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Días santos

Uno tiende a creer que el pasado es cosa personalísima, y, por tanto, que lo vivido en él no sólo no habría podido experimentarlo nadie más entonces, sino tampoco —mucho menos— ahora mismo o en el futuro. Nos imaginamos, sin más fundamento que la indeliberada aceptación de nuestras inercias, como resultantes de un conjunto de circunstancias irrepetibles para cualquiera. En una mínima medida así es: de otra forma, no podríamos ser individuos ni hallar, por tanto, un sentido a nuestra existencia (que es trágica porque es única, me hizo ver un profesor de filosofía en la prepa, y es hora en que no termina de caerme el veinte). Pero, en realidad, la vida que dejamos atrás la hicimos a la par que otros millones, y probablemente habrá otros tantos millones haciéndola igual ahora mismo, sin que lo sospechemos —hay cosas que jamás necesitamos sospechar, seguramente.

       Yo no sé, por ejemplo, si ahora mismo, en esta Guadalajara que llega hoy al Domingo de Ramos saturada de las luces inverosímiles que le ponen las jacarandas y las primaveras (están floreando éstas por tercera vez, es increíble), haya niños que pasen desde la alegría fantástica de la vacación hacia el recogimiento y la lobreguez de los días que vienen, como a mí me ocurría en mi infancia tapatía, cuando aquella felicidad por los días de asueto se veía complicada por la atmósfera pesada que imponían la liturgia y su vivencia, sobre todo jueves y viernes; cuando todo quedaba acallado y ese silencio lo adensaba una mezcla de temor y consternación, de piedad y mucha culpa, de pesar y duelo y —para un niño de seis, siete años— un interminable y espesísimo tedio.

       Creo que todo empezaba con la supresión de la tele —de la radio también, aunque quien más oía radio era mi papá, por las mañanas, cuando muy temprano sintonizaba a Don Justo Preciso en su consultorio mientras alistaba los trabajos que iba a entregar—. Adiós, Tío Carmelo; adiós, Tío Gamboín; adiós, Pantera Rosa; adiós, Dukes de Hazzard. Etcétera. Ni jueves ni viernes podía encenderse el aparato, en señal de respeto, pero además porque había que meditar —o proponérselo— acerca del sacrificio de Jesús; había que rezar, desde luego, y acompañar una cosa y otra de una reflexión sostenida que condujera a reconocer las propias faltas, hacerse propósitos de enmienda y enderezar, en fin, todo lo que estuviera torcido en uno. Cosa que yo difícilmente lograba, he de decir, por más que me lo tomara en serio y me angustiara si no lo conseguía. Tampoco podía haber música: la consola quedaba cerrada, los discos en sus fundas. Y mala cosa si a uno se le ocurría silbar o canturrear alguna tonada.

       Antes, por supuesto, ya había quedado colocada en el zaguán, por dentro, la palma que había llegado, bendita, tras la misa del Domingo de Ramos. (Es una de las dos cosas de aquel pasado que he procurado que sigan intactas en este presente: cada año, sin falta, procurar una palma tejida, no muy aparatosa pero tampoco demasiado chiquita —hoy les ponen cromos, antes creo que no se usaba—, para que reemplace la que pusimos el año anterior en la puerta). Lunes, martes y miércoles no sé qué hacíamos. No viajábamos, en la suposición de que habría mucha gente en todos lados, pero también porque esos días no eran para divertirse ni holgar. Seguramente a mis hermanos y a mí nos ponían a hacer quehacer, no sé. Pero todo era como una pausa o un limbo antes del jueves, cuando, al menos, al caer el sol había que ir a las Siete Casas y comprar empanadas (como hoy hacemos también: es la otra cosa). Aranzazú y San Francisco (estaba fácil: además de hallarse juntos, nos quedaban a dos cuadras); Catedral, La Merced, Santa María de Gracia o San Agustín, San José (o Santa Mónica o San Felipe o San Diego de Alcalá), el Santuario. Luego, vuelta al silencio en casa y a dormirse temprano, qué más.

       Un par de veces me llevaron al Cine Latino a ver películas “autorizadas” para la ocasión: Quo vadis?, de la que recuerdo sólo cómo al final florece el cayado de San Pedro como señal para que no huya de Roma, y Ben-Hur, que todavía sueño con horror, en especial la escena donde los galeotes quieren salvarse del barco que se incendia y se hunde, y en su desesperación uno se mocha una mano para liberarse de los grilletes, o la escena donde Messala se vuelca en su cuadriga y las piernas le quedan como a la boloñesa. Aquella derivación cinematográfica de nuestra pía observancia de los días santos se vio estropeada cuando, sin percatarnos de lo que hacíamos, mis hermanos y yo nos compramos unos hot-dogs al salir del cine y rompimos así la vigilia.

       El viernes no acostumbrábamos salir, sencillamente. Si acaso a un viacrucis, pero no así a ninguna Judea en vivo, muy tarde me enteré de su existencia. Y el sábado, al abrirse la Gloria, en casa seguíamos una salvaje tradición, más salvaje que aventarse cubetadas de agua o quemar judas de cartón: a los niños nos correteaban a cintarazos para que creciéramos (¡!). Jueves y viernes estaba prohibido también bañarse: te podían salir escamas.

¿Las niñas y los niños tapatíos de hoy viven algo parecido hoy? ¿Les apagan la tele, les esconden el celular, les retiran las pantallas, les quitan los audífonos, y órale, a encerrarse y a pensar y a rezar? En todo caso, y para nuestra fortuna, ahí estarán otra vez esperándonos las empanadas.

J. I. Carranza

Mural, 13 de abril de 2025.

En moto

Primero que nada, un consejo práctico. Se cuenta en La visión de los vencidos, de Miguel León Portilla («Si mal no me equivoco», decía un obtuso y pedante compañero en la carrera, y siempre se equivocaba), que una de las causas de que los conquistadores españoles encontraran pocos obstáculos al desembarcar por primera vez fue que los antiguos pobladores de esta tierra no fueron capaces de ver los navíos invasores cuando se acercaban. No porque se hubiera echado mano de algún ingenio para ocultarlos, sino sencillamente porque aquellos pobladores jamás habían visto un barco. Tal vez imaginaron que eran islotes, nubes, altas olas, quién sabe. El caso es que sólo supieron qué eran cuando ya era demasiado tarde. Así con las motocicletas que surcan las procelosas y tumultuarias aguas del tráfico vehicular en Guadalajara, y es el consejo que quiero dar, dirigido a los automovilistas: si no tienes presente todo el tiempo, obligándote a ello, que las motos existen, es muy posible que lo recuerdes demasiado tarde, cuando una te haya rebasado a toda velocidad por la derecha o por la izquierda, cuando se te haya estampado detrás o se te haya atravesado feamente, acaso provocando que tú te le estampes y la avientes; cuando una moto, o tres al mismo tiempo, o todo un enjambre (suelen zumbar en manadas o parvadas o bandadas, cómo se dirá), salgan de quién sabe dónde, y pronto por todos lados corran o vuelen haciendo cabriolas en los carriles inexistentes entre tu carril y los carriles vecinos, con gran peligro de descubrirlas sólo cuando ya ha ocurrido un desastre o estuvo a punto de ocurrir. Fuérzate a imaginar en todo momento que una moto va a aparecer, y haz lo posible por mantenerte a distancia. No sea que no las veas, como les pasó a los antiguos con los barcos.

