Etiqueta: Guadalajara (Página 2 de 5)

Silencio

Los muertos son siempre demasiados. Uno solo es demasiado. Las vidas suprimidas de otras formas, por ejemplo con lesiones incapacitantes, o bien haciendo desaparecer a alguien, son siempre demasiadas también. (En rigor, habría que distinguir entre “desaparición forzada” —la que corre por cuenta del Estado— y “privación ilegal de la libertad” —atribuible al crimen, organizado o no… y ya estamos viendo lo bien organizado que está—; sin embargo, no parece un completo disparate aducir aquiescencia del Estado mexicano en la perpetración de esas privaciones, ya sea por ineptitud o por connivencia, de manera que la distinción significa poco en una realidad como la nuestra). Cada una de esas vidas, además, va siendo amputada de otras muchas que la rodean y que han de proseguir como puedan, mientras puedan.

      Sin embargo, la demasía incesante de vidas clausuradas, de modos crueles y dolorosos por lo general (y dolorosos y crueles siempre para los sobrevivientes), va volviéndose más invisible conforme crece y lo cubre todo. Acaso sea que la ceguera impide percibir cómo se adensa la oscuridad de la noche, o quizás es que hace mucho tiempo se atrofió de modo irreversible nuestra capacidad de comprender la desmesura del mal y de su locura. Los cuerpos que desbordan las morgues, los que infaman la tierra a la espera de que un grupo de madres dé con ellos, las pedaceras de cuerpos en bolsas tiradas en cualquier rincón de cada día, los cuerpos esfumados o disueltos o cuyo recuerdo irá desvaneciéndose como suposiciones cada vez más débiles, los cuerpos detrás de las cifras cada vez más carentes de sentido y los que harán crecer esas cifras mañana, y pasado mañana, suman cantidades cada vez menos útiles para hacerse una idea de lo que es esto. 

      Y por ello, por ejemplo, da la impresión de que es más sencillo dimensionar lo ocurrido el domingo pasado asomándose a los estragos materiales: los locales y vehículos incendiados y las pérdidas millonarias que dejaron, el perjuicio directo para sus propietarios, las interrupciones en la circulación de mercancías, los esfuerzos que habrá que hacer para la recuperación y, aun con esos esfuerzos, las repercusiones del estallido para la continuación de la vida económica del país. Que es, por lo visto, la que más importa: un bebé en llamas o una joven madre asesinada han dado menos de qué hablar que el temor de que se cancele el Mundial. Dicho de otra forma: a los muertos, civiles o no, que los lloren los suyos; el miedo y la zozobra experimentados por la población no hay más que dejarlos pronto atrás y guardarlos para la siguiente ocasión de usarlos. A ocuparse de otras cosas. Es asombroso qué bien se nos da rearmar la “normalidad” cada que revienta. Atravesamos la angustia y la incertidumbre como se atraviesa una lluvia, como si no hubiera más que tramitar el hecho de que la lluvia hace lo que hace la lluvia, y uno se moja y a veces cae un rayo y alguna vez crece un río o una avenida o una colonia se inundan. Y luego sale el sol. Nomás que las lluvias de balas y fuego no tendrían por qué parecernos normales. En otros países las llaman guerra.

      Muchos podremos estar de acuerdo en que el 22 de febrero, en muchos lugares, tuvo que ser un domingo distinto, es decir, como por lo general son los domingos, por distintos que puedan ser para cada quien. De súbito, y temprano, pudimos temer que no iba a verificarse la estable sucesividad de lo previsible: cundían las noticias, verdaderas y falsas (otra distinción inútil, pienso: el terror no repara en sutilezas, y las noticias verdaderas parecían inverosímiles y, viceversa, las falsas eran perfectamente creíbles), y supimos que convenía resguardarse, moverse lo menos posible, seguir informándose. De algún modo, ese encierro repentino y el desasosiego que traía consigo fueron como una condensación, en cuestión de horas, de lo experimentado en la pandemia. Se suspendió lo que se pudo —imbécilmente, el gobierno estatal en Jalisco paró de golpe todo el transporte público, de forma que la gente no tuvo manera de regresar a sus casas—, nos avinimos a conectarnos con quienes no teníamos al lado. Y esperamos. El silencio que se desplomó sobre Guadalajara, del mediodía en adelante, y hasta la mañana del martes, era ensordecedor.

      Y pudimos saber, entre otras cosas, qué valiosa es la ocurrencia de lo invariable, y de qué modo las existencias de muchos se ajustan sin cuestionarla a esa confianza de que pasará lo que tendría que pasar: cuando nos dimos cuenta de que la alacena o el refri estaban vacíos, y con todo cerrado, ¿cómo nos íbamos a aprovisionar? Tal vez por culpa de la literatura o del cine, y en todo caso de la imaginación, la excepcionalidad y la aventura tienen más prestigio que la rutina y que las inadvertidas materializaciones de lo cotidiano. Habrá que emprender la ponderación objetiva de lo consabido —y, yo diría, su elogio entusiasta—. El acontecimiento de lo mismo como la opción siempre preferible a la matanza y el saqueo y el incendio.

      Lo he recordado alguna vez aquí: cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Kafka anotó en su diario: “Alemania le declaró la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación”. Un sabio sentido de la prescindencia: dar la espalda al mundo, que no nos ha tenido en cuenta para reventar. Quién fuera como Kafka. 

J. I. Carranza

Mural, 1 de marzo de 2026.

De colores

Cuando se dispuso que los taxis en Jalisco fueran blancos con amarillo, en 2018, se pretextó que ello ayudaría a combatir la piratería. Nunca quedó claro cómo ni por qué, y más bien pareció que era una arbitrariedad burocrática. O estética. Alguien llegó con la ocurrencia y alguien más la autorizó. No está claro que hayamos ganado nada con el cambio. Fue una de las últimas dagas de la administración de Aristóteles Sandoval. Además de eso de la piratería, se adujo que así se buscaba modernizar las flotillas —como si no pudiera haber coches nuevos con los colores viejitos, y viceversa— y también aseguraron que habría taxis ecológicos, blanco con verde, lo cual desde luego fue mentira. Lo triste es que esa imposición no pareció inconformar a nadie, o no tanto como para oponerse decididamente, y pronto fue quedando erradicada del paisaje la combinación de azul y amarillo con que los taxis recordaban los colores de las torres de Catedral.

