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La Alemana

Hace unos días me salió al paso la fotografía del restaurante La Alemana que alguien publicó en una red: algo empañada, pero no demasiado antigua, seguramente tomada en los penúltimos tiempos de ese restorán que, creo, muchos tapatíos de las generaciones penúltimas y antepenúltimas reconocemos al instante con el solo nombre —quienes ahora estén en las inmediaciones de la mayoría de edad difícilmente tendrán un recuerdo del lugar, acaso los llevaron de muy niños, o si llegaron a ir púberes o adolescentes y se acuerdan, esa memoria se habrá borrado por infausta o inservible—. La publicación estaba en uno de esos foros de conversaciones muy ociosas a veces, a menudo crispadas (nunca falta el majadero), y de cuando en cuando ilustrativas (nombres, fechas, explicaciones, curiosidades), que son los grupos de tapatíos memoriosos o nostálgicos, gente dedicada a hojear incesantemente el álbum de lo que fue y ya no es (y con seguridad nunca volverá a ser).

    Alguien, pues, evocó La Alemana, y la mayoría de las respuestas pronto hicieron eco a esa evocación, coincidiendo en celebrar los encantos desaparecidos y en deplorar la decadencia que desembocó en el cierre del negocio y el abandono del local. ¿Cuándo fue ese cierre? La última vez que anduve por ahí fue en diciembre, cuando aprovechamos las vacaciones para ir a atestiguar cómo estaba alzándose El Palomarde Barragán en 16 de Septiembre y Leandro Valle, y para ir hasta ahí caminamos desde el estacionamiento del Woolworth (me gusta usar estas contraseñas de tapatiez intrincada), de modo que tras pasar junto a Aranzazú (acento en la última sílaba) el descubrimiento fue ciertamente abrupto e impresionante: ventanas rotas, basura, mugre, una ruina que ya parecía haber estado acumulándose desde hacía tiempo, pero en esta ciudad no se sabe: de una semana para otra un lugar puede quedar devastado, arrasado, como si hubieran pasado años.

    Penúltimos y antepenúltimos pudimos disfrutar ahí de lo que ofrecía un establecimiento que, sin ser lujoso ni espectacular, sí se sostenía en una elemental dignidad cuyos cimientos tenían cerca de un siglo de profundidad. Llamado alguna vez Kunhardt, el tramo de Miguel Blanco donde se ubicaba La Alemana permitía a sus comensales tener un paisaje enriquecido por las formas de Aranzazú y San Francisco (la acera de éste poblada por unos frondosos laureles de la India que en mala hora talaron), y también por las casonas vecinas de los tequileros que, según me contaba mi papá, habían competido por ver quién construía la más elegante: en una funciona una recaudadora, y tal vez sólo gracias a eso se ha salvado de que la tumben, y en la otra estaba El Lido, otro restaurante entrañable, especialmente para desvelados y crudos —cada que nos encontramos, o sea cada mil años, mi amigo Daniel de la Fuente, periodista de Monterrey, se acuerda siempre de las veces que recalamos ahí en las altas horas, cuando venía a cubrir la FIL—: otra dicha clausurada, salvo para esa extraña forma de la ilusión que es el recuerdo.

    La milanesa, los tacos de sesos, el filete Mignon, los champiñones al ajillo, los hígados de pollo con tocino… Y las chabelas, desde luego, con su espuma y los brillos que les metía el sol de la tarde, una vez que despegaban de la magnífica barra de madera negra labrada (¿dónde habrá quedado?). ¡Y las ahogadas! Era fama que en La Alemana podía encontrarse la ahogada más aproximada a la original, y aunque no fuera estrictamente así, lo cierto es que yo, al menos, no he conocido nada que se acerque a su singularidad exquisita. No sé si siempre estuvieron, pero al menos en los penúltimos tiempos hubo un dúo conformado por un pianista (un piano desafinado y afónico) y un chelista que a mí me daban la impresión de que se aborrecían pero no tenían más remedio que soportarse para que mal que bien les salieran los valses. En fin: mi propia evocación por fuerza tiene que interrumpirse cuando fue claro que La Alemana ya había entrado en sus últimos tiempos: la cocina empeoró trágicamente, el servicio se envileció, hicieron algunas reformas para «modernizar» el local (hicieron terraza la planta alta) y acabaron convirtiéndolo en una cantina rascuache, cochina, ruidosa y vergonzante. Aquella dignidad se había esfumado mucho antes. Y la clientela seguramente se fue desterrando. O muriendo. De modo que parece natural el final cuyos restos ahora se ven al pasar por ahí.