       ¿Se va a poner remedio, alguna vez, a la plaga de las motos asesinas en esta ciudad frenética? Es, por principio de cuentas, una desgracia que prospera imparablemente con uno o dos muertos, al menos, todos los días. Jóvenes, en su mayoría. Accidentes espantosos, menos inexplicables que lamentables, y no sólo por esos muertos, sino por las familias que enlutan y las culpas que hacen cargar a quienes se ven involucrados, además de las secuelas de toda índole que también les sobrevienen a éstos. En fin: no tendría que hacer falta, ni siquiera, insistir en lo descabellado de tanta muerte, basta echar un vistazo al periódico cada mañana para ver cómo la cifra creció. Y, como suele pasar en este país alienado, esa desgracia parece no sólo incontenible, sino también inexistente, como si no estuviera ocurriendo. En medio de tan numerosas formas de violencia que afligen nuestro presente, ¿esta matanza es sólo una más? Como no está involucrada la criminalidad (o no del todo, o no siempre), ¿se puede mirar a otro lado? ¿Las autoridades de todos los niveles tienen otras prioridades? Y, mientras tanto, uno o dos o más muchachos siguen matándose a toda velocidad a diario en las calles tapatías.

       Puesto que la ley en México es opcional y la cumple quien quiere, en gran medida el uso de una motocicleta es sinónimo de impunidad. Claro: no voy a generalizar. Desde que supe que un buen amigo, pediatra respetable y estupenda persona, tiene la afición de andar en una moto tamaño Llorarás (y es divertido imaginarlo, porque es más bien chaparrón), estoy al tanto de que no todos los motociclistas son imbéciles, imprudentes, dementes, agresivos, atrabancados, alebrestados, desentendidos de toda forma de convivencia armónica, salvajes o meramente primitivos, patanes en suma. Y puercos. También están, desde luego, los miles de trabajadores, incluidos repartidores, conscientes y observantes del Reglamento de Tránsito, al tanto de que el solo hecho de empuñar el manubrio equivale a jugarse la vida, y que además de batallar entre el trafical, el solazo y un sinfín de dificultades, tienen la responsabilidad de cuidar la chamba y cuidar el vehículo con que la realizan. 

      Pero ¿qué hay con las hordas que se organizan para tomar las calles en sus estampidas desquiciadas, sin autoridad alguna que les haga frente? (Qué estoy diciendo: si la autoridad se desentiende es porque no tiene para qué desgastarse, y qué habría de ganar de hacerlo). Cientos de motos en caravanas asesinas que, a la hora que se les antoja, se adueñan de la ciudad. O una sola moto, tan sólo una, que acelera y retumba a propósito y porque puede, reventando con su ruidajal infame cualquier esperanza de sosiego. (Desde hace años, frente a la casa se puso un bar de bikers. Ya no tanto, pero al principio había que aguantar a los beodos que al llegar y largarse en sus máquinas monstruosas y grotescas se gozaban ensordeciendo al vecindario. El infierno existe y es eso).

Siempre que veo a un payaso o a un estúpido serpenteando entre el tráfico, no puedo evitar recordar, lo siento, aquel momento de la película ¡A toda máquina! (Ismael Rodríguez, 1951) cuando, en el punto culminante del show acrobático, los personajes de Pedro Infante y Luis Aguilar enfilan sus motos al mismo tiempo para atravesar una hoguera —un número que, desde luego, sale pésimamente mal—. Un compañero, ya harto de sus audacias, nomás atina a decir: «¡Que se maten!». Y bueno, no, yo no quiero que se mate nadie más. Pero sí que alguien pare esta locura, maldita sea.

J. I. Carranza

Mural, 6 de abril de 2025.

¿Pasa ligera?

Pues no. Y no es que Yuri se equivocara: al fin y al cabo, en su caso se trataba de denunciar la disposición ambiental del mundo que arranca el 21 de marzo, propicia para la proliferación del amor —ha de suponerse: la canción no lo dice, pero se sobrentiende—, y enemiga para la voz que cantaba, menos despechada que abatida porque la habían largado… ¿o nomás era su fantasía?: «Qué queda de un sueño erótico si / de repente me despierto y te has ido». En realidad, el sentido cabal de la canción es difícil de discernir, salvo en cuanto tiene de lamentación por sentirse víctima de la llegada del equinoccio. «Pasa ligera», dice, pero en el fondo no es cierto: se ensaña contra la enamoradiza que no escarmienta («Para enamorarme basta una hora»). Así que es maldita. La maldita primavera.

       Es fantástico cómo vamos por la vida portando información acaso absolutamente prescindible, en cantidades incalculables y tan misteriosamente disponible en todo momento: como esta versión de la cantante jarocha —y, además: ¿por qué estoy enterado yo de que Yuri es jarocha?—, ¿cuántos terabytes de canciones y poemas y anuncios radiofónicos o televisivos y declaraciones de políticos y eslóganes o rúbricas de presentadores y locutores y diálogos de películas y de caricaturas y chistes (protomemes) y canciones otra vez, miles que sabemos de memoria sin saber que las sabemos, atestan nuestra memoria y acaban así por definirnos? Pero, además: apenas uno presta atención a eso que ha oído incontables veces a lo largo de cuarenta y cuatro años —sí: a Yuri le oímos por vez su denuncia de la estación florida en 1981—, se abre una posibilidad inmensa de seguir abasteciendo esas bodegas de lo inútil con más datos y noticias que habían estado aguardando casi medio siglo para asombrarnos. Por ejemplo: que la canción fue originalmente italiana y la cantó con éxito clamoroso otra güera, llamada Loretta Goggi, aquel mismo año; que tiene versiones al portugués, al alemán, al checo, al danés, al finés, al neerlandés, al croata, etcétera, e infinidad de otras interpretaciones en el español de varios países de América Latina. (A propósito de Goggi y su coincidencia capilar con la cantante de «Osito panda», siempre es sorprendente descubrir cómo los mexicanos, mientras nuestra educación sentimental estuvo a cargo de Televisa y Raúl Velasco era una suerte de ministro plenipotenciario del gusto nacional, vimos ascender al estrellato a numerosas imitaciones o descarados clones de artistas y grupos de medio pelo que hacían de las suyas en otras latitudes sin que nos enteráramos —no había internet ni televisión por cable—: por ejemplo Flans, que calcaba las coreografías, las tesituras, los peinados, la vestimenta y hasta los colores de piel de las integrantes de Bananarama). Y lo más misterioso de todo: ¿por qué una canción así ha perdurado en el recuerdo de millones, al grado de que entra en la categoría de los productos culturales constitutivos de nuestra identidad, y háganle como quieran? No tiene pierde: en la boda, en la radio del Uber, en el sonido ambiental del súper, en el tianguis, en la espera de que la peluquera se desocupe: apenas suenan los primeros acordes, nuestra más profunda índole está lista para ponerse a corear: «Qué importa si / para enamorarme basta una hora…». Maldita sea.

