No me importa gran cosa si Argentina le gana hoy a España: me importa que les haya ganado a los ingleses. Aunque no estaría mal: tengo unos vecinos españoles majaderos y gargajientos que ya en dos ocasiones han estado a punto de incendiar el edificio, así que nada me haría más feliz que verlos rabiar y chillando mientras, en cambio, el Instagram se me llena de reels de gente enloquecida de dicha en Buenos Aires. Han estado saliéndome, por ejemplo, unas monjas súper argüenderas que brincotean por las calles luego de cada triunfo, o un par de abuelas ultraviejitas que se pasaron la semifinal lanzándole insultos desesperados a la tele. El bramido de la Ciudad de la Furia luego del gol de Lautaro, la multitud enfebrecida en El Obelisco, la alegría más intensa y más salvaje para esa gente cuyo presente está presidido por el oligofrénico de la motosierra… Eso es lo que querría ver hoy de nuevo. Y, claro, también me gustaría ver feliz a otro vecino, el pobre Bola de Grasa, un argentino viejo, solo, medio loco, que no da una en sus negocios y que sin embargo siempre es afable y platicón y chistoso —y nunca ha provocado un incendio—. La vida le debe que hoy gane su Selección. (Supongo que el algoritmo poco quiso jalarme a la supuesta animadversión de la afición mexicana por la argentina, ni tampoco me embarró con las fabulaciones conspiranoicas hechas con prejuicios y odio).

      En todo caso, gane quien gane, ya no tendremos motivos para ir a La Minerva. Quiero decir: en esta vida, a gran parte de los tapatíos que anduvimos ahí no se nos volverán a atravesar motivos equivalentes a los que nos hicieron salir a bailar, a cantar, a gritar, a volar, las cuatro veces que México ganó… o cinco veces en el caso de quienes ahí sufrieron la amargura de la derrota la noche en que rodamos bajo los cascos de los ingleses, precisamente. Qué noche triste, la del cinco de julio, con toda esa desolación intensificada por la ilusión que habíamos llegado a sentir. El frágil huevo del «¿Y si sí?» se estrelló contra una realidad que, para nuestro infortunio, nos resulta difícil reconocer: el mucho corazón no basta para ganar.

      Qué extraña añoranza de lo ocurrido cuando éramos felices y sí lo sabíamos. Pese a todas las turbiedades desplegadas por la FIFA y los gobiernos que han sido sus secuaces, y al margen de las truculencias de tantos individuos concretos, de los villanos evidentes como el mefistofélico Infantino o el asqueroso de Trump a las comparsas patéticas que hicieron sus dagas sin cuento en la Ciudad de México, en Monterrey y aquí mismo, lo cierto es que, en términos sentimentales, el paso del Mundial por sus vidas ha sido incalculablemente importante para muchísima gente. ¿Cómo se mide eso? Podemos, si, estimar la derrama económica, las deudas que quedan, lo que ganaron los que más ganaron, lo que costó todo y lo que individuos y ciudades gastaron de más, a lo loco; también —y estos datos son más atroces en la medida en que son los que más a la vista tenemos todos los días— hay forma de hacerse una idea del tamaño del horror que ciertamente evitamos ver durante 39 días (o, bueno, 25 si consideramos que para México se acabó el Mundial al perder en octavos). Pero ahora que ya podemos reincorporarnos a la programación habitual, ¿cuál podrá ser la unidad de medida adecuada para ese producto interno bruto de euforia, risa, llanto, exultación, esperanza, ensoñación, taquicardia, conductas descabelladas, borracheras, música, cohetes, propensión a la exhibición estrafalaria de uno mismo, amor intenso por cada prójimo con camiseta verde e inspiración e ingenio incontenibles?

      A propósito de exhibiciones estrafalarias: alguien me dijo que me vio en la tele corriendo y gritando, con los brazos abiertos, en torno a un reportero que trataba de transmitir desde La Minerva. Qué pena pero qué orgullo pero qué melancolía: sí era yo y lo volvería a hacer, pero lo más probable es que ya nunca vuelva a haber ocasión. O no así: que México gane un partido del Mundial en mi ciudad… Eso es lo que sigue teniéndome atónito.

      Llevamos el álbum como al treinta por ciento, pero no creo que vayamos a pegarle ya más que algunas cartitas que todavía nos quedan. Ya no hay con quién intercambiar las que tenemos repetidas. Poco a poco van a ir apagándose las últimas pantallas, van a retirar las banderitas en los restaurantes, pronto nos cansaremos de los últimos análisis de las últimas jornadas, vamos a ver otras cosas, de cuando en cuando seguiremos poniéndonos la verde nomás porque es la única camiseta que tenemos limpia. Además, claro, están la escuela, el trabajo, los pendientes… Se reanudó ya el futbol mexicano, que ahora más que nunca parecerá una costumbre desabrida y sin mucha razón de ser, y ahí voy de nuevo a echarle un ojo a mis Chivas de vez en vez, no sé bien para qué (y a mí cada año me emociona más, en comparación, que llegue el octubre beisbolero de las Grandes Ligas… pero no es, nunca será lo mismo).

      Queda, qué remedio, el recuerdo. Pero está bien que sea así. Pues es poderoso y eso nos da la la posibilidad de que los años pasen y sigan pasando y Dios nos dé vida y un día muy lejano, ya todos veteranos, al ir por La Minerva sigamos diciéndonos: «¿Te acuerdas cuando nos pusimos a bailar aquí el “Payaso de rodeo” porque México le había ganado a Corea?».  

J. I. Carranza

Mural, 19 de julio de 2026.