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A volar

Como van las cosas, estudiar Filosofía pronto no parecerá tan mala elección.
Cuando estudié Letras me tocaba tomar clases con compañeros de otras carreras. El primer día, al presentarnos, uno explicó con toda seriedad que había elegido Filosofía porque su propósito era volar. No era metáfora de nada: él quería sostenerse en el aire, en posición de flor de loto, y así desplazarse por la vida. De eso hace casi tres décadas. De acuerdo con la nota publicada antier por MURAL, si hubiéramos estado en una universidad privada, a aquel compañero le harían falta ahora unos ocho años para terminar de pagar sus estudios. Eso, claro, si hubiera conseguido ya no digamos volar, sino ganar un sueldo por eso —aunque lo cierto es que no habría tenido grandes dificultades: más realista que otros que estábamos ahí sin saber muy bien por qué, el aspirante a volador era agiotista, y vivía de hacernos préstamos y cobrarlos con intereses sañudos—.
Según la información publicada, quienes más riesgo corren de estar desempleados o vivir en la informalidad son quienes estudian veterinaria, más que los que eligieron algo de cuanto se engloba dentro de las Bellas Artes. Si esto es raro, lo es más que aparentemente no haya tanta chamba para un criminólogo como para un filósofo. En México. En todo caso, estudiar Filosofía, o cualquier otra disciplina perteneciente a las Humanidades sigue teniendo mala fama, sobre todo en una sociedad abocada al frenesí de la productividad y lastrada por prejuicios añejos. Pero hay esto: hace poco, Jack Ma, el fundador de Alibaba —uno de esos tipos que pueden saber mejor que el resto de los mortales para dónde va el mundo, en gran medida porque son ellos los que llevan el volante: los políticos, los académicos y el resto de los mortales somos nomás sus pasajeros—, dijo que, en vista de la velocidad de los adelantos tecnológicos, que irán haciendo cada vez más prescindible la intervención humana en todos los rincones de todas las industrias, una de las profesiones en las que él ve más futuro es Filosofía. Porque hará falta quien piense qué diablos estamos haciendo —cosa que a los robots nomás no se les da—.
No sé si aquel camarada haya conseguido volar. Ojalá. Lo que sí es que, en un futuro no muy lejano, trabajo no tendría por qué faltarle.
@JI_Carranza
Publicado el 8 de febrero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural
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Taxis

Un cambio del paisaje, como el color de los taxis tapatíos, es un borrón de la memoria.
Estos días he estado recordando al señor Lomelí. Era taxista del sitio 3, en el Jardín de Aranzazú, hace treinta y tantos años. Andaría rondando, entonces, la sesentena, aunque quizás era más joven: pertenecía a esa especie de personas cuyo comportamiento parece tenerlas siempre descolocadas en el presente, como si provinieran de otra época, y eso les imprime una pátina de eternidad. Si hoy me encontrara al señor Lomelí, no me sorprendería verlo con el mismo aspecto y conduciéndose del mismo modo que tanto me llamaba la atención de niño. Era un hombre muy atento, cordial, sonriente —alguna vez supe que tenía a la esposa enferma de muchos años, las horas que no estaba tras el volante las dedicaba a cuidarla, y esa circunstancia triste me volvía más asombrosa su sonrisa—, de trato fácil y plática sabrosa. Su arreglo se condecía con esos modos: siempre camisa de manga larga, pantalón bien planchado, zapatos que hacía brillar con los boleros del jardín. (Todo esto lo dejaba un poco al margen del corrillo de taxistas que esperaban pasaje en el sitio).
Como prolongación natural de su persona, el coche que manejaba no sólo estaba siempre impecable, sino que daba la impresión de rodar con suavidad sobrenatural sobre una suspensión notablemente muelle, sin ir jamás a velocidades excesivas —meter el acelerador irresponsablemente es indicio de estupidez y prueba de cómo se desprecia a los demás, se querría matarlos a todos: el señor Lomelí era el absoluto contrario de un estúpido o de un asesino—. Era un Caprice, de comienzos de los 80: amplio, con vestiduras y alfombra azules, palanca al volante, magnífico. Un carrazo.
En la casa nunca tuvimos coche, así que no era raro que tomáramos taxi. Mi papá se llevaba muy bien con el señor Lomelí, y por lo general tocaba que fuera él quien pasaba por nosotros.
