Etiqueta: Memoria

De colores

Cuando se dispuso que los taxis en Jalisco fueran blancos con amarillo, en 2018, se pretextó que ello ayudaría a combatir la piratería. Nunca quedó claro cómo ni por qué, y más bien pareció que era una arbitrariedad burocrática. O estética. Alguien llegó con la ocurrencia y alguien más la autorizó. No está claro que hayamos ganado nada con el cambio. Fue una de las últimas dagas de la administración de Aristóteles Sandoval. Además de eso de la piratería, se adujo que así se buscaba modernizar las flotillas —como si no pudiera haber coches nuevos con los colores viejitos, y viceversa— y también aseguraron que habría taxis ecológicos, blanco con verde, lo cual desde luego fue mentira. Lo triste es que esa imposición no pareció inconformar a nadie, o no tanto como para oponerse decididamente, y pronto fue quedando erradicada del paisaje la combinación de azul y amarillo con que los taxis recordaban los colores de las torres de Catedral.

      Acaso las mutaciones cromáticas, más que desencadenar problemas demasiado graves para la existencia y el funcionamiento de la ciudad, sean signos de nuestras pretensiones y nuestras suposiciones, y delaten por tanto nuestros modos de entender la vida en Guadalajara. Y esos modos sí que pueden ser problemas menores o mayores. Por ejemplo, el color de las banquetas. Durante tanto tiempo como para volverse emblemática, la combinación del rojo y el blanco predominaba en muchas calles del centro y de los barrios más tradicionales, así como en colonias que iban expandiendo en todas direcciones una extensión urbana caminable, más manejable que la que nos contiene hoy en día. A veces el blanco se trocaba por un amarillo claro, sobre todo hacia el oriente, pero en general la cuadrícula bicolor estaba tan incorporada a nuestra forma de ser como ciertos sabores, olores, texturas y sonidos inconfundibles y confiables: como las pitayas de las Nueve Esquinas, como los efluvios de la Aceitera, como el agua del Parque Alcalde o como el pitido del carrito de los camotes en las esquinas de la noche. De pronto, quién sabe si porque dejó de importarle a nadie, las banquetas tapatías ya no quisieron seguir poniéndose esos colores. En su lugar empezó a predominar el vil cemento sin gracia alguna, y tampoco pareció que lo lamentáramos demasiado. (Hay que decir que los cuadritos rojiblancos se han vuelto ahora un emblema de la gentrificación, pues solamente los ponen quienes pretenden el revival nostálgico de una Guadalajara que ya no existe, por ejemplo afuera de restaurantes o cafés hípsters. Y caen muy gordos).

      ¿Qué significa, entonces, esa mutación? Que perdimos cuidado por preservar una seña de identidad, y que de haber hecho lo contrario tal vez habríamos conseguido mantener en las calles tapatías una imagen más digna que la que hoy tenemos. Las banquetas feas de cemento no parece que merezcan ser barridas ni lavadas, ni reparadas cuando se rompen. Y así van destruyéndose y volviéndose más peligrosas y estando cada vez más sucias. (Aprovechando: los alardes de limpieza y embellecimiento de la ciudad que hace la alcaldesa Verónica Delgadillo son cada vez más infundados y enojosos: cómo se ve que nunca da dos pasos más allá de los posts de sus redes sociales, y no ve las cantidades de basura y mugre y pestilencia que hay por todos lados).

      Hasta que el gobierno de Enrique Álvarez del Castillo se propuso poner orden en las rutas de camiones en Guadalajara —y desde entonces sólo hemos ido de fracaso en fracaso—, nos manejábamos medianamente bien con los sencillos principios de una organización por rumbos y colores. Pintados sus fuselajes con anchas franjas, lo mismo que sus defensas, los camiones servían así a una población en la que aún era muy probable que mucha gente no supiera leer, pero además imprimían una variada alegría a la escenografía de lo cotidiano. Los amarillos iban hacia Miravalle, los violetas hacia San Pedro, los verdes hacia el Colli, los azul marino hacia el Baratillo, los rojos… ¿A dónde iban los rojos? ¿Y de qué color era el eje Oblatos-Colonias? Esta organización ejemplar daba cabida a los camiones chatos del SUTAJ, de un opaco beige (los coloridos eran de la Alianza de Camioneros), cuyas rutas estaban numeradas del 100 en adelante (el 100 y el 101 cruzaban desde Zapopan hasta San Pedro), y luego hubo que hacer espacio a los de Servicios y Transportes, beige con naranja (como el 275, que acaso fue el primero que empezó a tener letras para indicar las variaciones de sus derroteros), y al fin al arcoíris de los trolebuses y las combis de Sistecozome… Hoy, con la mayor parte de los camiones repartidos entre el rojo y el verde, la ciudad es más impaciente consigo misma, o neurótica o rabiosa, y no parece tener ya calma para proponerse jugar como lo hacía antes. Si volviéramos a un principio de ordenación cromática del transporte colectivo, ¿no recuperaríamos algo de la sensatez perdida?

      «El Pájaro» de Goeritz dejó de ser amarillo como los taxis (sí, volvió a su color original, pero es horrible). Afortunadamente no ha pasado lo mismo con las esculturas de González Gortázar en el Parque González Gallo y en Jardines Alcalde. Etcétera. Por imperceptibles que puedan ser estos cambios, el hecho es que alteran también la memoria que tenemos de la ciudad, y acaso así ésta se nos vaya desfigurando o borrando, irremediablemente. 

J. I. Carranza

Mural, 8 de febrero de 2026.

¿Exterminio?

