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Telefilosofía

Todo fuera como en la tele: un profesor de filosofía al que sus alumnos le hacen caso.
No será una serie exitosísima, pero, por su tema, ya es extraordinario incluso que no haya sido cancelada de inmediato por falta de público. Pues lo tiene, y parece que está llamando cada vez más la atención, y también gustando: con frecuencia me encuentro recomendaciones de espectadores entusiastas y hasta de críticos que respeto. Hablo de «Merlí», la producción catalana que va en su tercera temporada, y que tiene por protagonista a un profesor de filosofía que batalla por abrirle espacios a esta materia entre los alumnos y los colegas profesores de una escuela pública —equivalente a la prepa— vamos.
No es que batalle mucho, este profesor, pues la ficción aceita bien las cosas como para que sus alumnos, para empezar, le hagan caso. Los problemillas que enfrenta son atribuibles a su carácter rezongón y socarrón, dado como es a decir lo que piensa y a no tomarse en serio las formas. A su alrededor, los estudiantes —entre los que se cuenta su hijo— van padeciendo las vicisitudes propias de la edad (se supone), entre las que tienen primacía las amorosas, por lo que la trama en general no es muy distinta de las de novelas de adolescentes, y por eso la serie puede hacer desesperar a quien (es mi caso) no aguante mucho el melodrama tontolón. No obstante, si se hace eso a un lado, hay que reconocer que tiene su encanto el abordaje del estudio de la filosofía y cómo los guionistas consiguen entreverar en lo que pasa las consideraciones acerca de autores y escuelas. Creo que en este sentido, bien puede funcionar como divulgación, y ya eso es bastante. Yo no recuerdo bien cómo pudo ser la embarrada de filosofía que debió darme el bachillerato. Tuve dos profesores: uno era un orate que aseguraba que lo perseguían terroristas japoneses con bazucas. El otro, entrañable, era muy bueno para provocar la discusión, pero al frente de más de setenta bestias tenía muy difícil ir más allá de sacudirnos la modorra, y no conservo ningún rastro de los contenidos que tuvimos que ver. En «Merlí», uno se ilusiona con que la filosofía pueda ir dejando huella en los jóvenes que van probándola. Pero, bueno, ya se sabe que lo bonito de las ilusiones es que nos hacen olvidarnos de la aceda realidad.
@JI_Carranza
Publicado el 1 de marzo de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural
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Vuelta al Corona

Los lugares cambian, su vida también. Lo demás es nostalgia, más bien inservible.
Dos mercados nos quedaban cerca (vivíamos en las Nueve Esquinas). Si mi mamá prefería el Corona antes que el de Mexicaltzingo, habrá sido por el recorrido: Galeana-Santa Mónica siempre ha sido una calle muy sabrosa para lerendear —verbo tapatío: ir bobeando por una zona o plaza comercial, sin necesariamente comprar nada—. La visita empezaba por una pollería de la planta baja, luego la rampa hasta las carnicerías, las pescaderías y las verduras, y acababa con un jugo de zanahoria al lado de la fuente (siempre apagada) que había dentro del perímetro delimitado por la balaustrada que se esfumó con el incendio de hace cuatro años —donde también estaba el Amo Torres, todavía con su espada—. Lo que en la infancia fue rutina y hasta tedio, pasado el tiempo termina por darle forma a lo más extraordinario que recordamos.
Poco después de que se inaugurara el nuevo Mercado Corona, mi primera impresión era que aquello extraordinario que yo recordaba (la mera vida ordinaria) difícilmente podría ocurrir de nuevo ahí. El edificio me pareció monstruoso y hostil: por la pequeñez de sus espacios, por el vacío que aún lo poblaba, pero sobre todo porque en su implantación (y su imposición) se materializaba la desaparición del viejo mercado, que, aunque feo y cochino y explosivo, tenía el carácter que sólo puede dar el uso de las generaciones. (Así pasa, pienso, con los sitios en que se cifra realmente la vida de la Ciudad: por ruinosos que puedan ser, si la gente los usa y los quiere, eso es suficiente para volverlos imprescindibles e incluso entrañables).
El otro día volví. Y, para mi asombro, vi que volvió también la vida a ese lugar. Es, ciertamente, una vida distinta, pero bulle dentro y alrededor del mercado, y se ha apropiado de él. Hay problemas, claro: el estacionamiento es siniestro, los pasillos están más apretujados, la limpieza no existe y hay basura por todos lados. Pero resulta que el jardín que ha ido creciéndole enfrente, por Hidalgo, es muy grato, y que la gente lo disfruta y todo mundo puede lerendear de lo lindo. Al Amo Torres no le han devuelto su espada, ni al mercado su balaustrada. Tal vez algún día regresen. Pero, también, tal vez no sea indispensable.
@JI_Carranza
Publicado el 22 de febrero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural
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Vamos al Centro

