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La horda gorda

Volvimos a ganar y volvimos a salir a festejar. A ver si no se nos hace costumbre (sí, tú). Y todo se conjugó para que la celebración estuviera más intensa, y en algunos puntos más salvaje. Por una parte, la suspensión de actividades decretada por la presidenta y por el gobernador —y, si no hubiera sido suficiente, por cada ciudadano al que sencillamente no le dio la gana de trabajar—; por otra, la imprevisión de la autoridad ante la previsible saturación de gente que iba a haber en el centro de Guadalajara. Entre los impedimentos a la circulación libre de las personas y la terquedad de quienes a fuerzas querían estar donde ya estaba lleno, antes no se desató más furia y démonos de santos con que no hubo muertos y malheridos. A eso sumemos lo que empeora las cosas estar chupando desde temprano, y también la euforia desencadenada por el gol de chiripa que metimos… Mucho más grave pudo ser todo.

      Pero no lo fue, y sigo sospechando que eso debe de significar algo. No hubo estampidas ni saqueos, no hubo caos, no arrasaron las multitudes con todo lo que encontraran a su paso; a lo sumo, en algunos casos, zarandearon vehículos, incluidas algunas patrullas, pero no los volcaron ni les prendieron fuego. Tampoco amanecimos el viernes en medio de la devastación y la desgracia. A cinco cuadras de la Minerva, donde tienen ustedes su humilde casa, eran casi las tres de la mañana y seguían sonando las vuvuzelas, los cláxones y la memorable rima pelada dedicada a Corea (algo del chile y que sabe qué). Mucho antes de eso, habíamos alcanzado a darle un cuarto de vuelta a la glorieta cuando admitimos que era imposible avanzar más. Aprovechando las bocinas gigantescas que había dejado Maná la noche anterior, alguien (supongo que del Ayuntamiento tapatío) iba poniendo bien elegidas músicas para alocar y hacer brincar a la banda. (Es desconcertante, debo decir —o aterrador, más bien—, descubrir cómo el gentío se sabe y canta y baila canciones que uno en su vida ha oído. Así que esto era envejecer, pensaba yo con alguna melancolía, no poder sumarse al coro que entona melodías y letras indiscernibles). Pero ese cuarto de vuelta fue posible gracias a que nos lanzamos en cuanto el árbitro pitó el final del partido; unos minutos más tarde y no habríamos cabido. Por Vallarta engordaba sin cesar la horda verde proveniente de esa cantina gigantesca que es Chapu. Y aún faltaba que llegara la gente del estadio y también la que ya vendría desde el Fan Fest: la maldita FIFA habrá tenido mucho éxito con su kermés rascuache y cara, pero en Guadalajara se celebra en la Minerva y eso no es negociable.

      Así que a deshoras seguía el relajo, y quién sabe a qué horas terminó. Pero, salvo incidentes aislados, todo acabó en paz. Es cierto, como se ha quejado la sufrida alcaldesa de Guadalajara, que queda un basural tremendo cada vez y que hace falta movilizar al personal de limpieza… para que limpie. Pero como nos faltan todavía unos trescientos años para ser como los japoneses, que llevan bolsas para no dejar cochinero y trapean y echan perfumito por donde pasan, lo que le corresponde a la autoridad aquí es facilitarnos las cosas para que nos deshagamos de la basura (poniendo botes, por ejemplo), y además sancionar a los puercos que la tiren en la calle, y, ni modo, también limpiar ya que la fiesta acabó: barredoras, camiones, ¡órale!, y sin quejarse. Porque lo cierto es que la civilidad sí prospera, y en una sociedad como la nuestra, a la gente se le hace cada vez más difícil ensuciar donde está limpio. Así que hay que limpiar, y luego otra vez, y otra, hasta que acabemos por entender.

      Hay una explicación tan evidente como deprimente para la espontánea y tumultuosa efervescencia del ánimo tras una victoria como la del jueves: es siempre tan poco lo que solemos ganar (en el futbol, en la vida) que no vamos a desperdiciar el más mínimo pretexto para echar borlote. Son ocasiones para anular, al menos por un rato, nuestra historia de fracasos y decepciones, y también para consentirnos (temeraria, locamente) una ilusión también fugaz pero intensa: como un meteorito que irrumpe en la atmósfera, sabemos que esa luz poderosa se extinguirá pronto, pero no queremos perdérnosla. Pero además hay esto: ni la indignación, ni las demandas de justicia, ni el hartazgo ni el horror pueden hacernos tomar la calle como lo hace la fuerza incontenible de esta alegría. Acaso la fe se le equipare, y es cierto que nuestro vínculo con la Selección tiene mucho de misterio religioso; pero las manifestaciones masivas de la fe son menos explosivas que las ocasionadas por un gol en el Mundial.

      ¿Qué sigue? El martes otra vez nos vamos al home-office y los chiquillos no van a la escuela para ver a Colombia abatir al Congo; el viernes viene el rey de España al estadio; ojalá que Uruguay lo deje bailando “La Chona” con una merecida goliza; antes, el jueves, vuelve a cerrarse la Minerva, ahora para que puje el Potrillo a todo volumen (vivimos, repito, a cinco cuadras: a ver si ese día rentamos un búngalo en Chimulco, para poder dormir). Y el miércoles ya está también decretado el asueto, porque tenemos que ir a hacer pinole a la República Checa (Chequia me suena a chiqueado). Qué días agitados. Ahí nos vemos otra vez, pues, la noche del miércoles, soplándole a la vuvuzela.  

J. I. Carranza

Mural, 21 de junio de 2026.

Saldo blanco

Todo, siempre, puede ser peor. Pudo ser que abriera la canción de Julieta Venegas en lugar del rollo autoctonoide de Lila Downs. O peor aún: pudo ser que Lila Downs cantara «La niña futbolista». Horror. Pudo ser que en lugar de Maná saliera Timbiriche (si es que no han sido siempre lo mismo), o que a Salinas Pliego nadie le hubiera gritado obscenidades cuando llegó muy orondo, ya en campaña presidencial. El escenario, es cierto, parecía carro alegórico del Tío Carmelo, y las danzas pletóricas de penachos hacían pensar en que se había adelantado la llevada de la Virgen. Agradezcamos que, al menos, el espectáculo estuvo cortito.