Era enero, justamente. En 1989. Hacía tres años del Mundial y faltaban otros tres para las explosiones del Sector Reforma. Estaba por inaugurarse la línea 1 del Tren Ligero. La Guadalajara de ese momento no nos parecería irreconocible, pero sí sumamente distinta. Tenía otras dimensiones, aún no se había dejado arrebatar por los delirios de grandeza que le han hecho crecer racimos de torres inservibles por todos sus rumbos, iba a otro ritmo o a otra velocidad —al igual, supongo, que las sociedades urbanas en general cuando aún se veía lejano el cambio de milenio, internet aún no irrumpía en nuestra viday apenas estaban por empezar a caer los muros, como el de Berlín, que habían contenido nuestra comprensión del mundo a lo largo de ese periodo extraño (pero hoy incluso añorable) que era la Guerra Fría—. La ciudad y el país no podían imaginar las pesadillas que les aguardaban conforme fueran internándose en el nuevo siglo. Por ejemplo: la Glorieta de los Niños Héroes era solamente eso, un monumento para conmemorar ahí el episodio fantástico de Chapultepec, y no el memorial de la infamia y el epicentro de la desesperación y la angustia que es hoy en día.

      Aquellas relativas calma e inocencia se vieron entonces perturbadas por la ocurrencia de ocho o nueve asesinatos que tuvieron lugar en el transcurso de unas cuantas semanas, hasta marzo. De modos parecidos, las víctimas —también parecidas— amanecían en el frío de aquellos días con un balazo en la cabeza, y pronto empezó a hablarse de un asesino serial cuyos móviles era menos difícil imaginar que comprobar —también entonces la policía era inepta, sólo que hoy lo es más si se tiene en cuenta la tecnología con que supuestamente trabaja y la red de cámaras con que supuestamente debería ver todo lo que pasa—. «El Mataindigentes», como empezó a llamarse a quien fuera que estuviera asesinando personas, estaba enfrascado en una empresa personal de erradicación de seres humanos que encontraba indeseables; atacaba por la noche, cuando sus blancos estaban dormidos, se movía en un vocho azul (o blanco). Los muertos, anónimos salvo uno, eran de edad avanzada o, en todo caso, no demasiado jóvenes. Vivían en la calle, o al menos ahí habían caído, una noche, para ya no despertar. Igual que como sucede hoy (los tapatíos cambiamos poco), probablemente nadie se habría percatado de sus existencias de no ser por la forma brutal en que éstas habían acabado. Los indigentes (ya no les decimos así) eran y son invisibles hasta que los señala la desgracia, y a menudo ni siquiera entonces. (El que no era anónimo fue identificado como un viejo ladrón, apodado «El Raffles Mexicano» en recuerdo del afamado delincuente victoriano de guante blanco, al parecer porque había hecho fama con sus hurtos sin sangre y con alguna elegancia. Viejo y arruinado, aquella carrera no le sirvió para salvarse de vivir y de morir en la calle a manos del asesino del vocho blanco o azul. Se dijo que, a la hora del balazo, llevaba consigo una valija llena con recortes de periódico que contaban sus hazañas).

      Agarraron, al fin, a un individuo de cuya responsabilidad nunca pudo tenerse certeza absoluta. Parece que el dato que se juzgó más fehaciente fue su cojera: al asesino escurridizo alguien lo había visto arrastrar una pierna. En todo caso, los asesinatos pararon. Mientras ocurrían, las autoridades procuraron resguardar a quienes dormían en las calles. Luego ya no vieron la necesidad.

      Fue, acaso, la penúltima vez en que la sociedad tapatía pudo consternarse y apiadarse auténticamente (la última fue el 22 de abril de 1992, cuando voló por los aires no sólo un buen pedazo de ciudad, sino también nuestra credulidad y quedamos de algún modo atrofiados ante los horrores que nos esperaban). Y acaso ésa sea una de las diferencias principales entre aquel tiempo y el presente, hoy que ha venido informándose de una nueva cuenta, ya larga, de personas asesinadas que, como las víctimas del «Mataindigentes», tienen en común la desdicha insondable de vivir en la calle y de ser nadie para nadie. Como ha publicado el diario NTR, en el último año van al menos 15 homicidios de personas con estas características, y aunque no haya indicios aún para vincularlos, sí recuerdan aquella campaña de exterminio de 1989. Sólo que a una escala mayor.

      En el chat de los vecinos de la colonia, son frecuentes los mensajes que reportan a alguien que anda haciendo dagas: que grita, rompe algo, quema algo, se encuera, se ha derrumbado a la entrada de una cochera, está a media banqueta en un charco de sus propias deyecciones, etcétera. Los reportes buscan que la policía acuda, y a veces tienen razón, pero a veces no: son sólo vecinos que quieren que el paisaje esté despejado de esas sombras, esos muertos vivientes o esos fantasmas demasiado concretos. No son raros los mensajes que claman por que alguien ponga remedio de una vez por todas. Que alguien acabe con la plaga. Una vecina incluso anhela que alguien les vierta agua hirviendo cuando pasen. Otro, que alguien les prenda fuego. (Ese vecino y esa vecina no sé quiénes sean, pero seguramente nos habremos saludado más de una vez en la tienda o nos hemos dado sonrientemente la paz en misa).

      Los crímenes de hoy, a diferencia de los de hace casi cuarenta años, no nos importan en absoluto.  

J. I. Carranza

Mural, 1 de febrero de 2026.

«Patrimonial»

De la noche a la mañana, el terreno donde había una finca de «valor patrimonial» queda momentáneamente ocupado por una montaña de escombros. Es casi imposible asegurar que hubo una demolición: tan rápida fue, tan silenciosa, tan subrepticia, que parece obra de maquinaria fantástica o de una intervención sobrenatural. Donde se alzaban las formas distintivas de la finca, su singularidad y por lo general su gracia, hay ahora solamente un repentino vacío, un cambio que ya empieza a ser ominoso debido a que no parece haber justificación válida para la destrucción. La finca sostenía buenas relaciones con el paisaje, contribuía con su presencia a las condiciones elementales de armonía que todo paisaje urbano necesita para ser, al menos, vivible, y con frecuencia también querible y aun entrañable. Era una casa, además, a partir de cuyo carácter evidente podían colegirse una historia y sus acomodos sucesivos a los inevitables cambios que trae consigo el paso del tiempo. Al principio, naturalmente, su función consistió en acoger las vidas de quienes la habitaban, e incluso ese propósito explica la configuración original que tuvieron sus espacios. Luego, esos espacios sirvieron a otros fines: donde antes se dormía o se leía o se comía o se oía música o se veía la tarde, ahora había escritorios, archiveros, divisiones provisionales que multiplicaban o reducían las superficies, luces inclementes u hostiles donde nunca antes las hubo, aguas redirigidas o clausuradas según las necesidades nuevas de los nuevos ocupantes, etcétera. Se hizo después lugar al fuego y al trajín de una cocina, o a las noches y sus caos que debería hacer caber ahí un antro (o a un almacén o a una fábrica o a cualquier uso indiscernible y cada vez más alejado de los que podrían tener esos muros y esos techos y esas ventanas y el breve jardín circundante), y así, poco a poco, las cirugías menores y mayores fueron desfigurándola y estrangulándola. Alguna vez, con suerte, alguien llegó que atinó a restituirle alguna dignidad y algún decoro. Pero acabó venciendo el abandono y llegó el día en que la casa únicamente les importó a quienes habrían de derribarla.

