Etiqueta: Guadalajara (Página 1 de 4)

«Patrimonial»

De la noche a la mañana, el terreno donde había una finca de «valor patrimonial» queda momentáneamente ocupado por una montaña de escombros. Es casi imposible asegurar que hubo una demolición: tan rápida fue, tan silenciosa, tan subrepticia, que parece obra de maquinaria fantástica o de una intervención sobrenatural. Donde se alzaban las formas distintivas de la finca, su singularidad y por lo general su gracia, hay ahora solamente un repentino vacío, un cambio que ya empieza a ser ominoso debido a que no parece haber justificación válida para la destrucción. La finca sostenía buenas relaciones con el paisaje, contribuía con su presencia a las condiciones elementales de armonía que todo paisaje urbano necesita para ser, al menos, vivible, y con frecuencia también querible y aun entrañable. Era una casa, además, a partir de cuyo carácter evidente podían colegirse una historia y sus acomodos sucesivos a los inevitables cambios que trae consigo el paso del tiempo. Al principio, naturalmente, su función consistió en acoger las vidas de quienes la habitaban, e incluso ese propósito explica la configuración original que tuvieron sus espacios. Luego, esos espacios sirvieron a otros fines: donde antes se dormía o se leía o se comía o se oía música o se veía la tarde, ahora había escritorios, archiveros, divisiones provisionales que multiplicaban o reducían las superficies, luces inclementes u hostiles donde nunca antes las hubo, aguas redirigidas o clausuradas según las necesidades nuevas de los nuevos ocupantes, etcétera. Se hizo después lugar al fuego y al trajín de una cocina, o a las noches y sus caos que debería hacer caber ahí un antro (o a un almacén o a una fábrica o a cualquier uso indiscernible y cada vez más alejado de los que podrían tener esos muros y esos techos y esas ventanas y el breve jardín circundante), y así, poco a poco, las cirugías menores y mayores fueron desfigurándola y estrangulándola. Alguna vez, con suerte, alguien llegó que atinó a restituirle alguna dignidad y algún decoro. Pero acabó venciendo el abandono y llegó el día en que la casa únicamente les importó a quienes habrían de derribarla.

      Lo de «patrimonial», entonces, que tienen las fincas en una ciudad como Guadalajara, sólo puede tomarse en su sentido estrictamente monetario: una finca es patrimonio por la suma en que puede venderse, y se termina vendiéndola para que desaparezca: en aquel terreno vacío que surgió de súbito inmediatamente se practicará un abismo brutal para que desde él se alce una torre, también en cuestión de instantes, pletórica asimismo de vacío. No es difícil imaginarlo: la finca fue al principio de la familia que la mandó construir; los integrantes de esa familia fueron dispersándose, luego muriéndose, y quien acabó viéndose al fin con la propiedad resolvió —se diría que inevitablemente— deshacerse de ella, vendiéndola al mejor postor antes que proponerse nada para mantenerla viva —ni siquiera rentarla, con la cantidad de problemas que ello acarrea—. La historia y los significados de la existencia de esa casa acaso sólo tuvieron valor para quienes vivieron en ella, para quienes tuvieron algo que ver con ella por cualquier razón en sus diferentes etapas. Pero no para la ciudad, que ha dejado que la tiren y que esa historia y esos significados se revuelvan con el escombro, y que ya la ha olvidado, por más que diga que la recuerde. Con recordar nada se gana, conservar cuesta y nada reditúa, a nadie le importa esa casa que tumbaron, si además ya estaba desde hace tiempo asolada por el descuido y era madriguera de malvivientes, una excrecencia indeseable.

      No hay gran misterio: las casas que se derriban todos los días en Guadalajara, y que poseen relevancia arquitectónica, urbanística e histórica, caen porque a sus dueños así conviene y porque la sociedad tapatía no tiene el mínimo interés en que se mantenga en pie. No se le ocurre para qué podrían servir, como no sea para estorbar o para que sigan cayéndose y emporcando el entorno; quienes pueden sacar alguna ganancia, aprovechan en cuanto se presenta la oportunidad de vendérsela a quienes están levantando el paisaje absurdo de edificios deshabitados en las zonas que supuestamente van volviéndose así más apetecibles. ¿Lo lamentaremos, alguna vez? No parece probable: esta sociedad, olvidadiza y desaprensiva, es negligente al punto de dejar que sus destinos los conduzca una caterva de individuos ignorantes y mezquinos y codiciosos y mendaces, de manera que está coludida con la comisión de estropicios y con el deliberado y sostenido arruinamiento del pasado del que proviene.

      Cerca del terreno donde hoy está la montaña de escombros, en el espacio de cuatro cuadras, hay al menos tres casas tan formidables como la que acaban de tumbar. Una es una notaría; en otra hay un café (no se ve que vaya a durar mucho). La tercera ya está sola, grafiteada y con las ventanas reventadas. Las tres debieron de ser bellísimas en su tiempo. Ya sabemos en qué orden van a ir desapareciendo. Había dos más, hasta hace poco: hoy hay un Oxxo en el lugar de una, una torre desierta en el de otra. Hay también un baldío enorme que ha permanecido ahí por años, como un elocuente emblema de la más estúpida codicia: ni levantaron nada nuevo, ni lo pueden vender, ni sirve para maldita la cosa.  

J. I. Carranza

Mural, 25 de enero de 2026.

Pedacitos

Discretos, por no decir insignificantes —por no decir superfluos, por no decir innecesarios e inservibles—, los retoques que están haciéndose en algunos puntos de la ciudad tienen, evidentemente, fines escenográficos, pues con ellos se busca, ante todo, que esos puntos luzcan para las cámaras televisivas que transmitirán desde Guadalajara durante el Mundial. Se trata de espacios en los que se pretenderá mostrar las supuestas bellezas y alegrías de la ciudad, el imaginario optimismo que bulle entre sus habitantes, las fantasiosas pujanza y prosperidad sobre las que nos impulsamos hacia un futuro brillante y sin perder de vista nuestro pasado esplendoroso, todo escurriendo orgullo y excepcionalidad histórica. Desde la Plaza Tapatía, el Trocadero, la Plaza de la Liberación o la Minerva, los drones mostrarán al universo encuadres perfectos de la arquitectura impoluta y resplandecientemente iluminada, estallarán los cielos tapatíos con toneladas de fuegos artificiales, y los ríos de tequila y el atronar de mariachis inundarán y retumbarán en el planeta antes, durante y después (pero no mucho después) de los cuatro partidos que aquí se jugarán.

