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Una de Chico Che

«¿Por qué no pones la de Chico Che?», pidió el Presidente, para redondear con una canción de su paisano el reconocimiento de los numerosos males que lo aquejan. Se refería a la pieza «Que no me quiso el Ejército», donde —como el mismo Presidente tuvo el primor de explicar— el cantante describe todas las dolencias que le impidieron alistarse como soldado. La canción, desde luego, pronto sonó por todo lo ancho del Salón Guillermo Prieto de Palacio Nacional, mientras en la pantallota se proyectaba la imagen del músico de los lentes oscuros y el eterno overol. (Un amigo me contó, yo no lo vi y cómo lo lamento, que una vez se encontró a Chico Che de paseo en Plaza del Sol, con su atuendo característico, pero además armado con un bat, supongo que para espantarse a los fans encimosos y jodones). Extrañamente, el Presidente, tan afecto al ritmo pegadizo del autor de «¡Uy, qué miedo!» (pieza que López Obrador dedicó recientemente a su homólogo Joe Biden), no baila. ¿Se aguanta? Porque se ve como que le dan ganas. Al menos podría mover la patita. Pero no, ni tampoco tararea: nomás se ríe mientras la canción transcurre de principio a fin —no es tacaño, el Presidente: nada de que nomás una probadita y seguimos donde nos quedamos; al contrario, ahora nos la chutamos hasta que se termine—. Se ríe y mira a su público, complacido.

      Dicho sea de paso, Chico Che se sirvió muy bien de la realidad nacional para sus creaciones, empezando por el nombre de su grupo, La Crisis, cifra inmejorable de los años en que puso a bailar al país (los ochenta, principalmente). Su repertorio fue nutrido por algunos de los fenómenos más emblemáticos de su tiempo: sismos, elecciones, desigualdad y rencor social («Quén pompó»), las fechorías del Negro Durazo, etcétera, amén de las predecibles composiciones alusivas a las relaciones amorosas, sus embelesamientos, sus alegrías y sus decepciones («¿De quén chon?»). Así que hay justicia poética en el hecho de que hoy, a más de treinta años de su muerte, el Presidente se empeñe en volverlo la banda sonora de su ideario y de su paso por la Historia. Mejor eso que Silvio Rodríguez o inmundicias similares.

      Creo que, más allá de las impresiones primeras que suelen activar estas aparentes ocurrencias del Presidente, vale la pena detenerse en el significado de su risa, de esa risa que le da cada que sale con una payasada como la de antier. Yo tengo muy presente, por ejemplo, el día en que, de la nada, en una «mañanera» se puso a recordar a Jorge Arvizu, «El Tata» (leal partidario suyo al que considera ejemplar), y luego se acordó de que suya había sido la voz de Benito Bodoque, el personaje de Don Gato y su Pandilla, y de repente, con expresión alegre y evidentemente inspirado, pidió: «A ver si no está Benito…». Y entonces le proyectaron un pedacito de la caricatura, y él divertidísimo, risa y risa, como esta vez, cuando aprovechó la ocasión para terminar de minimizar las revelaciones de su precario estado de salud debidas al hackeo espectacular que sufrió la Sedena. ¿Es mero afán de distracción lo que se propone el Presidente?

      Una primera consideración de esa risa podría apuntar a la instrumentalización del humor como señal de inocencia o de integridad moral. Al reír, el hombre que nuestro deficiente entendimiento de la democracia hace creer que está al mando de la nación, aprovecha, con astucia, la imagen de individuo bienhumorado y despreocupado que, precisamente, se permite reír porque no encuentra obstáculo para ello. Dicho de otra forma: que el presidente salga con una payasada sucede porque sabe bien —o al menos intuye con puntería— que esa imagen suya comunica que nada puede estar tan mal, en este presente, como para no consentirse al menos algún momentito de chacoteo. «Vean cómo me río», podría estar pensando, o al menos entreviéndolo al aquilatar sobre la marcha las implicaciones de cada gesto y cada movimiento de su conducta, «riamos juntos, pues las cosas no son tan graves; si yo, que soy el Presidente, y por lo tanto el primero que debería preocuparse, me doy la oportunidad de reír, eso quiere decir que las circunstancias no están tan descompuestas como querrían hacer creer nuestros adversarios…». 

