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Abandono

Tal vez todo empiece con el vidrio de una ventana rota; luego, un agujero en una cortina metálica, en una puerta, en un muro, al mismo tiempo que la progresiva infestación del grafiti, esa hiedra en aerosol que va creciendo y cubriendo las fachadas día tras día, como emergiendo de la mugre y la basura y confundiéndose con la maraña de árboles, arbustos y hierbas, en una proliferación paulatina de tierra, charcos, ratas, mierda, más basura, ante la que hay que pasar sobre banquetas despedazadas, una finca tras otra, cuadra tras cuadra, por todos los rumbos. Casas, comercios, talleres, fábricas, bodegas, locales que ya no puede saberse qué fueron, baldíos que parecen generarse espontáneamente, de un día para otro, y tener ya años ahí; bardas que están por caerse o ya se cayeron, hacia la calle o hacia dentro, edificios que es imposible saber cómo se sostienen, eviscerados y repletos de soledad y oscuridad y peligro…
¿Cómo se explica el triunfo de la ruina en el paisaje tapatío? Imagino que habrá causas bien identificadas, y que principalmente tendrán que ver con las dificultades económicas de los últimos años (una de las huellas más perdurables de la pandemia es la cantidad de negocios que no pudieron sobrevivir) , pero también con los mecanismos del miedo que obligan al desplazamiento de las personas y de la actividad comercial: cuando está claro que ya no se puede seguir trabajando en un lugar y hay que salir cuanto antes de ahí. Pero lo que no es tan sencillo de comprender, creo, es nuestra habituación insensible a toda esa desolación imparable, siniestra y sobrecogedora, que afantasma la ciudad desde sus avenidas más anchas y desde ahí se riega por las calles que poco a poco van secándose y muriendo —pienso, por ejemplo, en López Cotilla, de Tepic a Tolsa (bueno, de Francisco Javier Gamboa a Enrique Díaz de León), no hace mucho celebrada como un bullente corredor gastronómico y donde ahora sólo parece prosperar el abandono—. ¿No vemos, o vemos pero no nos importa? ¿Y qué será peor?
La historia de Guadalajara está marcada por sucesivas imposiciones, brutales y traumáticas, de cambios en el paisaje: el entubamiento del río San Juan de Dios y la cicatriz perenne que fue desde entonces la Calzada Independencia; las destrucciones del centro para ensanchar avenidas como Alcalde-16 de Septiembre o Federalismo, para abrir plazas y cumplir caprichos de arquitectos desorbitados y gobernantes imbéciles, o bien como consecuencia de negligencias criminales (las explosiones del 22 de abril)… La multiplicación y la engorda de vialidades que sólo han servido para que cada vez más automóviles espesen la consistencia pastosa del tráfico ha vuelto, también, intransitables vastas zonas, y por ello —porque ya casi nadie va a pie por ahí— la vida va extinguiéndose: López Mateos a partir de que se convirtió en un viaducto, por ejemplo. A esto hay que sumar las pretensiones desmesuradas que los gobernantes de tiempos recientes y no tan recientes tienen de crear una ciudad que nunca ha existido, olvidándose de la que en realidad habría que dejar emerger y vivir: la Plaza Tapatía, el Paseo Alcalde… Y no hablemos de la construcción enloquecida de torres y más torres vacías y por tanto estúpidas, la explosión desmesurada de nuestro peor sinsentido.
Ahora bien: a esos cambios, debidos principalmente a una tarada idea del progreso, y también a la colusión entre la codicia, la corrupción y la ignorancia de quienes toman las decisiones, hay que agregar ahora esto que ocurre: el triunfo de la devastación y la ruina. Anímese el lector a proponerse, aprovechando estos días de vacaciones, una caminata por cualquier avenida principal de la ciudad: Washington, por ejemplo, o Avenida México, o Circunvalación División del Norte, o Revolución. ¿Cómo se habita el abandono? Posiblemente, los únicos que van descubriéndolo son quienes integran la población creciente de indigentes, que al menos logran guarecerse en los cascarones de las casas, los edificios, los locales que van quedando solos. La desgracia de tantas personas que han llegado a habitar esa realidad dice mucho acerca de los extremos de vileza que hemos alcanzado como sociedad.
¿Y se tratará de un proceso cíclico, que desembocará algún día en un resurgimiento de Guadalajara? El caso de Federalismo hace temer lo contrario: en casi medio siglo no se ha logrado erradicar el abandono que dejó la destrucción que le dio origen. Lo mismo el tramo de 16 de Septiembre que va desde Revolución hasta la estación del ferrocarril, por más que lleguen entusiastas descocados a querer vendernos la idea de que eso podrá revivir, por ejemplo con la cacareada extensión del Paseo Alcalde. Javier Mina, Mariano Otero, Hidalgo… Ir a pie, insisto, facilita descubrir una ciudad estragada y temible.
Tal vez haya que admitir que las ciudades también se extinguen, como lo demuestra la historia. Pero quizás eso tampoco nos sirva de mucho consuelo. Roma es eterna a condición de ser una ruina, y lo malo es que Guadalajara no sólo no es Roma, sino que tampoco ha sabido nunca qué hacer con su historia y ni siquiera las ruinas sabemos dejarlas en pie. Y si no sabemos qué hacer con el pasado, ya ni siquiera tiene caso preguntarnos por el futuro, y menos por el presente: está cayéndose a pedazos y no lo podemos ver.