      Pero son discretos esos arreglos, decíamos: se limitan a remozar un poco, limpiar, resanar; cuando mucho, se atreven a introducir algunos cambios en las dinámicas del tránsito de peatones y vehículos (nada drástico), y traen consigo ciertas mejoras que de todas formas tendrían que hacerse tarde o temprano: cambio del mobiliario urbano, instalación de luminarias, etcétera. Tal mesura se debe, probablemente, al hecho de que cuatro partidos no fueron suficiente pretexto como para proponerse ninguna obra demasiado audaz ni tremebundamente imponente, nada que en verdad dejara con la boca abierta al mundo, y es así que Guadalajara no tendrá, en realidad, ninguna huella decisiva, perdurable y significativa para su historia futura a raíz de lo que ocurrirá en junio aquí. Sí, desde luego: con su hiperbárica enjundia característica, el gobernador Lemus se regodea al anunciar lo dichosos que seremos gracias a la multiplicación de carriles en un tramo de la carretera a Chapala —incluido el camión que no pudo ser tren—, y con evidente satisfacción de sí mismo da pasitos danzarines por la peatonalización de la calle Degollado frente al teatro ídem, felicitándonos de que ya podrán correr ahí los niños sin que los atropellen. Pero, en el primer caso, esos carriles extra pronto estarán saturados por los miles de coches que vamos a meter en ellos, y así esa obra demostrará lo inútil que fue, y si la ampliación de la plaza frente al teatro es tan loable, ¿por qué no se animaron a volver peatonal todo el centro?

      (Dice mucho acerca de las prioridades de nuestros gobernantes, de sus intereses inmediatos y de su desdén por las auténticas necesidades urgentes de la población, el hecho de que llevemos ya un buen rato sin que hablen de López Mateos. El asunto, que marcó en buena medida la agenda pública durante la segunda mitad de 2025, misteriosamente ha quedado silenciado o a propósito desatendido sin que parezca haber más razón que los inconvenientes que ocasionaría para la imagen de la ciudad en tiempos mundialistas. Como si por arte de magia fueran a desaparecer los problemas cotidianos que a diario sufren los cientos de miles de tapatíos obligados a usar esa vía y sus alrededores. O, más bien, como si hubiera la consigna —acaso desde Casa Jalisco— de que nadie le mueva de aquí a julio, al menos. Y lo que asombra es que también parezcan apaciguadas las voces críticas y que se deje a Lemus y a los alcaldes involucrados hacerse impunemente patos sin avanzar en ninguna solución).

      Cuatro partidos chirles, entonces, no son justificación para gastar más de lo indispensable, fuera de esas obritas decorativas. Nada de qué extrañarse, en una ciudad en la que la obra pública realmente necesaria se posterga hasta que es inevitable, y entonces se hace pero sólo parcialmente y como remiendo o parche exigido por la urgencia (remember el socavón de julio de 2024, cuando el Arroyo Seco mostró no estarlo tanto, uno de muchísimos ejemplos de la ciudad que se hunde, se rompe, se cae o revienta por esa pésima costumbre que tenemos de no darle mantenimiento). Entre las inundaciones y los incendios forestales, el deplorable transporte público (por más que Lemus lo encuentre naranjamente rentable con su tarjetita famosa), el agua que llega lodosa a las casas (cuando llega), las roturas imparables de las calles con la proliferación de socavones y baches, el abandono del patrimonio arquitectónico y la erección de incesantes torres vacías, amén de la inseguridad imparable y la desatención a los más desamparados (la población impresionante de personas en situación de calle, de la que nadie quiere ocuparse), la Guadalajara por presumir en el Mundial estará sólo en esos pedacitos que medio se arreglaron, y nada más.

      En todo caso, para algo servirán esos arreglos: como vi que alguien sugería en alguna red, por lo menos las facilidades peatonales en la Minerva permitirán que crucen sin tanto peligro las personas que vayan a pegar ahí las fichas de búsqueda de sus seres queridos. Pues no se olvide que en Guadalajara somos campeones en desapariciones: a ver si eso también sale en las transmisiones del Mundial.  

J. I. Carranza

Mural, 18 de enero de 2026.

Siquiera

Por lo que parece, ya están por terminar las obras de remodelación de la Minerva. O una parte, al menos: por lo visto, con el pavimento no se metieron, o no todavía —y estaría bien que lo hicieran, pues a alguien se le ocurrió, hace tiempo, que la llamada superficie de rodamiento tuviera una especie de grabado que mal imita el adoquín, y que sólo sirve para que el paso de los vehículos sea más ruidoso de lo que debería; lo mismo hicieron en Chapultepec, hace años, volver la calle ensordecedora en nombre de puras ocurrencias—. Se ve que la intervención fue más cosmética que funcional: no cambiará mucho la dinámica que hoy tiene lugar entre vehículos y peatones, y estos últimos no saldrán ganando gran cosa, más que algún camelloncito rascuache o alguna isleta en medio de las avenidas para detenerse mientras se pone el siguiente alto. (Recordé un bonito ensayo de Valeria Luiselli, “Relingos”, que habla de esos pedazos que sobran cuando las manzanas y las calles no acaban de encajar entre sí del todo: espacios demasiado pequeños para construir algo en ellos y demasiado grandes como para incorporarlos de modo práctico al paisaje; a veces acaba poblándolos alguna obstinación de matas y aun flores, o bien se usan como basureros, y son recordatorios, en todo caso —esto no lo dice ya Luiselli—, de nuestra inveterada propensión al error y de que nunca podremos ajustar todas las junturas del deficiente universo).

      Han puesto, también, en el pedazo de calle del que mana López Cotilla, unas bancas que le dan la espalda a Vallarta. Camitas para indigentes, porque quién en su sano juicio va a ir a sentarse ahí, bajo el solazo y a sólo ver pasar coches, y con riesgo de que alguno venga enloquecido, a toda velocidad, y se le estampe. Gordos bolardos a granel, también, listos para que un borrachazo los derribe. Arbolitos, luminarias. Lo esperable, supongo, cuando se trata de una obra que ni era urgente ni era indispensable, como se ve que están siéndolo todas las que se han emprendido con miras a que los visitantes no hallen la ciudad tan tirada cuando vengan al Mundial. Me asomé, en días pasados, a lo que están haciendo en el tramo de Avenida México que corre entre Chapultepec y Américas, y lo mismo: apenas un reacomodo ligero de las superficies, como cuando a uno le da una pereza inmensa desentilichar en serio y se limita a mover de lugar los mismos estorbosos trinchadores y roperos (“trinchador”, ¿quién dice “trinchador” todavía? Es una de esas palabras, me temo, cuyo uso inadvertido delata la edad y la pertenencia a un tiempo y a un mundo ya cada vez más desfigurados por el olvido. Como “pichancha” o “mechudo” o “pocillo”).