Yo me iba adelante, viéndolo manejar, fascinado, como si fuera en la cabina del Concorde. Y ahora recupero su estampa porque, de no hacerlo, puede que acabe perdiéndola. Los taxis tapatíos ya no serán amarillos con azul.
Por cambios como éste es por donde empieza a decolorarse nuestra memoria.
@JI_Carranza
Publicado el 1 de febrero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural
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Ibargüengoitia

El mejor de todos. Ahí están los libros que alcanzó a escribir. Y con ellos basta.
Al final de la película Salón México, de 1948, vemos al policía noble (interpretado por ese prodigio que era Miguel Inclán) prender un cigarro, lanzar al cielo una mirada cargada de misterio y, por último, meterse al tugurio, cuya entrada la preside un cuadro con la bandera. No sabemos qué irá a pasarle, luego de tantas desventuras. ¿Seguirá siendo honrado? ¿Se ha resignado a corromperse? Mientras, suena el «Danzón Juárez»: «Juárez no debió de morir, / ¡ay!, de morir…», y luego los versos tautológicos: «Porque si Juárez no hubiera muerto / todavía viviría», más famosos que los que siguen: «otro gallo cantaría, / la Patria se salvaría, / México sería feliz».
Siempre me ha gustado esa suposición descabellada, al margen de que Juárez haya o no debido ser eterno —un amigo mixe me ha hecho ver cómo en gran medida los pueblos indígenas lo tienen por un traidor—; creo que ejemplifica óptimamente cómo fraguamos nuestras esperanzas: del modo más insensato. He estado tarareando ese danzón estos días porque una esperanza parecida (inservible, defraudada para siempre porque pide que no se hubiera muerto alguien que ya se murió) ha sido coreada por muchos que recuerdan a Jorge Ibargüengoitia como, justamente, alguien que no debió morir. ¡Lo que estaría escribiendo!, se repite, ¡cómo estaría pasándosela de lo lindo con los despropósitos de la vida nacional y con los desfiguros de sus protagonistas más conspicuos! ¡Qué falta nos hace! (De paso: parece que el libro suyo que más tienen presente estos esperanzados es Instrucciones para vivir en México. ¿Habría que recordarles que tiene otros?).
Yo no lo dudo: juro que Ibargüengoitia ha sido el lector más agudo de lo que somos y que es el escritor mexicano más divertido que ha existido. Pocos me han hecho tan feliz como él. Pero la triste verdad es que se murió hace algo más de 34 años, y ni la literatura ni el periodismo en México han parido a quien lo releve. Y de eso no tiene la culpa él por haberse muerto tan pronto. Insistir en cuánta falta nos hace implica, de algún modo, que los libros que dejó no bastan por sí solos para maravillarse y para entendernos muchísimo mejor que si no los leyéramos. ¿Los estamos leyendo deveras?
@JI_Carranza
Publicado el 25 de enero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural
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Pérez Prado

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De perros

La paz de los demás no es cosa que importe a quien tampoco le importan sus mascotas
No es hora aún de abrir los ojos, pero ya los abrió, y también su hociquito chillón, el perrito de los vecinos de dos pisos más abajo. El edificio tiene un patio central, una magnífica caja de resonancia para que los ladridos se amplifiquen a esa hora, lo mismo que cada que a los vecinos les dé la gana de dejar al perrito en el balcón que da a ese patio. Poco después, el perrote de otros vecinos, los del departamento de al lado, empieza su concierto, en el balcón que da a la calle, cuando sus dueños se largan y lo dejan enloquecer en ese balcón todo el día. Otro vecino tiene cuatro perros, de diversos tamaños y sonoridades, que al menos tres veces al día hace bajar en el elevador, no sin que antes alboroten todo lo que quieren por los pasillos (y, a menudo, meen el elevador). En otro balcón vive un perro más, fúrico con todo el mundo que pasa por la calle, y ladra, incontenible, todo el día, y jamás he visto que su dueña haga nada por calmarlo. Hay todavía otros perros en el edificio para completar una jauría de al menos 16. Al departamento del otro lado (no al del perrote, aunque ahí también llegó uno más) trajeron hace poco un perrito nuevo, asaz neurótico, y su dueña de inmediato atinó a dejarlo solo todo el tiempo en la zotehuela cuyo ventanuco da a nuestro balcón.