       El caso es que, al menos en lo que concierne a Guadalajara, nada de ligereza: la primavera se hace sentir y parece espesa, lentísima, como que nunca va a terminarse. Tiene, sin duda, sus aderezos o desplantes cosméticos que pueden embelesarnos cuando reparamos en ellos: los árboles que son sus tocayos, y de los que hablé aquí hace unas semanas sin pudor por la carga de cursilería que pudiera tener mi entusiasmo (después de todo, como observó el gran Pablo Fernández Christlieb, la cursilería es el mal gusto de los buenos sentimientos); además, las jacarandas, que están ya colgando sus magníficos mantones sobre toda la extensión de la Cuaresma; los tabachines, que ahí vienen, las bugambilias, etcétera. Muy lindo todo, muy tupido y ebullente… hasta que se desatan las alergias. Inaugurada la temporada de los estornudos imparables, la moquera incontenible, los ojos llorosos y la incesante rasquera, también se desencadena en esta tierra la sucesión de infiernos forestales que además de devastar bosques emporcan los cielos y empeoran jaquecas y toses —por decir lo menos—. Paradójicamente, las coloraturas del ocaso en este tiempo suelen ser dramáticas y bellísimas: la primavera maldita haciendo alarde de sus veleidades artísticas con tanta destrucción que se prolonga al tiempo que prospera el estiaje y el temporal de lluvias se ve imposiblemente lejano en el horizonte, o sencillamente no se ve.            

Sumémosle a eso el hecho de que parece haber alguien abriéndole a la llave del gas para que la flama crezca y en el gigantesco comal que es la ciudad vayamos tostándonos por todos lados. Las noches se acortan, y qué bueno, porque las vuelve insoportables el calor, pero los días alargan sus sopores y sus hervores secos. Y la única explicación parece ser que haya festivales de kínder con niñas y niños vueltos abejitas o flores (a mi niña una vez su mamá le hizo un traje de jacaranda de papel maché: el disfraz más fabuloso, pero se estaba asando) ¿Ligera, la primavera? Qué va a ser.

J. I. Carranza

Mural, 23 de marzo de 2025.

Primaveras

Es fácil ceder a la tentación del lirismo, de la efusión de las impresiones provocadas meramente por la luz y por percibirla. Las primaveras tapatías, en sus suavísimas explosiones, animan a eso, a ponerle a su descubrimiento las palabras predecibles, consabidas, frecuentemente incapaces de maravilla, y sin embargo útiles para encauzar nuestro asombro inevitable. La primera, este año, era en realidad un par: dos árboles juntos en un camellón del Periférico, como esperando para cruzar entre los tráileres y los autos y la gente que a su vez cruzaba para llegar a una estación del camión que pasa ahí (metrobús, peribús, macrobús, como se le diga). Y, al verla, al verlas, no pude evitar exclamar: «¡La primera primavera!», acaso porque así me lo exigen siempre ellas en sus propias exclamaciones, mejores que las mías desde luego y que las de cualquiera.

       Pero eso fue hace unas tres semanas. Algo ha sucedido en los ritmos de floración de los últimos años, debido quizás al desquiciamiento de las estaciones, de sus temperaturas, o tal vez a las condiciones atmosféricas de esta ciudad que en su desmesura imparable va sufriendo cambios metabólicos u hormonales y por ello muta todo el tiempo y la vida en ella se comporta de modos cada vez más imprevisibles. O, si no es que esos ritmos en realidad se han alterado, es posible también que la población de primaveras (y jacarandas, que vendrán enseguida, y al final los tabachines) se haya incrementado de tal forma que su presencia entre nuestras rutinas y nuestras prisas, nuestra distracción y nuestras neurosis, se ha vuelto cada vez más insoslayable, y es por ello que notamos más que antes (todo es siempre más que antes) cómo, a diferencia de lo que pasaba antes, hoy las primaveras no esperan a veces ni siquiera a que diciembre acabe de cerrar para emprender lo que les corresponde, sacándose quién sabe de dónde esos puñados de amarillo algo más enfático que el amarillo de las torres de Catedral. No esperan, pues, como si las apresurara una impaciencia o un ansia (sabrán tal vez algo que nosotros no), y a lo largo de todo enero van encendiéndose y apagándose, por todos los rumbos, haciéndonos saber que ahí estaban desde quién sabe cuándo, sólo que no nos habíamos dado cuenta, y luego otras, y otras más, en las calles donde suelen hacer sus más vistosas peregrinaciones (La Paz, la Calzada Independencia, Américas, etcétera), pero también en esquinas donde jamás habríamos imaginado que les gustaría pararse, o a media cuadra, o en un jardín o en el centro de una manzana, y siempre es como si por la noche hubiera llegado una nave espacial a instalarlas y a prenderlas, inesperadas y algo absurdas en su trato con el paisaje: un baldío habitado por la roña, al lado un edificio que sólo sostiene el olvido, la fachada un asco de roturas y pintas, la banqueta despedazada, la basura, el tráfico y el humo, y en medio de todo eso, de pronto y de un modo inmerecido, una primavera alzada sobre sí misma como una gigantesca cubetada de pintura amarilla que queda suspendida por encima de todo y hace que toda aquella fealdad y miseria, al menos mientras uno va pasando por ahí, se vuelva invisible —no es así, nunca: como dijo Nabokov del arte, su mejor definición es que consiste en la suma de belleza y piedad, piedad porque la belleza siempre muere; las primaveras y su arte también.

       El caso es que, debido a esas alteraciones en sus tiempos, en los últimos años (o así ha sido siempre y yo apenas voy dándome cuenta) las primaveras florecen dos veces. No todas a la vez, pero sí todas, en el momento que les da la gana, parece. Aquella, aquellas del Periférico, antier constaté que ya vienen de nuevo; llevaban unos días con las ramas limpias, en silencio, pero ya antier estaban dificultándome entender el color del cielo detrás de esas ramas, el gris de las nubes de las lluvias de estos días detrás del amarillo taxi (qué desgracia que los taxis tapatíos no tengan más los colores de las torres de Catedral), y seguramente mañana, cuando vuelva a pasar por ahí, serán ellas mismas las nubes insólitas de ese amarillo (y el Pájaro de Goeritz, qué pocas ganas de volar con ese bermellón y sin su amarillo de tantísimos años; Guadalajara debería ser toda amarillo primavera, sus edificios mejores y los peores también, sus camiones y sus trenes y las estaciones de unos y otros y sus luminarias y sus botes de basura y el mobiliario en sus jardines y sus fuentes y sus bicicletas y sus monumentos).

