Cuando se dispuso que los taxis en Jalisco fueran blancos con amarillo, en 2018, se pretextó que ello ayudaría a combatir la piratería. Nunca quedó claro cómo ni por qué, y más bien pareció que era una arbitrariedad burocrática. O estética. Alguien llegó con la ocurrencia y alguien más la autorizó. No está claro que hayamos ganado nada con el cambio. Fue una de las últimas dagas de la administración de Aristóteles Sandoval. Además de eso de la piratería, se adujo que así se buscaba modernizar las flotillas —como si no pudiera haber coches nuevos con los colores viejitos, y viceversa— y también aseguraron que habría taxis ecológicos, blanco con verde, lo cual desde luego fue mentira. Lo triste es que esa imposición no pareció inconformar a nadie, o no tanto como para oponerse decididamente, y pronto fue quedando erradicada del paisaje la combinación de azul y amarillo con que los taxis recordaban los colores de las torres de Catedral.

      Acaso las mutaciones cromáticas, más que desencadenar problemas demasiado graves para la existencia y el funcionamiento de la ciudad, sean signos de nuestras pretensiones y nuestras suposiciones, y delaten por tanto nuestros modos de entender la vida en Guadalajara. Y esos modos sí que pueden ser problemas menores o mayores. Por ejemplo, el color de las banquetas. Durante tanto tiempo como para volverse emblemática, la combinación del rojo y el blanco predominaba en muchas calles del centro y de los barrios más tradicionales, así como en colonias que iban expandiendo en todas direcciones una extensión urbana caminable, más manejable que la que nos contiene hoy en día. A veces el blanco se trocaba por un amarillo claro, sobre todo hacia el oriente, pero en general la cuadrícula bicolor estaba tan incorporada a nuestra forma de ser como ciertos sabores, olores, texturas y sonidos inconfundibles y confiables: como las pitayas de las Nueve Esquinas, como los efluvios de la Aceitera, como el agua del Parque Alcalde o como el pitido del carrito de los camotes en las esquinas de la noche. De pronto, quién sabe si porque dejó de importarle a nadie, las banquetas tapatías ya no quisieron seguir poniéndose esos colores. En su lugar empezó a predominar el vil cemento sin gracia alguna, y tampoco pareció que lo lamentáramos demasiado. (Hay que decir que los cuadritos rojiblancos se han vuelto ahora un emblema de la gentrificación, pues solamente los ponen quienes pretenden el revival nostálgico de una Guadalajara que ya no existe, por ejemplo afuera de restaurantes o cafés hípsters. Y caen muy gordos).

      ¿Qué significa, entonces, esa mutación? Que perdimos cuidado por preservar una seña de identidad, y que de haber hecho lo contrario tal vez habríamos conseguido mantener en las calles tapatías una imagen más digna que la que hoy tenemos. Las banquetas feas de cemento no parece que merezcan ser barridas ni lavadas, ni reparadas cuando se rompen. Y así van destruyéndose y volviéndose más peligrosas y estando cada vez más sucias. (Aprovechando: los alardes de limpieza y embellecimiento de la ciudad que hace la alcaldesa Verónica Delgadillo son cada vez más infundados y enojosos: cómo se ve que nunca da dos pasos más allá de los posts de sus redes sociales, y no ve las cantidades de basura y mugre y pestilencia que hay por todos lados).

      Hasta que el gobierno de Enrique Álvarez del Castillo se propuso poner orden en las rutas de camiones en Guadalajara —y desde entonces sólo hemos ido de fracaso en fracaso—, nos manejábamos medianamente bien con los sencillos principios de una organización por rumbos y colores. Pintados sus fuselajes con anchas franjas, lo mismo que sus defensas, los camiones servían así a una población en la que aún era muy probable que mucha gente no supiera leer, pero además imprimían una variada alegría a la escenografía de lo cotidiano. Los amarillos iban hacia Miravalle, los violetas hacia San Pedro, los verdes hacia el Colli, los azul marino hacia el Baratillo, los rojos… ¿A dónde iban los rojos? ¿Y de qué color era el eje Oblatos-Colonias? Esta organización ejemplar daba cabida a los camiones chatos del SUTAJ, de un opaco beige (los coloridos eran de la Alianza de Camioneros), cuyas rutas estaban numeradas del 100 en adelante (el 100 y el 101 cruzaban desde Zapopan hasta San Pedro), y luego hubo que hacer espacio a los de Servicios y Transportes, beige con naranja (como el 275, que acaso fue el primero que empezó a tener letras para indicar las variaciones de sus derroteros), y al fin al arcoíris de los trolebuses y las combis de Sistecozome… Hoy, con la mayor parte de los camiones repartidos entre el rojo y el verde, la ciudad es más impaciente consigo misma, o neurótica o rabiosa, y no parece tener ya calma para proponerse jugar como lo hacía antes. Si volviéramos a un principio de ordenación cromática del transporte colectivo, ¿no recuperaríamos algo de la sensatez perdida?

      «El Pájaro» de Goeritz dejó de ser amarillo como los taxis (sí, volvió a su color original, pero es horrible). Afortunadamente no ha pasado lo mismo con las esculturas de González Gortázar en el Parque González Gallo y en Jardines Alcalde. Etcétera. Por imperceptibles que puedan ser estos cambios, el hecho es que alteran también la memoria que tenemos de la ciudad, y acaso así ésta se nos vaya desfigurando o borrando, irremediablemente. 

J. I. Carranza

Mural, 8 de febrero de 2026.