      Acaso las mutaciones cromáticas, más que desencadenar problemas demasiado graves para la existencia y el funcionamiento de la ciudad, sean signos de nuestras pretensiones y nuestras suposiciones, y delaten por tanto nuestros modos de entender la vida en Guadalajara. Y esos modos sí que pueden ser problemas menores o mayores. Por ejemplo, el color de las banquetas. Durante tanto tiempo como para volverse emblemática, la combinación del rojo y el blanco predominaba en muchas calles del centro y de los barrios más tradicionales, así como en colonias que iban expandiendo en todas direcciones una extensión urbana caminable, más manejable que la que nos contiene hoy en día. A veces el blanco se trocaba por un amarillo claro, sobre todo hacia el oriente, pero en general la cuadrícula bicolor estaba tan incorporada a nuestra forma de ser como ciertos sabores, olores, texturas y sonidos inconfundibles y confiables: como las pitayas de las Nueve Esquinas, como los efluvios de la Aceitera, como el agua del Parque Alcalde o como el pitido del carrito de los camotes en las esquinas de la noche. De pronto, quién sabe si porque dejó de importarle a nadie, las banquetas tapatías ya no quisieron seguir poniéndose esos colores. En su lugar empezó a predominar el vil cemento sin gracia alguna, y tampoco pareció que lo lamentáramos demasiado. (Hay que decir que los cuadritos rojiblancos se han vuelto ahora un emblema de la gentrificación, pues solamente los ponen quienes pretenden el revival nostálgico de una Guadalajara que ya no existe, por ejemplo afuera de restaurantes o cafés hípsters. Y caen muy gordos).

      ¿Qué significa, entonces, esa mutación? Que perdimos cuidado por preservar una seña de identidad, y que de haber hecho lo contrario tal vez habríamos conseguido mantener en las calles tapatías una imagen más digna que la que hoy tenemos. Las banquetas feas de cemento no parece que merezcan ser barridas ni lavadas, ni reparadas cuando se rompen. Y así van destruyéndose y volviéndose más peligrosas y estando cada vez más sucias. (Aprovechando: los alardes de limpieza y embellecimiento de la ciudad que hace la alcaldesa Verónica Delgadillo son cada vez más infundados y enojosos: cómo se ve que nunca da dos pasos más allá de los posts de sus redes sociales, y no ve las cantidades de basura y mugre y pestilencia que hay por todos lados).

      Hasta que el gobierno de Enrique Álvarez del Castillo se propuso poner orden en las rutas de camiones en Guadalajara —y desde entonces sólo hemos ido de fracaso en fracaso—, nos manejábamos medianamente bien con los sencillos principios de una organización por rumbos y colores. Pintados sus fuselajes con anchas franjas, lo mismo que sus defensas, los camiones servían así a una población en la que aún era muy probable que mucha gente no supiera leer, pero además imprimían una variada alegría a la escenografía de lo cotidiano. Los amarillos iban hacia Miravalle, los violetas hacia San Pedro, los verdes hacia el Colli, los azul marino hacia el Baratillo, los rojos… ¿A dónde iban los rojos? ¿Y de qué color era el eje Oblatos-Colonias? Esta organización ejemplar daba cabida a los camiones chatos del SUTAJ, de un opaco beige (los coloridos eran de la Alianza de Camioneros), cuyas rutas estaban numeradas del 100 en adelante (el 100 y el 101 cruzaban desde Zapopan hasta San Pedro), y luego hubo que hacer espacio a los de Servicios y Transportes, beige con naranja (como el 275, que acaso fue el primero que empezó a tener letras para indicar las variaciones de sus derroteros), y al fin al arcoíris de los trolebuses y las combis de Sistecozome… Hoy, con la mayor parte de los camiones repartidos entre el rojo y el verde, la ciudad es más impaciente consigo misma, o neurótica o rabiosa, y no parece tener ya calma para proponerse jugar como lo hacía antes. Si volviéramos a un principio de ordenación cromática del transporte colectivo, ¿no recuperaríamos algo de la sensatez perdida?

      «El Pájaro» de Goeritz dejó de ser amarillo como los taxis (sí, volvió a su color original, pero es horrible). Afortunadamente no ha pasado lo mismo con las esculturas de González Gortázar en el Parque González Gallo y en Jardines Alcalde. Etcétera. Por imperceptibles que puedan ser estos cambios, el hecho es que alteran también la memoria que tenemos de la ciudad, y acaso así ésta se nos vaya desfigurando o borrando, irremediablemente. 

J. I. Carranza

Mural, 8 de febrero de 2026.

¿Exterminio?

Era enero, justamente. En 1989. Hacía tres años del Mundial y faltaban otros tres para las explosiones del Sector Reforma. Estaba por inaugurarse la línea 1 del Tren Ligero. La Guadalajara de ese momento no nos parecería irreconocible, pero sí sumamente distinta. Tenía otras dimensiones, aún no se había dejado arrebatar por los delirios de grandeza que le han hecho crecer racimos de torres inservibles por todos sus rumbos, iba a otro ritmo o a otra velocidad —al igual, supongo, que las sociedades urbanas en general cuando aún se veía lejano el cambio de milenio, internet aún no irrumpía en nuestra viday apenas estaban por empezar a caer los muros, como el de Berlín, que habían contenido nuestra comprensión del mundo a lo largo de ese periodo extraño (pero hoy incluso añorable) que era la Guerra Fría—. La ciudad y el país no podían imaginar las pesadillas que les aguardaban conforme fueran internándose en el nuevo siglo. Por ejemplo: la Glorieta de los Niños Héroes era solamente eso, un monumento para conmemorar ahí el episodio fantástico de Chapultepec, y no el memorial de la infamia y el epicentro de la desesperación y la angustia que es hoy en día.

      Aquellas relativas calma e inocencia se vieron entonces perturbadas por la ocurrencia de ocho o nueve asesinatos que tuvieron lugar en el transcurso de unas cuantas semanas, hasta marzo. De modos parecidos, las víctimas —también parecidas— amanecían en el frío de aquellos días con un balazo en la cabeza, y pronto empezó a hablarse de un asesino serial cuyos móviles era menos difícil imaginar que comprobar —también entonces la policía era inepta, sólo que hoy lo es más si se tiene en cuenta la tecnología con que supuestamente trabaja y la red de cámaras con que supuestamente debería ver todo lo que pasa—. «El Mataindigentes», como empezó a llamarse a quien fuera que estuviera asesinando personas, estaba enfrascado en una empresa personal de erradicación de seres humanos que encontraba indeseables; atacaba por la noche, cuando sus blancos estaban dormidos, se movía en un vocho azul (o blanco). Los muertos, anónimos salvo uno, eran de edad avanzada o, en todo caso, no demasiado jóvenes. Vivían en la calle, o al menos ahí habían caído, una noche, para ya no despertar. Igual que como sucede hoy (los tapatíos cambiamos poco), probablemente nadie se habría percatado de sus existencias de no ser por la forma brutal en que éstas habían acabado. Los indigentes (ya no les decimos así) eran y son invisibles hasta que los señala la desgracia, y a menudo ni siquiera entonces. (El que no era anónimo fue identificado como un viejo ladrón, apodado «El Raffles Mexicano» en recuerdo del afamado delincuente victoriano de guante blanco, al parecer porque había hecho fama con sus hurtos sin sangre y con alguna elegancia. Viejo y arruinado, aquella carrera no le sirvió para salvarse de vivir y de morir en la calle a manos del asesino del vocho blanco o azul. Se dijo que, a la hora del balazo, llevaba consigo una valija llena con recortes de periódico que contaban sus hazañas).