No hace falta que signifiquen nada, pero a pesar de ello —o gracias a ello, quizá— son más importantes que incontables cosas en el universo. O deberían serlo, para que les prestemos la debida atención, que nunca será suficiente. No hablo de los cuidados que precisan (habrá quien tenga esa responsabilidad, supongo: gobiernos, ciudadanos), sino en términos de lo que advertir sus inefables proposiciones puede suponer para mejorarnos súbitamente la existencia. Contemplación o experiencia estética, si se quiere, o bien, más sencillamente, alzar la vista más allá de nuestros torpes pasos y ver que ahí hay, un año más, una primavera tapatía. Deslumbrante. Sea que seamos dignos o no de ella. Y sólo porque sí, o acaso sin porqué: como la rosa del poema de Angelus Silesius que citaba Borges, también la primavera tapatía «florece porque florece».

J. I. Carranza

Mural, 23 de febrero de 2025.

A escobazos

No ha dejado de pasar la basura, y aunque no debería asombrar, pues la basura tiene que pasar siempre, el hecho sí tiene algo de extraordinario en vista de los pronósticos nefastos que muchos hicieron cuando la Alcaldesa tapatía Verónica Delgadillo ya no renovó la concesión a la empresa que tan mal trabajo hacía. Hasta ahora, los camiones del Ayuntamiento están cumpliendo y no se desencadenó la crisis que se temía, lo cual está muy bien.

       Bien también estuvo la observación de la Alcaldesa cuando, al echar a andar su estrategia, alentó a que en lugar de decir «Ahí vienen los de la basura», digamos mejor «Ahí vienen los de la limpieza»: al aludir así al efecto que deja a su paso el personal que brinda el servicio, se reconoce más claramente la importancia de dicho servicio y centramos nuestra atención en la solución antes que en el problema. Ojalá ocurra y lleguemos a cambiar; es cierto que está muy arraigada en la vivencia de lo cotidiano la identificación entre el problema y su solución —ahora mismo, de modo automático, empecé este artículo refiriéndome al paso de la basura—, y acaso por ello se nos dificulte tanto reconocer dónde termina una cosa y empieza otra, es decir: cómo arreglárnoslas para que la solución no equivalga simbólicamente y aun literalmente al problema, que así empeora: de la basura uno nunca quiere saber gran cosa, urge siempre deshacerse de ella, nos las arreglamos a lo sumo para que sea problema de alguien más, y así las soluciones duraderas nunca se hacen realidad.

       Al ver los camiones relucientes del Ayuntamiento tapatío caí en la cuenta de que jamás había pensado en algo tan obvio: ¿por qué los camiones de basura tendrían que estar siempre sucios? Por un atavismo incuestionado, quizá, o por la mera fuerza de la costumbre, toda la vida me había parecido inobjetablemente normal ver circular por las calles de mi ciudad esas moles de inmundicia y pestilencia, pringosas por todos lados y que desprenden toda suerte de deyecciones y humo… cuando en realidad toda «unidad», como se dice, bien podría ser lavada con regularidad. O eso creo desde mi ingenuidad y mi ignorancia, pero también a partir de un recuerdo muy concreto que también estos días se me ha revelado, a propósito de las tensiones entre el emporcamiento y el aseo de nuestra vida cotidiana; seguramente habrá lectores que también tengan memoria de algo así.

       En los años setenta, ochenta, cuando vivíamos en el barrio de las Nueve Esquinas, todas las mañanas, muy temprano, mi papá sacaba la basura de la casa para entregársela al hombre que pasaba empujando un tambo con rueditas: no sé si existan aún vehículos así, hechos con barriles de lámina a los que se les había retirado la tapa y montados sobre una sencilla armazón de cuyo manillar pendía una bolsa grande de plástico en la que iban acumulándose materiales aprovechables —todavía no se usaban términos como «reciclaje» o «biodegradable»—: latas, vidrio, cartones, algún otro tesoro que el barrendero se guardaba para sí a fin de venderlo y sacar un provecho. El barrendero: así llamábamos al empleado de limpia (limpia, aseo: lo que hoy Delgadillo recomienda que llamemos «limpieza») que iba deteniéndose a recoger la basura de cada casa de Galeana —le tocaría recorrer también otras calles, imagino: Colón, Ocampo, Donato Guerra, tal vez entre La Paz y Juárez, y las que las cruzan: de Nueva Galicia a López Cotilla, un área muy grande, sin duda se la repartían entre varios—, pero que también barría las calles con su escoba de popote, y a cambio de ambas tareas recibía propinas de los vecinos (mi papá siempre se apuraba de tener a la mano esa propina), además de un conocimiento muy claro y preciso del funcionamiento del barrio —o esa impresión conservo porque el barrendero de mi calle era muy simpático y chismoso y platicón, un señor flaco, correoso, sonriente, que recuerdo con toda nitidez poniéndole el sonido de sus escobazos a las mañanas y llevándose discretamente nuestra basura, con la que nunca tuvimos que batallar.

       Evoco esa figura para insistir en la dignidad del oficio y del servicio. Porque el trabajo del barrendero, al dejar la calle limpia, era justamente lo contrario de todo lo que suele asociarse con la basura, que es invariablemente emblema de nuestras peores posibilidades, como sociedad y como individuos. Mucho antes de que fueran asentándose en la educación las nociones de conciencia ecológica que hoy suelen asociarse a nuestra relación con los residuos que generamos, dicha relación estaba principalmente modulada por la atención a las responsabilidades cívicas elementales que todos tenemos en pro de la vida en armonía y el respeto al derecho ajeno: tirar basura, pues, era una incivilidad, una patanería, signo de pésima educación y de inexistente consideración por los demás. Sigue siéndolo, por supuesto, pero no estoy tan seguro de que sigamos viéndolo así.

       Yo querría confiar en que los buenos resultados que va dando el sistema de recolección de basura implementado por Delgadillo se sostengan, y que se recoja además toda la basura tirada en banquetas, camellones, jardines, baldíos, edificios abandonados, etcétera. Y, si no es mucho pedir —no lo es, nomás lo digo así porque así se dice—, que se considere también barrer la ciudad: cada calle, a escobazos, todos los días. Como antes.

(Foto: Dian Barajas / Milenio).

J. I. Carranza

Mural, 2 de febrero de 2025.