      Lo malo de que millones opinemos a la vez de lo que estamos viendo es que pocas esperanzas quedan de ser originales u oportunos: a millones se nos ocurrió al mismo tiempo que las bailarinas que perreaban estaban disfrazadas de meseras de Sanborns. Afortunadamente, a nadie se le ocurrió sacar un holograma gigante del Chavo del Ocho (o no les llegaron al precio a sus herederos). Por desgracia, tampoco nadie pensó en poner al Azteca a corear una de Juan Gabriel. Además: ¿Salma Hayek es la nueva secretaria de Gobernación? ¿No hay más famosos que presumir, aparte de ella y el Canelo? ¿Y por qué Infantino parece estar siempre solo? ¿No tiene esposa o esposo, hijos, amigos? Parece villano de James Bond, algo muy torvo o diabólico maquina debajo de esa pelona. Ah, sí, y la lluvia de sombreritos. Y la doble de Shakira. Y el Potrillo, que pujó el himno, y el árbitro Robocop que no sabía inglés, y la consistencia épica y trágica del gol de Jiménez, y la Ola (por qué insisten en decir que es invento mexicano, cuando lo cierto es que nació en los estados de beisbol gringos). Y, en fin, el material inagotable para los memes. Me quedo con este, que equilibra sabiamente la pertinencia histórica con la afectuosidad característica del mexicano y con la leperada infalible: «¡Hermano Mandela! / ¡Tu equipo nos la pela!».

      Así que enseguida del silbatazo final nos lanzamos a la Minerva, cómo no. En el camino compramos camisetas (ahora se les dice jerseys, no sé por qué, seguro porque a algún comentarista pretensioso se le ocurrió y luego se regó la especie), y desde luego que las compramos porque eran piratísimas, pues no parece tener sentido gastar hasta tres mil pesos por algo que voy a ponerme, con suerte, sólo una o dos o con mucha suerte tres veces más —cada que México vuelva a ganar—. De hecho, en términos monetarios, nada de lo que ocurre en el Mundial tiene sentido: hay que estar loco o ser muy borracho, o más bien las dos cosas, para aceptar que una cerveza cueste trescientos pesos. Los inspectores del Ayuntamiento ya estaban listos y bravos para correr a los vendedores que brotaron: apenas alcancé a comprar unos helados de casquillo antes de que el heladero saliera huyendo. Por lo visto, la derrama económica de la que alardean el acrobático gobernador Lemus y la instagramera alcaldesa Delgadillo no debe salpicar siquiera a quienes más necesitan algún ingreso, sea que vendan tejuinos, lechuguillas, bolis, banderitas o gises tricolores para pintarse la cara.

      Yo tanteo que treinta por ciento de la multitud que iba arremolinándose en la glorieta éramos aficionados o villamelones contentos por el dos a cero. El otro setenta por ciento eran «creadores de contenido» o aspirantes a influencers. Con todo, el ambiente iba animándose a muy buen paso, y rápidamente aquello se llenó. Entre los brincoteos, las porras y los cantos, de pronto ya se había armado una culebrita, ya estaban manteando a algún coreano aterrado, ya había llegado una tambora con todo y tuba, y de repente, sin saber cómo, por algunos segundos me vi en la delantera del contingente que daba la vuelta al ritmo del «Negro José», cante y cante y baile y baile. Misteriosamente, entre las carcajadas de mi niña y mi esposa y bajo el sol que estallaba volviéndolo todo más verde y al lado de cientos de desconocidos y entre las banderas y detrás de la música, tuve la certeza poderosa de que pocas ocasiones como ésa para la felicidad más pura. Acaso porque es espontánea, inesperada, fugaz, y no necesita otra justificación que su mera ocurrencia.

      Luego volvimos a casa para no ver el partido de Corea y República Checa (otra: a quién se le ocurrió decirle ahora Chequia, como si fuera la aldea natal del Checo Pérez; por cierto, me niego a dejar de decirle Holanda a Holanda, que además va a llevarse la copa en este Mundial). Y no lo vimos porque no nos da la gana pagar. Ahora bien: me asombró pasar el viernes temprano por la Minerva y ver que todo estaba perfectamente limpio y en orden: ni una plantita quebrada, ni un poste caído, ni un bolardo enchuecado. Cosa que me ha confirmado cómo la felicidad de un día antes es tan necesaria para tanta gente, y, cuando hay ocasión de experimentarla, lo primero es recuperar el espacio público, ese que nos ha ido siendo arrebatado por el miedo (recuérdese el 22 de febrero) o por el hartazgo. En decenas de videos me tocó encontrar sólo a un par de briagos necios agarrándose a cachetadas en la Plaza de la Liberación, en esa maqueta aguada y cara de las Fiestas de Octubre que es el Fan Fest. Y nada más.

       Algo quiere decir este saldo blanco. Ojalá que el jueves que viene se repita, ganemos o empatemos o perdamos (pero vamos a ganar).  

J. I. Carranza

Mural, 14 de junio de 2026.

Pese a todo

¿Qué ha tenido que pasar para que el Mundial se haya vuelto ocasión de tantas contrariedades y tanto entripado? En un mundo menos descompuesto, el hecho de que seamos sede implicaría más naturalmente ciertas felicidades elementales: la fiesta y, con ella, una dichosa pausa abierta por la fantasía; alegrías sencillas y diversión sin más complicaciones que ir a un estadio o encender el televisor, encontrarse con los amigos o los parientes, emocionarse y angustiarse y sufrir un poco y gozar con los goles; salir a las calles, a las plazas, ponerse una camiseta u otra y bailar o brincar o corear porras o cantos y estar asomándose a las crónicas y a los marcadores con tal de acompañar la fortuna de los provisionales pero imperecederos héroes que juegan y con quienes se juega algo mucho más importante que los partidos y sus resultados. Y ya, y nada menos.

      Pero este Mundial parece concebido para impedir todo eso. La causa evidente y, por lo visto, irremediable, es la codicia insaciable de la FIFA y sus secuaces. Qué aborrecibles, ese organismo todopoderoso y también los gobiernos que a su voluntad se pliegan, básicamente debido a las oportunidades gigantescas que la organización del torneo les ofrece para medrar y favorecer al puñado de listos que se apunten a medrar también; detestables, asimismo, los medios en su voracidad rastrera y su falta de imaginación, con sus ejércitos de comentaristas pedestres y preverbales. Y odiosas también las incontables marcas de todo que aprovechan para alinear su publicidad a nuestras ilusiones, pero de tal modo que los caudalosos ríos de dinero que hacen fluir en torno al futbol revientan las represas de lo razonable y lo anegan todo con cifras obscenas: ¿cómo es posible que un boleto cueste lo que cueste?

      Mucho se ha dicho ya acerca de todo esto, y qué fastidio, ya sé. Como si nos hicieran falta motivos para deprimirnos, además de todas estas circunstancias están la vergüenza y la rabia que causa presenciar la estupidez con que las administraciones en curso (y las que las precedieron: desde hace ocho años supimos que el Mundial iba a ser aquí) han desperdiciado el pretexto para proponerse alguna mejora significativa y duradera, y en cambio se bastaron con obras de relumbrón e innecesarias, o con parches y remiendos, o con tonterías sin más, en gran parte improvisando en el último momento, y sólo buscando lucirse lo más que puedan en beneficio propio: llenando la capital de ajolotes horrendos, salpicándolo todo de naranja en Monterrey, poniendo pelototas y lonas que pronto serán basura en una Guadalajara que no mereció ni siquiera que hicieran bien el nuevo transporte al aeropuerto. Por encima de todo esto, podría estar resonando el sonsonete inconcebiblemente aguado y nadaqueveriento de la canción que la Cuarta Transformación le comisionó a Julieta Venegas: por suerte, esa canción es tan mala y está tan desvinculada de la realidad que solamente tuvimos la desdicha de oírla el día que se estrenó: no imagino a nadie poniéndola por gusto jamás.