No voy a alegar nada contra el hecho de que a los vecinos les guste tener perros. Pero sí creo, por una parte, que los vecinos son pasmosamente crueles al permitir que sus mascotas se queden solas, en espacios mínimos, encolerizadas o aterradas o sencillamente tristes, y desquitándose a ladridos contra la vida miserable que sus dueños les dan. Y, por otra parte, creo que en la indiferencia de los dueños por los escándalos que hacen sus perros hay una prueba (por si faltaran, en esta sociedad violentamente enfrentada a sí misma por las razones más nimias, donde todos vemos al otro como estorbo o enemigo) de que el respeto por la convivencia pacífica y por la tranquilidad de quienes viven junto a nosotros es una ilusión perdida. Que nadie haga nada por librarnos —a todos— de los ladridos incesantes, y sobre todo a deshoras, deja muy claro que les importamos muy poco, tan poco como sus perros.
@JI_Carranza
Publicado el 18 de enero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural
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Uno y uno

Apenas me alisto a exponer lo siguiente, ya estoy arrepintiéndome. ¿Debería callarme el secreto que he descubierto? No lo sé: yo estoy disfrutando de sus beneficios, aunque quizás pregonarlo traiga un beneficio para la colectividad, y tal vez así este puerco mundo sea mejor… aunque también puede que resulte todo lo contrario: si el mundo es puerco, en gran medida es porque no sabemos cómo utilizar el conocimiento para el bien. Ya se verá.
Al ir en coche por López Mateos, ahora que están poniendo ahí concreto del llamado hidráulico, el tráfico se embota inevitablemente y, sin remedio, uno es proclive a lo mismo: al desplazarse a medio kilómetro por hora, cuando ya se renunció a toda puntualidad y, por tanto, la prisa y sus angustias implotan, el entendimiento queda neutralizado y sólo se conserva la actividad cerebral indispensable para cambiar de primera a neutral, de neutral a primera, quizás para seguir respirando, para cambiarle al radio si suena la nauseabunda tonadita naranja. Sin embargo, de repente sobreviene una intuición, que parece resolverse en un descubrimiento pasmoso, inverosímil: parece —pero sólo parece, por lo pronto— que es posible avanzar con mayor rapidez. Hay que escoger una referencia: al lado va una camioneta tarada y cretina: ¡ésa! En cuestión de segundos se ve que ha quedado atrás. Pasa, digamos, un minuto, y ya no se alcanza a verla por el retrovisor. ¡Nos movemos! ¡Avanzamos, a mayor velocidad que los del otro carril! Lo que habría consumido diez minutos —recorrer el final del túnel de Las Rosas, llegar a su salida pasandito Plaza del Ángel— se lleva sólo dos. O tres. U ocho, bueno, no lo sé con precisión, pero sí sé que ha sido menos tiempo del que le tomó a la camionetota melolenga. ¿Qué está sucediendo? ¿Hemos encontrado la solución para no formar parte de esa lenta pasta de coches que con tanta pena se exprime a lo largo de la avenida?
Así es. Y ésta es la explicación.
(Aquí es donde dudo en brindarla, pues, de propalarse este conocimiento, cabe el riesgo de que, cada mañana, cada vez más automovilistas, avispados como yo, sepan qué hacer, y entonces todos estaremos haciendo lo mismo, y todo se habrá ido al carajo y nos encontraremos nuevamente varados todos, por tomar la misma decisión al mismo tiempo. Pero quiero atenerme a la verdad última que sustenta mi descubrimiento: el hecho de que la gente es necia y no sólo no entiende razones, sino que además —dada la hostilidad imperante en un medio tan opresivo para el espíritu como un embotellamiento en hora pico— ya nadie, o casi nadie, puede concederse ninguna mínima confianza en la buena voluntad de los demás, pues tal es el otro componente de lo que descubrí, la evidencia de que, a final de cuentas, no somos tan cretinos ni tan miserables como pensamos, y en última instancia, esa misma buena voluntad es lo que me mueve ahora a informar de mi hallazgo, por si alguien queda que quiera creerme y valerse de él: me lo va a agradecer).