      Lo de «patrimonial», entonces, que tienen las fincas en una ciudad como Guadalajara, sólo puede tomarse en su sentido estrictamente monetario: una finca es patrimonio por la suma en que puede venderse, y se termina vendiéndola para que desaparezca: en aquel terreno vacío que surgió de súbito inmediatamente se practicará un abismo brutal para que desde él se alce una torre, también en cuestión de instantes, pletórica asimismo de vacío. No es difícil imaginarlo: la finca fue al principio de la familia que la mandó construir; los integrantes de esa familia fueron dispersándose, luego muriéndose, y quien acabó viéndose al fin con la propiedad resolvió —se diría que inevitablemente— deshacerse de ella, vendiéndola al mejor postor antes que proponerse nada para mantenerla viva —ni siquiera rentarla, con la cantidad de problemas que ello acarrea—. La historia y los significados de la existencia de esa casa acaso sólo tuvieron valor para quienes vivieron en ella, para quienes tuvieron algo que ver con ella por cualquier razón en sus diferentes etapas. Pero no para la ciudad, que ha dejado que la tiren y que esa historia y esos significados se revuelvan con el escombro, y que ya la ha olvidado, por más que diga que la recuerde. Con recordar nada se gana, conservar cuesta y nada reditúa, a nadie le importa esa casa que tumbaron, si además ya estaba desde hace tiempo asolada por el descuido y era madriguera de malvivientes, una excrecencia indeseable.

      No hay gran misterio: las casas que se derriban todos los días en Guadalajara, y que poseen relevancia arquitectónica, urbanística e histórica, caen porque a sus dueños así conviene y porque la sociedad tapatía no tiene el mínimo interés en que se mantenga en pie. No se le ocurre para qué podrían servir, como no sea para estorbar o para que sigan cayéndose y emporcando el entorno; quienes pueden sacar alguna ganancia, aprovechan en cuanto se presenta la oportunidad de vendérsela a quienes están levantando el paisaje absurdo de edificios deshabitados en las zonas que supuestamente van volviéndose así más apetecibles. ¿Lo lamentaremos, alguna vez? No parece probable: esta sociedad, olvidadiza y desaprensiva, es negligente al punto de dejar que sus destinos los conduzca una caterva de individuos ignorantes y mezquinos y codiciosos y mendaces, de manera que está coludida con la comisión de estropicios y con el deliberado y sostenido arruinamiento del pasado del que proviene.

      Cerca del terreno donde hoy está la montaña de escombros, en el espacio de cuatro cuadras, hay al menos tres casas tan formidables como la que acaban de tumbar. Una es una notaría; en otra hay un café (no se ve que vaya a durar mucho). La tercera ya está sola, grafiteada y con las ventanas reventadas. Las tres debieron de ser bellísimas en su tiempo. Ya sabemos en qué orden van a ir desapareciendo. Había dos más, hasta hace poco: hoy hay un Oxxo en el lugar de una, una torre desierta en el de otra. Hay también un baldío enorme que ha permanecido ahí por años, como un elocuente emblema de la más estúpida codicia: ni levantaron nada nuevo, ni lo pueden vender, ni sirve para maldita la cosa.  

J. I. Carranza

Mural, 25 de enero de 2026.

Súper Leche

Son contadas, y por eso altamente significativas, las ocasiones en que la historia encarna en la historia particular. Uno puede tener noticia de los acontecimientos más importantes que están teniendo lugar ahora mismo, y hacerse una idea, certera o no, de sus posibles consecuencias. Una guerra, una revuelta, la reconfiguración política de una sociedad, una catástrofe. O bien los adelantos tecnológicos que en estos instantes acaso estén decidiendo las transformaciones más radicales de la vida tal como la conocemos, o las descripciones de la realidad que difícilmente se ajustan ya con las que manejábamos antes —el filósofo Richard Rorty apostaba por que la evolución del pensamiento, de nuestra forma de explicarnos el mundo y, en suma, lo que somos, consistía básicamente en la sustitución de unas palabras por otras: dejamos de usar las que parecen ya no servirnos, inventamos o nos apropiamos de otras con la ilusión de que servirán mejor, y eso es todo—. Pero cuando esos acontecimientos tienen lugar en el espacio que ocupamos, la historia cobra otro sentido. Como pasó hace cuarenta años, con los sismos en México.

        Tal vez la prueba mejor para identificar estas ocasiones sean las preguntas «¿Dónde estabas?», «¿Qué estabas haciendo?». En la medida en que se pueda responderlas con más precisión, la impronta de lo ocurrido será más decisiva, y acaso tenga que ver con la noción elemental de trauma. Pero además está el carácter colectivo de la experiencia: el trauma compartido y ampliamente extendido como marca generacional sugiere que pueden hacerse otras lecturas de lo que recordamos y del modo en que lo recordamos. Yo sé muy bien, por ejemplo, dónde estaba y qué hacía el día en que mataron a Colosio —¿el último muerto de la Revolución?—; no tan claramente, en cambio, el día en que el cardenal Posadas fue asesinado. Dado que fueron hechos no demasiado separados entre sí, ¿qué quiere decir eso de la atención que yo entonces prestaba a lo que ocurría? ¿En un año, del tiroteo en el aeropuerto de Guadalajara al mitin de Lomas Taurinas, qué cambió en mi entendimiento de las cosas? Los tapatíos que teníamos uso de razón el 22 de abril de 1992 no podemos olvidar lo que nos pasó ese día. Ni quienes vimos a la Ciudad de México desplomarse el 19 de septiembre de 1985.