      Se trató de un momento divertido, qué duda cabe, y lo fue más debido a su inadecuación respecto a la seriedad de lo que se venía tratando: la exhibición de la vulnerabilidad de los sistemas informáticos de la Sedena, la revelación de que el Presidente es un costal de achaques que lo han tenido alguna vez al borde de la tumba. Comediante consumado, el Presidente tiene el don de la importunidad, una desfachatez admirable, y además un conocimiento profundo de su audiencia: se apoya en materiales que no fallan, frutos imperecederos del ingenio cómico naturalmente reconocibles por el público mexicano de dos o tres generaciones.          

Pero esa risa suya quiere, además, ser la risa de los probos, de los justos, de los que se saben triunfantes sobre el enemigo, intocados por la depravación que los rodea. Es una risa que pretende lucir desprovista de agresividad y emitida sin dobleces, y que busca ser apreciada como prueba inequívoca de virtud: el Presidente puede reírse, estando las cosas como están, porque está más allá de todo mal. La risa de quien necesita hacer ver que tiene la conciencia limpia.

J. I. Carranza

Mural, 2 de octubre de 2022.

Risas difíciles

Es cierto que en la realidad presente de México escasean los motivos para la risa que no sea deploración. Las burlas en torno a la conducta de un corruptazo, por ejemplo, podrán ser muy divertidas, pero su trasfondo es amargo, bien porque para reír haya hecho falta que tal corruptazo existiera, bien porque tal existencia nos parezca tan irremediable que ya sólo nos quede reír de ella (y quizás celebrarla, y entonces la risa puede ser la expresión de nuestro cinismo).

Pero, por otro lado, y hechas las salvedades necesarias —es decir, dejando aparte lo que pueda haber de tóxico en ciertas formas de risa, por ejemplo aquellas en cuyo fondo hay una injusticia flagrante o el dolor de los otros, o las que resuenan para aniquilar la dignidad de alguien—, el sentido del humor es, en general, un distintivo de claridad mental. Y de equilibrio mental. La risa que filtra nuestra percepción de las cosas sirve para no ceder a la calamidad cuando aún no es indispensable, para no consentirnos el exabrupto y no enturbiar aún más, con nuestra ira, la conversación pública. Para soportarnos un poco mejor, si es posible.

¿Cómo es la risa auténtica de los candidatos? Es difícil saberlo. Les conviene mostrarse de buen humor —no siempre lo logran—, desenfadados, afables. Pero eso no equivale a que tengan sentido del humor. Por lo que se ve en sus actuaciones, uno sonríe con sorna y desdén y un poco de asco; otro más, tiene la risa del tonto de la clase, sorprendido en sus babosadas; uno más se ríe de sus enemigos (reales e imaginarios) con el ñaca-ñaca de las brujas malvadas; el penúltimo, con arrogancia infundada (pero qué arrogancia no es infundada, además de estúpida), y la risa de la última es una risa estreñida, lastimosa. En el llanto y en la carcajada somos quienes somos de verdad. ¿Así son éstos?

Por lo demás, hay que esforzarse para encontrarlos divertidos. Caricaturizables lo son, y mucho, y en tal sentido son grotescos. Risibles, quién sabe: en tal medida encarna en ellos la desgracia que es nuestra miserable democracia, y de tal modo es cada uno el resumen de lo peor que somos, que al verlos parece siempre preferible voltear a otro lado. Pero ¿para dónde vamos a voltear?

 

J. I. Carranza

Mural, 10 de mayo de 2018

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