La explicación: dos filas de coches avanzan a vuelta de rueda. La causa es que, al llegar al punto en que arrancan las obras, o tantito antes, de los dos carriles tendrá que quedar sólo uno, para que el tráfico salga del arroyo central de la avenida hacia la lateral. Vamos, digamos, de la Minerva a Plaza del Sol. Al salir del túnel de Las Rosas, habrá que salir a la lateral (a la derecha, obviamente: el hecho de que haya que detenerse a hacer estas precisiones acaso sea un indicio de que mi confianza en la gente no es tanta, ya nunca lo será), para avanzar así hasta que sea posible ingresar de nuevo a los carriles centrales. Y la cosa es que si uno va por el carril de la derecha (seguimos en los carriles centrales: ¡atentos!), los del izquierdo van queriendo formarse también en él, y se remeten en el primer hueco disponible, temerosos quizás de que ya no podrán hacerlo si se deciden demasiado tarde, en tanto que los que ya iban por el carril derecho no lo abandonarán —¡de pendejos!— pues saben que, llegado el momento, tendrán así más a la mano la salida. De tal modo, los que vamos por el carril izquierdo —¡yo de pendejo me muevo de él!— vemos cómo se despeja, cómo podemos ir dando brinquitos, dejando atrás a la camionetota oligofrénica, mientras otros coches, más adelante de nosotros, medrosos, incapaces de aguantarse tantito, suponen que se fugan del marasmo, cuando en realidad van a caer al atorón del carril derecho.
Hay que resistir, claro, y perseverar. Seguir en el carril izquierdo hasta el fin. Hasta que tope uno con la agente de tránsito —que no sirve para nada, acaso nomás para recordarnos que la ley existe y, por tanto, no debemos acabar matándonos unos a otros— que mira con desgano su celular, más embotada que todos nosotros porque está al rayazo del sol, ya a la salida del túnel, y ¡entonces sí!: cuando tenga uno delante la valla que impide el paso por los carriles centrales y obliga a salirse a la lateral, meterse al carril derecho y deslizarse grácil, gloriosamente, hasta el siguiente atorón. Ahora bien: esto funciona porque, en el fondo, muy en el fondo, en todo automovilista, por hastiado que esté, o cansado, podrido y lleno de odio y de maldad, es posible que haya un último residuo de humanidad que lo haga cedernos el paso en ese momento decisivo. Y, si no lo hace, ni modo, que no nos dé chance: ha de traer mucha prisa por llegar a chingar a su madre. Ya el siguiente lo hará, tendrá esa mínima cortesía, se detendrá un segundo para que lo aprovechemos, y lo haremos, no sin sacar la manita por la ventanilla para agradecerle enseguida, que bien se lo merece: ¿qué le costaba al otro, que llevamos delante, triunfal de seguro por habernos ganado dos metros? Lo dicho: no somos tan cretinos ni tan miserables, no todos, siempre habrá alguien que nos deje pasar. Aún hay esperanza para la civilización del por favor y el con permiso y el pásale y el gracias y uno y uno y llegamos todos.
Quienes van por el carril izquierdo y se precipitan al derecho demasiado pronto lo hacen porque no confían en que, al llegar a la reducción de carriles, alguien les cederá el paso. Los que van por el carril derecho piensan que así saldrán más rápidamente. Unos y otros, los primeros por haber renunciado a creer que todavía existe la civilidad, y los segundos por avorazados y por faltos de imaginación, merecen su castigo lento, y así van rezagándose, mientras los que sepamos esto que acabo de revelar trotaremos felizmente hasta nuestra liberación expedita. Siempre y cuando nos lo callemos y no se lo digamos a nadie, porque entonces todo mundo va a querer. No hay que decírselo a nadie.
JIC
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Dos veces

Me ha pasado dos veces en un lapso de, aproximadamente, tres meses. Tal frecuencia es escandalosa, opino.
La primera vez me pasó por pendejo y la segunda vez me pasó por pendejo.