      El aniversario, este viernes, será buena ocasión para hacer ese ejercicio. Porque, además, sobre nuestra memoria acecha siempre el fantasma del borramiento. Y contra eso no queda sino resistir lo más que se pueda. Pienso, por ejemplo, en mi amigo Cabrera, que me contó cómo, poco después de haber empezado las clases en su secundaria aquel día, las violentas sacudidas de los edificios hicieron a alumnos y maestros correr y buscar salvarse, bajar hasta el patio, y lo último que recordaba Cabrera de ese momento era que, al volver la vista atrás, distinguió a un compañero de su salón, en muletas, que desaparecía en la nube de polvo que dejaron las escaleras por las que ya no pudo terminar de bajar. Cabrera me lo contó hace muchos años, y por alguna razón que ignoro, es como si yo también me hubiera apropiado de esa imagen concreta y desoladoramente nítida, a la que cada septiembre regreso para empezar a hacerme —pero es imposible— una idea de lo terrible que fue aquello. ¿Por qué la preservo? Acaso hay recuerdos que sea insoportable tener a solas, no sé.

      Vi hace poco fragmentos del reportaje que fue haciendo Jacobo desde las calles, poco después de ocurrido el primer temblor. ¿Ese día lo vi en vivo? Sé que mi hermano me despertó, corrí de la cama al patio y ahí nos quedamos los dos, agarrándonos de las paredes; sé que mi mamá y mi papá estaban en el consultorio, mi papá estaba tomándole medida a un paciente para hacerle un trabajo, no lo dejó bajarse del sillón porque se le iba a echar a perder la impresión; los cables en la calle tronaron, el colegio de enfrente de la casa no fue evacuado (no se usaba eso). Y poco más: yo iba a la secundaria por las tardes, así que pasado el susto seguramente me puse a desayunar con toda calma y la vida en Guadalajara siguió igual. Mientras, como demostraba la cámara que acompañaba a Jacobo, se derrumbaba el Súper Leche, en la avenida San Juan de Letrán. Desde el quemacocos de su Mercedes, Jacobo iba transmitiendo por teléfono, y ahí se bajó, se acercó a un hombre que contemplaba atónito la montaña de escombros, ya poblada por decenas de personas que removían losas, vidrios, tanques de gas, y entonces se produjo este diálogo: «¿Qué pasa, señor, por qué usted está tan agobiado?». «Aquí estaba mi negocio, era el restaurante Súper Leche». «¿Usted es el dueño del restaurante Súper Leche?». «Sí, señor. Sí, señor. Sí, señor». «¿A qué hora abren el restaurante?». «A las siete de la mañana». Jacobo le echó un brazo al hombro. «¿Quiere decir que a la hora del temblor ya estaba abierto?». «Ya, señor. En el segundo piso vivía o vive mi madre. En el segundo piso vivían aquí mi madre y mi hermana. No sé, señor. No le puedo decir nada, licenciado».

      Siempre que mis papás me llevaban a México, de niño, nos quedábamos en el Hotel Capitol, en las calles de Uruguay, y desayunábamos todos los días en el Súper Leche, a media cuadra. Y yo no pierdo, no quiero perder, los rasgos de las meseras. Había una que se llamaba Joaquina y eso me parecía muy asombroso.

J. I. Carranza

Mural, 14 de septiembre de 2025.

Expulsiones

Vemos, en un noticiero televisivo, que el ayatola Jamenei da un mensaje, y a su lado hay un retrato del ayatola Jomeini: junto al actual líder supremo de Irán, el rostro invariable e inconfundible del líder de la Revolución Islámica gracias a la cual el primero está ahí. Y ese retrato es el mismo que, entre las confusiones de mi memoria, irrumpió en mi atención infantil, probablemente por medio del periódico Excélsior, que llegaba todos los días a la hora de la comida, o de la revista Impacto, que a veces mi papá compraba y cuyo atractivo principal consistía —para mí, quiero decir— en el hecho de que metía el mundo a la casa a través de fotos que no publicaban otros impresos: así como recuerdo la efigie de Jomeini triunfal en 1979, también distingo con toda nitidez el perfil de Paulo VI en su féretro unos meses antes, por ejemplo. Seguramente a mis siete años no entendía gran cosa, pero por alguna razón las imágenes como aquéllas se estamparon indeleblemente en mi recuerdo y quizá me facilitaron más adelante ir comprendiendo algo de eso que así cobraba forma y que se llama historia.

      En «La búsqueda del presente», el discurso que pronunció al recibir el Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz refiere un acontecimiento decisivo en su vida, que acaso definió su vocación como poeta y como pensador. Cuenta que, de niño, un día estaba jugando en el jardín de la casa de su abuelo; «Tendría unos seis años y una de mis primas, un poco mayor que yo, me enseñó una revista norteamericana con una fotografía de soldados desfilando por una gran avenida, probablemente de Nueva York. “Vuelven de la guerra”, me dijo». La anécdota encapsula el momento preciso en que el niño Paz es apartado del mundo inocente y feliz de los juegos, las lecturas y las imaginaciones que han venido haciendo de su infancia «un presente sin fisuras». «Esas pocas palabras me turbaron como si anunciasen el fin del mundo o el segundo advenimiento de Cristo», sigue recordando. «Sabía, vagamente, que allá lejos, unos años antes, había terminado una guerra y que los soldados desfilaban para celebrar su victoria; para mí aquella guerra había pasado en otro tiempo, no ahora ni aquí. La foto me desmentía. Me sentí, literalmente, desalojado del presente».