      Pero la más deplorable e inútil de estas intervenciones es, pienso, la que está teniendo lugar en la Plaza Tapatía, donde van limitándose por ahora a levantar una fuente para poner en su lugar ¡otra fuente igual! O muy parecida, al menos, que es lo que se distingue desde los altos del Centro Joyero, adonde me metí el otro día con tal de chismear qué estaría ocurriendo a los pies del Rabito de Porky (“La inmolación de Quetzalcóatl”, perdón), frente a lo que fuera Salinas y Rocha. Disfrutado desde hace mucho por los chamacos vagos que corren entre los chorros o chapotean en esa larga alberca, el conjunto tampoco requería más que alguna limpieza y alguna pintadita. Porque, si lo que querían era entrar a fondo, lo que habría que hacer es tirar por completo la Plaza Tapatía, desde el Degollado hasta el Cabañas, con todos los edificios esperpénticos que ahí se alzan desde el tiempo de Flavio Romero de Velasco. 

      Y es que la cosa es que ese cambio de una fuente por otra está a años luz de servir para darle a la zona un mínimo no digamos de dignidad, sino de habitabilidad. San Juan de Dios y sus alrededores deben de ser uno de los espacios más inmundos de esta ciudad. Ese día que me metí al Centro Joyero, crucé a pie la Calzada desde el Parián, como hace mucho no lo hacía y como a diario lo hacen miles y miles de personas que viven o trabajan en el rumbo (o que inverosímilmente lo visitan), y el miasma que se eleva desde las profundidades infectas del río entubado casi me hizo devolver el estómago. Luego, el olor a orines que rodea la iglesia (esa delicada belleza que resiste contra la crueldad del entorno), y que se esparce a lo largo de la Plaza de los Mariachis; luego, al atravesar el tumulto de gente y puestos en la plazoleta vecina al mercado, las ratas que corren libremente entre la basura de días —y yo pensaba en los alardes que hace Verónica Delgadillo, orgullosa (con alguna razón) de lo que ha logrado con la basura de Guadalajara, pero quien seguramente no se ha asomado a ver y a oler los colmos de asquerosidad que se acumulan todos los días en San Juan de Dios y sus alrededores, justo por debajo de donde prosiguen los trabajos de la famosa fuentecita.

      Tal vez no habría por qué pretender otra cosa. Los carriles pinchurrientos que le aumentaron a la carretera a Chapala, entre el Periférico y el Aeropuerto, o el cambio del piso en la Plaza de la Liberación, a lo mejor son ganancia, habida cuenta de que sólo tendremos cuatro miserables partidos y no de los más importantes —y eso si Trump no nos invade antes o si no se le antoja cancelar el Mundial o amenaza con venir a hacer redadas al Akron—. Démonos de santos. 

J. I. Carranza

Mural, 7 de diciembre de 2025.

¡Foquitos!

¿Cuántas manifestaciones de algo inusitado se precisan para que eso inusitado se desactive? O pongámoslo de este modo: al encontrarse con algo raro, inesperado, impensable incluso, la impresión original de extrañeza irá siendo más difícil experimentarla conforme los encuentros se repitan, pero ¿en qué punto podemos afirmar que ya nos acostumbramos? Imagino que la respuesta podrá brindarla el cálculo de probabilidades, más concretamente cuando las manifestaciones de lo que se habría tenido por extraordinario al presenciarlo por primera vez empieza a repetirse y acaso vaya adquiriendo sentido pensar en el surgimiento de una tendencia. Y me refiero —voy acercándome ya al fenómeno que me metió en este berenjenal ocioso: es asombrosa la diversidad de naderías que a uno se le ocurren en un embotellamiento tapatío— a las tendencias que suelen caracterizar el comportamiento de la gente, y que a menudo no advertimos sino hasta que se han expandido lo suficiente como para dar forma al paisaje, que es otra manera de llamar a lo cotidiano, es decir, al mundo —fue largo el embotellamiento, como se ve: el consabido marasmo vehicular de López Mateos, cualquier día hábil en la tardecita, cuando ya pardea y de pronto es de noche: esa hora en que el Caballero Inexistente de Italo Calvino temía desaparecer del todo y se ponía a hacer matemáticas, para así asegurarse su peculiar existencia indemostrable.

      El fenómeno: valiéndose de numerosos trocitos de cinta aislante y de varios (muchos) metros de series de foquitos navideños, un automovilista ha querido que su coche (un Chevy traqueteado, medio rengo, de esos cuya edad la delata la saturación de calcomanías de refrendo en el vidrio trasero, amén de lo roñoso de la tapicería, que no alcanzo a ver pero infiero) destelle en medio del tráfico como un puñado de estrellas polícromas… o bien el coche mismo es una estrella que estalla incesantemente, una supernova, un cataclismo sideral como los que de cuando en cuando sorprenden a los astrónomos, haces insospechables de luces que han seguido viajando a lo largo de millones de años luego de la explosión de la estrella. (Y me quedo pensando en el primer coche que tuve, hace siglos, un magnífico trasatlántico negro y reluciente del 77, y que era justamente un Chevy Nova, cuya pérdida fue equiparable al vacío insondable que dejan tras de sí esas supernovas que revientan y desaparecen: me lo robaron).

      Acaso con pretensiones de carro alegórico o de fuego artificial motorizado, el coche ultralumínico no ofrece misterio, pues su materialización tiene lugar en estas fechas y los foquitos, ya lo dije, son navideños: de esos que están recubiertos por estrellitas de plástico azules, rojas, amarillas, verdes, blancas, piececitas picudas que cuando estamos poniendo el arbolito siempre se las ingenian para que una se desprenda y se extravíe y quede tirada en algún rincón de la sala (no se ven: sin luz son transparentes), y sólo volvemos a dar con ella cuando la pisamos y se nos clava en la planta del pie descalzo. En todo caso, a lo que apremia la visión es a conjeturar las razones de que el automovilista haya decidido festejar así, haciendo de su vehículo un surtidero ambulante de su entusiasmo o su alegría por la inminencia de la Navidad: un entusiasmo algo excesivo, diría yo si no tuviera presentes los excesos de santacloses y monos de nieve y cintas y moños dorados y esferas y neones y arbolitos a que es proclive una vecina, que cada año parece que saquea las Galerías El Triunfo y Fantasías Miguel para decorar su fachada. Seguramente el dueño del coche tiene cerca niños, y para su deslumbramiento es que ha resuelto transitar así, vuelto un disparatado vataje multicolor.

      Pero un par de días después me encuentro con otro ejemplar. Y al día siguiente uno más. ¿Se puso de moda? Todavía hace poco, el frenesí de la temporada se anunciaba en la proliferación de automóviles y, sobre todo, camionetas familiares que lucían cuernos de reno. Por no hablar de los gorros rojos o verdes de Santa o de sus esclavos, que es imperativo que sobreabunden en los cruceros… y se impone hacer memoria: ¿cuándo se implantó esa usanza en nuestra vivencia de este tiempo? ¿Qué tanto hace que Santa y su parafernalia eran cosa gringa, y por tanto repelente, y en qué momento y cómo se incorporaron a nuestra comprensión de las fiestas? Incluso el arbolito: lo nuestro era poner nacimiento, colgar si acaso algunos farolitos de papel, prender luces de Bengala, y hasta ahí. Yo recuerdo, y seguramente muchos tapatíos con más de una vuelta al kilometraje también, cómo en el cruce de Juárez y 16 de Septiembre la Navidad era una piñata gigantesca que flotaba sobre nuestra inocencia irrecuperable, y de ella partía a lo largo de ambas avenidas la instalación de la iluminación vistosa tramada con kilómetros de escarcha y luces, como si la ciudad y el cielo se acercaran… ¿Por qué esas avenidas dejaron de iluminarse así? Tal vez por eso haya ahora coches con foquitos, para compensar.