      Agarraron, al fin, a un individuo de cuya responsabilidad nunca pudo tenerse certeza absoluta. Parece que el dato que se juzgó más fehaciente fue su cojera: al asesino escurridizo alguien lo había visto arrastrar una pierna. En todo caso, los asesinatos pararon. Mientras ocurrían, las autoridades procuraron resguardar a quienes dormían en las calles. Luego ya no vieron la necesidad.

      Fue, acaso, la penúltima vez en que la sociedad tapatía pudo consternarse y apiadarse auténticamente (la última fue el 22 de abril de 1992, cuando voló por los aires no sólo un buen pedazo de ciudad, sino también nuestra credulidad y quedamos de algún modo atrofiados ante los horrores que nos esperaban). Y acaso ésa sea una de las diferencias principales entre aquel tiempo y el presente, hoy que ha venido informándose de una nueva cuenta, ya larga, de personas asesinadas que, como las víctimas del «Mataindigentes», tienen en común la desdicha insondable de vivir en la calle y de ser nadie para nadie. Como ha publicado el diario NTR, en el último año van al menos 15 homicidios de personas con estas características, y aunque no haya indicios aún para vincularlos, sí recuerdan aquella campaña de exterminio de 1989. Sólo que a una escala mayor.

      En el chat de los vecinos de la colonia, son frecuentes los mensajes que reportan a alguien que anda haciendo dagas: que grita, rompe algo, quema algo, se encuera, se ha derrumbado a la entrada de una cochera, está a media banqueta en un charco de sus propias deyecciones, etcétera. Los reportes buscan que la policía acuda, y a veces tienen razón, pero a veces no: son sólo vecinos que quieren que el paisaje esté despejado de esas sombras, esos muertos vivientes o esos fantasmas demasiado concretos. No son raros los mensajes que claman por que alguien ponga remedio de una vez por todas. Que alguien acabe con la plaga. Una vecina incluso anhela que alguien les vierta agua hirviendo cuando pasen. Otro, que alguien les prenda fuego. (Ese vecino y esa vecina no sé quiénes sean, pero seguramente nos habremos saludado más de una vez en la tienda o nos hemos dado sonrientemente la paz en misa).

      Los crímenes de hoy, a diferencia de los de hace casi cuarenta años, no nos importan en absoluto.  

J. I. Carranza

Mural, 1 de febrero de 2026.

«Patrimonial»

De la noche a la mañana, el terreno donde había una finca de «valor patrimonial» queda momentáneamente ocupado por una montaña de escombros. Es casi imposible asegurar que hubo una demolición: tan rápida fue, tan silenciosa, tan subrepticia, que parece obra de maquinaria fantástica o de una intervención sobrenatural. Donde se alzaban las formas distintivas de la finca, su singularidad y por lo general su gracia, hay ahora solamente un repentino vacío, un cambio que ya empieza a ser ominoso debido a que no parece haber justificación válida para la destrucción. La finca sostenía buenas relaciones con el paisaje, contribuía con su presencia a las condiciones elementales de armonía que todo paisaje urbano necesita para ser, al menos, vivible, y con frecuencia también querible y aun entrañable. Era una casa, además, a partir de cuyo carácter evidente podían colegirse una historia y sus acomodos sucesivos a los inevitables cambios que trae consigo el paso del tiempo. Al principio, naturalmente, su función consistió en acoger las vidas de quienes la habitaban, e incluso ese propósito explica la configuración original que tuvieron sus espacios. Luego, esos espacios sirvieron a otros fines: donde antes se dormía o se leía o se comía o se oía música o se veía la tarde, ahora había escritorios, archiveros, divisiones provisionales que multiplicaban o reducían las superficies, luces inclementes u hostiles donde nunca antes las hubo, aguas redirigidas o clausuradas según las necesidades nuevas de los nuevos ocupantes, etcétera. Se hizo después lugar al fuego y al trajín de una cocina, o a las noches y sus caos que debería hacer caber ahí un antro (o a un almacén o a una fábrica o a cualquier uso indiscernible y cada vez más alejado de los que podrían tener esos muros y esos techos y esas ventanas y el breve jardín circundante), y así, poco a poco, las cirugías menores y mayores fueron desfigurándola y estrangulándola. Alguna vez, con suerte, alguien llegó que atinó a restituirle alguna dignidad y algún decoro. Pero acabó venciendo el abandono y llegó el día en que la casa únicamente les importó a quienes habrían de derribarla.

      Lo de «patrimonial», entonces, que tienen las fincas en una ciudad como Guadalajara, sólo puede tomarse en su sentido estrictamente monetario: una finca es patrimonio por la suma en que puede venderse, y se termina vendiéndola para que desaparezca: en aquel terreno vacío que surgió de súbito inmediatamente se practicará un abismo brutal para que desde él se alce una torre, también en cuestión de instantes, pletórica asimismo de vacío. No es difícil imaginarlo: la finca fue al principio de la familia que la mandó construir; los integrantes de esa familia fueron dispersándose, luego muriéndose, y quien acabó viéndose al fin con la propiedad resolvió —se diría que inevitablemente— deshacerse de ella, vendiéndola al mejor postor antes que proponerse nada para mantenerla viva —ni siquiera rentarla, con la cantidad de problemas que ello acarrea—. La historia y los significados de la existencia de esa casa acaso sólo tuvieron valor para quienes vivieron en ella, para quienes tuvieron algo que ver con ella por cualquier razón en sus diferentes etapas. Pero no para la ciudad, que ha dejado que la tiren y que esa historia y esos significados se revuelvan con el escombro, y que ya la ha olvidado, por más que diga que la recuerde. Con recordar nada se gana, conservar cuesta y nada reditúa, a nadie le importa esa casa que tumbaron, si además ya estaba desde hace tiempo asolada por el descuido y era madriguera de malvivientes, una excrecencia indeseable.

      No hay gran misterio: las casas que se derriban todos los días en Guadalajara, y que poseen relevancia arquitectónica, urbanística e histórica, caen porque a sus dueños así conviene y porque la sociedad tapatía no tiene el mínimo interés en que se mantenga en pie. No se le ocurre para qué podrían servir, como no sea para estorbar o para que sigan cayéndose y emporcando el entorno; quienes pueden sacar alguna ganancia, aprovechan en cuanto se presenta la oportunidad de vendérsela a quienes están levantando el paisaje absurdo de edificios deshabitados en las zonas que supuestamente van volviéndose así más apetecibles. ¿Lo lamentaremos, alguna vez? No parece probable: esta sociedad, olvidadiza y desaprensiva, es negligente al punto de dejar que sus destinos los conduzca una caterva de individuos ignorantes y mezquinos y codiciosos y mendaces, de manera que está coludida con la comisión de estropicios y con el deliberado y sostenido arruinamiento del pasado del que proviene.