Éste es el cuadro: pido un café para llevar, me es servido con toda diligencia, ya estoy saboreándomelo, lo endulzo con primor —lo siento: soy de los que edulcoran el recio brebaje, a despecho de las admoniciones pedantes de sibaritas que hallan deleitoso el amargor—, bato con pajilla si las hay, y, si no, con una cucharita, y al momento de colocar la tapa —son vasos de cartón, se supone que han de embonarles las tapas de plástico tan bien que uno no se queme los dedos al tomar camino, si bien el agujerito de las tapas siempre deja escapar algunas gotas que escuecen las yemas… y ¡ojo!, dicho sea de paso, tal agujerito es conveniente usarlo con precaución llegado el momento de dar el primer sorbo, si no quiere uno quemarse el hocico—…
Al momento de colocar la tapa, ¡mierda!, vuelco el vaso y hago un charco ardiente y de inmediato inmundo sobre la barra, todo chorrea y por todos lados, y pasado el instante de pasmo —sostengo la tapa inútil y presencio el tsunami enloquecido, trato quizás de levantar el vaso pero en vano: ya dejó ir hasta la última gota del café que me saboreaba y desde luego había pagado: alrededor de veintiocho pesos vueltos un lodo lamentable ya que el escurrimiento va jalando el charco hasta el piso—, ya que la marcha cruel del mundo se reanuda y estoy manoteando con las primeras servilletas a mi alcance y los circunstantes que podrían verse salpicados se alejan de mi desastre y el charco sobre la barra y el charco en el piso no hacen sino crecer y arrasar con las reservas de dignidad que pudieron haberme hecho levantarme esa mañana en que no preví lo que se avecinaba llegada la hora fatal de ir a comprarme un café, se me revuelven dos sentimientos (o bien tres), parejos en lo muy apropiados que son para experimentarlos en situación semejante: uno, la desdicha de haberme quedado sin el rico café que ya no me espera en el horizonte hostil de esa tarde aborrecida; dos, la vergüenza poderosa que me lleva a pedir «un trapito» para tratar de erradicar la conflagración asquerosa que causé; tres, la autoincriminación —pues si me pasó eso fue por pendejo, no porque el vaso o la tapa estuvieran mal hechos, ni tampoco por ninguna otra razón atribuible a nada que no fuera mi inoperancia como tapador de vasos de café para llevar.
Despojado, avergonzado y odiándome intensamente —por pendejo—, en ambas ocasiones hube, sin embargo, de presenciar el mismo prodigio, un acceso directo a la renovación de mi fe en la humanidad (no tanto en la mía, pues nada me asegura, lo pienso ahora, que más temprano o más tarde no vuelva a pasarme lo mismo que esas dos veces, tirar el café recién comprado, por pendejo y nada más que por pendejo). El dependiente, la primera vez, un muchacho que hasta entonces habría tenido por huraño, y luego ya nunca, y la dependiente, la segunda vez, una muchacha que si bien no era huraña tampoco me habría parecido un dechado de bonhomía, me dijeron, una vez y otra: «No se preocupe: déjelo, yo limpio», y acto seguido ya estaban preparándome otra vez un café, y extendiéndoselo de nuevo a mis pendejos dedos, y al preguntarles en cada ocasión cuánto les debía, respondieron —y resplandecían—: «No, no es nada, no se preocupe» (otra vez «no se preocupe», consolándome y alentándome, y cómo no voy a preocuparme, si tan dado soy a aceptar cómo el mundo está podrido y ellos vienen a demostrarme qué equivocado estoy: ¿qué va a ser, con gente así como ellos, de los roñosos que vamos por la vida convencidos de que los semejantes sólo podrían darnos más y más motivos para nuestras tirrias ridículas y nuestra ansia de lo calamitoso en cada trato con ellos?).
JIC
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Scherezada en el consultorio

Oliver Sacks
«Hablar de enfermedades es una especie de entretenimiento de Las mil y una noches», reza la cita de William Osler elegida por Oliver Sacks para usarla como epígrafe de uno de sus libros más célebres, que lleva un título insuperable: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Osler, como Sacks, era médico (y es considerado, de hecho, el padre de la medicina moderna): ¿qué tienen que hacer estos dos nombres, pues, en el ámbito de la literatura? ¿De dónde ha sacado Sacks, neurólogo, un título tan descabellado? ¿Cómo, en fin, es que el mundo de las enfermedades puede ser comparado con el arte de contar historias que salvó la vida de Scherezada? «La imaginación de la naturaleza», comenzaría a explicar Sacks, «es más rica que la nuestra»: de ahí que él se haya hecho cargo de consignar un vasto repertorio de los hallazgos que le ha deparado el estudio de la naturaleza en libros donde