      Hoy toca ir a surtirse al tianguis del Refugio: el arbolito, qué remedio, y una nueva corona para la puerta. Musgo, quizás, y papel roca para el nacimiento; heno queda bastante del año pasado. Quiero ver si están vendiendo ahí algún dispositivo que facilite la conexión de series a la batería de la camioneta.

J. I. Carranza

Mural, 30 de noviembre de 2025.

In fraganti

Es divertido, pero no debería ser divertido, aunque tal vez sea divertido precisamente por eso. Falibles como somos, y aun así empecinados en mantener mínimos de verticalidad moral para no reptar e involucionar como especie, cuando sabemos del yerro o la quebrazón de alguien, o que alguien más se venció e incurrió en infidencia o chuecura, o se alocó y dejó atrás toda prudencia, o fue tentado y cayó, o cayó incluso sin que hiciera falta la tentación, nomás por puro gusto; cuando sabemos, en fin, de alguien que fue cachado (bonito uso del verbo, acaso sólo posible en el español de México: descubrir a alguien cuando hace algo prohibido o indebido), difícilmente podemos reprimir un cierto gozo, malévolo  y morbosón, debido a lo que hay de chismoso en nuestra naturaleza, pero también al egoísta alivio de no ser nosotros los exhibidos. 

      Desde luego, la licitud del regocijo al ver a alguien sorprendido en falta está inversamente relacionada con la gravedad de esa falta. No pueden alegrarnos la hora de la comida una atrocidad o un crimen —y, si tal cosa nos consentimos, algo tenemos de atroces o de criminales—; tampoco está bien (y de esto se trata todo: de lo que está bien y lo que está mal) buscarle la gracia a la desgracia de nadie, solazarse en la bajeza ajena —las bajezas por lo general son ajenas, pero podríamos preguntarnos de cuáles somos capaces—, regodearse en lo que es motivo de lágrimas para alguien más… Y justo por esto es que no debería ser divertido lo que pasó con la pareja de adúlteros cachada in fraganti en un concierto de Coldplay: porque detrás de la balconeada hay personas con sus historias, y traición y confianza defraudada y miseria y consecuencias. Pero también es divertido, acaso porque en las carcajadas planetarias que desató el hecho se refrenda nuestra querencia de ser mejores y se patentiza nuestro desquite por no siempre conseguirlo. Si los cuernos son odiosos, y motivo de tantísima desdicha para la humanidad a lo largo de los siglos, cuando una infidelidad sale mal y los engañadores son descubiertos, es imposible no parar la oreja, subirle al volumen, leer la historia de principio a fin, querer enterarse de todos los pormenores y permitirse sin remordimientos algún chiste al respecto (o los memes, que con los infieles de Coldplay manaron en abundancia). Lo mismo vale cuando son desvelados un fraude o una trácala, cuando es sorprendido un malhechor que se creía muy astuto o se sentía muy sacalepuntita, o siempre que a un farsante o a un vividor se le cae el teatrito… como cuando a un exsecretario de Gobernación y exgobernador de Tabasco y excandidato presidencial, que ha podido surfear impunemente y cínicamente las crestas más altas del encrespado mar de la política nacional, se le recuerdan las pésimas compañías en que andaba y entonces va y se esconde porque de seguro está fruncidísimo y a la vez suelto de la panza, viendo si podrá mantenerse a flote —ojalá que no, que se hunda—, y todo eso es muy entretenido, cómo no.

      Volvamos a los amantes de Coldplay. Su caso además reafirma cómo, en este mundo hipervigilado y cableado de tal forma que cualquier información puede esparcirse a velocidades y con alcances antes impensables, la privacidad es un bien cada vez más escaso, y no tenerlo en cuenta es ingenuidad pasmosa o irremediable anacronismo. Hace algunos años, en el Palacio de Bellas Artes me tocó ver una exposición sobre la vida cotidiana de la Ciudad de México, y la pieza que más me impresionó fue un mosaico compuesto por centenares de fotografías, todas en blanco y negro, tal vez de cuatro por seis pulgadas todas, en las que se veían personas caminando por la calle, invariablemente tomadas en un ligero contrapicado, como si el fotógrafo siempre estuviera con una rodilla en tierra o agazapado. Todas las personas iban por una acera de una calle concurrida; la mayoría no parecían percatarse de la presencia de la cámara, y en quienes veían al objetivo se advertía sorpresa o disgusto. Tras preguntarme en vano por la explicación de esas fotos, tiempo después recordé cómo aquí, en Guadalajara, en los años setenta y tal vez incluso en los ochenta, por 16 de Septiembre, afuera de Camarauz, entre López Cotilla y Madero, o en Juárez y Colón, al salir de los pasajes subterráneos de las relojerías y las escamochas, a la vuelta de Laboratorios Julio, frecuentemente había fotógrafos que así, agachados y sin pedir permiso, retrataban a la gente mientras iba pasando, y luego entregaban una tarjetita con un domicilio para recoger el retrato (comprándolo, por supuesto). La idea, en apariencia inocente, era facilitar la materialización de un recuerdo: una foto casual, en el centro de Guadalajara cuando aún no era el muladar que hoy es, a lo mejor paseando con alguien o sencillamente disfrutando un buen rato. Pero también cabía la posibilidad de que alguien quisiera rescatar esa evidencia de un momento en que no estaba donde debía, o iba con alguien que no convenía que se supiera… Y entonces la cosa tenía algo de extorsión —aquella exposición en Bellas Artes sería de fotos nunca reclamadas, supongo.

      La privacidad, entonces, tiene tiempo siendo empresa difícil. Por lo demás, ¿quién va a un concierto de Coldplay? Merecido se lo tuvieron, los infieles agarrados en la movida, por ir a oír a esa banda tan guanga.

J. I. Carranza

Mural, 20 de julio de 2025.

La foto fue publicada en el número 15 de la revista Luna Córnea (marzo-agosto de 1998) como una de las que acompañan el artículo «Los paseantes, la instantánea, el crimen», de Sergio González Rodríguez, acerca de la extinta fotografía de acera en la Ciudad de México.

¡Vacaciones!

¡Al fin! Como el calendario escolar para la educación básica en México lo cumple quien quiere y como quiere, se vuelve cada vez más difícil anticipar en qué momento se terminarán las clases, y por eso el comienzo de las vacaciones termina siempre tomándonos desprevenidos. Por anheladas que sean, llegan como el temporal y de pronto lo inundan todo y tenemos que arreglárnoslas para navegar por ellas sin demasiados sobresaltos ni peligros.