      Mientras está en la televisión el retrato de Jomeini, aprovecho para darle a mi niña —es la hora de la comida— algunas informaciones que más bien estoy sacando del cajón para mí, para averiguar qué significan o significaron, y para ver si ayudan a tramitar de algún modo lo que hoy ocurre y que es, de nuevo, la inminencia del apocalipsis, que recurrentemente se recicla con palabras parecidas y odios inextinguibles y villanos similares, por lo desmesurados y lo grotescos. Probablemente también en aquel periódico o aquella revista vi por primera vez, y luego muchas veces en ese 1979, las alhajadas y fastuosas figuras del Sha de Irán y de su mujer, la emperatriz Farah, removidos del trono desde donde reinaban sobre un pasado hecho a la vez de presuntuosa tradición (su dinastía sólo había empezado en 1925) y de corrupción ominosa. Arrojados a un exilio errático, fueron dando tumbos y, mientras Giscard d’Estaing no dejó que aterrizara en Francia el avión que el propio Sha iba pilotando, López Portillo los recibió gustoso primero (le habrá encantado codearse con esa realeza), pero luego los echó de una patada porque a Carter no le había parecido bien aquel gesto. ¿La mansión que ocuparon estaba en Cuernavaca, en Acapulco? Aquí ya mi confusión se espesa y no sé bien para dónde continuar. Sólo recuerdo que poco después al Sha lo mató el cáncer, que Farah siguió saliendo en la prensa del corazón un buen rato, que Irán volvió a ser el nombre de una tierra lejana y extraña, y que sólo de cuando en cuando ocuparía de nuevo los titulares gracias a las guerras y a la ojeriza de los gringos y de Israel.

      Pero hay algo más: de pronto recuerdo a Salman Rushdie, el salvaje ataque que sufrió hace casi tres años, y caigo en la cuenta (como si hiciera falta caer en la cuenta) de que ese hombre enturbantado y ceñudo que preside el mensaje de su sucesor es el mismo que mandó matar al escritor, y que aquella orden tardó 33 años en alcanzarlo —felizmente no se cumplió, Rushdie perdió un ojo y sufrió otras gravísimas heridas, pero vivió y no fue acallado—. Los años sí pasan en balde, a veces. Casi medio siglo y el retrato de Jomeini ahí sigue, presenciando lo que hoy ocurre.

      Octavio Paz afirma que todos hemos experimentado una expulsión del presente como la que evoca en su discurso. Para él, la vida transcurrió como un empecinamiento incesante por recuperar aquel territorio perdido, y en alguna medida así nos sucede a todos cada que queremos encontrar algún sentido para lo que hemos ido dejando atrás. Pero lo que creemos saber y haber entendido, a la postre, sirve de poco ante la fuerza avasalladora de la realidad y de la historia. Hacia el final de su discurso, Paz alude a la poesía como la sola posibilidad de encontrar el camino. Lo dice de un modo ciertamente enigmático, pero acaso sólo así sea como puede formularse: «¿Qué sabemos del presente? Nada o casi nada. Pero los poetas saben algo: el presente es el manantial de las presencias».

      Luego el noticiero cambia a otro asunto, seguimos comiendo, pasamos a hablar de lo cerca que están las vacaciones.

J. I. Carranza

Mural, 22 de junio de 2025.

Lo negro (de antes)

Serían hilarantes, admirables en su inverosimilitud fantástica, los colmos a los que llegan algunos de los más conspicuos actores de la vida pública actual en México, o serían irrelevantes, en su vulgaridad y su bajeza, y más nos valdría siempre dirigir la vista a otro lado, hacer como si no existieran; serían, en fin, esas cotas que saben alcanzar de modo asombroso, y que superan todos los días, expresiones de su miseria de las que podríamos desentendernos sin pérdida alguna… de no ser porque redundan inevitablemente en la cancelación de las posibilidades concretas para que el grueso de la población encuentre justicia en este país, y también para que deje de vivir con miedo, esa población, en el agobio que impone la lucha por la subsistencia; de no ser, en suma, porque al sucederse incesantemente esos excesos y esas desvergüenzas y esas trapacerías, con todo su desdén por cualquier forma de elemental decencia, afirman de modo más irremediable qué lejos que estamos de dejar atrás tanta locura y tanta ruindad.

       Más de una vez he reparado aquí en el peligro de creer que todo tiempo pasado fue mejor: no sólo es indemostrable siempre, sino que al creerlo uno se proscribe del presente y empieza a perdérselo. Sin embargo, tiene sentido abstenerse de generalizaciones y echar miradas a lo que queda atrás si se busca identificar dónde se torció algo, qué habría que tener en cuenta para que no vuelva a torcerse (es el sentido que tiene el estudio de la Historia, supongo). Estos días, por ejemplo, he estado recordando al Negro Durazo, personaje señero de la corrupción nacional y perteneciente a un tiempo que parece muy remoto, no sólo porque no representaba un problema mayor nombrar injuriosamente a alguien por el color de su piel (los tiempos pasados nunca fueron mejores: enseguida da uno con evidencias), sino también por cuanto la comparecencia de dicho personaje llegó a remover en nuestra conciencia de la realidad, y que hoy sería sencillamente impensable, pues ya somos del todo incapaces de escandalizarnos así. Nombrado Jefe del Departamento de Policía y Tránsito del Distrito Federal (que ya no existe) por el presidente López Portillo, quien también lo ascendió a general de división, Arturo Durazo Moreno abusó de su poder a grados que entonces pudieron parecernos insuperables, enriqueciéndose y gastando su riqueza con un pésimo gusto pasmoso. Pero también instauró un sistema colosal de componendas y chuecuras que prosperó e hizo prosperar a muchos bajo su mando, a la vez que allanó dificultades para varias generaciones venideras de criminales. Manipuló y tergiversó y ocultó y seguramente alentó y participó directamente en la comisión de incontables delitos de todo tipo, y todo lo que hizo lo hizo con ostentación diáfana… hasta que se le acabó la buena estrella o se pasó de la raya o no hubo ya quién lo defendiera, y terminó pagando con tantita cárcel (ocho años) por aquello que al México de entonces pudo resultarle inconcebible e inaceptable. Murió en la ignominia y ya ni quien se acuerde de él (o casi, aquí estoy haciéndolo).

