Con las hamburguesas pasa que las mejores sólo pueden existir en el recuerdo: las que nos depare el futuro difícilmente cabe esperar que posean cualidades excepcionales, y la que quizás ahora mismo tengas al lado, a medio morder, en su nauseabunda marejada de cátsup, papas y papel grasiento, sólo calificará como manjar si llegó a ti en el preciso y más hambriento momento. Son el colmo de nuestra naturaleza predecible, y las presuntas innovaciones que algunos buscan imprimirles a su elemental hechura sólo conducen a añorar la configuración ortodoxa, acaso con unas escasas y muy prudentes variantes.
Pocas comidas entrañan tantos dilemas morales como esta variante atrabancada del sándwich. Por lo poco que le pide a la imaginación, optar por una hamburguesa puede ser señal de indolencia o indiferencia o renuncia. Se abría, digamos, ante nosotros, la posibilidad exultante de los tacos, así como la sugerente intriga del nuevo restorán de mariscos que diario se ve lleno. ¿Y no podría haber ahí tacos de pescado, con la incalculable emoción que ello supone? También estaban las pizzas, con su siempre atendible elocuencia; más allá, unas carnes asadas para llorar de contento, y ya no hablemos del restorán yucateco y sus sublimes audacias, o de la sabiduría milenaria del chino, así sea estilo Mexicali. Hasta unos elotes con crema habrían estado mejor. Un surtido, en fin, de elecciones que sí, habrían exigido algo más de nuestro empeño por la aventura o la belleza, pero asimismo nos habrían recompensado de más inesperados modos… Pero no: preferimos las hamburguesas. Y aunque nadie va a decir que estaban malas, lo cierto es que los elogios disponibles se agotan pronto y nos llevan poco más allá de reconocer que están bien hechas. Es triste que la hamburguesa tenga una funcionalidad tan evidente y, por lo general, termine por ser una forma de la resignación. ¿Qué quiere decir de uno que no reúna ánimos ni tenga inventiva más que para pasar por una hamburguesa? Por eso, también, comérselas ahí, en las mesitas anodinas y junto a los juegos infantiles, con ventana a un estacionamiento y bajo una luz de hospital, algo tiene de purgatorio o más bien de limbo. Toda la tristeza del mundo comienza en un local de hamburguesas semivacío a la mitad de una tarde de un día hábil. El sobrecito de mostaza apachurrado es un buen emblema de nuestra insensible decadencia.
No obstante, como digo, están las felicidades que nos surte la memoria, y es así que, por ejemplo, los tapatíos de hoy podemos envidiar a los que fuimos antaño, que tenían al alcance las Búfalo. Ya sólo existen en su página zombi de Facebook, ese tablero de esquelas y cementerio incesante. Si su principal virtud era el gigantismo, esa virtud bastaba para aceptar que también debieron ser sabrosas y que la humareda abundante del carbón estaba justificada —ese humo no nomás se elevaba desde la sucursal cercana a Plaza del Sol, sino también desde otra en la placita comercial de La Normal, muy al modo para ir saliendo del cine; para mi estupor, temo que pocos la recuerdan—. El problema es que esas felicidades sólo podemos evocarlas, pero no precisar sus claves, pues lo otro que tienen las hamburguesas es su precipitación a la indistinción, a lo genérico. (Tal vez ahí radique el secreto de su eternidad: algún día me propondré una demorada indagación de las fuerzas insospechables que la predilección por lo indistinto ejerce sobre nuestras vidas). Yo no sé, para poner otro ejemplo de ya añeja tapatiez, qué de encomiable o al menos particular tenían las hamburguesas Beefans, en Mariano Otero; pero sí sé que ahí nos la pasábamos, en los preparatorianos finales de los ochenta —y sé también que yo iba porque iba la que me gustaba, cosa que sigo haciendo hoy en día, ir a donde va, máxime porque sigue siendo la misma.
Acaso se entienda, hasta aquí, que la hamburguesa me inspira una animadversión excesiva. Todo lo contrario. No opongo resistencia cuando alguna sale al paso, y sin duda hallo el deleite debido en cada ocasión. Pero sí me intrigan sus implicaciones: ¿cuándo recurrir a ellas es pragmatismo y sensatez y cuándo es mera hueva? Y, dada su preeminencia inveterada en la dieta del masiosare del Norte, ¿no comportan un poco de infidencia o traición a la patria? Comprarle a la cadena del payaso de las medias a rayas, o a cualquiera de sus émulos, ¿sigue siendo connivencia con el maldito imperialismo yanqui, y de nada nos sirvió leer al Pato Donald como lo quería Ariel Dorfman?
Ociosidades, por supuesto, y exageraciones mías. Porque lo cierto es que hubo alguna vez unas hamburguesas indisputablemente celestiales, preferibles a cualquier otra cena (¡y con las cenadurías que hay en Guadalajara!), frente al jardín Ciudad de Guatemala, en la calle Eclipse, en un terreno donde apenas cabían el puesto y un callejoncito de grava, y ahí había que apretarse para que el parrillero anunciara con su trompeta que ya estaba tu hamburguesa, para ponerle fresas en escabeche, y mientras El Caballero, que era el dueño, te cabuleaba («¿Ahora trajiste a una nueva?», preguntaba al verlo llegar a uno con la novia). Todavía están, he de decir, si bien el local es más grande. Pero en absoluto son como aquellas del recuerdo, por más que sigan preparándolas igual. La nostalgia es el mejor aderezo.
J. I. Carranza
Mural, 4 de octubre de 2026.