el interés científico va de la mano con la pasión por relatar el drama humano: libros en que constan sus trabajos sobre la investigación de la mente, que se proponen la divulgación del conocimiento al respecto y que, sobre todo, conducen la lectura al ejercicio de la compasión. Los libros de Sacks no son, ciertamente, novelas ni cuentos, pero como las novelas y los cuentos —y, en muchos casos, de modo más incontrovertible—, exponen los misterios más insondables y las maravillas más extraordinarias del espíritu a través de sus protagonistas, que no son otros que los propios pacientes del Dr. Sacks.Nacido en 1933, en Londres, Sacks se mudó a los Estados Unidos al comienzo de los años 60, y ahí se especializó en neurología, en la Universidad de California en Los Ángeles. Desde 1965 es profesor en el Colegio Albert Einstein de Medicina y en la Universidad de Nueva York, y cada martes atiende un consultorio de las Hermanitas de la Caridad. La fama, como suele ocurrir en los casos de quienes no la buscan, le vino de Hollywood, cuando en 1990 la película Despertares, de Penny Marshall y protagonizada por Robin Williams y Robert De Niro, fue nominada para recibir tres óscares. Basada en un libro suyo del mismo título, la cinta contaba la historia de un médico que experimentaba con un grupo de enfermos de encefalitis letárgica, a los que «despertaba» luego de décadas de inmovilidad y postración. Ese médico no era otro que Sacks: un heterodoxo de la clínica psiquiátrica que consiguió, al menos, que sus pacientes recuperaran un atisbo de la vida que les habían negado los procedimientos tradicionales. Tal actitud audaz ha caracterizado también la obra del escritor: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero expone, con la emoción y la delicadeza del mejor novelista, los historiales de 20 pacientes aquejados por trastornos absolutamente insólitos —incluso para la ciencia médica—: un joven que despierta aterrado al descubrir un objeto extraño en su cama (su propia pierna), un viejo marinero para el que el tiempo se ha detenido, un amable profesor de música que, al terminar la consulta a la que acudió por insistencia de su mujer, intenta tomar a ésta para colocársela en la cabeza…
Los laberintos de la mente surten las historias fascinantes que Sacks ha recogido también en otros libros, como Un antropólogo en Marte (título que resume la aflicción de una autista), Veo una voz (sobre el mundo de los sordos) o La isla de los ciegos al color: materia inagotable para la perplejidad, pero también para la mejor comprensión de lo humano. La obra de Sacks va siempre en pos de las manifestaciones más sorprendentes de la naturaleza, como lo demuestra su Diario de Oaxaca: un entrañable testimonio de curiosidad cultural que el autor redactó a lo largo de un viaje a esa tierra cuyo objetivo tenía la observación de helechos. En su sitio de internet (www.oliversacks.com) hay una colección de los temas de que se ha ocupado en sus libros: «envejecimiento», «agnosia», «daño cerebral», «Alzheimer», desde luego; pero también «música», «fantasmas», «historia precolombina», «natación» o «sífilis». En suma, un autor que con sobrada pericia narrativa y con profundidad admirable, en cada una de sus páginas se ocupa infaliblemente de mostrarnos cómo los enigmas más estimulantes y las revelaciones más sorprendentes sobre la vida residen, nada menos, en cada uno de nosotros.
J. I. CarranzaPublicado en Magis.
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El privilegio de oír voces

Antonio Tabucchi
Lo que sería motivo de preocupación para un psiquiatra (y ante todo para el paciente que acude a consultarlo, desde luego), para el escritor Antonio Tabucchi es el principio operativo de su trabajo literario: oír voces. Y no es sólo que éstas lleguen inadvertidamente a su imaginación, a susurrar por encima de su hombro para que las deposite en la página en blanco: él mismo anda a la búsqueda de ellas, y por eso los lugares donde mejor trabaja son los cafés que encuentra en cualquier ciudad, en cualquier país. Atento al bullicio, más temprano que tarde conseguirá atrapar al vuelo una frase, una palabra o, al menos, una inflexión, y en ese hallazgo tendrá el punto de partida para que la imaginación continúe por su cuenta. Lo declara en el arranque de la primera historia de El ángel negro: «A veces puede empezar por un juego, un pequeño juego secreto y casi infantil que sólo tú conoces y que por pudor no dirías nunca a nadie […], basta una frase y decides que es ésa, la extraes de la conversación como un cirujano que coge con las pinzas un jirón de tejido y lo aísla…».Ahora