Banquetazo

El otro día me caí. Una caída más aparatosa que dramática, pues no me rompí ningún hueso, aunque al dar contra el suelo pensé que me había reventado una rodilla; una caída más bien teatral o incluso operática, ya que entoné un lamento sonoro cuando giré para quedar de espaldas, mirando al Sol —una urgencia de dignidad me hizo entender que ese giro atenuaba la degradación sufrida, que permanecer boca abajo no sólo era indecoroso y patético, sino que además parecería más alarmante y catastrófico—. Tantos segundos duré cayéndome que alcancé a imaginar 1) que podría salvarme en el último momento, que sólo habría sido un tropezón; 2) que disponía de tiempo para acomodarme del mejor modo; 3) que el punto 2 era absurdo, no había mejor modo, me golpearía en varias partes de lo que en la nota roja llaman «la economía corporal»; 4) que qué vergüenza con la gente que me veía, y 5) que al menos no iba a romperme el hocico. El rodillazo, al final, fue lo de menos: todo mi peso se concentró en el codo izquierdo, que raspó largamente el cemento de la banqueta y quedó asimismo pelado, con aspecto de camote del cerro, y en el hombro —como que se desacomodó, no he querido pensar mucho en eso.

      Llegado a este punto, debo advertir que tengo disponible una justificación para platicar aquí de mi percance, y que esa justificación no es otra que hacer notar una carencia que sufrimos como sociedad y, en lo posible, animar algunas consideraciones al respecto. Hace mucho, una noche estábamos viendo un noticiero y salió un editorialista que dedicó su colaboración a hablar del mal estado de las banquetas en su ciudad. «Otro que se quedó sin tema», me dijo mi esposa, no sin sorna, al tanto de la penosa circunstancia de quienes debemos ocuparnos cada semana de algo que sea de la incumbencia del público. Por eso me la había pensado para venir aquí a hablar del banquetazo que me di: no vaya a parecer que me quedé sin tema… Pero bueno: el caso es que hoy le doy la razón a aquel editorialista: bien está que las banquetas reclamen nuestra atención y aviven nuestra perplejidad y conciten nuestra más pura indignación: por estar estropeadas, rotas o despedazadas, o bien erizadas de irregularidades y filos y bordes, llenas de estorbos y de amenazas, o interrumpidas por agujeros y trampas, o reducidas o inexistentes o asquerosas, resbalosas, encharcadas, untadas de excrementos animales o humanos, etcétera, pueden ser la causa de que uno se caiga tontamente como yo, o más feamente —ni lo mande Dios—, o incluso de que se mate en la caída, y ello por no hablar de los incesantes modos en que dificultan la vida de las personas en sillas de ruedas o de los viejos o de los ciegos…

      (Leo, en un artículo del extrañado José de la Colina, que en México se dice «banquetas», y no «aceras» o «veredas», como en otros lados, debido a la costumbre añeja de tomarlas como asiento, frecuentemente para beber un vaso de pulque o un refresco o una cerveza: «bancas públicas y democráticas» para ver la vida pasar).

      Pronto un hombre más o menos de mi edad se acercó a darme una mano para levantarme, entre pujidos y con algunos trabajos; un muchacho fue a recoger el audífono que se me salió volando; mientras me sacudía la barriga y comprobaba que no tenía fracturas, vi algunos semblantes consternados. Estábamos en la Vía RecreActiva. Bien me dijo a otro día una amiga: la juventud se extinguió para siempre cuando te caes y ya nadie se ríe, y más bien alcanzas a oír: «Ay, se cayó el señor». Luego de ir cojeando hasta una banca (no banqueta) del Parque de la Revolución para reflexionar sobre mi vida mientras me sobaba, regresé a ver el borde malvado que me tumbó. Tal vez es un punto donde la raíz de un árbol ha levantado el piso, tal vez meramente una malhechura; como sea, algo que nadie se ha preocupado de arreglar.

      Entiendo que, con algunas particularidades que varían de un municipio a otro, la responsabilidad del mantenimiento de las banquetas es compartida entre los propietarios de los inmuebles y los ayuntamientos. Pero esa fórmula, que en teoría suena muy cívica, también puede significar que tanto las autoridades como los ciudadanos (propietarios, pero también viandantes en general: todos los que usamos las banquetas) nos desentendemos por igual, visto el estado que guarda la mayor parte de las banquetas tapatías. Da la impresión de que sólo las recién hechas son del todo transitables, y van dejando de serlo conforme pasa el tiempo, como si eso fuera lo natural. El Reglamento de Imagen Urbana para el Municipio de Guadalajara se refiere solamente a lo que debe tomarse en cuenta al proyectar banquetas nuevas o al solicitar permisos para modificar las existentes. Pero ¿a quién le toca en rigor barrerlas, lavarlas, resanarlas, allanarlas, librarlas de hoyancos, ver que se conserven completas? Cuidar, en suma, que se pueda caminar por ellas con seguridad y tranquilidad. A veces, sí, se ven obras de rehabilitación, pero nunca cubren más que unas cuantas cuadras. Y aquel programa llamado Banquetas Libres, del que tanta alharaca se hizo en su momento, ¿en qué quedó? ¿Nomás se extinguió sin pena ni gloria? Uno querría que Guadalajara fuera una ciudad más caminable. Pero parece que las condiciones para que eso sea posible nos tienen sin cuidado.

Ya se me está cayendo la costra del raspón.

J. I. Carranza

Mural, 24 de marzo de 2024.

¿Un tejuino?

En el delicado equilibrio entre la sencillez de sus componentes y la sabiduría ancestral necesaria para su preparación, el tejuino en Guadalajara depende de un ingrediente clave para que beberlo no sólo sea sabroso, sino además una rotunda e inconmutable forma de la felicidad: el hallazgo. En toda felicidad auténtica hay siempre misterio —obra alguna fuerza sobrenatural, quizás, o es más bien que nos urge saborear el primer trago antes que ponernos a buscar la explicación de ningún enigma—, y es así que uno suele darse cuenta de que quiere un tejuino sólo en el momento en que un tejuinero le sale al paso. Es una aparición providencial, pero también paradójica: de no haber ocurrido, ¿el deseo se habría producido? ¿Y si es más bien que las ganas secretas de tomarse un tejuino son las que producen al tejuinero?

      Pasa también, y será tal vez la otra cara del mismo misterio, que el antojo puede prosperar sin ningún tejuinero a la vista. Vamos, pongamos, por la Vía RecreActiva, bajo el solazo, luego de haber comprado el periódico con los Hermanos Ceniza; hace rato que se acabó el agua que llevábamos, renunciamos a comprar un refresco o un juguito en la Farmacia Guadalajara, animados por la confianza de encontrar la moto angélica, verde o azul o naranja, tal vez junto al templo de La Soledad, o en la esquina del Centro Magno, o en las inmediaciones de la Minerva… Pero nada: vamos hasta allá y volvemos y no se manifiesta nunca ninguna moto, la esperanza aquella va quedando defraudada, la sed crece y el sol cala con crueldad, y al final nos resignamos a que el domingo quede incompleto, sin causa aparente. Ojalá hubiéramos comprado el juguito, nos lamentamos: demasiado tarde.