      Hablo, claro, de las vacaciones que tienen niñas y niños, desde los grados más pirruñitas hasta los más labregones, antes de entrar a la prepa. El rango de edades, vamos, en que la escuela es —entre otras muchas cosas, no vaya a pensarse que sólo así la veo— una suerte de paquetería donde se puede confiar que las criaturas estarán a salvo y entretenidas mientras uno trabaja. Las vacaciones, pues, que son ese tiempo extraño en que la paquetería permanece cerrada y hay que conseguir que las criaturas no se aburran, no se aloquen, no se depriman y no se apendejen. Pocas cosas tan admirables y envidiables como las sonrisas de las maestras que nos despiden luego de habernos entregado la boleta, con la satisfacción inocultable de que hallarán por fin respiro tras tantos meses de lidiar con las hordas salvajes: apenas unas horas después de esa entrega, la Miss Chayo ya debe de estar en Chamela o en Guayabitos, o de perdida en las Bahamas, sorbiendo la primera de las ciento veinte margaritas que se piensa tomar en la semana. ¿Y uno?

      Si tiene suerte, uno podrá hacer coincidir algunos días de sus propias vacaciones con las de las criaturas, y si además de suerte ha sido bendecido con algún ahorrito (si algo quedó luego de pagar la colegiatura de la paquetería y la reinscripción, y tras haber apartado lo que costarán libros y útiles: ya mandaron la lista), la perspectiva de un viaje facilita las cosas, aunque sea ilusoriamente. Jerry Seinfeld decía que, para un padre de familia, las vacaciones empiezan en el momento en que ya terminó de cargar maletas en la camioneta y de meter en ella a toda su prole, y duran lo que duran los segundos que pasan mientras cierra la portezuela del copiloto, rodea la camioneta por detrás, abre su propia puerta y se pone al volante. Aun así, la procuración de una mínima aventura, la ruptura de unos cuantos días con lo consabido y lo rutinario, la posibilidad de ir a un lugar lejano a cansarse de distinto modo, justifican sencillamente la ocurrencia de las vacaciones. Pero cuando no hay modo de salir, entonces hay que ingeniárselas.

      Antes no era así. (Siento que incurro cada vez con más frecuencia en las observaciones de esta naturaleza, comparando el tiempo presente con el pasado, por lo general a favor de este último y de tal forma que no parece que esté dispuesto a transigir. Pero creo que es inevitable: después de todo, lo natural es que el propio juicio parta de la propia experiencia, contrastando lo que hay con lo que hubo o había, y conforme uno se vuelve más viejo hay menos escapatoria). Las vacaciones entrañaban, antes que otra cosa, que a uno lo pusieran a hacer quehacer. Además, tenías que acompañar a tu mamá a un montón de lugares insólitos (a abonar en Mayco, al tianguis del Mercado Alcalde, a traer estambre de El Gato, a la tintorería, a la carnicería, al Banco Refaccionario, a la relojería, a las pollerías del Mercado Corona, a Maxi, al Nuevo Mundo, a La Cotijense), así como a casas de parientes donde, con suerte, podías aburrirte un buen rato junto a tus primos. Quizá podías ver más horas de tele en la tarde, y tantán. Al otro día, a trapear pisos y lavar ventanas, más tías, más salidas a mandados, más tele, y aquello parecía una forma de la eternidad. Hoy, en cambio, está extendida la suposición de que las vacaciones tienen que aprovecharse y es imperativo buscarles actividades a niñas y niños: cursos de verano, campamentos, prácticas deportivas; que hay que organizarles salidas, pijamadas, fiestas, idas al cine o a alguna plaza, etcétera. Y esto pasa, creo, principalmente por dos motivos: en primer lugar, mamás y papás de hoy están (estamos) más atareados, las dinámicas laborales y las configuraciones familiares han cambiado enormemente, y los dos meses de vacaciones se vuelven difícilmente manejables para gran parte de la población que tiene hijos y trabaja.

      Pero, además, hay la idea de que la ociosidad es perniciosa y se debe evitársela a toda costa a quienes vienen de batallar todo un año con la escuela, con lo agotador que puede ser ir a clases, estudiar, hacer tareas, pasar exámenes, entregar trabajos, atender a las ocurrencias de los maestros, madrugar, hacer deportes y tener seguramente alguna clase extracurricular, echar desmadre, etcétera. Tal vez sea porque la ociosidad hoy consiste, básicamente, en scrollear infinitamente en el celular o en pasarse noche y día en un videojuego, y entonces a papás y mamás nos alarman ese pasmo y esa inmovilidad. O tal vez lo que ocurre es que nos da envidia y así quisiéramos vivir, echados infinitamente, viendo mensada y media y sin hablar con nadie. También han ido cambiando las formas de la felicidad.

      Pero siempre será mejor que haya vacaciones, como quiera que sean. Lo he dicho antes: las vacaciones son la vida real; todo lo demás es simulacro, sueño o pesadilla, exceso de la imaginación.

J. I. Carranza

Mural, 6 de julio de 2025.

Foto de la exposición Tile by Tile I Exist, de Esra Gülmen, en Plataforma. Arte Contemporáneo.

El gruyero

Con tantos vehículos que deja varados la lluvia estos días, imagino que el gruyero tendrá mucho trabajo: quizás esté doblando turnos, haciendo horas extras, listo en todo momento para salir disparado por todos los rumbos de esta ciudad que con el temporal se desquicia —y también antes y después, sin tregua y por lo visto sin remedio; a ver qué milagros obra la inminencia del Mundial, pero es de temerse que sean chapuceros y fugaces—. El gruyero: capitán y único tripulante de una máquina majestuosa, dotada como una hormiga ciclópea con la capacidad de cargar varias veces su propio peso, y dedicada a mover vehículos de toda laya impedidos de seguir rodando, chocados o descompuestos, o caprichosamente renuentes a explicar qué les pasa, a justificar su negativa a seguir andando, y que de manera imperativa hay que retirar de donde se quedaron, para que los arreglen y también para que no se queden estorbando, para que no terminen de convertirse en edificios ruinosos donde halle alojamiento algún vivo, o para que no les crezca un árbol en medio, reventando el chasis primero y luego el toldo —pues bajo ese árbol puede ir afincándose una aldea, luego un pueblo y al final una metrópoli en toda forma: tal vez Guadalajara no la fundó Beatriz Hernández, sino que creció alrededor de un coche abandonado tras quedar estropeado por la inundación en una crecida imposible del río San Juan de Dios.