J. I. Carranza
Mural, 18 de diciembre de 2022
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Ideático

Tal vez no sea inevitable, pero supongo que hará falta un gran esfuerzo para resistirse. O quizá no importe en absoluto y no haya razones valederas para proponerse esa resistencia: a fin de cuentas, cada individuo enfrenta por cuenta propia las consecuencias de sus decisiones —si las hay: no siempre se producen—, y el resto del mundo puede pasar de largo y seguir en lo suyo sin inmutarse. Hablo de lo que ocurre cuando, con el mero transcurso de los años, uno acumula convicciones o certezas que, sin necesariamente estar apuntaladas por ninguna ciencia, modelan las elecciones y las preferencias para conducirse en la vida. O, para decirlo de modo más directo, hablo de las ideas que, al amontonarse y fijarse en la propia conciencia, aherrumbradas y cada vez más irremovibles, acaban por no necesitar explicaciones y sólo se nos imponen y ya, al cabo incuestionables e irrenunciables: el conjunto de pareceres, sentires, creencias y saberes que no estamos dispuestos a negociar, y que se diferencian de los prejuicios porque éstos son ejercidos en la vacancia de la razón (cobran forma antes de que el juicio opere), mientras que estas ideas de las que hablo son fruto de largas deliberaciones que uno tiene con uno mismo, se rumian una y otra vez y van incorporándose al carácter y al ánimo y, en suma, a todo lo que uno entiende. Ideas, insisto: las que hacen de uno un ideático.
Voy a dar el ejemplo en el que vengo pensando desde hace tiempo, que para mi humilde experiencia de las cosas tiene un peso considerable. Según yo —y este «según» anuncia que es una apreciación personal, e insinúa que, por lo mismo, no tengo intención de ponerla en duda más que de este modo retórico: el idioma español facilita estas estratagemas, como cuando se dice «Con todo respeto» antes de faltarle al respeto a alguien, o «No es por intrigar», cuando eso es precisamente lo que se pretende—… según yo, para ser aceptable, una cafetería debe reunir ciertas cualidades indispensables, y abstenerse de incurrir en prácticas del todo indeseables y aun aborrecibles. Pienso en la cafetería, o el café, como ese espacio culminante de la civilización que se abre en el trajín de la vida para, más que hacer una pausa, reencontrarse con la forma del tiempo que nos da sentido y justifica nuestra existencia. Ya sea que acoja la posibilidad del encuentro y de la conversación, o bien la de la soledad y el silencio —que propician otra especie de encuentros—, el café como una ocasión magnífica de meramente estar, eso que tan difícil resulta en medio de los afanes de lo cotidiano: un lugar al que se puede ir para estar, y entonces también para serde un modo más neto lo que uno es.
Mi ideal de café es elemental y se niega a toda pretensión de originalidad o innovación. Leí el otro día un hilo de Twitter que hacía el encomio del filósofo Simon Blackburn, que se defendió de las reconvenciones que le hizo su universidad por no proponerse métodos nuevos para enseñar: «El método correcto», adujo Blackburn, «ya lo descubrió Sócrates hace dos mil 500 años y no tengo ninguna intención de modificarlo». Luego supe que esa aseveración ilustra muy bien el llamado efecto Lindy, una teoría matemática de predicción del futuro: la perdurabilidad de una tecnología o una idea se fortalece mientras más tiempo hayan sobrevivido esa tecnología o esa idea sin alteraciones significativas. (El nombre Lindy fue tomado, justamente, de una cafetería en Nueva York; otro buen ejemplo del efecto es lo que pasa con la tecnología que conocemos como el libro impreso, que no ha cambiado en medio milenio). Lo nuevo no es mejor nomás por ser nuevo. Así que mi café prescinde de todo alarde rompedor y se afirma en lo que ha funcionado ya el tiempo suficiente como para saber que no falla.
Debo aclarar que, más que un ideal, lo que yo tengo en mente es una serie de reminiscencias concretas de cafés perfectos, o casi, que he disfrutado en la vida. Número uno: que el mobiliario y la ambientación armonicen, que todas las sillas y todas las mesas sean iguales y que sirvan para lo que tienen que servir. Las ridiculeces exóticas que saben poner en muchos lugares son por lo general torturantes o tienen el cometido de abreviar el tiempo de permanencia de la clientela. Enseguida: que tenga personal que atienda las mesas. Qué pereza infinita y qué enojosos son esos lugares donde tú tienes que esperar de pie lo que vas a tomar y llevarlo hasta tu lugar; pero son todavía peores los lugares pretenciosos donde, una vez que acabaste, tienes que recoger tus trastes y regresarlos. (El personal, de preferencia, tendría que estar uniformado en blanco y negro). Ah, y debería haber siempre azúcar y servilletas en las mesas, para no tener que estar pidiéndolas. En tercer lugar: que el café que se sirva no haya que pedirlo forzando la comprensión y el ingenio. Tres o cuatro cosas en la carta (americano, expreso, capuchino, tecito, agua), y con eso. Para todo lo demás están las pastelerías, los bares, las dulcerías, etcétera. Y poco más: que no haya música ni demasiado ruido, que haya buena luz por si uno quiere leer…
Lo más difícil para los ideáticos es que la realidad tiene muy pocas ganas de darnos gusto. Pero yo sé que alguna vez estuve en un café perfecto, y sé también que algún día me lo voy a volver a encontrar.