    Por diversas razones, entre las que se cuentan la historia de ese restorán y, también, cómo funcionó durante tanto tiempo como un espacio propicio para esas felicidades concretas que son comer rico, encontrarse, brindar (y penúltimos y antepenúltimos atesoramos las ocasiones en que tuvimos ahí esas felicidades), La Alemana era un elemento indispensable de la vivencia de Guadalajara, significativo para los oriundos y presumible a los fuereños. Hasta que no lo fue más: algo tuvo que salir mal y no hubo ya modo de remediarlo. Supongo que nada es para siempre. Pero pienso si el hecho de que haya pérdidas como ésta —que nadie lamentó con la suficiente enjundia como para tratar de impedirla— no será también una parte constitutiva de lo que significa vivir hoy en esta ciudad. Tal vez Guadalajara, ultimadamente, no quiera saber gran cosa de lo que fue. Y, si es así, ojalá sepa bien lo que puede ser.

(Sobre la foto: mejor una imagen de El Lido, pues lo que queda de La Alemana es muy triste de ver).

J. I. Carranza

Mural, 12 de febrero de 2023.

López Mateos

Cada día hábil he de verme en las mismas, como otros miles: un trayecto de ida y otro de regreso por la avenida López Mateos, por lo general en horas de gran afluencia de vehículos —aun cuando me proponga eludir esa saturación, casi siempre acaba alcanzándome—, y a veces también en días inhábiles, cuando por fuerza hay que tomar esa vía porque elegir otra lleva a un desvío excesivo o simplemente es imposible —y esos días inhábiles la aglomeración suele empeorar, supongo que debido a que la avenida es ingreso y salida de la ciudad—. De la Minerva al Periférico, a veces más para allá o más para acá, y desde que volvió a acelerarse el ritmo que había ralentizado la pandemia, los trayectos van sumando minutos sin que parezca que pueda ser de otra forma.

       Debo reconocer, antes de continuar, que cualquier queja de mi parte en este asunto queda de inmediato desactivada y es ridícula y odiosa por el hecho de que esa vivencia cotidiana de la avenida la hago en mi coche, solo, como un cretino egoísta que ha sido incapaz de organizarse con ningún colega para compartir el auto, reacio además a dar aventón, de tal forma que mi ir y venir de cada día agrega un vehículo más al caos, cosa que acaso podría evitar (no sé si la neurosis sea excusa suficiente para no hacerlo, creo que es mi caso, pero no voy a extenderme sobre ello). Al ver a las pequeñas multitudes de personas que esperan el camión, o que ya van a bordo, con todo lo que de torturante tiene en esta ciudad desventurada el uso del perverso sistema de transporte público que millones padecen cada día, cualquier estúpida incomodidad que yo experimente al ir en mi coche se vuelve insignificante y de pretender expresarla más me valdría callarme el hocico y dar gracias. Y pienso que lo mismo vale para cualquier otro automovilista particular: somos los que menos tendríamos que quejarnos.

       Y ahora voy a decir otra cosa que también puede sonar detestable —otra vez veo a la gente en la parada del camión, temprano, bajo la lluvia, y el camión que no llega, y cuando llegue va a venir atestado—: yo renunciaría al uso cotidiano del automóvil si el transporte público no fuera el horror que es, que siempre ha sido, el que sufrí toda la vida hasta que pude tener mi primer coche. Si tuviera la certeza de que voy a llegar a tiempo, de que el viaje será confortable y seguro —y ahora veo a la gente al mediodía, bajo el solazo, esperando el camión, que vendrá otra vez tarde y otra vez atestado, e irá jugando carreritas con otros camiones y con la muerte—. Así que voy y vengo en mi coche, principalmente, porque puedo hacerlo. Y pienso en cuántos de quienes esperan el camión bajo el sol o en la lluvia también lo harían si pudieran. Creo que esto, por deplorable que sea, es también muy obvio: el desastre diario de la movilidad de López Mateos tiene una causa evidente, que es el exceso de vehículos particulares, y este exceso se debe a la inexistencia de un sistema de transporte colectivo verdaderamente público, suficiente, confiable, seguro, cómodo, digno, práctico y accesible.