      El gruyero, pues, que acudió cuando la camioneta se quedó sin batería. Fue una suerte, ahora que lo pienso, que nuestro encuentro con el gruyero ocurriera en esas circunstancias, y no en otras más aparatosas o aun trágicas. Porque, en realidad, fue bastante simple la causa y no pasó de un mínimo contratiempo, incomparable con los que sufren quienes se quedan hundidos en el caudal que crece con velocidad asesina en Plaza del Sol, o quienes son arrastrados por el mar imprevisto en Isla Raza, o quienes se ven repentinamente arrojados a los rápidos de Patria, o quienes flotan a la deriva en la inmensidad de los lagos de R. Michel y Salvador López Chavez, o quienes son revolcados (y no sólo con sus coches, sino con sus casas y sus vidas enteras) en El Mante o en el interminable etcétera del desastre pluvial que cada año nos cae como si no supiéramos que otra vez va a suceder. No: el contratiempo fue meramente que la camioneta ya no quiso prender, apenas hacía un pujidito desganado que nos permitió conjeturar la causa y obrar en consecuencia: la compramos hace apenas tres meses, había que apelar a la garantía, llamar al servicio de asistencia indicado, sentarse en la banqueta y esperar.

      Y llegó. Uno —y con «uno» quiero decir «yo», pues se supone que a esto me dedico— debería anotar siempre con todo escrúpulo los detalles: de qué empresa era la grúa, de qué modelo y qué la singularizaba en términos técnicos, cuáles son los principios mecánicos de su operación. Pero no tuve cuidado o paciencia. El gruyero, no obstante, fue obsequiando algunas informaciones sumamente interesantes, por ejemplo que para un caso como el de nuestra camioneta, de transmisión automática y por lo tanto automáticamente trabada, había dos procedimientos disponibles: uno lícito y otro, si no ilícito, sí más bien un hackeo mal visto por aseguradoras y agencias. A ver si me explico con la claridad del gruyero: el procedimiento lícito es colocar bajo las llantas del vehículo por arrastrar una especie de esquíes, para no comprometer la garantía con el antedicho hackeo, que es sin embargo preferible, porque los estúpidos esquíes se salen y hay que estar batallando con ellos. El gruyero, entonces, se ahorró problemas, me pidió autorización, se la di y procedió con el hackeo, que consiste en destrabar una especie de botoncito cuya ubicación ya sabía sabiamente al abrir el cofre, y entonces todo fue más sencillo y la camioneta subió sin problemas a la grúa. Y luego nosotros. Y entonces empezó lo mejor.

      Al tanto de lo emocionante de la aventura, lo primero que nos dijo el gruyero (íbamos mi esposa y yo, que retrepamos a las alturas de la cabina como si estuviéramos subiéndonos a la montaña rusa) fue: «¡Foto pa’l Face!», con lo que quiso dar a entender su anuencia para que preserváramos el momento con el celular. Por supuesto. Me simpatizó grandemente que el gruyero estuviera al tanto de cómo eso, que para él es lo rutinario, debe de ser extraordinario para la mayoría de sus imprevistos pasajeros. Arrancó, pues, y todo el camino fue como si nos llevara en una góndola y Circunvalación División del Norte fuera el Gran Canal de Venecia: anécdotas, reflexiones (al rebasarnos una moto, por ejemplo: «Mi jefe toda la vida anduvo en moto. Y era bien borracho, pero nunca se cerraba ni se metía entre carriles, y nunca tuvo un accidente. Ya se murió. Pero de cirrosis, no en la moto»), ilustraciones técnicas sobre el funcionamiento de la grúa. Nomás le faltaba cantar. Porque el hecho es que iba muy contento. Natural y espontáneamente alegre.

      Y es lo que me maravilló. Un trabajo tan pesado, que hay que hacer con tanto cuidado y destreza, y que entraña gran responsabilidad, y el gruyero estaba alegre, de buenas, empeñado en hacernos pasar un buen rato. Lo que no le habrá tocado ver, y aún así. Lo importante que es trabajar con gusto y de buenas, caray. Malamente, no supe cómo se llamaba.

J. I. Carranza

Mural, 29 de junio de 2025.

Otra cosa

Refrescó. Ayer, por lo menos. La mañana estuvo cubierta por un clemente y tenue nublado que bastó para disuadir al Sol o acaso le brindó pretexto para reposar un poco. La freidora de aire que era la ciudad hasta la tarde del viernes se detuvo, y tuvimos a cambio una inesperada y bienhechora temperatura propia para pensar y para no enloquecer. No se puede pensar con calor. O es más bien que la cabeza va saturándose de aborrecimientos instantáneos, detestaciones inopinadas, lamentaciones iracundas, furias ridículas, ansias de algo frío, picazones cerebrales y pegosteos del ánimo, impaciencias que no revientan y sólo nos hinchan, punzadas que atraviesan de sien a sien la materia gris y la tortuosa ocurrencia del mundo entero como pretexto para estar de malas. Encima de todo, el abotargamiento, el hastío, la molicie universal, la acedía interminable y el peso incalculable de cada miembro, que vuelve imposible despegar de la silla eso sudoroso y fofo e irresuelto que es uno, así sea para dar tres pasos e ir a subir la velocidad del ventilador, o al refrigerador por un refresco o un coco helado (porque también están las alucinaciones: «…y es un tucán / tu cantarín perfil al despertar», canta Jaime López). Ayer, para nuestra fortuna, ese estadio lastimoso de la existencia se pausó. Hoy, tal vez, ya esté triunfando el calor de nuevo.

      Hay una angustiosa condición que debemos tener siempre en cuenta quienes escribimos para un periódico. Parece obvio, pero sobre la marcha no siempre lo es: uno, ante el teclado, o aún con la libreta abierta donde bosqueja las primeras ideas, tiene que hacerse a la idea de que habita siempre el ayer. Obligarse a pensar que, cada que quiera referirse a lo que pasa en este mismo instante, deberá advertir que en realidad ha sucedido ayer, porque será leído mañana (es decir, hoy).  Hoy, por ejemplo (es decir, ayer), el calor ha remitido, sopla un vientecillo que es como una emulsión de la gracia sobre nuestras aflicciones padecidas o imaginarias. Pero, al mismo tiempo que afirmo eso, debo reconocer que ignoro en absoluto si hoy (es decir, mañana) habrá prosperado hasta la mañana o hasta la tarde el relente nocturno que es posible vaticinar que nos aguarda hoy (ayer). El relente: el enfriamiento húmedo de las altas horas, cuando uno puede resfriarse si cometió la temeridad de dormir con la ventana abierta. Treinta y siete años llevo escribiendo en periódicos y es hora en que sigue costándome trabajo acomodarme a esas complicaciones. (Qué acabo de decir, santo Cielo: casi cuarenta años, nunca había sacado esa cuenta, estoy sobrecogido, qué tanto hace que mi maestro Marco Aurelio Larios, que en paz descanse, publicó una tarea mía en El Jalisciense y sólo me dijo cuando me entregó un ejemplar, y vi por primera vez mi nombre impreso; estaba en la prepa, hizo lo mismo con varios compañeros, nos torció el rumbo irremediablemente, y yo he seguido por ese rumbo hasta estos renglones donde estoy contando esto, hoy mismo, o ayer: ayer, ayer, tengo que repetírmelo, esto que escribo está leyéndose mañana. Y parece que aquello de la tarea y mi maestro y mi nombre en la página de un periódico por vez primera fue ayer).