      Sí, para poner remedio a la desolación uno podría ir a una tejuinería establecida, por ejemplo la afamada de Marcelino, en el mercado de la Capilla de Jesús. (Cada que vamos ahí mi hijita y yo, luego del frontenis, todos chamagosos y ya cansados como para esperar a que el azar nos ponga un tejuinero ambulante en el camino, recuerdo cómo en vacaciones mi mamá me llevaba los miércoles al tianguis en el Mercado Alcalde, y yo esperaba esos días con especial emoción porque siempre le comprábamos a un don que ponía su triciclo en la esquina de Angulo y Alcalde —no recuerdo que en ese tiempo hubiera tejuineros motorizados—: pocas cosas me hicieron más feliz de niño). Pero, sin ser mejor o peor, sí es distinto de la ocurrencia inesperada y simultánea de la sed y del hallazgo.

      No se trata, sin embargo, sólo de que la sed se sacie: sospecho que el gusto por el tejuino tiene que ver también con la inadvertida satisfacción de hacerlo de un modo ciertamente insólito, con esa bebida de orígenes remotos que, a lo largo de las generaciones, ha sido un vínculo de identidad con esta tierra —aunque se bebe tejuino en otros lados, sospecho que es en Guadalajara donde goza de más arraigo—. Eso insólito se relaciona también con lo mucho que tomar tejuino tiene de transgresión o de temeridad, y no sólo porque se trata de una bebida fermentada (más de alguna vez he oído a fuereños azorados reprochar que nos guste algo hecho con «maíz echado a perder»), sino también por las audaces combinaciones de lo dulce y lo salado y lo ácido, y la consistencia, la espesura, el color… Como pasa con ciertos quesos o con carnes dejadas añejar, la descomposición controlada obra un milagro de reconfiguración molecular merced al cual tiene lugar la ocurrencia de lo insospechablemente delicioso. Y estamos tal vez tan hechos ya a la asepsis y la insipidez de lo que consumimos, que por eso resulta comprensible que adquiera gustos como éste quien no los ha tenido antes. Por cierto, hay algo que me intriga: aunque parecería indisoluble la afortunadísima alianza entre el tejuino y la nieve de limón, uno de esos descubrimientos gracias a los cuales la humanidad merece salvarse de la destrucción, ¿por qué el tejuinero siempre abre la posibilidad de servir el tejuino sin su compañera perfecta? Yo nunca he respondido «Sin nieve» cuando me pregunta si lo quiero sin o con. Y, aunque imagino que habrá gente que así lo prefiera —si no, por qué preguntaría el tejuinero—, ¿no parece una renuncia injustificable o demasiado desalmada?

      Afortunadamente, no parece posible —seguramente porque no sería rentable— la industrialización de la producción de tejuino, ni que se embotelle ni se almacene. No ha sido víctima del escaso ingenio de chefs sin ideas que podrían proponerse reinventarlo o reinterpretarlo, y por suerte no se ha hipsterizado ni gentrificado. No le hace falta ponerse de moda, y bien podemos seguir arreglándonoslas con la impredecible y arcana organización de los tejuineros (¿cómo deciden dónde ponerse, a qué horas, cuándo esfumarse?). Mi esposa ha pensado en la utilidad de una app que marque por dónde van las motos tejuineras tapatías, para que sea uno quien les salga al paso… Pero no sé: insisto en que el azar es un ingrediente tan importante como la nieve de limón y la sal.

Hoy, entiendo, se celebra el Día Municipal del Tejuino. Me cae gordo siempre que se pretende institucionalizar una querencia, pero seguramente estará bien para la gente que pueda gorrear un vaso. Total: la sola razón para agradecer la llegada del calor a Guadalajara es la existencia del tejuino. Y calor no nos va a faltar. 

J. I. Carranza

Mural, 17 de marzo de 2024.

Segundos

Fue hace un par de semanas, en un centro comercial antaño —pero muy antaño— favorecido por el público y ahora más bien desolado, no abandonado del todo pero sí frecuentado sólo por quienes encontramos práctico ir al supermercado ahí y, de paso, a la peluquería, a ponerle pila a un reloj, a la farmacia. Antes había dos o tres neverías, pero ya no queda ninguna. También cerró hace mucho el café adonde me gustaba ir a escribir —y cerró porque no iba nadie, y porque no iba nadie me gustaba, entonces me siento un poco culpable—. En sus inicios tuvo dos cines, luego estuvieron inservibles muchos años, y hace poco volvieron a servir: se ven siempre desiertos, no sé cómo se sostienen. Está también la sucursal de una cadena de librerías: al gerente y a uno de los empleados los conozco desde hace siglos y les tengo gran estima, son seguramente los integrantes más atentos y serviciales y sabedores de su oficio en todo el gremio librero local, y ya sólo el hecho de que ahí trabajen vale la visita a ese centro comercial («plaza», se dice en Guadalajara). En cuanto a la peluquería supradicha, alguna vez platiqué aquí algo acerca de ella: es un espacio fantástico, fuera del tiempo, hecho con espejos y reflejos de los espejos, luces de hospital, música de Daniela Romo, donde se desempeña admirablemente un staff de experimentadas y muy diestras artistas de la tijera, comprometidas en la misión de mantener a raya la fealdad del mundo: su clientela la constituimos sobre todo hombres orillados a ir ahí para quedar un poco menos pavorosos.

      Pero decía: uno visita esa plaza sobre todo para comprar el súper en el súper, que es grande y suficientemente bien surtido, y que no está puerco, si bien adolece a menudo de escasez de carritos, o, si hay, todos tienen lo que David Foster Wallace identificó bien como la «rueda loca»: ese desquiciante defecto que vuelve torturante recorrer los pasillos porque el estúpido carrito se atora o se va para donde uno no quiere. En el súper no siempre hay vendedoras dando muestras de quesito, de salchichas o de granola, lo que es triste; sin embargo, sí hay un tanque transparente con langostas o bogavantes, para que uno escoja un ejemplar y se lo lleve vivo para cocinarlo vivo, lo que es aún más triste, aunque también fascinante —otra vez DFW: siempre que paso junto al tanque tengo presente su crónica «Hablemos de langostas», uno de los más formidables frescos de la demencial realidad a nuestro alcance—. Por años he creído que una vez vi, en las cajas de ese supermercado, trabajando como cerillita de la tercera edad, a la cantante que en un pasado muy remoto era dueña del bar donde ella misma servía las copas y cobraba al tiempo que cantaba boleros acompañada por un pianista fantasmal: Mary Tere, la de El Gato Verde —dudé en nombrarla, ahora mismo, porque nunca tuve absoluta certeza de que hubiera acabado sus días empacando abarrotes; si me confundí, pido disculpas a su memoria imborrable para tantos noctámbulos tapatíos de hace tres o al menos dos décadas.