       Dicho lo anterior, lo cierto es que ese desastre es más desesperante en la medida en que uno cobra conciencia de que es a la vez víctima y culpable del problema. Peor que perder el tiempo atascado en un embotellamiento es la certidumbre de que esa pérdida, ese desperdicio de vida, tiene solución, pero no existe la voluntad de ponerla en práctica por parte de las autoridades en turno, que antes piensan en aprovechar para sacar tajada, medrando por la vía de afianzar «ideas» que terminarán beneficiando económicamente a unos cuantos coludidos (como un segundo piso: la mejor forma de que el embotellamiento se duplique). Qué ganas dan de ver a esas autoridades sudando en un camión a las dos de la tarde, con el coche descompuesto en el túnel, involucrados en un choque laminero o esperando a que avance la fila kilométrica para terminar de hacer en ochenta minutos lo que debería tomar sólo veinte; qué bonito sería ver a esas autoridades a pie por donde no hay banquetas, o en bici, jugándose la vida al lado de los tráileres enloquecidos, o con la camioneta arruinada en una inundación o esperando para poder cruzar de una acera a otra, con la criatura de la mano, sorteando los bólidos en una dirección y otra, ya tarde y con la angustia de quien sabe que ya no alcanzó a llegar… Etcétera.

       Por eso dan también ganas, en la consulta pública en curso —supuesta iniciativa del gobierno del estado para, supuestamente, dar con soluciones al problema en esa avenida—, de proponer ideas radicales o desorbitadas: que se vacíe la avenida para siempre, por ejemplo, y se excave en su totalidad, de tal manera que en su lugar corra un canal, desde la glorieta de Colón y hasta San Agustín, si acaso con algunas trajineras y lanchitas, para ir a pescar; que la vuelvan pista de baile, o pista de carreras de caballos, o una gigantesca pista de boliche; que sea poblada solamente por árboles, un enorme bosque alargado hecho con el silencio que quedará en lugar de la gente y de los coches y los camiones. En cualquier caso, aun las ocurrencias más descabelladas parecen más probables que las que deberían ponerse en práctica: lo que tendría que ser es, por lo general, lo último en lo que se piensa. O lo último que se tiene verdadera intención de hacer.

J. I. Carranza

Mural, 15 de enero de 2023.

Abandono

Tal vez todo empiece con el vidrio de una ventana rota; luego, un agujero en una cortina metálica, en una puerta, en un muro, al mismo tiempo que la progresiva infestación del grafiti, esa hiedra en aerosol que va creciendo y cubriendo las fachadas día tras día, como emergiendo de la mugre y la basura y confundiéndose con la maraña de árboles, arbustos y hierbas, en una proliferación paulatina de tierra, charcos, ratas, mierda, más basura, ante la que hay que pasar sobre banquetas despedazadas, una finca tras otra, cuadra tras cuadra, por todos los rumbos. Casas, comercios, talleres, fábricas, bodegas, locales que ya no puede saberse qué fueron, baldíos que parecen generarse espontáneamente, de un día para otro, y tener ya años ahí; bardas que están por caerse o ya se cayeron, hacia la calle o hacia dentro, edificios que es imposible saber cómo se sostienen, eviscerados y repletos de soledad y oscuridad y peligro…

      ¿Cómo se explica el triunfo de la ruina en el paisaje tapatío? Imagino que habrá causas bien identificadas, y que principalmente tendrán que ver con las dificultades económicas de los últimos años (una de las huellas más perdurables de la pandemia es la cantidad de negocios que no pudieron sobrevivir) , pero también con los mecanismos del miedo que obligan al desplazamiento de las personas y de la actividad comercial: cuando está claro que ya no se puede seguir trabajando en un lugar y hay que salir cuanto antes de ahí. Pero lo que no es tan sencillo de comprender, creo, es nuestra habituación insensible a toda esa desolación imparable, siniestra y sobrecogedora, que afantasma la ciudad desde sus avenidas más anchas y desde ahí se riega por las calles que poco a poco van secándose y muriendo —pienso, por ejemplo, en López Cotilla, de Tepic a Tolsa (bueno, de Francisco Javier Gamboa a Enrique Díaz de León), no hace mucho celebrada como un bullente corredor gastronómico y donde ahora sólo parece prosperar el abandono—. ¿No vemos, o vemos pero no nos importa? ¿Y qué será peor?

