El lunes quisimos pasar la mañana en un café de la colonia más cool de la galaxia. Puesto que han brotado ahí miles en los últimos años, las probabilidades de dar con alguno que valga la pena no deben de ser ínfimas, aunque ciertamente conviene precaverse contra los establecimientos que confunden la originalidad con servirte un café sabor lodo, caro y como si estuvieran haciéndote un favor. Queríamos un lugar fresco, sin música y sin moscas, básicamente. Pero eso tan sencillo fue imposible encontrarlo porque también imposible fue hallar estacionamiento —nos amedrentaba, además, la fama de cristalazos cool que tiene esa colonia—. Al fin, la naturaleza decidió por nosotros: el aguacero con granizo que se desató de la nada nos persuadió de arrejolarnos en el primer Starbucks (con estacionamiento) que nos salió al paso.

      El martes nos lanzamos al Museo de las Artes de la UdeG. En principio, a ver la exposición que traza los entendimientos entre las obras de Orozco y Eisenstein. Breve pero sustanciosa, y ya por eso la visita valió la pena. Vimos también la que se titula Doncella – Madre – Sabia. La mujer en la Colección Grodman, que está más o menos. Pero ya no nos asomamos al recién donado Acervo Raúl Padilla López: en otra ocasión será. (He recordado, estos días, cómo me enteré de la muerte del “cacique bueno” cuando hace tres años estábamos en un concierto de la Filarmónica y en el intermedio tuve la mala ocurrencia de echarle un ojo al celular, donde los chats estaban al rojo vivo con la noticia. Ya no supe ni qué tocó la orquesta en la segunda mitad). Al salir del museo, la curiosidad nos condujo al Parque de la Revolución, a ver cómo quedó. Pero antes nos metimos a conocer la casa que Barragán construyó para Emiliano Robles León, en la calle de Marcos Castellanos, donde ahora hay un cafecito y, felizmente, mucha vida —que es lo que habría que procurar siempre con las edificaciones patrimoniales que acaba derruyendo el abandono: hallar la forma de devolverles la vida—. Es una inesperada maravilla. En cuanto al parque, quedó bien, creo. Es decir, quedó más o menos como estaba, con algunas manitas de pintura, con las fuentes funcionando (un par de días después volvimos a pasar y ya estaban apagadas), con las áreas verdes bien dispuestas… Yo diría —pero yo qué voy a saber— que el trabajo hecho bien pudo haber estado listo en tres semanas, o pongamos que cuatro. No en un año. Acaso lo más notorio está en el área de juegos infantiles, así como en el revestimiento con mosaicos de las cajas infames de la estación Juárez del Tren Ligero —una de las pocas cosas que jamás deberíamos perdonarle a Fernando González Gortázar—. No les entiendo a esos trazos verdes sobre blanco, pero tampoco se me hacen feos. Lo que sí me molestó fue que movieran a Carranza y a Madero de donde estaban y que, en lugar de las letras que sobriamente los nombraban, les pusieran unas placas horribles: ahí se ve que no hallaban qué más hacerle al parque. Estaba todo lleno de policías; ya mejor que hagan un cuartel ahí. Y hay ratas: una, gigantesca, se nos atravesó en los senderitos; otra estaba muerta en un prado y apestaba. Fuimos luego a comprar empanadas en el Pan Danés y nos las comimos afuera del Templo del Carmen (de pie, las bancas del jardín olían todas a meados), y antes pasamos por la librería de viejo de José Barba, en López Cotilla, entre Donato Guerra y Ocampo: muy bien puesta y ordenada, con precios razonables y no pocas tentaciones y rarezas.

      El miércoles fuimos a Zapopan: queríamos conocer la extensión del Museo de Arte de Zapopan, Estación MAZ, y nos tocó la suerte de hallar ahí la exposición Mare Pacificum, de Yukinori Yanagi, que es muy impresionante. Cómo se nota cuando un artista tiene algo importante que decir, y no nangueras. En el MAZ vimos también la colectiva Tremulaciones (arbitraria y gratuita y ociosa, desde mi muy ignorante punto de vista). Y luego entramos a la Basílica, que estaba previsiblemente llena y que sigue siendo uno de los mejores puntos para comprender la sensibilidad de esta sociedad. Hacía un solazo loco.

      El jueves nos esperamos a que cayera el sol, justamente, para visitar las Siete Casas. Pero nomás fuimos a tres: Catedral, a reventar proque era la hora de la misa del Cardenal, y Aranzazú y San Francisco. Lo que se ve esos días en el centro, creo yo, es lo que más debería contar para entender qué es el espacio público y cómo lo usa la gente. (Caí en la cuenta de esto: aunque en los días santos vayamos cientos de miles de tapatíos al centro, jamás me encuentro a nadie conocido. Algo ha de significar, no sé qué). Más empanadas, cómo de que no. De atún, de rajas, de champiñones y de crema, recién salidas del horno.

      Y el viernes peregrinamos a otra finca de Barragán, la llamada Casa Rosa, que construyó en 1952 para el licenciado José Arriola Adame en Chapalita y que actualmente está siendo rehabilitada para empezar a funcionar como centro cultural. Un prodigio. Ojalá que esa iniciativa prospere del mejor modo. Luego nos quedamos en la terraza de un café para leer y estar.

      Ayer tocó que se abriera la Gloria en un bufet libanés con los amigos. Y hoy hay que salir a celebrar la Pascua con una caminata de ida y vuelta a la Minerva. Con suerte, habrá un tejuinero que nos salga al paso. Nos lo hemos ganado como buenos tapatíos. 

J. I. Carranza

Mural, 5 de abril de 2026.