J. I. Carranza
Mural, 11 de diciembre de 2022
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Ya en enero
El periodo de desacelere y progresiva holganza conocido como Puente Guadalupe-Reyes, cuando ya es perfectamente legítimo ir aventando los pendientes menos apremiantes para el año que entra y responder a todo «Lo vemos en enero», en Guadalajara más bien tendría que abrirse desde que la FIL se apaga y va disipándose la resaca de su frenesí. Nos esperan, es cierto, otros días de prisas angustiosas, gastadera insensata, comilonas asesinas y demás conductas perniciosas. Pero la borrachera de las posadas, la Navidad y las vacaciones, como sea se sobrelleva y hasta tiene su encanto. O lo tiene para mí, al menos: ya sé que en esta materia sólo puede hablarse a título personal, y no tengo empacho en reconocer que me alegra ver las nochebuenas en la Minerva, los coches con cuernitos melolengos y el arbolote iluminado en Plaza del Sol. Después de todo, en tiempos de aflicción e incertidumbre, cuando ni siquiera la Selección fue capaz de darnos ni una mínima ilusión, cualquier pretexto para la alegría cuenta mucho y, por principio, no habría que repudiarlo.
Una vez que terminó de irse la considerable población flotante que tiene Guadalajara durante los días de la FIL, cuando ya el tráfico en Mariano Otero y Las Rosas se redujo un uno por ciento y estamos en otra cosa, el recuerdo de lo ocurrido en la Expo y sus inmediaciones va disipándose como la niebla de los sueños. Es, supongo, inevitable, pero también muy extraño: en las vísperas de la feria, y mientras ésta tiene lugar —sobre todo durante los primeros días—, da la impresión de que están pasando cosas importantísimas, tremebundas, históricas. Los ánimos se condensan en una especie de delirio que entremezcla el entusiasmo y la expectativa, la urgencia y la exaltación, y de pronto ya estamos en un desenfreno tan injustificable como irresistible. Doy un ejemplo: con varios meses de anticipación, un editor local me invitó a participar en la presentación de un libro. Acepté, gustoso, pues admiro al autor, pienso que es una figura importante de la literatura contemporánea y me iba a encantar conocerlo. Así que recibí el PDF (tuve que pedírselo al editor varios semanas después de que me invitara, porque nomás no me lo enviaba: se le había olvidado) y me puse a leer. Cuando llegó el gran día, el editor no sólo había omitido reservar el espacio para la presentación, sino también hacerle promoción para que el público asistiera, e incluso imprimir el libro. El autor, que había viajado desde lejos, llegó puntual a la cita, y yo también, y nomás nos mirábamos sin saber qué hacer, porque al editor también se le había olvidado ir. La justificación que este editor intentaba venderme para disculparse, cuando lo llamé por teléfono para preguntarle qué onda, era: «Es que ya ves cómo se pone todo con la FIL», como si se tratara de un tiempo enloquecido que a fuerzas hay que atravesar y que deja tonta a la gente. (La cosa se arregló sobre la marcha, y de cualquier modo el autor y yo pudimos sostener una rica conversación ante un público que quién sabe de dónde salió. Pero el episodio fue sumamente enojoso: una acumulación de desatenciones, falta de respeto, malhechuras, irresponsabilidad y desvergüenzas. Y luego se quejan los editores independientes de lo mucho que dizque tienen que batallar para sobrevivir: si al menos trataran bien a sus autores y a sus lectores, quizá les iría algo mejor. Pero prefieren hacerse las víctimas, o echarle la culpa siempre a algo más).
Pero ya que estos días pasan, sobreviene una calma al mismo tiempo agradecible y un poco afligente. El primer problema, en la casa de ustedes, es saber qué vamos a hacer con las cantidades de nuevos libros que llegaron a vivir con nosotros. ¡Ah, pero ahí andábamos, en la venta nocturna de la FIL, dándonos vuelo! Hacía años que no me tocaba ir en esa ocasión, por cierto, así que lo que vi la noche del viernes fue muy impresionante: cuánto dinero gasta tantísima gente comprando libros carísimos en la feria: cuando yo mismo ya llevaba veinticinco minutos haciendo cola para pagar dos mil 300 pesos por tres libritos me dije: «¿Qué diablos estoy haciendo?». El asunto es que, cuando estos nuevos inquilinos ya se amontonan sobre la mesa del comedor, en el sofá, encima del tanque del retrete, es cuando caemos en la cuenta de que ya no tienen dónde caber. El otro día, una amiga me quería vender unos cuadros maravillosos que me hacían mucha ilusión. Pero un instante de lucidez me hizo caer en la cuenta de que en la casa no tenemos paredes para colgarlos, porque todas están ocupadas con libreros. Y esta situación únicamente admite soluciones dramáticas, como una mudanza (las mudanzas con libros deberían contar como un castigo del infierno) o una donación a una biblioteca pública (pero qué pesaroso debe de ser el trance de elegir qué se queda y qué se va: nunca me he resignado a verme en ésas, y no sé si podría: por eso mejor me espero a que mis deudos se hagan cargo). Uno se siente tentado a admirar al que le prendió fuego a la Biblioteca de Alejandría.
Estos desasosiegos se compensan con la progresión del silencio. En la medida en que uno se abstenga de zambullirse en centros comerciales o de ir al centro (si uno vive en el centro no sé qué pueda hacerse: supongo que encerrarse a piedra y lodo), la ralentización de todo va extendiendo una calma a la que mucho ayuda el hecho de que los días sean más cortos: cuando uno menos lo espera, ya hay que tapar al canario, cerrar las ventanas, alimentar a los peces y apagar las luces, salvo una, la del lugar favorito para leer. Los ecos del barullo que quedó atrás van acallándose y, salvo por las ocasiones en que consintamos convivir, por obligación o por gusto, este cambio de ritmo cae siempre muy bien. Ya en enero podremos ver en qué nos quedamos y por dónde habrá que seguirle.