      De qué argumentos válidos podemos disponer, después de todo, para afirmar que el ayer es distinto del hoy y del mañana. Bertrand Russell aventuraba esta posibilidad: el mundo acaba de ser creado hace quince minutos, y todo lo que creemos recordar y saber estamos sólo imaginándolo, pues no hace más de quince minutos que repentinamente aparecimos aquí, junto con la Creación entera. En un rato más vamos a ir al mercado. Confío en que la aventura no sea agobiante, y lo que me permite tener esa confianza es la grisura desvaída del cielo, que no parece que vaya a disiparse pronto. El aire no parece tan violento como el que hace unos días tiró un enorme árbol en el Parque de la Revolución (¿era un laurel de la India? ¿Alguien recuerda los laureles de la India que había hace treinta y siete años en la acera del templo de San Francisco, por 16 de Septiembre? Si esos árboles no son eternos, qué les espera a nuestras pobres ilusiones). Tal vez no hará falta el calor para justificar un tejuino, que es pócima mágica para propiciar la dicha y terminar de armonizar nuestra fugacidad con la Creación, así ésta tenga quince minutos de haber empezado. Pero el tejuino, ¡ojo!, hay que comprarlo antes de pasar por queso y crema con El Güero, porque no hay que correr riesgos, no sea que las nubes sí se dispersen y el Sol asome y arrecie mientras buscamos al tejuinero y entonces el queso y la crema se malogren: deben ser siempre lo último, para que la empresa sea un éxito. No es un mal plan, con todo: toda ciudad empieza en el mercado o en el cementerio, y con tanto calor de los últimos días, ha sido mucho el encierro, hay que salir a ver si la ciudad sigue ahí. Hoy, mejor. O sea ayer.

      Porque hoy (es decir, mañana) habrá que atarearse en otras cosas. Haga calor o no tanto. Formarse o no en una casilla para participar de la grotesca farsa, por ejemplo. Y ojalá que ya, por favor, desde hoy, hablemos de cualquier otra cosa. «Si no podemos cambiar de país, por lo menos cambiemos de tema», como escribió el ensayista Héctor J. Ayala, antes de cambiar sabiamente de oficio y volverse guitarrista. Le va muy bien, parece, y me alegra.

J. I. Carranza

Mural, 1 de junio de 2025.

Conticinio

Descubrí la palabra en la obra de Javier Marías, llena de personajes insomnes o para quienes la lucidez parece siempre más al alcance cuando refulge en la oscuridad de la noche. Fue en la novela Mañana en la batalla piensa en mí, primero cerca del principio, sólo como equivalencia de «la mitad de la noche», más adelante enunciada con explicación adjunta: «aquello era lo que los autores clásicos llamaban el conticinio, un latinajo, la hora de la noche en que todo guarda silencio de mutuo acuerdo». (Marías aprovecha, enseguida, para hacer algo que en él era tic o manía: despotricar contra su país o contra su ciudad con cualquier pretexto y muchas veces sin que viniera a cuento. Esas invectivas nutrían muchas veces sus artículos periodísticos, en especial los de tonalidades cascarrabias y pocas pulgas —o sea, la mayoría—, y era un rasgo un poco patético o tedioso, aunque insignificante al apreciar las evoluciones asombrosas de su prosa torrencial, cómo practicaba en todo momento la «exuberancia en la dicción» que Harold Bloom estatuyó como uno de los cinco componentes de la fuerza estética de las obras literarias. Dice, pues, Marías, después de explicar qué es el conticinio: «aunque esa hora en Madrid no exista», es decir, que su narrador se queja, inopinadamente, de lo ruidoso de su ciudad, incapaz de paz y silencio).

      Sólo he vuelto a encontrar otra vez el término en otra novela de Marías, Tu rostro mañana, publicada ocho y diez y trece años luego de aquélla, es decir que se publicó en tres partes: Fiebre y lanzaBaile y sueño y Veneno y sombra y adiós—: en la primera parte se lee «en la noche cerrada y en la hora que los latinos llamaban conticinio y que ya ha olvidado mi lengua» (anglófilo radical y a la vez integrante de la Real Academia Española, Marías también solía pronunciar juicios duros y lamentaciones —no siempre atendibles— acerca de los usos actuales del español, sus supuestas omisiones y sus no siempre inexplicables olvidos; el español, herramienta y razón de ser de su trabajo y cuyo funcionamiento conocía de modo admirable, como sustancia viva de la siempre mutante sociedad le causaba sin embargo perplejidades y ofuscaciones frecuentes, de las que daba cuenta en artículos a menudo intemperantes o malhumorados: de viejo rancio, se diría hoy. Tristemente). Y en la tercera parte: «la hora que los romanos llamaban el conticinio y que en realidad ya no existe en nuestras ciudades, pues no hay en ellas hora alguna en que todo esté quieto en silencio» (vuelve a quejarse, ahora de todas las ciudades, aunque, en realidad, las que ese narrador puede llamar «nuestras» son sólo Madrid y Londres, acaso Oxford también).

      Necesito regresarme unos pasos porque tres digresiones están zumbándome al oído y no puedo soslayarlas. Primero: aun cuando escribo este artículo lejos del librero donde tengo esas novelas, pronto he caído en la cuenta de que también las tengo aquí, en dos bibliotecas en mi computadora, de tal forma que ha sido cuestión de segundos dar con las citas citadas, que sólo recordaba vagamente aunque con la certeza de los títulos de los que proceden. No sé qué implique para el cableado cerebral de un lector de este tiempo poder disponer así, instantáneamente, de todo lo que ha leído, sin espacios para la desmemoria y el yerro y el extravío. Me alarma un poco, pero no sé por qué. Segunda digresión: el oficio de columnista es arduo porque, a las dos o tres semanas de haberse iniciado en él, uno se queda irremediablemente sin tema, y hay que pasar los siguientes veinte o treinta años rompiéndose la cabeza cada ocho días. Por eso veo con simpatía las obsesiones o fijaciones de Marías, su tirria recurrente contra los políticos españoles (y contra los españoles), sus amaneramientos y reincidencias. (Hace unos días, a propósito de los sinsabores de este oficio, la columnista argentina Leticia Martin publicó en la revista Perfil un artículo titulado «Nadie lee nada» en el que deploraba lo poco que se lee la prensa hoy y, además, acusaba a ese medio de pagarle mal y tarde; tanto tino tuvo que sus editores no leyeron el artículo y así fue que lo publicaron y cuando se dieron cuenta ya se había vuelto viral… Muy divertido, todo, y muy desdichado también). La tercera digresión tiene que ver con Bloom, figura otrora imperante sobre el panorama mundial de la crítica literaria, y cuyo influjo ha menguado al punto en que parece anacronismo o ingenuidad recurrir a él. Pero yo siempre lo tengo presente (y los otros componentes de esa fuerza estética, por cierto, son: originalidad, poder cognitivo, dominio del lenguaje metafórico y sabiduría). 