      Cerca del terreno donde hoy está la montaña de escombros, en el espacio de cuatro cuadras, hay al menos tres casas tan formidables como la que acaban de tumbar. Una es una notaría; en otra hay un café (no se ve que vaya a durar mucho). La tercera ya está sola, grafiteada y con las ventanas reventadas. Las tres debieron de ser bellísimas en su tiempo. Ya sabemos en qué orden van a ir desapareciendo. Había dos más, hasta hace poco: hoy hay un Oxxo en el lugar de una, una torre desierta en el de otra. Hay también un baldío enorme que ha permanecido ahí por años, como un elocuente emblema de la más estúpida codicia: ni levantaron nada nuevo, ni lo pueden vender, ni sirve para maldita la cosa.  

J. I. Carranza

Mural, 25 de enero de 2026.

Pedacitos

Discretos, por no decir insignificantes —por no decir superfluos, por no decir innecesarios e inservibles—, los retoques que están haciéndose en algunos puntos de la ciudad tienen, evidentemente, fines escenográficos, pues con ellos se busca, ante todo, que esos puntos luzcan para las cámaras televisivas que transmitirán desde Guadalajara durante el Mundial. Se trata de espacios en los que se pretenderá mostrar las supuestas bellezas y alegrías de la ciudad, el imaginario optimismo que bulle entre sus habitantes, las fantasiosas pujanza y prosperidad sobre las que nos impulsamos hacia un futuro brillante y sin perder de vista nuestro pasado esplendoroso, todo escurriendo orgullo y excepcionalidad histórica. Desde la Plaza Tapatía, el Trocadero, la Plaza de la Liberación o la Minerva, los drones mostrarán al universo encuadres perfectos de la arquitectura impoluta y resplandecientemente iluminada, estallarán los cielos tapatíos con toneladas de fuegos artificiales, y los ríos de tequila y el atronar de mariachis inundarán y retumbarán en el planeta antes, durante y después (pero no mucho después) de los cuatro partidos que aquí se jugarán.

      Pero son discretos esos arreglos, decíamos: se limitan a remozar un poco, limpiar, resanar; cuando mucho, se atreven a introducir algunos cambios en las dinámicas del tránsito de peatones y vehículos (nada drástico), y traen consigo ciertas mejoras que de todas formas tendrían que hacerse tarde o temprano: cambio del mobiliario urbano, instalación de luminarias, etcétera. Tal mesura se debe, probablemente, al hecho de que cuatro partidos no fueron suficiente pretexto como para proponerse ninguna obra demasiado audaz ni tremebundamente imponente, nada que en verdad dejara con la boca abierta al mundo, y es así que Guadalajara no tendrá, en realidad, ninguna huella decisiva, perdurable y significativa para su historia futura a raíz de lo que ocurrirá en junio aquí. Sí, desde luego: con su hiperbárica enjundia característica, el gobernador Lemus se regodea al anunciar lo dichosos que seremos gracias a la multiplicación de carriles en un tramo de la carretera a Chapala —incluido el camión que no pudo ser tren—, y con evidente satisfacción de sí mismo da pasitos danzarines por la peatonalización de la calle Degollado frente al teatro ídem, felicitándonos de que ya podrán correr ahí los niños sin que los atropellen. Pero, en el primer caso, esos carriles extra pronto estarán saturados por los miles de coches que vamos a meter en ellos, y así esa obra demostrará lo inútil que fue, y si la ampliación de la plaza frente al teatro es tan loable, ¿por qué no se animaron a volver peatonal todo el centro?

      (Dice mucho acerca de las prioridades de nuestros gobernantes, de sus intereses inmediatos y de su desdén por las auténticas necesidades urgentes de la población, el hecho de que llevemos ya un buen rato sin que hablen de López Mateos. El asunto, que marcó en buena medida la agenda pública durante la segunda mitad de 2025, misteriosamente ha quedado silenciado o a propósito desatendido sin que parezca haber más razón que los inconvenientes que ocasionaría para la imagen de la ciudad en tiempos mundialistas. Como si por arte de magia fueran a desaparecer los problemas cotidianos que a diario sufren los cientos de miles de tapatíos obligados a usar esa vía y sus alrededores. O, más bien, como si hubiera la consigna —acaso desde Casa Jalisco— de que nadie le mueva de aquí a julio, al menos. Y lo que asombra es que también parezcan apaciguadas las voces críticas y que se deje a Lemus y a los alcaldes involucrados hacerse impunemente patos sin avanzar en ninguna solución).

      Cuatro partidos chirles, entonces, no son justificación para gastar más de lo indispensable, fuera de esas obritas decorativas. Nada de qué extrañarse, en una ciudad en la que la obra pública realmente necesaria se posterga hasta que es inevitable, y entonces se hace pero sólo parcialmente y como remiendo o parche exigido por la urgencia (remember el socavón de julio de 2024, cuando el Arroyo Seco mostró no estarlo tanto, uno de muchísimos ejemplos de la ciudad que se hunde, se rompe, se cae o revienta por esa pésima costumbre que tenemos de no darle mantenimiento). Entre las inundaciones y los incendios forestales, el deplorable transporte público (por más que Lemus lo encuentre naranjamente rentable con su tarjetita famosa), el agua que llega lodosa a las casas (cuando llega), las roturas imparables de las calles con la proliferación de socavones y baches, el abandono del patrimonio arquitectónico y la erección de incesantes torres vacías, amén de la inseguridad imparable y la desatención a los más desamparados (la población impresionante de personas en situación de calle, de la que nadie quiere ocuparse), la Guadalajara por presumir en el Mundial estará sólo en esos pedacitos que medio se arreglaron, y nada más.

      En todo caso, para algo servirán esos arreglos: como vi que alguien sugería en alguna red, por lo menos las facilidades peatonales en la Minerva permitirán que crucen sin tanto peligro las personas que vayan a pegar ahí las fichas de búsqueda de sus seres queridos. Pues no se olvide que en Guadalajara somos campeones en desapariciones: a ver si eso también sale en las transmisiones del Mundial.  

J. I. Carranza

Mural, 18 de enero de 2026.