J. I. Carranza
Mural, 4 de diciembre de 2022
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Nubarrones
Para la edición 2023 de la FIL, en México el ambiente político va a estar todavía más enturbiado que hoy. Lo que nos queda de concordia estará resquebrajándose gracias a la soberbia de unos y las ansias de revancha de otros, y si a eso sumamos que la paz no tiene para cuándo llegar y la violencia y la inseguridad y la inflación no tienen para cuándo irse, el horizonte se ve bastante renegrido. ¿Se trabaja ya, en la Universidad de Guadalajara —es decir, en los cuarteles del Licenciado—, para garantizar que la feria resista los embates de sus enemigos declarados? Porque lo más seguro es que van a arreciar. Entre la tirria maniática del presidente de la República y los rencores fúricos del gobernador del estado, no va a ser nomás cosa de recabar declaraciones melosas e insustanciales de los intelectuales que apoyan a la FIL (qué revueltos tiene los cables López Obrador, por cierto, que llama «intelectuales orgánicos» a los que se oponen a su movimiento, cuando más bien ese término les conviene a quienes integran su coro devoto).
Tal vez las razones para la supervivencia de la feria estén dadas, antes que por su carácter como festival cultural y como foro multiusos para el debate, por el interés comercial de los expositores que vienen a vender libros y de los editores que acuden para negociar derechos de publicación. Mientras su participación siga resultándoles rentable, qué tendrían que importar los pleitos de los políticos: que se den con todo, siempre y cuando el dinero no deje de moverse. Hoy, por cierto, se presenta El rey del cash.
Quiero creer que este viernes de venta nocturna valdrá la pena sumergirse en el tumulto. El público comprador no falla, y yo sostengo que si hay expositores que se quejen de no haber vendido mucho, habrá sido porque no quisieron. O habrá que ver qué entienden por «mucho»: ¿un libro de mil 200 pesos o seis de 200? Ojo, nada más, con quienes inflan los precios para luego dizque dar un descuento de feria: no está de más comparar siempre con lo que cuestan los libros en Amazon y similares.
Agradezco que este año no nos hayan rociado con orégano y que hayamos podido movernos más libremente, aun con los riesgos que eso supone todavía. También, que muchos políticos —como las corcholatas y demás bichos— se hayan abstenido de apersonarse. El programa, como siempre a estas alturas, va aguadándose cada vez más, pero no importa demasiado: la visita rendirá mejor si se dedica preferiblemente a descubrir libros (como siempre, lo más asombroso puede estar entre los libros infantiles). O pintándose las manos con garabatitos, o sacándose la foto del recuerdo con el cráneo de dragón, o comiéndose un helado gigante, o echándose en la alfombra de la zona de descanso, nomás para ver a la gente que pasa, corre y corre. Es lo que yo voy a hacer.
J. I. Carranza
Mural, suplemento Perfil, 1 de diciembre de 2022
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¿Capital de qué?
Si, ya desentendida de toda restricción pandémica, esta feria está transcurriendo como manda la tradición, hoy es el último día en que podrá aprovecharse una relativa calma, antes de que mañana las caravanas de camiones descarguen a los miles de estudiantes habituales. De aquí en adelante, esto va a parecer la marcha de la 4T, así que conviene tomarlo en cuenta, sobre todo si uno quiere ir a ver y buscar libros. También el programa de actividades se aligera un poco. Entre lo más atractivo estará, creo, el Encuentro Internacional de Cuentistas, que por lo general ofrece ocasiones muy agradecibles de descubrimiento.
A propósito de este encuentro, y del servicio real que puede rendir la feria a los lectores, en particular a los más jóvenes, está disponible en línea una antología gratuita de los autores que participarán, para ir conociéndolos más en detalle: https://issuu.com/filguadalajara/docs/encuentro_internacional_cuentistas_22. Lo destaco porque se trata de un recurso que redondea el sentido de la actividad, y creo que debería dársele más difusión: el acceso está medio escondidillo en el sitio web de la FIL, y si no fuera porque me encontré un código QR en el programa impreso que se distribuye en la Expo, no me habría enterado.
Es llamativo, pasando a otro asunto, cómo parece haberse olvidado en feria el hecho de que Guadalajara es la Capital Mundial del Libro. Sí, hay un stand desolado con unas cuantas sillitas cerca del ingreso principal, y en el sitio de la FIL un link a algo llamado udglectora.com, al parecer una programación especial de la Universidad con pretexto de eso de la Capital: una cosa muy raquítica y evidentemente dejada en el abandono. Pero nada más. ¿Qué habrá pasado? Tanto argüende que había, tanto que se hablaba de que la distinción se la había ganado la ciudad, en buena medida, por albergar una feria del libro tan importante; el Licenciado, para no ir más lejos, bien que estuvo en la aparatosa ceremonia de arranque en el Cabañas, rebosante, en un lugar preeminente…
Mi primera conjetura automática fue que, como se trata de algo que organiza el Ayuntamiento tapatío, y al alcalde Lemus y a cualquier otra persona naranja Alfaro les ha prohibido tener nada que ver con la FIL, si iba a hacerse algo, sencillamente se cebó. Pero más bien da la impresión de que algo se rompió desde hace ya un buen rato, y que la feria se armó sin tener en cuenta, en absoluto, el nombramiento y lo que implicaba. Es como un olvido a propósito. Y no deja de ser una confirmación de nuestra triste realidad: Guadalajara es una ciudad con una feria grandota (quién sabe si la mejor, como siempre nos dicen y nunca nos demuestran), en la que los libros medio importan sólo durante nueve días al año. Y ya: lo demás es pura ocurrencia, puro discurso hueco y pura pretensión.
J. I. Carranza
Mural, suplemento Perfil, 30 de noviembre de 2022
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Zopilotes
Algunos stands, que otros años ocupaban superficies generosas, ahora se volvieron chiquitos y dan tristeza; en otros, hicieron alianzas entre varias editoriales para apretujarse en unos cuantos metros cuadrados, y unos más sencillamente ya no se pusieron. Me sorprendió, por ejemplo, la ausencia de editoriales religiosas, que siempre han sido tan taquilleras: salvo por una, prácticamente es imposible comprarse un catecismo o una medallita en la FIL. Además, en el área internacional, hay varios lugares con letrero y todo, pero vacíos: como si a la mera hora hubieran preferido evitarse el gasto.
He platicado con tres editores que se felicitan por haber podido estar, pero enseguida empiezan a repasar las penurias que han debido remontar. Encarecimiento del papel, en primer lugar, pero también dificultades para entenderse con el mercado (qué diablos le interesa a la gente) y nula ayuda por parte del Estado. En vista de todo esto, a mí se me ocurre que el modelo mismo de feria del libro ya tendría que revisarse a fondo. Hay libros que he visto venir a la FIL un año tras otro, lo que quiere decir que cada vez tienen que embalarse, hacer el viaje, exponerse, embalarse de nuevo porque a nadie le interesó comprarlos… y quedarse embodegados hasta el año siguiente. ¿Cuánto cuesta eso, y qué sentido tiene?
Al darle vueltas al programa, corroboro que la FIL elige cada vez una o dos figuras cuya notoriedad, eminentemente comercial, pasa también por ser cultural. Entonces los eventos «estelares» giran en torno a ellas, como si esa notoriedad equivaliera a una auténtica importancia. A veces le han atinado: en otros tiempos, han pasado por aquí autores principales no sólo por la atención mediática que concitan, ni por los intereses que benefician, sino también por el peso real y perdurable de sus obras. Pero, por lo general, quienes más refulgen no son siempre quienes más brillo tienen. Desde luego, se supone que también han de contar las preferencias de los lectores. Y ahí es cuando todo empieza a volverse cuestión de popularidad y complacencias.
Lo anterior lo pienso al ver quiénes se decidió que encabezaran el programa literario esta vez, con la apertura del Salón Literario Carlos Fuentes —que ése es otro tema: ¿cuándo habrá terminado de pagar la FIL su deuda con Fuentes, como para que deje de estar recordándolo con tal fervor?—. Supongo, en todo caso, que las cosas así son y ya. Hay que fluir.
Ayer por la mañana, había una bandada de zopilotes sobrevolando la Expo a muy baja altura. Mi primera reacción fue: «¡Elenita!». Pero, bendito Dios, nada de qué alarmarse. Luego me quedé pensando que esa imagen ominosa también era muy elocuente para simbolizar los aciagos tiempos que atraviesa la feria. Ojalá que, para bien de todos, esos zopilotes se espanten y no vuelvan.
J. I. Carranza
Mural, suplemento Perfil, 28 de noviembre de 2022
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A cuál más
¿Va a ser la FIL el escenario de la batalla decisiva entre el gobernador de Jalisco y la Universidad de Guadalajara? Por más bravatas, desafíos, acusaciones, muecas y empujones que hemos visto, de un lado y otro, en los últimos días, tal vez lo que habría que preguntarse primero es si en verdad está librándose una guerra: si el ánimo de confrontación está emparejado con la voluntad de llegar, como se dice, hasta las últimas consecuencias (denuncias y juicios políticos, por ejemplo, en virtud de que las invectivas que intercambian los contendientes tienen nombres y apellidos). O si más bien se trata de una exhibición recíproca de supuesto poderío, que sólo envuelve meras ojerizas y ambiciones, sin intenciones auténticas de hacer valer la ley.
De acuerdo: en los hechos, como hemos visto, el gobernador, gracias a su potestad de facto sobre el Legislativo local, tiene el control de los dineros que la Universidad obtiene del erario (obtiene dineros también de otros modos, por ejemplo cobrando la entrada a la FIL: por poquito que sea, algo ha de contar). Y, en los hechos también, y como también hemos visto y seguiremos viendo, la Universidad puede movilizar a gran parte de su población, que no es poca cosa, para que salga a las calles y se manifieste y le lance porras al rector (es llamativo que el propio rector eche a andar el coro en los mítines, gritándose a sí mismo con el micrófono: «¡No estoy solo!»). Pero, más allá de los recortes y de las marchas contra los recortes, ¿hay una intención real, por parte del gobernador, de arreglar las que, según sus dichos, son las causas del mal uso de los recursos en la UdeG? ¿Y hay una intención real, por parte del rector y del archisabido grupo que rige la existencia de la Universidad, empezando por el Licenciado, de socavar o ponerle freno a lo que, según sus dichos, es el autoritarismo del Ejecutivo estatal?
