Un cambio del paisaje, como el color de los taxis tapatíos, es un borrón de la memoria.

 

Estos días he estado recordando al señor Lomelí. Era taxista del sitio 3, en el Jardín de Aranzazú, hace treinta y tantos años. Andaría rondando, entonces, la sesentena, aunque quizás era más joven: pertenecía a esa especie de personas cuyo comportamiento parece tenerlas siempre descolocadas en el presente, como si provinieran de otra época, y eso les imprime una pátina de eternidad. Si hoy me encontrara al señor Lomelí, no me sorprendería verlo con el mismo aspecto y conduciéndose del mismo modo que tanto me llamaba la atención de niño. Era un hombre muy atento, cordial, sonriente —alguna vez supe que tenía a la esposa enferma de muchos años, las horas que no estaba tras el volante las dedicaba a cuidarla, y esa circunstancia triste me volvía más asombrosa su sonrisa—, de trato fácil y plática sabrosa. Su arreglo se condecía con esos modos: siempre camisa de manga larga, pantalón bien planchado, zapatos que hacía brillar con los boleros del jardín. (Todo esto lo dejaba un poco al margen del corrillo de taxistas que esperaban pasaje en el sitio).

Como prolongación natural de su persona, el coche que manejaba no sólo estaba siempre impecable, sino que daba la impresión de rodar con suavidad sobrenatural sobre una suspensión notablemente muelle, sin ir jamás a velocidades excesivas —meter el acelerador irresponsablemente es indicio de estupidez y prueba de cómo se desprecia a los demás, se querría matarlos a todos: el señor Lomelí era el absoluto contrario de un estúpido o de un asesino—. Era un Caprice, de comienzos de los 80: amplio, con vestiduras y alfombra azules, palanca al volante, magnífico. Un carrazo.

En la casa nunca tuvimos coche, así que no era raro que tomáramos taxi. Mi papá se llevaba muy bien con el señor Lomelí, y por lo general tocaba que fuera él quien pasaba por nosotros.

Yo me iba adelante, viéndolo manejar, fascinado, como si fuera en la cabina del Concorde. Y ahora recupero su estampa porque, de no hacerlo, puede que acabe perdiéndola. Los taxis tapatíos ya no serán amarillos con azul.

Por cambios como éste es por donde empieza a decolorarse nuestra memoria.

 

@JI_Carranza

Publicado el 1 de febrero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural