La noche del 14 de junio de 1986, como cada sábado, yo estaba oyendo en Stereo Soul un programa dedicado sencillamente a transmitir la grabación de un concierto de rock. Sin interrupciones, de principio a fin, el disco sonaba y era milagroso: era un tiempo en el que solamente los melómanos o los coleccionistas podían hacerse con esas grabaciones, y eso con dificultades: muchos de los discos eran importados o inconseguibles, salvo, con suerte, en tiendas como El 5to Poder, que muchos tapatíos seguiremos añorando por siempre, al igual que añoramos Stereo Soul. La maravilla del programa sabatino consistía en que, si tenías un radio que fuera también grabadora, podías disponer de un casete virgen y dejarlo llenarse con ese concierto sin el estorbo de las pausas comerciales o de ningún comentario intruso por parte del locutor: éste se limitaba a presentar el disco y a despedir la emisión, ya que la aguja había recorrido los surcos de las dos caras hasta el final.
Ese locutor era Juan Olvera, quien también era la voz principal de la estación. Una voz grave y hermosa, educada en sus modulaciones y su dicción (no cualquiera podía ponerse delante de un micrófono entonces: había que ameritarse con la tramitación de una licencia, y el examen era riguroso). Y, sobre todo, una voz conocedora de la materia que obsequiaba al encantamiento de quienes ahí, en el 89.9 de la FM tapatía, hallábamos el mejor modo de dar gusto a nuestros gustos: la programación era, sin más, la música que necesitábamos y debíamos oír.
No recuerdo, por desgracia, qué disco sonaba aquel sábado por la noche, ni tampoco el nombre del programa. Yo tenía catorce años, estaba enfrascado en avanzar, sin caerme, y balanceando las incertidumbres y el desamparo propios de esa edad de soledades, por la cuerda floja que me llevaba del final de la secundaria al comienzo de la preparatoria, y tenía, supongo, muchas otras cosas en qué pensar. Y dibujaba. Llenaba cuadernos (los de la escuela, sigo suponiendo) con los trazos en que acaso iba delineándose una idea menos borrosa que ilusoria de lo que quería hacer en la vida. Como aquella música que sonaba esa noche, también ignoro dónde habrán quedado aquellos cuadernos, que tanto me importaban. Si uno difícilmente llega alguna vez a saber quién es, más arduo aún es proponerse saber quién pudo ser: tal vez alguno de esos dibujos me lo podría revelar.
Y entonces pasó lo siguiente: de modo inesperado, la música del concierto se detuvo entre una canción y otra para dejar pasar la voz de Olvera, que traía esta noticia —y no puedo sino creer con todas mis fuerzas en que estas fueron sus palabras, inolvidables por lo que sucedió inmediatamente después—: «Esta mañana, en Ginebra, Suiza, murió el escritor argentino Jorge Luis Borges». Y a continuación, Olvera dijo —también quiero creer que lo dijo de memoria, no que lo leyó— el poema «Las cosas»:
El bastón, las monedas, el llavero,
La dócil cerradura, las tardías
Notas que no leerán los pocos días
Que me quedan, los naipes y el tablero,
Un libro, y en sus páginas la ajada
Violeta, monumento de una tarde
Sin duda inolvidable y ya olvidada,
El rojo espejo occidental en que arde
Una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
Limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
Nos sirven como tácitos esclavos,
Ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
No sabrán nunca que nos hemos ido.
Seguramente la música prosiguió. Pero algo había ocurrido que me ha tomado cuarenta años tratar de descifrar, sin conseguirlo. Es claro que poco o nada debí de entender en esas palabras, más que algunas imágenes, quizás, o esa otra música que poseían en su inaudito empeño de rimar, en la asociación insólita de los objetos que pusieron delante de mi atención. Algo tenían que ver con la muerte que Olvera había anunciado («nos hemos ido»), tal vez comprendí. Pero ¿por qué habían llegado hasta mí, qué tenían que ver conmigo? Un escritor argentino muerto en Ginebra al que jamás había oído mencionar siquiera… o si supe alguna vez de él fue para no saber nada en absoluto, pues hasta entonces sólo sabía —y deficiente, precariamente— de los escasos autores y los improbables libros que habían desfilado por mi distracción gracias a alguna profesora que tuvo fe en proponérselo. ¿Poesía, además? No tenía la menor idea de que pudiera ser algo como eso. ¿Y por qué Juan Olvera hizo lo que hizo? Cada que pienso cómo aprovecharía yo la máquina del tiempo, me dirijo sin dudarlo a esa noche de 1986 para esperar a Olvera a la salida de Stereo Soul, en la calle de Pablo Casals, en la colonia Prados Providencia, de Guadalajara, y preguntárselo.
«El bastón, las monedas, el llavero». Como un ensalmo de utilidad desconocida o intuyendo, quizá, que en ellas se cifraba un conjuro o un salvoconducto para acceder a un misterio, repitiéndome esas palabras al día siguiente (o fue el lunes, más probablemente: cuanto antes, en todo caso) entré por primera vez, por mi cuenta, a una librería. Quiero decir: no me movía la necesidad de comprar un libro para la escuela, y además en esas ocasiones —tenía catorce años— había ido siempre en compañía de mis papás. Así que fui a la primera que se me ocurrió, que no quedaba lejos de mi casa, en el centro: la Casarrubias, en la esquina de Donato Guerra y López Cotilla. Y fue una suerte, porque Alejandro Casarrubias, su admirable dueño, había dispuesto que el establecimiento permitiera a sus clientes elegir con libertad, sin tener que solicitar los libros a los empleados, mostrador de por medio (como entonces funcionaban la Carlos Moya o la Font, también en López Cotilla). Esa innovación o temeridad de don Alejandro hizo posible que, en mi abrumadora ignorancia, no tuviera más que guiarme por el elemental orden alfabético y fuera sin más a la B, y encontrara ahí el apellido que también misteriosamente había retenido. Y entonces tomé El Aleph —y ya se sabe que leer el cuento que da título a ese libro equivale, no sé si ineluctablemente, pero en mi caso así fue, a ver el aleph.
(Aquí lo tengo: en la imagen es el primero de los muchos volúmenes que con el paso del tiempo se fueron alineando junto a él; está casi desencuadernado del todo y, aunque sus páginas amarillean —«Hay un color que no me ha sido infiel, el color amarillo», escribió Borges acerca de su ceguera—, es dable confiar en que se borrarán después que yo).
Hace, hoy, cuarenta años. Nunca volví a dibujar. En lugar de eso, seguí leyendo —luego, no sé si malamente o buenamente, me puse a escribir—.
«El bastón, las monedas, el llavero…», continúo repitiéndome, de memoria. Tampoco sé si algún día me será concedido saber qué significan esas palabras. O acaso será lo mejor: seguir buscando su sentido.
(La fotografía enmarcada en la imagen fue tomada en una visita de Borges a México, cuando Juan José Arreola lo llevó a la peluquería. En la recepción del hotel, contaba Arreola, Borges preguntó: «¿Dónde puedo encontrar un peluquero?». «Querrá usted decir un estilista», le respondió el empleado. «¡No, estilista soy yo!»).