Siquiera

Por lo que parece, ya están por terminar las obras de remodelación de la Minerva. O una parte, al menos: por lo visto, con el pavimento no se metieron, o no todavía —y estaría bien que lo hicieran, pues a alguien se le ocurrió, hace tiempo, que la llamada superficie de rodamiento tuviera una especie de grabado que mal imita el adoquín, y que sólo sirve para que el paso de los vehículos sea más ruidoso de lo que debería; lo mismo hicieron en Chapultepec, hace años, volver la calle ensordecedora en nombre de puras ocurrencias—. Se ve que la intervención fue más cosmética que funcional: no cambiará mucho la dinámica que hoy tiene lugar entre vehículos y peatones, y estos últimos no saldrán ganando gran cosa, más que algún camelloncito rascuache o alguna isleta en medio de las avenidas para detenerse mientras se pone el siguiente alto. (Recordé un bonito ensayo de Valeria Luiselli, “Relingos”, que habla de esos pedazos que sobran cuando las manzanas y las calles no acaban de encajar entre sí del todo: espacios demasiado pequeños para construir algo en ellos y demasiado grandes como para incorporarlos de modo práctico al paisaje; a veces acaba poblándolos alguna obstinación de matas y aun flores, o bien se usan como basureros, y son recordatorios, en todo caso —esto no lo dice ya Luiselli—, de nuestra inveterada propensión al error y de que nunca podremos ajustar todas las junturas del deficiente universo).

      Han puesto, también, en el pedazo de calle del que mana López Cotilla, unas bancas que le dan la espalda a Vallarta. Camitas para indigentes, porque quién en su sano juicio va a ir a sentarse ahí, bajo el solazo y a sólo ver pasar coches, y con riesgo de que alguno venga enloquecido, a toda velocidad, y se le estampe. Gordos bolardos a granel, también, listos para que un borrachazo los derribe. Arbolitos, luminarias. Lo esperable, supongo, cuando se trata de una obra que ni era urgente ni era indispensable, como se ve que están siéndolo todas las que se han emprendido con miras a que los visitantes no hallen la ciudad tan tirada cuando vengan al Mundial. Me asomé, en días pasados, a lo que están haciendo en el tramo de Avenida México que corre entre Chapultepec y Américas, y lo mismo: apenas un reacomodo ligero de las superficies, como cuando a uno le da una pereza inmensa desentilichar en serio y se limita a mover de lugar los mismos estorbosos trinchadores y roperos (“trinchador”, ¿quién dice “trinchador” todavía? Es una de esas palabras, me temo, cuyo uso inadvertido delata la edad y la pertenencia a un tiempo y a un mundo ya cada vez más desfigurados por el olvido. Como “pichancha” o “mechudo” o “pocillo”).

      Pero la más deplorable e inútil de estas intervenciones es, pienso, la que está teniendo lugar en la Plaza Tapatía, donde van limitándose por ahora a levantar una fuente para poner en su lugar ¡otra fuente igual! O muy parecida, al menos, que es lo que se distingue desde los altos del Centro Joyero, adonde me metí el otro día con tal de chismear qué estaría ocurriendo a los pies del Rabito de Porky (“La inmolación de Quetzalcóatl”, perdón), frente a lo que fuera Salinas y Rocha. Disfrutado desde hace mucho por los chamacos vagos que corren entre los chorros o chapotean en esa larga alberca, el conjunto tampoco requería más que alguna limpieza y alguna pintadita. Porque, si lo que querían era entrar a fondo, lo que habría que hacer es tirar por completo la Plaza Tapatía, desde el Degollado hasta el Cabañas, con todos los edificios esperpénticos que ahí se alzan desde el tiempo de Flavio Romero de Velasco. 

      Y es que la cosa es que ese cambio de una fuente por otra está a años luz de servir para darle a la zona un mínimo no digamos de dignidad, sino de habitabilidad. San Juan de Dios y sus alrededores deben de ser uno de los espacios más inmundos de esta ciudad. Ese día que me metí al Centro Joyero, crucé a pie la Calzada desde el Parián, como hace mucho no lo hacía y como a diario lo hacen miles y miles de personas que viven o trabajan en el rumbo (o que inverosímilmente lo visitan), y el miasma que se eleva desde las profundidades infectas del río entubado casi me hizo devolver el estómago. Luego, el olor a orines que rodea la iglesia (esa delicada belleza que resiste contra la crueldad del entorno), y que se esparce a lo largo de la Plaza de los Mariachis; luego, al atravesar el tumulto de gente y puestos en la plazoleta vecina al mercado, las ratas que corren libremente entre la basura de días —y yo pensaba en los alardes que hace Verónica Delgadillo, orgullosa (con alguna razón) de lo que ha logrado con la basura de Guadalajara, pero quien seguramente no se ha asomado a ver y a oler los colmos de asquerosidad que se acumulan todos los días en San Juan de Dios y sus alrededores, justo por debajo de donde prosiguen los trabajos de la famosa fuentecita.

      Tal vez no habría por qué pretender otra cosa. Los carriles pinchurrientos que le aumentaron a la carretera a Chapala, entre el Periférico y el Aeropuerto, o el cambio del piso en la Plaza de la Liberación, a lo mejor son ganancia, habida cuenta de que sólo tendremos cuatro miserables partidos y no de los más importantes —y eso si Trump no nos invade antes o si no se le antoja cancelar el Mundial o amenaza con venir a hacer redadas al Akron—. Démonos de santos. 

J. I. Carranza

Mural, 7 de diciembre de 2025.

¡Foquitos!

¿Cuántas manifestaciones de algo inusitado se precisan para que eso inusitado se desactive? O pongámoslo de este modo: al encontrarse con algo raro, inesperado, impensable incluso, la impresión original de extrañeza irá siendo más difícil experimentarla conforme los encuentros se repitan, pero ¿en qué punto podemos afirmar que ya nos acostumbramos? Imagino que la respuesta podrá brindarla el cálculo de probabilidades, más concretamente cuando las manifestaciones de lo que se habría tenido por extraordinario al presenciarlo por primera vez empieza a repetirse y acaso vaya adquiriendo sentido pensar en el surgimiento de una tendencia. Y me refiero —voy acercándome ya al fenómeno que me metió en este berenjenal ocioso: es asombrosa la diversidad de naderías que a uno se le ocurren en un embotellamiento tapatío— a las tendencias que suelen caracterizar el comportamiento de la gente, y que a menudo no advertimos sino hasta que se han expandido lo suficiente como para dar forma al paisaje, que es otra manera de llamar a lo cotidiano, es decir, al mundo —fue largo el embotellamiento, como se ve: el consabido marasmo vehicular de López Mateos, cualquier día hábil en la tardecita, cuando ya pardea y de pronto es de noche: esa hora en que el Caballero Inexistente de Italo Calvino temía desaparecer del todo y se ponía a hacer matemáticas, para así asegurarse su peculiar existencia indemostrable.