¿Devolverle la vida al centro de Guadalajara? Si vida es lo que le sobra.
Sábado al mediodía. Va uno bajando por Pedro Moreno, tranquilamente (sí, con cierta lentitud porque hay algo de tráfico, pero nada del otro mundo), y, de repente, en la esquina con Federalismo, se topa con una multitud que todavía una cuadra antes habría parecido insospechable. Sale, la gente, desde el Parque de la Revolución en todas direcciones, como si ahí operara la fábrica de los miles de humanos que van a atestar el Centro (bueno, la estación del Tren Ligero de algún modo es eso: si no la fábrica, sí una fuente nutrida por los manantiales que desembocan en ella desde el sur, el norte y el oriente). Y, al seguir bajando —la meta es llegar a las zapaterías de Galeana—, la multitud irá espesándose, rellenando avenidas y calles, especialmente las peatonales. Como si toda la gente de Guadalajara hubiera querido ir ese día al Centro.
Pasa, claro, en todas las grandes ciudades. Y malo el día en que no sea así: cuando el pánico a la influenza, en 2009, el centro tapatío llegó a verse desierto, y era siniestro. Si el gentío no está en lo suyo, pululando por el corazón de la ciudad, quiere decir que algo apocalíptico ha pasado. Así que ciertamente había razones para la alegría al ir abriéndonos paso entre tanta la masa calmuda o estorbosa -después de todo no teníamos prisa, y eso es un lujo que se olvida apreciar—, incluso cuando nos dio por ver un rato a los payasitos manchados de la Plaza de las Sombrillas —ser tapatío es aferrarse a los nombres viejos: yo sigo diciendo Tepic en lugar de Francisco Javier Gamboa, y Tolsa (sin acento) en lugar de Enrique Díaz de León; no llego al extremo de llamarle Lafayette a Chapultepec, tan viejo no estoy, pero seguiré refiriéndome a la Glorieta del Charro aun cuando ya no haya ni glorieta ni charro, etcétera.
Finalmente, una pausa en la Plaza de los Laureles (ahí está otro caso: no Plaza Guadalajara). Y, entonces, la felicidad: unas donitas apestosas de los portales (misterio insondable: si es tal la hediondez del aceite en que las fríen, ¿por qué saben tan ricas?). Viendo pasar a la gente. Y cómo se saca fotos delante de Catedral. O se sienta junto a la fuente en cuyo centro está la perlota tapatía. Bien a gusto.
@JI_Carranza
Publicado el 15 de febrero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural
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Apartado postal