      La historia de Guadalajara está marcada por sucesivas imposiciones, brutales y traumáticas, de cambios en el paisaje: el entubamiento del río San Juan de Dios y la cicatriz perenne que fue desde entonces la Calzada Independencia; las destrucciones del centro para ensanchar avenidas como Alcalde-16 de Septiembre o Federalismo, para abrir plazas y cumplir caprichos de arquitectos desorbitados y gobernantes imbéciles, o bien como consecuencia de negligencias criminales (las explosiones del 22 de abril)… La multiplicación y la engorda de vialidades que sólo han servido para que cada vez más automóviles espesen la consistencia pastosa del tráfico ha vuelto, también, intransitables vastas zonas, y por ello —porque ya casi nadie va a pie por ahí— la vida va extinguiéndose: López Mateos a partir de que se convirtió en un viaducto, por ejemplo. A esto hay que sumar las pretensiones desmesuradas que los gobernantes de tiempos recientes y no tan recientes tienen de crear una ciudad que nunca ha existido, olvidándose de la que en realidad habría que dejar emerger y vivir: la Plaza Tapatía, el Paseo Alcalde… Y no hablemos de la construcción enloquecida de torres y más torres vacías y por tanto estúpidas, la explosión desmesurada de nuestro peor sinsentido.   

      Ahora bien: a esos cambios, debidos principalmente a una tarada idea del progreso, y también a la colusión entre la codicia, la corrupción y la ignorancia de quienes toman las decisiones, hay que agregar ahora esto que ocurre: el triunfo de la devastación y la ruina. Anímese el lector a proponerse, aprovechando estos días de vacaciones, una caminata por cualquier avenida principal de la ciudad: Washington, por ejemplo, o Avenida México, o Circunvalación División del Norte, o Revolución. ¿Cómo se habita el abandono? Posiblemente, los únicos que van descubriéndolo son quienes integran la población creciente de indigentes, que al menos logran guarecerse en los cascarones de las casas, los edificios, los locales que van quedando solos. La desgracia de tantas personas que han llegado a habitar esa realidad dice mucho acerca de los extremos de vileza que hemos alcanzado como sociedad.

      ¿Y se tratará de un proceso cíclico, que desembocará algún día en un resurgimiento de Guadalajara? El caso de Federalismo hace temer lo contrario: en casi medio siglo no se ha logrado erradicar el abandono que dejó la destrucción que le dio origen. Lo mismo el tramo de 16 de Septiembre que va desde Revolución hasta la estación del ferrocarril, por más que lleguen entusiastas descocados a querer vendernos la idea de que eso podrá revivir, por ejemplo con la cacareada extensión del Paseo Alcalde. Javier Mina, Mariano Otero, Hidalgo… Ir a pie, insisto, facilita descubrir una ciudad estragada y temible.

      Tal vez haya que admitir que las ciudades también se extinguen, como lo demuestra la historia. Pero quizás eso tampoco nos sirva de mucho consuelo. Roma es eterna a condición de ser una ruina, y lo malo es que Guadalajara no sólo no es Roma, sino que tampoco ha sabido nunca qué hacer con su historia y ni siquiera las ruinas sabemos dejarlas en pie. Y si no sabemos qué hacer con el pasado, ya ni siquiera tiene caso preguntarnos por el futuro, y menos por el presente: está cayéndose a pedazos y no lo podemos ver.

J. I. Carranza

Mural, 18 de diciembre de 2022

Invisible

Como no soy hotelero, no vendo artesanías ni preparo tostadas, no es que me preocupe mucho una posible escasez de turistas en el centro de Guadalajara; sin embargo, al verlos por los rumbos de San Juan de Dios, por ejemplo, sí me intrigan poderosamente sus motivos para haber elegido este destino, las figuraciones que pudieron hacerse antes de llegar y sus impresiones al conocer eso que les habían platicado o vendido. Deben de ser unos artistas de la ilusión, los agentes de viajes y los promotores turísticos que consiguen ilusionar a esa parejita joven de Minnesota, a esos señores mayores de Canadá que habrían podido elegir el Caribe y optaron por pasear en calandria, al grupo de franceses que se espantan las moscas y sufren por la asoleada mientras van camino del Cabañas, en plena Plaza Tapatía: ¡qué capacidad de fantasía! Y qué tremenda ha de ser la decepción que se llevan los engatusados, una vez que están aquí y ven la distancia entre la realidad y aquello que les ofrecieron.

      Desde luego, si esas maquinaciones llegan a fallar algún día, o si a los turistas potenciales les da por buscar fotos reales de lo que van a ver o se encuentran con los testimonios de quienes ya vinieron y anduvieron por el centro tapatío, la merma consecuente en los ingresos de hoteleros, artesanos y vendedores de tostadas podría ser trágica. No parece, sin embargo, que esa posibilidad sea muy temible: las condiciones que harían cundir la mala imagen de Guadalajara tienen décadas arraigadas en el ser tapatío, y aun así sigue viniendo gente todo el tiempo. ¿Por qué? Seguramente porque las suposiciones que el mundo puede hacerse acerca de lo que ofrece este rincón del mundo son muy singulares, y habrá millones de turistas entusiasmados por corroborarlas: la estridencia de nuestro folclor más vendible, así como el hecho de que pasear por aquí no sea tan caro como hacerlo en otros lados, son razones suficientes para garantizar que no dejará de haber autobuses repletos de turistas que trabajosamente se abren paso para meter pequeñas multitudes en el Centro Joyero.