      El fenómeno: valiéndose de numerosos trocitos de cinta aislante y de varios (muchos) metros de series de foquitos navideños, un automovilista ha querido que su coche (un Chevy traqueteado, medio rengo, de esos cuya edad la delata la saturación de calcomanías de refrendo en el vidrio trasero, amén de lo roñoso de la tapicería, que no alcanzo a ver pero infiero) destelle en medio del tráfico como un puñado de estrellas polícromas… o bien el coche mismo es una estrella que estalla incesantemente, una supernova, un cataclismo sideral como los que de cuando en cuando sorprenden a los astrónomos, haces insospechables de luces que han seguido viajando a lo largo de millones de años luego de la explosión de la estrella. (Y me quedo pensando en el primer coche que tuve, hace siglos, un magnífico trasatlántico negro y reluciente del 77, y que era justamente un Chevy Nova, cuya pérdida fue equiparable al vacío insondable que dejan tras de sí esas supernovas que revientan y desaparecen: me lo robaron).

      Acaso con pretensiones de carro alegórico o de fuego artificial motorizado, el coche ultralumínico no ofrece misterio, pues su materialización tiene lugar en estas fechas y los foquitos, ya lo dije, son navideños: de esos que están recubiertos por estrellitas de plástico azules, rojas, amarillas, verdes, blancas, piececitas picudas que cuando estamos poniendo el arbolito siempre se las ingenian para que una se desprenda y se extravíe y quede tirada en algún rincón de la sala (no se ven: sin luz son transparentes), y sólo volvemos a dar con ella cuando la pisamos y se nos clava en la planta del pie descalzo. En todo caso, a lo que apremia la visión es a conjeturar las razones de que el automovilista haya decidido festejar así, haciendo de su vehículo un surtidero ambulante de su entusiasmo o su alegría por la inminencia de la Navidad: un entusiasmo algo excesivo, diría yo si no tuviera presentes los excesos de santacloses y monos de nieve y cintas y moños dorados y esferas y neones y arbolitos a que es proclive una vecina, que cada año parece que saquea las Galerías El Triunfo y Fantasías Miguel para decorar su fachada. Seguramente el dueño del coche tiene cerca niños, y para su deslumbramiento es que ha resuelto transitar así, vuelto un disparatado vataje multicolor.

      Pero un par de días después me encuentro con otro ejemplar. Y al día siguiente uno más. ¿Se puso de moda? Todavía hace poco, el frenesí de la temporada se anunciaba en la proliferación de automóviles y, sobre todo, camionetas familiares que lucían cuernos de reno. Por no hablar de los gorros rojos o verdes de Santa o de sus esclavos, que es imperativo que sobreabunden en los cruceros… y se impone hacer memoria: ¿cuándo se implantó esa usanza en nuestra vivencia de este tiempo? ¿Qué tanto hace que Santa y su parafernalia eran cosa gringa, y por tanto repelente, y en qué momento y cómo se incorporaron a nuestra comprensión de las fiestas? Incluso el arbolito: lo nuestro era poner nacimiento, colgar si acaso algunos farolitos de papel, prender luces de Bengala, y hasta ahí. Yo recuerdo, y seguramente muchos tapatíos con más de una vuelta al kilometraje también, cómo en el cruce de Juárez y 16 de Septiembre la Navidad era una piñata gigantesca que flotaba sobre nuestra inocencia irrecuperable, y de ella partía a lo largo de ambas avenidas la instalación de la iluminación vistosa tramada con kilómetros de escarcha y luces, como si la ciudad y el cielo se acercaran… ¿Por qué esas avenidas dejaron de iluminarse así? Tal vez por eso haya ahora coches con foquitos, para compensar.

      Hoy toca ir a surtirse al tianguis del Refugio: el arbolito, qué remedio, y una nueva corona para la puerta. Musgo, quizás, y papel roca para el nacimiento; heno queda bastante del año pasado. Quiero ver si están vendiendo ahí algún dispositivo que facilite la conexión de series a la batería de la camioneta.

J. I. Carranza

Mural, 30 de noviembre de 2025.

In fraganti

Es divertido, pero no debería ser divertido, aunque tal vez sea divertido precisamente por eso. Falibles como somos, y aun así empecinados en mantener mínimos de verticalidad moral para no reptar e involucionar como especie, cuando sabemos del yerro o la quebrazón de alguien, o que alguien más se venció e incurrió en infidencia o chuecura, o se alocó y dejó atrás toda prudencia, o fue tentado y cayó, o cayó incluso sin que hiciera falta la tentación, nomás por puro gusto; cuando sabemos, en fin, de alguien que fue cachado (bonito uso del verbo, acaso sólo posible en el español de México: descubrir a alguien cuando hace algo prohibido o indebido), difícilmente podemos reprimir un cierto gozo, malévolo  y morbosón, debido a lo que hay de chismoso en nuestra naturaleza, pero también al egoísta alivio de no ser nosotros los exhibidos. 

      Desde luego, la licitud del regocijo al ver a alguien sorprendido en falta está inversamente relacionada con la gravedad de esa falta. No pueden alegrarnos la hora de la comida una atrocidad o un crimen —y, si tal cosa nos consentimos, algo tenemos de atroces o de criminales—; tampoco está bien (y de esto se trata todo: de lo que está bien y lo que está mal) buscarle la gracia a la desgracia de nadie, solazarse en la bajeza ajena —las bajezas por lo general son ajenas, pero podríamos preguntarnos de cuáles somos capaces—, regodearse en lo que es motivo de lágrimas para alguien más… Y justo por esto es que no debería ser divertido lo que pasó con la pareja de adúlteros cachada in fraganti en un concierto de Coldplay: porque detrás de la balconeada hay personas con sus historias, y traición y confianza defraudada y miseria y consecuencias. Pero también es divertido, acaso porque en las carcajadas planetarias que desató el hecho se refrenda nuestra querencia de ser mejores y se patentiza nuestro desquite por no siempre conseguirlo. Si los cuernos son odiosos, y motivo de tantísima desdicha para la humanidad a lo largo de los siglos, cuando una infidelidad sale mal y los engañadores son descubiertos, es imposible no parar la oreja, subirle al volumen, leer la historia de principio a fin, querer enterarse de todos los pormenores y permitirse sin remordimientos algún chiste al respecto (o los memes, que con los infieles de Coldplay manaron en abundancia). Lo mismo vale cuando son desvelados un fraude o una trácala, cuando es sorprendido un malhechor que se creía muy astuto o se sentía muy sacalepuntita, o siempre que a un farsante o a un vividor se le cae el teatrito… como cuando a un exsecretario de Gobernación y exgobernador de Tabasco y excandidato presidencial, que ha podido surfear impunemente y cínicamente las crestas más altas del encrespado mar de la política nacional, se le recuerdan las pésimas compañías en que andaba y entonces va y se esconde porque de seguro está fruncidísimo y a la vez suelto de la panza, viendo si podrá mantenerse a flote —ojalá que no, que se hunda—, y todo eso es muy entretenido, cómo no.