       Y he estado pensando en esa historia al preguntarme, ante hechos como los de los días recientes, por qué ya parece imposible escandalizarse así otra vez. Dos hechos, en concreto: que se haya impedido que se juzgue a Cuauhtémoc Blanco, el exgobernador de Morelos acusado de violación y amparado por sus pares en la Cámara de Diputados, y por otro lado que se haya condenado al exrector de la UNAM y al exdirector de la Facultad de Estudios Superiores Aragón a reparar con 15 millones de pesos el supuesto daño moral causado a la profesora corrupta de la ministra Esquivel, plagiaria demostrada por más que su plagio se haya buscado soterrarlo mediante elaboradas triquiñuelas. Ambos, Blanco y Esquivel, son representantes depuradísimos de la inverecundia que ha caracterizado a la clase política de este tiempo —y no sólo de la llamada Cuarta Transformación (aunque sí principalmente): yo diría que desde los tiempos de Salinas o por ahí, cuando empezó a atrofiársenos aquella capacidad de estupor y de indignación que funcionaba todavía al enterarnos de lo que había hecho el Negro Durazo; ¿fue con el asesinato de Colosio, con el de Ruiz Massieu, con la trama truculenta de la Finca del Encanto y la desaparición del diputado Muñoz Rocha y las adivinaciones de la vidente llamada «La Paca»?—. Ambos, Esquivel y Blanco, van a seguir intactos donde están, o prosperarán sin más. Y se nos van a borrar, más definitivamente que si hubiesen recibido algún perdón.

Lo negro del Negro, se tituló un best-seller que causó furor al contar las tropelías del general (y hubo película). Las de la ministra y las del exfubolista las hemos visto aflorar en tiempo real y a todo color, y como pasa con tantos otros figurantes de este circo lamentable, no hará falta que nadie venga a contárnoslas: no nos han resultado lo bastante interesantes, quizá, como para movernos a indignarnos ni mucho menos. Será una combinación de hartazgo e indiferencia, o será quizá porque se ha dejado de llamar a las cosas por su nombre —salvo por quienes, como el poeta Javier Sicilia, a cuyo hijo mataron hace catorce años en el estado de Blanco, no han cejado en el empeño, por ejemplo cuando se refiere a esta «dictadura de los criminales, los cínicos y los imbéciles»—. ¿O será mera resignación?

Foto: Pedro Valtierra / Cuartoscuro

J. I. Carranza

Mural, 30 de marzo de 2025.

Este periódico

Mural cumple mañana 25 años, poco menos de la mitad de mi edad. Quiere decir esto que media vida la he pasado vinculado al periódico, pues tengo a mucha honra decir que formé parte del equipo fundador, el puñado de jóvenes que nos conocimos en Reforma Jalisco, en la calle de Marsella, y unas semanas antes del 20 de noviembre de 1998 nos mudamos al edificio de Mariano Otero, a una redacción que debió ingeniárselas para ir haciendo pruebas y más pruebas, a marchas forzadas y en la inminencia de la fecha decisiva, entre el terregal, el trajín de los albañiles y los carpinteros, a las carreras, de una desvelada a la siguiente, aprendiendo sobre la marcha todo lo que todavía faltaba aprender —una parte de ese equipo había sido enviada previamente a la Ciudad de México para capacitarse en Reforma; el resto nos fuimos a Monterrey, y apenas allá fue que alcancé a entender la magnitud de lo que traíamos entre manos: cuando me contaron que los regios confiaban tanto en su periódico que, si había un incendio, preferían llamarle primero a El Norte, antes que a los bomberos… y eso era lo que teníamos que lograr en Guadalajara—.

       Creo conservar recuerdos muy nítidos de lo excitantes que eran aquellos días, pero no sé cuánto habrá podido colaborar la fantasía, a lo largo de los años, para intensificar esa impresión. Es extraño: más que otras etapas de la vida también propicias para la aventura, como cuando pasamos por la escuela, nos mudamos a otro rumbo, entablamos y deshacemos relaciones precariamente eternas y fabricamos, en fin, experiencias hechas con una parte de ilusión y otra de temeridad —eso que va dando forma a las discretas épicas al alcance de la mayoría de los mortales—, lo ocurrido hace un cuarto de siglo regresa con alguna frecuencia a mis sueños, con toda claridad, y me veo haciendo lo que hacía entonces, que era darle forma al periódico todos los días: editando notas, escribiendo, acordando la puesta en página con los diseñadores, saliendo a cada rato al estacionamiento a fumarme un cigarro con los reporteros, de una desvelada a la siguiente, olvidando por completo cómo era el mundo iluminado por la luz del Sol… «Contigo o sin ti», me dijo una vez Pedro Cámara, el primer director de Mural, «pero el periódico va a salir mañana». Yo adopté esa advertencia como una convicción que me ahorraría infinidad de angustias: sencillamente había que hacer lo que tenía que hacerse. (Era durísimo, ese Pedro, hasta tiránico, pero cómo le aprendí cosas: por ejemplo, también, que «Después del cierre, nada es bonito», lo que quiere decir que ya pasada la hora de que empiece a jalar la rotativa, a fin de que el periódico salga a tiempo, no es momento de proponerse ningún primor. La lista de nombres a los que tengo que agradecer en toda esta historia es larguísima, pero voy a limitarme a consignar uno de los primeros y de los más importantes para mí: el de Martha Treviño, que en El Norte y aquí me hizo ver de qué se trataba el periodismo como oficio). 

       A la par de esa misteriosa preservación de mi memoria personal, está también lo que recuerdo que significó la llegada del nuevo periódico a la ciudad. No hacía mucho tiempo que Siglo 21 había caído en desgracia —a mí me tocó ser de los que llegamos a tratar de levantar algo con los escombros que dejaron quienes se fueron a hacer Público—, y los vientos de cambio que antes no se habían sentido, en Guadalajara y en el país, eran una circunstancia idónea para lanzar un nuevo medio que se abocara a informar con la solvencia y la integridad que había asentado el éxito de Reforma (se nos olvida: cuando nació Reforma, la lucha por su subsistencia fue decisiva para la también naciente democracia en México), pero también a dar cabida a la participación activa de la ciudadanía en la vigilancia de los excesos del poder, la contención de la impunidad y la corrupción y la formación de una opinión pública más crítica y lúcida. En todo aquello creíamos entonces, y yo estoy seguro de que es lo que sigue dándole sentido a la existencia de Muralpasado todo este tiempo. 