      Con una estatua de Pelé que no podemos decir que es de Pelé porque el gobierno no supo que había que pedir permiso (parece que es alguna empresa de Neymar quien debe darlo), pero que además no se parece a Pelé; con el centro de la ciudad entregado a la FIFA para que, violando la Constitución mexicana, impida el libre tránsito e imponga su ley a quienes quieran ir a la feria que ahí habrá (pero también a quienes ahí viven y trabajan); con los alrededores del Estadio temporalmente llamado Guadalajara tomados también y desquiciando el tránsito del poniente aún más de lo desquiciado que está ya todos los días; con obras superfluas y tramposas (el Parque de la Revolución y las discordias que han promovido su muy mínimo remozamiento; la Minerva y la árida chafez para la que les alcanzó; la Plaza Tapatía nomás por encimita: por debajo, la basura y la mugre y el olor a caca triunfan, intocables; la Plaza de la República y las tres desgraciadas gracias que ahí fueron a parar, para nuestro cotidiano espanto); con el camión que no pudo ser tren para ir y venir del aeropuerto, con el tren que no fue nada para ir al estadio; con un gobernador frenético que quiere lucirse haciendo dominadas al inaugurar un camioncito y una alcaldesa para quien ya dejó de ser prioridad tener limpia esta ciudad, que es un asco (nunca fue su prioridad), Guadalajara acabará padeciendo, más que disfrutando. Por fortuna, son sólo cuatro partidos.

      ¿Y el resto del Mundial? Tengo la impresión de que prevalece una sensación de despojo: sin televisoras que transmitan todo y gratis (y no vamos a hacerle caso a Cristian Castro para suscribirnos a su plataforma nefasta), con las ciudades sitiadas, encarecido y escamoteado todo, es como si nos estuvieran estafando. Y peor: con los partidos desperdigados en dieciséis ciudades de tres países y, en lo que respecta a México, con tantas adversidades que surte este tiempo de guerra y muerte y desesperación interminables… Casi es como si este Mundial hubiera sido mejor que no existiera.

      Pero eso también sería una tristeza. Porque, aun con todo lo que está mal, y que no debería ser, alguna de aquellas felicidades elementales seguramente está aguardándonos. Será cuestión de perseverar para que ocurra. No nos van a quitar eso también. 

J. I. Carranza

Mural, 7 de junio de 2026.

Mayo eterno

“¡Mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!”, le concede el poeta a la vida en su recuento de motivos para la gratitud. Admite que, si alguna vez se hizo ilusiones de que la juventud no fuera a acabarse, no fue porque la vida lo engañara. Así que la proximidad del ocaso, nombrada al principio, la acepta con la paz que es también su palabra final: “¡Vida, estamos en paz!”.

      Pues nadie le habrá dicho a Nervo que mayo iba a ser eterno, pero eso porque no llegó al de este 2026, que no tiene para cuándo acabarse. ¿Cómo era el mes que tenía en mente el poeta? Lleno de rosas y pajaritos, quizás, el tiempo fecundo para los procesos fecundatorios de la naturaleza, colorido y celestial. Muy distinto, en todo caso, del mayo que ahora mismo nos tiene pegosteosos y chorreantes y cuyo alargamiento incesante es efecto del ánimo que el calor espesa, este bochorno amansalocos que infunde sopor de la peor especie: a medio día uno querría tumbarse en el suelo frío a dormir, pero el suelo frío no existe y dormir es imposible. Va uno a echarse agua fría en la cara y el agua fría está caliente. Quedarse en camiseta o a rais es inservible —el argumento decisivo en contra de los partidarios del calor es que el frío puedes quitártelo, así sea poniéndote ocho suéteres, pero el calor ni encuerado—, de manera que no hay más remedio que cruzar el mediodía entre el embotamiento y las ganas de llorar —pero no hay lágrimas: está uno seco.

      No será eterno mayo —ojalá—, pero hay momentos en que lo parece de modo irreparable. El otro día pedimos el elevador en la planta baja, y cuando llegó dejó salir al Sinvergüenza, vecino que adquirió ese nombre el día en que sacó unas macetas a la calle y dejó enterregado todo el pasillo y el elevador mismo, sin preocuparse por barrer su puerquero. Saludó y se alejó de prisa, y entonces subimos y, en cuanto se cerraron las puertas, se cerró también sobre nuestro ser el enchiloso olor que dejó la intensiva sudoración del Sinvergüenza, una pestilencia que bien podría aprovecharse en la industria militar. Ahora bien: conviene ponderar las circunstancias y considerar otras explicaciones antes de hacer ninguna acusación, en especial cuando se antoja evidente e instantánea, como en este caso. ¿Por qué había salido disparado el Sinvergüenza? ¿Porque él mismo no soportaba su propio buqué entre chapopote y roquefort, con esencias de guamúchiles y nanches? ¿Por instintiva vergüenza de lo que fuéramos a pensar de él, que lo juzgáramos con dureza por tener la mala suerte de oler a donitas del Centro echadas a perder? ¿O porque ese inadmisible aroma en realidad no era suyo, sino que lo había dejado atrapado en el elevador alguien que lo usó antes que él, y en realidad estaba huyendo? Se veía que iba recién bañado, el Sinvergüenza, pero esto tampoco asegura nada: en este inacabable mayo todavía no termina uno de secarse al salir de la regadera cuando ya tendría que entrar de nuevo. Total, que el breve ascenso a nuestro piso fue torturantemente largo, como las horas que pasaron hasta que el picor acabó de quitársenos de las narices.

      (Acaba de pasar algo prodigioso. Mientras escribo estas mismas líneas y voy perfilando una idea que tengo casi lista para el párrafo siguiente —que no iba a ser este paréntesis, sino otra cosa, pero quién puede asegurarnos nada nunca: tal vez siempre estuvo decidido por el destino que sólo existieran este paréntesis y el milagro que contiene—, doy con una publicación de la Sociedad Astronómica Guadalajara en la que se anuncia que el primer día sin sombra de este año en la ciudad, o paso cenital del Sol, es el sábado 23 de mayo a las 12:50:21. Miro mi reloj ¡y son las 12:50:03 del sábado 23 de mayo! Así que en el mismo momento en que estaba por escribir acerca de eso, eso estaba por ocurrir. Escribo en la terraza soleada de un café, así que de inmediato observo la botella que tengo sobre la mesa ¡y es verdad, no proyecta ninguna sombra! Y luego corro de regreso a escribirlo antes de que ese segundo exacto se aleje más de la cuenta, ya pasaron cinco minutos, ya se fue, ya la botella tiene una pequeña sombrita, y con ella la ciudad entera, que parece no haberse percatado de que por unos segundos se quedó sin sombras, y pienso en lo que afirmaba Oscar Wilde, que la pérdida de la propia sombra equivale a la pérdida del alma. Y todo esto me emociona y me exalta y me da una felicidad un poco inexplicable, hasta se me olvida el calor por unos instantes, y también Nervo y el Sinvergüenza. Y veo, al fin, que ya van diez minutos, ya recuperamos el alma, al menos en Guadalajara. Dos veces al año el Sol está tan perfectamente encima de nosotros que las sombras dejan de existir. La siguiente ocasión, según la Sociedad Astronómica Guadalajara, será el 19 de julio a las 12:59:55).

