
Por ejemplo con lo que ocurre en las oficinas, ahí, del Instituto Nacional de Migración, donde todavía están las grandes mesas de mármol que se extienden en lo que alguna vez fue Telégrafos. El lugar opera de modo tan perfectamente caótico que parece a propósito. Uno se registra dos veces (fecha, hora, nombre, oficina que se visita, asunto, firma), le piden que deje una identificación, le dan una ficha numerada para que se cuelgue del pescuezo, y sin embargo ese número no funciona como turno, pues entonces se descubre que uno está a merced de los guardias de seguridad privada que organizan a la gente —según ellos—, dan indicaciones e informes y, sobre todo, vigilan que nadie use el celular. (Le pregunté a uno por qué y me dijo: “Es que la gente se distrae”). Trámites que podrían hacerse en línea y que, sin embargo, se exige que sean presenciales y duran horas. (“Soy la máxima autoridad aquí”, me dijo el mismo guardia, cuando le saqué plática para no aburrirme y descubrí que estaba perfectamente loco; también me dijo que los registros se llenan nomás para que queden llenos, y nadie sabe para qué sirven). Cuando al fin me pasaron, supe que me había hecho falta un maldito papel, así que salí corriendo a un local de fotocopias vecino, volví, me sellaron todo y salí de nuevo, espero que para no volver jamás. Y, aunque todo el personal es ciertamente amable (incluido el loco), nada de todo eso debería existir.
¿Y el Palacio Federal? Ojalá algún día lo demuelan y no quede rastro suyo, aunque estoy seguro de que muchos lo podremos extrañar.
J. I. Carranza
Mural, 15 de marzo de 2026.