      Volvamos a los amantes de Coldplay. Su caso además reafirma cómo, en este mundo hipervigilado y cableado de tal forma que cualquier información puede esparcirse a velocidades y con alcances antes impensables, la privacidad es un bien cada vez más escaso, y no tenerlo en cuenta es ingenuidad pasmosa o irremediable anacronismo. Hace algunos años, en el Palacio de Bellas Artes me tocó ver una exposición sobre la vida cotidiana de la Ciudad de México, y la pieza que más me impresionó fue un mosaico compuesto por centenares de fotografías, todas en blanco y negro, tal vez de cuatro por seis pulgadas todas, en las que se veían personas caminando por la calle, invariablemente tomadas en un ligero contrapicado, como si el fotógrafo siempre estuviera con una rodilla en tierra o agazapado. Todas las personas iban por una acera de una calle concurrida; la mayoría no parecían percatarse de la presencia de la cámara, y en quienes veían al objetivo se advertía sorpresa o disgusto. Tras preguntarme en vano por la explicación de esas fotos, tiempo después recordé cómo aquí, en Guadalajara, en los años setenta y tal vez incluso en los ochenta, por 16 de Septiembre, afuera de Camarauz, entre López Cotilla y Madero, o en Juárez y Colón, al salir de los pasajes subterráneos de las relojerías y las escamochas, a la vuelta de Laboratorios Julio, frecuentemente había fotógrafos que así, agachados y sin pedir permiso, retrataban a la gente mientras iba pasando, y luego entregaban una tarjetita con un domicilio para recoger el retrato (comprándolo, por supuesto). La idea, en apariencia inocente, era facilitar la materialización de un recuerdo: una foto casual, en el centro de Guadalajara cuando aún no era el muladar que hoy es, a lo mejor paseando con alguien o sencillamente disfrutando un buen rato. Pero también cabía la posibilidad de que alguien quisiera rescatar esa evidencia de un momento en que no estaba donde debía, o iba con alguien que no convenía que se supiera… Y entonces la cosa tenía algo de extorsión —aquella exposición en Bellas Artes sería de fotos nunca reclamadas, supongo.

      La privacidad, entonces, tiene tiempo siendo empresa difícil. Por lo demás, ¿quién va a un concierto de Coldplay? Merecido se lo tuvieron, los infieles agarrados en la movida, por ir a oír a esa banda tan guanga.

J. I. Carranza

Mural, 20 de julio de 2025.

La foto fue publicada en el número 15 de la revista Luna Córnea (marzo-agosto de 1998) como una de las que acompañan el artículo «Los paseantes, la instantánea, el crimen», de Sergio González Rodríguez, acerca de la extinta fotografía de acera en la Ciudad de México.

¡Vacaciones!

¡Al fin! Como el calendario escolar para la educación básica en México lo cumple quien quiere y como quiere, se vuelve cada vez más difícil anticipar en qué momento se terminarán las clases, y por eso el comienzo de las vacaciones termina siempre tomándonos desprevenidos. Por anheladas que sean, llegan como el temporal y de pronto lo inundan todo y tenemos que arreglárnoslas para navegar por ellas sin demasiados sobresaltos ni peligros.

      Hablo, claro, de las vacaciones que tienen niñas y niños, desde los grados más pirruñitas hasta los más labregones, antes de entrar a la prepa. El rango de edades, vamos, en que la escuela es —entre otras muchas cosas, no vaya a pensarse que sólo así la veo— una suerte de paquetería donde se puede confiar que las criaturas estarán a salvo y entretenidas mientras uno trabaja. Las vacaciones, pues, que son ese tiempo extraño en que la paquetería permanece cerrada y hay que conseguir que las criaturas no se aburran, no se aloquen, no se depriman y no se apendejen. Pocas cosas tan admirables y envidiables como las sonrisas de las maestras que nos despiden luego de habernos entregado la boleta, con la satisfacción inocultable de que hallarán por fin respiro tras tantos meses de lidiar con las hordas salvajes: apenas unas horas después de esa entrega, la Miss Chayo ya debe de estar en Chamela o en Guayabitos, o de perdida en las Bahamas, sorbiendo la primera de las ciento veinte margaritas que se piensa tomar en la semana. ¿Y uno?

      Si tiene suerte, uno podrá hacer coincidir algunos días de sus propias vacaciones con las de las criaturas, y si además de suerte ha sido bendecido con algún ahorrito (si algo quedó luego de pagar la colegiatura de la paquetería y la reinscripción, y tras haber apartado lo que costarán libros y útiles: ya mandaron la lista), la perspectiva de un viaje facilita las cosas, aunque sea ilusoriamente. Jerry Seinfeld decía que, para un padre de familia, las vacaciones empiezan en el momento en que ya terminó de cargar maletas en la camioneta y de meter en ella a toda su prole, y duran lo que duran los segundos que pasan mientras cierra la portezuela del copiloto, rodea la camioneta por detrás, abre su propia puerta y se pone al volante. Aun así, la procuración de una mínima aventura, la ruptura de unos cuantos días con lo consabido y lo rutinario, la posibilidad de ir a un lugar lejano a cansarse de distinto modo, justifican sencillamente la ocurrencia de las vacaciones. Pero cuando no hay modo de salir, entonces hay que ingeniárselas.

      Antes no era así. (Siento que incurro cada vez con más frecuencia en las observaciones de esta naturaleza, comparando el tiempo presente con el pasado, por lo general a favor de este último y de tal forma que no parece que esté dispuesto a transigir. Pero creo que es inevitable: después de todo, lo natural es que el propio juicio parta de la propia experiencia, contrastando lo que hay con lo que hubo o había, y conforme uno se vuelve más viejo hay menos escapatoria). Las vacaciones entrañaban, antes que otra cosa, que a uno lo pusieran a hacer quehacer. Además, tenías que acompañar a tu mamá a un montón de lugares insólitos (a abonar en Mayco, al tianguis del Mercado Alcalde, a traer estambre de El Gato, a la tintorería, a la carnicería, al Banco Refaccionario, a la relojería, a las pollerías del Mercado Corona, a Maxi, al Nuevo Mundo, a La Cotijense), así como a casas de parientes donde, con suerte, podías aburrirte un buen rato junto a tus primos. Quizá podías ver más horas de tele en la tarde, y tantán. Al otro día, a trapear pisos y lavar ventanas, más tías, más salidas a mandados, más tele, y aquello parecía una forma de la eternidad. Hoy, en cambio, está extendida la suposición de que las vacaciones tienen que aprovecharse y es imperativo buscarles actividades a niñas y niños: cursos de verano, campamentos, prácticas deportivas; que hay que organizarles salidas, pijamadas, fiestas, idas al cine o a alguna plaza, etcétera. Y esto pasa, creo, principalmente por dos motivos: en primer lugar, mamás y papás de hoy están (estamos) más atareados, las dinámicas laborales y las configuraciones familiares han cambiado enormemente, y los dos meses de vacaciones se vuelven difícilmente manejables para gran parte de la población que tiene hijos y trabaja.