      Tal vez sea una desgracia, con todo, que mayo no sea eterno. Porque luego vendrán las lluvias: en los pasos a desnivel ya están pintados letreros de advertencia para no pasar por ahí (o resignarse, si uno iba pasando) cuando se inunden. En lugar de hacer nada por arreglarlos, mejor les ponen letreros. Y con la primera tormenta estaremos viendo cómo la ciudad se despedaza y revienta y se ahoga. Aunque el calor se irá y el Sinvergüenza acaso ya no hederá… No, mejor que mayo no se vaya. O sí, para que ya llegue —y se vaya— el Mundial. 

J. I. Carranza

Mural, 24 de mayo de 2026.

Percepción

Sus habitantes vemos a Guadalajara como una ciudad insegura. Dicho de otra forma: quienes vivimos aquí tememos que algo malo nos pase. La mayor parte del tiempo. Donde sea. Sabemos que corremos peligro por el solo hecho de hacer, aquí, lo que sea que hagamos. 

      (Pienso, por ejemplo, en las personas que, todas las mañanas de los días hábiles, poco antes de las siete, esperan para cruzar la avenida López Mateos en el punto en que ésta pasa de largo la Plaza Millenium y corre contra el contraflujo hacia el sur, el Sol ya elevándose cada vez con más impaciencia o saña, maldito López Obrador que nos quitó una hora más de frescura al suprimir el Horario de Verano. Vienen, esas personas, de bajar del camión que las dejó en Mariano Otero, están en el vértice del terreno del Holiday Inn —no sé si todavía se llame así—, se dirigen hacia sus lugares de trabajo o de estudio que están del otro lado de la avenida, en esa manzana extraña donde hay lo mismo una universidad privada que el Teatro Galerías, el Hogar Cabañas y una placita comercial donde dan clases de box y hay un negocio de tatuajes y venden pizza; en esa manzana y en los alrededores. Serán, acaso, veinte personas, o treinta, algo más, algo menos. Muchas traen mochilas —y en ellas vendrá acaso la lonchera para el momento en que haya que hacer una pausa y comer y seguirle luego—; muchas van viendo el celular, o bostezan, y traen también prisa, imagino, pues me figuro que miran con irritación o ansiedad hacia el punto desde el que me aproximo a ellas, como diciéndome “Ya, muévete, termina de pasar, deténganse ya los coches, necesito cruzar, necesito llegar ya, voy tarde”. Imagino también que el camión en que venían venía de lejos, que lejos lo tomaron, cuando aún el sañudo Sol no se despertaba. Y que acaso alcanzaron a dar una cabeceada en el trayecto. Y por último imagino que esas vidas a la espera del semáforo en rojo son las mismas siempre, aunque las personas que ya, ahora sí, cruzan —las veo por el retrovisor, ya me alejo, ya van en friega—, no sean las mismas).

      Entre 91 ciudades mexicanas, Guadalajara puede aún felicitarse de no ser Irapuato. Pero solamente. Pues son poco más de 92 entre cada cien irapuatenses quienes se sienten inseguros, mientras que los tapatíos somos poco más de 90 de cada cien. En San Pedro Garza García, Nuevo León, casi 95 por ciento de los sampetrinos (¿así se dice?) se sienten seguros de vivir ahí. ¿Qué se sentirá?

      (Una connotada periodista y su asimismo connotado colaborador comentan, en un noticiero radiofónico matutino, estos resultados arrojados por la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI. Los oigo cuando ya llegué a mi lugar de trabajo, luego de haberme cruzado, a la altura de Las Águilas, con un breve convoy fuertemente artillado de la Guardia Nacional, como ocurre siempre en mi camino de todos los días: soldados del Ejército apostados en un cruce de Chapalita, patrullas municipales, estatales, federales y siderales yendo de acá para allá, a veces con calma, a veces no, a veces con códigos encendidos, a veces como les da la gana. Oigo, pues, a los connotados periodistas de la no menos insigne emisora, desde luego capitalina, que se preguntan con asombro: «¿Pues qué estará pasando en Guadalajara, que creció tanto la percepción de inseguridad entre la ciudadanía?». Quieren decir, con «tanto», que el año pasado apenas eran 78 tapatíos los azarados. Y ni por aquí les pasa, ejemplares centralistas que son, lo que ocurrió en Guadalajara apenas el 22 de febrero pasado, cuando la ciudad entera fue puesta de rodillas con una pistola en la cabeza y pobre de ella si hablaba).

      Y qué sentirán, me pregunto, o cómo o dónde están los casi diez tapatíos de cada cien que andan tan campantes, a gusto, tranquilos, sin pendiente de que los roben, los desaparezcan, los maten o algo les pase a los suyos. Cómo le hacen. Supongo que nunca les ha pasado nada —qué bueno—, pero también sospecho que, por alguna razón, no levantan la cabeza para darse cuenta de dónde están y qué está pasando aquí.

      (Mientras todas aquellas personas de hace tres párrafos estuvieron trabajando, para volver en la tarde o acaso hasta la noche a hacer el mismo camino de regreso: vuelta a esperar el semáforo, rumbo a la parada del camión que las llevará otra vez lejos, y que vendrá ya lleno —si viene—; mientras hacían, y como ellas otros millón y medio de tapatíos hacíamos, lo que hay que hacer, por ejemplo estudiar, trabajar, no chingarse a los demás, malabarear para que la quincena alcance, cuidarnos y cuidar nuestras cositas, agarrar fuerzas de quién sabe dónde para volver a trabajar al día siguiente; mientras nuestra insegura existencia transcurría, en fin, como todos los días, el gobernador de Jalisco bailaba y sonreía y payaseaba, y la alcaldesa de Guadalajara daba curso a su intensa actividad como presunta pero fallida influencercolgándose del brazo de alguna estrella mediana de la farándula, mientras su gobierno no es bueno ni siquiera para levantar los cerros de basura que amanecen todos los días en la colonia más cool de la galaxia, no digamos en las zonas más marginadas. Etcétera).

