Volvimos a ganar y volvimos a salir a festejar. A ver si no se nos hace costumbre (sí, tú). Y todo se conjugó para que la celebración estuviera más intensa, y en algunos puntos más salvaje. Por una parte, la suspensión de actividades decretada por la presidenta y por el gobernador —y, si no hubiera sido suficiente, por cada ciudadano al que sencillamente no le dio la gana de trabajar—; por otra, la imprevisión de la autoridad ante la previsible saturación de gente que iba a haber en el centro de Guadalajara. Entre los impedimentos a la circulación libre de las personas y la terquedad de quienes a fuerzas querían estar donde ya estaba lleno, antes no se desató más furia y démonos de santos con que no hubo muertos y malheridos. A eso sumemos lo que empeora las cosas estar chupando desde temprano, y también la euforia desencadenada por el gol de chiripa que metimos… Mucho más grave pudo ser todo.

      Pero no lo fue, y sigo sospechando que eso debe de significar algo. No hubo estampidas ni saqueos, no hubo caos, no arrasaron las multitudes con todo lo que encontraran a su paso; a lo sumo, en algunos casos, zarandearon vehículos, incluidas algunas patrullas, pero no los volcaron ni les prendieron fuego. Tampoco amanecimos el viernes en medio de la devastación y la desgracia. A cinco cuadras de la Minerva, donde tienen ustedes su humilde casa, eran casi las tres de la mañana y seguían sonando las vuvuzelas, los cláxones y la memorable rima pelada dedicada a Corea (algo del chile y que sabe qué). Mucho antes de eso, habíamos alcanzado a darle un cuarto de vuelta a la glorieta cuando admitimos que era imposible avanzar más. Aprovechando las bocinas gigantescas que había dejado Maná la noche anterior, alguien (supongo que del Ayuntamiento tapatío) iba poniendo bien elegidas músicas para alocar y hacer brincar a la banda. (Es desconcertante, debo decir —o aterrador, más bien—, descubrir cómo el gentío se sabe y canta y baila canciones que uno en su vida ha oído. Así que esto era envejecer, pensaba yo con alguna melancolía, no poder sumarse al coro que entona melodías y letras indiscernibles). Pero ese cuarto de vuelta fue posible gracias a que nos lanzamos en cuanto el árbitro pitó el final del partido; unos minutos más tarde y no habríamos cabido. Por Vallarta engordaba sin cesar la horda verde proveniente de esa cantina gigantesca que es Chapu. Y aún faltaba que llegara la gente del estadio y también la que ya vendría desde el Fan Fest: la maldita FIFA habrá tenido mucho éxito con su kermés rascuache y cara, pero en Guadalajara se celebra en la Minerva y eso no es negociable.

      Así que a deshoras seguía el relajo, y quién sabe a qué horas terminó. Pero, salvo incidentes aislados, todo acabó en paz. Es cierto, como se ha quejado la sufrida alcaldesa de Guadalajara, que queda un basural tremendo cada vez y que hace falta movilizar al personal de limpieza… para que limpie. Pero como nos faltan todavía unos trescientos años para ser como los japoneses, que llevan bolsas para no dejar cochinero y trapean y echan perfumito por donde pasan, lo que le corresponde a la autoridad aquí es facilitarnos las cosas para que nos deshagamos de la basura (poniendo botes, por ejemplo), y además sancionar a los puercos que la tiren en la calle, y, ni modo, también limpiar ya que la fiesta acabó: barredoras, camiones, ¡órale!, y sin quejarse. Porque lo cierto es que la civilidad sí prospera, y en una sociedad como la nuestra, a la gente se le hace cada vez más difícil ensuciar donde está limpio. Así que hay que limpiar, y luego otra vez, y otra, hasta que acabemos por entender.

      Hay una explicación tan evidente como deprimente para la espontánea y tumultuosa efervescencia del ánimo tras una victoria como la del jueves: es siempre tan poco lo que solemos ganar (en el futbol, en la vida) que no vamos a desperdiciar el más mínimo pretexto para echar borlote. Son ocasiones para anular, al menos por un rato, nuestra historia de fracasos y decepciones, y también para consentirnos (temeraria, locamente) una ilusión también fugaz pero intensa: como un meteorito que irrumpe en la atmósfera, sabemos que esa luz poderosa se extinguirá pronto, pero no queremos perdérnosla. Pero además hay esto: ni la indignación, ni las demandas de justicia, ni el hartazgo ni el horror pueden hacernos tomar la calle como lo hace la fuerza incontenible de esta alegría. Acaso la fe se le equipare, y es cierto que nuestro vínculo con la Selección tiene mucho de misterio religioso; pero las manifestaciones masivas de la fe son menos explosivas que las ocasionadas por un gol en el Mundial.

      ¿Qué sigue? El martes otra vez nos vamos al home-office y los chiquillos no van a la escuela para ver a Colombia abatir al Congo; el viernes viene el rey de España al estadio; ojalá que Uruguay lo deje bailando “La Chona” con una merecida goliza; antes, el jueves, vuelve a cerrarse la Minerva, ahora para que puje el Potrillo a todo volumen (vivimos, repito, a cinco cuadras: a ver si ese día rentamos un búngalo en Chimulco, para poder dormir). Y el miércoles ya está también decretado el asueto, porque tenemos que ir a hacer pinole a la República Checa (Chequia me suena a chiqueado). Qué días agitados. Ahí nos vemos otra vez, pues, la noche del miércoles, soplándole a la vuvuzela.  

J. I. Carranza

Mural, 21 de junio de 2026.