Los muertos son siempre demasiados. Uno solo es demasiado. Las vidas suprimidas de otras formas, por ejemplo con lesiones incapacitantes, o bien haciendo desaparecer a alguien, son siempre demasiadas también. (En rigor, habría que distinguir entre “desaparición forzada” —la que corre por cuenta del Estado— y “privación ilegal de la libertad” —atribuible al crimen, organizado o no… y ya estamos viendo lo bien organizado que está—; sin embargo, no parece un completo disparate aducir aquiescencia del Estado mexicano en la perpetración de esas privaciones, ya sea por ineptitud o por connivencia, de manera que la distinción significa poco en una realidad como la nuestra). Cada una de esas vidas, además, va siendo amputada de otras muchas que la rodean y que han de proseguir como puedan, mientras puedan.
Sin embargo, la demasía incesante de vidas clausuradas, de modos crueles y dolorosos por lo general (y dolorosos y crueles siempre para los sobrevivientes), va volviéndose más invisible conforme crece y lo cubre todo. Acaso sea que la ceguera impide percibir cómo se adensa la oscuridad de la noche, o quizás es que hace mucho tiempo se atrofió de modo irreversible nuestra capacidad de comprender la desmesura del mal y de su locura. Los cuerpos que desbordan las morgues, los que infaman la tierra a la espera de que un grupo de madres dé con ellos, las pedaceras de cuerpos en bolsas tiradas en cualquier rincón de cada día, los cuerpos esfumados o disueltos o cuyo recuerdo irá desvaneciéndose como suposiciones cada vez más débiles, los cuerpos detrás de las cifras cada vez más carentes de sentido y los que harán crecer esas cifras mañana, y pasado mañana, suman cantidades cada vez menos útiles para hacerse una idea de lo que es esto.
Y por ello, por ejemplo, da la impresión de que es más sencillo dimensionar lo ocurrido el domingo pasado asomándose a los estragos materiales: los locales y vehículos incendiados y las pérdidas millonarias que dejaron, el perjuicio directo para sus propietarios, las interrupciones en la circulación de mercancías, los esfuerzos que habrá que hacer para la recuperación y, aun con esos esfuerzos, las repercusiones del estallido para la continuación de la vida económica del país. Que es, por lo visto, la que más importa: un bebé en llamas o una joven madre asesinada han dado menos de qué hablar que el temor de que se cancele el Mundial. Dicho de otra forma: a los muertos, civiles o no, que los lloren los suyos; el miedo y la zozobra experimentados por la población no hay más que dejarlos pronto atrás y guardarlos para la siguiente ocasión de usarlos. A ocuparse de otras cosas. Es asombroso qué bien se nos da rearmar la “normalidad” cada que revienta. Atravesamos la angustia y la incertidumbre como se atraviesa una lluvia, como si no hubiera más que tramitar el hecho de que la lluvia hace lo que hace la lluvia, y uno se moja y a veces cae un rayo y alguna vez crece un río o una avenida o una colonia se inundan. Y luego sale el sol. Nomás que las lluvias de balas y fuego no tendrían por qué parecernos normales. En otros países las llaman guerra.
Muchos podremos estar de acuerdo en que el 22 de febrero, en muchos lugares, tuvo que ser un domingo distinto, es decir, como por lo general son los domingos, por distintos que puedan ser para cada quien. De súbito, y temprano, pudimos temer que no iba a verificarse la estable sucesividad de lo previsible: cundían las noticias, verdaderas y falsas (otra distinción inútil, pienso: el terror no repara en sutilezas, y las noticias verdaderas parecían inverosímiles y, viceversa, las falsas eran perfectamente creíbles), y supimos que convenía resguardarse, moverse lo menos posible, seguir informándose. De algún modo, ese encierro repentino y el desasosiego que traía consigo fueron como una condensación, en cuestión de horas, de lo experimentado en la pandemia. Se suspendió lo que se pudo —imbécilmente, el gobierno estatal en Jalisco paró de golpe todo el transporte público, de forma que la gente no tuvo manera de regresar a sus casas—, nos avinimos a conectarnos con quienes no teníamos al lado. Y esperamos. El silencio que se desplomó sobre Guadalajara, del mediodía en adelante, y hasta la mañana del martes, era ensordecedor.
Y pudimos saber, entre otras cosas, qué valiosa es la ocurrencia de lo invariable, y de qué modo las existencias de muchos se ajustan sin cuestionarla a esa confianza de que pasará lo que tendría que pasar: cuando nos dimos cuenta de que la alacena o el refri estaban vacíos, y con todo cerrado, ¿cómo nos íbamos a aprovisionar? Tal vez por culpa de la literatura o del cine, y en todo caso de la imaginación, la excepcionalidad y la aventura tienen más prestigio que la rutina y que las inadvertidas materializaciones de lo cotidiano. Habrá que emprender la ponderación objetiva de lo consabido —y, yo diría, su elogio entusiasta—. El acontecimiento de lo mismo como la opción siempre preferible a la matanza y el saqueo y el incendio.
Lo he recordado alguna vez aquí: cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Kafka anotó en su diario: “Alemania le declaró la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación”. Un sabio sentido de la prescindencia: dar la espalda al mundo, que no nos ha tenido en cuenta para reventar. Quién fuera como Kafka.
J. I. Carranza
Mural, 1 de marzo de 2026.