      Como muchos tapatíos de mi rodada, yo recuerdo un tiempo en que sí, podíamos sentir miedo, pero también podíamos tenerlo a raya. A lo mejor se trató de un sueño. 

J. I. Carranza

Mural, 26 de abril de 2026.

Santa semana

El lunes quisimos pasar la mañana en un café de la colonia más cool de la galaxia. Puesto que han brotado ahí miles en los últimos años, las probabilidades de dar con alguno que valga la pena no deben de ser ínfimas, aunque ciertamente conviene precaverse contra los establecimientos que confunden la originalidad con servirte un café sabor lodo, caro y como si estuvieran haciéndote un favor. Queríamos un lugar fresco, sin música y sin moscas, básicamente. Pero eso tan sencillo fue imposible encontrarlo porque también imposible fue hallar estacionamiento —nos amedrentaba, además, la fama de cristalazos cool que tiene esa colonia—. Al fin, la naturaleza decidió por nosotros: el aguacero con granizo que se desató de la nada nos persuadió de arrejolarnos en el primer Starbucks (con estacionamiento) que nos salió al paso.

      El martes nos lanzamos al Museo de las Artes de la UdeG. En principio, a ver la exposición que traza los entendimientos entre las obras de Orozco y Eisenstein. Breve pero sustanciosa, y ya por eso la visita valió la pena. Vimos también la que se titula Doncella – Madre – Sabia. La mujer en la Colección Grodman, que está más o menos. Pero ya no nos asomamos al recién donado Acervo Raúl Padilla López: en otra ocasión será. (He recordado, estos días, cómo me enteré de la muerte del “cacique bueno” cuando hace tres años estábamos en un concierto de la Filarmónica y en el intermedio tuve la mala ocurrencia de echarle un ojo al celular, donde los chats estaban al rojo vivo con la noticia. Ya no supe ni qué tocó la orquesta en la segunda mitad). Al salir del museo, la curiosidad nos condujo al Parque de la Revolución, a ver cómo quedó. Pero antes nos metimos a conocer la casa que Barragán construyó para Emiliano Robles León, en la calle de Marcos Castellanos, donde ahora hay un cafecito y, felizmente, mucha vida —que es lo que habría que procurar siempre con las edificaciones patrimoniales que acaba derruyendo el abandono: hallar la forma de devolverles la vida—. Es una inesperada maravilla. En cuanto al parque, quedó bien, creo. Es decir, quedó más o menos como estaba, con algunas manitas de pintura, con las fuentes funcionando (un par de días después volvimos a pasar y ya estaban apagadas), con las áreas verdes bien dispuestas… Yo diría —pero yo qué voy a saber— que el trabajo hecho bien pudo haber estado listo en tres semanas, o pongamos que cuatro. No en un año. Acaso lo más notorio está en el área de juegos infantiles, así como en el revestimiento con mosaicos de las cajas infames de la estación Juárez del Tren Ligero —una de las pocas cosas que jamás deberíamos perdonarle a Fernando González Gortázar—. No les entiendo a esos trazos verdes sobre blanco, pero tampoco se me hacen feos. Lo que sí me molestó fue que movieran a Carranza y a Madero de donde estaban y que, en lugar de las letras que sobriamente los nombraban, les pusieran unas placas horribles: ahí se ve que no hallaban qué más hacerle al parque. Estaba todo lleno de policías; ya mejor que hagan un cuartel ahí. Y hay ratas: una, gigantesca, se nos atravesó en los senderitos; otra estaba muerta en un prado y apestaba. Fuimos luego a comprar empanadas en el Pan Danés y nos las comimos afuera del Templo del Carmen (de pie, las bancas del jardín olían todas a meados), y antes pasamos por la librería de viejo de José Barba, en López Cotilla, entre Donato Guerra y Ocampo: muy bien puesta y ordenada, con precios razonables y no pocas tentaciones y rarezas.

      El miércoles fuimos a Zapopan: queríamos conocer la extensión del Museo de Arte de Zapopan, Estación MAZ, y nos tocó la suerte de hallar ahí la exposición Mare Pacificum, de Yukinori Yanagi, que es muy impresionante. Cómo se nota cuando un artista tiene algo importante que decir, y no nangueras. En el MAZ vimos también la colectiva Tremulaciones (arbitraria y gratuita y ociosa, desde mi muy ignorante punto de vista). Y luego entramos a la Basílica, que estaba previsiblemente llena y que sigue siendo uno de los mejores puntos para comprender la sensibilidad de esta sociedad. Hacía un solazo loco.

      El jueves nos esperamos a que cayera el sol, justamente, para visitar las Siete Casas. Pero nomás fuimos a tres: Catedral, a reventar proque era la hora de la misa del Cardenal, y Aranzazú y San Francisco. Lo que se ve esos días en el centro, creo yo, es lo que más debería contar para entender qué es el espacio público y cómo lo usa la gente. (Caí en la cuenta de esto: aunque en los días santos vayamos cientos de miles de tapatíos al centro, jamás me encuentro a nadie conocido. Algo ha de significar, no sé qué). Más empanadas, cómo de que no. De atún, de rajas, de champiñones y de crema, recién salidas del horno.

      Y el viernes peregrinamos a otra finca de Barragán, la llamada Casa Rosa, que construyó en 1952 para el licenciado José Arriola Adame en Chapalita y que actualmente está siendo rehabilitada para empezar a funcionar como centro cultural. Un prodigio. Ojalá que esa iniciativa prospere del mejor modo. Luego nos quedamos en la terraza de un café para leer y estar.

      Ayer tocó que se abriera la Gloria en un bufet libanés con los amigos. Y hoy hay que salir a celebrar la Pascua con una caminata de ida y vuelta a la Minerva. Con suerte, habrá un tejuinero que nos salga al paso. Nos lo hemos ganado como buenos tapatíos. 

J. I. Carranza

Mural, 5 de abril de 2026.

Distinta

Guadalajara es una ciudad disfuncional. Tiene sus gracias, desde luego, sus encantos: lugares, edificios, paisajes, momentos, modos de ser. Pero, acaso como una medida de supervivencia, a menudo nos da por celebrarlos más de la cuenta, no sólo para presumirlos sino sobre todo como queriendo convencernos de su valía. Es curioso, por cierto, que la canción de Pepe Guízar muy pronto deje de hablar de Guadalajara para ir retirándose, primero, a los Colomos, y luego para largase a Zapopan, a Tlaquepaque y al fin llegar a Chapala: da la impresión de que el compositor empezó muy entusiasta, con enjundiosas fanfarrias, pero enseguida se percató de que era poco lo que tenía que decir, así que recurrió a los parajes más confiables, que además de estar por fuera de la ciudad sugerían que lo que ésta pudiera conservar de apreciable eran las reminiscencias bucólicas o campiranas que aún le quedaban. (Más leal con la realidad terminó siendo “La Tapatía”, de El Personal, que da cuenta de muy concretos rasgos y placeres en el recorrido que va de la Vieja Central a San Juan de Dios por la Calzada, luego al Cabañas, a Catedral, y por Juárez “rumbo al Cine Variedades”, para terminar en una cenaduría donde esperaba lo mejor: “¿Sabes qué quisiera, mijo? / Que antes de que yo me vaya / cómprame una jericalla”).