bien: no se trata sólo de las voces obtenidas de las conversaciones ajenas, sino también de las que sobreviven a la precariedad de los sueños: voces que llegan hasta las playas de la vigilia y es posible recoger cuando se ha alejado ya la marea de esa sustancia inaprehensible. Tabucchi cuenta que, cierta mañana parisina, al dar con un café y disponerse a obedecer la costumbre que le manda sacar la pequeña libreta y la pluma que siempre lleva consigo, recuperó la voz de su padre muerto, que había escuchado en un sueño la noche anterior. De esa experiencia surgió Réquiem, su novela más celebrada —aunque no la más célebre—: el delicado registro de un día en Lisboa, una jornada hacia cuyo final se prevé que el protagonista sostenga un encuentro fantástico (pero indudable) con el fantasma de Fernando Pessoa. Escrita en portugués, precisamente, Réquiem es el resultado del sostenido deslumbramiento que la obra de Pessoa ha significado para Tabucchi desde que, en la adolescencia, leyera el poema «Tabaquería» a bordo de un tren. Pero en las voces estábamos: su padre, laringectomizado a causa del cáncer, le habla a Tabucchi en el sueño, y éste entiende que ahí está la clave de una novela: la que recogerá esa voz junto con las que Pessoa distribuyó entre los distintos nombres con que firmaba sus poemas: «¡Si fuera posible traducir en palabras las emociones que suscitaron en nosotros las voces de aquellos a quienes amamos en el curso de nuestras vidas!», se sorprenderá Tabucchi varios años después, en un ensayo a propósito de aquel descubrimiento. Pero lo cierto es que en esta novela, y en el conjunto de su obra, ha triunfado en esa empresa: traducir en palabras cuanto le ocurre por oír voces. En palabras que forman relatos y novelas de delicadeza incomparable, además. (Tabucchi también ha escuchado, y aprovechado, las voces de los sueños de Dédalo, de Ovidio, de Rabelais, de Debussy, de Freud o de García Lorca, en el libro Sueños de Sueños).
La novela más célebre de Tabucchi es Sostiene Pereira (en buena medida gracias a la película de Roberto Faenza: la última en que actuó Marcello Mastroianni): el testimonio que rinde un hombre oscuro y triste que, en un momento decisivo, decidió correr el riesgo del compromiso político. Examen a fondo de la contradicción humana, las respuestas que Pereira va dando a sus interrogadores demuestran que Tabucchi no sólo oye voces, sino que posee además una propia, clara y poderosa, y que está dispuesto a alzarla siempre que no le parezca cómo van las cosas en su país, en Europa o en el mundo, ya que la función del intelectual es «desasosegar, poner a dudar a las personas» y sólo los políticos y los militares se conforman con certezas. Por ello mismo, prefiere que los personajes que pueblan sus libros parezcan perdidos, pues sólo así podrán tener la oportunidad de encontrarse. Lo mismo que sus lectores: «Cuanto más dudes, mejor. Prefiero el insomnio a la anestesia».
La obra de Tabucchi es vasta. Se puede visitarla como se visita un café concurrido, y aplicarse a escuchar. Sin falla, la imaginación y la emoción se verán enormemente recompensadas.
J. I. Carranza
Publicado en Magis.
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Lechuga

Pocos como él. O, más bien, nadie. Pero sí, pocos, muy pocos, de los que quedan, muertos ya Enrique Cuenca, Leonorilda Ochoa, ‘El Borras’, ‘Borolas’, desde luego Chucho Salinas, Amparito Arozamena, ‘Pompín’ Iglesias, Polo Ortín, ‘El Comanche’, Pepe Gálvez… Y el enorme Mauricio Kleiff, que no actuaba, pero escribía lo que muchos de éstos hacían. Entre esos pocos que quedan, claro, están Alejandro Suárez y ‘El Loco’, por supuesto, y Eduardo Manzano, ‘Zamorita’, ‘Chabelo’, la insuperable María Victoria… ¿Quiénes más, quiénes menos? Héctor Lechuga llevaba el oficio esculpido en los rasgos, y nomás con que pusiera la carota le bastaba, pero, además, su comicidad, como en los mejores casos, radicaba en buena medida en una astucia suprema y un sentido agudísimo de la oportunidad. Lo mismo como niño baboso vestido de marinerito que como una de las ‘Hermanitas Mibanco’ (bucles, vestido floreado y las patas peludas con calcetines), o bien al encarnar al ciudadano cualquiera bajo cuya resignada seriedad operaba siempre la sagacidad necesaria para soltar alguna genialidad mordaz, para deslizar algún doble sentido tan sutil como certero, para componer la mueca precisa y desternillante. Puro ingenio, el de Lechuga y el de esos pocos como él. Y pura risa. Y pura tristeza que ya no haya quienes nos atesten así la memoria (esa memoria que termina por definir quiénes somos) con semejante felicidad.
JIC