      Pero, además, hay la idea de que la ociosidad es perniciosa y se debe evitársela a toda costa a quienes vienen de batallar todo un año con la escuela, con lo agotador que puede ser ir a clases, estudiar, hacer tareas, pasar exámenes, entregar trabajos, atender a las ocurrencias de los maestros, madrugar, hacer deportes y tener seguramente alguna clase extracurricular, echar desmadre, etcétera. Tal vez sea porque la ociosidad hoy consiste, básicamente, en scrollear infinitamente en el celular o en pasarse noche y día en un videojuego, y entonces a papás y mamás nos alarman ese pasmo y esa inmovilidad. O tal vez lo que ocurre es que nos da envidia y así quisiéramos vivir, echados infinitamente, viendo mensada y media y sin hablar con nadie. También han ido cambiando las formas de la felicidad.

      Pero siempre será mejor que haya vacaciones, como quiera que sean. Lo he dicho antes: las vacaciones son la vida real; todo lo demás es simulacro, sueño o pesadilla, exceso de la imaginación.

J. I. Carranza

Mural, 6 de julio de 2025.

Foto de la exposición Tile by Tile I Exist, de Esra Gülmen, en Plataforma. Arte Contemporáneo.

El gruyero

Con tantos vehículos que deja varados la lluvia estos días, imagino que el gruyero tendrá mucho trabajo: quizás esté doblando turnos, haciendo horas extras, listo en todo momento para salir disparado por todos los rumbos de esta ciudad que con el temporal se desquicia —y también antes y después, sin tregua y por lo visto sin remedio; a ver qué milagros obra la inminencia del Mundial, pero es de temerse que sean chapuceros y fugaces—. El gruyero: capitán y único tripulante de una máquina majestuosa, dotada como una hormiga ciclópea con la capacidad de cargar varias veces su propio peso, y dedicada a mover vehículos de toda laya impedidos de seguir rodando, chocados o descompuestos, o caprichosamente renuentes a explicar qué les pasa, a justificar su negativa a seguir andando, y que de manera imperativa hay que retirar de donde se quedaron, para que los arreglen y también para que no se queden estorbando, para que no terminen de convertirse en edificios ruinosos donde halle alojamiento algún vivo, o para que no les crezca un árbol en medio, reventando el chasis primero y luego el toldo —pues bajo ese árbol puede ir afincándose una aldea, luego un pueblo y al final una metrópoli en toda forma: tal vez Guadalajara no la fundó Beatriz Hernández, sino que creció alrededor de un coche abandonado tras quedar estropeado por la inundación en una crecida imposible del río San Juan de Dios.

      El gruyero, pues, que acudió cuando la camioneta se quedó sin batería. Fue una suerte, ahora que lo pienso, que nuestro encuentro con el gruyero ocurriera en esas circunstancias, y no en otras más aparatosas o aun trágicas. Porque, en realidad, fue bastante simple la causa y no pasó de un mínimo contratiempo, incomparable con los que sufren quienes se quedan hundidos en el caudal que crece con velocidad asesina en Plaza del Sol, o quienes son arrastrados por el mar imprevisto en Isla Raza, o quienes se ven repentinamente arrojados a los rápidos de Patria, o quienes flotan a la deriva en la inmensidad de los lagos de R. Michel y Salvador López Chavez, o quienes son revolcados (y no sólo con sus coches, sino con sus casas y sus vidas enteras) en El Mante o en el interminable etcétera del desastre pluvial que cada año nos cae como si no supiéramos que otra vez va a suceder. No: el contratiempo fue meramente que la camioneta ya no quiso prender, apenas hacía un pujidito desganado que nos permitió conjeturar la causa y obrar en consecuencia: la compramos hace apenas tres meses, había que apelar a la garantía, llamar al servicio de asistencia indicado, sentarse en la banqueta y esperar.

      Y llegó. Uno —y con «uno» quiero decir «yo», pues se supone que a esto me dedico— debería anotar siempre con todo escrúpulo los detalles: de qué empresa era la grúa, de qué modelo y qué la singularizaba en términos técnicos, cuáles son los principios mecánicos de su operación. Pero no tuve cuidado o paciencia. El gruyero, no obstante, fue obsequiando algunas informaciones sumamente interesantes, por ejemplo que para un caso como el de nuestra camioneta, de transmisión automática y por lo tanto automáticamente trabada, había dos procedimientos disponibles: uno lícito y otro, si no ilícito, sí más bien un hackeo mal visto por aseguradoras y agencias. A ver si me explico con la claridad del gruyero: el procedimiento lícito es colocar bajo las llantas del vehículo por arrastrar una especie de esquíes, para no comprometer la garantía con el antedicho hackeo, que es sin embargo preferible, porque los estúpidos esquíes se salen y hay que estar batallando con ellos. El gruyero, entonces, se ahorró problemas, me pidió autorización, se la di y procedió con el hackeo, que consiste en destrabar una especie de botoncito cuya ubicación ya sabía sabiamente al abrir el cofre, y entonces todo fue más sencillo y la camioneta subió sin problemas a la grúa. Y luego nosotros. Y entonces empezó lo mejor.

      Al tanto de lo emocionante de la aventura, lo primero que nos dijo el gruyero (íbamos mi esposa y yo, que retrepamos a las alturas de la cabina como si estuviéramos subiéndonos a la montaña rusa) fue: «¡Foto pa’l Face!», con lo que quiso dar a entender su anuencia para que preserváramos el momento con el celular. Por supuesto. Me simpatizó grandemente que el gruyero estuviera al tanto de cómo eso, que para él es lo rutinario, debe de ser extraordinario para la mayoría de sus imprevistos pasajeros. Arrancó, pues, y todo el camino fue como si nos llevara en una góndola y Circunvalación División del Norte fuera el Gran Canal de Venecia: anécdotas, reflexiones (al rebasarnos una moto, por ejemplo: «Mi jefe toda la vida anduvo en moto. Y era bien borracho, pero nunca se cerraba ni se metía entre carriles, y nunca tuvo un accidente. Ya se murió. Pero de cirrosis, no en la moto»), ilustraciones técnicas sobre el funcionamiento de la grúa. Nomás le faltaba cantar. Porque el hecho es que iba muy contento. Natural y espontáneamente alegre.

      Y es lo que me maravilló. Un trabajo tan pesado, que hay que hacer con tanto cuidado y destreza, y que entraña gran responsabilidad, y el gruyero estaba alegre, de buenas, empeñado en hacernos pasar un buen rato. Lo que no le habrá tocado ver, y aún así. Lo importante que es trabajar con gusto y de buenas, caray. Malamente, no supe cómo se llamaba.

J. I. Carranza

Mural, 29 de junio de 2025.

« Entradas anteriores Entradas siguientes »

© 2026 ensayos.mx

Tema por Anders NorenArriba ↑