         Nos aferramos, pues, a las contadas bellezas que Guadalajara posibilita experimentar, pero es algo que siempre tenemos que estar proponiéndonos, recordándolo, pues se diría que el comportamiento más natural de la ciudad con quienes la poblamos es por lo general hostil, cuando no sañudo —cuando no cruel, cuando no letal—. No es solamente que nuestras ilusiones o nuestras querencias le resulten indiferentes, sino que parece proponerse dificultarnos la existencia de formas casi constitutivas de la idiosincrasia tapatía. Quiero decir, con esto, que vivir aquí representa, para la mayor parte de la población la mayor parte del tiempo, y sin esperanzas fundadas de que pueda ser distinto, una constante chinga, para decirlo con toda precisión. Y, no obstante, es como si tantísima gente que batalla todos los días para sobrevivir estuviera resignada o hecha a la idea de que así son las cosas en este Valle de Lágrimas de Atemajac. Veo, por ejemplo, en un noticiero televisivo local que en una colonia popular hay un socavón que lleva más de un año, que bloquea toda una calle, que ninguna autoridad ha tenido intenciones de arreglar y al que ya incluso le crecieron unas matas que amenazan con convertirse en arbolitos. El reportero fue ahí porque un viejito se cayó en la noche y se rompió una pata. Pero los vecinos a los que les pide testimonio sólo mueven la cabeza, se alzan de hombros; los niños brincan por encima del socavón, hay una camioneta estacionada toda chueca a un lado, la vida va y viene rodeándolo, y cuando le acercan el micrófono una señora nomás se ríe, como diciendo: “Pos ya ve”. 

         Casi sobra decir que, en buena medida, esta perpetuación de la disfuncionalidad es culpa de sucesivos gobiernos que, desde los tiempos de Beatriz Hernández, han aportado su cuota de desinterés, negligencia e ineptitud —además del gusto por medrar que se activa en todo político apenas asume el puesto—. La calidad de los servicios básicos es apenas la suficiente para que no todo colapse al mismo tiempo, sino en pedacitos y de manera sostenida a lo largo de los siglos, y ni siquiera cuando hemos presenciado y padecido catástrofes mayúsculas y por completo evitables (las inundaciones de cada año, por ejemplo) los tapatíos hemos sabido indignarnos y enfurecernos como corresponde. ¿Cuál habrá sido el último gobernante que corrimos?  

         Y casi sobra ponerse a hacer el recuento de los ejemplos que envilecen la vivencia de lo cotidiano: si pensamos solamente en las pésimas condiciones de movilidad y cómo vuelven torturante la necesidad de tantísima gente, como sea que se mueva y para donde quiera que vaya, o si reparamos en el agua puerca con que tantas colonias tienen que arreglárselas (y ahí hay una responsabilidad criminal que, creo, nadie está teniendo los arrestos de señalar), no acabaríamos con ese recuento. Y eso sin sumar los peligros que todos los días representa el solo hecho de ir por la calle (quedar en medio de una balacera, pongamos), o la incuria generalizada por la que incontables zonas de la ciudad van quedando en un abandono siniestro, o por la que la basura y el ruido y la inmundicia prosperan sin que ello parezca resultarle verdaderamente alarmante a nadie…

         A menudo, luego de recorrer un buen trecho de la Vía RecreActiva, voy a tomarme un refresco al jardín de Orozco, frente a su estatua sedente y a unos pasos de la que fuera su casa taller. Son momentos ciertamente muy gratos, a la sombra de los árboles que hay ahí (está por reventar en todo su esplendor el tabachín, por cierto: hay que ponerse atentos), en la inesperada frescura y el agradecible silencio que propicia la ausencia de coches, y mientras la  gente alrededor baila, anda en bici, pasea. Y me felicito entonces de ser tapatío y de vivir aquí. Pero pronto la ficción se disipa: me levanto, busco un basurero para tirar mi envase vacío, y veo que está repleto y rebosante y que todo a su alrededor es imperdonable e injustificablemente inmundo, y no parece que pueda ser distinto. 

J. I. Carranza

Mural, 22 de marzo de 2026.

Un palacio

Lo veía desde la ventana de mi salón, en la primaria, a una manzana de distancia, y pese a su fealdad lo encontraba entrañable. Casi medio siglo después identifico en esas visiones un motivo de añoranza: en el aburrimiento de las clases, conforme se adensaba el sopor del mediodía, en las ventanas de los tres o cuatro pisos del Colegio José Sarto, sobre la calle Guillermo Prieto, se dibujaba hacia el inmediato sur la silueta algo fantasiosa de un robot hierático y absurdo, gigantesco, como un inverosímil guardián o vigilante, o como una deidad pagana, imperturbable bajo el sol y en el azul desvaído o blanquecino del cielo. Desde mi pupitre, y sólo por alejarme lo más posible de lo que ocurriera en mi cuaderno o en el pizarrón, miraba largos ratos esa figura consistente en un tórax excesivo y estriado coronado por un breve cuello y una cabeza cuadrangular sobre la que se alzaba una antena, y al tiempo que miraba imaginaba también los alrededores de eso, y lo que significaban. Un paisaje nos importa por lo que hace posible. En mi caso, el Palacio Federal representaba el momento supremo de la libertad, a la salida del colegio, cuando pudiera ir hasta el jardín del Santuario, seguramente con mi amigo Ramón Cruz; comprarnos unas bolsitas de cañas y luego ir a comérnoslas en la amplia escalinata del edificio, sobre Alcalde, antes de atravesar la avenida para tomar el camión —yo me bajaba en Aranzazú, Ramón iba hasta Miravalle.

      Por sus dimensiones y sus formas, por sus materiales y, sobre todo, por sus propósitos, el Palacio Federal en Guadalajara ha recordado siempre la arquitectura soviética, brutalista, orientada a materializar las relaciones tortuosas que los ciudadanos sostenemos con el Estado. Es, qué duda cabe, un edificio espantoso, que infama el entorno y sofoca con su peso y su falta de gracia la belleza que difícilmente proponen el Santuario de Guadalupe y el jardín vecino —éste, además, despojado de árboles cuando se abrió el Paseo Alcalde y la zona quedó aún más desolada de lo que ya estaba—. Erigido cuando aún no había motivos para que el PRI dudara de su eternidad, en el sexenio de Medina Ascencio, más de cincuenta años después el edificio sigue estando tan negado para incorporarse a la afectividad colectiva que es difícil localizar información fiable sobre sus orígenes y sus responsables. Apenas he dado con una foto de El Informador, de 1969, en la que se ve al arquitecto Juan Martínez de Velasco mostrándole la maqueta al alcalde tapatío Efraín Urzúa Macías y al propio Medina Ascencio. Al parecer, a Martínez de Velasco se le encargó en la Ciudad de México el edificio que se erigiría aquí, tal como se levantaron otros en otras ciudades, con el fin de concentrar a las dependencias federales, en una especie de descentralización centralizada. Y, por lo que me he hallado, de Martínez de Velasco se recuerda sobre todo su participación en la construcción de la Biblioteca Central en la Ciudad Universitaria, en México, y poco más.