No parece probable. Ni de un lado ni de otro se ve que haya más que mala retórica, amagos y fintas, calificativos y desplantes con que se retan y se caricaturizan y dizque se enchilan y chillan y se les traba la quijada. En un puntual hilo de Twitter que publicó el viernes, el periodista Agustín del Castillo (@agdelcastillo) hizo algunas observaciones, a mi modo de ver muy certeras, acerca de las intenciones transexenales del gobernador y del relativo contrapeso que tiene en la UdeG (y del que querría deshacerse). Señala Del Castillo, por ejemplo, que «Alfaro podía haber puesto reglas serias al presupuesto que le da a la UdeG para cerrar llaves a muchos abusos, reforzar obligaciones de servidores públicos, negociar reglas claras para becas de estudios. Pero ésa es una vía institucional. Él quiere ser el héroe de la película». A esto habría que agregar cómo, en su historia reciente (ni tan reciente: ya dura más que el Porfiriato), la Universidad ha sabido acomodarse muy bien al sofisticado sistema de lealtades y connivencias que, bajo un mando omnímodo e inatacable, hace impensable ningún propósito serio de reforma. Y, aunque ciertamente la Universidad de Guadalajara sea una institución indispensable en la vida del estado y del país, y aunque sus frutos sean abundantes y de ellos nos hayamos beneficiado millones, y aunque su vida esté animada por miles de universitarios que trabajan con denuedo, integridad, creatividad y amor por la educación y por la generación de conocimiento y por la necesarísima reflexión crítica, no le interesa a ese sistema cambiar. Así que ni a cuál irle.
Volviendo a la FIL, es una vergüenza que la hayan convertido en un tinglado para su coreografía de rebozazos y berrinches. Todo lo que debería dar sentido a la realización de la feria, empezando por el encuentro entre el público y la cultura, queda salpicado por las rebatingas de los políticos y apestado por sus miserias; la atención que concitan sus fanfarronerías sólo estorba a la que deberíamos prestarle a otras cosas (por ejemplo a los libros), y, peor aún: sus disputas y sus marrullerías, aunque no vayan a cuajar nunca en una sociedad más justamente gobernada ni en una Universidad más democráticamente organizada, sí amenazan con debilitar a la feria y hasta con extinguirla: no se olvide que, más allá del pleito entre el gobernador y el Licenciado, y de las repercusiones que este pleito pueda acarrearle a la viabilidad misma de la FIL, sigue fermentando la tirria personal que el Presidente de la República le tiene: nomás porque no se ha acordado (lo tiene muy ocupado su marchota), pero en cualquier rato da el manotazo para suprimirla. Aunque tal vez no haga falta: ya aquéllos están llevándose a la feria entre las patas.
Visto de modo optimista, quizá lo mejor que pueda pasarle a la FIL es el desaire de los políticos, que por fin dejarán de usarla como la deplorable pasarela que durante tanto tiempo les ha permitido lucir toda su mendacidad y sus hipocresías. Acaso esté verificándose una fatalidad largamente trabajada: si pasas toda una vida llenándote de porquerías, llegará el día en que tu salud acabe tan maltrecha que debas hacer cambios drásticos en tu estilo de vida —a ver si así, y con algo de suerte, consigues librarla—. Ojalá, por fin, la FIL se deshaga de sus vicios (como acoger tan generosamente a la fauna política) y adopte mejores hábitos. Podría empezar por desparasitarse.
J. I. Carranza
Mural, 27 de noviembre de 2022
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Duelo de titanes
Nunca habíamos llegado al arranque de la FIL en un clima de incertidumbre, desazón y zozobra como el que tenemos hoy. Mientras estén terminando de acomodarse los miles de libros en los stands, cuando ya vayan concluyendo los discursos de la inauguración —que seguramente serán encendidos, rompedores, épicos—, y cuando ya la multitud esté tomando pasillos y salones, llegará a su punto culminante la dramática tensión que hemos vivido en los últimos días. ¡Qué despliegue de fuerzas! ¡Cuánta astucia, cuánta furia! ¿Y qué irá a resultar del enfrentamiento final entre los dos bandos? ¿Quién terminará imponiéndose? ¿Qué suerte nos esperará después?
Hablo, por supuesto, del partido México-Argentina: la única confrontación que importa hoy. Comparado con eso, el espectáculo que supondría ver al Gobernador y al Licenciado empiernados en un ring sería poca cosa. Así que habrá que esperar a que acaben de caer los goles y se decida el destino en Catar para, entonces sí, empezar a vivir la feria. Como sus organizadores han repetido, se tratará de una recuperación de la «normalidad» prepandémica, lo que se traduce en volver a atestar todo el espacio de la Expo con la oferta de libros y chucherías, y también en saturar los diversos programas con miles de actividades, al ritmo frenético habitual.
Ya no me quejo: más bien, me doy de santos con que siga habiendo FIL, en esta realidad tan adversa, y luego de que acaso estuvimos como especie al borde de la extinción y no nos dimos cuenta. Ahora bien: aunque ciertamente hará falta esforzar la voluntad para encontrar algo novedoso, también la costumbre tiene su encanto, y por eso quizás éste sea el año idóneo para dejarse llevar y que sea lo que Dios quiera. ¿Que te tocó ver por enésima vez una presentación de Poniatowska? ¡Ni modo! ¿Que ibas corriendo al baño y te tropezaste con Pérez Reverte? ¡Qué se le va a hacer! ¿Que te metiste por equivocación a una conferencia de Aguilar Camín, pensando que era Alessandro Baricco? ¡Ya qué! Siempre hay cosas peores en la vida, así que lo mejor será fluir.
Después de todo, y como siempre, están los libros. Tras casi tres años de penurias, es de esperarse que las editoriales ya estén recuperándose y la oferta que traigan sea atractiva. No será barata, eso sin duda: los costos del papel han encarecido obscenamente los libros, y va a ser muy doloroso nomás quedarse viéndolos. Así que habrá que elegir muy bien: títulos que realmente no estén en ningún otro lado, y comparando siempre precios.