      Así pues, no me apura tanto lo que cuenten sobre Guadalajara los turistas que hayan sobrevivido a la experiencia. Por ejemplo, antier: por Juárez, entre Molina y Degollado, quienes iban en el Tapatío Tour y podían apreciar, a su derecha, la magnífica fachada del Edificio Norman —un buen anticipo, ciertamente, de las maravillas arquitectónicas que quedan a lo largo de todo Juárez-Vallarta—.  Supongo que esos paseantes venían del mercado de San Juan de Dios, que habrán alcanzado a conocer con dificultades debido a la aglomeración de comerciantes instalados provisionalmente en las afueras gracias a que aún no terminan de repararse los estragos ocasionados por el incendio de hace cuatro meses. Bueno, pues lo que podían ver a su izquierda era un cerro de basura acumulado encima, por debajo y a los lados de unas papeleras atestadas; unos pasos más adelante —perdón— una guacareada monstruosa esparcida sobre buena parte de la acera, casi frente a la entrada de un hotel, y más adelante otro cerro de basura y —perdón otra vez— una mierda pantagruélica que alguien (no un perro, no un caballo: un ser humano) tuvo a bien deponer asimismo en la banqueta.

      Digo que no me apuran tanto los turistas porque lo que me consterna, en realidad, es lo que los habitantes de esta ciudad somos capaces de ya no ver, de ya no percibir. Pues aquella guacareada y aquella basura y aquella mierda —perdón y más perdón— estaban al paso del gentío que se mueve y hace su vida por ahí, que entra y sale de las tiendas, cargando bultos, tomando un tejuino, llevando a las criaturas de la mano, de prisa o calmudamente, viendo escaparates o el celular, esquivando los coches y la gente, comiéndose un vaso de fruta con chile, platicando, riendo, pensando en sus cosas… Y, por una suerte de capacidad de supervivencia desarrollada como adaptación al medio, cada quien evadiendo por reflejo la inmundicia y los charcos y las deyecciones, fijándose sin fijarse en dónde pisa. 

      (Por Pedro Moreno, dicho sea de paso, están llevándose a cabo unas obras de cambio de adoquinado, y parece una zona de guerra. Pero además hay esto: en la Plaza Pablo Neruda —donde están las tiendas de novias; por El Farolito, vamos—, inaugurada en ocasión del centenario del poeta en 2004, el desastre es pasmoso. De milagro no han terminado de romper a pedradas la doble escultura de vidrio en la que hay inscritos versos de Neruda. Y yo me preguntaba, ingenuamente: ahora que Guadalajara es Capital Mundial del Libro —whatever that means—, ¿no sería ocasión de rescatar ese lugar, supuestamente significativo para la cosa literaria?).            

Evidentemente, las causas de que el centro de Guadalajara sea un asco inagotable se reducen a dos: la conducta de la sociedad marrana, sin más, que produce tanta porquería, y la mezcla de indolencia, ineptitud y cinismo de la autoridad que sencillamente se desentiende de limpiar. No tiene mucha ciencia, quiero creer. Al Alcalde Lemus, que le gusta tanto usar el centro como escenografía cuando se viste de charrito, y que a la mejor provocación suelta su porra: «¡Ánimo, Guadalajara!», ¿no le da vergüenza? O tal vez padece también de esa insensibilidad que ha ido apoderándose de toda la población y que nos impide ver. Y oler.

Mural, 31 de julio de 2022.

Donitas

Primero, la información vital: para tranquilidad del público conocedor y para dicha de las generaciones venideras, enfrente de Catedral sigue jalando el local de Nieves Fiestas, que seguramente venderá el doble tras el cierre del de Pedro Moreno y 16 de Septiembre. Ante la zozobra generada por la noticia de este cierre, el anuncio circuló desde la página de Facebook de ese negocio, y, quien dio con él y fue a visitar esa página, pudo enterarse de diversas ofertas, también de que se pueden pedir donitas a domicilio. Y lo más asombroso: de que Nieves Fiestas tiene 75 años.