      Mentí, pero rectifico: de unos meses para acá, la gente va a esa plaza no sólo por el súper, sino también atraída por una colosal tienda que vende un universo de cosas chinas, una inconcebible profusión de artículos insospechables, variedades infinitas de todo lo que uno pueda imaginar y también de lo que no, la materialización monstruosa del sueño más desaforado del más desmedido fabulista chino. Así, pues, que el estacionamiento se llena.

      Y lleno, aunque no del todo, estaba el estacionamiento un día en que, al salir del súper, hice lo que dice DFW (estoy hablando de su ensayo «Esto es agua»): «Entonces tienes que colocar tus bolsas plásticas de comida, desagradables y endebles, en el carrito con su rueda loca que lo lleva alocadamente hacia la izquierda durante todo el trayecto a través del estacionamiento lleno de tierra y de baches, y tratar de cargar las bolsas para colocarlas de forma que las cosas no se salgan y rueden por la cajuela durante todo el camino a la casa». Cerré la cajuela y, los tres (o cuatro) segundos que me tomó dar dos pasos y abrir la puerta del coche para cargarme yo también en él, bastaron para que el conductor de otro coche, que quería estacionarse al lado del mío, y ya se había embrocado para acomodarse ahí, sonara su claxon para apremiarme. Le estorbaba la puerta que yo acababa de abrir. Le estorbaba yo. Perdón, lo voy a decir como me lo dicta la perplejidad que entonces experimenté: estaba ya abriendo mi puerta, prácticamente estaba subiéndome, y un cabrón me pitó para apurarme. En ese momento, sobresaltado e incrédulo, interrumpí mi movimiento dos, tres segundos: más se iba a impacientar el pitador. Me quedé viéndolo, no era un conocido que quisiera saludarme, era meramente un imbécil con prisa. Y le hice la seña universal de «Espérate tantito», juntando pulgar e índice, para luego subirme por fin, ahora sí deliberadamente calmudo, a propósito para hacerlo rabiar. Como observó Jorge Ibargüengoitia, pensé cuando ya el tonto caminaba hacia la entrada del súper, musitando seguramente alguna maldición: quien se sirve del claxon pone en evidencia «la hediondez que brota de lo más profundo de su alma detestable».            

Los atardeceres en el estacionamiento de esa plaza son hipnóticos. A veces me entretengo tomándoles fotos.

J. I. Carranza

Mural, 18 de febrero de 2024.

Dos Hidalgos

Gracias a la tiktokera @gingerale_tonic (Virginia Arenas, o Gin), el otro día me enteré de que el Hidalgo de la Plaza de la Liberación es en realidad el segundo, pues antes hubo otro, desde la inauguración de ese espacio y hasta unos veintitrés años después. El que conocemos, atribuido al escultor Santiago Flores, desplazó al primero, cuya autoría no está clara —dice Gin que posiblemente fue obra de Ignacio Díaz Morales, autor de la Cruz de Plazas a la que pertenece la Plaza de la Liberación, y también, en complicidad con el desorbitado gobernador González Gallo, el destructor más tenaz del patrimonio en Guadalajara, que arrasó con siglos de construcciones para abrirles cancha a sus nunca muy brillantes ideas y aun así es venerado de modo casi unánime por muchos hijos de esta tierra olvidadiza y cuachalota (todo esto ya no lo dice Gin, sino que lo digo yo)—. Era, aquel primer Hidalgo, una figura lamentable, contrahecha y mal proporcionada, risible sobre todo por su expresión, como con puchero (Gin dice: «Parece que sus papás son hermanos»), y la sociedad tapatía tuvo que soportarlo hasta que, de repente, como suele pasar aquí, fue removido para poner el de Flores, que se desgañita o parece rugir, clama al cielo y alza los brazos poderosos que han roto las cadenas de la esclavitud, está dando un paso al frente, desafiante y encendido, y aunque no precisamente hermoso, sí es preferible al otro, que acabó desterrado en el Parque de la Liberación, o El Deán, donde será siempre más difícil toparse con su fealdad.

       Toda esta historia, que yo ignoraba por completo (es decir: ignoraba que la ignoraba), pude conocerla en algo más de dos minutos gracias a la bien informada y ágilmente dispuesta narración de Gin, pero también gracias al algoritmo, o como haya que llamar al dios que cablea e interconecta la información del universo con mis aficiones e intereses, mis obsesiones o mis distracciones, mis tirrias y mis embelesos, mi curiosidad polimorfa o monomaniaca: con mi cerebro, en suma. Algún rastro debo de haber dejado, en mis pesquisas y en mis ratos ociosos en línea, que el dios en cuestión —es tal vez Hermes, sabedor de nuestras pulsiones y de lo que las sacia— detectó lo oportuno de enviarme el video de los dos Hidalgos. Y, además de atender a ese rastro, supo, el dios, que mi saber estaba imperdonablemente incompleto, pues le faltaba ese dato, que hoy ya tengo por crucial e invaluable y que no olvidaré jamás, mientras este cerebro mío no se desbiele y truene.

       Se diría que los hallazgos como éste son atribuibles a la suerte, y es tentador pensar que ésta, en los tiempos que corren, se ve potenciada por las dinámicas de los medios en que estamos inmersos, en las caudalosas y vertiginosas corrientes de información que nos revuelcan todo el tiempo. Pero en realidad la suerte ha operado siempre, es parte constitutiva de nuestra existencia y, por tanto, un factor que jamás deberíamos desdeñar al ponderar nuestras posibilidades de felicidad o de sabiduría. Para seguir hablando, en concreto, de las formas en que va sumándose y adquiriendo sentido el conocimiento del pasado (los motivos de lo que somos), esa suerte puede manifestarse en casualidades y contingencias que a la postre encontraremos agradecibles: la buena suerte.

       Por ejemplo: estoy seguro de que saber de historia me gusta, y me importa, gracias a la estupenda suerte que tuve de tener, en el tercer año de primaria, a la profesora que tuve: Gloria Guerra Villanueva. Ya lo he contado: nos dejaba tirarnos en el suelo mientras nos platicaba de los aztecas y de la Conquista y de la Independencia y demás, y aquellas horas de maravilla están entre las más dichosas de mi niñez. «Saber de historia», escribí, pero no se crea que sé nada: al contrario, mi ignorancia es enciclopédica. A lo que me refiero es a la emocionante ocurrencia de ese infinitivo, descubrimiento o revelación, especialmente cuando se trata de una noticia inaudita, insospechable. Como una que conocí en un ensayo de mi amiga Teresa González Arce («La fragilidad de los héroes», incluido en el libro Días hábiles, UNAM, 2012): que Morelos usaba lentes oscuros —y no por coquetería ni por ansias de glamour, sino porque padecía migrañas y así se evitaba la luz torturante; tiempo después fui a Morelia a corroborar que, como afirmaba el ensayo de Teresa, esos lentes se conservan en el museo sito en la casa que el propio Morelos construyó con sus manos… y también entonces supe que, cuando iban a fusilarlo, el autor de los Sentimientos de la Nación llevaba consigo un diccionario francés-español que le había regalado y dedicado Hidalgo: mientras hacía la guerra, el cura Morelos estaba aprendiendo francés.