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A volar

Como van las cosas, estudiar Filosofía pronto no parecerá tan mala elección.
Cuando estudié Letras me tocaba tomar clases con compañeros de otras carreras. El primer día, al presentarnos, uno explicó con toda seriedad que había elegido Filosofía porque su propósito era volar. No era metáfora de nada: él quería sostenerse en el aire, en posición de flor de loto, y así desplazarse por la vida. De eso hace casi tres décadas. De acuerdo con la nota publicada antier por MURAL, si hubiéramos estado en una universidad privada, a aquel compañero le harían falta ahora unos ocho años para terminar de pagar sus estudios. Eso, claro, si hubiera conseguido ya no digamos volar, sino ganar un sueldo por eso —aunque lo cierto es que no habría tenido grandes dificultades: más realista que otros que estábamos ahí sin saber muy bien por qué, el aspirante a volador era agiotista, y vivía de hacernos préstamos y cobrarlos con intereses sañudos—.
Según la información publicada, quienes más riesgo corren de estar desempleados o vivir en la informalidad son quienes estudian veterinaria, más que los que eligieron algo de cuanto se engloba dentro de las Bellas Artes. Si esto es raro, lo es más que aparentemente no haya tanta chamba para un criminólogo como para un filósofo. En México. En todo caso, estudiar Filosofía, o cualquier otra disciplina perteneciente a las Humanidades sigue teniendo mala fama, sobre todo en una sociedad abocada al frenesí de la productividad y lastrada por prejuicios añejos. Pero hay esto: hace poco, Jack Ma, el fundador de Alibaba —uno de esos tipos que pueden saber mejor que el resto de los mortales para dónde va el mundo, en gran medida porque son ellos los que llevan el volante: los políticos, los académicos y el resto de los mortales somos nomás sus pasajeros—, dijo que, en vista de la velocidad de los adelantos tecnológicos, que irán haciendo cada vez más prescindible la intervención humana en todos los rincones de todas las industrias, una de las profesiones en las que él ve más futuro es Filosofía. Porque hará falta quien piense qué diablos estamos haciendo —cosa que a los robots nomás no se les da—.
No sé si aquel camarada haya conseguido volar. Ojalá. Lo que sí es que, en un futuro no muy lejano, trabajo no tendría por qué faltarle.
@JI_Carranza
Publicado el 8 de febrero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural
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Taxis

Un cambio del paisaje, como el color de los taxis tapatíos, es un borrón de la memoria.
Estos días he estado recordando al señor Lomelí. Era taxista del sitio 3, en el Jardín de Aranzazú, hace treinta y tantos años. Andaría rondando, entonces, la sesentena, aunque quizás era más joven: pertenecía a esa especie de personas cuyo comportamiento parece tenerlas siempre descolocadas en el presente, como si provinieran de otra época, y eso les imprime una pátina de eternidad. Si hoy me encontrara al señor Lomelí, no me sorprendería verlo con el mismo aspecto y conduciéndose del mismo modo que tanto me llamaba la atención de niño. Era un hombre muy atento, cordial, sonriente —alguna vez supe que tenía a la esposa enferma de muchos años, las horas que no estaba tras el volante las dedicaba a cuidarla, y esa circunstancia triste me volvía más asombrosa su sonrisa—, de trato fácil y plática sabrosa. Su arreglo se condecía con esos modos: siempre camisa de manga larga, pantalón bien planchado, zapatos que hacía brillar con los boleros del jardín. (Todo esto lo dejaba un poco al margen del corrillo de taxistas que esperaban pasaje en el sitio).
Como prolongación natural de su persona, el coche que manejaba no sólo estaba siempre impecable, sino que daba la impresión de rodar con suavidad sobrenatural sobre una suspensión notablemente muelle, sin ir jamás a velocidades excesivas —meter el acelerador irresponsablemente es indicio de estupidez y prueba de cómo se desprecia a los demás, se querría matarlos a todos: el señor Lomelí era el absoluto contrario de un estúpido o de un asesino—. Era un Caprice, de comienzos de los 80: amplio, con vestiduras y alfombra azules, palanca al volante, magnífico. Un carrazo.
En la casa nunca tuvimos coche, así que no era raro que tomáramos taxi. Mi papá se llevaba muy bien con el señor Lomelí, y por lo general tocaba que fuera él quien pasaba por nosotros.
Yo me iba adelante, viéndolo manejar, fascinado, como si fuera en la cabina del Concorde. Y ahora recupero su estampa porque, de no hacerlo, puede que acabe perdiéndola. Los taxis tapatíos ya no serán amarillos con azul.
Por cambios como éste es por donde empieza a decolorarse nuestra memoria.
@JI_Carranza
Publicado el 1 de febrero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural
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Ibargüengoitia