       Espero que el párrafo anterior no sea visto como un comercial, pues poca falta le hace a un establecimiento de presencia tan arraigada en las preferencias de los tapatíos. Ciertamente, tiene mucho de enigmático, ese arraigo: el solo hecho de que las donitas sean conocidas como «donitas apestosas» sugiere un misterio. El olor del aceite en que son fritas, que por décadas ha impregnado los portales y es característico del centro de Guadalajara, está lejos de ser un indicio del sabor que tienen. Incluso puede ser disuasivo para mucha gente: yo no he conseguido que mi hijita, por ejemplo, se anime a probar las donitas, por más que le juro que las va a encontrar deliciosas. Por otra parte, también es fascinante el hecho de que la oferta del local y su funcionamiento no hayan tenido que cambiar en tanto tiempo: en una ciudad que muchas veces se aloca proponiéndose figuraciones de modernidad y progreso con las que luego no sabe qué hacer, esa permanencia es un triunfo.

       ¿Qué va a pasar con el Edificio Plaza y con los portales, y con los locales que han sido desalojados? ¿Lo van a tumbar, van a dejar que se caiga? Cuántas desgracias le trajo a Guadalajara la malhadada construcción de la línea 3 del Tren Ligero: por mencionar dos de las más graves, que siguen sin remediarse, en el tramo de la Normal a Aranzazú, ahí están el templo de San Francisco y la Casa de los Perros, de cuyos daños nadie parece acordarse. El Ayuntamiento ya dijo que va a apoyar a los comerciantes afectados… para que le reclamen a la SCT. ¿Van a estar echándose la bolita? Así se destruye la ciudad: con irresponsabilidades y ocurrencias sin fin.

J. I. Carranza

Mural, 1 de julio de 2021.

Avenida ¿Del Toro?

Sería necio criticar las razones por las que Guillermo del Toro se ha ganado el aprecio del público. Por una parte, sus logros como cineasta exitoso; al margen de la ponderación crítica que pueda hacerse de su obra, sus triunfos son levadura para la alegría nacional, cosa que siempre se agradece, y Del Toro ha podido poner su reconocimiento al servicio de causas que importan: por ejemplo al figurar como productor del documental Ayotzinapa, el paso de la tortuga, su nombre ahí lo blindó contra las amenazas que enfrentaban sus hacedores. O bien ahora que aprovechó la colocación de su estrella en Hollywood para hablar por los migrantes mexicanos en Estados Unidos.

También están sus gestos de solidaridad y filantropía: al becar estudiantes, al entrarle con su lana para pagar la biopsia de una mujer, al ofrecerse a pagar los boletos para que la selección mexicana se lanzara a las Olimpiadas Matemáticas en Sudáfrica… Al mostrar esa buena voluntad, Del Toro se granjea el cariño de la gente, sobre todo en este país donde la realidad puede ser tan adversa para quienes buscan oportunidades. Hablando particularmente de Guadalajara, muchos tapatíos han podido disfrutar de la exposición de los monstruos, y de los conciertos, de las clases abiertas. Y, encima, por muy oscareado que esté, sigue yendo a desayunar gorditas en Santa Tere.

Todo eso está muy bien, y explica que circule una iniciativa para ponerle su nombre a Federalismo. Pero, más allá de que las causas promovidas en redes se puedan tomar en serio —yo me apunté para la resurrección de Juan Gabriel, pero no alcancé a ir (ni tampoco Juan Gabriel)—, nunca falta el político oportunista que pueda abrazar esta causa, y entonces ya no es tan improbable que prospere. Además, habría que pensar que hay muchos otros ilustres pendientes de honrar así (faltan una avenida Juan José Arreola, un parque Luis Barragán, un aeropuerto Juan Rulfo), y, también, que siempre es prematuro dedicarle una calle a alguien vivo, pues siempre cabe la posibilidad de que nos arrepintamos. Podrá no ser el caso de Del Toro, pero mejor será esperarse a que Diosito lo llame. Mientras, que siga chambeando, y que la gente siga disfrutando lo que hace.

 

J. I. Carranza

Mural, 8 de agosto de 2019

Arco y espada

 

Un amigo tenía la costumbre de visitar lo más pronto posible el mercado principal de cualquier lugar adonde llegara por primera vez. Apenas dejaba las maletas en el hotel, preguntaba por dónde irse y agarraba camino. Nos reíamos un poco de él —dicha costumbre la completaba el ritual de tomarse un chocomil en el mercado—, pero sus motivos eran muy razonables. La idea era que sólo en un lugar así podía encontrar el carácter auténtico de la ciudad o el pueblo que iba a conocer, su vida de todos los días, la gente que la hace. Como si el viaje al mercado fuera un atajo para dar cuanto antes con lo que más valía la pena conocer ahí.