       Hace poco murió mi maestro Heriberto Camacho, quien nos guio con inolvidable generosidad en la prepa para hacer un periódico estudiantil, el 12 Páginas; unos meses atrás, murió también mi maestro Marco Aurelio Larios, también de la prepa, que un día se llevó nuestras tareas que le habían gustado y, sin preguntarnos, las hizo publicar en El Jalisciense; el día que llegó y nos repartió ejemplares del periódico y vi mi nombre impreso por primera vez, se decidió lo que yo habría de hacer en la vida. Así que Heriberto y Marco Aurelio tienen la culpa de que yo esté aquí, y también todas las personas con las que me ha tocado trabajar de una u otra forma para que estas páginas existan. 

No deja de ser muy raro, tal vez por lo anacrónico que parece en este mundo frenético, cibernético y neurótico, seguir escribiendo para el periódico. Y tampoco, ni una sola vez, ha dejado de ser igualmente emocionante: enviar el artículo, buscarlo a la mañana siguiente, imaginar que puede haber alguien leyéndolo. Seguramente no voy a cambiar el mundo —ni ganas, quién se propone semejantes ridiculeces—, pero qué suerte incomparable y engimática. Felicidades a mi periódico, a todas las personas que lo hacen y lo han hecho, y que sean muchos años más. 

J. I. Carranza

Mural, 19 de noviembre de 2023.

Olvidar

Me gusta pensar que tengo buena memoria. No es una suposición del todo infundada: en las conversaciones con amigos de años, cuando derivan hacia la recreación de hechos y circunstancias compartidos cuyos pormenores se va volviendo más difícil precisarlos, a menudo soy yo quien consigue dar con el nombre improbable o con los detalles que fijan el acontecimiento en un contexto o un tiempo determinados. (Los amigos están al tanto de mi jactancia y aprovechan la menor oportunidad para desmentirla, cuando no doy con un dato y alguno tiene que venir en mi auxilio. Sin embargo, también me gusta creer que esas ocasiones son excepcionales. Y ellos también saben que me gusta creer en eso, y de seguro me siguen la corriente).

       Por esto tengo el hábito de preservar informaciones que otros quizá desecharían sin preocuparse demasiado. He sido profesor desde hace mucho, y por mis cursos han pasado cientos de alumnos; me obligo a tener sus nombres siempre al alcance, a fin de usarlos si un día me encuentro con ellos —y que el nombre se produzca en cada encuentro siempre les resulta parecido a un acto de prestidigitación—. A veces fallo, desde luego, y entonces me empecino en recuperar el nombre perdido hasta que doy con él, del mismo modo que al ver por la calle un rostro vagamente familiar hago todo lo posible por saber a quién pertenece y por qué lo reconozco. 

       Entiendo —o sigo suponiendo— que así ejercito la memoria y la mantengo en forma, precaviéndome contra las consecuencias de su deterioro o su vaciamiento: perder las orientaciones básicas para cada expedición al pasado, regresar cada vez con menos pruebas de que ese pasado existió, acabar ignorando de dónde procede el presente del que acaso llegue a resultarme imposible salir. Puesto que la única salida a la que conduce el futuro es la muerte, la vida dejada atrás es la sola dirección en la que podemos figurarnos a salvo de las permanentes incertidumbres del instante: por eso las borraduras de nuestros pasos nos reducen y van cancelándonos.

Esta obstinación también se verifica en mi aprensión por procurarme certezas acerca de los rumbos por donde han ido mis pasos, los espacios donde he estado y también lo que haya ocurrido en ellos y las presencias que quedan conteniendo en el recuerdo. Pero la perpetuación de lo sucedido en esos lugares pueden tener consecuencias indeseables: cuando los hechos fueron infelices, preferiría que cesaran para siempre, apagados por el olvido. Doy un ejemplo suministrado espontáneamente por mi memoria que, en una de sus decisiones misteriosas, ha ido a parar ahora mismo al final de un viaje a San Luis Potosí, en concreto al momento de regresar, cuando me vi en la terminal de autobuses, enfrentado a una escena de tristeza insondable. 

       Este recuerdo, si trato de describirlo tal como acaba de cobrar forma, podría empezar por la reconstrucción del espacio de la terminal con todos sus detalles, sus luces, su ambiente. Pero lo que el recuerdo afirma ante todo es esa escena que presencié ahí, protagonizada por un hombre cansado, viejo, más allá de la desesperación, y su hijo, un niño de unos doce años, incontenible y dolorosamente violentado por la enfermedad: no se estaba quieto, aullaba, golpeaba, huía, y el padre no podía imponerle ningún reposo: apenas forcejeaba con él de vez en cuando, tratando de someterlo en un abrazo que lo calmaba por unos momentos, pero luego la lucha volvía a empezar. Las grandes cajas de cartón que llevaban hacían pensar que viajarían lejos, parecían muy pobres, el hombre trató de darle a comer algo al niño, éste lo rechazó, tuvo que perseguirlo de nuevo, abrazarlo de nuevo, tratar de sosegarlo y oírlo llorar más, todo el tiempo. Una hora habré estado viéndolos, hasta que salió mi autobús y los dejé ahí, agotados y sin que su combate cesara. Y ahora sí puedo precisar el ámbito que contuvo aquello: la luz mortecina y verdosa de la terminal al caer la tarde, su piso gris y sucio, la pestilencia del diésel quemado, el color azul de las butacas de plástico, una máquina de golosinas y otra de refrescos, los mostradores de las taquillas, unas macetas de plantas infelices que acentuaban la desolación imperante, las puertas giratorias de los sanitarios públicos, las mesas y las sillas anaranjadas de una cafetería donde no había nadie, los vidrios a través de los cuales se veía el movimiento en los andenes, los autobuses que llegaban y salían, los bultos de los pasajeros. Hacía poco que yo me había convertido en padre, y ello me vinculaba inevitablemente con aquel padre que yo tenía delante y que trataba de abrazar a su hijo, con su pena inimaginable.

