¿Cuántas manifestaciones de algo inusitado se precisan para que eso inusitado se desactive? O pongámoslo de este modo: al encontrarse con algo raro, inesperado, impensable incluso, la impresión original de extrañeza irá siendo más difícil experimentarla conforme los encuentros se repitan, pero ¿en qué punto podemos afirmar que ya nos acostumbramos? Imagino que la respuesta podrá brindarla el cálculo de probabilidades, más concretamente cuando las manifestaciones de lo que se habría tenido por extraordinario al presenciarlo por primera vez empieza a repetirse y acaso vaya adquiriendo sentido pensar en el surgimiento de una tendencia. Y me refiero —voy acercándome ya al fenómeno que me metió en este berenjenal ocioso: es asombrosa la diversidad de naderías que a uno se le ocurren en un embotellamiento tapatío— a las tendencias que suelen caracterizar el comportamiento de la gente, y que a menudo no advertimos sino hasta que se han expandido lo suficiente como para dar forma al paisaje, que es otra manera de llamar a lo cotidiano, es decir, al mundo —fue largo el embotellamiento, como se ve: el consabido marasmo vehicular de López Mateos, cualquier día hábil en la tardecita, cuando ya pardea y de pronto es de noche: esa hora en que el Caballero Inexistente de Italo Calvino temía desaparecer del todo y se ponía a hacer matemáticas, para así asegurarse su peculiar existencia indemostrable.
El fenómeno: valiéndose de numerosos trocitos de cinta aislante y de varios (muchos) metros de series de foquitos navideños, un automovilista ha querido que su coche (un Chevy traqueteado, medio rengo, de esos cuya edad la delata la saturación de calcomanías de refrendo en el vidrio trasero, amén de lo roñoso de la tapicería, que no alcanzo a ver pero infiero) destelle en medio del tráfico como un puñado de estrellas polícromas… o bien el coche mismo es una estrella que estalla incesantemente, una supernova, un cataclismo sideral como los que de cuando en cuando sorprenden a los astrónomos, haces insospechables de luces que han seguido viajando a lo largo de millones de años luego de la explosión de la estrella. (Y me quedo pensando en el primer coche que tuve, hace siglos, un magnífico trasatlántico negro y reluciente del 77, y que era justamente un Chevy Nova, cuya pérdida fue equiparable al vacío insondable que dejan tras de sí esas supernovas que revientan y desaparecen: me lo robaron).
Acaso con pretensiones de carro alegórico o de fuego artificial motorizado, el coche ultralumínico no ofrece misterio, pues su materialización tiene lugar en estas fechas y los foquitos, ya lo dije, son navideños: de esos que están recubiertos por estrellitas de plástico azules, rojas, amarillas, verdes, blancas, piececitas picudas que cuando estamos poniendo el arbolito siempre se las ingenian para que una se desprenda y se extravíe y quede tirada en algún rincón de la sala (no se ven: sin luz son transparentes), y sólo volvemos a dar con ella cuando la pisamos y se nos clava en la planta del pie descalzo. En todo caso, a lo que apremia la visión es a conjeturar las razones de que el automovilista haya decidido festejar así, haciendo de su vehículo un surtidero ambulante de su entusiasmo o su alegría por la inminencia de la Navidad: un entusiasmo algo excesivo, diría yo si no tuviera presentes los excesos de santacloses y monos de nieve y cintas y moños dorados y esferas y neones y arbolitos a que es proclive una vecina, que cada año parece que saquea las Galerías El Triunfo y Fantasías Miguel para decorar su fachada. Seguramente el dueño del coche tiene cerca niños, y para su deslumbramiento es que ha resuelto transitar así, vuelto un disparatado vataje multicolor.
Pero un par de días después me encuentro con otro ejemplar. Y al día siguiente uno más. ¿Se puso de moda? Todavía hace poco, el frenesí de la temporada se anunciaba en la proliferación de automóviles y, sobre todo, camionetas familiares que lucían cuernos de reno. Por no hablar de los gorros rojos o verdes de Santa o de sus esclavos, que es imperativo que sobreabunden en los cruceros… y se impone hacer memoria: ¿cuándo se implantó esa usanza en nuestra vivencia de este tiempo? ¿Qué tanto hace que Santa y su parafernalia eran cosa gringa, y por tanto repelente, y en qué momento y cómo se incorporaron a nuestra comprensión de las fiestas? Incluso el arbolito: lo nuestro era poner nacimiento, colgar si acaso algunos farolitos de papel, prender luces de Bengala, y hasta ahí. Yo recuerdo, y seguramente muchos tapatíos con más de una vuelta al kilometraje también, cómo en el cruce de Juárez y 16 de Septiembre la Navidad era una piñata gigantesca que flotaba sobre nuestra inocencia irrecuperable, y de ella partía a lo largo de ambas avenidas la instalación de la iluminación vistosa tramada con kilómetros de escarcha y luces, como si la ciudad y el cielo se acercaran… ¿Por qué esas avenidas dejaron de iluminarse así? Tal vez por eso haya ahora coches con foquitos, para compensar.
Hoy toca ir a surtirse al tianguis del Refugio: el arbolito, qué remedio, y una nueva corona para la puerta. Musgo, quizás, y papel roca para el nacimiento; heno queda bastante del año pasado. Quiero ver si están vendiendo ahí algún dispositivo que facilite la conexión de series a la batería de la camioneta.
J. I. Carranza
Mural, 30 de noviembre de 2025.