Yo tardé en aceptar esos motivos. Pensaba, quizás, que los mercados en México son todos iguales. No lo son, pero sí se parecen mucho, y eso me disuadía de buscar nada en ellos. Y también, claro, me daba pereza esa búsqueda: seguramente prefería eludir sus ajetreos, sus ruidos, sus cochineros, el gentío. En todo caso, recientemente he tenido ocasión de ir reconociendo cuánta razón tenía mi amigo, a raíz de una serie de visitas al nuevo Mercado Corona, desde poco después de que lo inauguraron y parecía todavía la implantación de un capricho con el que se había resuelto disparatadamente la muerte por fuego del mercado que durante años hubo ahí.

En el Corona, qué duda cabe, se lee claramente qué es y cómo es Guadalajara. Por ejemplo, ahora que reinstalaron el arco de cantera que había sido removido luego del incendio. Está muy bien que quede ahí ese testigo de lo que había, pues algo que nos ha hecho mucho daño es la desmemoria. Además, su presencia tiene algo de insólito, y eso la vuelve encantadora. Pero, a unos pasos, a la estatua del Amo Torres sigue faltándole la espada, y, además, muchas letras de la placa están borradas, de manera que se vuelve incomprensible lo que dicen. Es, creo, una estampa muy elocuente de Guadalajara: por un acierto que hay, una vergüenza que debemos pasar. Qué trabajo cuesta arreglar eso, no sé: menos que el que implicó levantar el arco. Pero no se hace —así como tampoco se limpia el mercado como se debe, que qué tanto costaría darle una trapeadita. ¿Así somos? Se aprende mucho yendo. Mi amigo tenía razón.

 

J. I. Carranza

Mural, 16 de agosto de 2018

50 años de libros

 

Mañana se inaugura la Feria Municipal del Libro de Guadalajara. El programa está bien nutrido, con una buena cantidad de actividades interesantes y presencias relevantes. Está, además, bien organizado y presentado: hay que ir al sitio feriamunicipaldellibrogdl.com.mx para conocerlo. Se homenajeará a Juan José Arreola, cuyo centenario está celebrándose este año, y desde luego que esa elección tiene mucho sentido: a Arreola siempre hay que tenerlo presente y leerlo. Y lo asombroso: será la quincuagésima edición. ¡Cincuenta años!

Desde mucho antes de que nadie se imaginara lo que sería la Feria Internacional del Libro, la Municipal ya se había vuelto indispensable para los lectores tapatíos. Pienso en la Guadalajara de finales de los setenta, principios de los ochenta, que fue la que me vio ir por primera vez, niño, a escoger ahí mis primeros libros y a descubrir el placer que hay en el mero bobear (que eso tienen de incomparable las librerías, que se pueden pasar las horas en ellas yendo de allá para acá, abriendo un libro tras otro, dejando que cada hallazgo preciso acuda a nuestra curiosidad desprevenida, y eso siempre es una maravilla). Aquella ciudad era, desde luego, muy distinta de la que hoy tenemos, y la oferta librera estaba presidida por casas como Font, Carlos Moya, Casarrubias, la Librería de Cristal de Vallarta, antes de que las sucursales de Gonvill se multiplicaran, de que llegara Gandhi y de que Sanborns tuviera su auge (luego decayó gacho). Desde luego, estaban Jardín de Senderos y los libreros de viejo. No existía internet.

De modo que ver que mayo llegaba era una felicidad. ¿Dejó de ser así alguna vez? No sé. Habrá quien reproche a la Feria Municipal del Libro haberse rezagado, tener una oferta no tan atractiva como la que hay por lo general en otros lados. Yo he dejado de ir algunos años, y siempre me siento un poco culpable. Pero el hecho es que esta feria tiene una virtud que, se organice como se organice (y parece que este año saldrá muy bien), la hace tan entrañable: pone los libros al paso de la gente, en la vida de todos los días, en el corazón de una ciudad que, agobiada como vive, difícilmente tendría otra ocasión de detenerse a leer.

 

J. I. Carranza

Mural, 3 de mayo de 2018

Lo de aquí

Para realmente ser de la ciudad, hace falta asomarse alguna vez a sus tradiciones.

 

Puede que a veces lo olvidemos: en la vivencia plena de la ciudad entra, además del cumplimiento de las rutinas, participar de las ocasiones en que sus habitantes hacen lo que siempre se hace aquí. Las costumbres, vaya, por lejos que nos las pongan otros modos que tenemos de vivir lo que nos toca. Si nos desentendemos de ellas, o si las vemos con extrañeza, como algo ajeno, quiere decir que estamos privándonos de un sentido cabal de identidad. Claro: habrá a quien tal identidad le valga un pepino. Pero, de aspirar al menos a reconocerla —acaso para reconocer uno mismo quién es—, hay que entrarle.