      No recuerdo haber vuelto desde la última bolsita de cañas. La escalinata es hoy inaccesible por una reja odiosa que le impusieron —la entrada es ahora por Liceo— y que volvió inservibles las fuentes, aunque no recuerdo haberlas visto funcionando nunca. Descascarado y vuelto a pintar y descascarado otra vez, el edificio exhibe un deterioro y un descuido que, de modo inverosímil, acentúan su fealdad. Huele a drenaje por todos lados. Y es, al mismo tiempo, un buen vestigio de las defraudadas pretensiones de eternidad del PRI y de la perversidad con que la 4T (el PRI de hoy) ha moldeado el trato que el Estado da a los ciudadanos, sometiéndolos a trámites inútiles y estúpidos, al desprecio por la dignidad de las personas, a la mugre y a la malhechura y al sinsentido.

      Por ejemplo con lo que ocurre en las oficinas, ahí, del Instituto Nacional de Migración, donde todavía están las grandes mesas de mármol que se extienden en lo que alguna vez fue Telégrafos. El lugar opera de modo tan perfectamente caótico que parece a propósito. Uno se registra dos veces (fecha, hora, nombre, oficina que se visita, asunto, firma), le piden que deje una identificación, le dan una ficha numerada para que se cuelgue del pescuezo, y sin embargo ese número no funciona como turno, pues entonces se descubre que uno está a merced de los guardias de seguridad privada que organizan a la gente —según ellos—, dan indicaciones e informes y, sobre todo, vigilan que nadie use el celular. (Le pregunté a uno por qué y me dijo: “Es que la gente se distrae”). Trámites que podrían hacerse en línea y que, sin embargo, se exige que sean presenciales y duran horas. (“Soy la máxima autoridad aquí”, me dijo el mismo guardia, cuando le saqué plática para no aburrirme y descubrí que estaba perfectamente loco; también me dijo que los registros se llenan nomás para que queden llenos, y nadie sabe para qué sirven). Cuando al fin me pasaron, supe que me había hecho falta un maldito papel, así que salí corriendo a un local de fotocopias vecino, volví, me sellaron todo y salí de nuevo, espero que para no volver jamás. Y, aunque todo el personal es ciertamente amable (incluido el loco), nada de todo eso debería existir.

            ¿Y el Palacio Federal? Ojalá algún día lo demuelan y no quede rastro suyo, aunque estoy seguro de que muchos lo podremos extrañar.  

J. I. Carranza

Mural, 15 de marzo de 2026.

Opiniones

Lo único menos importante que nuestro juicio son nuestras expectativas de que la realidad lo tenga en cuenta. Por ejemplo: tengo el mal hábito de consignar en Google Maps mis experiencias como usuario o consumidor en los lugares que visito. Acaso porque en el fondo alienta en su algoritmo una voluntad democrática básica, y entonces se abre como un foro para conocer experiencias ajenas, expresar las propias y afinar al fin el propio criterio, la app me insta a decirle qué pienso de la cremería de la que acabo de salir, cómo me la pasé en la peluquería donde acaban de tusarme o qué me parecieron los precios en la ferretería donde compré un destapacaños. Me dice, la app, que mi opinión es muy importante, y que al soltarla estaré ayudando a mis prójimos a tomar mejores decisiones —cuando lo cierto es que consultar las opiniones ajenas me ha servido sólo para reprocharme por no haberles hecho caso a tiempo—. Y yo le creo y allá voy, a teclear con más primor del necesario mi parecer y mi sentir, que a la postre irán viéndose recompensados con la curiosidad de otros usuarios y acaso con el corazoncito que alguno tenga a bien obsequiarme. 

      En realidad, como casi todo lo que se refiere a nuestras vanidosas ilusiones, detrás de las intenciones del algoritmo (trátese de que pretenda realmente ser útil, o de que busque ante todo una mayor rentabilidad gracias al tráfico de opinadores vanidosos e ilusos como yo), está en juego la falacia conocida como “petición de principio”, por la cual aquella afirmación de que mi opinión importa no se funda más que en sí misma, pues ni soy quién para decir nada acerca de nada, ni en el mar infinito de voces que quieren hacerse oír existe razón alguna para que la mía cuente más. ¿Por qué importa mi opinión? Porque las opiniones son importantes. Y de ahí no vamos a salir. (Podríamos salir, claro, empezando por razonar que, si bien todo mundo tiene derecho a pensar lo que quiera, no toda opinión es por ello admisible. Pero eso nos desviaría del rumbo que hoy interesa: ya será en otra ocasión). Y, por otro lado, está el hecho de que es pedir un imposible que alguien forje un veredicto imparcial y sereno, que lo cimente en argumentos y razones y además lo urda con claridad, al menos, cuando no con inspiración y alturas, con lealtad a la verdad y con ánimo de mejorar la realidad, tras salir de la farmacia adonde pasó por desenfrioles, papel higiénico y huevo.   

      No obstante lo anterior, debo reconocer que encuentro algún deleite en esas elaboraciones. A veces con esmero y detalle, por lo general con excesivos rencor o gratitud, según sea el caso, acabo reincidiendo, y no sin cierto orgullo veo las decenas de veces que alguien ha conocido mi recomendación de un puesto de periódicos, la celebración alocada que me consentí alguna vez hacer de una tejuinería o las estrellitas laudatorias que le puse a una terminal de autobuses. Pero también he experimentado el inservible alivio del desquite, por ejemplo cuando me quejé amargamente de un taller autoeléctrico en el que caí por creer las opiniones de quienes habían quedado satisfechos. Hablaban, esas falaces estrellitas, del buen trato, de los precios razonables, de lo atinado de los diagnósticos y de las soluciones. Y resultó todo lo contrario: malmodosos, careros, malquedados y malhechos, me entretuvieron el coche cinco días sin hallar qué tenía, me lo regresaron todo marrano y más descompuesto. Y me torcieron la jeta cuando al fin fui por él —de todo lo cual di cuenta en mi enrabiada opinión, y cada que paso por ahí me anima imaginar cuántos clientes habré logrado espantarle a ese taller malhadado… pero veo siempre que sigue teniendo un montón de coches, así que mi media estrellita de nada sirvió.