En cuanto a la presencia de Sharjah, no sé qué esperar: es una cultura tan distante, y las causas de que haya sido invitada son tan recónditas, que lo mejor será dejarse sorprender. Ojalá, sí, haya por lo menos tacos árabes. Es más: que haya tacos árabes para comer mientras estamos viendo el partido de hoy. Ah, qué felicidad.
J. I. Carranza
Mural, suplemento Perfil, 26 de noviembre de 2022
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Maldita FIFA

A principios de siglo, cuando tuvo lugar una de esas discusiones estériles pero absorbentes que son necesarias para que la vida parezca tener sentido, la ciudad de Buenos Aires se vio invadida por miles de carteles anónimos que sólo decían, en grandes letras blancas sobre fondo negro, «Maldita FIFA». La razón era que esa organización, con su arbitrariedad característica y la imposición brutal de todo su poderío mediático, había zanjado de golpe aquella discusión al decretar que el futbolista más grande de todos los tiempos había sido y sería por siempre Pelé, y no Maradona. Al margen de cualquier razonamiento que pretendiera avalar aquel dictamen, una indignación telúrica sacudió entonces a la Ciudad de la Furia, y aquella marea de carteles fue, probablemente, una de las más vistosas manifestaciones de repudio a la poderosa y autoritaria y odiosa FIFA, fuente de tantas desazones y disgustos y desgracias para el mundo.
Mucho se ha dicho acerca de la realidad deplorable que dimana de la supeditación del futbol —un juego, un deporte— a colosales intereses monetarios que casi han llegado a pervertir del todo la organización de ligas y campeonatos y la existencia de equipos y jugadores y aficiones. Quizá como reflejo de diversas formas de descomposición moral que privan en las sociedades contemporáneas, empezando por las más ricas, los movimientos de enormes capitales en torno al futbol acaban por inundar y romper casi cualesquiera otras razones de ser, y es así que hemos llegado al nefasto espejismo de que no es posible que el balón ruede sin que haya negocio. Da la impresión de que la codicia y su hija monstruosa, la corrupción, tienen que presidir cada partido desde el palco principal y son no sólo invencibles, sino también insaciables. Para nuestra fortuna, a estas mismas horas, este domingo, hay unos niños felices, desinteresados de todo el aparatoso funcionamiento del «futbol asociación», jugando una cáscara en un terregal medianamente despejado, donde las porterías hay que imaginarlas alzándose desde unas piedras y en las tribunas invisibles se agolpan la alegría y la ilusión y con eso basta. Maldita FIFA.
Siempre que se trata de futbol me gusta recordar, lo he hecho en estas páginas varias veces, que el novelista Javier Marías lo celebraba como una recuperación de la infancia, y he hecho mía esa definición para evitarme problemas de una vez por todas y no caer ya en la tentación de defender esta querencia ante quienes, no sin razón, señalan las numerosas infamias que trae anexas: violencias varias, embotamiento, alienación, consumismo compulsivo, exacerbación del machismo, numerosas formas de ilegalidad, etcétera. Porque es difícil defender al futbol de todas esas acusaciones, y, para colmo, gracias a las truculencias y turbiedades de personajes como Infantino y sus predecesores (las amistades de Havelange con tiranos sanguinarios, las indecencias pasmosas de Blatter, etcétera), y gracias a que la riqueza impensable de los cataríes habrá hecho también impensable cualquier alternativa, ahora estamos ya en un Mundial que nos arrincona en disyuntivas morales inéditas, que no tendríamos por qué estar padeciendo. ¿Vamos a querer ver los goles entre la espesa maraña de violaciones a los derechos humanos que saben cometer los poderosos de aquellas tierras? ¿No nos importan los abusos contra las mujeres, las muertes de los trabajadores inmigrantes que habrían trabajado hasta la extenuación en la construcción de los estadios, las penas que pueden recibir las personas LGBTTTIQ+ por el solo hecho de existir? ¿Está bien que nos emocionemos mientras tienen lugar todas esas atrocidades? No necesitábamos estos predicamentos, y menos en este tiempo de guerra y de incertidumbre, cuando queremos creer que ya estamos dejando atrás la pandemia y toda su locura y apenas queríamos sentarnos un rato frente a la tele para disfrutar tantito. Maldita FIFA.
Yo no recuerdo ningún Mundial en el que el ambiente previo estuviera tan, pero tan aguado como esta vez. Tal vez sea sólo yo, pero tengo la sensación de que hay una indolencia o un malestar generalizados que han inhibido la exultación propia de estas ocasiones. En México, además, con las perspectivas que enfrenta nuestra triste Selección a manos de un ideático inoperante, la cosa recuerda mucho el rumbo absurdo que lleva el país, y a mí, por lo pronto, me da una pereza horrible ocuparme de la suerte que vayan a correr «nuestros muchachos». Hace poco empezó a circular un anuncio de la cerveza Quilmes en el que los argentinos van identificando, con toda la esperanza y el anhelo de que son capaces, las coincidencias que podrá haber entre este Mundial y el de México en 1986, la segunda y última vez que su Selección fue campeona: coincidencias numéricas, astrales, climáticas, sociopolíticas… Hasta que, en un bar, en una mesa de amigos, uno reflexiona: «En el 86 teníamos al mejor del mundo…». Y entonces caen en la cuenta de que eso también tienen 36 años después.