Por ejemplo: la Visita de las Siete Casas. Yo tenía recuerdos borrosos de la niñez, cuando el paseo en la tarde noche del Jueves Santo aligeraba algo el sopor y el tedio enmarcados por la imposición del silencio (no se podía prender la radio) sólo interrumpido por las películas «santas» en la tele (o en el cine, si se daba el caso: así vi Ben-Hur en el Latino, o Quo vadis?). Allá íbamos, al gentío. Y el gentío seguía esperando ahí, cerca de cuarenta años después, donde mismo. Santa Mónica, primero —ahí conseguimos la hojita con las meditaciones prescritas, impresa por la Casa Azpeitia—, luego el Santuario de Guadalupe, la capilla de la Inmaculada Concepción, San José, Catedral (en este punto hicimos trampa, pues decidimos que contara como la sexta casa la capilla del Señor de las Aguas), y por último La Merced. Y las empanadas, una felicidad que coronó la empresa y terminó de darle todo su sentido —que a veces parecía escaparse, pues ¿qué estábamos haciendo ahí, entre el tumulto, nomás cansándonos?

Fueron unas dos horas, con el sol como decorador entusiasta de cielo y fachadas, sin prisa, aunque sí con algunos trabajos y sobresaltos: las obras de Alcalde dificultaban el paso de la gente, a una señora que vendía elotes una estúpida inspectora del Ayuntamiento le tiró la olla, pero la gente protestó y la estúpida acabó largándose, el jardín del Santuario es una zona de guerra, todo el centro está intolerablemente sucio. Pero terminamos satisfechos: fuimos porque somos de aquí, y es lo que aquí se hace. Y tiene, cómo no, un cierto encanto que es hasta conmovedor.

 

@JI_Carranza

 

Publicado el 5 de abril de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural.

Vuelta al Corona

Los lugares cambian, su vida también. Lo demás es nostalgia, más bien inservible.

 

Dos mercados nos quedaban cerca (vivíamos en las Nueve Esquinas). Si mi mamá prefería el Corona antes que el de Mexicaltzingo, habrá sido por el recorrido: Galeana-Santa Mónica siempre ha sido una calle muy sabrosa para lerendear —verbo tapatío: ir bobeando por una zona o plaza comercial, sin necesariamente comprar nada—. La visita empezaba por una pollería de la planta baja, luego la rampa hasta las carnicerías, las pescaderías y las verduras, y acababa con un jugo de zanahoria al lado de la fuente (siempre apagada) que había dentro del perímetro delimitado por la balaustrada que se esfumó con el incendio de hace cuatro años —donde también estaba el Amo Torres, todavía con su espada—. Lo que en la infancia fue rutina y hasta tedio, pasado el tiempo termina por darle forma a lo más extraordinario que recordamos.

Poco después de que se inaugurara el nuevo Mercado Corona, mi primera impresión era que aquello extraordinario que yo recordaba (la mera vida ordinaria) difícilmente podría ocurrir de nuevo ahí. El edificio me pareció monstruoso y hostil: por la pequeñez de sus espacios, por el vacío que aún lo poblaba, pero sobre todo porque en su implantación (y su imposición) se materializaba la desaparición del viejo mercado, que, aunque feo y cochino y explosivo, tenía el carácter que sólo puede dar el uso de las generaciones. (Así pasa, pienso, con los sitios en que se cifra realmente la vida de la Ciudad: por ruinosos que puedan ser, si la gente los usa y los quiere, eso es suficiente para volverlos imprescindibles e incluso entrañables).

El otro día volví. Y, para mi asombro, vi que volvió también la vida a ese lugar. Es, ciertamente, una vida distinta, pero bulle dentro y alrededor del mercado, y se ha apropiado de él. Hay problemas, claro: el estacionamiento es siniestro, los pasillos están más apretujados, la limpieza no existe y hay basura por todos lados. Pero resulta que el jardín que ha ido creciéndole enfrente, por Hidalgo, es muy grato, y que la gente lo disfruta y todo mundo puede lerendear de lo lindo. Al Amo Torres no le han devuelto su espada, ni al mercado su balaustrada. Tal vez algún día regresen. Pero, también, tal vez no sea indispensable.

 

@JI_Carranza

 

Publicado el 22 de febrero de 2018. Sección Cultura, Periódico Mural

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