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Lo de aquí

Para realmente ser de la ciudad, hace falta asomarse alguna vez a sus tradiciones.

 

Puede que a veces lo olvidemos: en la vivencia plena de la ciudad entra, además del cumplimiento de las rutinas, participar de las ocasiones en que sus habitantes hacen lo que siempre se hace aquí. Las costumbres, vaya, por lejos que nos las pongan otros modos que tenemos de vivir lo que nos toca. Si nos desentendemos de ellas, o si las vemos con extrañeza, como algo ajeno, quiere decir que estamos privándonos de un sentido cabal de identidad. Claro: habrá a quien tal identidad le valga un pepino. Pero, de aspirar al menos a reconocerla —acaso para reconocer uno mismo quién es—, hay que entrarle.

Por ejemplo: la Visita de las Siete Casas. Yo tenía recuerdos borrosos de la niñez, cuando el paseo en la tarde noche del Jueves Santo aligeraba algo el sopor y el tedio enmarcados por la imposición del silencio (no se podía prender la radio) sólo interrumpido por las películas «santas» en la tele (o en el cine, si se daba el caso: así vi Ben-Hur en el Latino, o Quo vadis?). Allá íbamos, al gentío. Y el gentío seguía esperando ahí, cerca de cuarenta años después, donde mismo. Santa Mónica, primero —ahí conseguimos la hojita con las meditaciones prescritas, impresa por la Casa Azpeitia—, luego el Santuario de Guadalupe, la capilla de la Inmaculada Concepción, San José, Catedral (en este punto hicimos trampa, pues decidimos que contara como la sexta casa la capilla del Señor de las Aguas), y por último La Merced. Y las empanadas, una felicidad que coronó la empresa y terminó de darle todo su sentido —que a veces parecía escaparse, pues ¿qué estábamos haciendo ahí, entre el tumulto, nomás cansándonos?

Fueron unas dos horas, con el sol como decorador entusiasta de cielo y fachadas, sin prisa, aunque sí con algunos trabajos y sobresaltos: las obras de Alcalde dificultaban el paso de la gente, a una señora que vendía elotes una estúpida inspectora del Ayuntamiento le tiró la olla, pero la gente protestó y la estúpida acabó largándose, el jardín del Santuario es una zona de guerra, todo el centro está intolerablemente sucio. Pero terminamos satisfechos: fuimos porque somos de aquí, y es lo que aquí se hace. Y tiene, cómo no, un cierto encanto que es hasta conmovedor.

 

@JI_Carranza

 

Publicado el 5 de abril de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural.

Vuelta al Corona

Los lugares cambian, su vida también. Lo demás es nostalgia, más bien inservible.

 

Dos mercados nos quedaban cerca (vivíamos en las Nueve Esquinas). Si mi mamá prefería el Corona antes que el de Mexicaltzingo, habrá sido por el recorrido: Galeana-Santa Mónica siempre ha sido una calle muy sabrosa para lerendear —verbo tapatío: ir bobeando por una zona o plaza comercial, sin necesariamente comprar nada—. La visita empezaba por una pollería de la planta baja, luego la rampa hasta las carnicerías, las pescaderías y las verduras, y acababa con un jugo de zanahoria al lado de la fuente (siempre apagada) que había dentro del perímetro delimitado por la balaustrada que se esfumó con el incendio de hace cuatro años —donde también estaba el Amo Torres, todavía con su espada—. Lo que en la infancia fue rutina y hasta tedio, pasado el tiempo termina por darle forma a lo más extraordinario que recordamos.

Poco después de que se inaugurara el nuevo Mercado Corona, mi primera impresión era que aquello extraordinario que yo recordaba (la mera vida ordinaria) difícilmente podría ocurrir de nuevo ahí. El edificio me pareció monstruoso y hostil: por la pequeñez de sus espacios, por el vacío que aún lo poblaba, pero sobre todo porque en su implantación (y su imposición) se materializaba la desaparición del viejo mercado, que, aunque feo y cochino y explosivo, tenía el carácter que sólo puede dar el uso de las generaciones. (Así pasa, pienso, con los sitios en que se cifra realmente la vida de la Ciudad: por ruinosos que puedan ser, si la gente los usa y los quiere, eso es suficiente para volverlos imprescindibles e incluso entrañables).

El otro día volví. Y, para mi asombro, vi que volvió también la vida a ese lugar. Es, ciertamente, una vida distinta, pero bulle dentro y alrededor del mercado, y se ha apropiado de él. Hay problemas, claro: el estacionamiento es siniestro, los pasillos están más apretujados, la limpieza no existe y hay basura por todos lados. Pero resulta que el jardín que ha ido creciéndole enfrente, por Hidalgo, es muy grato, y que la gente lo disfruta y todo mundo puede lerendear de lo lindo. Al Amo Torres no le han devuelto su espada, ni al mercado su balaustrada. Tal vez algún día regresen. Pero, también, tal vez no sea indispensable.

 

@JI_Carranza

 

Publicado el 22 de febrero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural

Vamos al Centro

¿Devolverle la vida al centro de Guadalajara? Si vida es lo que le sobra.

 

Sábado al mediodía. Va uno bajando por Pedro Moreno, tranquilamente (sí, con cierta lentitud porque hay algo de tráfico, pero nada del otro mundo), y, de repente, en la esquina con Federalismo, se topa con una multitud que todavía una cuadra antes habría parecido insospechable. Sale, la gente, desde el Parque de la Revolución en todas direcciones, como si ahí operara la fábrica de los miles de humanos que van a atestar el Centro (bueno, la estación del Tren Ligero de algún modo es eso: si no la fábrica, sí una fuente nutrida por los manantiales que desembocan en ella desde el sur, el norte y el oriente). Y, al seguir bajando —la meta es llegar a las zapaterías de Galeana—, la multitud irá espesándose, rellenando avenidas y calles, especialmente las peatonales. Como si toda la gente de Guadalajara hubiera querido ir ese día al Centro.

Pasa, claro, en todas las grandes ciudades. Y malo el día en que no sea así: cuando el pánico a la influenza, en 2009, el centro tapatío llegó a verse desierto, y era siniestro. Si el gentío no está en lo suyo, pululando por el corazón de la ciudad, quiere decir que algo apocalíptico ha pasado. Así que ciertamente había razones para la alegría al ir abriéndonos paso entre tanta la masa calmuda o estorbosa -después de todo no teníamos prisa, y eso es un lujo que se olvida apreciar—, incluso cuando nos dio por ver un rato a los payasitos manchados de la Plaza de las Sombrillas —ser tapatío es aferrarse a los nombres viejos: yo sigo diciendo Tepic en lugar de Francisco Javier Gamboa, y Tolsa (sin acento) en lugar de Enrique Díaz de León; no llego al extremo de llamarle Lafayette a Chapultepec, tan viejo no estoy, pero seguiré refiriéndome a la Glorieta del Charro aun cuando ya no haya ni glorieta ni charro, etcétera.

Finalmente, una pausa en la Plaza de los Laureles (ahí está otro caso: no Plaza Guadalajara). Y, entonces, la felicidad: unas donitas apestosas de los portales (misterio insondable: si es tal la hediondez del aceite en que las fríen, ¿por qué saben tan ricas?). Viendo pasar a la gente. Y cómo se saca fotos delante de Catedral. O se sienta junto a la fuente en cuyo centro está la perlota tapatía. Bien a gusto.

 

@JI_Carranza

 

Publicado el 15 de febrero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural

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