      Conticinio: existe todavía, para nuestra fortuna. Quizá no sólo en Guadalajara, pero indudablemente en Guadalajara. A veces lo atraviesa el silbato del tren. A veces lo envuelve el rumor de la lluvia, o lo rasga el fragor de un trueno. O lo revienta un loco que grita en la calle. Pero luego todo se acalla y ese momento dura lo suficiente para que podamos explorar su magnífica imposición sobre el universo. El reloj suele registrarlo alrededor de las tres de la mañana. Algo llegamos a entender entonces, o a creer que entendemos. Ese silencio y esa quietud que el mundo acuerda son sólo para nosotros, en esa hora increíble y fugaz en que terminan y empiezan los mejores sueños.

J. I. Carranza

Mural, 25 de mayo de 2025.

Unas ahogadas

Las tortas ahogadas malas no existen. O, si llegan a existir, desaparecen enseguida, no pueden durar más allá de unos cuantos instantes. La causa es simple: al haber una oferta tan abundante y esparcida en toda la ciudad, los primeros clientes que encuentren deficientes o decepcionantes las tortas de un determinado puesto o local correrán de inmediato la voz, y al mismo tiempo empezarán a abrir la brecha hasta el siguiente local, a unas cuadras, donde quedarán grandemente resarcidos por el disgusto sufrido. Habrá unas mejores que otras, tal vez, pero todas son deleitosas sin falla; por ello, también, es que en Guadalajara no hay negocio de tortas ahogadas nuevo. Todos tienen décadas de experiencia y sabiduría. Aunque se hayan inaugurado ayer.

      ¿Habría que precisar qué decide la excelencia de una ahogada? Es difícil, o acaso imposible, porque, como está visto, las malas no existen. ¿Por qué el agua, la luz y el aire son buenos? Porque están meramente ahí, para sostener la vida, impensable de otra forma, tanto así que el agua impotable, la luz cegadora o el aire emponzoñado nos repelen y les huimos. Así, de una ahogada repulsiva o simplemente desagradable nos apartaríamos en el acto, no tendríamos motivo alguno para catarla siquiera, habiendo, como está visto también, tantísimas otras oportunidades de dar con la torta correcta, inobjetable, suculenta sin duda y memorable y eterna. Uno podría, desde luego, enumerar las condiciones indispensables, empezando por la calidad de los ingredientes, las combinaciones justas de destreza, esmero, sabiduría y prodigio en la preparación, y llegando a minucias tan enormes como el corte justo de los limones, la importancia de que haya o no tacos dorados en las inmediaciones, la muy celebrable presencia triunfal de la jericalla y hasta la decoración del local (Atlas o Chivas). Pero todo ello resulta, en el fondo, superfluo (bonito oxímoron), pues la experiencia se basta a sí misma, y mientras tiene lugar no es concebible otra cosa.

      Misterio: cada torta ahogada que comemos es siempre la mejor que hemos comido: mejor que la de la semana pasada, mejor que la que comeremos el próximo sábado. Y éstas, a su vez, habrán sido las mejores también. A la vez, cada torta ahogada es siempre digna de un agradecimiento conmovido y profundo, y su recuerdo gratísimo queda así alojado en la recámara sublime que nuestra memoria reserva para las experiencias por las que vivir habrá valido la pena. Pero si el hambre aprieta y ya van a dar las dos y no vaya a ser que se acaben hoy más pronto las tortas de Lety, y si andamos muy lejos y calculamos que no podríamos llegar a tiempo, ninguna memoria valdrá y nos avendremos a recalar en el primer puesto a la pasada, con la inadvertida pero poderosa certeza de que el milagro habrá de repetirse.

      Otra paradoja, que debemos reconocer: aunque no necesitan defensa alguna, lo cierto es que son indefendibles. Sus detractores —que los hay, son intratables— les reprochan absolutamente todo, desde su consistencia y su sabor, su composición o su carga calórica, hasta las violentas exigencias que imponen a los paladares desprevenidos o timoratos y las incómodas o de plano asquerosas concesiones que hay que hacer a la ridiculez o a la indignidad a la hora de comerlas: atascarse, chorrearse, salpicarse, salpicar a los demás, escurrir, moquear, chillar, pujar, bufar, mancharlo todo, chuparse al fin los dedos, poco menos que hozar y gruñir y babear. (Cabe, desde luego, ahorrarse estos y otros desfiguros procediendo con cuchara y mucho cuidado. Y también están las tortas en bolsita, como las afamadas de don José, el de la Bicicleta, que merecen un estudio aparte, pues son casi un innombrado estado de la materia: sólido, líquido, gaseoso, condensado de Bose-Einstein, plasma y torta ahogada en bolsita). Pero las cosas como tienen que ser. Como acaso nos lo recuerdan aquellos enigmáticos y sobrecogedores anuncios de negocios de carnitas donde se ve a un simpático puerquito sonriendo mientras se fríe a sí mismo en el cazo, al comer tortas ahogadas uno tiene que ser un poco cochino, ni modo. Esos detractores, pues, tienen toda la razón. Pero ninguna de sus razones importa lo más mínimo.

      La taxonomía es sencilla: en Guadalajara no hay tortas que no sean ahogadas (salvo las Tortas Lokas de San Juan de Dios). Todo lo demás son lonches, preferiblemente de pierna. Hay, sin embargo, lonches bañados. Que no son tortas. Y las ahogadas bien pueden servírtelas sin ahogar —es decir, ahogadas sólo en salsa de jitomate, no en salsa picante—. Es sencillo, pero sólo a los tapatíos nos es dado comprenderlo en todas sus intrincadas implicaciones identitarias. Por lo mismo, carece de sentido querer comerlas en otro lado que no sea aquí. Se ha aludido con frecuencia a la altitud del Valle de Atemajac como condición decisiva para la cocción perfecta del virote salado (y virote va con v, otro día nos aventamos ese round). Pero yo creo más bien que en ningún otro lugar se entendería nada de esto.

      Las de Sears, las Sánchez de Santa Tere, unas en la Estancia que no tienen nombre, las de las Carnitas Uruapan, en las Nueve Esquinas… Y unas que había en el Batán, y que yo juro por mis muertos que son las mejores que ha habido, y nunca he vuelto a encontrar. O bien a las que vamos a ir al ratito. Y nada más.

J. I. Carranza

Mural, 19 de mayo de 2025.

« Entradas anteriores

© 2026 ensayos.mx

Tema por Anders NorenArriba ↑