El mejor de todos. Ahí están los libros que alcanzó a escribir. Y con ellos basta.
Al final de la película Salón México, de 1948, vemos al policía noble (interpretado por ese prodigio que era Miguel Inclán) prender un cigarro, lanzar al cielo una mirada cargada de misterio y, por último, meterse al tugurio, cuya entrada la preside un cuadro con la bandera. No sabemos qué irá a pasarle, luego de tantas desventuras. ¿Seguirá siendo honrado? ¿Se ha resignado a corromperse? Mientras, suena el «Danzón Juárez»: «Juárez no debió de morir, / ¡ay!, de morir…», y luego los versos tautológicos: «Porque si Juárez no hubiera muerto / todavía viviría», más famosos que los que siguen: «otro gallo cantaría, / la Patria se salvaría, / México sería feliz».
Siempre me ha gustado esa suposición descabellada, al margen de que Juárez haya o no debido ser eterno —un amigo mixe me ha hecho ver cómo en gran medida los pueblos indígenas lo tienen por un traidor—; creo que ejemplifica óptimamente cómo fraguamos nuestras esperanzas: del modo más insensato. He estado tarareando ese danzón estos días porque una esperanza parecida (inservible, defraudada para siempre porque pide que no se hubiera muerto alguien que ya se murió) ha sido coreada por muchos que recuerdan a Jorge Ibargüengoitia como, justamente, alguien que no debió morir. ¡Lo que estaría escribiendo!, se repite, ¡cómo estaría pasándosela de lo lindo con los despropósitos de la vida nacional y con los desfiguros de sus protagonistas más conspicuos! ¡Qué falta nos hace! (De paso: parece que el libro suyo que más tienen presente estos esperanzados es Instrucciones para vivir en México. ¿Habría que recordarles que tiene otros?).
Yo no lo dudo: juro que Ibargüengoitia ha sido el lector más agudo de lo que somos y que es el escritor mexicano más divertido que ha existido. Pocos me han hecho tan feliz como él. Pero la triste verdad es que se murió hace algo más de 34 años, y ni la literatura ni el periodismo en México han parido a quien lo releve. Y de eso no tiene la culpa él por haberse muerto tan pronto. Insistir en cuánta falta nos hace implica, de algún modo, que los libros que dejó no bastan por sí solos para maravillarse y para entendernos muchísimo mejor que si no los leyéramos. ¿Los estamos leyendo deveras?
@JI_Carranza
Publicado el 25 de enero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural
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Pérez Prado

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De perros

La paz de los demás no es cosa que importe a quien tampoco le importan sus mascotas
No es hora aún de abrir los ojos, pero ya los abrió, y también su hociquito chillón, el perrito de los vecinos de dos pisos más abajo. El edificio tiene un patio central, una magnífica caja de resonancia para que los ladridos se amplifiquen a esa hora, lo mismo que cada que a los vecinos les dé la gana de dejar al perrito en el balcón que da a ese patio. Poco después, el perrote de otros vecinos, los del departamento de al lado, empieza su concierto, en el balcón que da a la calle, cuando sus dueños se largan y lo dejan enloquecer en ese balcón todo el día. Otro vecino tiene cuatro perros, de diversos tamaños y sonoridades, que al menos tres veces al día hace bajar en el elevador, no sin que antes alboroten todo lo que quieren por los pasillos (y, a menudo, meen el elevador). En otro balcón vive un perro más, fúrico con todo el mundo que pasa por la calle, y ladra, incontenible, todo el día, y jamás he visto que su dueña haga nada por calmarlo. Hay todavía otros perros en el edificio para completar una jauría de al menos 16. Al departamento del otro lado (no al del perrote, aunque ahí también llegó uno más) trajeron hace poco un perrito nuevo, asaz neurótico, y su dueña de inmediato atinó a dejarlo solo todo el tiempo en la zotehuela cuyo ventanuco da a nuestro balcón.
No voy a alegar nada contra el hecho de que a los vecinos les guste tener perros. Pero sí creo, por una parte, que los vecinos son pasmosamente crueles al permitir que sus mascotas se queden solas, en espacios mínimos, encolerizadas o aterradas o sencillamente tristes, y desquitándose a ladridos contra la vida miserable que sus dueños les dan. Y, por otra parte, creo que en la indiferencia de los dueños por los escándalos que hacen sus perros hay una prueba (por si faltaran, en esta sociedad violentamente enfrentada a sí misma por las razones más nimias, donde todos vemos al otro como estorbo o enemigo) de que el respeto por la convivencia pacífica y por la tranquilidad de quienes viven junto a nosotros es una ilusión perdida. Que nadie haga nada por librarnos —a todos— de los ladridos incesantes, y sobre todo a deshoras, deja muy claro que les importamos muy poco, tan poco como sus perros.
@JI_Carranza
Publicado el 18 de enero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural
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Scherezada en el consultorio