      Se trata poco, creo, pero un efecto subrepticio de la gentrificación es el empeoramiento del servicio en restaurantes, cafés y similares. Entre las ganas tontas de innovar (y luego todos los negocios acaban pareciéndose por eso) y la mera altanería que acaso deriva de su convicción (infundada) de ser excepcionales y mejores, proliferan con ganas los locales donde está perdida por completo la observancia de lo básico y, en cambio, quieren imponerte sus ideas dudosas de lo que más te conviene disfrutar. Es fácil reconocerlos: sus nombres incluyen a menudo etiquetas como “de autor”, “de especialidad”, “artesanal”, “de barrio”, o bien riman con “mamonería”; las sillas son desiguales, las mesas están como sacadas de un cuarto de tiliches, las paredes descarapeladas o con salitre les parecen exquisitas, se jactan de ofrecer pan hecho “de masa madre”, las tazas no tienen orejas, las cucharas las ponen en un pocillo de peltre abollado. Y no venden chocomil: si tienes la mala suerte de ser una niña normal, vas a tener que conformarte con un brebaje amargoso pero ancestral. El café sabe a tierra, los frijoles son de lata, los menús están sujetos a unas tablitas pringosas. Y los meseros te hacen sentir que están haciéndote un favor, tienes que levantar tus propios platos sucios, etcétera.

      No sé si, como sociedad, algún día nos hartaremos de eso. O si, quienes no nos acomodamos a este empeoramiento de la experiencia, ya más bien vamos siendo desalojados y dejamos de contar. De manera que no nos queda sino ir a protestar en Google Maps, como si de algo sirviera. 

J. I. Carranza

Mural, 8 de marzo de 2026.

Silencio

Los muertos son siempre demasiados. Uno solo es demasiado. Las vidas suprimidas de otras formas, por ejemplo con lesiones incapacitantes, o bien haciendo desaparecer a alguien, son siempre demasiadas también. (En rigor, habría que distinguir entre “desaparición forzada” —la que corre por cuenta del Estado— y “privación ilegal de la libertad” —atribuible al crimen, organizado o no… y ya estamos viendo lo bien organizado que está—; sin embargo, no parece un completo disparate aducir aquiescencia del Estado mexicano en la perpetración de esas privaciones, ya sea por ineptitud o por connivencia, de manera que la distinción significa poco en una realidad como la nuestra). Cada una de esas vidas, además, va siendo amputada de otras muchas que la rodean y que han de proseguir como puedan, mientras puedan.

      Sin embargo, la demasía incesante de vidas clausuradas, de modos crueles y dolorosos por lo general (y dolorosos y crueles siempre para los sobrevivientes), va volviéndose más invisible conforme crece y lo cubre todo. Acaso sea que la ceguera impide percibir cómo se adensa la oscuridad de la noche, o quizás es que hace mucho tiempo se atrofió de modo irreversible nuestra capacidad de comprender la desmesura del mal y de su locura. Los cuerpos que desbordan las morgues, los que infaman la tierra a la espera de que un grupo de madres dé con ellos, las pedaceras de cuerpos en bolsas tiradas en cualquier rincón de cada día, los cuerpos esfumados o disueltos o cuyo recuerdo irá desvaneciéndose como suposiciones cada vez más débiles, los cuerpos detrás de las cifras cada vez más carentes de sentido y los que harán crecer esas cifras mañana, y pasado mañana, suman cantidades cada vez menos útiles para hacerse una idea de lo que es esto. 

      Y por ello, por ejemplo, da la impresión de que es más sencillo dimensionar lo ocurrido el domingo pasado asomándose a los estragos materiales: los locales y vehículos incendiados y las pérdidas millonarias que dejaron, el perjuicio directo para sus propietarios, las interrupciones en la circulación de mercancías, los esfuerzos que habrá que hacer para la recuperación y, aun con esos esfuerzos, las repercusiones del estallido para la continuación de la vida económica del país. Que es, por lo visto, la que más importa: un bebé en llamas o una joven madre asesinada han dado menos de qué hablar que el temor de que se cancele el Mundial. Dicho de otra forma: a los muertos, civiles o no, que los lloren los suyos; el miedo y la zozobra experimentados por la población no hay más que dejarlos pronto atrás y guardarlos para la siguiente ocasión de usarlos. A ocuparse de otras cosas. Es asombroso qué bien se nos da rearmar la “normalidad” cada que revienta. Atravesamos la angustia y la incertidumbre como se atraviesa una lluvia, como si no hubiera más que tramitar el hecho de que la lluvia hace lo que hace la lluvia, y uno se moja y a veces cae un rayo y alguna vez crece un río o una avenida o una colonia se inundan. Y luego sale el sol. Nomás que las lluvias de balas y fuego no tendrían por qué parecernos normales. En otros países las llaman guerra.

      Muchos podremos estar de acuerdo en que el 22 de febrero, en muchos lugares, tuvo que ser un domingo distinto, es decir, como por lo general son los domingos, por distintos que puedan ser para cada quien. De súbito, y temprano, pudimos temer que no iba a verificarse la estable sucesividad de lo previsible: cundían las noticias, verdaderas y falsas (otra distinción inútil, pienso: el terror no repara en sutilezas, y las noticias verdaderas parecían inverosímiles y, viceversa, las falsas eran perfectamente creíbles), y supimos que convenía resguardarse, moverse lo menos posible, seguir informándose. De algún modo, ese encierro repentino y el desasosiego que traía consigo fueron como una condensación, en cuestión de horas, de lo experimentado en la pandemia. Se suspendió lo que se pudo —imbécilmente, el gobierno estatal en Jalisco paró de golpe todo el transporte público, de forma que la gente no tuvo manera de regresar a sus casas—, nos avinimos a conectarnos con quienes no teníamos al lado. Y esperamos. El silencio que se desplomó sobre Guadalajara, del mediodía en adelante, y hasta la mañana del martes, era ensordecedor.

      Y pudimos saber, entre otras cosas, qué valiosa es la ocurrencia de lo invariable, y de qué modo las existencias de muchos se ajustan sin cuestionarla a esa confianza de que pasará lo que tendría que pasar: cuando nos dimos cuenta de que la alacena o el refri estaban vacíos, y con todo cerrado, ¿cómo nos íbamos a aprovisionar? Tal vez por culpa de la literatura o del cine, y en todo caso de la imaginación, la excepcionalidad y la aventura tienen más prestigio que la rutina y que las inadvertidas materializaciones de lo cotidiano. Habrá que emprender la ponderación objetiva de lo consabido —y, yo diría, su elogio entusiasta—. El acontecimiento de lo mismo como la opción siempre preferible a la matanza y el saqueo y el incendio.

      Lo he recordado alguna vez aquí: cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Kafka anotó en su diario: “Alemania le declaró la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación”. Un sabio sentido de la prescindencia: dar la espalda al mundo, que no nos ha tenido en cuenta para reventar. Quién fuera como Kafka. 

J. I. Carranza

Mural, 1 de marzo de 2026.

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