No sé si la alegría infantil que puede suscitar lo que hoy empieza, en la experiencia de cada individuo, pero también en la de cada nación, cuente como justificativo de nada. Sí sé que nada se compara con esa alegría, y que el mundo está muy necesitado de tenerla. Y también sé esto otro: maldita FIFA, una y otra vez.
J. I. Carranza
Mural, 20 de noviembre de 2022
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Injurias

Los intercambios de insultos entre el Presidente y sus adversarios, ya una tradición cansona, son deplorables no tanto porque exhiban los modos perversos en que entienden la cosa pública uno y otros: eso ya es sabido y está lejos de sorprender. Nos hemos habituado a que las tribunas más sonoras de la nación estén ocupadas por lastimosos oportunistas vociferantes desinteresados en absoluto de los más graves y urgentes problemas de este presente asesino: ya quisiéramos que una mitad de las energías destinadas a pelearse por la cosa electoral se dedicaran, mejor, a ayudar a las madres que escarban para dar con los huesos de sus hijos, antes de que sigan matándolas. Por ejemplo.
Son nefastos, además, esos pleitos, por la medida en que exhiben a sus protagonistas en su irreparable ineptitud para urdir ningún argumento, alérgicos como son a toda sutileza retórica, preverbales y balbucientes, sarnosos y rabiosos o ardidos y vengativos, capaces sólo de elementales mecanismos de ofensa directa y sin gracia. Que el Presidente llame a los otros «cretinos», que una diputada le responda poniéndole la canción de Paquita, etcétera, denuncia la estupidez flagrante de un lado y otro, su vulgaridad pringosa y su carencia de voluntad creativa, indicio inequívoco de que la falta de imaginación acabará de hundir a este país.
¿Tendría que erradicarse la injuria de los discursos, los debates y las confrontaciones? Jamás: pretenderlo equivale a desear una supresión de la libertad, pero además es imposible. Sin embargo, lo que sí cabe es soñar con una discusión pública en la que las ganas de joder al enemigo trasluzcan inteligencia y sensibilidad, un mínimo de cultura, destreza en el uso de las posibilidades del lenguaje. Y, sobre todo, sentido de la ironía, esa herramienta indispensable para ver más allá del chiquero en el que uno hoza y se revuelca. La mejor malevolencia discursiva puede prestar un considerable servicio a la patria, aceitando los engranajes del juicio, más allá de la mera animadversión y el encono.
Borges apuntó que la injuria tiene la obligación de ser memorable. Además, concretamente en lo referente a la imposición de términos con los que se busque caracterizar al adversario (motes o calificativos), el dicho no ha de conformarse con agraviar: también ha de ser inobjetable, comprensible de inmediato y pegadizo. Y aunque ciertamente hay un componente de violencia en el hecho de endilgarle a alguien un distintivo socarrón, queriendo así ridiculizarlo y escarnecerlo, el «buen malhumor» (Borges otra vez) debe diferenciarse del insulto porque éste es inequívoco, no tiene otro fin que zaherir, mientras el primero ante todo busca concitar la complicidad de otros usuarios, su risa (por sañuda que pueda ser), y ello de algún modo honra a su merecedor.
Permítaseme insistir un poco más en mi argumento: a diferencia del insulto llano, el apodo entraña un merecimiento, ganárselo implica haber sido objeto de la consideración de alguien, que lo tuvo a uno lo bastante en cuenta como para hacerle el obsequio de un nombre, lo que no es poca cosa, por aborrecible que tal nombre sea. Recibir un insulto es fácil, no tiene mérito: el surtido de voces al alcance para insultar es limitado, recurrir a ellas revela pobreza de ingenio. Si Ulises pudo ostentarse como Nadie, todos podemos hacer lo propio reconociéndonos como Pendejo. Pero sólo habrá un individuo en el universo a quien corresponda, con toda propiedad, ser el blanco de una injuria original, atinada y hasta brillante.
Algo tiene de ruindad injuriar: de acuerdo. Al enfatizar así las debilidades de los demás, facilitando que se los avergüence, se añaden unas gotas de veneno al trato social, en menoscabo de formas acaso más civiles, y por tanto preferibles, de conducirnos unos con otros; además, no es improbable que al rebautizar con alevosía alguien estemos precaviéndonos contra nuestras propias miserias, y en cierto modo delatándolas. Ser un desdichado, entre otras cosas, es querer que el prójimo también lo sea.
Y habría mucho que agregar sobre las disyuntivas morales y cívicas de la práctica. Pero lo que a mí me interesa es lo que toda buena injuria tiene de fabricación poética, como dispositivo para cuya eficacia se requiere una oportuna agudeza que detecte sentidos antes insospechables y los funda en emblemas inapelables y eternos: por su originalidad, pero también por su exactitud asombrosa. Son frutos delicados de la atención, ante todo (eso que tanto nos falta).
En un mundo ideal donde imperaran el respeto y la procuración de la concordia, las injurias no podrían caber. Pero en tanto ese mundo no exista —y va para largo—, lo que tenemos es una realidad en la que las relaciones están moduladas, antes que por la observancia de principios abstractos, por la subjetividad de los individuos que las protagonizamos, y al pretender lo contrario se corre el riesgo de incurrir en postulaciones más o menos ingenuas cuyos efectos, lejos de conseguir ninguna armonía, enturbian esas relaciones y las desnaturalizan. Por ejemplo, la llamada corrección política —cuya instilación en el lenguaje cotidiano acarrea tantos malentendidos—, o lo que a menudo ésta termina siendo: hipocresía sin más.
Ojalá algún día los políticos mexicanos sepan injuriarse bien. Al menos.
J. I. Carranza
Mural, 13 de noviembre de 2022