Oliver Sacks
«Hablar de enfermedades es una especie de entretenimiento de Las mil y una noches», reza la cita de William Osler elegida por Oliver Sacks para usarla como epígrafe de uno de sus libros más célebres, que lleva un título insuperable: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Osler, como Sacks, era médico (y es considerado, de hecho, el padre de la medicina moderna): ¿qué tienen que hacer estos dos nombres, pues, en el ámbito de la literatura? ¿De dónde ha sacado Sacks, neurólogo, un título tan descabellado? ¿Cómo, en fin, es que el mundo de las enfermedades puede ser comparado con el arte de contar historias que salvó la vida de Scherezada? «La imaginación de la naturaleza», comenzaría a explicar Sacks, «es más rica que la nuestra»: de ahí que él se haya hecho cargo de consignar un vasto repertorio de los hallazgos que le ha deparado el estudio de la naturaleza en libros donde el interés científico va de la mano con la pasión por relatar el drama humano: libros en que constan sus trabajos sobre la investigación de la mente, que se proponen la divulgación del conocimiento al respecto y que, sobre todo, conducen la lectura al ejercicio de la compasión. Los libros de Sacks no son, ciertamente, novelas ni cuentos, pero como las novelas y los cuentos —y, en muchos casos, de modo más incontrovertible—, exponen los misterios más insondables y las maravillas más extraordinarias del espíritu a través de sus protagonistas, que no son otros que los propios pacientes del Dr. Sacks.Nacido en 1933, en Londres, Sacks se mudó a los Estados Unidos al comienzo de los años 60, y ahí se especializó en neurología, en la Universidad de California en Los Ángeles. Desde 1965 es profesor en el Colegio Albert Einstein de Medicina y en la Universidad de Nueva York, y cada martes atiende un consultorio de las Hermanitas de la Caridad. La fama, como suele ocurrir en los casos de quienes no la buscan, le vino de Hollywood, cuando en 1990 la película Despertares, de Penny Marshall y protagonizada por Robin Williams y Robert De Niro, fue nominada para recibir tres óscares. Basada en un libro suyo del mismo título, la cinta contaba la historia de un médico que experimentaba con un grupo de enfermos de encefalitis letárgica, a los que «despertaba» luego de décadas de inmovilidad y postración. Ese médico no era otro que Sacks: un heterodoxo de la clínica psiquiátrica que consiguió, al menos, que sus pacientes recuperaran un atisbo de la vida que les habían negado los procedimientos tradicionales. Tal actitud audaz ha caracterizado también la obra del escritor: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero expone, con la emoción y la delicadeza del mejor novelista, los historiales de 20 pacientes aquejados por trastornos absolutamente insólitos —incluso para la ciencia médica—: un joven que despierta aterrado al descubrir un objeto extraño en su cama (su propia pierna), un viejo marinero para el que el tiempo se ha detenido, un amable profesor de música que, al terminar la consulta a la que acudió por insistencia de su mujer, intenta tomar a ésta para colocársela en la cabeza…
Los laberintos de la mente surten las historias fascinantes que Sacks ha recogido también en otros libros, como Un antropólogo en Marte (título que resume la aflicción de una autista), Veo una voz (sobre el mundo de los sordos) o La isla de los ciegos al color: materia inagotable para la perplejidad, pero también para la mejor comprensión de lo humano. La obra de Sacks va siempre en pos de las manifestaciones más sorprendentes de la naturaleza, como lo demuestra su Diario de Oaxaca: un entrañable testimonio de curiosidad cultural que el autor redactó a lo largo de un viaje a esa tierra cuyo objetivo tenía la observación de helechos. En su sitio de internet (www.oliversacks.com) hay una colección de los temas de que se ha ocupado en sus libros: «envejecimiento», «agnosia», «daño cerebral», «Alzheimer», desde luego; pero también «música», «fantasmas», «historia precolombina», «natación» o «sífilis». En suma, un autor que con sobrada pericia narrativa y con profundidad admirable, en cada una de sus páginas se ocupa infaliblemente de mostrarnos cómo los enigmas más estimulantes y las revelaciones más sorprendentes sobre la vida residen, nada menos, en cada uno de nosotros.
J. I. CarranzaPublicado en Magis.