      Imagino, sí, que esas ocasiones para la buena suerte de saber algo que no sabíamos se multiplican hoy gracias a TikTok o similares. Pero entiendo que, para ello, hay que mostrarse propicio a los designios del dios, absteniéndose de perder el tiempo en porquerías y estupideces y procurando que el propio rastro se trace, sin demasiadas desviaciones, por rumbos donde sea más posible que salgan al paso quienes traen algo valioso o sorprendente (como me pasó con Gin, con su historia de los dos Hidalgos). El dios, así, tendría que premiarnos obsequiándonos con lo que, mejor que nosotros, sabe que nos falta saber.

J. I. Carranza

Mural, 10 de septiembre de 2023.

Tormentón

Las revelaciones más perturbadoras son las que nos enfrentan a las mayores obviedades. Por ejemplo: el viernes pasado, luego de haber dejado a la creatura en la escuela, cuando llegué a la universidad y ya que estaba dándole el primer sorbo al cafecito para acabar de despertar (yo no sé qué gana la humanidad haciendo que las creaturas se desmañanen de modo tan brutal, y con ellas sus padres; la civilización se habrá deshecho de sus peores taras cuando dejemos de madrugar a lo loco), caí en la cuenta de que había hecho el camino sin contratiempos, bajo un cielo despejado y sin que nada me recordara el apocalipsis de la noche anterior. No sólo había dejado de llover en algún momento de la noche del jueves, sino que además los caudalosos ríos que impuso la tormenta habían desaparecido y estaban secas las calles que unas horas antes habían desaparecido bajo el agua.

       Lo que quiero decir —y esto es lo pasmoso de esa revelación de lo obvio— es que la lluvia para, el agua baja, las calles terminan por volver a ser transitables y la vida sigue. Siempre. Y eso, en esta ciudad tan aficionada a las tempestades destructoras, puede ser profundamente significativo… siempre y cuando lo tengamos en cuenta. Porque vamos a ver: salvo ciertas zonas, principalmente en la periferia, donde la lluvia intensa puede dejar inundaciones por varios días, lo cierto es que aun en los puntos más conflictivos de la Zona Metropolitana de Guadalajara, preferidos por el agua para hacer brotar encharcamientos que en cuestión de minutos crecen hasta convertirse en violentos mares, toda esa agua termina yéndose al cabo de algunas horas: corre hasta las entrañas de la ciudad y sigue su camino, y al día siguiente lo más seguro es que ya no quede rastro, aunque por lo general es cuestión de horas para que el nivel descienda y no sea una temeridad insensata cruzar la avenida, a pie o en coche.

       Lo malo de las obviedades es que reparar en ellas a veces conduce a proclamar una ingenuidad. Lo digo por si se toma por tal esto que voy a decir enseguida. En Guadalajara, vamos aceptándolo de una vez, jamás va a dejar de llover con furia vengativa, y lo más probable es que cada año sea peor que los anteriores, no solamente por las consecuencias que, aseguran los expertos, trae consigo el cambio climático, sino también por el esmero que nos caracteriza para tomar las peores decisiones (crecimiento desmesurado de torres estúpidas por todos los rumbos, sobreproducción de basura, interrupción de los cauces naturales, deforestación, elección de los peores gobernantes, etcétera), y que agravará los estragos causados por el agua. Tampoco, dicho sea de paso, vamos nunca a dejar de mostrarnos sorprendidos por el hecho de que llueva como llueve —ni renunciaremos al retorcido deleite que nos provoca deplorar cada tormenta: si no, de qué platicaríamos al día siguiente—. Y menos habrá jamás autoridad que nos asista en el momento del diluvio ni gobierno que encuentre mínimamente rentable aventurar ninguna solución duradera —en la tarde-noche del jueves, en dos horas y media de ir para allá y para acá en el coche buscando evadir las aguas crecidas y los embotellamientos, jamás vi una maldita patrulla, solamente un desvalido camión de bomberos sumergido en el pantano, como un emblema rotundo de la desesperanza. 

       Estamos condenados, pues, y nada va a impedir que llueva otra vez. Habría que volver a edificar la ciudad, llevársela completa a otro lugar, o irnos y dejarla aquí, hasta que el agua acabe con ella, para ponernos del todo a salvo. Sin embargo —y ésta es la obviedad acaso ingenua que había anunciado—, la evitación de la desgracia, en cada tormenta, pasa por la modificación de las conductas individuales y colectivas, y estará a nuestro alcance siempre que recordemos que la lluvia va a parar y el agua se va a ir. Dicho de otra forma: es cuestión de esperar. Un rato. O un par de horas. O toda la tarde. Lo que sea, pero esperar, antes de lanzarnos a arrostrar la calamidad con toda nuestra atolondrada indefensión y nuestra inservible audacia. Como el célebre tinaco que tan bien nos representa (a mí me gustaría ver que lo instalen en lugar del elefante del Centro Magno, el que se llevó la lluvia y que ya nunca volvió), sin pensarlo demasiado los tapatíos nos arrojamos a la corriente y a sus diversos peligros: que nos aplaste un árbol o nos fulmine un rayo, o que caigamos en un socavón o nos absorba una alcantarilla. Y en muchos casos se entiende, claro, como con las multitudes que se mueven en transporte público, que quieren llegar cuanto antes porque luego no habrá camión o tren y los desgraciados taxistas van a empezar a cobrar trescientos pesos. Pero, por ejemplo, los automovilistas particulares, ¿por qué encontramos preferible quedarnos atorados en Lázaro Cárdenas como tontos, por horas, con riesgo de que otra vez los cielos se abran y el agua se trague los coches? ¿Por qué corremos a zambullirnos a Plaza del Sol, al paso a desnivel de Ocho de Julio, a Higuerillas, a donde sea que ya sabemos que corremos el riesgo de la pérdida total?

«La paciencia», cantaba el rockero Guillermo Briseño, «es un recurso natural no renovable». Habría que cuidarla y tener reservas para cuando se suelta el aguacero. A fin de cuentas, como pasa siempre, tarde o temprano el agua va a bajar.

J. I. Carranza

Mural, 3 de septiembre de 2023.

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