Todos los mapas son propensos al error o, en mayor o menor medida, trabajan desentendidos de comportarse todo el tiempo con precisión y lealtad. No sólo precisión: exactitud. Como no somos criaturas voladoras y, por tanto, hemos de atenernos a los trazos que reproducen la tierra que nos apresa, nos confiamos a dichos trazos y a sus significados y más nos valdría —queremos creer— que unos y otros fueran exactos. Que se correspondieran lealmente con el espacio que nos contiene y con las distancias que desde dicho espacio se prolongan o en él convergen; con los relieves que hallaremos de empezar a recorrer esas distancias: pendientes o declives, cumbres y valles y mesetas y depresiones y simas y todo el espectro orográfico del horizonte en cualquier dirección; que, a tiempo y sin un milímetro de más ni de menos, los mapas nos informaran de la inminencia del agua, sea que se nos acerque en forma de mar o lago o charca o presa o glaciar, o que vaya a salirnos al paso como arroyo o río o disfrazada de furor o inocencia. Querríamos, en fin, que los mapas fueran así leales también siempre con nosotros, que los consultamos desde nuestra indefensión y no tenemos más remedio que hacerles caso. En la leyenda «Usted está aquí» se cifra el comienzo de toda esperanza: no todo está perdido, empezando por nosotros.
Pero sí perdemos de vista que aquella propensión al error o a la inexactitud no es consecuencia de que el mapa mienta, sino que radica más bien en nuestra lectura y en las interpretaciones que hacemos. Voy, por ejemplo, en el coche, una mañana lluviosa y caótica, y tardísimo, y acudo a las indicaciones de Google Maps para eludir embotellamientos e inundaciones, para dar con desviaciones impensadas que, paradójicamente, serán la ruta más directa. Así tranquilizado y optimista, obedezco y doy vuelta aquí, luego allá, luego otra vez vuelta… hasta que ya no avanzo más, porque el tráfico se cierra delante de mí o porque el sentido de la calle no es el que la Pilarica me jura (Pilarica llamo a esa voz nasal de acento ibérico e infinitamente paciente). «¡El mapa está mal!», tiende uno a pensar en situaciones semejantes, dando por hecho al instante que hay una equivocación en la nomenclatura de las calles o en las direcciones en que corren o incluso en la ubicación de los puntos cardinales. «La Pilarica está tonta», mascullo, mientras meto reversa y me hago a un lado y al fin me detengo a interrogarla y descubro que el error fue mío, que no entendí algo o me pasé donde me decía que torciera…
Podrá ser difícil de admitir, pero lo cierto es que son elevadas las probabilidades de que sea uno el tonto, y no el fruto de tan prodigiosa tecnología satelital e informática vehiculada por las resignadas instrucciones de la Pilarica para al fin sacarme sin contratiempos de La Calma. Es cierto también que, a veces, dejamos prosperar a propósito las interpretaciones erróneas, sea porque no vemos urgencia en corregirlas o porque así conviene a determinados intereses. Y entonces pasa lo que muchos descubrimos apenas antier: que llevamos casi medio milenio creyendo que el mundo era de un modo, cuando es de otro muy distinto, en especial en términos de tamaños y proporciones —y en esto, como ocurre en el resto de la naturaleza, el tamaño sí importa, como se ha podido ver.
La noticia es esta —y no deja de ser maravilloso que la cartografía, ciencia hecha con contemplación y minuciosidad, ocupe titulares planetarios en estos tiempos frenéticos—: gracias a la iniciativa impulsada por Togo y respaldada por Estados de la Unión Africana y por Bahamas, la ONU recomendó el pasado 4 de septiembre ir deshaciéndose de la conocida como Proyección de Mercator, un mapamundi deformado en el que los territorios más alejados del Ecuador van viéndose mucho más grandes de lo que en realidad son. Adoptado universalmente desde 1569, ese mapa concebido por el geógrafo y cartógrafo flamenco Gerardus Mercator ha sido funcional para la navegación, principalmente, y delinea con precisión los contornos, pero también ha asentado en la comprensión geopolítica de las generaciones una idea de las magnitudes de continentes y naciones muy alejada de la verdad. Pues resulta que Groenlandia, por ejemplo, es 14 veces más pequeña de lo que pensábamos, cuando Mercator le había dibujado una superficie mayor que la de África. O que Canadá y Rusia se veían 3.4 y 4.3 veces más grandes de lo que son. La resolución de la ONU establece que es preferible usar la Proyección Equal Earth, propugnada por los cartógrafos Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny en 2018, y que muestra las dimensiones reales, que son sumamente sorprendentes. (El único país que votó en contra fue Estados Unidos, que para sorpresa de nadie en esta materia como en otras opta por el oscurantismo y la regresión).
La decisión tiene implicaciones culturales importantes, sobre todo en vista de lo mucho que aún debe hacerse para revertir los estragos de la colonización a lo largo de ese medio milenio, y para contener las nuevas formas de sometimiento hoy en boga. Y es una razón para refrendar el asombro de la humanidad. Pues lo que sigue no es sólo cambiar todos los mapas del mundo, sino también empezar a conocer ese nuevo mundo que los cartógrafos de hoy nos acaban de revelar.
J. I. Carranza
Mural, 6 de septiembre de 2026.