La perpetuación de un presente desdichado. Ahora que me he visto devuelto a esa tarde en la terminal de San Luis Potosí, sin encontrar que el recuerdo traiga consigo nada aparte de su tristeza, lo único que puedo hacer es dejarlo disiparse, pasar a otra cosa. Pero no sé si al haber revisitado ese espacio —y, peor: al haber dejado por escrito lo que me lo volvió inolvidable— he terminado por hacerlo más indestructible. Uno no elige lo que recuerda súbitamente. ¿Habría que tomar precauciones para no abastecerse de memorias infelices? O sería más prudente abstenerse de registrar con tal minuciosidad el presente y mejor dejar que el olvido arrase con él.

J. I. Carranza

Mural, 23 de julio de 2023.

«¡Vámonos!»

En las vacaciones de la infancia, el encantamiento, poderoso, radicaba en la supresión súbita de lo consabido y lo predecible. El viaje que estábamos por emprender desmentía toda noción de normalidad y a cambio estatuía como única forma aceptable de vida la maravilla. Apenas mi papá decidía que nos iríamos, el mundo conocido y desabrido, confiable pero carente de novedad, dejaba de existir. La escuela, por las mañanas, y las tardes frente al televisor o jugando o haciendo la tarea eran las dos formas básicas del tiempo para mi existencia a los seis o siete años. Pero repentinamente esas formas se volvían prescindibles, tanto como para dejarlas atrás sin ninguna preocupación y, sobre todo, sin ningún remordimiento. Lo mismo con nuestra casa: empezaba a desaparecer apenas llegaba el taxi para llevarnos a la estación del ferrocarril, y al doblar la esquina ya no quedaba ni un rastro de ella. Si al volver nos hubiéramos encontrado a otra familia viviendo ahí, o un baldío, seguramente me habría sorprendido, pero no me habría decepcionado.

       Sólo importaban, en el inicio de la vacación, la emoción ajetreada del presente y la intuición de lo que nos aguardaba. El tren salía a las nueve de la noche y llegaría a Buenavista a las nueve de la mañana, pero a mí me alegraba siempre que la duración del recorrido se prolongara más de lo previsto, pues así podía disfrutar más de la fascinante irrealidad de los ámbitos que nos contenían: el gabinete de tres camas y un baño diminuto, los pasillos a lo largo de los vagones, las plataformas en cuyo vértigo traqueteante mi papá y yo nos instalábamos un rato para sentir la velocidad en el viento y las luces del mundo inagotable al parejo de las vías, la penumbra del carro fumador con el bar en un extremo y la calidez y el bullicio sobrenaturales de la cena en el carro comedor, con la pesada loza en las mesas y el desempeño funambulesco de los meseros. Esa sola noche inaugural, aunque nada hubiera sucedido después, me habría bastado cada vez.

             Nos íbamos. ¿Habríamos de regresar? Era lo más probable, pero en la emoción de la partida carecía de importancia. O parecía inverosímil. Quedaba lejos de mi comprensión, supongo, la perentoriedad propia de los viajes cuya sencilla razón consiste en la procuración de una pausa, por lo general con el fin de descansar o distraerse de las obligaciones de lo habitual —lo que se entiende por vacación y no es sino la interrupción provisional de los deberes—. Aunque, en efecto, se tratara de viajes vacacionales, había siempre en ellos un elemento sorpresivo que los acercaba más bien a la fuga, a la evasión libérrima y dichosa de lo cotidiano justo cuando lo cotidiano se hallaba en su apogeo. De pronto nos encontrábamos comprando los boletos en la estación, enseguida haciendo las maletas, luego estábamos ya cerrando la llave del gas y echando llave a la puerta, mientras el taxi esperaba y mi papá bajaba el switch y la cortina del consultorio (ya habría cancelado para entonces todas las citas de los días por venir), todo con la celeridad y la controlada confusión propia de quienes deben salir cuanto antes, como si necesitáramos hacerlo de inmediato y sin pensarlo demasiado o de lo contrario tuviéramos que resignarnos a no salir nunca. En la simultaneidad de mi recuerdo se agolpan todos los gestos y los actos, de manera que me resulta imposible asignarles ninguna sucesividad: sólo veo a mi papá y a mi mamá preguntándose entre sí y anunciando al mismo tiempo: «¿Nos vamos a México?», y enseguida nuestra llegada a la estación, la documentación del equipaje delante de un mostrador donde despachaba el personal rigurosamente uniformado en azul marino, el paso a los túneles subterráneos que llevaban a las rampas de acceso a los andenes, la búsqueda del vagón dormitorio que nos correspondía, y cómo la noche empezaba a desplazarse sobre las vías entre silbatazos y luces y campanadas y el mágico «¡Vámonos!» que, para mi felicidad, un porter no se olvidaba jamás de gritar.

En mi imaginación o mi recuerdo de esos viajes de la infancia hay enigmas cuya solución quizá sea muy simple: mis papás decidían que nos fuéramos tras juzgarlo oportuno y porque les daba la gana, pero también porque sabían que podíamos irnos; habrían ahorrado lo suficiente como para permitírselo, consideraban y descartaban compromisos o los posponían, tal vez armaban algún itinerario elemental y disponían lo necesario para largarnos. A mí no me quedaba sino avenirme a lo que resolvieran —y no siempre iban mis hermanos, acaso porque ya no eran niños y su voluntad contaba más que la mía—; después de todo, la niñez es el imperio de la obviedad en el que las cosas son sólo como son. Sin embargo, me resisto a admitir las explicaciones más naturales, pues a cambio mi memoria prefiere centrarse en lo asombroso de nuestras evasiones. Porque era eso, ciertamente: al irnos de pronto y estar ya de viaje, al abandonar así lo cotidiano, para mí era evidente cómo nos sustraíamos radicalmente de nuestra vida e ingresábamos a otra, la verdadera, que de esa manera recuperábamos: yéndonos a habitar otra forma preferible de tiempo y un espacio que nos acogía como si nunca hubiéramos salido de él.

La vida real es la que ocurre cuando estamos de vacaciones. Lo otro es sólo apariencia o fantasía.

J. I. Carranza

Mural, 9 de julio de 2023.

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